The Big Bang Theory: Un Nuevo Leonard [Español] - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capitulo 32 – Ruptura, Entrega y Dominio [R18]
Capitulo 32 – Ruptura, Entrega y Dominio [R18]
Leo entró en la cafetería con paso firme, dejando que el sonido de la campana sobre la puerta anunciara su llegada. Al cruzar el umbral, sus ojos recorrieron el lugar con precisión, filtrando entre el aroma a grano tostado y el murmullo de las conversaciones. Buscaba a alguien en particular. Finalmente, su mirada se detuvo en una de las mesas del fondo, un rincón más privado y alejado del bullicio. Allí se encontraba quien lo había llamado: Chelsea.
Ella levantó la vista y, al verlo, sus labios se curvaron en una sonrisa hermosa. Leo se acercó a la mesa con su habitual seguridad y, cuando se inclinó para darle un beso de cortesía en la mejilla, Chelsea acortó la distancia con un movimiento fluido y lo besó directamente en los labios.
Leo se sorprendió un poco, ya que ella no solía ser tan demostrativa en público, pero no dijo mucho y tomó lugar en la mesa. Chelsea ya se había adelantado; sobre el mantel había un café y un desayuno para ella, junto con un café y ese postre específico que ella sabía que a Leo le gustaba mucho.
“Te acordaste de mi favorito”, comentó Leo, observando el plato antes de centrar su atención en ella.
“Sé perfectamente lo que te gusta”, respondió Chelsea con una nota de dulzura en su voz.
Comenzaron a hablar de temas triviales mientras disfrutaban de la comida, pero Leo no tardó en notar que ella estaba algo distraída.
“¿A qué se debe la repentina llamada para reunirnos? Según lo que hablamos, no nos íbamos a ver hasta dentro de una o dos semanas”, le preguntó Leo, arqueando una ceja con curiosidad.
Chelsea dejó de comer y comenzó a jugar con su taza de café, moviéndola en círculos lentos sobre la mesa. Se tomó un segundo para organizar sus pensamientos antes de levantar la vista hacia él.
“Terminé con Charlie”, dijo Chelsea, soltando la noticia con una calma que contrastaba con la importancia de lo que acababa de decir.
“¿Por qué lo hiciste? Es decir, ¿qué pasó exactamente para que tomaras la decisión ahora?”, le preguntó Leo, dejando la cuchara del postre a un lado.
Chelsea suspiró, recostándose en la silla mientras buscaba las palabras adecuadas. Sus dedos seguían rodeando la taza de café, buscando algo de calor.
“Las mismas razones de siempre, Leo. Charlie es… Charlie. Su inmadurez, el hecho de que nunca puede tomarse nada en serio, su negativa rotunda a crecer o a imaginar un futuro que no incluya una botella de alcohol y una mujer diferente cada noche”, dijo Chelsea con un tono de voz que mezclaba el cansancio con una resolución definitiva. “Pero esta vez fue diferente. Antes sentía que debía aguantar, que era mi deber hacerlo cambiar. Pero después de empezar a verte a ti… me di cuenta de que no tengo por qué conformarme con eso. No puedo estar con alguien que me oculta cosas o que me trata como un accesorio cuando tengo a un hombre como tú al lado”.
Leo escuchó en silencio, sintiendo una punzada de sorpresa. Sabía que la relación de ella con Charlie Harper era un desastre andante, pero no esperaba que el detonante final fuera, en gran medida, su propia presencia en la vida de ella. En el canon original, Chelsea dejó a Charlie por un hombre llamado Brad, pero aquí, la situación era más compleja: ella ya había cruzado la línea con Leo, algo que la Chelsea original nunca hizo con Brad.
“Me dejas algo sorprendido, Chelsea. No esperaba que fuera hoy, ni que fueras tan tajante”, dijo Leo, asimilando la noticia mientras cruzaba los brazos sobre la mesa.
“No podía seguir viviendo esa mentira. No era justo para Charlie, pero sobre todo, no era justo para mí”, agregó Chelsea, mirándolo con una intensidad que delataba sus expectativas. “Él cree que es por su falta de compromiso, pero la verdad es que ya no puedo verlo de la misma forma después de haber estado contigo”.
Chelsea se inclinó hacia adelante, buscando la mirada de Leo con insistencia, como si estuviera esperando una validación que le diera paz mental.
“¿Qué opinas tú? ¿Crees que hice lo correcto?”, le preguntó Chelsea, poniendo a Leo en una posición incómoda.
Leo se quedó callado, observando el vapor que subía de su café. Se sentía confundido; por un lado, sabía que Charlie era un caso perdido, pero por otro, él mismo era el factor que había provocado la ruptura de un compromiso oficial. No sabía qué decir; no quería darle una respuesta fácil que sonara a manipulación para quedársela solo para él, pero tampoco quería actuar como si no le importara que ella acabara de dejar su vida anterior por él.
“¿Qué implica esto para nosotros, Leo? ¿Para nuestra relación?”, le preguntó Chelsea, sin soltarle la mirada y manteniendo una expresión cargada de esperanza.
En la mente de Leo, un pensamiento intrusivo lo golpeó con fuerza. *Carajo, acabo de arreglar las cosas con Penny hace apenas unos días y ahora pasa esto*. La situación se estaba volviendo exponencialmente más compleja de lo que había planeado originalmente, pero mantuvo su fachada de calma y control.
“Mira, Chelsea… si te sientes triste, lo entiendo perfectamente. Han pasado mucho tiempo juntos”, dijo Leo, eligiendo sus palabras con cuidado mientras la observaba. “Si no habías dejado a Charlie antes, era porque sentías cosas muy fuertes por él, y eso no desaparece de la noche a la mañana. Pero si sientes que esto es lo correcto, que estarás mejor sin él y que ese ciclo ya se cerró, entonces te apoyo totalmente”.
Chelsea suspiró aliviada y extendió sus manos sobre la mesa para tomar las de él, apretándolas con suavidad.
“Esta situación solo me hizo valorarte más, Leo. Tu comprensión, tu empatía… el cómo logras entenderme”, le dijo Chelsea con una voz que vibraba con una gratitud genuina. “Charlie jamás habría tenido esta madurez”.
Leo no apartó su mano; permitió que el contacto permaneciera mientras ella se inclinaba sobre la mesa, acortando la distancia entre ambos. Chelsea se extendió para besarlo de manera profunda y romántica. Para cualquier persona que los mirara desde fuera de la cafetería, parecerían la imagen perfecta de una pareja muy enamorada celebrando un momento especial de manera idílica.
Al separarse, Chelsea permaneció a escasos centímetros de su rostro, con un brillo de ilusión en sus ojos que Leo reconoció de inmediato.
“Creo que me voy a enamorar perdidamente de ti”, dijo Chelsea con una sonrisa soñadora, como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.
Ante esa declaración, Leo no pudo evitar sonreír de vuelta. Era una sonrisa que mezclaba el encanto natural de su personalidad con la satisfacción de ver cómo sus planes —y su influencia— seguían moldeando la realidad de quienes lo rodeaban.
La plática continuó fluyendo con una naturalidad asombrosa. Entre bocado y bocado del postre, el ambiente se volvió mucho más ligero, dando paso a las bromas y a las anécdotas de la vida cotidiana. Leo escuchaba con atención, dejando que ella se desahogara mientras la hacía reír con comentarios ingeniosos que la hacían olvidar, por un momento, el drama de su reciente ruptura.
“No tienes idea de lo que es lidiar con mi madre”, dijo Chelsea, soltando una risa amarga mientras negaba con la cabeza. “Sigue siendo tan homofóbica y prejuiciosa como siempre. Cada vez que hablamos termina siendo un sermón sobre la moralidad que nadie le pidió”.
“Bueno, al menos tienes el contraste con tu padre”, comentó Leo con un tono sugerente, sabiendo bien hacia dónde iba la historia.
“¡Oh, por Dios, mi padre!”, exclamó Chelsea, tapándose la cara con una mano, aunque no podía dejar de sonreír por lo absurdo de la situación. “Imagínate mi sorpresa cuando me enteré de que ahora está en una relación formal con su mejor amigo del ejército. Es decir, me alegra que sea feliz, pero pasar de la disciplina militar a verlos ser una pareja empalagosa es algo que mi cerebro aún intenta procesar”.
Leo soltó una carcajada, disfrutando del tono de confianza que ella estaba depositando en él. Siguieron charlando durante un rato más, compartiendo detalles de sus días y planes futuros, hasta que terminaron sus cafés.
Al levantarse, Leo pagó la cuenta y ambos salieron de la cafetería. El aire fresco de la calle los recibió, pero ninguno de los dos hizo ademán de despedirse. Leo extendió su mano y Chelsea la tomó de inmediato, entrelazando sus dedos con fuerza mientras caminaban por la acera.
No necesitaron decir mucho; la dirección estaba clara desde el beso en la mesa. Caminaron con paso pausado, disfrutando de la cercanía del otro, hasta que se detuvieron frente a la entrada de un edificio imponente que lucía cinco letras brillantes en su fachada: H-O-T-E-L.
“Creo que ninguno de los dos tiene prisa por volver a casa”, dijo Leo, mirándola con una intensidad que hizo que Chelsea se pegara más a su brazo.
“Ninguna en absoluto”, respondió Chelsea, con la mirada fija en él mientras cruzaban las puertas automáticas, dejando atrás el resto del mundo.
Leo cerró la puerta de la habitación con un golpe seco y, antes de que el seguro terminara de encajar, Chelsea ya lo tenía acorralado contra la madera. Se fundieron en un beso voraz, un choque de lenguas impulsado por la libertad recién estrenada de ella. Las manos de Leo bajaron con firmeza, delineando la curva de sus nalgas a través de la tela ajustada de su pantalón, pegándola a su cuerpo con una fuerza que le arrancó un gemido, mientras los dedos de ella se enredaban en el cabello de él con urgencia.
La ropa comenzó a caer al suelo formando un rastro desordenado sobre la alfombra. Los botones de la camisa de Leo cedieron ante la impaciencia de Chelsea, revelando su torso esculpido. Ella recorrió con sus palmas sus pectorales, mientras Leo bajaba sus besos hacia el escote, liberando sus pechos con destreza y sintiendo la suavidad de su piel contra sus labios. Con un movimiento rápido, Leo desabrochó el pantalón de ella, dejando que la prenda se deslizara por sus piernas hasta el piso.
Con un movimiento decidido, Chelsea apoyó las manos en los hombros de Leo y lo empujó hacia atrás. Él se dejó llevar, cayendo sobre el borde de la cama king size. Sin darle tiempo a reaccionar, ella se posicionó sobre él, atrapándolo entre sus piernas. Leo aprovechó la posición para dar una nalgada sonora en su trasero desnudo, un gesto posesivo que hizo que ella se arqueara y lo devorara con la mirada. La luz resaltaba la definición de los músculos de Leo, quien lucía imponente y listo para la acción.
“Te he extrañado tanto que duele”, murmuró Chelsea contra sus labios, antes de volver a reclamar su boca mientras sentía la dureza del cuerpo de Leo bajo el suyo.
Leo la sujetó por las caderas, atrayéndola hacia su centro con una fuerza que hizo que ella soltara un suspiro entrecortado. Se giraron sobre el colchón, donde el roce de la piel desnuda encendía chispas en cada contacto. Leo dominó la situación, cubriéndola con su cuerpo y perdiéndose entre sus curvas.
—
La afirmación de Chelsea, ese “te he extrañado tanto que duele” que se había deslizado entre sus labios como un secreto confesado bajo la presión de los cuerpos, no fue respondida con palabras. Leo la selló con otro beso, uno que bebía de esa declaración y la convertía en acción. Sus manos, que hasta entonces habían delineado las curvas de sus caderas, se deslizaron hacia arriba, recorriendo los costados de su torso hasta enmarcar su rostro. La sostuvo allí, inmóvil por un instante, mientras sus ojos oscuros, cargados de una intensidad que podía sentirse como una corriente eléctrica en el aire, se hundían en los de ella.
“Yo también,” gruñó por fin, su voz era áspera, cargada de una verdad que iba más allá del deseo físico. “Cada maldito día.”
Luego, su boca descendió. No hacia sus labios de nuevo, sino hacia la línea de su mandíbula, su cuello, la clavícula que marcaba el inicio del territorio que anhelaba conquistar. Chelsea arqueó la espalda, ofreciéndose, mientras sus manos se aferraban a los fuertes dorsales de Leo, sintiendo los músculos en movimiento bajo su piel. Él era una tempestad contenida, y ella estaba decidida a ser el epicentro.
Cuando sus labios encontraron el primero de sus pechos, Chelsea dejó escapar un gemido largo y tembloroso. Leo no se limitó a un beso; fue una devoción. Tomó el pezón ya erecto y sensible entre sus labios, succionando con una presión firme y rítmica, mientras su lengua jugueteaba alrededor del areola. La sensación era eléctrica, un circuito directo al centro mismo de su deseo. Con la otra mano, acarició y pellizcó suavemente el otro pecho, asegurándose de que ninguna parte de ella se sintiera ignorada.
“Leo… ahí, justo ahí,” jadeó Chelsea, sus dedos enterrándose en su cabello oscuro, guiándolo sin fuerza, pero con una urgencia clara.
Él obedeció, alternando entre ambos pechos con una dedicación que bordea lo obsesivo. Sus dientes rozándola suavemente, su lengua aplanándose para lamer grandes extensiones de piel, sus labios sellando chupetones que, Chelsea supo, dejarían marcas moradas y satisfactorias para el día siguiente. Marcas de posesión. Marcas de que ella, por fin, estaba aquí.
Pero Chelsea no era una participante pasiva. Mientras Leo se dedicaba a su pecho, ella deslizó una mano entre sus cuerpos, buscando y encontrando la erección de Leo, que palpitaba contra su abdomen. Era imponente, no solo en longitud, sino en un grosor que llenó su puño por completo y aún sobraba. Una sensación de poder latente que hizo que su interior se estremeciera de anticipación. Comenzó a masturbarlo con movimientos largos y firmes, sintiendo la piel de seda que cubría la vara de acero debajo, las venas que serpenteaban como cables de alta tensión.
El gemido de Leo vibró contra su pecho, una respuesta profunda y gutural. Se separó de sus senos, su respiración agitada, y la miró con ojos oscurecidos por el deseo puro.
“Bajando,” ordenó, su voz era una nota baja y autoritaria que no admitía discusión, pero que Chelsea recibió con una chispa de desafío en la mirada.
Con movimientos sincronizados por un deseo mutuo que los hacía moverse como un solo organismo, se deslizaron por la cama, reorganizándose. Chelsea se colocó de rodillas frente a él, su rostro a la altura de su abdomen. El aroma de Leo, sudor, piel y puro hombre, la envolvió, intoxicándola. Antes de que ella pudiera tomar la iniciativa, Leo se inclinó, sus manos en sus hombros la guiaron suavemente hacia atrás hasta que ella estuvo recostada, y él se situó sobre ella, pero en sentido inverso. La posición del 69 se estableció de manera natural, fluida, como el paso siguiente en una danza perfectamente coreografiada.
Desde su nueva perspectiva, Chelsea tenía la imponente erección de Leo a centímetros de su rostro. Sin preámbulos, abrió la boca y tomó la cabeza, grande y de un morado intenso, entre sus labios. El sabor salado y único de él inundó sus sentidos. Mientras, sintió las manos de Leo separar sus muslos y, un instante después, la calidez húmeda de su boca cubriendo su pussy.
Chelsea ahogó un grito en la carne de Leo. Su lengua era un instrumento de precisión absoluta. No exploraba; conocía. Atacaba su clítoris con movimientos circulares rápidos y firmes, luego bajaba para lamer su entrada con largas y lentas lengüetadas que la hacían temblar. Para corresponder, Chelsea se esforzó. Bajó la cabeza, intentando tomar más de él. Logró tragar unos centímetros impresionantes, usando su lengua para masajear la parte inferior de su pene. Los sonidos que llenaban la habitación eran un himno crudo y húmedo de gemidos, jadeos y el sonido obsceno de la carne siendo amada por la boca.
Queriendo dar más, Chelsea se retiró un momento, jadeando. “Déjame… déjame probar todo,” murmuró, su voz cargada de lujuria.
Bajó aún más. Sus labios besaron el saco tenso y pesado de sus testículos. Luego, con un coraje que nació del deseo absoluto, tomó uno con suavidad en su boca. Lo lamió, lo acarició con la lengua, sintiendo su textura única. La reacción de Leo fue instantánea y violenta. Un temblor sacudió todo su cuerpo y un rugido ahogado, sofocado contra el sexo de Chelsea, resonó. Ella lo sintió vibrar dentro de su boca y, embriagada por su reacción, repitió la acción con el otro testículo, succionando con suavidad.
“¡Chelsea! ¡Mierda!” gritó Leo, separándose de ella por un momento, su respiración era un caos. “Eso… que rico…”
Esa admisión de vulnerabilidad, de placer único, la encendió como gasolina. Volvió a su pene con renovada determinación, tomándolo más profundamente, desafiando su propio reflejo nauseoso, aspirando con las mejillas hundidas. Al mismo tiempo, la boca y los dedos de Leo en ella se volvieron implacables. Él introdujo dos dedos dentro de su vagina, curvándolos para encontrar ese punto interno que la hacía ver estrellas, mientras su lengua seguía bailando sobre su clítoris.
La coordinación era perfecta, un circuito de placer que se retroalimentaba. Chelsea sentía los espasmos de placer en el cuerpo de Leo a través del pene en su boca cada vez que ella hacía algo que lo llevaba al borde, y él respondía redoblando sus esfuerzos en ella, llevándola más y más alto.
Chelsea fue la primera en cruzar el límite. El orgasmo la agarró sin piedad, un tsunami de sensaciones que estalló desde su centro y se irradió hasta las puntas de los dedos. Gritó, pero el sonido fue amortiguado por la carne que llenaba su boca. Su cuerpo se arqueó violentamente, convulsionando bajo la boca y los dedos de Leo, que no cedieron, prolongando las ondas de placer hasta que fueron casi insoportables.
El clímax de ella, y la forma en que su garganta se contraía involuntariamente alrededor de su pene mientras gritaba, fue la chispa final para Leo. Con un gruñido que era pura animalidad, se separó de su pussy y, con las manos en las caderas de Chelsea, la guió para que se girara. En un movimiento fluido, se colocó de rodillas frente a ella, su pene palpitante y brillante con su saliva a centímetros de sus labios hinchados.
“Ábrela,” ordenó, su voz temblaba con el esfuerzo de contenerse. “Quiero venir en esa boca que me ha extrañado.”
Chelsea, aún jadeando por su propio orgasmo, obedeció. Abrió la boca, sacando la lengua en clara invitación. Sus ojos, vidriosos por el placer, se clavaron en los de él. Leo tomó su pene con una mano y guió la punta hacia sus labios. Con una serie de embestidas cortas, profundas y controladas, comenzó a follar su boca. Chelsea relajó la garganta, permitiéndole entrar más y más, hasta que la cabeza de su pene rozaba la entrada de su garganta. La sensación de estar tan completamente llena, de tenerlo en un lugar tan íntimo y sumiso, la excitó de nuevo de manera obscena.
“Vas a tragar cada gota,” gruñó Leo, su ritmo se volvió más errático, sus caderas perdieron la cadencia controlada. “¡Para mi gatita! ¡Tómalo!”
Con un último y profundo empujón, Leo se detuvo, enterrado hasta el fondo de su garganta. Chelsea sintió la primera pulsación caliente contra su paladar, luego la explosión. Era copioso, intenso, y llenó su boca con un sabor salado y acre que era puramente Leo. Ella trago instintivamente, sin dejar de mirarlo a los ojos, aceptando cada chorro, cada pulsación de su entrega. Algunas gotas escaparon por la comisura de sus labios, recorriendo su mentón. Cuando Leo finalmente se retiró, jadeando, Chelsea se limpió con el dorso de la mano, una sonrisa triunfante y satisfecha en su rostro.
Pero Leo no estaba ni cerca de terminar. Su respiración era pesada, su cuerpo brillaba con una fina capa de sudor, pero su erección, lejos de amainar, parecía más imponente, más dura si cabe, brillando ahora con una mezcla de su saliva y su propio semen.
“No pienses que con eso basta,” dijo, su voz recuperando parte de su firmeza. “Esta noche apenas comienza.”
Antes de que Chelsea pudiera responder, Leo la tomó por la cintura y la volteó sobre la cama, colocándola a cuatro patas. La posición de perrito. Su trasero, marcado por el sonoro golpe de antes, estaba alto en el aire, una invitación irresistible. Leo se arrodilló detrás de ella, sus manos agarrando sus caderas con una fuerza que prometía moretes. Con una mano, guió su pene, aún resbaladizo, hacia su entrada, que estaba empapada y palpitante.
“¿Estás lista para que te castigue por haberme hecho esperar tanto?” preguntó, su voz era un susurro cargado de promesa y dominación.
“Sí,” jadeó Chelsea, mirando por encima del hombro. “Castiga a tu gatita. Fóllame como si quisieras recordarme cada día que estuvimos separados.”
Leo no necesitó más. Con un solo empuje poderoso y controlado, se enterró en ella hasta el fondo. Chelsea gritó, un sonido que era mitad sorpresa, mitad absoluta gratificación. La sensación de estar tan llena, tan estirada, tan poseída, era abrumadora. Y entonces, Leo comenzó a moverse.
No fue sexo. Fue una afirmación. Una reclamación. Cada embestida era dura, profunda, y resonaba con un sonido húmedo y carnoso. Sus caderas chocaban contra sus nalgas con una fuerza que hacía temblar todo su cuerpo. Leo inclinó su torso sobre su espalda, sus manos se deslizaron desde sus caderas hasta sus pechos, que colgaban libremente, y los agarro con fuerza, pellizcando y tirando de los pezones mientras su boca mordisqueaba y dejaba más chupetones en sus hombros y cuello.
“¿Te gusta?” rugió en su oído. “¿Te gusta que te follen como la gatita caliente que eres?”
“¡Sí! ¡Más, Leo, por favor, más duro!” suplicó Chelsea, sus palabras se convertían en gemidos entrecortados. El placer era una espiral ascendente, construyéndose desde el punto donde su cuerpo la abría y desde los pechos que él manejaba con tanta posesión.
Las nalgadas llegaron entonces, no como un juego, sino como una puntuación de su dominación. Sonoras, fuertes, dejando la piel de sus nalgas en un rojo inmediato y ardiente. Cada golpe coincidía con una embestida particularmente profunda, enviando ondas de dolor placentero que se mezclaban con el intenso cosquilleo vaginal y la llevaban más cerca del borde.
Chelsea alcanzó su segundo orgasmo en esa posición, gritando su nombre mientras su cuerpo se sacudía violentamente, sus músculos internos apretando y espasmodizando alrededor de su pene como un puño de terciopelo. Leo no se detuvo. La intensidad de su propio clímax, combinada con la contracción de ella, solo avivó su fuego. Continuó follándola con la misma potencia, prolongando su placer hasta que sus gemidos se convirtieron en quejidos de sobreestimulación dulce.
Finalmente, con un gruñido, la sacó de ella y la volteó sobre su espalda. La posición misionera, pero nada pasiva. Leo se colocó entre sus piernas, que ella enganchó alrededor de su cintura, y sin preámbulos, volvió a hundirse en su profundidad. Desde este ángulo, podía ver su rostro, podía besarla. Y lo hizo. Besó sus labios hinchados, su barbilla, sus párpados, mientras sus caderas establecían un ritmo implacable y profundo que golpeaba directamente su punto G una y otra vez.
“Mírame,” ordenó Leo, sus ojos clavados en los de ella. “Quiero verte venir otra vez. Quiero ver cómo se te va la cabeza cuando te lleno.”
Chelsea no podía apartar la mirada. El espectáculo de Leo sobre ella, sus músculos tensándose y relajándose con cada embestida, la expresión de concentración y puro deseo en su rostro, era más excitante que cualquier fantasía. Sus manos recorrieron su espalda, sus uñas marcando senderos rojos en su piel, anclándose a sus hombros.
El orgasmo la tomó por sorpresa esta vez, un estallido interno que comenzó en su núcleo y se expandió como una explosión silenciosa y poderosa. Su boca se abrió en un grito mudo, sus ojos se dilataron, fijos en los de Leo, y su cuerpo se arqueó, presionándose contra él con todas sus fuerzas.
Verla así, sentir cómo se apretaba alrededor de él en ese espasmo final de éxtasis, fue lo que Leo había estado esperando. Con un rugido que salió de lo más profundo de su ser, clavó sus caderas contra las de ella y se hundió hasta el tope. Chelsea sintió el calor de su eyaculación llenándola, una inundación caliente y potente que parecía no tener fin, que se mezclaba con sus propios fluidos y sellaba su unión de la manera más primitiva.
Permanecieron así, inmóviles, por lo que pareció una eternidad. Leo, temblando levemente con los últimos ecos de su climax, apoyado sobre sus codos para no aplastarla. Chelsea, bajo él, jadeando, con lágrimas de pura sobrecarga sensorial asomando en las comisuras de sus ojos, pero con una sonrisa de absoluta felicidad en los labios.
Poco a poco, Leo se retiró de ella dejando que los lii, colapsando a su lado y recogiéndola inmediatamente contra su pecho sudoroso. Chelsea se acurrucó allí, su cabeza sobre su corazón, que aún latía con fuerza. De su unión, un hilo cálido de su semen mezclado con sus jugos comenzó a escapar, manchando las sábanas debajo de ella. Ni siquiera lo notó.
“Dios mío,” murmuró Chelsea, cuando finalmente recuperó el aliento. Su voz era ronca, gastada. “Eres… increíble.”
Leo la besó en la coronilla, sus brazos apretándola con una ternura que contrastaba brutalmente con la fuerza que acababa de desplegar. “Y tú eres mi tormenta perfecta,” susurró contra su cabello. “Mi gatita feroz.”
Chelsea alzó la mirada para verlo, una sonrisa pícara tocando sus labios. “¿Y si te digo que… todavía tengo hambre?”
Leo la miró, y en sus ojos oscuros volvió a encenderse la chispa del deseo, aunque su cuerpo aún se recuperaba. Una sonrisa lenta y prometedora se dibujó en su rostro. “Entonces, gatita,” dijo, su voz era una caricia baja y sensual, “tenemos toda la noche para saciarte.”
Y Chelsea supo, hundiéndose de nuevo en su abrazo, que esta era solo la primera ráfaga de la tormenta. Y que no había lugar en el mundo donde preferiría estar.
—
Leo y ella permanecían desnudos bajo la suavidad de las sábanas, rodeados por el silencio de la habitación y el tenue resplandor que se filtraba por las cortinas. Chelsea estaba recostada en los brazos de Leo, apoyando uno de sus pechos contra el costado de él mientras trazaba círculos perezosos sobre su pecho con la punta de los dedos. Leo, por su parte, mantenía una mano bajo la sábana, descansándola con firmeza sobre su nalga, disfrutando de la calidez de su trasero ahora que el ritmo frenético había cesado. Ambos estaban despiertos, disfrutando de la calma tras la tormenta.
“Eres una auténtica bestia, Leo”, dijo Chelsea con la voz todavía algo entrecortada por el cansancio. “No sé qué clase de cuerpo tienes, pero es como si nunca te cansaras. Yo estoy agotada, siento que no puedo mover ni un dedo, y tú pareces listo para empezar de nuevo”.
Leo soltó una risa baja y vibrante que resonó en su caja torácica.
“Bueno, con una mujer como tú frente a mí, ¿quién tendría el descaro de cansarse?”, le dijo Leo con un tono sugerente, mientras le daba una pequeña caricia lenta y ascendente desde su nalga hacia la cadera.
“Deja de ser tan coqueto”, respondió Chelsea dándole un golpecito juguetón en el torso, aunque se pegó más a él, sintiendo el roce firme de sus pechos contra la piel de Leo. “Hablo en serio, ya no puedo más contigo”.
Se hizo un pequeño silencio mientras ella se volvía un poco más seria. Chelsea levantó la vista para encontrar los ojos de Leo, buscando algo de claridad entre la neblina del placer.
“Entonces… ¿qué será de nosotros de ahora en adelante?”, le preguntó Chelsea con curiosidad. “¿Será que me perseguirás para tener algo serio?”.
Al escuchar la pregunta, Leo sintió un ligero sudor frío recorriéndole la nuca. La situación se estaba volviendo real mucho más rápido de lo esperado, y la mención de la palabra “serio” siempre era un terreno peligroso habiendo arreglado las cosas con Penny recientemente.
“Chelsea, tú ya sabes cómo está mi situación con las otras chicas… con Penny y con Summer”, le dijo Leo, tratando de mantener la honestidad sin romper el momento.
Chelsea hizo una mueca de evidente molestia ante la mención de las otras, pero en su mente admitió que, con una bestia de tal calibre físico, probablemente necesitaría apoyo y varias caricias más para saciarlo a largo plazo.
“¿Tendré entonces un hueco en tu vida?”, le preguntó Chelsea, mirándolo fijamente a los ojos.
Leo la miró con suavidad, pasando una mano por su cabello mientras mantenía la otra firme sobre sus nalgas, apretando su trasero para reafirmar su vínculo físico.
“Ya lo tienes, Chelsea. No eres la única y no podría prometerte que lo serás, no puedo engañarte con eso”, le dijo Leo con sinceridad. “Pero mientras tú quieras estar, tendrás un hueco en mi vida. Eso te lo aseguro”.
Chelsea lo observó unos segundos y, aceptando los términos de ese trato implícito, se inclinó para besarlo profundamente mientras presionaba su cuerpo desnudo contra el de él.
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Cambio de Escena
Horas después, el cielo comenzaba a teñirse con los colores del atardecer. Leo detuvo su auto frente al complejo de departamentos de Chelsea, envolviendo el ambiente en una mezcla de satisfacción y despedida. Al bajar, la acompañó hasta la entrada principal, donde se detuvieron un momento bajo el marco de la puerta.
“Gracias por lo de hoy, Leo. Realmente lo necesitaba”, dijo Chelsea, mirándolo con una devoción renovada.
Leo no respondió con palabras; en su lugar, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él para sellar el día con un apasionado beso que dejó a Chelsea sin aliento. Se separaron lentamente, y con una última sonrisa encantadora, Leo dio media vuelta para dirigirse a su vehículo mientras ella entraba al edificio.
Estaba por subirse a su auto, con la mano ya puesta en la manija, cuando su teléfono sonó con el tono seco de la llegada de un mensaje. Leo lo sacó del bolsillo y, al revisar la pantalla, vio que el remitente era Summer.
> *”Necesitamos vernos para hablar, te espero mañana en el parque a las 11:00 am.”*
Leo se quedó mirando el mensaje por unos segundos, procesando el hecho de que su agenda de “crisis sentimentales” no parecía tener descanso.
“¡¿Es en serio?!”, dijo Leo en voz alta, dejando escapar un suspiro mientras guardaba el teléfono.
Se pasó una mano por el rostro, pensando que su vida se volvía mucho más complicada de lo que esperaba; apenas había lidiado con la ruptura de Chelsea y su reciente arreglo con Penny, y ahora Summer reclamaba su atención con un tono de urgencia. Sin embargo, una pequeña y confiada sonrisa apareció en sus labios mientras encendía el motor.
“Pero bueno… al menos es interesante”, se decía a sí mismo para relajarse. Decidió no darle más vueltas al asunto, encendió la radio y arrancó, dispuesto a simplemente vivir y manejar lo que sea que el mañana le tuviera preparado.
Chelsea ya tiene su R18, se sigue sintiendo raro desarrollar eso, pero bueno a alguno les gusta.
Que opinan de la situacion con Charly y la relacion de ella con Leo
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