The strongest warrior of humanity - Capítulo 209
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Capítulo 209: capitulo 209 Mi voluntad y el despertar en un vampiro
—”¡¿Por qué?! ¡Dime por qué, Sara! ¡¿Cómo es que tú…?!”, el grito se ahogó en su garganta, convertido en un sollozo.
Sara bajó la mirada por un segundo, la luz morada de su aura suavizándose mientras se enfrentaba al dolor de su mejor amiga.
—”No encuentro las palabras exactas… todo pasó rápido”, admitió Sara con una calma que contrastaba con el caos. “Tuve que fingir mi muerte por tu bien. No quería que estuvieras involucrada en este asunto. Sabía que Astaroth regresaría, pero… lo único que yo no quería era que tú murieras”.
Sara dio un paso hacia ella, su sombra proyectándose larga sobre los escombros.
—”Te he estado observando todo este tiempo. Vi cómo tu dolor te consumía por mi pérdida… pero también vi cuando fuiste realmente feliz: cuando nació tu hijo. Desde ese entonces, me sentí univiada. Ver que tenías una vida, una familia… eso me dio fuerzas”.
Sara se giró hacia el lugar donde Astaroth empezaba a emerger de las ruinas, su sonrisa volviéndose bastante juguetona, recuperando esa chispa que Hina recordaba de sus años de juventud.
—”Y ahora que ya ha pasado el tiempo… déjame esto a mí, ¿sí?”, sentenció Sara, ajustando el agarre de su espada.
Astaroth surgió de los escombros, su armadura abollada y su rostro deformado por una furia ciega.
—”¡¿TÚ?! ¡¿Cómo es posible?! ¡Yo mismo vi cómo tu alma se extinguía!”, rugió el demonio, su voz quebrando las piedras.
Sara ni siquiera parpadeó. Su cabello morado brillante ondeaba con una energía que no era de este mundo, una fuerza que parecía haber crecido en las sombras durante estos años de “muerte”.
—”Parece que tus ojos de demonio están fallando, Astaroth”, respondió ella con un tono desafiante. “Hoy no habrá banquete de sangre. Hoy, la cuenta que dejamos pendiente hace años se liquida por completo”.
Sara apretó los dientes al sentir la fluctuación del espacio-tiempo. Carlos, el hijo de su mejor amiga, había desaparecido tras la barrera divina de Gabriel.
—”¡Maldita sea! ¿Carlos fue sellado?”, se cuestionó, sus ojos morados brillando con una luz analítica. “¿Cómo pudo pasar eso? Sin él, nuestros planes… no, espera un segundo. ¿Acaso se dejó sellar?”
Una pequeña mueca, mezcla de irritación y respeto, cruzó su rostro. Conocía esa estirpe; los Sánchez no caían por accidente.
—”No es novedad que se deje atrapar de esta forma, pero lo que me preocupa es Hina. Debo ir lo más rápido posible a salvarla. Sé lo que dijo Luis, pero no puedo dejar que mi única amiga muera a manos del enemigo”.
Sara sabía que su aparición alteraría el tablero de juego de formas impredecibles, pero el grito de agonía de Hina fue el detonante final. Decidió romper su exilio.
—”Astaroth… tú y yo tenemos algo pendiente”, sentenció para sí misma mientras comenzaba a correr, su cuerpo volviéndose una estela de luz violeta. “Aunque te derroté antes, no creí que te revivirían tan pronto. Como sea, este es un asunto que yo misma tengo que resolver”.
Sara no corría; se deslizaba entre los átomos del aire. Caminó los últimos metros hacia el demonio con una parsimonia aterradora, justo cuando este levantaba a Hina por el cuello.
Su nuevo estilo de combate no se basaba en la fuerza bruta que Astaroth recordaba, sino en la manipulación de la energía del vacío. Cada paso que daba silenciaba el ruido de la destrucción a su alrededor.
—”Se acabó el tiempo, demonio”, murmuró Sara.
En un movimiento que ni siquiera los ojos de un general abismal podrían rastrear, Sara desenfundó. No hubo choque de metales, solo un estallido de presión pura que mandó a Astaroth a volar kilómetros atrás, liberando a Hina de sus garras. Se detuvo frente a su amiga, su espada emitiendo un zumbido de alta frecuencia que cortaba la misma oscuridad de la zona.
Astaroth se puso en pie entre las ruinas, su armadura abollada regenerándose con un sonido metálico y chirriante. Sus ojos ardedores se fijaron en Sara con un odio ancestral.
—”¡Maldita… perra!”, rugió Astaroth, su voz quebrando las últimas piedras en pie. “¡Esta vez no habrá trucos! ¡Devoraré tu alma y la de tu amiga!”.
El demonio no corrió; embistió. Su cuerpo se volvió un borrón de oscuridad abismal, su espada del Árbol de la Muerte trazando un arco de aniquilación pura.
Sara no se inmutó. Su cabello morado brillante ondeó ligeramente. Justo antes de que la hoja de Astaroth la partiera en dos, ella activó su nuevo estilo.
Sara desapareció. No fue velocidad; fue una transposición dimensional. Reapareció sobre Astaroth, su espada emitiendo un zumbido de alta frecuencia que cortaba el aire mismo. Lanzó una estocada descendente, pero Astaroth, con reflejos potenciados por el genocidio que acababa de cometer, bloqueó el ataque.
El impacto sónico niveló el terreno en un radio de un kilómetro. Una onda expansiva de luz morada y oscuridad carmesí barrió los restos del reino.
La batalla se volvió una danza macabra de violencia y precisión. Astaroth usaba su fuerza bruta y su control sobre el Árbol de la Muerte para lanzar andanadas de raíces espinosas que buscaban empalar a Sara desde todas las direcciones.
Astaroth: (Rugiendo) “¡¡MUERE!! ¡Técnica Abismal: Prisión de Espinas Eternas!”.
Mil lanzas negras brotaron del suelo. Sara, moviéndose con una elegancia que desafiaba la física, esquivaba y paraba cada ataque. Su espada no chocaba con las espinas; las desintegraba al contacto con su energía del vacío.
—”Eres lenta, Astaroth”, se mofó Sara, su voz resonando en la mente del demonio. “Ese cuerpo resucitado no puede seguirle el ritmo a la verdadera muerte”.
Sara contraatacó con una serie de cortes que cortaron no la armadura, sino la fisiología mágica de Astaroth. Cada golpe dejaba un rastro de energía violeta que impedía la regeneración del demonio. Astaroth gritaba de dolor y frustración, su banquete de sangre de hacía minutos volviéndose una maldición.
Desesperado, Astaroth reunió toda la energía residual del genocidio del Reino Platinos en un ataque final. Su espada creció hasta tres veces su tamaño, envuelta en un fuego negro que amenazaba con consumir el cielo.
Astaroth: (Con voz ronca) “¡SI YO CAIGO, ESTE MUNDO CAE CONMIGO! ¡¡DEVORADOR DE MUNDOS!!”.
Lanzó un tajo horizontal que pretendía cortar el continente entero.
Sara respiró hondo. Su aura morada se intensificó hasta volverse cegadora. Sabía que este era el momento.
Sara no atacó a Astaroth. Atacó al espacio-tiempo entre ellos. Su espada trazó una línea vertical perfecta en el aire. El ataque de Astaroth chocó contra una fisura en la realidad que Sara había creado. La energía destructiva del demonio fue absorbida por el vacío, desapareciendo sin causar daño.
Antes de que Astaroth pudiera procesar lo que había sucedido, Sara ya estaba detrás de él. El tiempo pareció detenerse. Sara envainó su espada con un sonido seco.
(Katana clica al entrar en la vaina)
Un segundo después, el cuerpo de Astaroth fue atravesado por mil cortes invisibles. Su armadura se desintegró, su carne abismal fue hecha trizas y su alma fue sellada por la energía violeta de Sara
Sara..
Aún no Hina el aún no está muerto… El mundo empezó a temblar Sara sintió algo que heló por instinto esto tiene que ser una broma miró arriba y está vez Sara tomo enserio a Astaroth como una verdadera amenaza el poder nocturno lo había usado por completo que dejó ser un simple abismal…
Hina tenemos que salir de aquí lo más pronto posible..
Eh por qué lo dices este no es momento Hina grito Sara con desesperación este poder es…
Así que lo sabías verdad? Así es el poder del Dios nocturno o bueno mejor dicho el poder que lucifer que le robo a Carlos Tanaka Sánchez…
Ahora sentirás el verdadero miedo de un verdadero demonio miserable escoria me cobraré toda la humillación que me hiciste pasar en el reino del sol..
Suspiré bajando la mirada deje caer mi espada mi rostro se volvió sería y pálida.. desapareci dejando caer mi espada para luego aparecer detrás de el mi espada se teletranspor hacia mi. Atrapandola en mi mano con un solo filo de mi espada lo golpeó disparandolo muy lejos de aquí.. hice eso otra vez una y otra vez más rápido posible provocando que unas explosiónes se ilumine por todo el reino..
—”Oh, qué interesante… ¿Hay alguien mucho más poderosa?”, murmuré para mí misma, sintiendo un escalofrío que no era de miedo, sino de reconocimiento. “Esa energía… no cabe duda. Tiene que ser uno de los 10 Legendarios Héroes que mencionaron en la academia. Entonces los rumores eran ciertos: los cinco sobrevivientes siguen con vida”.
Me giré hacia Josué, quien observaba el horizonte con el rostro endurecido por la angustia de no poder llegar hasta su esposa.
—”Oye”, le dije, captando su atención de inmediato. “¿Crees que puedas encargarte de esto si llegara a pasar algo?”.
Josué: (Sin dudar, su mano apretando el pomo de su espada) “¿Por qué lo preguntas? Sabes que protegeré a este grupo con mi vida”.
—”Mira, te seré honesta”, continué, mi voz volviéndose la de una estratega veterana. “Hay un enemigo que tu esposa está enfrentando. A cambio de eso, yo la salvaré… la traeré aquí para que tú y los demás huyan”.
Alefa dio un paso al frente, con los ojos inyectados en una seriedad cortante.
—”¿Eh? ¿Qué dijiste, Melissa? ¿Por qué tú…?”, empezó a cuestionar, sintiendo que yo estaba ocultando algo más grande.
—”Alefa, hay algo que tengo que hacer”, la interrumpí, dejando que el aura de Smith se filtrara por un momento. “Si realmente quiero encontrar al asesino de mi padre, tengo que dar este paso. Tengo que averiguar cómo ese maldito demonio puede usar el Poder Nocturno”.
Me puse en marcha, pero mis pensamientos seguían volando hacia el héroe sellado. No podíamos permitir que el legado de Carlos se manchara con la sangre de este reino.
—”Tenemos que destruirlo”, sentencié. “Es tal cual como dijo el Héroe de las Sombras: si dejamos que esto siga así, todo lo que conocemos morirá. Y si eso pasa, Carlos no solo sufrirá, sino que cargará con una culpa y un peso que nadie debería soportar”.
Hice una breve pausa, sintiendo la fuerza de Melissa Ogawa vibrando en perfecta armonía con mi voluntad.
—”Al principio, cuando luché contra él, sentí algo que había olvidado: mi espíritu de lucha. Ese espíritu es el que una vez hizo que una niña aspirara a ser un caballero. No voy a fallarle a esa niña… ni a este mundo”.
Con un estallido de velocidad, me lancé hacia el epicentro de la batalla, dejando a Josué y a los demás con la pesada tarea de preparar la huida, mientras yo me dirigía al encuentro de esa leyenda de cabello morado que acababa de cambiar las reglas del juego
—”¿A dónde crees que vas? ¿Crees que los dejaré ir?”, siseó el abismal, sus ojos fijos en ella con un hambre asesina.
—”Me había olvidado de que seguías aquí, bastardo…”, respondió Melissa, su voz destilando un aburrimiento letal. “Pero si tanto insistes, acabaré con tu vida como lo hiciste con tu amigo”.
Shu soltó una carcajada seca, aunque sus ojos traicionaban cierto nervio al mirar hacia donde Sara había luchado.
—”Esa mujer es alguien de temer… pero tienes razón. Mientras yo siga existiendo, no podrán evitarlo. Carlos tiene que pagar por el daño que nos hizo a mí y a los demás clanes. Él no escapará”.
(Pensamiento de Smith): —”Ya veo… es por esa razón por la cual reencarnó. Ese niño ha hecho cosas bastante increíbles. Ahora entiendo por qué mi ‘yo’ joven siente algo por él; puedo notarlo. Nunca tuve novio o esposo, pero siendo honesta, no está nada mal, niña, que te guste alguien así. Tal vez sea de mi tipo… aunque soy mucho para él. ¿O será que le gustan maduras como yo?”.
Una sonrisa peligrosa y ligeramente divertida cruzó el rostro de Melissa Ogawa, una expresión que no encajaba con la masacre circundante.
—”Tendré que preguntárselo cuando regrese”, murmuró para sí misma. “En fin, debo acabar con este bastardo que está pidiendo a gritos que lo mate”.
Melissa desenfundó su Guadaña de Ánima, el metal brillando con un fulgor plateado que cortaba la niebla abismal.
Se lanzó al ataque. Los estallidos de sus colisiones crearon cráteres bajo sus pies. Shu lanzaba estocadas de energía pura que podían desintegrar montañas, pero Melissa se movía con una fluidez antinatural. Bloqueaba con el mango de la guadaña y contraatacaba con la hoja en un movimiento continuo.
—”¡Eres demasiado lenta!”, gritó Shu, lanzando una ráfaga de proyectiles oscuros.
Melissa ni siquiera parpadeó. Esquivó los ataques por milímetros, su cuerpo rotando en el aire con una gracia mecánica.
—”Yo me adapto a cualquier cosa, a cualquier fenómeno…”, sentenció Melissa mientras aterrizaba suavemente y volvía a cargar. “…Bueno, eso sonó raro”.
Ignorando su propio comentario, aumentó la velocidad. La guadaña se convirtió en un círculo de muerte plateada que empezó a desmenuzar las defensas de Shu. Melissa no solo estaba luchando; estaba analizando el patrón de Shu para asestar el golpe final.
Miré mi arma con fascinación. El rojo carmesí de las llamas que siempre me definió se había desvanecido, dejando un brillo plateado, frío y absoluto.
—”¿Acaso mi ‘yo’ alcanzó el nivel plateado? ¿Es esto posible?”, me pregunté, mientras una chispa de emoción recorría mi espalda.
Shu, viendo mi distracción, no perdió la oportunidad. Con un rugido de odio, lanzó un tajo abismal que me partió por la mitad.
—”¡MELISSA!”, el grito de Alefa desgarró el aire.
Josué, Saleh y Angélica se lanzaron al unísono, sus ataques colisionando contra Shu en una explosión de rabia y desesperación que sacudió los cimientos del continente.
Pero entre el humo y los escombros, una risa clara y melodiosa empezó a resonar. No era la risa de alguien que estaba muriendo, sino de alguien que acababa de nacer de nuevo.
—”Jajaja… jajaja…”, mi propia voz volvió a escucharse mientras mi cuerpo se recomponía en un destello de partículas plateadas. Había aprendido la Técnica de Reconstitución de Voluntad.
Shu retrocedió, tropezando con sus propios pies. El horror en su mirada era un poema.
—”¿Cómo es que tú…?”, tartamudeó, mientras el miedo le robaba el aliento.
No le di tiempo a procesar el milagro. Desaparecí de su vista y reaparecí en lo más alto del cielo, eclipsando el sol. A mi alrededor, miles de esferas de energía empezaron a orbitar, cargándose con una temperatura que evaporaba las nubes.
Las esferas se fusionaron en una sola bola gigantesca. Desde el suelo, Josué y los demás levantaron la vista, viendo cómo el cielo se volvía blanco. Parecía que el mismo sol había descendido a la tierra para juzgar a los pecadores. El calor era tan intenso que el suelo debajo de Shu empezó a cristalizarse en vidrio.
—”Espero que logres sobrevivir a esto”, sentencié con una mirada de hielo.
Bajé mi mano, y el sol en miniatura descendió sobre Shu. La luz fue tan cegadora que por un momento el Reino Platinos dejó de existir en las sombras, envuelto en una purificación de fuego plateado que se sintió en todo el continente.
El orbe solar impactó sobre Shu con una presión gravitacional que lo clavó al suelo cristalizado. Grité al unísono con el demonio, pero mi grito fue de triunfo, el suyo de pura agonía. El calor plateado no quemaba su carne abismal; evaporaba su esencia mágica, desintegrando su conexión con el Abismo segundo a segundo.
—”¡¡AAAAHHHHH!! ¡¡QUEMA!! ¡¡MI PODER… SE ESTÁ DESVANECIENDO!!”, aulló Shu, su cuerpo retorciéndose mientras su armadura de sombras se volvía ceniza blanca.
Josué, Saleh y Angélica retrocedieron, cubriéndose los rostros. El calor era tan intenso que el aire a su alrededor empezó a distorsionarse. Vieron cómo el orgulloso general abismal, el que se jactaba de haber matado a un amigo de Carlos, era reducido a una figura patética, de rodillas, suplicando un final que Melissa no le otorgaría.
Desaparecí del cielo y reaparecí frente a él, caminando a través de mi propio incendio solar sin que una sola hebra de mi cabello cremita se quemara. Mi guadaña plateada zumbaba con una frecuencia de desintegración.
—”Dime, Shu”, le dije, mi voz resonando con una calma aterradora sobre sus gritos. “¿Dónde está tu orgullo ahora? ¿Dónde está el odio de tus clanes que Carlos debe pagar? Mírate… no eres más que una sombra asustada aferrándose a la existencia”.
Me detuve a centímetros de él, bajando la temperatura del Sol lo suficiente para que no muriera, pero manteniéndolo en un estado de tortura constante.
—”Querías que Carlos pagara por el daño… pero hoy, tú eres quien paga por tu arrogancia”.
Shu, con el cuerpo trizado y el aura extinta, levantó la vista, el terror grabado en sus ojos ahora vacíos de poder. Estaba vivo, pero su espíritu de lucha había sido aniquilado por completo. Sabía que, aunque sobreviviera, jamás volvería a ser el mismo. Melissa Smith no solo lo había derrotado; lo había quebrado.
Me giré hacia Josué, quien me miraba con una mezcla de respeto y una nueva clase de cautela.
—”Josué, prepárense”, sentencié, mi aura plateada volviéndose fría de nuevo. “Este estorbo ya no es una amenaza. Pero la verdadera guerra… la que nos obligará a huir o a morir… está a punto de llegar a nuestra puerta”.
Miré hacia el horizonte donde el sello de Carlos seguía brillando, sabiendo que mi reencuentro con el Soberano y la verdad sobre mi pasado en Udirmonia estaban más cerca que nunca.
El aire se volvió rancio, saturado de un olor a hierro y azufre que no provenía de mi ataque. Mi sonrisa se desvaneció en el acto al ver el rostro de Shu; estaba destrozado, quemado y humillado, pero sus ojos brillaban con una malicia que decía que todo esto era parte de un plan mayor.
—”¡Maldición!”, grité, girando sobre mis talones.
Todo sucedió en la fracción de un segundo que mi arrogancia me robó. Shu no era el objetivo; él era el cebo. Volteé hacia Rai, que estaba cubriendo la retaguardia de los heridos. Corrí hacia él con toda la velocidad que mi nivel plateado me otorgaba, pero el espacio pareció estirarse.
Frente a mis ojos, una hoja de sombras, veloz como un parpadeo, cortó el torso de Rai.
—”¡NO!”, el grito escapó de mi garganta, un eco de aquel fracaso con Karina que juré no repetir.
Rai cayó de rodillas, pero en lugar de desplomarse, su sangre empezó a flotar a su alrededor, hirviendo en un tono carmesí morado rosado que apagó el brillo de mi sol plateado.
—”No te preocupes por mí, Melissa… vete a salvar a Hina”, murmuró Rai, su voz volviéndose profunda, vibrando con una autoridad que no le pertenecía hasta hace un momento. “Yo me encargaré de este tipo…”.
Sus ojos se volvieron dos pozos de sangre pura, sin pupilas, destellando con una sed de milenios. De su espalda brotaron alas de membranas desgarradas y una presión gravitacional aplastó el suelo. Antes de que Shu pudiera celebrar su “victoria”, Rai se movió. No fue un ataque; fue un parpadeo de violencia absoluta que mandó a Shu disparado contra las montañas con tal fuerza que la onda expansiva nos obligó a cubrirnos.
Me quedé paralizada, sintiendo cómo los pelos de mi nuca se erizaban. Esa magia… esa forma de manipular la esencia vital no era una técnica común de los bajos rangos.
—”Esa magia vampírica…”, pensé, mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas. “Se me hace familiar. Es la misma frecuencia que sentí en el Mundo Devorado… o quizás…”.
Miré a Rai, o a lo que sea que hubiera despertado en su interior. Ya no era el chico que nos acompañaba; era un depredador de la noche cuya estirpe se creía extinta.
Continuará..
El aire se tiñó de un rojo metálico. La atmósfera ya no pertenecía al Reino Platinos, sino a un dominio de sangre y acero. Melissa Smith se alejó a regañadientes hacia Hina, confiando en lo que acababa de despertar.
Rai, envuelto en un aura de escarlata hirviente, y Alefa, cuya determinación brillaba con la pureza de un diamante, se posicionaron frente a un Shu que, a pesar de sus quemaduras, empezaba a mutar bajo la desesperación de la derrota.
Shu emergió de los escombros de la montaña, su cuerpo regenerándose de forma grotesca, sus ojos inyectados en odio.
—”¡Malditos humanos! ¡¿Creen que un poco de sangre sucia me detendrá?!”, rugió el abismal.
Rai no respondió con palabras. Su velocidad superó la percepción de Shu. Apareció frente al demonio y, con un movimiento fluido, su propia sangre se solidificó en una guadaña de plasma carmesí.
Magia vampírico colmillo del rey caído
El choque fue sísmico. Shu bloqueó con su espada oscura, pero la sangre de Rai quemaba como ácido al contacto. Alefa, aprovechando la apertura, se lanzó desde el flanco derecho. Su espada no buscaba el daño masivo, sino la precisión quirúrgica.
Alefa: “¡No permitiré que sigas manchando este mundo! ¡Estocada de la Luz Eterna!”.
La punta de su espada brilló con un blanco cegador, atravesando el hombro de Shu y sellando sus conductos de energía abismal por un instante.
Técnica combinada vínculo de sangre y luz
Shu, desesperado tras haberse clavado su propia espada para liberar energía prohibida, se lanzó como un meteoro de sombras. Pero Rai ya no se movía como un humano. Su cuerpo se deshacía en una niebla roja y reaparecía detrás de las sombras, dejando cortes que supuraban energía vampírica.
—”¡No puedes tocar lo que es parte de la noche!”, rugió Rai, su voz resonando con un eco de ultratumba.
Magua vampírica prisión de hemoglobina
El suelo bajo Shu se convirtió en un lago de sangre hirviente de donde brotaron manos esqueléticas que sujetaron las piernas del demonio. Shu intentó cortar las manos, pero cada vez que lo hacía, estas se multiplicaban, alimentándose de su propio odio.
Alefa vio el momento exacto. No podía permitir que Rai se perdiera por completo en su sed de sangre. Corrió sobre las manos de sangre, sus pies apenas tocando la superficie, rodeada por un aura dorada que protegía su mente de la oscuridad de la zona.
—”¡Rai, mantén tu voluntad! ¡Yo seré tu espada!”, gritó Alefa mientras su arma se transformaba en un arco de luz sólida.
Lanzó tres flechas de energía pura que impactaron en los hombros y el pecho de Shu, clavándolo contra una columna de roca que aún quedaba en pie. Los impactos no explotaron; se hundieron en su carne abismal, quemándolo desde adentro con una luz que negaba la regeneración.
Shu escupió una sustancia negra y espesa. Sus ojos, antes arrogantes, ahora solo mostraban el vacío de la derrota.
—”Ustedes… pequeños bastardos…”, siseó, mientras la luz de Alefa y la sangre de Rai empezaban a purgar su existencia. “Creen que han ganado… pero solo han acelerado el reloj de arena…”.
Rai caminó lentamente hacia él, su guadaña de plasma rozando el suelo, dejando un surco de cristal fundido. Se detuvo a milímetros del rostro de Shu.
—”Dile a tu rey en el infierno que los Sánchez no luchan solos”, susurró Rai con una frialdad gélida.
Técnica final combinado eclipse de justicia de la muerte
Rai cerró el puño, haciendo que toda la sangre en el área implosionara sobre Shu, mientras Alefa descargaba un tajo descendente de luz blanca que partió el cielo. La explosión resultante fue silenciosa, una aniquilación de color blanco y rojo que borró la presencia de Shu de la realidad física, dejando solo un cráter perfecto y un silencio sepulcral que solo fue roto por el jadeo de los dos guerreros exhaustos.
Shu, viéndose acorralado por dos frentes, liberó una explosión de sombras que lanzó a ambos hacia atrás, pero Rai giró en el aire y extendió sus manos. Cientos de hilos de sangre se tejieron en el aire, atrapando las extremidades del demonio.
—”¡Ahora, Alefa!”, rugió Rai, sus colmillos brillando bajo la luz roja de su aura.
Alefa saltó sobre los hilos de sangre, usándolos como plataformas. En el aire, su arma comenzó a absorber la luz residual del ataque de Melissa, convirtiéndose en una lanza de justicia pura.
Mientras Rai drenaba la energía vital de Shu a través de los hilos, Alefa descendió como un cometa. Shu gritaba, sintiendo cómo su esencia era robada por el vampiro mientras la luz de la chica lo cegaba.
Shu, en un último esfuerzo de supervivencia, clavó su espada en su propio pecho, liberando una marea de oscuridad prohibida para romper los hilos. El impacto mandó a Rai contra una pared de piedra, escupiendo sangre negra.
—”¡Rai!”, gritó Alefa, deteniendo su ataque para cubrirlo.
Shu respiraba con dificultad, su cuerpo era una masa de carne quemada y heridas sangrantes. Miró a los dos jóvenes con un horror genuino. Ya no eran “ratas” para él; eran la personificación de la resistencia que Carlos había inspirado.
—”Ustedes… niños de mierda…”, siseó Shu, su voz quebrada. “No saben lo que han despertado. Mi muerte será solo el faro para que los otros abismales devoren este continente”.
Rai se puso de pie, limpiándose la comisura de los labios. Sus ojos morados y rojos se fijaron en Shu con una frialdad que hizo temblar al demonio.
—”Hablas demasiado para alguien que ya ha perdido el corazón”, dijo Rai, mientras la sangre a su alrededor comenzaba a formar una esfera de vacío absoluto.
El silencio que siguió a la desaparición de Shu fue denso, cargado de un calor residual que hacía que el aire vibrara. Rai permaneció de pie, su guadaña de plasma deshaciéndose en gotas de sangre que regresaban a sus poros, mientras sus ojos recuperaban lentamente su tono original, aunque una chispa carmesí persistía en el fondo de sus pupilas.
Alefa se acercó a él, guardando su espada con un suspiro tembloroso. Sus manos aún irradiaban un rastro de luz dorada.
Rai se tambaleó, el cansancio extremo golpeando su cuerpo ahora que la adrenalina vampírica se retiraba. Alefa lo sostuvo por el hombro antes de que cayera.
—”Lo hicimos, Rai…”, susurró ella, mirando el cráter donde Shu había dejado de existir. “¿Estás bien? Tu energía… se sentía tan distinta”.
Rai la miró, su rostro pálido y exhausto.
—”No te asustes, Alefa. Sigo siendo yo… solo que finalmente dejé que esa parte de mí saliera. Tenía que hacerlo. Si no deteníamos a ese bastardo aquí, no habría un mañana para Carlos ni para nadie”.
Sin embargo, la celebración fue interrumpida por un cambio brusco en la presión atmosférica. El cielo, que se había despejado tras el ataque de luz de Alefa, comenzó a teñirse de un dorado pálido y antinatural. Desde el centro del campo de batalla, donde el sello de Carlos permanecía intacto, una figura descendió con una elegancia que hacía que el aire mismo doliera.
Gabriel estaba ahí. Sus alas, majestuosas y aterradoras, se extendieron cubriendo el sol. No miraba a los guerreros con odio, sino con una indiferencia divina que era mucho más aterradora
.
—”Han eliminado a los peones”, la voz de Gabriel resonó como mil campanas de plata. “Un esfuerzo admirable para seres tan efímeros. Pero el equilibrio exige que el Soberano permanezca encerrado y que este mundo sea purgado de sus pecados
Gabriel extendió sus manos, y hilos de seda dorada comenzaron a succionar los restos de la magia abismal de los generales caídos. El ángel suspiró con una satisfacción oscura mientras sentía cómo el poder de Shu y Ling se integraba a su propia esencia.
—”Como ustedes dos han muerto, es hora de absorber sus magias”, murmuró Gabriel, su voz resonando con una soberbia que erizaba la piel. “Ahora me pertenecen. Esto solo será para volverme más fuerte”.
Se detuvo un momento, mirando las cenizas de Shu con una mezcla de lástima y desprecio.
—”Fue algo increíble que hayas muerto, Shu. Siempre fuiste el más fuerte, pero te confiaste demasiado. Tu odio te cegó, y esa fue tu mayor debilidad. Si no te hubieras confiado, habrías matado a todos sin dudarlo… pero en fin, eres una pieza valiosa. Tendré que darte otra oportunidad en el futuro”.
Luego, sus ojos se posaron en el rastro de Ling, y su expresión se volvió de asco puro.
—”Sobre Ling… me ha decepcionado. Perdió más de una vez contra Carlos. Fue patético. No solo perdió; lo humillaron. Esa mujer y ese hombre musculoso lo hicieron mierda”.
Con un movimiento brusco, Gabriel cerró los puños. La energía absorbida estalló en su espalda, haciendo que sus alas crecieran y se tornaran de un dorado metálico, casi blanco. La presión mágica fue tan grande que Sara y Melissa Smith tuvieron que clavar sus armas en el suelo para no ser arrastradas por el viento divino.
—”¡Maldito bastardo!”, rugió Rai, apretando los dientes. “¡Solo los estabas usando! ¡Ni siquiera te importan tus propios aliados!”.
Gabriel giró la cabeza hacia Rai, con una mirada tan vacía que parecía un abismo de luz.
—”Los aliados son herramientas, niño. Y ahora que tengo su poder, el sello de Carlos ya no es una prisión… es un ataúd
Astaroth soltó un rugido que no salió de su garganta, sino de las grietas del suelo. Su cuerpo, antes humanoide, comenzó a deformarse. Las Espinas del Árbol de la Muerte brotaron de su columna vertebral como alas de obsidiana, y su rostro se dividió en una máscara de agonía y éxtasis.
—”¡Sara! ¡Tú me condenaste al vacío una vez!”, siseó Astaroth, su voz multiplicada por mil ecos. “¡Ahora yo convertiré tu luz en el combustible de mi infierno!”.
Sara no retrocedió. Su aura morada se volvió densa, casi negra, adoptando una cualidad siniestra que los demás nunca habían visto. No era la luz de una heroína; era el frío del vacío que ella habitó durante años.
Se lanzaron el uno contra el otro. El choque de sus armas no produjo sonido metálico, sino un lamento de almas torturadas. Cada tajo de la espada de Sara arrancaba pedazos de la esencia de Astaroth, pero el demonio se regeneraba instantáneamente usando la sangre de los ciudadanos que aún empapaba la tierra.
Astaroth contraatacó con una brutalidad animal. Usó sus garras para desgarrar el espacio, creando portales de donde salían manos esqueléticas que intentaban arrastrar a Sara hacia el Abismo. La batalla se movía a una velocidad que hacía que el aire se incendiara y luego se congelara en un ciclo infinito de caos.
Sara, con una mirada de determinación aterradora, incrustó su espada en el hombro de Astaroth, pero el demonio solo se rió, permitiendo que la hoja lo atravesara para poder agarrar a Sara por el cuello con su mano libre.
—”¿Sientes eso, niña bonita?”, se burló Astaroth, sus ojos brillando con una luz roja maligna. “Es el sabor de tu propio fracaso. Me has golpeado mil veces, pero yo solo necesito una para destruirte”.
Sara, con la sangre corriendo por su rostro pero una sonrisa salvaje en los labios, respondió con un susurro gélido:
—”Entonces, asegúrate de que esa única vez… no sea la última que respires”.
En ese instante, Sara liberó una explosión de Energía de Vacío Puro desde su propio cuerpo, quemando la mano de Astaroth y obligándolo a retroceder mientras la realidad a su alrededor empezaba a desintegrarse. La batalla era tan violenta que el cielo sobre el Reino Platinos se partió en dos, mostrando un abismo de estrellas muertas.
—”Te odio…”, susurró Hina, mientras las lágrimas se evaporaban por el calor de su propia energía. “He pasado años sufriendo como una estúpida, llorando por tu muerte… pero maldita sea, Sara, me hace tan feliz que estés aquí”.
Una baja presión atmosférica estalló desde el centro de su pecho, agrietando el suelo. La oscuridad de Hina no era como la de los demonios; era una sombra soberana, una que reclamaba su lugar en el mundo. Con una mirada cargada de una furia renovada, Hina adoptó una postura siniestra, el cuerpo inclinado y la espada vibrando con un tono azul gélido.
Hina no esperó a que Astaroth reaccionara. Desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un rastro de escarcha negra.
GOLPE DE HIELO PRIMORDIAL
Reapareció justo encima de la cabeza deforme del demonio. Pero no era un solo ataque. Mientras giraba en el aire con una maestría que superaba todo su entrenamiento previo, el cielo sobre ellos se llenó de un brillo multicolor y letal.
MAGIA SUPREMA LLUVIA DE ESPADAS ELEMENTALES
Cientos de filos hechos de fuego abrasador, relámpagos cian, rocas de obsidiana y ráfagas de viento cortante se materializaron en un círculo perfecto. Con un movimiento descendente de su mano, Hina ordenó el bombardeo.
Las espadas elementales cayeron como meteoros, empalando el cuerpo de Astaroth y sellando sus extremidades al suelo. Cada impacto elemental reaccionaba con el siguiente, creando explosiones en cadena que desgarraban la carne abismal del demonio.
Astaroth, atrapado por la lluvia elemental, rugió de dolor al sentir cómo el hielo de Hina congelaba su regeneración interna. Sara, aprovechando la apertura perfecta que su amiga acababa de crear, se lanzó hacia adelante con su espada de vacío.
—”¡Bienvenida de vuelta, niña bonita!”, gritó Sara, su voz mezclándose con el estruendo de los ataques de Hina.
Ahora, las dos mujeres que una vez fueron leyenda volvían a luchar hombro con codo. Astaroth, por primera vez, sintió que el miedo que él mismo sembraba se le devolvía multiplicado por dos.
El campo de batalla se estremeció, no por los ataques de Astaroth, sino por la presión que emanaba de Sara. Mientras luchaba hombro con hombro con Hina, los ecos de aquella conversación con Luis y Miranda resonaban en su mente como campanas de guerra.
En su mente, la voz de Luis era una advertencia constante:
—”El Héroe de las Sombras le otorgó su poder al hijo de tu mejor amiga. Carlos será su aprendiz si algo sale mal… no intervengas, Sara”.
Pero Miranda, con esa calma que solo poseen los que han visto el fin del mundo, había intercedido por ella:
—”No seas ingenuo, Luis. Sara es la Heroína de la Esperanza. Ella nos salvó de un conquistador de mundos… la esperanza nunca muere porque la victoria está en sus manos”.
Sin embargo, la realidad era más oscura. Luis no exageraba: veintidós reyes conquistadores, tres líderes supremos… y aquel “asesino de su yo futuro” que seguía acechando en los pliegues del tiempo.
Sara regresó al presente. Sus ojos, antes llenos de la calidez de la amistad, se tornaron en pozos de una determinación gélida. Recordó su derrota contra aquel ejército de nivel dios, recordó al conquistador que destruyó su mundo y, sobre todo, recordó al Dios Nocturno.
—(Pensamiento de Sara): “No voy a hacer caso a nadie. Si me encuentro con esa persona de nuevo… el encuentro no será amistoso”.
De repente, el aura morada de Sara dejó de brillar con esperanza y se volvió una fuerza siniestra y pesada que hizo que incluso Astaroth se encogiera. El aire alrededor de ella comenzó a agrietarse. La presión era tan vasta que el suelo se hundió varios metros bajo sus pies.
Hina, sintiendo el cambio brutal en el poder de su amiga, no retrocedió; se sincronizó.
—”Veo que tú también has estado en el infierno, Sara”, siseó Hina, su Poder Nocturno rugiendo en respuesta.
Sara la miró de reojo, su rostro contraído en una expresión de guerrera absoluta.
—”Hina, no dejaremos que esos ‘Reyes’ toquen lo que amamos. Si quieren a Carlos, tendrán que pasar por encima de la Esperanza y de la Noche”.
Astaroth, atrapado entre la lluvia de espadas elementales de Hina y la presencia monstruosa de Sara, lanzó un grito de agonía. Las dos mujeres se lanzaron al ataque final, moviéndose como sombras entrelazadas, decididas a borrar al demonio antes de que las verdaderas amenazas —aquellos conquistadores de mundos— pusieran un pie en su realidad.
Hina esquivó un zarpazo de sombras de Astaroth con un giro elegante, colocándose espalda con espalda con Sara. El sudor corría por su frente, pero su voz era firme.
—”¿Tienes algún plan?”, preguntó Hina, jadeando, mientras preparaba una nueva ráfaga de espadas elementales.
Sara, con la espada de vacío descansando sobre su hombro y esa aura “monstruosa” fluctuando con un matiz juguetón, soltó una respuesta que casi hace que Hina se tropiece.
—”A… Nop”.
—”¿Eh?”, Hina soltó una carcajada incrédula, aunque sus ojos seguían fijos en el demonio que rugía frente a ellas. “¿Cómo que no tienes un plan? ¡Estamos peleando contra un general abismal y me dices que vamos a ciegas! ¡Oye, oye!”.
—”Bueno, no te alarmes”, respondió Sara guiñándole un ojo, con una calma que rayaba en lo descarado. “Todo tiene una solución. Hina, tú eres la candidata… te toca”.
Hina infló las mejillas, deteniendo por un instante su flujo de poder nocturno para dedicarle una mirada de indignación absoluta.
—”¡¿Eh?! ¡Te volviste loca!”, exclamó haciendo un puchero, ignorando por un momento que Astaroth intentaba liberarse de sus ataduras de hielo. “¡No seas malagradecida! Al menos tú deberías ir primero… ¡me abandonaste, que no se te olvide!”.
Sara rió, una risa que sonaba a nostalgia y a acero. Se acercó un poco más a Hina, su mirada de repente volviéndose un poco más profunda, más estratégica.
—”Oh, vamos Hina… ¿no quieres que te dé un regalo?”.
Hina se quedó congelada por un segundo, su guardia bajó apenas un milímetro mientras la palabra “regalo” resonaba en su cabeza. En este mundo de guerra y muerte, esa palabra sonaba casi alienígena.
—”¿Mmm? ¿Un regalo?”, repitió Hina, su curiosidad peleando contra su instinto de combate.
Sara no respondió de inmediato. En lugar de eso, señaló hacia el pecho de Hina, donde el Poder Nocturno latía en sincronía con el sello de Carlos a lo lejos. El regalo no era algo material; era una llave. Una parte de la esencia que Sara había recuperado de sus batallas contra los Conquistadores de Mundos y que solo una Sánchez podía portar.
Hina miró la llave que Sara sostenía, entornando los ojos mientras la memoria le jugaba una pasada.
—”Ehhhhh… ¿esa llave no es de uno de los gigantes con los que me enfrenté hace tiempo?”, soltó Hina con una naturalidad que heló la sangre de Sara.
Sara se quedó de piedra. Su aura monstruosa parpadeó como una bombilla fundida.
—”¡¿Queeeeee?!”, gritó Sara, su voz alcanzando un tono que hizo que los escombros cercanos vibraran. “¡¿Hina, acaso tú fuiste a ese lugar?!”.
Hina empezó a juguetear con sus dedos, evitando la mirada asesina de su mejor amiga mientras soltaba una risita nerviosa.
—”Ejejeje… bueno, es que… chasquido de dedos… Josué me acompañó…”.
Sara cerró los puños, y esta vez la presión que emanaba no era contra Astaroth, sino de pura frustración pedagógica.
—”No cabe duda que es una estúpida…”, murmuró Sara, masajeándose las sienes. “Tendré que darte una tremenda regañada… ¡y también va para Shiro! Esa idiota… más tarde saldaré cuentas pendientes con ella. ¡¿Cómo te dejó ir a las Tierras Prohibidas sin supervisión?!”.
Astaroth, que estaba a punto de lanzar un ataque devastador para liberarse de las espadas elementales, se detuvo en seco. Bajó sus garras, inclinó la cabeza y se quedó mirando la escena con una expresión de desconcierto absoluto.
—”Ah, chinga…”, pensó el general abismal, parpadeando sus múltiples ojos. “Está potente ese chisme. Esto no me lo pierdo… tendría que traer unas botanas para ver esta pelea entre mujeres”.
El demonio, el mismo que hace minutos estaba empalando a Hina con el Árbol de la Muerte, ahora parecía más interesado en los detalles del viaje prohibido de Hina y Josué que en destruir el mundo. La atmósfera era tan absurda que el mismo Gabriel, desde las alturas, bajó su arco de luz, sintiéndose repentinamente fuera de lugar.
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