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The strongest warrior of humanity - Capítulo 213

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Capítulo 213: capitulo 213 ruinas

Astaroth, confiado en su intelecto superior, observaba desde las sombras del campo de batalla. Había trazado cada movimiento, cada sacrificio, con el único fin de hacerles creer a sus oponentes que la victoria estaba al alcance de sus manos. Su estrategia era perfecta, o al menos eso creía, mientras sus planes seguían ejecutándose con una precisión quirúrgica.

Sin embargo, un escalofrío recorrió su esencia demoníaca.

—Espera un momento… ¿qué es eso? ¿Qué estoy viendo?

El foco de su desconcierto era Hina. La humana había cambiado de repente; no era solo su postura, sino la naturaleza misma de su energía. El aire a su alrededor comenzó a espesarse, volviéndose lento, pesado, como si el tiempo se resistiera a avanzar cerca de ella. Sus ojos, antes decididos, ahora reflejaban algo mucho más horrible, una profundidad aterradora que no pertenecía a este plano.

Sara y Melissa, quienes luchaban a su lado, sintieron el cambio de inmediato. Un instinto primario de supervivencia las golpeó con fuerza.

—¿Acaso…? —exclamaron ambas al unísono, compartiendo un pensamiento que no se atrevieron a pronunciar.

Sin dudarlo, ambas se alejaron en un retroceso épico, ganando distancia antes de que la presión atmosférica colapsara. Hina, en el centro del caos, levantó su espada de oscuridad. En su otra mano, la luz comenzó a condensarse hasta materializar una segunda hoja de un color celeste cielo, brillante y pura.

Sin mediar palabra, Hina desató su ataque combinado. La magnitud del golpe superó cualquier cálculo previo; la colisión de luces y sombras creó una onda expansiva que devoró el terreno. Astaroth, por primera vez en siglos, sintió el peso de la vulnerabilidad. Intentó levantar sus defensas, pero el poder era devastador: no logró bloquearlo por completo, y el impacto lo arrastró hacia el abismo de su propio error.

El viento nos envolvía, agitando nuestro cabello mientras contemplábamos la magnitud de aquellas explosiones. Cuando el humo comenzó a disiparse, la imagen era dantesca: Astaroth yacía completamente destruido, sin brazos, sin piernas… apenas un resto de lo que fue.

El ataque de Hina había evolucionado de forma aterradora, alcanzando el nivel de la **Pirámide de la Muerte**, la técnica de Carlos. Era, sin duda, una de las habilidades más peligrosas del mundo entero, capaz de aniquilar a un ejército completo con un solo movimiento.

Josué observaba la escena en silencio, pero Astaroth, en su último aliento, fijó su mirada únicamente en él.

—Algún día, Hina… verás caer al mundo frente a tus ojos —sentenció con una voz que parecía brotar del mismo infierno—. Cuando tu propio hijo acabe con la humanidad él solo… aunque las derrotas serán su mayor debilidad, pues jamás podrá proteger a nadie.

—Oye… deja de mirar a mi esposo, hijo de mil perros.

La voz de Hina hizo que lo poco que quedaba de Astaroth temblara. Sus palabras no fueron un grito, sino un susurro cargado de una mirada siniestra y peligrosa, una promesa de que el sufrimiento del demonio apenas estaba comenzando.

Hina estaba a punto de dar el golpe final y borrar a Astaroth de la existencia, cuando Gabriel intervino, deteniéndola en seco.

—Vaya, vaya… nunca pensé que fueras a evolucionar, niña astuta.

*¿Pero qué demonios…?*, pensó Hina, sintiendo cómo la presión en el aire cambiaba drásticamente con la sola presencia de Gabriel.

Sara clavó su mirada en él, mientras sentía un peso muerto a su lado: Melissa se había desmayado. Había llegado a su límite absoluto.

—¡Mierda! No despiertes todavía, “yo”… aún tengo que pelear —susurró Melissa para sí misma mientras Sara la sujetaba a Melissa antes de que golpeara el suelo.

Hina y Gabriel se miraron fijamente por segunda vez. La tensión era tan alta que parecía que el espacio mismo iba a agrietarse.

—Me sorprende que sigas viva, niña arrogante —soltó Gabriel con desdén—. En fin, este encuentro se acabó. Me llevaré a Astaroth; ya vi de lo que eres capaz.

Mientras se preparaba para retirarse con los restos del demonio, un pensamiento sombrío cruzó la mente de Gabriel: *”Esa mujer puede evolucionar más. Si dejamos que llegue a ese punto, será una amenaza tan grande como sus hijos… Ellos son mucho más aterradores que su propia madre”.*

—Pero ninguno de ellos le llega a los talones a lo que fue Carlos Tanaka Sánchez a sus 32 años… Él es la verdadera amenaza ante todos ellos. Solo una persona puede entenderlo realmente… Shiro Shimizu, todo es tu culpa. Creaste un arma tan maligna que incluso un dios no era capaz de vencerla. Pero ahora que es un niño… ahora no es nada.

Gabriel esbozó una sonrisa gélida mientras sostenía los restos de Astaroth, sus pensamientos volando hacia el tablero que él mismo había configurado.

—Pero ahora que él recuerda quién es… todo se encamina directo hacia mi plan. Ahora, el siguiente paso es ver qué hará Lucifer con Gojo Akinori. Su familia es la que debemos aniquilar.

Hizo una pausa, mirando hacia la nada, como si pudiera ver a través de las dimensiones.

—Además de eso, al menos tenemos a un traidor entre las doce grandes familias. Espero que no me decepciones… Misael Sasai.

—Mientras te mantengas al margen, no nos importará lo que hagas. Además, nadie sabe lo que hiciste estos últimos veinte años, Sasai… Espero que jamás olvides nuestro trato.

Lejos de allí, en una sala que emanaba un aura de autoridad absoluta, las Doce Grandes Familias se encontraban reunidas. En el centro de todo, el líder indiscutible: Rafael Akinori, un hombre cuyo poder le otorgaba el primer lugar tanto a él como a su linaje.

—¿Ocurre algo, Misael? Te noto más extraño de lo habitual —preguntó Rafael, observándolo con detenimiento.

—No es de tu incumbencia —respondió Misael, sin apartar la mirada.

—Oye, oye, vamos, no seas tan incrédulo, Misael —intervino Kenzo, uno de los Reyes de la Lanza, con tono burlón—. Deberías recordar que estás en el cuarto lugar. Recuerda que tú, Josué y el idiota de Cecilio han estado compitiendo como tontos por el top dos.

—¿Oh, en verdad piensas eso? —dijo Cecilio Aguilar, acomodándose en su asiento—. Déjame decirte algo, Kenzo: no olvides el error que cometiste hace algunos años en la ceremonia. Además, el que está en el top dos es de la Familia Two.

—Hablas de *esa* mujer, ¿verdad? Esa nunca ha aparecido en nuestras juntas…

—¿Tú qué opinas, Joshua? —preguntó uno de los presentes.

—Nada mal para dormir un buen rato —respondió Joshua Albarca, con desinterés absoluto.

De pronto, la atmósfera se volvió más tensa cuando uno de los líderes se dirigió nuevamente a Misael:

—Parece que estás de mal humor. Deberías reflexionar sobre tus…

—¡Oye! ¿Quién te dio derecho de hablar sobre cómo debo tratar a mi hijo? —estalló Misael, interrumpiéndolo.

—No es que quiera meterme en asuntos ajenos, pero no voy a aceptar que hayas tratado así a tu esposa e hijo. Ellos nunca esperaron que cambiaras de esa forma; confiaban en ti. No sé qué te pasó, Misael. Cuando fuiste elegido como uno de los Grandes, eras alguien admirable, alguien digno de respeto… ¿pero ahora? Ahora no eres ni la sombra de ese hombre.

Misael no pudo contenerse más; la furia desbordó su juicio y, en un movimiento relampagueante, blandió su espada apuntándola directamente hacia el frente.

—¡Ya basta, ustedes dos! —intervino Haruto, de la Familia Real, con una autoridad que pesaba en toda la sala—. Tú, Misael, deberías retirarte ahora mismo.

—Yo pienso que no es mejor dejarlo ir, su majestad —una voz femenina y gélida resonó en el recinto—. Vaya, no pensé que tú estarías aquí, Lkeys.

—No esperaba menos, Haruto. Al igual que tú, yo soy la última de las Doce Grandes Familias —respondió Lkeys con serenidad—. Después de los desastres que han estado ocurriendo estos años, ya es momento de que hablemos sobre los Abismales y los Siete Asmales de la Calamidad. Y también sobre los dioses… sobre todo la mayor amenaza: el Dios Nocturno.

—Es verdad —asintió Haruto—. La razón por la cual los reuní a todos ustedes, sabiendo que los demás no han podido venir por las misiones que les encargué, es un tema bastante delicado. Se trata de tu esposa, Rafael; ella nos ha entregado una investigación magnífica. Pero hay un problema: hasta cierto punto de la investigación, todo apunta a que hay un traidor entre nosotros.

El silencio que siguió fue absoluto. Un aura pesada se manifestó en cada uno de los presentes, quienes abandonaron cualquier rastro de burla para tomarse la situación con una seriedad mortal.

—Y esto es algo grave para nosotros —continuó Haruto—. Kenzo, tú viste a ese dios, ¿verdad?

—Así es, lo vi entrando en una mazmorra —respondió Kenzo con el rostro ensombrecido—. Pero en el momento en que me vio, me atacó. Me usaron como sacrificio para que un Dios Antiguo me usara como títere. Si no fuera por Carlos, yo no estaría aquí en estos momentos. Es a él a quien le debo ese favor.

Al escuchar aquel nombre, Misael bajó ligeramente su arma, aunque su mente comenzó a trabajar a una velocidad peligrosa.

*¿Carlos, eh? El hijo de Josué…* —pensó Misael, mientras una sonrisa retorcida aparecía en su rostro—. *Ese mocoso tiene un talento único. Ojalá él hubiera sido mi hijo en vez del bastardo de Miguel. Un hijo bueno para nada no me sirve… Pero, ¿qué pasaría si convenzo a ese chico para que herede mi linaje de los Sasai? No sería una mala opción.*

Misael se tocó la barbilla, con la mirada perdida en una fantasía de poder y control.

*Ojalá nos conozcamos en persona pronto, niño.*

—El punto principal es que nuestro reino fue atacado por los abismales —continuó Haruto con tono sombrío—. Además, hay alguien distribuyendo una droga derivada del Dios Demonio de la Destrucción.

Lkeys se adelantó, rompiendo el silencio que se había formado. Se acercó al trono e inclinó la cabeza con el mayor de los respetos antes de hablar.

—Esto va a parecer algo imprudente, Su Majestad, pero hay algo que deben saber: el hijo de Josué… ha sido sellado.

La noticia golpeó la sala como una onda expansiva. Algunos presentes se quedaron boquiabiertos, otros mostraron un enfado evidente, y unos pocos no pudieron ocultar el rastro de miedo en sus rostros. El silencio fue sepulcral hasta que Lkeys volvió a hablar.

—Eso no es todo.

—¿Hay más? —preguntó Rafael, con la mandíbula tensa.

—Así es, y es algo que les va a sorprender: la Heroína de la Esperanza sigue viva.

Rafael y Cecilio se levantaron de sus asientos casi al mismo tiempo, incrédulos.

—¿En serio? ¿Entonces ella está con vida?

—Así es. Ha sobrevivido. O, mejor dicho, no sabemos el motivo por el cual se escondió durante todos estos años. Y eso me dice que si comprobamos el estado de los otros héroes…

—Espera, espera un segundo, Lkeys —la interrumpió Haruto, frotándose las sienes—. No estarás pensando que…

—Efectivamente, Haruto. Existe la posibilidad de que solo hayan sobrevivido seis de ellos, contando a Sara.

Lkeys miró a cada uno de los líderes de las familias con una seriedad gélida.

—Recuerden lo que pasó hace mil años; la historia podría repetirse. Por favor, todos levántense.

Siguiendo la orden, los presentes se pusieron en pie. Haruto dio por finalizada la sesión con un gesto firme.

—Este asunto queda estrictamente dentro de esta sala. Se termina nuestra reunión por el día de hoy. Tengo que ir a inspeccionar el desastre personalmente; tal vez encuentre algo interesante ahí. Les comunicaré cualquier hallazgo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —respondieron al unísono, mientras la sombra de una nueva guerra comenzaba a cernirse sobre el reino.

Todos se habían retirado, pero Lkeys y Rafael permanecieron en sus lugares, clavando la mirada en el Rey.

—¿No quieres que te acompañemos, Su Majestad? —preguntó Lkeys, rompiendo el silencio.

—¿Están seguros de que quieren ir? —respondió Haruto, dándoles la espalda mientras observaba a través de uno de los grandes ventanales.

—Así es. Yo, por mi parte, quiero investigar sobre la magia de sello; tal vez en el camino logre descifrar algo —añadió Lkeys con determinación.

Haruto suspiró, su voz cargada de una melancolía que rara vez mostraba ante los demás.

—A veces, en esta vida, todo el mundo pierde lo hermoso que hay… La luna podría brillar más en un mundo donde la paz nos salvara de esta realidad.

—Está bien, puede pensar en eso, Su Majestad, pero no olvide lo que usted me prometió —intervino Lkeys, cruzando ambos brazos sobre su pecho en una postura firme y exigente.

Haruto se giró lentamente, sus ojos encontrándose con los de ella.

—Deberías saber muy bien que necesito esa espada.

—¿Hablas de la Espada de la Exterminación? —preguntó Rafael, sintiendo un escalofrío ante la mención de tal arma.

—Por supuesto —sentenció Lkyes—. Esa espada es lo único que me interesa, más que nada en este mundo.

—Sobre todo, tengo que ver cómo es que ese niño fue sellado tan fácil… ¿Acaso ese abismal es alguien tan peligroso?

—No sabes de lo que estás hablando, Lkeys —dijo Haruto, liberando una mirada asesina que me heló la sangre—. Yo mismo lo vi cuando ese abismal, Robert, atacó mi reino. Josué fue astuto; si él hubiera usado todo su poder..

—Sí, lo sé, Rey. Sé de lo que es capaz Josué. Él no quería que los demás presentes vieran lo aterrador que puede ser… incluso Angélica lo sabe. Él es alguien que nunca se toma en serio las amenazas de los demás —respondí con seriedad, aunque el cansancio por los informes empezaba a pesarme—. Lo único que debemos hacer ahora es intentar salvar a los demás reinos. Muchos han sido desterrados, borrados de la existencia. La gente busca refugio desesperadamente tras perderlo todo; solo quedan 50 reinos a salvo por el momento, siempre y cuando ellos no muevan otra pieza en el tablero.

—Bien, vámonos. Tenemos cosas por hacer.

Nos dirigimos al reino donde el caos era absoluto. El escenario era desgarrador: personas tendidas en el suelo, cubiertas de sangre, algunas habiendo perdido partes de su cuerpo. Al fondo de aquel desastre, se encontraba Josué, sosteniendo con firmeza a Melissa entre sus brazos.

Saleh y Alefa suspiraron aliviados al ver que la mocosa estaba bien, mientras que Angélica no podía ocultar su enfado con Melissa por su imprudencia. Rai, por su parte, estaba exhausto tras el esfuerzo sobrehumano que hizo para acabar con Shu.

*Nunca creí que junto a Alefa pudiéramos contra un abismal*, pensó Rai, asombrado de su propio progreso. *Pero al derrotarlo, sentí cómo su voz seguía resonando en mi mente. Era una venganza eterna, llena de resentimiento y odio hacia Carlos…*

Rai bajó la mirada, sumido en sus reflexiones. *Ellos saben más cosas de Carlos de las que nosotros imaginamos. ¿Qué tanto nos están ocultando? Esto está yendo demasiado lejos. Ya obtuvieron lo que querían: el tiempo necesario. Astaroth solo fue un comodín para medir nuestra fuerza. Están presionando por la Alianza y por el festival que vendrá en dos meses. Las 15 Grandes Academias se reunirán tras mucho tiempo: dragones, vampiros, elfos, enanos, semi-humanos… e incluso los dioses. Todos estarán ahí.*

Una duda amarga cruzó su mente. *¿Qué pasará cuando todos se enteren de que Carlos no participará? Me preocupa más su hermana, Karen… ¿Cómo lo tomará? Ella siempre ha estado pegada a mí desde que nos conocimos en su mansión, cuando Carlos nos salvó.*

El corazón de Rai latió con fuerza al pensar en ella. *¿Será que la atraigo? Sería hermoso estar con alguien como ella; no hay nadie en el mundo que pueda reemplazarla. Es única, como las flores de primavera… una sonrisa encantadora, una mirada capaz de conquistar a cualquiera.* Un rastro de inseguridad le oprimió el pecho. *¿Seré lo suficientemente bueno para ella? Quisiera saber más… si Carlos cumple su promesa de unir todas las razas en una sola academia, el sueño de Alefa… podría verla todos los días. Podría hablar con ella todo el tiempo.*

—¿Te encuentras bien, Rai? —preguntó Alefa, acercándose a él—. Vamos, no te desanimes. Pronto encontraremos la forma de sacar a Carlos de ese sello maldito.

—¡Ahhh! —exclamó Rai, sintiéndose aliviado y extremadamente nervioso a la vez. Su rostro estaba completamente rojo de tanto pensar en Karen—. Sí, era eso… solo estaba pensando en el sello…

—Ehhhhh, mmm… —una sonrisa juguetona y peligrosa apareció en el rostro de Alefa mientras lo observaba—. ¿En serio? Te noto muy tímido, Rai… jijiji. ¿No será que…?

—¡Oye, deja de pensar cosas que no son, Alefa! —replicó Rai, tratando de ocultar su sonrojo—. En serio, contigo nunca puedo estar tranquilo.

—Vamos, vamos, chicos, no se peleen —intervino Hina mientras caminaba junto a Sara, observando cómo los restos de la batalla parecían asentarse finalmente.

Sin embargo, el tono de Hina cambió de repente. Se detuvo y miró a su compañera; su voz sonó gélida, haciendo que Sara temblara de puro instinto.

—Hay cosas de las que tenemos que hablar tú y yo, Sara. Y esta vez… te haré muchas preguntas cuando regresemos a casa.

Sara se quedó en blanco por un instante, procesando la amenaza velada, pero rápidamente recuperó su compostura.

—Está bien, Hina, lo que tú digas… —respondió Sara, tratando de sonar firme—. Pero no quiero que estés llorando cuando sea yo quien te dé una santa regañada a ti también.

—¿Eh? ¿De qué estás hablando?

En lugar de responder, Sara la abrazó con fuerza mientras mostraba una sonrisa que destilaba una confianza peligrosa.

—No te preocupes, todo estará bien…

Pero por dentro, la mente de Sara era un hervidero de intenciones ocultas: *Pronto me desquitaré contigo de la manera más adorable y cruel posible…*

—Perdón por interrumpir, pero no hay tiempo para charlas —sentenció Haruto, su voz cortando el aire con la autoridad de un monarca.

Hina y los demás se tensaron ante su presencia, pero Sara, con una tranquilidad que rayaba en la insolencia, simplemente ladeó la cabeza.

—¿Tú eres? —preguntó Haruto, clavando sus ojos en ella.

—¡Holis! Un gusto, soy Sara. Tú debes ser el rey, ¿no? —respondió ella con una ligereza que contrastaba violentamente con el caos que los rodeaba.

Rafael y Lkeys, que permanecían a los flancos del rey, se pusieron en guardia de inmediato. Sus sentidos estaban gritando; el aura que emanaba de Sara no era normal, era una fuerza vasta y antigua que los hacía sentirse pequeños a pesar de sus rangos.

Sara dejó de sonreír por un breve instante y desvió su atención hacia ellos, analizándolos con una profundidad que parecía ver a través de sus almas.

*”Ya veo… Así que los Akinori están aquí”*, pensó Sara, mientras un destello de nostalgia y respeto cruzaba sus ojos. *”Entonces él debe ser el líder de las Doce Grandes Familias. Tiene sentido… Conocí a una persona de los Akinori hace mucho tiempo”*.

Un recuerdo lejano pasó por su mente, la imagen de un sacrificio que marcó el destino de muchos.

—Lástima que diste tu vida contra los Reyes Conquistadores de Mundos… —susurró Sara para sí misma, con una seriedad que nadie le había visto hasta ese momento—. Nunca voy a olvidar tu honorable sacrificio, San.

—Eso ocurrió cuando tenía 19 años… Fue aquel hombre quien me enseñó cómo usar mi poder de la esperanza, aunque tenga un costo. Mi otro “yo” me lo advirtió cuando estaba al borde: si usara todo ese poder, moriría en el intento. Eso fue exactamente cuando tenía 15 años, estando al lado de Hina.

Mientras hablaba, una mirada aterradora se escapó de mi rostro al clavar mis ojos en Rafael. Seguía pensando que, mientras yo estuviera aquí, ellos tendrían un solo objetivo, y estaba decidida a averiguar cuál era.

—Dime algo… ¿Tú eres el líder de los Akinori?

—Así es. ¿A qué viene la pregunta? —protestó Rafael, endureciendo el gesto.

—No es nada, simplemente quería confirmar algo. Me pregunto… ¿por qué alguien como tú está al mando? —Sara hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras calaran en el ambiente—. Creí que sería Hina la líder de esas Grandes Familias.

El impacto de sus palabras dejó a todos en un estado de shock absoluto. Rafael apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

—¿Qué? ¿Crees que esa mujer de ahí podría liderar mejor que yo? —Una sonrisa incrédula y cargada de veneno apareció en el rostro de Rafael.

—Por supuesto —respondió Sara, comenzando a caminar dándole la espalda con total indiferencia—. Ella sería mil veces mejor que tú. Hina tiene lo suficiente para ser la mejor de todos… es una pena que tú resultes ser el más débil.

Rafael sintió una ira peligrosa estallar en su pecho. El aire comenzó a vibrar y una presión de aura devastadora se liberó de su cuerpo, obligando a los demás a retroceder varios metros para no ser aplastados. Sara, lejos de intimidarse, se detuvo y giró levemente la cabeza, sonriendo con una confianza absoluta ante la provocación.

*”Veo que quieres mostrar fuerza, ¿no? Entonces te demostraré lo que es tener una verdadera fuerza fuera de este mundo…”*

Sara, con una arrogancia que helaba la sangre, liberó la totalidad de su poder. La presión fue tan devastadora que todos los presentes, incluido Rafael, cayeron de rodillas, aplastados contra el suelo sin poder realizar un solo movimiento.

—¡Qué mierdas! ¡Ahhh! —gritó Rafael, luchando por respirar bajo el peso invisible—. ¿Cómo es esto posible? ¿Este es el verdadero poder de un héroe legendario? ¡Dime! ¡¿Quién diablos eres?!

—Ahora entiendes la diferencia de poderes, ¿verdad, líder de los Akinori? —Los ojos de Sara brillaban con una intensidad hipnotizante, mientras sus pupilas se movían con una calma sobrenatural—. La fuerza debe mostrarle a los débiles que el poder siempre será la prioridad si realmente quieres proteger a tu gente.

—¡Ya basta, Sara! —exclamó Josué, inquieto por primera vez en su vida—. ¡Para ya, por favor! ¿No ves que nos estás matando con tu aura?

Sara dirigió su mirada hacia él, suavizando apenas la presión, pero manteniendo su postura firme.

—Josué, veo que no estás entendiendo. Hina era la mejor candidata para esto… lo digo porque yo siempre fui su sombra. La he estado vigilando todo este tiempo.

—¡¿Qué?! —Josué se quedó en absoluto silencio.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Josué logró levantarse. Caminó con dificultad, desafiando el aura de Sara que intentaba hundirlo de nuevo en el suelo.

—¿Todo este tiempo la estuviste observando y no hiciste nada para ayudarla? —La voz de Josué se quebró. El hombre que siempre se mostraba frío y serio estaba dejando escapar un dolor insoportable—. Por tu culpa, ella sufrió demasiado… ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué apareces recién ahora?!

Josué llegó hasta ella y la sujetó de la ropa con fuerza, sacudiéndola con desesperación.

—¡Dímelo! ¡Tú la viste sufrir! ¿Qué clase de amiga le haría eso a su mejor amiga? ¿Acaso no tienes sentimientos? Ella lloró por ti, se atormentó cada día de su vida pensando que te había perdido… ¿Y ahora apareces de la nada como si nada hubiera pasado? Jajaja… ¡tienes que estar bromeando! No tienes idea de lo que…

—¡Lo sé! —le interrumpió Sara, manteniendo la compostura a pesar de la rabia de Josué—. No podía regresar. Yo seguía siendo la mayor amenaza para los abismales y hay enemigos poderosos que todavía buscan mi cabeza. ¡Tú no tienes la menor idea de lo que ha sido para mí estar alejada de ella! Lo hice por su bien… porque ella es lo que más me preocupa en este mundo.

—Claro, como no… —Josué la soltó con desprecio, sus ojos llenos de amargura—. No digas mentiras, Sara. A una amiga de verdad jamás se le abandona, sin importar quién te esté buscando.

Bajé la mirada. Sus palabras fueron como una espada afilada que me estaba quemando por dentro; mi semblante era fatal, estaba completamente deprimida. Volteé a verla y, cuando nuestros ojos se encontraron, lo comprendí a la perfección.

—Hina, yo… —Quise aclarar lo que estaba pasando, pero no tuve el valor de articularlo. Las palabras de Josué habían dolido más de lo que aparentaban. “Tenías razón, Luis”, dije en mi silencio, “no te hice caso y ahora estoy en un problema que no puedo resolver”

—No tienes por qué preocuparte por mí, Sara —dijo Hina con una leve sonrisa dulce—. No tienes por qué culparte; sé que tenías una razón para hacerlo.

Hina hizo una pausa, tratando de mantener la compostura a pesar de la fragilidad que emanaba.

—Duele, pero pronto me pondré bien y…

—¡Hina! —la interrumpió Josué—. Lo que estás diciendo está mal. Tú estás mal. Cargas con una culpa y un dolor insoportable; deberías estar enfadada con ella. No entiendo por qué…

—Amor, sé que estás preocupado por mí, pero no tienes por qué estarlo —respondió Hina con una sonrisa desanimada, aunque su voz recuperaba cierta firmeza—. Tampoco puedo negar que traté de suicidarme… pero tenía que salir adelante por ti, por mis hijos, por ella… y por Shiro.

Esa lágrima fue el detonante que rompió la tensión en el aire. En el momento en que Sara vio el rastro de humedad en la mejilla de Hina, su fachada de heroína inalcanzable se desmoronó por completo.

El aura aplastante que mantenía a todos de rodillas desapareció al instante, dejando un silencio pesado que solo fue interrumpido por el sonido de sus pasos apresurados. Sara corrió hacia ella sin pensarlo dos veces, como si los años de distancia nunca hubieran existido, y la envolvió en un abrazo desesperado.

—¡Lo siento! —gritó Sara, hundiendo su rostro en el hombro de su amiga, con la voz rota por el llanto—. ¡Lo siento tanto, Hina!

La fuerza del abrazo era tal que parecía intentar recuperar todo el tiempo perdido en un solo segundo. Ya no importaban los reyes, ni las Doce Familias, ni las amenazas de los abismales que la perseguían. En ese rincón del reino en ruinas, solo quedaban dos amigas unidas por un dolor que finalmente encontraba un desahogo.

Hina, aunque sorprendida por la calidez del contacto, dejó que su cuerpo se relajara, permitiendo que el peso de su propia soledad se disolviera en los brazos de la única persona que realmente conocía su alma. Josué, Rafael y los demás, aún recuperando el aliento tras la presión del aura, se quedaron en silencio, siendo testigos del momento en que la esperanza y la tristeza finalmente se perdonaban.

Hina correspondió al abrazo con suavidad, dejando que su cabeza descansara sobre el hombro de Sara. El llanto de su amiga era amargo, cargado de una culpa que había estado guardando durante años de soledad y misiones imposibles.

—Ya pasó, Sara… ya pasó —susurró Hina, acariciando el cabello de la heroína—. Estás aquí ahora. Eso es lo único que importa.

Josué, que aún sentía el eco del aura de Sara en sus músculos, se quedó de pie a pocos metros. Su rabia no se había disipado del todo, pero al ver a su esposa llorar y sonreír al mismo tiempo, comprendió que no le correspondía a él juzgar un vínculo que nació mucho antes de que él entrara en la vida de Hina.

Rafael, por su parte, se levantó con dificultad, limpiándose el polvo de su ropa con un gesto de orgullo herido. Miró a Lkeys, quien seguía observando la escena con una mezcla de fascinación y cálculo.

—Así que este es el poder que nos falta —mascullo Rafael, aunque su tono ya no era de burla, sino de una envidia contenida—. Si esa mujer es capaz de doblegar a un líder de familia con solo su presencia, no quiero imaginar lo que los abismales están preparando para cazarla.

De repente, un estruendo sordo vibró bajo sus pies. No era una explosión mágica, sino un movimiento telúrico que provenía de las profundidades del reino. Haruto, que se había mantenido al margen observando el reencuentro, clavó su mirada en el horizonte.

—Basta de sentimentalismos por un momento —intervino el Rey con voz firme—. El sello de Carlos no es lo único que Robert dejó atrás. Esa vibración… el portal abismal no se cerró por completo.

Sara se separó lentamente de Hina, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Su expresión cambió en un parpadeo; la vulnerabilidad desapareció para dar paso a la guerrera legendaria que había aterrorizado a los demonios durante décadas.

—Tiene razón —dijo Sara, invocando de nuevo su espada de luz, aunque esta vez con un brillo más controlado—. Astaroth era solo una distracción. Gabriel se llevó lo que quedaba de él, pero dejaron una “semilla” de corrupción en el núcleo de este lugar. Si no la destruimos ahora, este reino se convertirá en una extensión del abismo en menos de una hora.

Hina apretó la mano de Josué, buscando fuerza.

—Entonces no hay tiempo que perder. Si queremos recuperar a nuestro hijo y proteger lo que queda de los reinos, tenemos que cerrar esa brecha.

Josué asintió, desenvainando su arma con una seriedad renovada.

—Sara… —la llamó Josué antes de avanzar—. No te he perdonado. Pero si realmente eres su sombra, más te vale que tu espada sea tan afilada como tus palabras.

Sara soltó una pequeña risa desafiante, la primera chispa de su verdadera personalidad regresando a su rostro.

—No te preocupes, Josué. Verás por qué los dioses me temen más a mí que a la propia muerte.

La voz de Carlos resonó en cada rincón del lugar, no como un eco débil, sino con una claridad y una calma que heló la sangre de los presentes. El aire, que antes vibraba con el aura de Sara, se volvió extrañamente estático.

—No será necesario… —dijo la voz, emanando desde el corazón del sello.

—¡¿Hijo?! —exclamó Josué, dando un paso al frente con el corazón en un puño—. Carlos, ¿estás…?

—No te preocupes por mí, padre. Estoy bien —la voz de Carlos se sentía madura, casi ajena a su cuerpo de niño—. Solo quiero pedirles algo: no me liberen aún. Ustedes no saben lo peligrosa que es esta magia de sello. Si intentan romperla desde fuera sin el conocimiento adecuado, la reacción en cadena podría borrar este reino del mapa.

Hina apretó sus manos contra su pecho, con los ojos empañados. Podía sentir la presencia de su hijo, pero la barrera que los separaba era una anomalía que desafiaba las leyes de la magia conocida.

—Sara —continuó Carlos, y su tono se volvió una orden directa—, quiero pedirte un favor. Quédate aquí. Tú eres la única con el poder suficiente para contener cualquier fuga de energía del sello. A los demás… les pido que vayan a rescatar a las personas que están heridas. La prioridad absoluta son las vidas de los habitantes de nuestro reino. Hay gente sufriendo bajo los escombros; usen su fuerza para ellos.

—¡Pero, hijo! ¡No podemos dejarte así! —gritó Hina, dando un paso hacia la estructura rúnica que lo aprisionaba.

—Mamá, no te preocupes por mí —se escuchó una pequeña risa suave, cargada de esa confianza que siempre lo caracterizaba—. Estaré bien. Hasta entonces, los volveré a ver. No se preocupen… sé perfectamente cómo librarme de esto desde el interior. Solo necesito tiempo para entender la estructura de este “regalo” que me dejó Gabriel.

Sara, que aún tenía los ojos rojos por el llanto, asintió solemnemente. Guardó su espada y se colocó en posición de guardia frente al sello, dándole la espalda a sus amigos.

—Hiciste bien en decírmelo, mocoso —dijo Sara con una sonrisa de lado—. Vayan, Josué, Hina. Yo me quedaré aquí. Si algo intenta salir o entrar en este sello, tendrá que pasar por encima de la Heroína de la Esperanza.

Rafael y Lkeys se miraron entre sí, asombrados por la autoridad que un niño —o lo que fuera que habitaba en ese cuerpo— ejercía sobre los guerreros más poderosos del mundo. Sin decir palabra, y ante la urgencia de la orden de Carlos, los grupos comenzaron a movilizarse hacia las zonas de desastre, dejando a Sara como la guardiana solitaria del misterioso sello.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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