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The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capitulo 26 – Guerra, Musica y Inseguridad

Capitulo 26 – Guerra, Musica y Inseguridad

El Cheesecake Factory estaba lleno, como siempre a esa hora. Conversaciones cruzadas, platos chocando, el murmullo constante de un restaurante en plena actividad. Nada fuera de lo normal… salvo una mesa en la esquina.

Ahí estaban Leo, Sheldon, Howard y Raj, completamente ajenos al resto. La mesa no parecía una mesa: parecía un campo de batalla. Saleros, servilleteros, botellas de kétchup y mostaza, sobres de azúcar, todo colocado con una intención demasiado precisa como para ser casual. Había líneas marcadas, posiciones definidas, incluso “zonas elevadas” hechas con menús doblados.

Estaban simulando la batalla de Gettysburg, con sus propios ejércitos fantásticos. Cada uno había escogido tropas y dos seres de alto nivel para reforzar su estrategia.

“Muy bien. Voy a trasladar mi división de infantería, reforzada por un batallón de orcos de El Señor de los Anillos. Lucharemos contra los Voluntarios de Tennessee y el Norte ganará una vez más la Batalla de Gettysburg,” dijo Sheldon mientras mezclaba azúcar con kétchup y salsa picante.

“No tan rápido. Recuerda que el Sur todavía tiene dos divisiones de infantería, además de Superman y Godzilla,” dijo Howard, sosteniendo la mostaza y señalando algunos paquetes de Splenda.

“No, no, no. Los orcos son mágicos; Superman es vulnerable a la magia. Sin mencionar que ya perdiste a Godzilla ante la Caballería de Illinois y Hulk,” dijo Leo, moviendo una botella de aderezo ranch como si fuera una pieza clave.

“¿Por qué no le pides a Robert E. Lee que cargue la línea con Shiva y Ganesh?” dijo Raj, señalando un juego de paquetes de gelatina y algunas botellas de salsa de soja.

En ese momento, Penny llegó a la mesa.

“Hola, ¿ya quieren ordenar?” dijo Penny en su función de mesera.

Nadie le respondió de inmediato. Los cuatro seguían discutiendo el juego como si fuera algo serio.

“Espera un segundo linda… esto es importante,” dijo Howard, sin mirarla, concentrado en el campo de batalla.

Raj asintió con la cabeza, señalando una zona de la mesa y susurrándole algo a Howard. Sheldon intervino de inmediato, corrigiendo la estrategia de ambos.

Leo levantó la vista, notó a Penny y sonrió. Se disculpó con la mirada.

“Perdón… ya pido,” dijo Leo, aclarando que él se encargaría de los pedidos.

Penny lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

“¿Ya pides?”

Leo asintió.

“Sí. Yo me encargo.”

Y empezó a enumerar los platillos de cada uno.

—

Sheldon suspiró, dejando caer el salero que representaba a su división.

“Maldita sea, un empate con un ligero desvío hacia el sur,” dijo Sheldon mientras los demás hacían lo mismo, frustrados por el resultado del juego.

Howard se recostó en la silla.

“Oye, ¿dónde está Penny? Deberíamos pedir algo,” dijo Howard, mirando alrededor.

Leo levantó la vista del cuaderno que tenía frente a él.

“Ella está poniendo los pedidos,” dijo Leo con calma, haciéndolos mirarlo. Sheldon se encogió de hombros y comenzó a acomodar los objetos de la mesa de nuevo, como si nada.

“Pero no ordenamos,” dijo Howard, confundido.

Leo asintió.

“Ya pido por ustedes,” dijo Leo, haciendo que los tres parpadearan.

“¿Y si no queremos lo que pediste?” dijo Howard, mientras Sheldon resoplaba.

“Leo lo sabe, siempre lo sabe,” dijo Sheldon como si fuera obvio.

“¿En serio? ¿Siempre?” dijo Howard, incrédulo.

Leo sonrió apenas y empezó a enumerar con naturalidad:

“Howard: ensalada César de camarones sin almendras, con crutones extra. Raj: pizza para amantes de la carne, sin carne, con salsa aparte. Sheldon: hamburguesa con queso y tocino a la barbacoa, con aros de cebolla y salsa marinara. Y yo… un filete con puré y limonada.”

Howard lo miró sorprendido.

“Uh… sí, es cierto,” dijo Howard, parpadeando.

Raj arqueó las cejas, curioso.

“¿Y Sheldon?”

Leo se acomodó en la silla.

“Se quejaría de ir a Big Boy Burger porque es donde come los martes, pero esta hamburguesa le gustará más. Luego decidirá que puede venir aquí los martes en lugar de allá. Incluso pensará en eliminar Soup Plantation de su lista porque el nombre lo molesta, pero al final aceptará que tiene sentido y terminará quitando a Big Boy de la lista.”

Los tres lo miraron, y Sheldon se quedó pensativo unos segundos antes de asentir con la cabeza.

“Sí, todo encaja,” dijo Sheldon, satisfecho.

En ese momento, Penny regresó con la comida.

“Aquí tienen,” dijo Penny, dejando los platos frente a cada uno.

Leo acomodó su filete con puré y la limonada frente a él, mientras los demás recibían sus pedidos. La mesa volvió a parecer normal por un instante… hasta que Sheldon tomó el salero otra vez.

“Bien,” dijo Sheldon. “Ahora, retomemos la batalla.”

Y todos volvieron al juego, como si nada hubiera pasado.

—

En medio de la discusión sobre la comida, alguien más apareció en la escena.

“Hola, Leo… chicos,” dijo Leslie al acercarse a la mesa.

“Hola,” respondieron todos casi al mismo tiempo, sorprendidos por la interrupción.

“No sabía que comían aquí,” dijo Leslie, mirando la mesa llena de saleros, servilleteros y botellas acomodadas como si fueran piezas de ajedrez.

Penny la observó con atención, analizándola en silencio. Leo lo notó de inmediato.

“Leslie, ella es Penny, mi…” empezó Leo, intentando presentarlas.

“Soy su novia,” dijo Penny rápido, con una sonrisa forzada.

Hubo un pequeño silencio. Los chicos se miraron entre sí, sorprendidos por la declaración repentina.

Leo se recompuso enseguida.

“Penny, ella es Leslie, trabaja con nosotros en la universidad,” dijo Leo con calma.

“Oh… wow, una científica,” dijo Penny, manteniendo la sonrisa.

“Entré por los pechos, me quedé por el cerebro,” dijo Leslie con total naturalidad, sin darle demasiada importancia.

Luego miró directamente a Leo.

“Qué bueno que te veo, el cuarteto del departamento necesita un chelista,” dijo Leslie.

“¿Qué le pasó a Eliot Wong?” preguntó Leo, curioso.

“Se metió con radiación y ahora nadie quiere sentarse cerca de él,” dijo Leslie, con un tono ligero, casi como una broma.

Leo sonrió por la ocurrencia.

“Bueno, si necesitan ayuda, acepto,” dijo Leo.

“Ensayamos el lunes… en tu departamento,” dijo Leslie, con un tono entre broma y ligera intención.

“¿Por qué en el mío?” preguntó Leo, notando las miradas de Penny y Sheldon encima de él.

“Porque el nuestro es oficialmente zona de riesgo,” dijo Leslie, divertida.

Después de eso, Leslie se despidió con naturalidad y se fue.

Penny lo miró en silencio, todavía procesando lo que acababa de pasar. Leo sostuvo su mirada, consciente de que la tensión apenas comenzaba.

Penny lo miró fijamente, con esa sonrisa que no terminaba de ser del todo amigable.

“No sabía que tocabas el chelo… parece que tenemos de qué hablar,” dijo Penny, con un tono que mezclaba curiosidad y reproche.

Leo se acomodó en la silla, consciente de la tensión.

“Chicos, si me disculpan…” dijo Leo, levantándose con calma.

Los demás lo observaron en silencio, todavía sorprendidos por lo que había pasado con Leslie.

Penny se levantó también, siguiéndolo sin dudar. Antes de salir, se detuvo un momento junto a la barra.

“Voy a tomar mi descanso,” dijo Penny, con firmeza, mientras se ajustaba el delantal y dejaba claro que no iba a regresar a la mesa por un buen rato.

Leo la esperó en la entrada, sabiendo que la conversación que venía no iba a ser sencilla.

—

Leo y Penny estaban fuera del restaurante, el ruido del Cheesecake Factory quedaba atrás como un murmullo lejano.

“¿Así que ya somos novios?” dijo Leo con una ligera risa, intentando suavizar el ambiente.

“No sé… no sé por qué dije eso,” respondió Penny, algo nerviosa, bajando la mirada por un instante.

Leo la observó con calma.

“Sé honesta… ¿qué pasó?” dijo Leo.

Penny suspiró, como si soltara algo que llevaba guardado.

“Esa chica está interesada en ti… y no sé cómo aguanto lo de Summer y Chelsea como para sumar otra… y encima científica,” dijo, dándole un golpe leve en el pecho.

“Oye… yo no hice nada,” dijo Leo, levantando las manos en señal de inocencia.

“Tampoco me sorprende, pero no fui yo el que empezó.”

“¿Entonces qué? ¿Ya somos novios?” bromeó Leo, arqueando una ceja.

“¿Vas a dejar a Summer y Chelsea?” preguntó Penny, directa, sin rodeos.

Leo se quedó en silencio, sin saber cómo responder. Penny le dio otro golpe, más suave esta vez, y se quedó pensativa, confundida incluso con su propia reacción.

Leo la abrazó con suavidad y la besó, intentando calmar la tensión.

“Mira… sé que esto es raro,” dijo Leo. “Pero si algo te molesta, dímelo. No hice nada con Leslie.”

“No te creo… si no, Summer no habría aparecido,” dijo Penny, mirándolo con desconfianza.

Leo no respondió de inmediato.

“¿Te interesa Leslie?” preguntó Penny.

“Para nada… es buena colega, pero Sheldon la odia… y no es mi tipo,” dijo Leo con firmeza.

“Más te vale,” dijo Penny, con un tono que mezclaba advertencia y alivio.

Hubo un pequeño silencio. Luego ambos regresaron al restaurante.

Leo volvió a la mesa con los chicos, que lo miraron un momento, notando algo raro, pero nadie dijo nada. Penny regresó a su trabajo, aún con la cabeza llena de pensamientos.

—-

La oficina del decano Gablehouser tenía ese aire solemne que siempre imponía respeto: estantes llenos de libros, diplomas enmarcados y una mesa de madera pulida que reflejaba la luz de las persianas. El decano estaba sentado con los brazos cruzados, mirando a Leo con una mezcla de paciencia y firmeza.

“Leo, la junta sigue presionando. Quieren que aceptes la titularidad permanente. No es un favor que te hacemos, es que te necesitamos. Tus proyectos han demostrado un potencial enorme y no podemos permitirnos que sigas sin un compromiso formal,” dijo Gablehouser, con tono directo.

Leo soltó una risa breve, casi incrédula, y se recargó en la silla.

“El mismo proceso otra vez,” dijo Leo. “No quiero sentirme atado. Siempre me preocupa que aceptar algo así me convierta en alguien rígido, atrapado en un título.”

El decano negó con la cabeza, inclinándose hacia adelante.

“No es una cadena, Leo. Es un respaldo. La titularidad te da libertad real, estabilidad y recursos. No queremos limitarte, queremos asegurarnos de que te quedes. Y esta vez la oferta es distinta: titularidad, un contrato con el 40% de las ganancias en tus invenciones, libertad de investigación sin restricciones y acceso prioritario a los laboratorios y personal de apoyo.”

Leo arqueó una ceja, sorprendido.

“¿Cuarenta por ciento? Eso es mucho más de lo que suelen dar.”

“Exacto,” respondió Gablehouser. “La junta sabe lo que vales. No están haciendo esto por protocolo, lo hacen porque tus proyectos son demasiado importantes para arriesgarse a perderte.”

Leo se quedó pensativo, mirando el escritorio.

“Siempre pensé que aceptar algo así me haría perder mi esencia. Que me convertiría en alguien que se aferra a un título y se amarga con el tiempo. Pero… tal vez estoy viendo las cosas al revés.”

El decano lo miró con firmeza.

“Lo estás viendo al revés. La independencia no está en rechazar, está en tener respaldo para hacer lo que quieras. Con este acuerdo, no tendrás que preocuparte por renovaciones, por presiones externas o por falta de recursos. Podrás dedicarte a lo que realmente importa: investigar, inventar, crear.”

Leo suspiró, procesando cada palabra. Recordó las veces que había rechazado ofertas similares, siempre con la idea de que la libertad estaba en no comprometerse. Pero ahora, la libertad parecía estar en aceptar.

Finalmente, Leo asintió.

“Está bien. Lo acepto.”

El decano sonrió, satisfecho, y se levantó para estrecharle la mano.

“Sabía que llegaríamos a este punto. Felicidades, Leo. Es un nuevo capítulo, y créeme, la universidad está tan comprometida contigo como tú lo estás con tu trabajo.”

Leo estrechó su mano, sintiendo el peso de la decisión, pero también una extraña ligereza.

—

A partir de ahí, la conversación se extendió durante horas. Gablehouser le explicó con detalle cada cláusula del contrato:

– Titularidad permanente: un puesto asegurado en la universidad, sin necesidad de renovaciones periódicas.

– 40% de ganancias en invenciones: cualquier patente, proyecto o desarrollo tecnológico que surgiera de su investigación le daría casi la mitad de las ganancias directas.

– Libertad de investigación: sin restricciones temáticas, podía trabajar en robótica, energía, biotecnología o proyectos interdisciplinarios sin necesidad de aprobación previa.

– Acceso prioritario a recursos: prioridad en el uso de laboratorios, financiamiento y personal de apoyo.

Leo hizo preguntas puntuales:

“¿Y qué pasa si quiero colaborar con alguien fuera de la universidad?”

“Podrás hacerlo,” respondió el decano. “Siempre que informes, pero no habrá trabas. Queremos que seas un puente, no un muro.”

“¿Y si decido tomar un proyecto que no genere ganancias inmediatas?”

“También podrás hacerlo. La libertad de investigación incluye proyectos de largo plazo, incluso aquellos que no tengan un beneficio económico inmediato.”

Leo sonrió, sintiendo que por primera vez la oferta no era una trampa, sino una oportunidad real.

“Siempre pensé que aceptar algo así me haría perder mi independencia,” dijo Leo. “Pero ahora veo que me la da.”

El decano asintió.

“Exacto. La independencia no está en rechazar, está en tener respaldo para hacer lo que quieras.”

Leo firmó el contrato, y en ese momento sintió que algo cambiaba. No era solo un papel, era un compromiso con su futuro.

Al salir de la oficina, caminó por los pasillos de la universidad con una mezcla de emociones. Sabía que la decisión lo marcaría, pero también sabía que era el camino correcto.

—

Leo estacionó el auto frente al Cheesecake Factory y esperó a que Penny saliera. Ella apareció con paso rápido, aún con el uniforme, y se subió al asiento del copiloto con una sonrisa cansada.

“Gracias por pasar por mí,” dijo Penny, acomodándose el cabello. “Quería verte tocar el chelo con los demás científicos.”

Leo soltó una risa breve, divertida por la situación.

“¿En serio? ¿Tú escuchando a un grupo de científicos tocar música clásica? Eso sí que es nuevo.”

Penny le dio un golpe leve en el brazo.

“No te burles de mí otra vez,” dijo, fingiendo molestia pero con un brillo en los ojos.

El trayecto fue tranquilo, con Leo riéndose de vez en cuando y Penny mirándolo con esa mezcla de curiosidad y nervios. Al llegar a los departamentos, Penny fue directo a cambiarse, mientras Leo se quedó preparando lo que iba a necesitar para el ensayo: afinó el chelo, acomodó partituras y despejó la sala para que todos tuvieran espacio.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara el grupo de científicos. Primero un chico con su violín, luego una chica con otro violín, y finalmente Leslie, también con su violín en mano. Saludaron a Leo con naturalidad, como si fuera rutina, y comenzaron a sacar sus instrumentos de sus estuches.

Desde la perspectiva de Leslie, la escena cambió en cuanto notó que Penny estaba en la habitación. La rubia estaba en la cocina de Leo, preparando bocadillos con naturalidad, como si ese fuera su lugar. Leslie arqueó una ceja, sorprendida por la presencia.

“¿Ella?” preguntó Leslie, mirando a Leo con curiosidad mientras ajustaba las cuerdas de su violín.

Leo sonrió, acomodando el arco del chelo.

“Sí. A mi novia le gustarua escucharme tocar, y pensé que sería una buena manera de dejarla participar. Además, prepara muy buenos bocadillos,” dijo Leo, lanzando una mirada hacia Penny, que ya estaba colocando bandejas con pequeños sándwiches y fruta en la mesa.

Leslie se quedó en silencio un momento, observando cómo Penny se movía con confianza en la cocina de Leo. Había algo en esa escena que le resultaba inesperado: no era solo que Penny estuviera ahí, sino la forma en que Leo la integraba, como si fuera parte natural de su vida.

El chico del violín carraspeó, rompiendo la tensión.

“Bueno, ¿empezamos?”

Leo asintió, ajustó el chelo y se preparó para tocar. Penny, desde la cocina, los miraba con atención, con una mezcla de orgullo y curiosidad. Leslie, en cambio, no podía evitar que su mirada se desviara hacia Penny cada tanto, intentando descifrar qué lugar ocupaba realmente en la vida de Leo.

—

Leo acomodó el chelo en el centro de la sala, mientras los tres científicos afinaban sus violines. El ambiente estaba animado, con Penny entrando y saliendo de la cocina, colocando bandejas con bocadillos y vasos de limonada en la mesa.

“Bueno, ¿qué tocamos primero?” preguntó el chico del violín, ajustando el arco.

Leo sonrió y dijo con seguridad:

“Clair de Lune, de Debussy. Es clásica, romántica… perfecta para empezar.”

Los demás asintieron, y enseguida comenzaron a preparar las partituras.

—

POV de Penny

Penny se detuvo en la cocina, con una bandeja en las manos. El sonido del chelo de Leo llenó la habitación con notas profundas y cálidas, mientras los violines se entrelazaban suavemente. Se quedó mirando, sorprendida por lo bien que sonaban juntos.

No era solo la música, era ver a Leo tan concentrado, tan natural en ese papel. Cada movimiento suyo, cada nota que sacaba del chelo, le parecía hipnótico. Penny sintió un calor extraño en el pecho, como si la melodía estuviera dirigida a ella.

“Wow…” pensó, sin darse cuenta de que estaba sonriendo. Se mordió el labio, intentando disimular, pero no podía apartar la vista de Leo. La forma en que cerraba los ojos por momentos, la manera en que inclinaba la cabeza siguiendo el ritmo… todo la hacía sentir que estaba viendo una faceta de él que no conocía.

Volvió a la cocina, pero cada tanto asomaba la cabeza, disfrutando de la melodía y observando cómo Leo parecía brillar en ese momento.

—

POV de Leslie

Leslie ajustó su violín y siguió el ritmo de Leo, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia él. El chelo dominaba la sala, y Leo parecía completamente en su elemento.

“Así que toca así…” pensó Leslie, impresionada. No era solo técnica, era pasión. Cada nota del chelo parecía llenar el espacio con una intensidad que la hacía sentir parte de algo más grande.

Mientras tocaba, Leslie notaba cómo Leo se inclinaba hacia el instrumento, cómo sus manos se movían con firmeza y delicadeza al mismo tiempo. Era imposible no mirarlo. El resto del grupo estaba ahí, pero Leo era el centro.

Por un momento, Leslie olvidó que Penny estaba en la cocina. La música la atrapó, y lo único que podía pensar era en lo magnético que resultaba verlo tocar.

—

La práctica continuó durante más de una hora. Tocaron varias piezas, repitieron pasajes difíciles y se corrigieron entre risas. Penny servía bocadillos y bebidas, convirtiendo el ensayo en algo más cálido y cercano.

Al terminar, los chicos estaban emocionados.

“Leo, fue increíble tocar contigo,” dijo la chica del violín, con una sonrisa.

“Sí, deberíamos repetirlo más seguido,” añadió el chico, entusiasmado.

Leslie guardó su violín en silencio, pero con una sonrisa cordial.

“Fue un buen ensayo,” dijo, mirando a Leo.

Todos se sentaron un momento a comer lo que Penny había preparado. Entre bocados de sándwiches y fruta, la conversación giró en torno a la música, los proyectos de investigación y lo divertido que había sido tocar juntos.

Finalmente, uno por uno comenzaron a despedirse.

“Gracias por todo, Leo. Y gracias por los bocadillos, Penny,” dijo la chica del violín antes de salir.

“Nos vemos en el próximo ensayo,” añadió el chico.

—

Hola aqui de nuevo, dejen sus opiniones, ustede que creen que pase?

Capítulo 27 – Rechazo, Desvío y Enojo [R18]

La práctica había terminado, los violines guardados y el chelo descansando en su estuche. Los chicos ya se habían marchado, agradecidos y emocionados por haber tocado con Leo. Solo quedaba Leslie, que se quedó de pie junto a la puerta, con el violín aún en la mano.

“Leo, ¿podemos hablar un momento a solas?” dijo Leslie, con un tono firme pero tranquilo.

Penny, que estaba recogiendo platos en la cocina, levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Leo. Él le hizo un gesto suave, como diciendo *tranquila, no pasa nada*. Penny avanzando, pero en lugar de irse del todo, se escondió en el pasillo, lo suficientemente cerca para escuchar.

Leslie se acercó, dejando el violín sobre la mesa.

“Voy a ser honesta”, dijo, mirándolo directo. “Esto del cuarteto, de venir aquí… fue más una excusa. Quería acercarme a ti. Me pareces interesante, atractivo, ya mi nivel intelectual. Estoy disponible, sexualmente hablando, y pensé que valía la pena intentarlo contigo. Eres un candidato increíble.”

Leo soltó una risa breve, divertida, sin incomodarse.

“Lo entiendo”, dijo Leo, con calma. “Pero estoy con Penny”.

Leslie lo miró, sin perder la compostura.

“Podrías intentarlo. No tienes que decidir ahora. Solo digo que la opción está ahí.”

Leo negó con la cabeza, aún sonriendo.

“No, Leslie. Estoy feliz con lo que tengo. Te agradezco la oferta, de verdad, pero el rechazo cortésmente. Estoy bien con Penny, y no necesito nada más”.

Leslie lo observó unos segundos, como evaluando si hablaba en serio. Finalmente ascendió.

“Lo entiendo. Solo espero que esto no afecte nuestro trabajo juntos. Me gusta colaborar contigo, y no quiero que se vuelva incómodo.”

Leo se levantó, acompañándola hacia la puerta.

“No te preocupes. Te respeto, y me alegra que seas directa. Pero hasta ahí. Seguiremos trabajando bien, como siempre”.

Leslie aparentemente apenas, reconoció su violín y se despidió.

“Está bien. Nos vemos en el próximo ensayo.”

Leo cerró la puerta detrás de ella, aún con esa sonrisa divertida en el rostro. Se sentía deseado, claro, pero no necesitado. Tenía lo que quería en Penny, y eso le bastaba.

—

Punto de vista de Penny

Penny, escondida en el pasillo, había escuchado todo. Su corazón latía rápido. Sentía una mezcla de alivio y de inseguridad. Alivio porque Leo la había defendido con firmeza, sin dudar. Inseguridad porque Leslie era científica, inteligente, alguien que parecía estar al nivel de Leo en ese mundo académico que ella apenas entendía.

“Genial, yo apenas terminé la secundaria y ella probablemente inventó cohetes en su tiempo libre”. Pensó Penny, mordiéndose el labio. Se sentía orgullosa de Leo, pero al mismo tiempo vulnerable.

Cuando Leo volvió a la sala, se encontró recogiendo los platos con más energía de la necesaria. Se acercó, la abrazó por detrás y apoyó la barbilla en su hombro.

“¿Lo escuchaste?” dijo Leo, con una sonrisa.

Penny abrazó, sin mirarlo.

“Si.”

“Entonces sabes que estoy feliz contigo”, dijo Leo, con calma.

Penny suspir, finalmente relajndose un poco.

“Más te vale”, dijo, intentando sonar firme, aunque en el fondo estaba agradecida por lo que había oído.

Leo rió suavemente y la besó en la mejilla.

“Créeme, no necesito nada más.”

—

Leo cerró la puerta tras la salida de Leslie y, sin girarse, levantó la voz.

“Penny, deja de esconderte.”

Penny salió del pasillo con los brazos cruzados, mirándolo con una mezcla de vergüenza y desafío.

“¿Sabías que estaba ahí?” -preguntó, intentando sonar firme.

Leo sonrió.

“Claro que sí. Pero no me molesta.”

Penny lo miró con suspicacia.

“¿Y si Leslie te hubiera propuesto algo más en serio? ¿Crees que yo no sé que habrías dicho que sí? No te hagas, eres un mujeriego.”

Leo soltó una carcajada, se acercó y la abrazó con fuerza.

“Tal vez”, dijo con tono juguetón, “pero aquí y ahora solo quiero estar con mi chica especial”.

La beso con calma, y ​​Penny, aunque intentó resistirse un segundo, terminó correspondiendo. Sin más palabras, se fueron juntos a la habitación de Leo, dejando atrás la tensión de la conversación.

—- [R18] —–

El último clic de la puerta al cerrarse fue como el disparo de salida. Antes de que el eco metálico se disipara en el pasillo, Penny ya estaba sobre él. Sus manos, pequeñas pero fuertes, se aferraron a la sudadera gris de Leo, tirando de él hacia ella al mismo tiempo que se alzaba en puntillas para alcanzar su boca.

El primer beso no fue una exploración. Fue una declaración. Un choque de dientes, lenguas y aliento entrecortado. Penny sabía a vino ya ese brillo de labios con sabor a cereza que tanto usaba. Leo, un café ya una energía contenida que ahora se liberaba. Sus manos encontraron instantáneamente la piel desnuda de su espalda, recorriendo las intrincadas tiras del top rojo que la sujetaban como un secreto a voces. La piel de Penny era suave, cálida y se estremeció bajo su tacto.

“Dios, tenia ganas de hacer esto desde que entraste por esa puerta con ese top” murmuró Leo contra sus labios, su voz era un ronquido cargado de deseo que Penny nunca le había oído.

“Pues deja de hablar y hazlo” jadeó ella, arrancándole la sudadera por la cabeza en un movimiento brusco.

Lo que reveló la dejó sin aliento, aunque lo veía todos los días no dejaba de sorprenderle, Leo tenía un torso esculpido. No era solo musculoso; era una arquitectura de poder sobrehumano. Abdominales marcados como tablas de lavar, pectorales definidos que se tensaban con cada respiración, hombros anchos que prometían fuerza bruta. Penny trago saliva, una mezcla de deseo y de esa pequeña, deliciosa intimidación que precede a lo desconocido.

“Ven con mama…”fue todo lo que pudo decir antes de que Leo la levantara del suelo como si fuera una pluma. Sus piernas se enroscaron instintivamente alrededor de su cintura, sus vaqueros ajustados crujiendo con el movimiento.

Leo caminando los pocos pasos que los separaban de la cama mientras devoraba su cuello con besos voraces, mordisqueando la piel justo debajo de su mandíbula.

La dejó caer sobre el colchón, y ella rebotó con un pequeño umph. Él se colocó sobre ella, sosteniendo su peso con los brazos, sus caderas presionando contra el denim ajustado de ella. A través de las dos capas de tela, Penny podía sentir la masa dura y palpitante de su erección. Era enorme. Una promesa de placer abrumador que hizo que un nuevo chorro de humedad empapara sus bragas.

“Estos malditos vaqueros ” maldijo Leo, sus dedos luchando con el botón y la cremallera. Eran tan ajustados que parecían una segunda piel. Finalmente, con un empujón que hizo que Penny gritara entre risas y excitación, logró bajarlos, arrastrando consigo sus bragas de encaje negro. Quedó expuesto ante él, rubia, sonrojada y completamente húmeda.

Él se detuvo a mirarla, bebiendo la imagen. Su top rojo aún sujetaba sus pechos, que subían y bajaban con respiraciones agitadas. Su vientre plano, el triángulo rubio y empapado entre sus piernas.

“Eres… joder, Penny, eres perfecta “susurró, y la crudeza de sus palabras la excitaba mas

Ella no quiso ser la única espectadora. Sus manos se abalanzaron sobre su cinturón, desabrochándolo con una destreza especializada de la urgencia. Luego, el botón de sus jeans. La cremallera bajó con un sonido que resonó en la habitación silenciosa.

Y entonces, saltó libre.

Penny contuvo la respiración, no se cansaba de mirarlo, aunque ya lo había probado un montón de veces, Una columna de carne y palpitante, con venas gruesas que serpenteaban bajo la piel. La cabeza, grande y de un color intenso, brillaba con una gota de fluido claro. Era una bestia magnífica y aterradora.

“Leo… que esperas” exhaló, su mano se extendió para rodearlo. Sus dedos ni siquiera se tocaban. La sensación de poder latente en su puño la mareó.

Él gimió, un sonido profundo y gutural, cuando ella comenzó a mover la mano, un lento bombeo de arriba a abajo. “Así… justo así” jadeó.

Pero Penny quería más. Quería probarlo. Bajó la cabeza, su largo cabello rubio cayendo como una cortina a los lados, y sin preámbulos, envolvió la cabeza con sus labios.

El sabor era salado, masculino, intoxicante. Leo dejó escapar un rugido ahogado, sus manos enterrándose en su cabello, no para forzarla, sino para aferrarse a algo. Penny trabajó con una mezcla de curiosidad y hambre voraz. Usaba la lengua, lamía la sensible corona, intentaba bajar más. Pero su tamaño era un desafío como siempre. Cada centímetro que ganaba hacia su garganta era una victoria, una rendición de su cuerpo al suyo.

Luego, recordando algo, se apartó un momento, jadeando, y bajó aún más. Sus labios encontraron el saco pesado y tenso de sus testículos. Primero los besó, luego, con un movimiento tomó uno con suavidad en la boca, lamiéndolo y succionándolo. Iniciando un juego entre suavidad

“¡Mierda, Penny!”, gritó Leo, su cuerpo se arqueó violentamente. “Como me encanta eso…”

Esa admisión la envalentonó. Siguió alternando, chupando su pene con determinación renovada y luego volviendo a acariciar y saborear sus bolas, hasta que Leo la detuvo, tirando de su cabello con suavidad.

“Mi turno” gruñó, su voz era áspera como la lija.

La volteó sobre la espalda y se desplazó entre sus piernas. Su mirada se clavó en su coño, hinchado y brillante de excitación. No dijo nada. Solo bajó la cabeza y lamió una larga y lenta franja desde su entrada hasta su clítoris.

Penny gritó. No era un gemido, era un grito agudo y sorprendido. Su sensibilidad estaba a flor de piel, y la lengua de Leo era hábil, precisa, implacable. No jugueteaba. Atacaba. Lamiendo, succionando, introduciendo la punta de su lengua dentro de ella antes de volver a concentrarse en el pequeño nudo de nervios que latía frenéticamente. Penny perdió toda la noción del tiempo. Sus manos se aferraron a las sábanas, sus caderas se alzaron del colchón, empujándose contra su boca en un ritmo caótico. Un orgasmo el golpe rápido y sin piedad, un estallido blanco y caliente que la hizo convulsionar y gritar su nombre.

Pero Leo no se detuvo. Siguió lamiéndola, bebiendo sus fluidos, suavizando el ritmo solo para dejarla respirar antes de llevarla al borde otra vez con movimientos circulares perfectos.

“¡Para! ¡Para, Leo, por favor! ¡Necesito… necesito que estés dentro! “suplicó, su voz era un quejido desgarrado.

Él se alzó sobre ella, su pene palpitando contra su muslo empapado. Sus ojos, oscuros y llenos de una intensidad feroz, la miraban.

Leo procedió a tomar un condón para iniciar, con lo fuerte, pero Penny lo detuvo.

“¿Estás seguro?”, preguntó, aunque ambos sabían la respuesta. Su cuerpo era un arma de destrucción masiva, y ella estaba pidiendo ser el blanco.

-Si. Por favor. Estoy en la píldora —jadeó, abriendo las piernas más aún en invitación total. —Dámelo todo.

Con un gruñido de triunfo final, Leo se posicionó y guió su punta hacia su entrada. El primer contacto hizo que Penny contuviera la respiración. Luego, con una presión constante e imparable que hacía honor a su fuerza sobrehumana, comenzó a entrar.

Penny gimio por la sensación de estar siendo abierta, estirada, poseída de una manera completa. Él avanzaba centímetro a centímetro, con una paciencia agonizante, deteniéndose cada vez que ella se tensaba para besarla profundamente, para acariciar sus pechos.

“Relájate para mí” murmuró contra sus labios.

Y cuando por fin estuvo enterrado hasta el fondo, ambos quedaron inmóviles, unidos en un abrazo tan íntimo que era casi doloroso. Penny sintió cada centímetro de él, llenando cada rincón, rozando un lugar profundo que la hizo ver estrellas.

“Dios… estás… me llenas tanto…” logró articular entre jadeos.

“Es solo el comienzo y lo sabes”, dijo él.

Y entonces comenzó a moverse.

No fue un ritmo acelerado. Fue una demostración deliberada y devastadora de resistencia pura. Cada embestida era profunda, completa, retirándose casi por completo para volver a hundirse con una fuerza que hacía que la cama chirriara protestando contra la pared. Leo sostenía su peso fácilmente, cambiando el ángulo con pequeñas alteraciones de sus caderas que hacían que Penny viera colores diferentes cada vez.

La dominación no era verbal; era física, aplastante. Su cuerpo superior, su energía inagotable, la redujeron a un estado de puro receptáculo de sensaciones. Ella era una hoja en un huracán llamado Leo.

Pronto, un segundo orgasmo, más profundo y resonante que el primero, la sacudida. Gritó, sus uñas clavándose en los dorsales duros como roca de su espalda. Él no aminoró el paso. Si acaso, se volvió más implacable, encontrando un ritmo que martillaba directamente en su punto G.

“No puedo… es demasiado… ¡Leo!” gimió, pero sus caderas seguían alzándose para encontrarse con las suyas, traicionando sus palabras.

Él la volteó sin siquiera salir de ella, colocándola a cuatro patas. La nueva posición le permitirá una penetración aún más profunda. Penny gimió en la almohada, sintiendo cómo la embestía desde atrás, sus manos agarrando sus caderas con tanta fuerza que sabría que le dejarían marcas. El sonido de sus pieles chocando se mezclaba con sus gemidos y sus jadeos.

“¿Quieres mi semen, Penny?” rugió él, su ritmo se volvió más errático, más urgente. — ¿Quieres que te llene?

“¡Sí! ¡Dentro! ¡Por favor, Leo, córrete dentro!” suplicó ella, completamente perdida en el placer, su mente borrosa, su cuerpo al borde de un tercer clímax.

Esas palabras fueron el detonante final. Con un rugido que salió de lo más profundo de su pecho, Leo la embistió con fuerza animal tres veces más antes de hundirse hasta el fondo y quedarse allí, rígido como el acero. Penny sintió el calor explosivo llenándola en pulsaciones largas, intensas e interminables. La sensación, combinada con la fricción constante de su pene dentro de ella, la catapultó a su propio orgasmo final, uno tan violento que la hizo llorar, convulsionando alrededor de él mientras él seguía vaciándose en su interior.

“Apenas empezamos”, dijo Leo ante una Penny que gemía de placer. Justo para empezar de nuevo a moverse.

—-

Tiempo Después

El colapso fue simultáneo. Él se desplomó sobre su espalda, todavía dentro de ella, jadeando contra su cuello. Ella cayó de bruces sobre el colchón, incapaz de mover un músculo. El aire olía a sexo, a sudor ya satisfacción cruda.

Pasaron largos minutos antes de que Leo se retirara con suavidad y rodara a su lado, reconociéndola contra su costado. Penny estaba hecha un lío. Su cabello pegado al sudor de su rostro, el maquillaje corrido, el top rojo desgarrado y torcido en el suelo. No podía hablar. Solo emitía pequeños jadeos entrecortados mientras sus dedos trazaban patrones temblorosos sobre su pecho.

Él la miró, una sonrisa satisfecha y sorprendentemente tierna jugando en sus labios. Le besó la frente sudorosa.

“¿Estás bien Penny?”, preguntó, su voz era ronca pero cariñosa.

Penny intentó responder. Solo salió un sonido gutural, un quejido agotado que era a la vez una queja y la mayor alabanza que podía dar. Asintió débilmente contra su hombro y cerró los ojos, hundiéndose en la negrura del agotamiento placentero, completamente anulada, conquistada y rebasada por la tormenta física que era Leo. Y, en algún lugar de su mente nublada, queria volver a pedirle que lo hicieran otra vez.

— [FIN R18] —-

—

Cambio de escena

Sheldon regresó al departamento más tarde esa noche. Apenas abrió la puerta, notó algo extraño en su pizarra. Se acercó y revisó las ecuaciones.

Al leer con detalle, se dio cuenta de que alguien había corregido su trabajo y, para su molestia, la solución era correcta.

“¿Quién tocó mi pizarrón?” exclamó, con un tono de indignación.

Molesto, caminó directo hacia la habitación de Leo, dispuesta a reclamar. Pero al llegar, encontró un letrero pegado en la puerta:

” No interrumpir – Artículo 49 del ACC en vigor “

Sheldon lo leyó en voz alta, frunció el ceño y se quedó un momento en silencio. Finalmente, se dio media vuelta, murmurando para sí mismo.

“Esto no quedará así.”

Se regresó a la sala, aún molesto, y continuó con su día, reorganizando sus notas y pensando en cómo responder a la intromisión.

—–

Acuerdo de Compañeros de Cuarto (ACC)

Cláusula 49 – Uso de habitaciones y momentos de intimidad

Sección 3: Cuarto de Leonard Hofstadter (Leo).

El cuarto de Leo será considerado espacio privado, con acceso durante actividades restringidas de coito, intimidad o interacción romántica con invitadas previamente conocidas o desconocidas.

Sección 5: Apartado sobre la no interrupción.

En conformidad con la Cláusula 10 – Peticiones de Sheldon , se establece que ningún compañero de departamento podrá interrumpir actividades íntimas, salvo emergencia médica, incendio o amenaza bacteriológica comprobada.

Sección 7: Señalización obligatoria.

Leo deberá colocar un letrero visible en la puerta indicando:

“No interrumpir – Artículo 49 en vigor” .

El incumplimiento de este apartado será considerado una violación grave del acuerdo y podrá ser reportado al comité de convivencia universitaria.

Sección 9: Apartador de convivencia.

Las actividades íntimas deberán realizarse en horarios razonables (entre las 18:00 y las 02:00 horas), evitando molestias acústicas o sensoriales que afecten al resto de los inquilinos.

Sección 11: Beneficios derivados de la autorización.

El permiso de privacidad se concede en conformidad con:

La Cláusula 12 – Peticiones de Sheldon , La Sección 9 – Veto absoluto a la presencia de aves dentro del departamento , Y la Sección 5 – Beneficios derivados de la autorización , siempre que no se incurra en molestias bacteriológicas, acústicas o lumínicas para el autor del presente acuerdo.

—-

Hola, sienten que los R18 son demasiado o estan de mas?

Tenia mis dudas, mo quiero saturar y el anterior fue hace poco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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