The Witch 4: Insurrection - Capítulo 2
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2: Espectador Silencioso 2: Espectador Silencioso (20 de febrero de 2021) Una televisión vieja estaba encendida en aquella habitación oscura, transmitiendo una noticia en vivo de último minuto: “—de la zona de Seomyeon en la ciudad de Busan ha sido totalmente destruida, con derrumbe parcial o daños graves a edificios en un radio de hasta 2 kilómetros a la redonda del epicentro; la marina, en un movimiento que ha causado la indignación pública, ordenó un fallido ataque de misiles de crucero.
Minutos más tarde, una perturbación lumínica anómala de posible origen superterrorista fue captada durante varios segundos por los drones del ejército en medio de la tormenta electrostática, antes de perder la señal entre la corriente escombros aéreos; aquí tienen la imagen nuevamente.” Un domo de luz azul que alcanzó gran altura en medio de un ciclón de materiales flotantes, y finalmente se abrió cual flor de loto, antes de que la cámara del aparato perdiese contacto, la estática dominando el cuadro lateral a la imagen en vivo de una presentadora de noticias de KBS.
Las siguientes imágenes eran de unas bodycams, con el logo de tigre en la esquina baja, bajándose de sus vehículos o pasando entre los escombros, armas en mano y formados en anticipación a un encuentro hostil, ladrando órdenes entre las ruinas, barriendo el terreno con detectores genéticos de mano.
“De forma que las autoridades de Horang todavía no han explicado a la prensa, el fenómeno climático amainó hasta detenerse veinte minutos después.
Equipos de respuesta fueron enviados para asegurar la zona y capturar a los responsables, sin embargo, hasta el momento, no se han hallado sospechosos ni evidencia nueva que esclarezca esta, considerada ya una de las peores tragedias humanas en la historia moderna de Corea.
Las cifras de fallecidos siguen elevándose conforme pasan los minutos, y sólo se espera que aumenten en las próximas horas y días.” El que miraba permaneció reclinado en su sillón, de piernas cruzadas.
Abría y cerraba una mano, como intentando que circulase la sangre por su piel descolorida, y la parte baja de su rostro medio tapado por una visera no se inmutó ni un ápice ante la crónica.
Era como si hubiese llegado allí sin ningún tipo de interés, fatigado por un día que solamente su chompa de algodón gris y calentadores acampanados podrían explicar, en su acuosa suciedad.
“Ante este panorama desolador, hemos recibido noticias más esperanzadoras.
Los primeros equipos de rescate enviados a la zona han comenzado a encontrar sobrevivientes entre los escombros, bajo lo que en lo que sus primeras declaraciones apuntan como ‘situaciones imposibles’ o ‘milagros’.
Aquí tienen algunas de sus respuestas.” Las imágenes cambiaron a un rescatista diciendo al micrófono de la cadena en sitio: “No entendemos cómo pudo sobrevivir.
Encontramos a una madre y su hija sin ningún tipo de herida o golpe bajo 200 toneladas de concreto, dentro de un espacio muy reducido.
Más allá de una afección alérgica de la pequeña por el polvo” dijo aliviado “No encontramos nada grave.
Me da a mí y al equipo más motivación para no detenernos hasta que el último desaparecido sea hallado.” Otros reportes se sumaron a aquel, como el de un hombre agazapado junto a la columna del primer piso de un rascacielos derrumbado, o a tres jóvenes que sólo presentaban daños en sus ropas de marca, quejándose cubiertos de polvo mientras eran revisados por los perplejos paramédicos.
El hombre del sillón finalmente comenzó a reírse por bajo de aquel absurdo.
— Esas dos.
Son más peligrosas de lo que imaginaste, Director.
________________________________________ (2 de octubre de 2020) “Orden recibida.
El resto de su paga llegará a la cartera fija xxxxxxxxxxxxx.
Clave de acceso temporal xxxx.
Un placer hacer negocios con usted nuevamente.” Esa era la respuesta que la División había enviado hace 2 minutos.
Un par de manos teclearon una réplica más a la conversación en pantalla.
Quien se identificaba bajo el nombre de usuario “MrK_777” escribió: “Que la disfruten.” El hombre cerró la laptop, se levantó de la silla, y salió de aquel cuarto prendiendo las luces.
Se reveló una oficina de ricos decorados, con su escritorio de madera maciza, un librero detrás y una gran alfombra persa cubriendo el suelo.
El contraste sería para una mente sana algo insoportable con lo que había fuera, más allá del ventanal que había tenido aquel hombre detrás.
Caminó por un pasillo en forma de U, desde donde podía observarse la totalidad de un laboratorio herrumbroso.
La altura no era mucha, dando una sensación claustrofóbica a quien entraba por primera vez.
Los pisos y paredes con filtraciones velaban la presencia de tales huéspedes en su fríos silencio.
Las mesas de operación cubiertas de gruesas lonas traslúcidas de plástico eran como el piano para los pares de hombres en escafandras blancas.
Sus manos se movían con endiablado entusiasmo y agilidad que se antojó sobrehumana incluso para él.
La mesa larga en un flanco tenía una línea de procesamiento llena de aparatos conectados y agrupados de forma apresurada, funcionando a toda marcha al tiempo que varios empleados en batas trataban las sustancias, placas , los fragmentos sellados al vacio que de estas salían, o que a ellas entraban.
Y en lo que parecía más el suelo de una ducha abandonada que un suelo estéril, habían sido puestos armatostes de polímero, amarillento como dientes llenos de sarro.
Sus caras superiores, sin embargo, eran láminas gruesas, y quien se acercare, como el hombre hizo entonces, habría notado las ralladuras de años de limpiezas periódicas.
Líquido verde, que enfriaba el tacto a través de aquellas vitrinas, y en su interior flotaban, pacíficamente, rostros tan rígidos, pieles tan pálidas, dedos en espasmo.
Estaban esparcidos sin orden particular, pero con cada aparato que visitó, el hombre dibujó números en dos cifras con marcador, en cuenta regresiva.
Finalmente, tras una caminata de ágiles pasos entre tubos, cables y dispositivos secundarios, equipados con cilíndros giratorios, trazó el “01” bien asentado.
Sacó del bolsillo de su chompa un teléfono táctil, pequeño y de gruesa carcasa, para leer la hora en el reloj: — 2 de octubre, 5 y 26 de la mañana.
A tiempo.
Miró por un momento a la pared del fondo, donde un recipiente vertical descansaba, con un CERO rojo marcada en su vitrina.
Y a otros cinco recipientes más como el que tenía a su lado, vacíos y desactivados, en fila a ambos lados del que estaba tocando.
También reparó en un grupo de recipientes guardados en una esquina, como doce, pero más estrechos, y que estaban desactivados: — Esos Cazadores.
Prototipos imperfectos, manchados; que el tonto In-hyuk juegue con ellos si quiere.
Que siga creyéndose el rey.
Despejó la condesación impregnada, y miró la cara de quien se encontraba dentro, parpados bien cerrados, fruncido por puro reflejo.
Luego fue a un panel lateral de la tapa, y presionó unos botones, para luego irse al cachibache azul asoleado, bajando dos switches.
— Mientras yo sigo creando el verdadero poder.
Cerró manivelas, y le dio un ligero golpe con la mano a un botón grande del recipiente, que drenó su contenido rápidamente: — Veamos si estás lista, Sujeto Final 01.
La compuerta se abrió como un ataúd, y un miasma verdoso invadió el ambiente.
El hombre se aseguró la máscara sobre su semblante de inmediato, mientras el espacio de sobra reveló a una mujer empapada, luchando por respirar en medio de lo que parecía una pesadilla.
Su piel opalina fue recorrida por pulsos verdosos en las venas, que desaparecieron en segundos, e hicieron brillar sus ojos de verde al abrirse de golpe.
— ¡Ahhh!
Se sentó agitada, y puso una mano de dedos fríos al borde del aparato.
Esta miró fuera del aparato, desorientada; se fijó en el techo pobremente iluminado, y en un momento su mirada se encontró con la del enmascarado.
Sintió la lengua pegada al paladar, y tragó saliva, nerviosa en medio de la penumbra, antes de ser abrumada por dolores nervioso en la mandíbula.
Cuando su cerebro anquilosado recordó el lenguaje, fue que articuló: — ¿Dónde?
¿Dónde—estoy?
Detrás de su máscara, de las lentes térmicas observando cual si viesen el ronroneo de un motor nuevo, el hombre sonrió: — Ciudad Gangrim.
O, en realidad, debajo de ella.
La mujer se puso a mirar al frente.
Allí, los esbirros de bata seguían con su trabajo, y los de escafandra observaron brevemente su figura desnuda, apartando la mirada al poco.
Dándose cuenta, cruzó los brazos; de un aparato azul, el hombre sacó una toalla y se la tendió sobre la espalda con gentileza.
— ¿Debajo?
—preguntó confundida— ¿Es el—?¿Este es—el infierno?
La voz que le respondió tras el filtro era grave y reverberante como la de un demonio, irónicamente: — El infierno es para almas perdidas, señora Cheon.
Un vertedero.
Y añadió, tras una breve pausa, de vuelta en su postura enhiesta, manos cruzadas a la espalda: — No.
Usted está en mi Taller de Reparaciones.
Yo soy—su nuevo hacedor.
La mujer aún tuvo dificultades, pero vio imagenes fugaces de sus recuerdos, y un peso tan grande, dejos de una ardiente melancolía: — Pero—yo estaba— Intentó levantarse, pero sus piernas hormiguearon al punto que resbaló de vuelta.
Sintió dolor de nuevo, y eso solamente la inundó de más tristeza.
— Veo que sus músculos aún se están adaptando a los cambios —respondió el hombre— No se sienta presionada.
Después de todo, lleva 2 semanas muerta.
Esta se agitó al oir eso, se miró bien las manos, la piel, y el reflejo de su propia mirada, en lo que quedó de líquido.
Su pecho subió y bajó, mirando fijamente a este personaje sin rostro en busca de respuesta: — ¿Por qué—sigo viva?
— Porque soy yo quien dispone de la Vida a placer.
Y también de la Muerte.
Esa frase le provocó repeluz, y una incomodidad hasta el centro del corazón, dándole una sensación opresiva en el pecho.
Se llevó una mano cerca de la tráquea, desbloqueando dolorosos recuerdos, ahora tan claros como agua pura.
Agachó la vista, sus ojos moviendose nerviosamente de un lado a otro: — Pero todo terminó, lo recuerdo.
Las pastillas, yo—y mi—garganta— — Molestias, ciertamente.
Superadas.
Sintió su tráquea al respirar, sus dedos fríos, sus propias mejillas.
No sintió malestares, ni mareos, ni fiebre, y atónita por ello, lo sondeó a él de cabeza a pies: — ¿Tú—quién eres?
— Ya no tengo un nombre en este mundo, pero para usted sólo seré—su Señor.
Pues soy el Señor de la Carne, y la suya fue redimida en mi mano.
Ella respondió con algo de asqueado divertimento, aun asustada pero demasiado soberbia para admitirlo ante este desconocido: — Huh, qué nombresito.
¿Y por qué te tapas la cara, “Señor”?
— Razones de seguridad.
Una de ellas es este vapor, que su cuerpo emana ahora mismo.
—miró a su alrededor— Es neurotóxico para los seres humanos durante varios minutos.
Pronto se disipará.
“¿Qué es lo que quiso decir?” — La he traído porque al igual que usted, yo también lo perdí todo.
Y mi propósito es reclamarlo.
La angustia se apoderó de ella, cuando los recuerdos la abrumaron.
Todo aquello que había hecho, y había sufrido, así como el por qué.
Nada de ello se lo dijo a este extraño que la había regresado del silencio.
Sólo respondió, mirando a la nada con pesar: — ¿Cuál es el punto?
—pausó un rato— ¿Por qué quiere—de vuelta lo que perdió?
Acaso es tan ¿importante?
— Todo lo que me hacía sentir algo, me fue arrebatado por mis enemigos.
Dígame, si le quitaran eso, ¿no lucharía por ello—hasta tenerlo retribuido?
— No hay riqueza material que valga—la felicidad de a quien uno ama.
Daría todo por arreglar—todo el daño que les hice.
Pero sé que nunca podré.
El hombre sonrió, un brillo de serpentina astucia iluminó sus ojos verdes: — Es una lástima, entonces—que tanta entrega, y tanto sufrimiento, fueran en vano.
Él comenzó a alejarse hacia la derecha, donde había unas puertas corredizas.
— ¿Qué es lo que dices?
La mujer se levantó al instante, y le clavó la mirada al hombre, con una mezcla de preocupación y sospecha.
— ¿A dónde crees que vas?
No he terminado de hablarte.
Salió del recipiente, y sus pies descalzos chapotearon sobre el suelo de baldosa vieja al caminar junto a su “salvador”.
Este respondió sin mirarla, avanzando sin demostrar conmoción por la idolátrica belleza del cuerpo que andó a su lado: — Fue vilmente engañada desde el principio, señora Cheon.
Oh Yoon-hee— Oír ese nombre la hizo apartar su vista, sintiendo que su determinación vacilaba.
Pasaron por las puertas, y llegaron a una sala de reuniones que no parecía encajar.
Pronto recuperó la compostura, sin embargo, y preguntó sin mostrar reparos: — ¿Por qué dices su nombre?¿Qué tiene que ver ella con—todo esto?
Él tomó de una percha puesta allí un conjunto de vestuario de sastre color vino, chaqueta, blusa y falda recta.
También se agachó, y le pasó sin verla un par de zapatos de tacón rojos, con una media nylon enrollada dentro de cada uno.
Asintió e hizo ademán para que los tomara, esperando de espaldas a que se vistiera.
Esta sonrió: — Bien.
Aunque la verdad—aún tengo bastante calor.
Veamos cómo me queda.
Esta se encajó con suavidad el interior, abrochando su sostén sin mucha presión, subiendo sus medias nylon suavemente, acercándose al enmascarado al abotonarse la blusa, y dándole espalda al subir el cierre de su falda.
Tomó la chaqueta y se la acomodó, dejando caer su cabello por detrás, observando cada microrreacción de aquel con apariencia de hombre, que se hacía llamar un dios, y tenía el aura y voz de un demonio, ¿pero qué era?
“¿Qué eres tú en verdad, “Señor”?
Una vez lista, el enmascarado volteó y le dijo, haciendo que lo siga de nuevo: — Tal vez no lo supo aquel día.
Pero que provocara—aquel “trágico” accidente—fue su mejor decisión.
Aunque no fue suficiente.
Esto le chocó, y respondió con altiva firmeza: — ¡No!¡Ella salvó a mi hija!
—reclamó— Incluso si ya no éramos tan distintas.
—y admitió— Fui yo—quien la orilló a todo.
El hombre mantuvo su postura inalterable, abriendo las puertas para que entrasen en un cuarto polvoriento, riendo entre dientes: — Eso es lo que quiso hacerle creer.
Allí había una mesa, y tras cerrar, la invitó a tomar asiento en una de las múltiples sillas alrededor; esta se sentó cruzando pierna.
Tomó un control y encendió el proyector, mostrándole imágenes en pantalla que no supo interpretar, al menos en propósito.
Enarcó la ceja, su mano posada en su mentón, al ver en la esquina superior las fechas de las imágenes de un feed.
Mismas que rezaban “29/09/20”.
Esta preguntó: — ¿Por qué me muestras—un salón de la ópera?¿Qué se supone que—?
Vio a los performantes principales; una joven con vestido blanco, y otro de traje sentado ante el piano, en un evento de homenaje a un tal “Logan Lee”.
Se podían apreciar otras personas además de estas, un público moderado, y ella no pudo evitar demostrar en su rostro que a los dos artistas ella los conocía de algún lado.
El enmascarado se deleitó en silencio de lo que estaba haciendo, e iba a seguir haciendo para que las piezas en sus planes cayeran donde debían.
— A la cantante la conozco.
Es Bae Ro-na, la hija de Yoon-hee, quería ser soprano, igual que su madre antes de—bueno, hmh, veo que al final lo logró.
Sin mi ayuda.
— Dígame, señora Cheon, ¿quién es el que está con ella?
— El pianista—ese es el hijo de Shim Su-ryeon, la mujer que me detuvo, y por la que acabé en prisión.
Me doy cuenta que su hermana está en las filas traseras.
— Son una pareja con mucha química, ¿no le parece?
Y además la cuñada fue de visita.
— Sí, ambos hermanos están ahí; fueron mis hijastros una vez.
También está la otra chica, Je-ni creo, y esa es la madre, Kang Ma-ri.
La música del acto llegó a su clímax, el canto de la chica y el tecleo de su acompañante, y al acabar, el público hizo ovación de pie.
— Se ven tan felices, todos llorando de la alegría.
Pero usted y yo lo sabemos.
Parece que alguien no fue invitado a la reunión.
La mujer bajó la vista, mientras que él lcambió a videos de cámaras de seguridad: — Esto no es todo lo quería mostrarle.
Todavía debe ver lo que ocurrió tres días antes.
Sólo así podrá entenderme mejor.
Puso play, y comenzó.
________________________________________ (26 de septiembre de 2020) Ya eran más de las 9 de la noche en el suburbio, y los pasos de dos botines eran el único ruido en toda aquella estrecha calleja.
Se trataba de una joven en abrigo gris corto, falda larga negra, llevando una bufanda gruesa de color rojo al cuello, y una boina de lana blanca.
Su cabello, recogido en un moño, sus pasos, cada vez más apresurado.
________________________________________ Cuando la toma cambió, la mujer reconoció su rostro, y su voz vaciló: — E—Eun-byeol.
¿Pero qué hace ahí—a esas horas?
— Usted debe saberlo.
Tras rechazar su pasado, y su apellido, la vida se tornó—complicada para ella.
Como maestra en el coro, debía trabajar hasta tarde.
________________________________________ Eun-byeol siguió avanzando, hasta que llegó doblando la esquina a una casa de dos pisos, con varias puertas numeradas.
Buscó sus llaves, para entrar a una de las que estaba en la planta baja, protegida por una reja blandengue.
Se tomó su tiempo buscando la llave correcta en su bolso, hasta desasegurar la chapa, y estuvo a punto de entrar.
La lámpara de la farola más próxima estalló, y la muchacha se sobresaltó.
Se puso la mano al pecho, soplando un par de veces aire para calmarse; sacó un collar de cuentas de madera con un crucifijo, y cerró los ojos.
Se quedó allí parada, un minuto.
________________________________________ — ¿Qué—está haciendo?
— Siga.
Mirando.
________________________________________ Pronto abrió los ojos y entró en el estrecho pasillo a su apartamento.
Cerró la puerta, y pareció que todo había terminado.
________________________________________ En ese punto el enmascarado tuvo que adelantar la cinta unas horas.
Marcaba la 1 de la mañana aproximadamente, para cuando ocurrió un acontecimiento que lo cambiaba todo.
El corazón de la mujer comenzó a latir con una ansiedad anticipada, y se llevó la mano al pecho.
— Observe con atención.
—dijo él.
________________________________________ Sombras que se movieron rápidamente en el edificio, saltaron desde fuera de ángulo al techo, rodearon el perímetro y comenzaron a acercarse a las puertas.
Estos las forzaron en instantes, arrancando rejas como si fueran de papel, e ingresando a prisa; los destellos salieron por los umbrales, en ráfagas, hubo gritos y desesperación.
Hubo lamentos y nadie se escapaba; desde el interior, cuando el fuego comenzó a salir en todas las puertas y ventanas, Eun-byeol fue arrastrada afuera gritando por una joven.
________________________________________ — ¡Ah!
La mujer se había levantado boquiabierta, y apenas pudo dar dos pasos cuando cayó de rodillas, tiritando de agonía interna: — A mi Eun-byeol no, por favor— Aunque con los ojos húmedos, distinguió el rostro de aquella que había sacado de los cabellos a su hija ________________________________________ La joven criminal era delgada, de rostro redondo y mejillas rozagantes, con una mirada de ojos oscuros, quien tiró a la chica con desprecio.
Miraba sin ninguna clase de emoción en particular a la pobre muchacha, que se aferró a su collar en el piso con ambas manos.
Esta entonces exclamó para sus aparentes subordinados: “No dejen testigos.
Sólo la cliente debe tener un video como prueba.
Destruyan el lugar.” Esta avanzó, y comenzó a pegarle pisotones a Eun-byeol, hasta que quedó sangrante.
Ella nunca se desprendió del collar, ni aún cuando le pisaron las manos.
— Oh, por Dios santo, detente ya.
—sollozó la mujer.— ¡Deja a mi hija en paz, maldita!
________________________________________ La muchacha agachó la vista, y del abrigo negro largo que llevaba encima, su captora sacó una pistola EM, el cual apuntó a su cabeza.
El haz naranja no tardó en atravesar el cráneo de lado a lado, ni el cuerpo tardó en quedar postrado para siempre, supino contra el asfalto, ojos vidriosos llorando.
________________________________________ Un hilillo de voz respondió ahogándose en dolor, la angustia quebrando la voz de la soberbia: — Mi Eun-byeol— Ese fue el momento en que, con el rostro desencajado, agitada, temblando, los dientes rechinando, resoplando, la señora Cheon cerró sus puños temblorosos, colocando en su faz una máscara de ojos brillando en furia eterna: — ¡Aaaah!
Aquel alarido no fue ni siquiera uno cargado de toda la locura de una madre al ver a su semilla ser destruida.
Fue una frecuencia sónica que cuarteó las paredes, e hizo temblar toda la instalación, haciendo fallar el proyector del techo.
Afuera, los esbirros se detuvieron aterrados, retrocediendo un par de pasos torpemente.
Con el alma desgarrada, la mujer se había encorvado, gimiendo, llorando, tirándose de los cabellos con fuerza.
El enmascarado tenía los ojos partiéndose de la risa, mientras mantenía el resto del rostro sereno, al acercarse junto a ella.
Se puso rodilla en tierra, poniéndole la mano en la espalda en una muy lenta, pero muy condescendiente, caricia: — Oh Yoon-hee era aliada de Baek Joon-ki, siempre lo fue, siempre en tu contra.
Ella le contó todo a su hija Ro-na, por si algo llegaba a pasarle, y el otro lo mismo a sus hijos.
La mujer se quedó sin palabras, incapaz de creer semejante afirmación, no por inverosimilitud, sino por las implicaciones que tendría de ser cierta.
— ¿En serio creíste—que esos dos mocosos cambiaron de la noche a la mañana?
Son psicópatas, farsantes igual que su padre.
— No—no puede ser—¿cómo pude—no verlo antes?
Esa maldita— — Ro-na continuó con la venganza de su madre, y usó a ese monstruo para conseguirlo.
Los otros dos, ellos querían tu fortuna y la de su padre de vuelta.
Ellos, ellos la pusieron en contacto con la asesina.
El pesar dio paso a algo que creyó superado durante los últimos años.
Un resentimiento que, hasta hace unos segundos, había creído que era injustificado.
— Planearon esto, esperando que te pudrieras en la cárcel y murieras por el cáncer para actuar.
— ¿Pero cómo—tú—?¿Cómo ellos—?
— ¿Crees que no te vigilaban todo el tiempo?
Siempre preguntaban por ti.
Tengo los registros de sus visitas.
Tomó un folio de papeles y los lanzó en el suelo frente a ella.
Ella los fue tomando, viendo las fechas en que un solo nombre muy claro, Bae Ro-na, fue a visitarla.
Pero ella jamás accedió a ver a nadie, y ahora, creyó, eso era lo que ellos esperaban.
— Ella—ella quería burlarse de mí.
¡Volverme loca!
El enmascarado siguió hablando: — ¿Crees que no sabía nada sobre tu liberación?
Esos tres pensaban en matarte primero, y tú—tú les hiciste el favor sola.
La conclusión a la que estaba llegando la mujer fue un baldazo de agua helada, e incluso tiritó de creciente ira por ello: — Ellos.
Todos ellos.
—balbuceó— Me estuvieron—viendo la cara de tonta.
Fui tan—estúpida.
Tiró los papeles rompiéndolos, y rasgó el piso con sus uñas, gruñendo como un animal.
Pegó gimoteos desconsolados mirando al piso.
— Llevaban conspirando meses, ya tenían lista su coartada.
Este le levantó la vista por el mentón con delicadeza, para que viera la pantalla, de vuelta en play.
Tomas de video de una elegante cena en un restaurante, donde varias personas estaban reunidas, riendo y hablando.
Bae Ro-na, Joo Seok-hoon, su hermana Seok-kyung, y Je-ni con su madre.
— Míralos burlarse de ti y de tu amada hija.
Entre las 9 PM del 26, y la 1 AM del 27—celebraron—la muerte—¡de Eun-byeol!
La mujer volvió a gritar, y esta vez se paró, agarró al hombre y lo estampó contra la mesa, con una sola mano: — ¡¿Dónde están?!
El hombre sonreía eufórico, intentando mantener la compostura: — Si ellos te descubren, volverán a meterte a una caja, y esta vez será Horang la que te encierre de por vida.
Solamente en esos momentos, menos abrumada por su corazón roto, es que cayó en cuenta de lo obvio.
Su gran grito, y la fuerza sobrehumana con que había levantado al tipo en un santiamén no eran algo que tuviese antes.
Ella había sido una humana “normal” con talento natural, sin la necesidad de poderes, pensó; se vio con miedo.
— ¡¿Qué es lo que quieres de mí?!¡¿Qué fue lo que me hiciste?!
— Darte la segunda oportunidad que tú misma te negaste al caer en sus manipulaciones.
— La mujer que asesinó a mi Eun-byeol, dime quién es.
El hombre enmanscarado preparó su perla final, y respondió: — Ella no es cualquiera, señora Cheon.
Se trata del mejor ejemplar de supersoldado psíquico modificado genéticamente por el gobierno.
Una agencia clandestina adjunta al servicio de inteligencia, la Yongsadan, fue la que la creó; lo sé porque yo trabajé para ellos.
— Deja de decir tonterías, y dime—su nombre.
— Sólo si trabajamos juntos podremos vencerla.
Ella es una de mis enemigos, y quiere encubrir los crímenes de esos malditos para tomar el control.
Yo quiero venganza, quiero hacerlos caer— Ella apretó más su cuello: — Yo quiero—su nombre.
Este asintió, y dijo casi sin aliento: — Koo—Ja-yoon.
Sólo entonces lo soltó.
Extrañamente, el hombre, tras caer, apenas sí se tocó el cuello antes de levantarse, limpiando su bata mientras la mujer se apartaba.
Este la detuvo, acomodándose la corbata.
— La he convertido en un arma inmortal, pero el compuesto es aún imperfecto.
Debe ser estabilizada cada mes en la cápsula para poder sobrevivir.
Ella volteó: — ¿Qué es lo que dices?
— Así que si se va, ya no podré ayudarla.
La mujer se detuvo un momento para escucharlo.
Preguntó, intentando recuperar la compostura: — ¿A qué te referías—con darme otra oportunidad?
— A recuperar lo que es legítimamente suyo, de su familia, y usarlo en contra de Yongsadan.
Antes de que los hijos de Baek se lo roben para dilapidarlo en sus banales placeres de bajos mortales.
— Esos activos son irrecuperables —afirmó, volteando— Están bajo custodia judicial.
— Debió ver las camillas en el espacio principal.
Hay gente que me debe su despreciable vida, y gracias a uno de ellos, habrá una subasta el próximo mes.
Debe moverse rápido.
— Para eso —puso una mano en la mesa— no podré hacerlo yo misma, necesitaría a alguien más para ofertar.
— Es cierto, usted figura como fallecida.
Así que si tiene un testaferro confiable, será mejor que lo contacte lo mas pronto posible.
El hombre se adelantó, y como si nada, apagó la pantalla del proyector sin mirarla, antes de abrir gentilmente la puerta.
He allí que un grupo de personas los estaba esperando; estos portaban ropas civiles variadas, filtros en la tráquea, y eran tan grisáceos como ella misma.
Las diferencias radicaban en sus ojos verdes, posturas erróneas y venas negras recorriéndoles el cuerpo.
— Estos son Cazadores Tipo II.
La ayudarán con cualquier cosa que les ordene mientras esté fuera.
Pueden no parecerlo, pero son capaces de detectar amenazas lejanas.
Nada se acercará sin que lo detecten.
— Serían una distracción.
No quiero que nadie me interrumpa cuando encuentre a esa desgraciada.
— No la encontrará en Corea de momento.
Primero tenemos que preparar nuestras cartas, y luego tendremos una red de base.
Sólo así podemos ocuparnos en acabar con ella.
— Entonces iré con mi contacto.
Sola.
— Por supuesto —dijo él, tranquilo— De todas formas hay un implante en su corazón.
Si trata de extraerlo, morirá.
— ¿No dijiste que me habías hecho inmortal?
— Pero no invencible, así que sea cautelosa.
Será mejor que nadie la reconozca.
— Tú sólo muéstrame la salida.
El hombre se adelantó hacia un acueducto, justo bajo una compuerta cerrada enorme de concreto.
Se adentró por el frío túnel goteante hasta llegar a la reja, como a 20 metros de distancia, sosteniéndola entre dedos.
Este retrocedió, fue a presionar un panel lateral del otro lado y la reja giró a un lado.
La mujer, siguiéndolo de cerca, reclamó: — Este no es el atuendo que se debería usar en la alcantarilla.
¿Qué pretendes?
— Ve a la segunda escalera a mano izquierda, encontrarás la salida a los suburbios.
Estará vacío a estas horas.
Ella se fue sin decirle más nada, y este regresó con la reja cerrándose tras él.
Ella lo vio irse a otra parte de su “Taller”, tomando de inmediato la escalera, llena de disgusto.
Subió como si nada, pero sintiendo cada vez más odio en su interior, más dolor.
Salió moviendo la tapa a un lado.
Caminó por aquella calle, y tras dar unos cuantos pasos, entreabrió la boca, con un labio tembloroso.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, al punto que su vista se nublo por completo, y tuvo que apoyarse en una farola.
Se abrazó a esta, con las piernas tan deprimidas que parecieron estar por dejarla ceder, en medio de sollozos fantasmales.
Lloró.
Lloró en total libertad, en total paz y en un entorno que se quedaría por siempre en sus recuerdos como la tumba de una hija a la cual nunca quiso bien, y jamás podría enterrar.
En amargura se hundió, pero también en la determinación asesina hacia aquel rostro que, en tanta crueldad, no había siquiera parpadeado a la hora de actuar.
Miró a la luna, e hizo un juramento: “No descansaré hasta que tus asesinos paguen con su sangre, hija mía.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com