The strongest warrior of humanity - Capítulo 204
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Capítulo 204: Capitulo 103 una verdad difícil de sorprende
Astaroth, el Demonio Abismal de la Muerte, poseedor ahora de un Poder Nocturno híbrido y aterrador, detuvo su risa burlona. La presencia de Shadow, envuelta en ese rayo rojizo que superaba la intensidad del mismísimo Carlos, había congelado el aire. La pequeña guerrera, la alumna que él había subestimado, emanaba una determinación que hacía vibrar la realidad.
—”Veo que esto será lo más doloroso…”, susurró Shadow, su voz resonando con una calma premonitoria. “Técnica de la Espada: Destellos de la Luz Escarlata”.
La Danza de la Muerte Carmesí
Astaroth arqueó una ceja, impresionado. Era la segunda vez en eones que presenciaba un poder de tal magnitud emanar de un ser humano. Una sonrisa genuina, carente de su habitual sadismo y llena de una anticipación casi respetuosa, cruzó su rostro de pesadilla.
—”Al fin…”, siseó Astaroth, sus ojos rojos oscuros brillando. “Una humana digna. Espero que seas entretenida”.
Shadow no respondió con palabras. Usando el Dios del Rayo a una velocidad que desafiaba la percepción incluso de un Nocturno, se convirtió en un borrón carmesí. Aparecía y desaparecía alrededor de Astaroth, no buscando un golpe mortal instantáneo, sino ejecutando cortes precisos y rítmicos. Varias partes del cuerpo del demonio fueron cercenadas antes de que él pudiera reaccionar a la primera estocada.
La Ira del Cielo
Mientras se movía, Shadow activó una percepción olvidada: la Visión del Dragón. Sus ojos brillaron con un matiz dorado efímero. Levantó su mano hacia el cielo ensangrentado y, con un gesto imperioso, invocó una calamidad.
—”Lluvia de Espadas”, sentenció.
El firmamento se partió. Miles de hojas de energía escarlata, afiladas como el juicio final, cayeron en picada hacia Astaroth. El impacto fue ensordecedor. Una ráfaga de viento violentísima barrió el campo de batalla, levantando toneladas de tierra y escombros, ocultando al demonio en un torbellino de destrucción.
El Despertar de la Monstruosidad
Entre el polvo y el caos de la lluvia de espadas, Shadow comenzó a caminar lentamente hacia el epicentro de la explosión. Ya no quedaba rastro de la niña asustada. De su cuerpo empezó a emanar una aura monstruosa, una energía densa y oscura que devoraba la luz a su alrededor, una manifestación pura de su voluntad de sacrificio y amor. Sus ojos brillaban con una determinación tan admirable que incluso Fer, a lo lejos, contuvo el aliento.
Carlos, con su brazo recién regenerado y sus heridas cerrándose gracias al sacrificio inicial de Shadow, observaba la escena con horror y orgullo. Sabía que ella estaba usando hasta la última gota de su fuerza vital para mantener ese ataque y esa aura. Estaba presenciando el nacimiento de una leyenda y, al mismo tiempo, la despedida de su alumna más amada.
La tensión en el campo de batalla era tan espesa que se podía cortar con el filo de una espada. Carlos, con el brazo recién regenerado y el pecho agitado por el esfuerzo de mantenerse consciente, sintió la mano firme de Zani en su hombro, obligándolo a permanecer en su sitio mientras Shadow se convertía en una tormenta escarlata frente a Astaroth.
—”No te preocupes por ella, maestro. No morirá”, dijo Zani con una seguridad que dejó a Carlos mudo. “La conozco; es terca y siempre hace las cosas como quiere. Confía en ella… Por ahora, déjame ver cómo estás mientras esperamos a que lleguen los refuerzos”.
Carlos parpadeó, confundido por la calma de su alumna en medio del apocalipsis.
—”¿A qué te refieres, Zani? ¿Qué refuerzos?”.
Zani lo miró fijamente, con una chispa de esperanza brillando en sus ojos.
—”Tus padres, Carlos… Ellos están en camino”.
Lejos del Campo de Batalla: El Reino del Desierto
En la tranquilidad de un palacio rodeado de dunas doradas, el tiempo se congeló. Hina Sánchez sostenía una taza de té, pero de repente, una vibración maligna recorrió su columna vertebral. No era solo magia; era una frecuencia de muerte que conocía demasiado bien.
La porcelana se hizo añicos contra el suelo de mármol. Su rostro, antes sereno, se tornó en una máscara de puro horror.
—”No… acaso él está…”, balbuceó Hina, con la respiración entrecortada.
Josué, al ver el estado de su esposa, dejó de lado sus asuntos y se acercó a ella con urgencia.
—”Hina, ¿qué sucede?”.
—”¡Tenemos que regresar!”, gritó ella, agarrando la túnica de su esposo. “Nuestro hijo está en peligro y Astaroth ha sido revivido. No tenemos tiempo, ¡tenemos que irnos ya!”.
Melissa y Saleh intercambiaron miradas de preocupación. La mención de Astaroth era una sentencia de muerte para cualquiera que no estuviera preparado.
—”Debemos ir también”, sentenció Melissa, ajustando su equipo de combate. “Alefa, Rai, ¡muévanse! Angélica… ¿sabes usar magia de teletransportación?”.
Angélica soltó una risa seca, casi aterradora, mientras sus ojos brillaban con un secreto guardado durante eones. Miró directamente a Saleh.
—”No, yo no puedo hacer eso… pero aquí, frente a mis ojos, hay alguien que sí puede usarlos, ¿o me equivoco, Saleh?”, dijo Angélica con una sonrisa que heló la sangre de los presentes.
Saleh asintió con gravedad, extendiendo sus manos mientras un círculo mágico gigante de color esmeralda empezaba a grabarse en el suelo del palacio.
—”Tienes mucha razón. Sé cómo usarlo. ¡Todos a sus posiciones!”.
El círculo esmeralda de Saleh terminó de grabarse en el suelo del palacio del desierto, emitiendo un zumbido que distorsionaba el espacio mismo.
—”La magia está completa… ¡Es hora de regresar al Reino Platinos!”, rugió Saleh, y en un estallido de luz verde, el grupo de los padres y guardianes desapareció, dejando tras de sí solo el eco de su determinación.
Mientras tanto, en el epicentro de la destrucción, la lluvia de espadas escarlatas amainaba, dejando a Astaroth en el centro de un cráter humeante. Su armadura de demonio estaba astillada, pero su aura de Nocturno híbrido palpitaba con una emoción maníaca. Miró a la pequeña figura que lo desafiaba con esa aura monstruosa.
—”Vaya… esto no se compara a cuando me enfrenté a Hina y Sara”, siseó Astaroth, limpiándose un hilo de sangre negra del labio. “Tú eres alguien diferente a ellas. No veía mujeres tan poderosas desde la Era de los Humanos. Dime, ¿qué eres exactamente? ¿Cómo te llamas, humana?”.
La niña no retrocedió ni un milímetro. Su cabello ondeaba bajo la presión de su propia energía rojiza.
—”Mi nombre es Yins Shadow”, respondió con una voz que cortaba como el acero. “Soy discípula y alumna de Carlos Tanaka Sánchez”.
Astaroth soltó una carcajada seca que hizo temblar los árboles calcinados.
—”Muy, muy bien… gracias por la información, niña. Ahora, si me disculpas, es hora de que te mande a lavar los platos rotos”.
Shadow soltó una risa burlona que descolocó por completo al demonio.
—”¿Eh? Jajaja… ¿crees que alguien como tú me va a intimidar?”, espetó Shadow con un desprecio absoluto. “Me he enfrentado a cosas peores desde que tu compañero Lucifer nos está cazando. No voy a permitir que alguien como tú venga a destruir lo que queda”.
Shadow dio un paso al frente, y el suelo bajo sus pies se agrietó por la densidad de su aura.
—”No quiero que termines como ese General Abismal que ni siquiera duró nada contra mí”, continuó ella, con una sonrisa gélida. “¿Eso es lo mínimo para que tú hayas regresado? ¿O qué? ¿Te da vergüenza que mencione a la persona que te humilló hace tiempo? ¿Quieres que me burle de tu derrota?”.
El rostro de Astaroth se transformó. La cortesía burlona desapareció, reemplazada por una sombra de odio ancestral. La mención de su humillación pasada y la comparación con un general caído tocaron una fibra sensible en su orgullo de demonio abismal.
—”Pequeña… insolente…”, gruñó Astaroth, y sus alas se abrieron con tal fuerza que crearon un vacío de aire.
Carlos, desde la distancia, sintió el cambio en la atmósfera. Sabía que Shadow estaba provocando deliberadamente a Astaroth para que centrara todo su odio en ella, ganando segundos vitales para que el teletransporte de sus padres aterrizara.
El aura roja de Shadow empezó a fluctuar, no por debilidad, sino por el peso de la introspección. Mientras el suelo seguía vibrando bajo la presencia de Astaroth, ella se sumergió en ese silencio gélido que solo los guerreros que han aceptado su destino pueden percibir.
—”Esto no debería ser así…”, murmuró Shadow con una voz apagada, casi inaudible para el resto. “Ese tipo es demasiado peligroso ahora que tiene el Poder Nocturno. Cada movimiento, cada intercambio de agilidad, es un desafío aterrador”.
Shadow apretó el mango de su espada, sintiendo el flujo de su propia energía devorándola por dentro. En su mente, la imagen de Emilia se proyectó con una claridad dolorosa.
“Si ella no nos hubiera encontrado, jamás habría llegado a ser tan fuerte como mi maestro. Mi vida tiene un precio, un propósito… Ser la más fuerte no define la fuerza; es la determinación de demostrarle al enemigo lo que es una fuerza destructiva de verdad”.
Recordó los días de entrenamiento con Zani, los celos infantiles y el miedo a ser reemplazada. Todo eso parecía tan lejano ahora que la muerte soplaba en su nuca. Para Shadow, la fuerza no era un trofeo, era una ofrenda.
—”Si llega la guerra algún día…”, susurró para sí misma, con una mirada que ya no pertenecía a este mundo, “…lo más posible es que yo tenga que terminar de la manera más cruel posible. Pero si es por ellos, que así sea”.
Astaroth, recuperándose del impacto de las palabras de Shadow, sintió la fluctuación de su aura. Sus ojos rojos se entrecerraron.
—”¿Hablando contigo misma antes de morir, niña? Qué costumbre tan humana”, siseó el demonio, extendiendo sus alas. “Tu determinación es admirable, pero tu cuerpo ya no puede sostener esa ‘fuerza destructiva’ de la que tanto te jactas. Tu tiempo se ha agotado”.
Astaroth se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un rayo de oscuridad absoluta. Shadow levantó su espada, dispuesta a recibir el impacto final que sellaría su destino, pero justo cuando el choque era inminente…
El espacio sobre ellos se desgarró por completo.
Una presión gravitatoria colosal, diferente a la de Astaroth, aplastó el área. Un pilar de luz esmeralda y dorada impactó directamente entre Shadow y el demonio, obligando a este último a retroceder violentamente.
—”¡ASTAROTH!”, rugió una voz que hizo que el continente entero temblara de miedo y alivio al mismo tiempo.
Del resplandor de la teletransportación de Saleh, emergió Hina Sánchez. Su mirada no era la de la madre dulce que Carlos recordaba; era la mirada de la guerrera que una vez humilló al abismo. A su lado, Josué desenvainaba una energía que cortaba la realidad, y el resto del grupo se desplegaba en una formación de batalla perfecta.
Hina se colocó frente a Shadow, dándole la espalda, pero su voz era firme:
—”Has hecho un trabajo increíble, pequeña. Pero de aquí en adelante… nadie vuelve a tocar a mi familia”
El campo de batalla se transformó en un torbellino de voluntades. La llegada de los padres de Carlos no solo equilibró la balanza física, sino que inyectó una presión de autoridad que hizo que el aire mismo pesara toneladas.
Josué no esperó. Su espada, cargada con una energía que distorsionaba el espacio, chocó contra la defensa de Astaroth. El estruendo fue como el de dos mundos colisionando, obligando al demonio a retroceder varios metros mientras sus alas rojas se agitaban con furia.
—”Tienes razón, Hina. Debemos proteger a nuestro hijo”, sentenció Josué, manteniendo la presión sobre el demonio sin apartar la vista de él. “No importa si el enemigo es más fuerte; daremos lo mejor, no solo como familia, sino como guerreros dispuestos a superar cualquier límite”.
Sin embargo, antes de lanzar su siguiente estocada, Josué desvió la mirada un milisegundo hacia Shadow, quien intentaba alejarse para recuperar el aliento. Sus ojos, afilados por años de batallas, reconocieron algo en la técnica y el aura de la chica.
—”Oye, niña…”, dijo Josué, y su voz llevaba un tono de advertencia mezclado con respeto. “¿Tú… eres la que cometió esa masacre aquel día en el desierto? ¿Un ejército tú sola junto con esa semi-humana?”.
Shadow se quedó paralizada. El recuerdo de la sangre sobre la arena, de la furia que desataron para sobrevivir antes de encontrar a Carlos, volvió a su mente. Miró a Zani, quien también se había tensado al ser descubierta. Josué no las miraba con odio, sino con la curiosidad de un depredador que reconoce a otro de su especie.
—”Y dime una cosa más…”, añadió Josué, mientras bloqueaba un zarpazo de Astaroth. “¿Eres amiga de mi hijo?”.
Shadow abrió la boca, pero las palabras se le atoraron en la garganta. La presión de estar frente al padre de su maestro, el hombre que representaba el origen de todo lo que ella admiraba, la dejó muda por un instante.
Fue Zani quien dio un paso al frente, sosteniendo la mirada de Josué con una calidez inesperada y firme.
—”Sí, somos amigas de Carlos”, respondió Zani, con una expresión que irradiaba una honestidad pura. “Perdón si nos fuimos sin avisar aquel día en el desierto… pero ellos nos atacaron primero. Solo defendíamos nuestra vida”.
Hina, que estaba preparando un hechizo de sellado a gran escala, soltó una pequeña risa suave, aunque sus ojos seguían fijos en Astaroth.
—”Parece que mi hijo tiene un gusto excelente para elegir a sus aliados”, murmuró Hina. “Sangre fría para la guerra y un corazón leal para los suyos. Me gusta”.
Astaroth rugió, harto de ser ignorado en medio de la charla familiar.
—”¡Basta de sentimentalismos! ¡Hina! ¡Josué! ¡Si creen que estos cachorros van a salvarlos de mi nueva forma, están más ciegos que cuando los dejé en el abismo!”.
La atmósfera se volvió de un gélido absoluto, una presión que no solo aplastaba los pulmones, sino que parecía asfixiar el alma misma. Hina, manteniendo esa chispa de altanería que siempre la había definido incluso ante el abismo, se cruzó de brazos con un gesto de desprecio que descolocó por un segundo la narrativa de terror de su enemigo.
—”Mejor cállate y vete a lavar los platos”, soltó Hina, haciendo un puchero que rozaba lo insultante dada la situación.
Astaroth se quedó congelado en el aire. Sus alas rojas vibraron con una furia contenida que hacía que el suelo bajo sus pies se convirtiera en polvo.
—”¿Qué… qué dijiste?”, siseó el demonio, su voz descendiendo a un octavo de ultratumba. “¿Cómo se atreve una humana a hablarme de esa forma? ¿Acaso no sabes quién soy?”.
—”Astaroth, eres alguien molesto, ¿sabes?”, replicó Hina, su mirada tornándose seria y afilada como un cristal de obsidiana. “No voy a perdonar lo que has hecho. Si tan solo Sara estuviera aquí…”.
Al mencionar ese nombre, una carcajada aterradora estalló de la garganta de Astaroth, sacudiendo los cimientos del Reino Platinos. Empezó a descender lentamente, cada paso que daba en el aire creaba ondas de choque que apagaban las llamas solares de Fer a la distancia.
—”¡Oh, vaya, vaya! Extrañas a esa mujer arrogante que me humilló de la peor manera posible”, rugió Astaroth, sus garras goteando una energía negra y espesa. “Esa humana es a quien quiero matar… especialmente ahora que tengo un poder bastante similar al tuyo, Hina”.
Caminó hacia ella con una confianza depredadora, ignorando por un momento a Josué y a las alumnas.
—”Veo que no te has dado cuenta, niña…”, dijo, deteniéndose a pocos metros de Hina y Carlos.
—”¿Qué…? ¿Cómo es que tú…?”, alcanzó a decir Hina, sintiendo cómo su propio Códice Nocturno reaccionaba con violencia ante la presencia del demonio.
En ese instante, la transformación de Astaroth alcanzó su punto de no retorno. Sus ojos, antes pozos de rojo sangre, mutaron violentamente a un azul oscuro infinito. Las pupilas se rasgaron, adoptando la forma de un dragón recién despertado, y escamas de obsidiana empezaron a brotar por su cuello y sienes, brillando con el mismo fulgor rúnico que los ojos de Hina.
—”Es hora de poner a prueba qué tan peligroso es el Poder Nocturno”, sentenció Astaroth.
El demonio extendió su mano y una esfera de antimateria azul estalló en su palma, devorando la luz del sol. La combinación de su naturaleza abismal con el linaje robado de los Nocturnos había creado una aberración que desafiaba cualquier registro histórico de los Soberanos.
Josué se puso en guardia máxima, interponiendo su espada entre su familia y la explosión inminente.
—”¡Hina, Carlos! ¡Atrás! Esto ya no es una pelea de fuerza… ¡es una pelea por la existencia misma!”.
Continúa…
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