The strongest warrior of humanity - Capítulo 208
- Inicio
- The strongest warrior of humanity
- Capítulo 208 - Capítulo 208: capitulo 208 la esperanza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 208: capitulo 208 la esperanza
PUNTO DE VISTA: MELISSA SMITH
Observé el vacío donde el sello de Gabriel terminó de cerrarse. Un silencio amargo se extendió por el campo de batalla, pero dentro de este cuerpo, mi mente trabajaba a una velocidad que los mortales no podrían comprender.
—”Has logrado mucho, chico”, murmuré para mis adentros, sintiendo el peso de los músculos de Melissa Ogawa bajo mi control. “Hiciste un gran trabajo. Ahora sé de lo que eres capaz, Carlos Tanaka Sánchez”.
Caminé un paso hacia adelante, ignorando los gritos de Josué a mis espaldas. Mis ojos escanearon los restos del aura de Carlos. Es irónico; él es alguien que el destino mismo parece querer borrar. Todos desearían que estuviera muerto.
—”Eso le pasó a Karina… mi querida alumna”, pensé con una punzada de melancolía. “¿Qué habrá sido de ella? Aún no llega aquí… la extraño”.
Me detuve en seco. Al mirar el rastro mágico del sello, mis sentidos de guerrera veterana percibieron algo que nadie más notó. Una anomalía en el flujo de su alma, una cicatriz en el tejido del tiempo que solo alguien con mi experiencia podría detectar. Por fin, las piezas encajaron.
—”Así que es eso…”, dije en un susurro que Shu apenas alcanzó a oír. “Por fin pude darme cuenta. Has reencarnado por tercera vez, ¿no es así, Carlos?”.
La pregunta quedó flotando en mi mente como una sentencia. No era una simple reencarnación fortuita.
—”¿Eres un viajero del tiempo? No… hay algo más que eso. Estás aquí por una venganza que te está consumiendo. Quieres respuestas. Quieres saber la verdad de por qué todos te traicionaron en tus vidas pasadas”.
Shu me miró con una mezcla de cautela y desprecio, pero yo ya no lo veía como una amenaza, sino como un estorbo en mi camino hacia la verdad. Si Carlos estaba sellado, yo sería la que mantuviera el orden hasta su regreso, pero no por lealtad, sino porque este misterio era demasiado grande para dejarlo morir.
—”Qué tragedia la tuya, Carlos”, concluí, apretando el puño de Melissa Ogawa. “Pero mientras tú estés en ese sueño, yo me encargaré de que este mundo no se caiga a pedazos antes de que obtengas tu venganza”…
El cielo de mi mundo no era azul; era un incendio de vacío provocado por el Rey Conquistador de Mundos. En medio de la masacre, el rostro de Karina, mi alumna, quedó grabado en mi alma.
—”¡No! ¡No! ¡Melissa!”, el grito de Karina desgarró el aire mientras veía cómo Dragoth me reducía a nada.
Me vi a mí misma, masacrada, fallándole a la única persona que creía en la luz que yo intentaba proteger. Quería darle una vida de paz, mostrarle que el mundo podía ser amable, y al final, solo pude ofrecerle el espectáculo de mi propia destrucción.
—”Lo siento, Karina… te fallé”, susurré en aquel entonces, mientras activaba la magia de teletransportación con mis últimas fuerzas. “Fuiste y siempre serás la mejor. Me mostraste un mundo donde hay luz… lamento no haber sido esa chispa para ti”.
El último recuerdo fue el de Karina gritando mi nombre mientras el portal la arrastraba lejos de un mundo que estaba siendo devorado.
Sacudí la cabeza, regresando al cuerpo de la joven Melissa Ogawa. Ella no debe saber nada de esto. Ni ella, ni Karen. El vínculo que las une a Karina es una verdad demasiado peligrosa para el presente.
—”Mientras mi ‘yo’ de este cuerpo no sepa nada de ti o de mí, todo estará bien”, pensé, sintiendo la energía de Ogawa vibrar bajo mi control. “No queremos alterar el pasado. Pero si Dragoth aparece en este mundo… tendré que contarte la verdad, Melissa. Tendrás que saber por qué tú y Karen están vinculadas a una chica que, en este mundo, ni siquiera existe”.
Miré a Shu. Él no era nada comparado con el Conquistador que destruyó mi hogar, pero representaba la misma semilla de maldad. Mi corazón, que se había partido en mil pedazos en otra dimensión, ahora se endurecía como el diamante.
—”Siento pena por ella… por Karina”, murmuré, y mi aura cambió, volviéndose una presión física que agrietó el suelo. “Ella lo perdió todo: padres, amigos y a mí. Pero tú…”, señalé a Shu con una frialdad absoluta, “…tú no eres más que un estorbo en una guerra que no comprendes”.
Melissa Smith, en el cuerpo de la joven Ogawa, mantuvo esa sonrisa gélida y juguetona que descolocaba a todos. Miró a Angélica, la Mujer de Hielo, con una confianza que rozaba el insulto.
—”¿Qué me ves? Te gusto, ¿verdad?”, soltó Smith, con una chispa de malicia en los ojos.
Angélica: (Apretando los puños, su aura gélida empezando a agrietar el suelo) “¿Esta mocosa… acaso me está desafiando?”.
—”Oye, vamos, mujer de hielo… danos un poco de cariño”, continuó Smith, sin inmutarse. “Nuestro encuentro no ha acabado. Recuerda que tú y ese elfo tienen algo pendiente en el Bosque de los Espíritus. No seas llorona; si quieres pelear, lo haremos, pero ahora hay alguien a quien debo destruir. Hazlo por él, ¿quieres? Debemos ocuparnos de ese tipo”.
Saleh tuvo que sujetar a Angélica del hombro para evitar que se lanzara sobre ella, pero Smith ya había desviado su mirada hacia el horizonte. Su sonrisa desapareció.
—”Siento que algo interesante… y terrible… está ocurriendo del otro lado”.
)
Mientras tanto, la Tormenta Universal de Hina empezó a flaquear. Su ira, antes su mayor arma, se convirtió en su debilidad. Sus ataques, cargados de una potencia capaz de borrar galaxias, comenzaron a ser desviados con una elegancia aterradora.
—”Espera… ¿en qué momento él…?”, pensó Hina, su corazón saltándose un latido.
—”Oye, humana estúpida”, la voz de Astaroth resonó justo detrás de su oreja, gélida y triunfante. “¿En qué momento te volviste tan lenta?”.
Hina no pudo ni gritar. El acero oscuro de la espada de Astaroth atravesó su torso izquierdo, desgarrando carne y armadura. El impacto fue seguido por un golpe brutal que la mandó a volar, convirtiéndola en un proyectil humano que arrasó con kilómetros de terreno.
La caída de Hina no fue silenciosa. Al impactar contra el Reino Platinos, se generó una explosión de magnitud apocalíptica.
El terreno se hundió, las casas se desintegraron y el cielo se tiñó de un rojo infernal. David y los equipos de rescate no tuvieron tiempo de reaccionar; la onda expansiva fue tan rápida que miles de personas fueron aniquiladas en un suspiro, convertidas en cenizas por la energía residual del choque. El Reino Platinos, el lugar que Hina juró proteger, se estaba convirtiendo en su tumba y en la de su pueblo.
Hina se arrastró entre los escombros incandescentes, con el torso sangrando y la mirada perdida. La Tormenta Universal se había extinguido, dejando solo el rastro de la muerte. A su alrededor, la realidad era una pesadilla: cuerpos convertidos en estatuas de carbón y el eco de súplicas que nadie escucharía.
—”¡Ahhhhh! ¡¿Por qué?! ¡¿POR QUÉ?!”, el grito de Hina no fue de batalla, sino de una agonía pura y humana.
Vio a una niña pequeña, a pocos metros, extendiendo una mano temblorosa hacia una figura que ya no respiraba.
—”Mamá… quiero ir a casa…”, susurró la pequeña antes de que la luz en sus ojos se apagara para siempre.
Hina rompió a llorar, golpeando el suelo con sus puños ensangrentados. Ella, la Princesa Emperatriz de la Oscuridad, la protectora de los Sánchez, estaba obligada a presenciar cómo su pueblo era devorado por el fallo de su propia fuerza. El miedo, un miedo primario que no sentía desde hacía siglos, la paralizó por completo.
Mientras tanto, en el centro de la zona de aniquilación, Astaroth se alzaba como un monumento a la crueldad. No solo observaba la destrucción; la estaba respirando. Con cada grito que se apagaba, con cada súplica de “Dios, por favor, sálvanos”, el aura del demonio se volvía más densa, más oscura, más monstruosa.
—”¡¡HAHAHAHAHAHAHA!!”, su carcajada resonó como un trueno sobre las ruinas del reino. “¡SÍ! ¡ASÍ ES COMO DEBERÍA SER EL FESTÍN DE SANGRE! ¡NO HAY NADIE EN EL MUNDO QUE PUEDA DETENERME!”.
Astaroth extendió sus brazos, absorbiendo la esencia vital de los caídos. Se estaba volviendo más fuerte con cada segundo de sufrimiento, transformando el dolor de las personas en un poder abismal que amenazaba con eclipsar incluso el sello de Gabriel.
Desde la lejanía, Josué, Melissa Smith y los demás vieron cómo el horizonte se volvía negro. La explosión no solo borró vidas, borró la esperanza.
Hina, sumergida en una depresión profunda y rodeada de cadáveres, empezó a sentir que su voluntad se quebraba. La culpa de no haber sido “lo suficientemente fuerte”, la misma que sintió con Sara, la estaba arrastrando a un lugar del que quizás no habría retorno.
Astaroth la miraba con desprecio, sintiendo cómo el terror que Hina le inspiraba hace eones se disolvía. Para él, ahora ella no era más que basura. Pero, entre los escombros y el llanto de los inocentes, Hina Sánchez se obligó a ponerse de pie. Sus huesos crujían, su carne quemada protestaba, pero su voz emergió desde lo más profundo de su ser.
—”Te… mataré…”, susurró Hina, y sus palabras arrastraban sangre. “Aunque mi cuerpo arda de dolor… aunque mi carne deje de responder… aunque mi alma arda por todo el mundo… no dejaré que te salgas con la tuya”.
En ese instante, un rugido ensordecedor partió las nubes de ceniza. Su dragón, la bestia ligada a su esencia, descendió del cielo como un meteoro de escamas oscuras.
Hina y su dragón se volvieron uno. La sincronización fue perfecta, una danza de muerte que recordaba a las leyendas más antiguas.
Una ráfaga de frío absoluto, capaz de congelar el tiempo mismo, se mezcló con ondas de vacío oscuro. Astaroth, por primera vez en minutos, tuvo que ponerse a la defensiva. Hina aprovechó la cobertura de su dragón para moverse con una velocidad que desafiaba sus heridas. Cada golpe que lanzaba era un eco de su entrenamiento con Shiro hace 15 años; los mismos movimientos, la misma precisión mortal.
Apareció detrás del demonio con una explosión de velocidad, mandándolo a volar por los suelos. No le dio tregua. Lo atacó sin descanso, desuello tras desuello, hasta que la sangre de Astaroth empezó a manchar la tierra. Sus brazos estaban hechos pedazos, su cuerpo de demonio trizado bajo la furia de la Emperatriz.
Sin embargo, no era la ira lo que movía a Hina; era el dolor. El recuerdo de la niña muriendo, de las súplicas de su pueblo, actuaba como un veneno en su sistema. Ese dolor la hacía poderosa, pero también la volvía frágil. Su guardia bajó un milímetro, suficiente para que un monstruo como Astaroth encontrara el hueco.
—”Qué debilidad tan humana…”, siseó Astaroth desde el suelo.
Sin previo aviso, las raíces negras de su magia abismal brotaron directamente del aire. Las Espinas del Árbol de la Muerte atravesaron el cuerpo de Hina de lado a lado, levantándola del suelo en una exhibición macabra de crueldad.
Astaroth disfrutaba cada espasmo de Hina. Sus palabras eran puñales cargados de un rencor milenario.
—”Oh, mira… estás hecha mierda”, siseó, su rostro a centímetros del de ella. “¿Qué se siente ver cómo tu mundo de luz se convierte en oscuridad eterna? Este es el infierno que creaste. Tú y tu patético hijo son iguales… madre e hijo cayendo juntos. Qué hermoso, ¿verdad? Este es el precio de lo que hiciste hace años”.
Astaroth apretó más el agarre. Hina pataleaba débilmente, sus uñas arañando la armadura del demonio sin éxito.
—”Él cree que es fuerte, pero no lo suficiente para ver caer a quienes ama. Al igual que pasó con esa mujer, ¿verdad? Admítelo: nadie vendrá a salvarte. Hoy morirás, Hina”.
—”¡Basta! ¡Suéltame, maldito monstruo de mierda!”, alcanzó a rugir Hina con el último aliento de sus pulmones.
—”¿Ahora me vas a rogar? ¡Jajaja! Miserable humana, no hay nadie en este mundo que pueda salvarte”.
El mundo de Hina comenzó a desvanecerse. El azul del cielo se volvió gris, y el gris se volvió negro. En la penumbra de su conciencia, los rostros de sus hijos y de Josué pasaron como ráfagas de viento.
—(Pensamiento de Hina): “Al menos nos volveremos a ver en otro mundo, Sara… Lo siento, Josué. Lo siento, hijo…”.
Una única lágrima recorrió su mejilla, brillando antes de perderse en el polvo. Hina cerró los ojos, entregándose al vacío, mientras Astaroth preparaba una flecha de energía oscura para terminar con su existencia de una vez por todas.
De repente, el aire estalló. No fue una explosión de oscuridad, sino un estallido de luz pura y violenta.
Un impacto sónico golpeó a Astaroth con tal magnitud que lo mandó a volar, atravesando tres edificios en ruinas hasta quedar sepultado bajo toneladas de piedra. Hina cayó al suelo, tosiendo, recuperando el aire con desesperación. Al abrir los ojos lentamente, la oscuridad que la rodeaba había sido disipada por una presencia que desafiaba toda lógica.
Frente a ella, envuelta en una determinación que hacía temblar la realidad, estaba una chica de cabello morado brillante. Sus ojos, del mismo tono, ardían con una fuerza que Hina reconoció al instante.
La joven se giró, mostrando una sonrisa que cortó el frío del campo de batalla.
—”Ha pasado tiempo desde la última vez que nos vimos, niña bonita”, dijo Sara, su voz firme y llena de una calidez que Hina creía perdida para siempre.
Sostenía una espada con una elegancia letal, y la marca en su cuello brillaba con la promesa de que el sacrificio del pasado ya no sería el final, sino un nuevo comienzo.
Sara…
Continuará
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com