The strongest warrior of humanity - Capítulo 206
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Capítulo 206: Capitulo 206 el sello será cumplido
Astaroth, aún recuperándose del impacto del Aliento Glaciar, apenas tuvo tiempo de reaccionar. Hina retrocedió hacia atrás, su silueta desdibujándose, para luego parpadear reapareciendo justo detrás de él. El tiempo pareció doblarse a su favor.
—”Oye, ¿no creí que fueras tan lento en reaccionar, Astaroth?”, siseó Hina, su voz helada. “Creo que no comprendes nada del uso de Poder Nocturno. Algo que tú jamás podrás hacer contra mí…”.
Astaroth detuvo su movimiento. Una sonrisa bastante aterradora, una mueca que no pertenecía a este mundo, se dibujó en su rostro.
—”Oh… tan confiada como siempre, Hina…”.
En ese instante, la realidad misma pareció crujir. Carlos, Josué, Melissa, Alefa, Rai Angélica, Yins Shadow y Zani sintieron cómo la verdadera fuerza de Astaroth se desataba, haciendo temblar el Reino Platinos del Amanecer hasta sus cimientos más profundos. No hubo lugar para la resistencia. Hina, cuya voluntad había sostenido la batalla, cayó de rodillas, y luego al suelo, abrumada. Una gran aura siniestra, un manto de pura malicia, bañó por completo a Astaroth.
Fer, con su aura solar, intentó llegar a tiempo para intervenir, pero Astaroth, con un solo movimiento displicente de su mano, lo mandó volar por los suelos. El impacto hizo que Estelle, con una fuerza destructiva, también fuera proyectada.
—”¡Jajaja! No veré esto durante 10 mil años”, se mofó Astaroth, su voz resonando como una sentencia. “Al parecer, ustedes no son nada…”.
Hina, desde el suelo, apretó los puños, la comprensión de su error golpeándola más fuerte que cualquier ataque.
—”Maldito bastardo… así que esperaste el momento exacto para que yo me confiara…”.
Astaroth descendió lentamente, su mirada clavada en la Soberana caída.
—”Es tan perfecto como dices. Y bien, Hina… ¿no quieres revivir los viejos tiempos?”.
—”No…”, dijo Hina, y su rostro, antes guerrero, se llenó de un horror absoluto. El recuerdo de lo que ese demonio era capaz de hacerle a su mente y a su pasado la paralizó.
Astaroth, disfrutando de su tormento, giró lentamente hacia Carlos con una mirada bastante siniestra, una que prometía una agonía peor que la muerte.
—”¡NO LO HAGAS!”, grité, la desesperación apoderándose de cada fibra de mi ser.
Gracias a las curaciones de emergencia que me había hecho Zani, logré reunir las fuerzas que me quedaban. Me levanté una vez más, ignorando el dolor de mi brazo regenerado. Activé Voltstrike, mi cuerpo convirtiéndose en un rayo azul que atravesó la distancia en un pestañeo, apareciendo detrás de Astaroth.
Combiné dos de mis técnicas más letales en un solo ataque desesperado. Usando Corte Mundial y Cortes Dimensionales al mismo tiempo, desaté una onda destructiva de tal magnitud que el aire mismo se partió. La explosión resultante nos envolvió a ambos, a Astaroth y a mí, en una esfera de caos puro que amenazaba con borrarnos de la existencia.
Tras el choque de los cortes dimensionales, el humo se disipó para revelar una presencia que heló la sangre de Astaroth. El demonio, que momentos antes se regocijaba en su invulnerabilidad, retrocedió un paso, sus ojos fijos en el chico que tenía enfrente. Algo extraño, algo ancestral, estaba reclamando ese cuerpo.
—”Tú… ¿quién diablos eres?”, exclamó Astaroth, su voz perdiendo por primera vez su tono de superioridad.
La figura que habitaba el cuerpo de Carlos alzó la vista. Sus movimientos eran fluidos, lentos, como los de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.
—”¿Yo?”, respondió la entidad, observando a Astaroth con una mezcla de lástima y asco. “Para ser un demonio abismal, no logras captar de lo que este chico es capaz de hacer. Qué patético eres, ¿verdad, Astaroth?”.
Astaroth sintió un escalofrío que recorrió su columna vertebral. La mención de su nombre por parte de ese ser le resultaba imposible de procesar.
—”¿Qué…? ¿Cómo es que tú sabes mi nombre?”.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de esa entidad, una expresión que no reflejaba alegría, sino una oscuridad absoluta.
—”Yo soy un Devorador de Dioses”, sentenció con una calma que hería los oídos. “Mi nombre es simplemente ese. Soy aquel que lo perdió todo en una guerra que creía haber ganado… tan confiado que ni siquiera vale la pena este mundo”.
Astaroth, por primera vez en siglos, sintió el peso de la duda.
—”¿Un Devorador de Dioses? ¿Eso es posible?”.
La entidad comenzó a caminar en círculos alrededor del demonio, ignorando las leyes de la gravedad y el espacio.
—”Lamentablemente, sí”, dijo mientras su risa empezaba a sonar como la de un lunático, resonando en las grietas de la realidad. “Solo que a veces somos tan humanos que dejamos que las personas que nos rodean desaparezcan de nuestras vidas. Le haces la vida imposible a mi ‘yo’, tal como lo hacía Gabriel…”.
La risa se detuvo en seco. Los ojos del Devorador se clavaron en los de Astaroth con una intensidad que amenazaba con desintegrar su alma.
—”En fin… nos volveremos a ver, Astaroth. Hasta entonces, no se te ocurra cometer una locura. No olvides que la guerra llegará pronto. Si caes ahora, a ‘él’ no le va a parecer bien… no será de su agrado”.
El Devorador de Dioses, habitando el cuerpo de Carlos pero con una voz que parecía venir de un abismo dimensional, fijó sus ojos en Astaroth. Su confesión cayó como ácido sobre la realidad.
—”Bueno, nos vemos dentro de algunos años”, dijo con una frialdad absoluta. “Por ahora, solo veré cómo mi ‘yo’ sufre de la peor manera. Quiero verlo caer para así despertar de mi largo sueño. Como Carlos, no poseo Poder Nocturno; ninguno de mis otros ‘yo’ en otras dimensiones lo tiene. Al contrario… yo tuve que sacrificarlo todo para convertirme en esto”.
La entidad soltó una risa seca, recordando la carnicería de su propia línea temporal.
—”Tuve que matar a todos mis amigos. Tuve que matar a Shiro… fue tan tonta, tan confiada, que su muerte no valía nada. Simplemente la devoré para hacerme más fuerte. He viajado por dimensiones matando a cada uno de mis ‘yo’, pero aún quedan cinco con vida que lograron escapar de mí”
El Devorador se acercó un paso más, su sombra alargándose de forma antinatural.
—”No puedo venir aquí físicamente ahora… por eso, ¿qué te parece si unimos fuerzas? Es un trato que nadie más podría rechazar, Astaroth”
Astaroth, sintiendo la magnitud de la maldad que emanaba de aquel ser, dejó escapar una sonrisa bastante aterradora y confiada. El tablero de juego acababa de cambiar para siempre.
—”Tienes razón… muy bien, te escucharé”.
Tras varios minutos de una negociación que quedaría grabada en el tejido del universo, las entidades se despidieron. La oscuridad se fracturó y el tiempo volvió a correr para los demás.
De repente, Carlos salió disparado de la zona de impacto, moviéndose por puro instinto. Sus brazos, aún temblorosos, rodearon a Hina, salvando a su madre de los escombros residuales justo antes de que la presión gravitatoria la aplastara. El Carlos que regresó parecía desorientado, con los ojos recuperando su brillo azul oscuro, ignorante del pacto que su otro “yo” acababa de sellar.
Pero el campo de batalla no dio tregua. Entre las ruinas y el humo, una presencia empezó a irradiar un calor insoportable. Fer se levantó de golpe.
Su aura ya no era simplemente magia solar; se había vuelto peligrosa, pesada, cargada de una intención asesina que hacía que el suelo se cristalizara bajo sus pies. Era como si el mismo Sol hubiera bajado a la tierra para juzgar a los presentes. El Reino Platinos del Amanecer comenzó a brillar con una luz cegadora que quemaba incluso las sombras de Astaroth.
Carlos hundió el rostro, dejando que el sudor y el polvo ocultaran las lágrimas que amenazaban con salir. El sacrificio de quienes se quedaron en el camino pesaba más que la gravedad de Astaroth.
—”Mamá… perdón… lo siento”, susurró Carlos, con la voz rota por el agotamiento y los secretos.
Hina lo sostuvo por los hombros, mirándolo con esa sabiduría que solo una madre soberana posee.
—”¿Eh? ¿Por qué te disculpas conmigo? No has hecho nada malo…”.
—”Cargo con una culpa desde hace mucho tiempo… y es lo que me obliga a seguir adelante”, respondió él, antes de soltar el nombre que lo atormentaba. “¿Tú recuerdas quién es Henry Ogawa?”.
Hina guardó silencio un segundo, su mirada perdiéndose en los recuerdos del Reino Platinos.
—”¿Te refieres al caballero más fuerte del reino? Sí, lo conocí. Era un sujeto agradable, siempre motivado a sobresalir con un brillo que nadie podía apagar. Sus llamas eran las de un guerrero ordinario, pero su determinación era avanzada, única. Siempre feliz, incluso en sus momentos de gloria”.
Hina suspiró, recordando los detalles técnicos de aquel héroe.
—”Sé que Michel, el Caballero de la Juventud Viviente, fue el más cercano a él. Y si sé tanto, hijo, es porque he investigado por mi cuenta. Pero escucha bien: nada de lo que pasó con él fue tu culpa. Él tomó una decisión; estaba destinado a ser eliminado por el bien de los altos mandos”.
Hina tomó el rostro de Carlos entre sus manos, obligándolo a verla a los ojos. En ese momento, no importaba el Devorador de Dioses, ni la guerra dimensional, ni los dioses que vendrían. Solo importaba su hijo.
—”Una madre siempre tiene que abrazar a su hijo en cualquier situación. Siempre estaré dispuesta a apoyarte; nunca olvides que tienes una madre que se preocupa por ti y por tus hermanos. Enfócate en lo que realmente quieres hacer con esa mente brillante que tienes”.
Hina sonrió, y por un momento, su aura pareció conectarse con el cielo nocturno que Carlos llevaba en sus pupilas.
—”Las estrellas siempre te van a seguir, porque tú eres más que un mundo lleno de ellas. Eres mi tesoro más sagrado… Eres un Sánchez, no lo olvides. Y los Sánchez nunca nos rendimos”.
—”Oh, qué bonito… madre e hijo juntos en las buenas y las malas. Qué conmovedor”, se mofó Astaroth, su voz destilando un veneno que cortaba el aire. “¿Pero crees que podrás vivir con esto, humano?”.
Sin previo aviso, un estallido de violencia sorda atravesó el campo de batalla. Carlos fue perforado en el pecho, justo donde latía su corazón. La sangre caliente salpicó el rostro de Hina, quien se quedó paralizada, en un shock absoluto.
—”¿C…arlos?”, susurró ella, viendo cómo la vida de su hijo se escapaba ante sus ojos.
El horror y el miedo que Hina había intentado contener durante siglos estallaron. Perdió el control. Un destello cegador iluminó el cielo, una explosión de energía pura que no se veía desde su juventud, cuando presenció la caída de su mejor amiga. El poder de la Soberana, alimentado por la furia y el dolor, hizo que la realidad misma temblara.
A pesar de la herida mortal, Carlos permaneció en silencio, observando el sufrimiento de su madre.
—”Madre… no te preocupes por mí…”, alcanzó a decir, manteniendo una entereza inhumana.
Astaroth se acercó, inclinándose para susurrarle al oído con una curiosidad macabra.
—”Qué interesante… después de todo, pareces seguir de pie, Carlos. Un humano no debería poder hacer eso. Pero dime una cosa… ¿cómo alguien como tú ha reencarnado por tercera vez?”.
[LA SONRISA DEL SOBREVIVIENTE – ACCIÓN Y DESAFÍO]
Una sonrisa bastante retorcida, cargada de un conocimiento antiguo y oscuro, apareció en el rostro de Carlos. Escupió sangre, pero sus ojos azul oscuro brillaban con un odio renovado.
—”Nada tiene sentido ya en ocultarlo”, sentenció Carlos, mirando fijamente al demonio. “Tú, Gabriel y Lucifer no se saldrán con la suya. Los mataré pase lo que pase. No importa si intentan matarme de nuevo… yo siempre encuentro la forma de regresar”.
Gabriel, que observaba desde la altura con una sonrisa bastante confiada y cargada de ironía, intervino. Su voz era como el toque de una campana fúnebre.
—”Exacto… eres alguien tan arrogante”, dijo Gabriel, ajustándose su aura divina. “Pero en fin, espero que te quede muy claro: no importan los métodos que uses, Tanaka Sánchez, tú morirás aquí. Nadie podrá salvarte”.
Hina dejó caer su espada, un sonido metálico que resonó como una sentencia de muerte en medio del caos. Caminó lentamente hacia Astaroth, con una mirada vacía que obligó al demonio a retirar su brazo del pecho de Carlos, arrojando el cuerpo herido de su hijo lejos del epicentro.
En un parpadeo, Hina desapareció. Reapareció sobre Astaroth, y el choque de sus energías provocó una destrucción bastante aterradora. El suelo se hundió y las nubes se partieron en dos.
Astaroth: (Pensando con sudor frío) “Parece que esta humana perdió el control de su poder… igual que pasó hace tiempo. Debo tener cuidado; esta mujer es capaz de eliminarme por completo. Tengo que planear algo rápido”.
Astaroth retrocedió, intentando ganar espacio, pero Hina lo seguía como una sombra implacable. Los choques de sus auras resonaban por todo el lugar, creando ondas de choque que desintegraban los escombros a su paso.
Josué Tanaka observaba la escena petrificado. Había visto batallas legendarias en el Reino del Sol, pero nada como esto. Esta no era una pelea por el honor; era una ejecución.
—”Hina… en estos momentos solo quiere destruir a Astaroth por completo”, murmuró Josué, apretando el puño. “Debería ir a ayudarla…”.
Angélica: (Deteniéndolo con una mirada sombría) “No creo que eso sea posible, Josué. Ella es alguien a quien no debemos interrumpir ahora”.
Angélica observó cómo la silueta de Hina se difuminaba en ráfagas de velocidad pura, golpeando a Astaroth sin piedad.
—”Está dolida. Ver cómo su hijo fue perforado despertó un dolor con el que solo ella puede lidiar. En estos momentos…”, Angélica hizo una pausa, sintiendo el escalofrío de la energía de Hina, “…es un monstruo sin lugar a dudas”.
Hina suspiró, el vapor de su aliento congelándose instantáneamente por la caída de temperatura. Las cadenas apretaron su agarre sobre Astaroth, manteniéndolo cautivo por unos instantes que parecieron una eternidad.
—”¿Qué es lo que estoy diciendo? En verdad… no me entiendo a mí misma”, murmuró Hina, mientras el conflicto interno desgarraba su mente.
Miró hacia donde yacía Carlos. Verlo allí, con el corazón destruido por completo, era una imagen que desafiaba toda lógica médica y biológica. No era normal, nada en esa escena lo era, pero el dolor de una madre no busca explicaciones, busca justicia.
El recuerdo de Sara volvió a quemar en su pecho, fusionándose con la agonía de ver a su hijo perforado. El sacrificio de su amiga no sería en vano; si su vida tenía un valor, sería el de ser el martillo que aplastara a la sombra que la acechaba desde hacía dos décadas.
—”Qué estúpida fui desde el principio”, se recriminó, sus ojos brillando con una intensidad sobrenatural. “Nunca me imaginé que yo sería la causante de esto. Pero si mi vida tiene algún significado, es este: mi voluntad matará a cualquier ser que intente destruir lo único que me queda… mi familia”.
Hina se irguió, dejando que su aura de Princesa Emperatriz de la Oscuridad se expandiera hasta cubrir el Reino Platinos. Ya no intentaba parecer una persona normal; esa máscara se había roto junto con el pecho de su hijo.
—”Mi nombre es Hina Sánchez”, sentenció, y su voz resonó como un trueno en la oscuridad. “Llevo años y meses sin saber qué me motivaba… tratar a los demás como personas normales no es tan sencillo. Esta lucha es por una marca que definió mi vida hace 20 años, cuando ese tipo apareció en el Reino del Sol”.
Hina apretó el puño, y las cadenas que rodeaban a Astaroth comenzaron a emitir un brillo negro letal. Había experimentado horrores que nadie debería conocer, se había convertido en algo que iba más allá de la comprensión humana, pero aceptaba el costo.
—”Todo tiene un precio”, concluyó, lanzándose hacia la prisión de cadenas con la intención de dar el golpe final, “y estoy dispuesta a pagarlo con la sangre de mis enemigos”.
Hina se elevó sobre el caos, su silueta recortada contra un cielo que ya no era negro, sino una distorsión de colores imposibles. Su voluntad se manifestó en una escala que superaba la lógica de los mortales
—”Y si la sangre no es suficiente… usaré mi propia voluntad para que todos mis enemigos sientan el verdadero terror”, sentenció con una voz que parecía provenir de todas las direcciones a la vez.
El espacio exterior pareció descender sobre el reino. Galaxias oscuras y centellas de energía celestial empezaron a arremolinarse alrededor de Hina, creando un vórtice capaz de borrar dimensiones enteras.
Astaroth, atrapado aún por las cadenas, observaba el cataclismo con una fascinación macabra. A pesar del peligro, su sonrisa no desapareció.
Astaroth: (Pensando con regocijo) “Hahaha… ¿usarás eso contra mí? Esa mujer es peligrosa, podría borrar este reino entero. Pero mi parte está hecha. Gabriel, sella a Carlos… ese es el veredicto final. Disfruté tanto perforando el corazón de ese mocoso”.
El demonio recordó el pacto con el Devorador de Dioses. Sabía que si Carlos y esa entidad se enfrentaban, el chico no tendría oportunidad. El Devorador era del mismo calibre que el Dios Nocturno, una existencia que hacía que incluso los dioses temblaran.
—”Es hora de dejar de jugar”, rugió Astaroth, sus ojos inyectados en una oscuridad abismal. “Te demostraré que un verdadero demonio no le teme ni siquiera a la muerte misma”.
Del suelo y de las sombras del propio Astaroth brotaron raíces negras y retorcidas, cargadas de una estática carmesí que devoraba la vida a su paso. Las ramas se entrelazaron con la tormenta de Hina, creando un choque de energías que empezó a desintegrar la realidad circundante.
Mientras tanto, Gabriel observaba desde lo alto, preparando el sello para el cuerpo inerte de Carlos, aprovechando que Hina estaba entregando hasta la última gota de su existencia en este ataque.
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