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The strongest warrior of humanity - Capítulo 214

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Capítulo 214: Capitulo 214 perdoname

—Perdón por interrumpir, pero no hay tiempo para charlas —sentenció Haruto, su voz cortando el aire con la autoridad de un monarca.

Hina y los demás se tensaron ante su presencia, pero Sara, con una tranquilidad que rayaba en la insolencia, simplemente ladeó la cabeza.

—¿Tú eres? —preguntó Haruto, clavando sus ojos en ella.

—¡Holis! Un gusto, soy Sara. Tú debes ser el rey, ¿no? —respondió ella con una ligereza que contrastaba violentamente con el caos que los rodeaba.

Rafael y Lkeys, que permanecían a los flancos del rey, se pusieron en guardia de inmediato. Sus sentidos estaban gritando; el aura que emanaba de Sara no era normal, era una fuerza vasta y antigua que los hacía sentirse pequeños a pesar de sus rangos.

Sara dejó de sonreír por un breve instante y desvió su atención hacia ellos, analizándolos con una profundidad que parecía ver a través de sus almas.

*”Ya veo… Así que los Akinori están aquí”*, pensó Sara, mientras un destello de nostalgia y respeto cruzaba sus ojos. *”Entonces él debe ser el líder de las Doce Grandes Familias. Tiene sentido… Conocí a una persona de los Akinori hace mucho tiempo”*.

Un recuerdo lejano pasó por su mente, la imagen de un sacrificio que marcó el destino de muchos.

—Lástima que diste tu vida contra los Reyes Conquistadores de Mundos… —susurró Sara para sí misma, con una seriedad que nadie le había visto hasta ese momento—. Nunca voy a olvidar tu honorable sacrificio, San.

—Eso ocurrió cuando tenía 19 años… Fue aquel hombre quien me enseñó cómo usar mi poder de la esperanza, aunque tenga un costo. Mi otro “yo” me lo advirtió cuando estaba al borde: si usara todo ese poder, moriría en el intento. Eso fue exactamente cuando tenía 15 años, estando al lado de Hina.

Mientras hablaba, una mirada aterradora se escapó de mi rostro al clavar mis ojos en Rafael. Seguía pensando que, mientras yo estuviera aquí, ellos tendrían un solo objetivo, y estaba decidida a averiguar cuál era.

—Dime algo… ¿Tú eres el líder de los Akinori?

—Así es. ¿A qué viene la pregunta? —protestó Rafael, endureciendo el gesto.

—No es nada, simplemente quería confirmar algo. Me pregunto… ¿por qué alguien como tú está al mando? —Sara hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras calaran en el ambiente—. Creí que sería Hina la líder de esas Grandes Familias.

El impacto de sus palabras dejó a todos en un estado de shock absoluto. Rafael apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—¿Qué? ¿Crees que esa mujer de ahí podría liderar mejor que yo? —Una sonrisa incrédula y cargada de veneno apareció en el rostro de Rafael.

—Por supuesto —respondió Sara, comenzando a caminar dándole la espalda con total indiferencia—. Ella sería mil veces mejor que tú. Hina tiene lo suficiente para ser la mejor de todos… es una pena que tú resultes ser el más débil.

Rafael sintió una ira peligrosa estallar en su pecho. El aire comenzó a vibrar y una presión de aura devastadora se liberó de su cuerpo, obligando a los demás a retroceder varios metros para no ser aplastados. Sara, lejos de intimidarse, se detuvo y giró levemente la cabeza, sonriendo con una confianza absoluta ante la provocación.

*”Veo que quieres mostrar fuerza, ¿no? Entonces te demostraré lo que es tener una verdadera fuerza fuera de este mundo…”*

Sara, con una arrogancia que helaba la sangre, liberó la totalidad de su poder. La presión fue tan devastadora que todos los presentes, incluido Rafael, cayeron de rodillas, aplastados contra el suelo sin poder realizar un solo movimiento.

—¡Qué mierdas! ¡Ahhh! —gritó Rafael, luchando por respirar bajo el peso invisible—. ¿Cómo es esto posible? ¿Este es el verdadero poder de un héroe legendario? ¡Dime! ¡¿Quién diablos eres?!

—Ahora entiendes la diferencia de poderes, ¿verdad, líder de los Akinori? —Los ojos de Sara brillaban con una intensidad hipnotizante, mientras sus pupilas se movían con una calma sobrenatural—. La fuerza debe mostrarle a los débiles que el poder siempre será la prioridad si realmente quieres proteger a tu gente.

—¡Ya basta, Sara! —exclamó Josué, inquieto por primera vez en su vida—. ¡Para ya, por favor! ¿No ves que nos estás matando con tu aura?

Sara dirigió su mirada hacia él, suavizando apenas la presión, pero manteniendo su postura firme.

—Josué, veo que no estás entendiendo. Hina era la mejor candidata para esto… lo digo porque yo siempre fui su sombra. La he estado vigilando todo este tiempo.

—¡¿Qué?! —Josué se quedó en absoluto silencio.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Josué logró levantarse. Caminó con dificultad, desafiando el aura de Sara que intentaba hundirlo de nuevo en el suelo.

—¿Todo este tiempo la estuviste observando y no hiciste nada para ayudarla? —La voz de Josué se quebró. El hombre que siempre se mostraba frío y serio estaba dejando escapar un dolor insoportable—. Por tu culpa, ella sufrió demasiado… ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué apareces recién ahora?!

Josué llegó hasta ella y la sujetó de la ropa con fuerza, sacudiéndola con desesperación.

—¡Dímelo! ¡Tú la viste sufrir! ¿Qué clase de amiga le haría eso a su mejor amiga? ¿Acaso no tienes sentimientos? Ella lloró por ti, se atormentó cada día de su vida pensando que te había perdido… ¿Y ahora apareces de la nada como si nada hubiera pasado? Jajaja… ¡tienes que estar bromeando! No tienes idea de lo que…

—¡Lo sé! —le interrumpió Sara, manteniendo la compostura a pesar de la rabia de Josué—. No podía regresar. Yo seguía siendo la mayor amenaza para los abismales y hay enemigos poderosos que todavía buscan mi cabeza. ¡Tú no tienes la menor idea de lo que ha sido para mí estar alejada de ella! Lo hice por su bien… porque ella es lo que más me preocupa en este mundo.

—Claro, como no… —Josué la soltó con desprecio, sus ojos llenos de amargura—. No digas mentiras, Sara. A una amiga de verdad jamás se le abandona, sin importar quién te esté buscando.

Bajé la mirada. Sus palabras fueron como una espada afilada que me estaba quemando por dentro; mi semblante era fatal, estaba completamente deprimida. Volteé a verla y, cuando nuestros ojos se encontraron, lo comprendí a la perfección.

—Hina, yo… —Quise aclarar lo que estaba pasando, pero no tuve el valor de articularlo. Las palabras de Josué habían dolido más de lo que aparentaban. “Tenías razón, Luis”, dije en mi silencio, “no te hice caso y ahora estoy en un problema que no puedo resolver”

—No tienes por qué preocuparte por mí, Sara —dijo Hina con una leve sonrisa dulce—. No tienes por qué culparte; sé que tenías una razón para hacerlo.

Hina hizo una pausa, tratando de mantener la compostura a pesar de la fragilidad que emanaba.

—Duele, pero pronto me pondré bien y…

—¡Hina! —la interrumpió Josué—. Lo que estás diciendo está mal. Tú estás mal. Cargas con una culpa y un dolor insoportable; deberías estar enfadada con ella. No entiendo por qué…

—Amor, sé que estás preocupado por mí, pero no tienes por qué estarlo —respondió Hina con una sonrisa desanimada, aunque su voz recuperaba cierta firmeza—. Tampoco puedo negar que traté de suicidarme… pero tenía que salir adelante por ti, por mis hijos, por ella… y por Shiro.

Esa lágrima fue el detonante que rompió la tensión en el aire. En el momento en que Sara vio el rastro de humedad en la mejilla de Hina, su fachada de heroína inalcanzable se desmoronó por completo.

El aura aplastante que mantenía a todos de rodillas desapareció al instante, dejando un silencio pesado que solo fue interrumpido por el sonido de sus pasos apresurados. Sara corrió hacia ella sin pensarlo dos veces, como si los años de distancia nunca hubieran existido, y la envolvió en un abrazo desesperado.

—¡Lo siento! —gritó Sara, hundiendo su rostro en el hombro de su amiga, con la voz rota por el llanto—. ¡Lo siento tanto, Hina!

La fuerza del abrazo era tal que parecía intentar recuperar todo el tiempo perdido en un solo segundo. Ya no importaban los reyes, ni las Doce Familias, ni las amenazas de los abismales que la perseguían. En ese rincón del reino en ruinas, solo quedaban dos amigas unidas por un dolor que finalmente encontraba un desahogo.

Hina, aunque sorprendida por la calidez del contacto, dejó que su cuerpo se relajara, permitiendo que el peso de su propia soledad se disolviera en los brazos de la única persona que realmente conocía su alma. Josué, Rafael y los demás, aún recuperando el aliento tras la presión del aura, se quedaron en silencio, siendo testigos del momento en que la esperanza y la tristeza finalmente se perdonaban.

Hina correspondió al abrazo con suavidad, dejando que su cabeza descansara sobre el hombro de Sara. El llanto de su amiga era amargo, cargado de una culpa que había estado guardando durante años de soledad y misiones imposibles.

—Ya pasó, Sara… ya pasó —susurró Hina, acariciando el cabello de la heroína—. Estás aquí ahora. Eso es lo único que importa.

Josué, que aún sentía el eco del aura de Sara en sus músculos, se quedó de pie a pocos metros. Su rabia no se había disipado del todo, pero al ver a su esposa llorar y sonreír al mismo tiempo, comprendió que no le correspondía a él juzgar un vínculo que nació mucho antes de que él entrara en la vida de Hina.

Rafael, por su parte, se levantó con dificultad, limpiándose el polvo de su ropa con un gesto de orgullo herido. Miró a Lkeys, quien seguía observando la escena con una mezcla de fascinación y cálculo.

—Así que este es el poder que nos falta —mascullo Rafael, aunque su tono ya no era de burla, sino de una envidia contenida—. Si esa mujer es capaz de doblegar a un líder de familia con solo su presencia, no quiero imaginar lo que los abismales están preparando para cazarla.

De repente, un estruendo sordo vibró bajo sus pies. No era una explosión mágica, sino un movimiento telúrico que provenía de las profundidades del reino. Haruto, que se había mantenido al margen observando el reencuentro, clavó su mirada en el horizonte.

—Basta de sentimentalismos por un momento —intervino el Rey con voz firme—. El sello de Carlos no es lo único que Robert dejó atrás. Esa vibración… el portal abismal no se cerró por completo.

Sara se separó lentamente de Hina, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Su expresión cambió en un parpadeo; la vulnerabilidad desapareció para dar paso a la guerrera legendaria que había aterrorizado a los demonios durante décadas.

—Tiene razón —dijo Sara, invocando de nuevo su espada de luz, aunque esta vez con un brillo más controlado—. Astaroth era solo una distracción. Gabriel se llevó lo que quedaba de él, pero dejaron una “semilla” de corrupción en el núcleo de este lugar. Si no la destruimos ahora, este reino se convertirá en una extensión del abismo en menos de una hora.

Hina apretó la mano de Josué, buscando fuerza.

—Entonces no hay tiempo que perder. Si queremos recuperar a nuestro hijo y proteger lo que queda de los reinos, tenemos que cerrar esa brecha.

Josué asintió, desenvainando su arma con una seriedad renovada.

—Sara… —la llamó Josué antes de avanzar—. No te he perdonado. Pero si realmente eres su sombra, más te vale que tu espada sea tan afilada como tus palabras.

Sara soltó una pequeña risa desafiante, la primera chispa de su verdadera personalidad regresando a su rostro.

—No te preocupes, Josué. Verás por qué los dioses me temen más a mí que a la propia muerte.

La voz de Carlos resonó en cada rincón del lugar, no como un eco débil, sino con una claridad y una calma que heló la sangre de los presentes. El aire, que antes vibraba con el aura de Sara, se volvió extrañamente estático.

—No será necesario… —dijo la voz, emanando desde el corazón del sello.

—¡¿Hijo?! —exclamó Josué, dando un paso al frente con el corazón en un puño—. Carlos, ¿estás…?

—No te preocupes por mí, padre. Estoy bien —la voz de Carlos se sentía madura, casi ajena a su cuerpo de niño—. Solo quiero pedirles algo: no me liberen aún. Ustedes no saben lo peligrosa que es esta magia de sello. Si intentan romperla desde fuera sin el conocimiento adecuado, la reacción en cadena podría borrar este reino del mapa.

Hina apretó sus manos contra su pecho, con los ojos empañados. Podía sentir la presencia de su hijo, pero la barrera que los separaba era una anomalía que desafiaba las leyes de la magia conocida.

—Sara —continuó Carlos, y su tono se volvió una orden directa—, quiero pedirte un favor. Quédate aquí. Tú eres la única con el poder suficiente para contener cualquier fuga de energía del sello. A los demás… les pido que vayan a rescatar a las personas que están heridas. La prioridad absoluta son las vidas de los habitantes de nuestro reino. Hay gente sufriendo bajo los escombros; usen su fuerza para ellos.

—¡Pero, hijo! ¡No podemos dejarte así! —gritó Hina, dando un paso hacia la estructura rúnica que lo aprisionaba.

—Mamá, no te preocupes por mí —se escuchó una pequeña risa suave, cargada de esa confianza que siempre lo caracterizaba—. Estaré bien. Hasta entonces, los volveré a ver. No se preocupen… sé perfectamente cómo librarme de esto desde el interior. Solo necesito tiempo para entender la estructura de este “regalo” que me dejó Gabriel.

Sara, que aún tenía los ojos rojos por el llanto, asintió solemnemente. Guardó su espada y se colocó en posición de guardia frente al sello, dándole la espalda a sus amigos.

—Hiciste bien en decírmelo, mocoso —dijo Sara con una sonrisa de lado—. Vayan, Josué, Hina. Yo me quedaré aquí. Si algo intenta salir o entrar en este sello, tendrá que pasar por encima de la Heroína de la Esperanza.

Rafael y Lkeys se miraron entre sí, asombrados por la autoridad que un niño —o lo que fuera que habitaba en ese cuerpo— ejercía sobre los guerreros más poderosos del mundo. Sin decir palabra, y ante la urgencia de la orden de Carlos, los grupos comenzaron a movilizarse hacia las zonas de desastre, dejando a Sara como la guardiana solitaria del misterioso sello.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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