The strongest warrior of humanity - Capítulo 203
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Capítulo 203: capitulo 203 mi sacrificio
El aire alrededor de Carlos y Shu se volvió una zona de muerte. Mientras Fer se alejaba, su aura solar consumía los restos de Ling en un pilar de fuego dorado, dejando a los dos antiguos rivales en un vacío de tensión absoluta.
Carlos apretó el mango de su katana. El recuerdo de la masacre de su vida anterior pulsaba en su mente como una herida mal cerrada. Sabía que Shu era el más peligroso; su odio no nacía solo de la ambición, sino de una tragedia que Carlos mismo había provocado, aunque fuera bajo engaños.
—”¿Qué pasa? ¿Acaso tienes miedo de recordar lo que hice?”, escupió Shu, su rostro desfigurado por un rencor milenario. “Para ser del clan de ese bastardo del Dios Nocturno, no creí que tú y Shiro fueran los únicos supervivientes. ¡Todos nuestros planes han caído por tu culpa! ¿Sabes cuánto esfuerzo nos costó a nosotros y a los abismales llegar hasta aquí?”.
Shu levantó su arma, y una negrura absoluta empezó a chorrear de su filo.
—”Tu patética existencia acabará aquí”.
Carlos lo miró con una mezcla de lástima y frialdad soberana.
—”Parece que quieres que te mate, Shu. Nunca entenderé por qué ayudas a los abismales. ¿Acaso no los odiabas?”.
—”¡CÁLLATE!”, rugió Shu, lanzándose hacia adelante. “¡Por tu culpa esto es así! ¡Si no hubieras masacrado a mi clan sin razón, esto no estaría pasando!”.
Carlos bloqueó el primer impacto, y el choque de metales creó una onda expansiva que pulverizó las rocas cercanas.
—”Tienes razón”, admitió Carlos, su voz resonando con el peso de la culpa y la aceptación. “Yo maté a tu clan por una orden de mi hermano mayor. Fui engañado y traicionado; todo lo que hice por él no significó nada. Pero ya no hay nada que pueda hacer por ti. Fuiste cegado por los abismales… y este resultado será tan mediocre como ustedes”.
El Despertar del Dios del Rayo
En ese instante, Carlos dejó de contenerse. El aura galáctica de la Espada Sangrienta se fusionó con una energía eléctrica devastadora.
—”Dios del Rayo”.
Partículas verde-azuladas estallaron de los poros de Carlos, envolviendo su cuerpo en una armadura de relámpagos constantes. Sus ojos cobraron vida con una chispa eléctrica que borraba cualquier rastro de duda. La velocidad escaló más allá de los límites físicos; ya no eran dos hombres peleando, eran dos estelas de energía colisionando a una velocidad que distorsionaba el tiempo.
Cada choque de sus espadas provocaba explosiones que iluminaban el Reino Platinos del Amanecer. Carlos se movía como un parpadeo, apareciendo y desapareciendo, dejando tras de sí el rastro del ozono quemado y el eco de un juicio que llevaba eones esperando.
—”Esto se terminará aquí y ahora, Shu”, sentenció Carlos, preparando un tajo envuelto en rayos que buscaba cortar no solo el cuerpo de su enemigo, sino el ciclo de odio que los unía.
El estallido de energía verde y azul del Dios del Rayo se apagó de golpe, no por falta de voluntad, sino porque el mundo mismo pareció colapsar bajo una presión que no pertenecía a este plano. Carlos sintió cómo sus huesos crujían; la gravedad se volvió una mano gigantesca que lo estampó contra el suelo, hundiendo su cuerpo en el cráter mientras la Espada Sangrienta vibraba con un miedo metálico.
Entre el polvo y las sombras de la destrucción, una figura descendió con una elegancia que resultaba insultante ante el caos reinante.
Sus ojos eran pozos de un rojo oscuro, más profundos que cualquier herida; sus alas, una mezcla de plumaje rojizo y membranas sombrías, se extendían eclipsando el sol del amanecer que Fer había traído. El cabello rojo de la entidad ondeaba como llamas de un infierno helado.
Por primera vez, Carlos comprendió el terror que su madre había guardado en silencio durante tantos años. Astaroth no era un demonio común, ni un abismal; era una calamidad viviente que finalmente había reclamado su lugar en el presente.
—”Así que… este es el cachorro de Josué y de la mujer que casi me detiene”, la voz de Astaroth no se escuchó con los oídos, sino que retumbó directamente en la médula espinal de Carlos.
Astaroth ni siquiera tuvo que tocarlo. Con un simple gesto de su mano hacia arriba, la gravedad que aplastaba a Carlos se invirtió violentamente. El Soberano fue elevado por los aires solo para ser repelido por una onda de choque invisible.
El impacto fue cataclísmico. Carlos salió disparado como un proyectil, atravesando montañas y bosques en una línea de destrucción masiva que se extendió por kilómetros, surcando la geografía del continente hasta estrellarse en los límites de un reino lejano. El rastro de su caída dejó una cicatriz en la tierra que podía verse desde el espacio.
Fer intentó moverse para interceptar, pero incluso su fuerza de dos metros y su espada solar flaquearon ante la sola presencia de Astaroth. Shu, arrodillado y sangrando, soltó una carcajada demente, sabiendo que su “Señor” finalmente había llegado para cobrar la deuda de sangre.
Gabriel, sosteniendo la droga con manos temblorosas pero triunfantes, se postró ante la entidad roja.
—”Bienvenido, gran Astaroth… El sacrificio está listo”.
El aire se volvió una sustancia densa y ponzoñosa bajo la mirada de Astaroth. Las alas rojas y oscuras se agitaron con una parsimonia letal, enviando ráfagas de viento que marchitaban la vegetación en un radio de kilómetros. El demonio abismal ignoró por completo a Fer, fijando su vista en la estela de destrucción que Carlos había dejado al ser lanzado por el continente.
—”Ese niño… es el hijo de Hina Sánchez”, siseó Astaroth, y su voz goteaba una anticipación sádica. “Será un gran festín de sangre cuando vea a su propia madre presenciar cómo su querido hijo es masacrado”.
Astaroth cerró los ojos un instante, inhalando la esencia del mundo exterior, buscando un rastro específico en el flujo de la magia.
—”Ha pasado mucho tiempo desde que me humilló esa humana… Sara”, gruñó, y el suelo bajo sus pies comenzó a derretirse en un charco de lava negra. “Esa mujer es a quien quiero acabar. Pero… no percibo su magia. ¿Acaso esa bastarda arrogante está muerta?”.
Gabriel, temblando ante la magnitud del poder de su “creación”, se atrevió a dar un paso al frente.
—”Mi señor, el mundo ha cambiado… los Soberanos se han debilitado, y Sara…”
—”Mmm… no”, lo interrumpió Astaroth con una sonrisa que mostraba colmillos de obsidiana. “No creo que haya muerto. Sería un desperdicio. Pero debo saber qué ocurrió en estos años”.
El Retorno del Verdadero Miedo
La entidad extendió sus alas, y una cúpula de energía carmesí envolvió todo el Reino Platinos del Amanecer, aislándolo de la luz del sol de Fer.
—”Antes de salir del abismo, había perdido la mitad de mi poder. Por eso era tan débil en aquel entonces”, confesó Astaroth, su aura expandiéndose hasta que el cielo mismo se volvió del color de la sangre coagulada. “Pero ahora es distinto. He recuperado todo. Nadie podrá hacer nada, ni mucho menos Sara. Ahora demostraré lo que es el verdadero miedo de un Verdadero Demonio Abismal de la Muerte”.
A kilómetros de distancia, entre los escombros de una montaña pulverizada, Carlos abrió un ojo. Su armadura de Dios del Rayo estaba hecha trizas y la Espada Sangrienta yacía a unos metros, enterrada en la roca. La presión de Astaroth se sentía incluso desde allí, como un peso invisible que intentaba detener su corazón.
De entre las sombras de los árboles caídos, una figura pequeña y encapuchada se acercó al cráter de impacto. Era Yins Shadow, que lo había estado rastreando desesperadamente. Sus manos temblaban al ver al hombre que consideraba su Dios en ese estado.
—”Maestro…”, susurró ella, dejando caer su capucha. “Tiene que levantarse… ese monstruo… viene hacia aquí”.
Carlos tosió sangre, sintiendo cómo el frío de la tierra se filtraba por sus heridas abiertas. Al ver a Shadow allí, arrodillada junto a él entre los escombros de la montaña, el mundo pareció detenerse por un segundo.
—”¿Shadow? ¿Qué haces aquí?”, murmuró Carlos con la voz rota. “¿Cómo es que tú…?”.
—”Es una larga historia…”, interrumpió ella, sus manos temblando mientras intentaba limpiar la sangre del rostro de su maestro. “Emilia nos contó dónde estabas. Estábamos en la Ciudad Esmeralda, nos quedamos unos días en el hotel… pero ella vino. Es extraño, ¿sabes? Antes de que nos dejaras, ella se hizo cargo de nosotras. Nos ve como a sus hijas. Al menos me alegro de tener una madre… no biológica, pero sí una madre adoptiva”.
Shadow levantó la vista hacia el horizonte, donde el cielo seguía teñido de un carmesí tóxico por la presencia de Astaroth. Su rostro se volvió pálido, y una expresión de puro terror analítico cruzó sus ojos.
—”Pero ahora veo que estás hecho mierda”, sentenció Shadow con una madurez que dolía. “Ese tipo es peligroso. Deberíamos irnos. Ese tipo… puedo verlo. En estos momentos él…”.
De repente, una vibración telúrica sacudió el continente. La voz de Astaroth no llegó por el aire, sino que resonó en la misma estructura ósea de Carlos y Shadow, como si el demonio estuviera hablando desde el interior de sus propias mentes.
—”¿Así que esa niña de ahí ya sabe algo sobre mí, no es así?”, la presencia de Astaroth se sintió como una garra apretando sus corazones.
Shadow no bajó la mirada. Se puso en pie, interponiéndose entre el cráter y la dirección del enemigo. Una mirada fría y letal, impropia de su edad, salió de su rostro mientras observaba la esencia de Astaroth a la distancia.
—”Por supuesto”, siseó Shadow. “Tú ahora eres un Nocturno”.
El silencio que siguió fue más destructivo que la caída de Carlos. A kilómetros de distancia, Fer sintió un escalofrío que apagó sus llamas solares por un instante. Carlos, en el fondo del cráter, se quedó en shock, con los ojos galácticos abiertos de par en par, paralizado por una verdad que desafiaba toda lógica.
—”¿Qué mierdas dijiste, Shadow?”, rugió Carlos, intentando incorporarse mientras el dolor le desgarraba los costados. “¿Cómo es…? Espera un momento. Eso es imposible”.
El Robo del Linaje
La mente de Carlos empezó a conectar los puntos con una velocidad frenética. Recordó el momento en que Lucifer lo emboscó.
—”Acaso Lucifer… lo que me arrancó de dentro no solo fue la llave…”, balbuceó Carlos, sintiendo un vacío gélido donde antes residía su núcleo de poder. “Sino también… ¿una pizca de mi poder? Pero, ¿cómo es posible eso? ¿Cómo pueden haber convertido a una entidad abismal en un usuario del Poder Nocturno?”.
El suelo crujió bajo las botas de Carlos mientras se obligaba a ponerse en pie. Cada fibra de su ser gritaba de agonía, pero el descubrimiento de que Astaroth portaba una esencia Nocturna robada era un veneno que no podía dejar correr.
—”Oigan… ¡no me dejen sola!”, una voz familiar y agitada rompió el aire cargado de ozono. Zani emergió de entre los escombros, jadeando. “Oye, Shadow, dijimos que no nos separaríamos…”.
—”Lo sé, pero estaba desesperada”, respondió Shadow sin apartar la vista de Carlos. “No podía perderlo dos veces”.
Carlos las miró, y por un segundo, el dolor físico fue superado por una calidez amarga.
—”Ya veo…”, murmuró él, con la sangre goteando de su barbilla. “Así que por esa razón no me han olvidado”.
—”Así es, maestro”, dijo Zani, acercándose con una mezcla de miedo y determinación. “Ha pasado tiempo. Me alegro de que estés bien”.
—”Lo mismo digo”, respondió Carlos, aunque una sonrisa irónica cruzó su rostro. “Aunque ahora no es el momento adecuado. Mi cuerpo está roto, pero debo seguir adelante”.
Carlos comenzó a caminar, arrastrando la Espada Sangrienta por el suelo, dejando un surco profundo en la tierra calcinada. Sus heridas eran mortales, su regeneración estaba al límite y el cansancio pesaba como el plomo.
—”¿Por qué siempre me ocurren estas cosas?”, se preguntó en un susurro amargo. “¿Será que tengo mala suerte? Debo encontrar el punto exacto… No me queda de otra. Tendré que usarlo”.
Carlos cerró los ojos por completo. El aura carmesí y los rayos verdes desaparecieron, succionados hacia su núcleo. Cuando los abrió, el cambio fue aterrador. Sus ojos ya no eran galaxias ni relámpagos; se tornaron de un azul oscuro absoluto, profundo como el vacío entre las estrellas, y dentro de ellos aparecieron runas blancas que giraban como si sus rasgos fueran las páginas de un libro antiguo.
Había accedido a la raíz más pura de su linaje: el Códice del Poder Nocturno.
Sin una palabra, Carlos desapareció en una distorsión de espacio-tiempo.
A kilómetros de distancia, en el epicentro del desastre, Astaroth y Shu ni siquiera tuvieron tiempo de prepararse. Carlos reapareció entre ambos como un borrón azulado. El choque fue tan violento que la atmósfera se desgarró.
La batalla se volvió puramente destructiva. Cada vez que la espada de Carlos chocaba contra el aura de Astaroth, la realidad a su alrededor se borraba, dejando parches de vacío blanco donde antes había tierra. Carlos atacaba a ambos al mismo tiempo, moviéndose con una cadencia que desafiaba la física, impulsado por una energía que estaba consumiendo su vida a cambio de una fuerza divina.
Gabriel observaba desde lejos, cubriéndose el rostro ante la presión.
—”¡Imposible! ¡Está quemando su propia alma para mantener ese nivel!”, gritó, viendo cómo Carlos, herido y roto, lograba hacer retroceder al mismísimo Demonio Abismal de la Muerte.
La escena era una pesadilla de sangre y estática divina. El modo Códice de Carlos, ese azul profundo cargado de runas, parpadeó violentamente cuando la mano de Astaroth se cerró sobre el cuello del Soberano, deteniendo su impulso cinético con una facilidad aterradora.
—”Vaya… ese mocoso es fuerte”, siseó Astaroth, cuya voz ahora vibraba con la frecuencia del Poder Nocturno robado. “¿Pero desde qué momento te volviste tan débil, humano?”.
El demonio abismal apretó el agarre, levantando a Carlos del suelo mientras sus alas rojas se agitaban con desprecio.
—”Tenía una mínima esperanza de que fueras tan fuerte como Sara… Pero ni con el poder nocturno eres capaz de liberarlo todo. Tienes miedo, ¿verdad? Miedo de perder tu humanidad. No quieres convertirte en un Dios porque sabes que, si lo haces, perderás la razón. Los humanos te usarán como un arma sin sentido… ¿Es eso?”.
La Agonía del Soberano
Astaroth soltó una carcajada que resonó como cristal rompiéndose. Con un movimiento casi imperceptible, su garra imbuida en energía abismal cruzó el aire.
Un grito desgarrador quedó ahogado en la garganta de Carlos.
El brazo izquierdo de Carlos cayó al suelo, cercenado limpiamente por un tajo de gravedad. Segundos después, múltiples estacas de luz negra atravesaron su torso, fijándolo al aire mientras la sangre goteaba con una intensidad frenética, tiñendo el suelo de un carmesí brillante.
—”¡Mierda… mierda!”, gruñó Carlos entre dientes, el sudor y la sangre nublando su visión azul. El odio y la frustración quemaban más que las heridas.
El Desgarro de las Alumnas
A lo lejos, el horror se apoderó del cráter. Yins Shadow se lanzó hacia adelante, pero Zani la sujetó de la muñeca con una fuerza desesperada.
—”¡Shadow, no intentes ir allí!”, gritó Zani, con los ojos empañados.
—”¡Suéltame, Zani! ¡No puedo permitir que lo haga solo!”, los gritos de Shadow se quebraron, su voz perdiendo toda compostura. “Él está debilitado… desde que murió y reencarnó, todo empezó desde cero. No quiero sufrir de nuevo, ¡por favor!”.
Shadow cayó de rodillas, golpeando la tierra con los puños, mientras Zani bajaba la mirada, intentando ocultar una tristeza que la devoraba por dentro. En ese momento, Fer se acercó, su armadura solar agrietada y su respiración pesada tras contener a Ling.
—”Zani… déjala”, dijo Fer con una voz grave, llena de una resolución amarga. “Deja que ella salve a Carlos”.
—”¿Pero, Fer…?”, balbuceó Zani.
—”Yo también estoy ocupado contra ese tipo de Ling… y contra lo que sea que Astaroth esté invocando”, respondió Fer, mirando hacia el cielo, donde una brecha dimensional empezaba a abrirse sobre la cabeza de Astaroth. “Si no hacemos algo ahora, no habrá un ‘después’ para nadie”.
Carlos, colgado de las estacas negras, levantó la mirada hacia Shadow. Sus runas oculares empezaron a girar en sentido contrario. A pesar del brazo perdido y del dolor que consumía su alma, una última idea suicida cruzó su mente.
“Si no quiero ser un Dios… tendré que ser el monstruo que los Dioses temen”, pensó Carlos, mientras su sangre empezaba a hervir con una energía prohibida.
Zani soltó la muñeca de Shadow, sintiendo cómo el calor de la electricidad estática le quemaba la palma de la mano. Las lágrimas rodaron por sus mejillas mientras veía a su compañera ponerse en pie con una resolución que ya no pertenecía a una niña, sino a una fuerza de la naturaleza.
—”Está bien… tú ganas, Shadow. Ve”, susurró Zani, bajando la cabeza.
Shadow no perdió un segundo. Alzó la mirada y, con un susurro de gratitud, activó la técnica que Carlos le había enseñado, pero llevándola a un nivel prohibido. Un rayo rojizo brillante, tan intenso que opacó el resplandor galáctico de Carlos y el aura solar de Fer, envolvió su cuerpo.
En un parpadeo, desapareció.
Carlos, empalado por las estacas de Astaroth y perdiendo la consciencia por la hemorragia de su brazo amputado, vio cómo el mundo se movía en cámara lenta. Una estela carmesí cortó el aire, rompiendo las leyes de la física. Cuando sus ojos se encontraron con los de Shadow, el tiempo pareció congelarse entre el maestro y la alumna.
Ella sonrió. Era una sonrisa llena de paz, una que Carlos reconoció con un terror gélido.
—”No tienes que hacer esto, Shadow…”, intentó gritar Carlos, pero su voz era apenas un hilo de sangre.
—”Carlos… los momentos en que me cuidaste desde que era una niña… es gracias a ti que pude volverme fuerte”, la voz de Shadow resonó por telepatía, clara y dulce en medio del caos. “Tengo que salvarte. Tú me enseñaste que una guerrera no debe caer, y mucho menos ante alguien más débil que yo”.
Shadow se posicionó justo frente a Astaroth, cuyo rostro de demonio mostró, por primera vez, una pizca de confusión ante la velocidad de la chica.
—”Me enseñaste que la vida no puede ser hermosa si la humanidad la está destruyendo… pero tú me enseñaste lo más hermoso de todo: conocerte”, continuó ella, mientras su aura roja empezaba a agrietar el espacio alrededor de Astaroth.
—”¡No! ¡Detente, Shadow! ¡No sigas, por favor!”, suplicó Carlos, forcejeando contra las estacas que lo atravesaban, ignorando el dolor punzante.
—”¿Por qué no quieres que siga? Sabes cómo terminará esto, ¿verdad?”, Shadow lo miró con un amor infinito. “Te duele aceptar que aún tienes un corazón puro. Tú representas a la humanidad, Carlos. Eres el ser más honesto y amable que he conocido. Eres a quien admiro y amo con todas mis fuerzas. Sin ti, no hay un mundo donde yo pueda ser feliz. Eres mi mayor razón para ser fuerte”.
Shadow extendió sus manos. El rayo rojizo no era solo energía; era su propia fuerza vital convirtiéndose en un sello de sacrificio. Astaroth rugió, intentando aplastarla con su gravedad de Nocturno robado, pero Shadow era un fantasma de pura voluntad.
—”Técnica Prohibida: Vínculo de Sangre Eterno”, sentenció Shadow.
Una explosión de luz roja envolvió a Carlos y a Shadow, mientras ella comenzaba a absorber las estacas negras y la maldición de Astaroth hacia su propio cuerpo, transfiriéndole a Carlos su vitalidad restante para regenerar su brazo y sanar su alma.
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