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The Witch 4: Insurrection - Capítulo 1

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1: Tragedias imprevisibles 1: Tragedias imprevisibles (Octubre de 2017) Un joven hombre en bata larga caminó por aquel pasillo en la penumbra de la madrugada.

Revisó su reloj; eran las 2:32 AM, y el final de su turno era a las 3 de la mañana, así que tomando aire por la nariz de un buen sorbo, se apresuró a la celda que debía atender en los próximos tres minutos.

Las baldosas hicieron un tap tap con fuertes ecos bajo sus botas percudidas por el tiempo hasta que alcanzó una puerta doble, con manchones viejos que nunca pudieron ser limpiados.

No fue debido a negligencia, más que al miedo de lo que aguardaba al otro lado; la sección de pacientes peligrosos.

El doctor no perdió la compostura, a pesar de su corta edad para semejante oficio que había escogido, y como ya acostumbraba hacer en los más de dos años que llevaba trabajando en aquel “Centro de Bienestar”, pasó de largo los golpes, gritos y risas tras las puertas de lado y lado.

Tomó las llaves antes de llegar al lugar correcto, leyendo el nombre en voz baja, con una sonrisa alegre y los ojos iluminados: “Kim Moon-ho” Miró por la ventanilla enrejada a un hombre de mediana edad, restringido con un bozal y la frente sudorosa, mirando lleno de confusión de un lado a otro.

Estaba respirando con rapidez, sus ojos llenos de confusión al tiempo que agitaba los brazos en un intento por escapar de las amarras de cuero que lo mantenían recostado; su bata estaba húmeda en la parte del pecho por cuánto tiempo había intentado.

Pronto el chirrido de los goznes atrajo su atención hacia el más joven, quien saludó de forma cortés, inclinándose tímidamente: — Señor Kim, buenos días.

No pudieron responderle más que con quejidos, y dos intentos potentes de levantarse, de nuevo fútiles.

Las escleróticas del paciente estaban rojas por derrames, pudo revisar el galeno, mientras probaba los reflejos oculares con una linterna.

El hombre apartaba la vista de forma violenta, a pesar de los intentos del otro por estabilizar su cabeza entre sus dos manos enguantadas.

Al joven se le salió una risotada nasal: — Por favor, señor, debe quedarse quieto o no podré revisarlo como se debe— En respuesta, el hombre se agitó en su dirección, haciendo cimbrar las oxidadas patas de la camilla.

Una vez más miró a todos lados, antes de fijarse en su tratante y cambiar su expresión a una de angustia.

El doctor sonrió con confianza, dándole unas palmaditas al hombro: — No se preocupe, si quiere podemos seguir con sus reflejos rotulianos, ¿está bien?

Usó el martillito en su rodilla, pero al golpear con delicadeza, ladeó la cabeza con una expresión de labios fruncidos y ceja enarcada, volteándolo a ver momentáneamente con una expresión exagerada: — ¿Uh?

—se frotó la barbilla con ambos dedos— ¿Pero qué está sucediendo aquí?

Qué raro.

Bajó el martillito, y fue al otro lado para repetir el proceso.

El paciente abrió los ojos como platos al darse cuenta de lo que estaba pasando.

Martillazos con algo más de fuerza, pero tampoco hubo contracción.

El hombre trató de balbucear algo, lleno de terror al intentarlo por su cuenta, y encontrar la respuesta a por qué no le pusieron amarras en los tobillos.

Sus dos piernas simplemente no se podían mover, y él no las sentía; no sentía absolutamente nada de la cintura para abajo, al tiempo que el doctor dejaba caer el instrumento en el suelo.

La sonrisa de este último se amilanó, pero su expresión hacia arriba de convirtió en el hielo más gélido.

Fue a un lado, hacia una mesita cubierta por un paño verde.

Destapó este en parte, sacando a rastras algo que encajaría más en la mesa de un chef que en una clínica como aquella.

Al levantarlo, el tal Kim contempló horrorizado cómo un mazo metálico de moler carne brilló bajo la luz de la luna filtrándose por la ventana detrás de él.

Este negó con el cuerpo y la cabeza, mientras el doctor fue acercándose hasta el pie de la camilla, mirando su instrumento: — Tal vez necesitamos golpear —dijo sin emoción, y lo vio a él— Con un poco más de fuerza.

Con excitación malsana, el doctor levantó el mazo para destrozar la rodilla derecha a golpes; el paciente se agitó con desesperación, gimoteando y chillando, no de dolor, sino de puro terror incontrolable.

El ahora revelado monstruo de pesadilla siguió azotando el martillo, hasta que la pantorrilla no tuvo sujeción ósea, y quedó colgando a un lado; aquel peso muerto casi vence a Kim, quien lloró en un hilillo de desesperación como un niño asustado.

El galeno, guiñándole un ojo, se tambaleó de adelante a atrás un poquito, antes de volver a su mesa, y dejar el martillo en un balde con líquido que burbujeó al hundirse el objeto.

Sacó esta vez una sierra, muy corta, y sujetando la pierna cortó los tendones que aún la unían, tirándola como si fuese un pedazo de escombro en el piso manchado de rojo.

Torbellinos de agonía se filtraron por el drenaje, y la víctima se estaba poniendo pálida; negó más y más cuando vio al doctor cortar su otra pierna en dos con la sierra, con fuerza, hasta que quedó seccionada y tirada.

Agotado por el esfuerzo, el doctor pegó un suspiro a boca abierta, satisfecho y asintiendo.

Se quedó mirando al vidrio opaco con barras cruzadas, diciéndose a sí mismo: — Me he manchado todo el uniforme, y los zapatos también.

Quizá no seas capaz de entenderlo ahora, fue necesario.

También-es porque no queda mucho tiempo para mí aquí.

Volteó a Kim, y se acercó, poniendo una mano debajo de la camilla.

Sacó de un tirón algo clavado, haciendo que el hombre temblase de agonía, gritando con la mirada desencajada.

Rodeó a su presa lentamente, el mango del cuchillo militar sobre la palma de una mano, la punta tocando su índice opuesto.

Lo fue girando con paciencia, y continuó con su monólogo: — No fue elección mía, ¿sabe?

—e hizo un gesto hastiado— Qué remedio.

Pero así es el trabajo, debes hacer lo que los superiores ordenan.

En un momento paró, y le desamarró el bozal en medio de agitaciones, dejándole el implemento colgando al cuello.

Este, al verse libre, tomó aire e intentó gritar, pero debilitado por su estado deplorable: — ¡Auxilio!¡Que alguien me ayude!

El doctor se puso un dedo a la boca, inclinándose brevemente hacia él: — Shhh, silencio.

Todo es inútil.

Aquí no hay nadie más —miró a los lados, y susurró a su oído— ellos creen que no me di cuenta.

— ¿Por qué-?¿Cómo terminé—aquí?

Su victimario, que le había dado la espalda, se volteó con un semblante de falsa preocupación, mientras se metía el cuchillo a una vaina en su cinturón para buscar algo en un botiquín: — ¿Cómo?¿No se acuerda?

—respondió, divertido— Usted fue enviado aquí tras el juicio, por supuesto.

Kim quedó aún más confundido, con su vida escapando a cada gota: — ¿Q-q-qué?

Sin cambiar su apatía, el médico aplicó los torniquetes tácticos en sus muslos bajos, hasta que las manijas quedasen bien ajustadas: — Aigo, qué pena.

Creí que la línea de tratamiento que recomendé—funcionaría mejor.

En fin, comencemos con lo fácil.

El corazón del pobre sujeto se comenzó a llenar de incertidumbre, y por más que buscaba en sus recuerdos, no había nada allí, sólo brumas indiferenciadas.

— Usted sabe su propio nombre y su edad, ¿no es cierto?

Dígame.

— K-Kim Moon-Kim Moon-ho.

Tengo—40.

— ¿Dónde trabajaba usted antes de ser referido conmigo, señor Kim?

Este hizo un gesto de dolor mental, y frustración al no poder recordarlo, combinado a que todo comenzaba a dar vueltas en su cabeza de repente.

El doctor tomó un banquito de madera para sentarse a su lado, y apoyando los codos sobre sus piernas, siguió preguntando: — Pero volvamos con algo más simple.

Dígame qué fecha es hoy.

Este negó con la cabeza, labios entreabiertos, intentando evitar aquellos ojos muertos: — No, no lo sé, tal vez ¿mayo?¿junio?

El doctor respondió con calma: — Ah, parece que la dosis de analgésicos no fue la adecuada después de todo.

Después de cuatro meses enteros pensé que ya había dado en el clavo.

—¿C-cómo dice?¿C-cuatro meses?

No, no puede— Se sacó un teléfono Nokia 1100 del bolsillo, y le mostró en la pequeña pantalla la fecha.

“27/10/2017” Kim se agitó, mirándolo con incredulidad y un quejido: — No, ¡no, no, no!

-constricto gritó- ¡Es imposible!¡Eso es imposible!

El joven estaba deleitado, su excitación aumentando con cada segundo de agonía de su miserable víctima.

Se remordió el labio sonriendo antes de responder: — Deje de fingir conmigo, señor Kim.

Usted no es inocente de estar en esta celda.

— ¡Yo no sé por qué me secuestraste!

En respuesta, este se alisó de la bata antes de responderle con sorna: — Usted, señor, es un asesino.

Un peligroso homicida, dicen.

Kim siguió negando, con su vista en estática, y un gesto de angustia: — No—no—.

Mientes.

Con una inquietante tranquilidad, manos a los bolsillos, el doctor continuó explicando: — Usted ya fue condenado por el tribunal.

Homicidio doble y doloso además, le dieron cadena perpetua por eso.

— Pero-entonces ¿por qué estoy aquí y no—en la cárcel?

— Porque usted cayó en un estado psicótico, antes de cometer su crimen.

—caminó a la puerta, y espiró por la nariz, mirando por la ventanilla, como si esperase a alguien, antes de voltear— Yo me pregunto, por supuesto, cómo un periodista—tan prestigioso como lo era usted, pudo tomar una decisión tan peligrosa.

Me intriga hasta hoy, y a decir verdad, yo solía admirarlo mucho por su trabajo.

Triste que terminase así.

Y más confundido que nunca, llorando, Kim hizo la pregunta más importante: — No recuerdo—nada de eso.

No tienes ninguna prueba, y—si yo hice algo así—¿a quién se supone que maté, eh?

El doctor sonrió lleno de malicia, y de sorpresa, le inyectó un vial color ámbar apagado en el cuello.

Kim se removió con susto, antes de que la penumbra en sus recuerdos comenzase a disiparse casi de inmediato: — Pasó luego de que comenzara con su última investigación para Canal ABS.

Salió en las noticias lo que pasó esa mañana, tal vez si se lo cuento pueda recordar.

Vio imágenes en su pensamiento, un recorrido por callejones, tambaleándose, poseído por una ira inapagable.

Se apoyaba en paredes, derribó un tarro de basura en medio de sus gruñidos, luego subió las escaleras de emergencia de un edificio.

Se vio a sí mismo en traje azul, un hombre y su mujer con rostros difuminados, que lo saludaban antes de entrar a un apartamento.

— ¿Quiénes—quiénes son?

Por supuesto, el médico lo ignoró mientras continuaba con la perorata: — Kim Moon-ho llegó a casa con una alta cantidad de alcohol en sangre después de desaparecer toda la noche.

—se acercó, y tocó su mejilla— Luego Kim Moon-ho derribó la puerta.

Sus neuronas comenzaron a hacer las conexiones.

Recordó un baby shower, al que invitó a aquellas personas cuyo rostro seguía sin poder distinguir.

Luego escuchó voces, cada vez más familiares, risas, a una mujer de firme belleza, y también a una niña de ojillos risueños, a quien vio crecer hasta que aprendió a caminar, también a hablar.

Lágrimas recorrieron sus ojos, cuando su corazón ardió por aquellos sentimientos agolpados; dos nombres salieron de sus labios: — M—Min-jae.

Na-eul.

— La esposa, e hija pequeña de tan prestigioso periodista.

Él no tuvo dudas; no se detuvo, cuando tomó un florero para romperle el cráneo a esa pobre mujer en su cama, hasta que dejó de moverse.

Leímos el reporte forense, es desgarrador, ¿no le parece?

Algo muy repugnante vino a su memoria, y que concordó con aquellas palabras.

Había entrado, tomando un objeto metálico, gritando desenfrenado, derribando muebles, rompiendo cristales por todo el piso.

La niña lloraba en su cuarto, la mujer había puesto llave, y corrido a encerrarse en el suyo, hasta que él destrozó la chapa de a alcoba con una sola mano y— — Es mentira.

Es una mentira —negaba Kim, llorando— Min-jae no—yo nunca podría— — No, no, eso no fue su culpa, yo lo entiendo —lo consoló falsamente el galeno— Pasarse de copas es algo muy normal; pero ¿sabe?

Fue muy raro lo que leí en su reporte toxicológico.

Cuando lo trajeron al centro.

—Mi hija.

Mi pequeñita— Fue como una visión vívida ahora, de él manchado hasta los codos en sangre, y el cuerpo flácido de la mujer tirado de la cama, con los edredones hecho girones, el armazón patojo, veladoras reventadas.

¿Cómo fue posible?

era la pregunta que no podía hacer fruto del shock.

— Se encontraron—irónicamente, diría yo—muy altas dosis de—antipsicóticos en su sangre cuando lo revisaron.

Hah, qué curioso—que fueran los mismos que recomendé yo.

El hombre se mantuvo mascullando, abrumado por los recuerdos vívidos, tan terribles, tan rojos, e inhumanos, que sintió que iba a desmayarse.

Su corazón golpeaba contra su pecho, su cabeza dolía, sus sienes palpitaban de forma frenética ante la abominable verdad.

— Na-eul.

No, Na-eul, mi niña—no, no, no, no es verdad, dime que no es verdad— — Eso debe explicar —clavó el doctor— Por qué parecía que los dos cuerpos habían sido —miró a Kim de reojo— devorados parcialmente.

— ¡No!

El grito fue tan desgarrador que le hizo contorsionarse en una desolación como pocos hombres mortales.

— Pero qué dramático es.

Desde afuera, se escuchó un golpeteo muy fuerte, y dos pares de pasos aproximarse a toda velocidad por las escaleras hacia ese nivel.

El doctor no se inmutó, frunciendo los labios de forma despectiva antes de salir apresuradamente en medio del llanto de su víctima.

Apenas sí llegó a salir por el pasillo cuando fue interceptado en su camino por precisamente los que habían hecho el ruido.

— ¡Detente ahí, maldito!

Era una mujer policía de rostro duro, cabello negro corto y mirada severa.

El doctor sacó las manos de sus bolsillos, activando antes un dispositivo similar a un llavero, que brilló con una luz roja.

Al levantarlas, su rostro mostraba lo emocionado que quedó al reconocerla: — Pero miren nada más.

Finalmente la detective Kang Kwon-joo me ha encontrado— — Mejor cierra la boca, y ponte de rodillas.

Quien dio la orden fue un hombre de cejas gruesas, rostro sin afeitar y constitución ágil, vestido en chamarra negra y jeans.

El criminal obedeció, mientras decía: — ¿Y cómo ibas a faltar tú, Mu Jin-hyeok?

Wow, el dúo dinámico de Golden Time en persona.

—dijo con inquietante tranquilidad— Es un placer recibirlos en este humilde basurero.

El detective se acercó con las esposas, y se las puso a espaldas sin que opusiese resistencia: — Doctor Kim Do-yun, quedas arrestado bajo múltiples cargos de homicidio.

Y será mejor que cooperes o— El llavero dejo de titilar, e inmediatamente las puertas de lado y lado del pasillo se abrieron.

Un grupo de pacientes mentales se lanzó en contra de los detectives, blandiendo armas hechas con fierros afilados.

Aquel conjunto improvisado realizó ataques erráticos, pero Jin-hyeok logró evitar que le clavaran una hoz oxidada, contraatacando con un codazo en la nariz de la mujer que la portaba.

Otro más se reía de forma agitada, e intentó apuñalar rápidamente a Kwon-joo; esta lo neutralizó con su taser antes de retroceder, pero perdió su arma y tuvo que correr.

La pistola terminó al lado del asesino, quien ni siquiera la volteó a mirar a pesar de haber oído cómo se deslizaba cerca de él.

Esto lo vio por un instante el detective, y frunció el ceño con sospecha antes de enfrentarse con otro loco, dándole un azote con el brazo que lo dejó noqueado.

Usó su cuerpo desmayado para tirarlo contra otro y comenzar a retroceder apuntando su propia pistola: — ¡Alto!¡Atrás!

Los dementes jadearon, rieron, babearon, pero también tuvieron sus reticencias por unos segundos.

Kwon-joo se había logrado escapar del lado exterior de la puerta doble, pero cuando intentó abrirla ya no pudo.

El doctor rio ahogadamente: — ¡Ellos sólo me obedecen a mí, detective!¡Y ha dejado a su colega sola!

—volteó la vista atrás— Ese fue un gran error.

Ahora todos los enemigos se aproximaron hacia el único policía en la sección, pasando de largo a su amo excepto por dos, que lo levantaron y liberaron de sus esposas usando ganzúas.

Kwon-joo volvió a empujar la puerta, pero esta no cedió; miró a su alrededor, pero no había nada allí más que celdas vacías, y pronto la electricidad se apagó por todas partes.

El detective fue tomado desprevenido por aquello, pero los locos que comenzaron a rodearle en una media luna no atacaron más, sino que se quedaron allí detenidos.

Al mirar mejor, estuvo seguro de observar que, incluso entre las sombras, que estas personas tenían un tono de piel muy pálido, muy grisáceo para ser normal, y una siempre tan sutil fluorescencia verdosa recorriendo sus venas.

— ¡Ugh-!

Sólo entonces se fijó en lo que había en la celda abierta detrás de él.

Miró de reojo sin bajar el arma, y quedó helado por la sangrienta escena que se desplegó ante él.

Aquel hombre mutilado y delirante sollozaba con la mirada perdida, pero a pesar de su rostro desencajado por la locura, pudo reconocerlo.

“Kim Moon-ho.” El doctor se quedó mirando fijamente, con una sonrisa arrogante, a Kwon-joo, y esta también se quedó fija en él, presionando su puño contra la puerta.

En un instante, el silencio de su lado dio lugar a una incomodidad encogiéndole el pecho, que creció con cada segundo; los vellos en sus cuellos se pusieron enhiestos, y las puntas de sus dedos, frías.

La detective miró detrás, cuando creyó escuchar ecos muy lejanos viniendo de arriba.

— ¡Llegan demasiado tarde!

—sentenció el asesino— ¡Y por eso jamás van a salir de este lugar!

El detective volteó a verlo, y él siguió, dándole la espalda: — Me ordenaron tirar el cuerpo de ese desperdicio en bolsas.

Me iría de paseo al río Han tras cerrar, pero henos aquí.

— ¿Órdenes?

—cuestionó Jin-hyeok— No intentes engañarnos; tú dirigías la venta de cadáveres de pacientes en este lugar.

Tus cómplices ya hablaron.

El doctor rio por lo bajo, para mirarlo fijamente, con un brillo deleitado en sus ojos: — No, no.

Ustedes no tienen idea de nada.

Yo no soy el final de la línea.

— Será mejor que hables, idiota.

Me estás sacando de quicio.

— ¿Crees que fue coincidencia encontrarnos hoy?¿Crees que masacré a mi padre el director del centro, el santo filántropo, por simple gusto?

Oh, ustedes los regulares, actuando bajo la luz del sol, me dan tanta lástima.

— Te encontramos porque quedaste en evidencia para nosotros, nada más.

Te equivocaste, y por eso hoy vas a caer.

— Estúpido, mi identidad sólo la pudieron confirmar porque alguien de más arriba aceptó su evidencia previa, y disuadió a su inspector de enviarlos.

— ¿De qué me hablas?

Ya deja las sandeces, perdiste.

Pronto vendrán refuerzos.

Los ecos se volvían cada vez más materiales donde la policía se había quedado, y pegó la espalda a las puertas, con el taser listo.

Intentó prender su radio de onda corta, pero había muerto; lo quiso poner a su oído, pero nada, ni un sólo sonido.

Lo volvió a poner en su cinturón, y comenzó a pensar rápidamente en una estrategia.

“¿Cómo pasó?

No.

Esto no es normal.” El asesino se sostuvo el diafragma por una carcajada ahogada: — No vendrá nadie, mi desaliñado amigo.

Te vendieron.

A ustedes dos.

¿Por qué piensas que aún no les he ordenado a mis mascotas acabar contigo?

Los tres moriremos aquí.

Al detective esto lo confundió, y perdió la paciencia: — ¡¿Y ahora de qué carajo estás hablando?!

— Mis superiores.

Están en una liga que peones del sistema como ustedes jamás podrían soñar con alcanzar.

Y ahora comprendo—por qué me hicieron perder el tiempo cortando a un fisgón que se acercó demasiado.

Igual que ustedes ahora.

— ¿Qué estás intentando ocultar?¿Quiénes son ellos?

De repente, un olor muy potente a gas comenzó a permear el lugar.

Del otro lado, Kwon-joo se tapó con un pañuelo alrededor de la boca.

El doctor miró al techo, eufórico: — Da igual, detective.

Llegó el equipo de limpieza.

Viejos amigos.

Por las escaleras se aproximaron tres personas en uniformes de combate negro, ballestas de acero en mano, sus rostros cubiertos con máscaras filtradoras y cascos con visores nocturnos.

La policía se había ocultado en una de las celdas, detrás de la puerta, pero fuera, el que iba en el centro de la formación enemiga indicó con ademanes a uno de ellos para que se separase.

Y mientras los otros dos avanzaron haciendo ceder las puertas sin ninguna fuerza de empuje visible, el otro se metió a una celda contigua a donde estaba; este se mantuvo allí, de pie.

Pronto, miró en su dirección.

La detective jamás esperó que por detrás, la misma pared reventara producto de un potente golpe de aquel individuo, lanzando pedazos de bloque que la mandaron volando al lado opuesto.

Ella misma quedó atrapada debajo de los escombros y la puerta, tosiendo con la cabeza cubierta de polvo.

Cuando pudo volver a enfocarse, lo que vio fue precisamente a aquel hombre apuntándole de inmediato con la ballesta, su flecha una punta de acero cónica muy afilada, cerca de su frente.

Un crujido de hueso, y fue todo.

Tan silencioso que nadie más supo cuándo pasó.

Desde el pasillo, el grupo de locos se sintió amenazado al oír azotadas las puertas, y corrieron por instinto para atacar a los intrusos, como una caterva de ratas hacia comida podrida.

Estos se pusieron las ballestas a la espalda, cruzando sus posiciones en sincronía.

El uniformado y su compañera, que se había quedado a su lado, actuaron con eficiencia total, propinando golpes que los aniquilaron al toque.

Usaron una fuerza invisible para impactarlos contra las paredes, antes de apuñalar sus cerebros o cortarles la cabeza con cuchillos.

Jin-hyeok se dio cuenta que las formas eran similares, sino idénticas, al cuchillo que colgaba del cinto del propio doctor.

“No puede—no puede ser.” El detective quedó pasmado, cayendo de la impresión.

Su pulso vaciló, quiso disparar, pero sabía que si lo hacía, todo volaría en mil pedazos, incluyéndolos a él y Kwon-joo.

Se maldijo por dentro al ver que su caso había subido a una dificultad para la que no estaba preparado.

Justo cuando creyó que todo había quedado resuelto, estos supercriminales desconocidos planteaban más dudas.

— Así que—es esto lo que has estado haciendo.

—dijo el uniformado.

— Esta maravillosa mañana no hace más que mejorar —respondió el asesino, recibiéndolos con brazos abiertos— Después de tanto tiempo, nos estamos reuniendo todos.

— Qué bueno verte así de optimista, Do-yun —siguió el primero— Pero madre está furiosa por cómo expusiste la operación, y cree que es buena idea matar dos pájaros de un tiro.

Apuntó la ballesta, y en respuesta el doctor sacó su cuchillo.

— Contigo y Kim Moon-ho muertos, podremos seguir con nuestros asuntos como siempre.

— Jang In-hyuk, Jang In-hyuk.

Tú siempre escondido bajo la falda de tu madre, la “gran” doctora Baek Sang-na.

A tu edad debería darte vergüenza.

Miró a la mujer.

— No sé cómo alguien tan talentosa y librepensadora como—¿mi querida Choi Jo-hyun, supongo?

podría aguantarte.

— He estado esperando esto con ansias, maldito cretino —respondió la mujer, asqueada tras el visor— Acabemos de una vez con esto.

Jang le hizo una seña cortés, para que entrara al cuarto donde el periodista aún se removía en agonía: — Hazme los honores.

Jo-hyun lo ignoró.

No demoró en llegar a la camilla, tras apartar con el pie al detective, para dar un tajo a la cabeza del hombre, que murió al instante.

Al salir, solamente dijo, ante la mirada todavía incrédula del detective: — Listo, ahora tú —miró a Do-yun y luego a Jang— ¿A qué esperas?

Termina ya.

— Pareces no recordar que soy tu superior, ¿o sí, teniente?

—reclamó Jang, divertido.

Esta se comenzó a retirar por dónde había venido, parando a su lado para decirle: — Sólo para esta misión, así que no te hagas ilusiones.

Igual fingiré que no pasó —y le gritó al que quedó atrás— ¡Oye, Mart, ¿terminaste con eso?!

Jang dio una risotada, musitando: — Mujeres.

Y cuando Do-yun iba a aprovechar su distracción para blandir su cuchillo, el detective le electrocutó la pantorrilla con su taser, haciéndolo poner rodilla en tierra.

La flecha de Jang fue disparada entonces, atravesando su cráneo de lado a lado, y este cayó frío al suelo.

Ya sin el cuerpo del asesino interponiéndose, el uniformado recargó la ballesta, y otra flecha subió al riel: — Te agradezco esa, policía.

Qué pena que deba matarte igual.

Cuando apuntó, el detective, sabiendo que no debía dejar a estos criminales volver a cometer más atrocidades, y que su compañera no daba ya señal de vida alguna, disparó su pistola al aire.

“Adiós-Kwon-joo.

Gracias por todo.” Jang maldijo entre dientes, antes de que la chispa causase una enorme conflagración, devorando todo lo que encontró a su paso en todos y cada uno de los pisos, cual aliento de un enorme dragón, sino que también provocó el colapso de las columnas, las paredes, y varios pedazos de piso.

El edificio no cayó completamente, sino que desde fuera se convirtió en una gigantesca antorcha ardiente, bailando al ritmo del viento otoñal.

Pasaron un par de horas, pero para cuando la policía removió el cadáver chamuscado del detective y varios cuerpos de pacientes mentales del piso bajo, nadie vio que tres uniformados, magullados y quemados en parte, ya habían abandonado el sitio.

Nadie revisó esas huellas de botas militares en el suelo, ni se presentó como evidencia del incidente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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