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Translator Device - Capítulo 1

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1: PRÓLOGO 1: PRÓLOGO El Aeropuerto Arturo Merino Benítez estaba más vacío que de costumbre; “temporada baja”, le llaman.

Al fondo, el atardecer teñía de naranja la Cordillera de los Andes y la estela de un avión partía el arrebol en dos.

Matías se quedó mirando la escena.

Como viñamarino de cepa, tener las montañas nevadas así de cerca siempre le pareció un espectáculo digno de un cuadro.

«Un año y medio fuera…

ya estoy echando de menos el país» —pensó.

Su madre, una mujer alta de ojos claros que él mismo había heredado, lo interrumpió para acomodarle la bufanda por quinta vez.

—Llevas todo, ¿verdad?

—Sí, mamá.

No se me queda nada.

—¡Qué envidia, hermanito!

—saltó Pamela, la menor—.

Vas a Corea y vas a ver a todos los idols.

Tráeme autógrafos, fotos, un mechón de pelo…

¡lo que sea!

—Pame —suspiró mientras le revolvía el pelo castaño, unos tonos más claro que el suyo—.

Sabes que no sé nada de esos grupos, pero le sacaré fotos a cualquiera que parezca importante, lo prometo.

—Llegó la hora, hijo —dijo su madre.

Tenía esa mezcla de nostalgia y orgullo que las mamás latinas no saben disimular.

Lo miró como si todavía fuera el niño que iba al colegio—.

No te saltes las comidas y llámame apenas pises Seúl.

Mucha suerte.

—Tranquila.

—Matías se despidió con un beso en cada mejilla para ambas.

Luego recuperó su postura, sonrió con esa confianza que le sobraba y levantó los brazos—: ¡Todo va a salir bien!

Después de todo, soy el gran Matías Castillo Müller.

Matías tiene 23 años y es el primogénito de una familia acomodada.

Mide 1,83 y su rostro, de facciones equilibradas, le da un aire poco habitual para el estereotipo latino.

Lleva el cabello levemente rizado, cayendo sobre la nuca con un desorden que parece casual.

Sus ojos, de un celeste limpio y pupilas amplias, transmiten una calma extraña, como si en ellos se quedara suspendido un cielo de primavera.

Las cejas, rectas y bien definidas, son pobladas sin verse descuidadas.

No es alguien especialmente preocupado de su apariencia, ni mucho menos obsesivo; simplemente, la naturaleza fue generosa con él.

Aun así, la barba le crece tupida y prefiere afeitarse a diario; en eso no escatima: buena espuma y un aftershave de calidad, casi como un pequeño ritual para conservar la tersura que la juventud todavía le regala.

Es el hijo ejemplar, el amigo leal, el deportista nato y el estudiante brillante.

Un conjunto casi impecable, con una única grieta: los idiomas.

Apenas se defiende con un inglés básico, quizá porque nunca sintió verdadera curiosidad por entender otros lenguajes.

Por eso, cuando decidió cursar su posgrado en economía en el extranjero, su primera inversión fue un Translator Device.

Minutos después, instalado en su asiento de Korean Air, Matías miraba la cordillera por la ventanilla hasta que una voz lo sacó de su burbuja.

—Are you comfortable, young man?

Do you need anything?

—preguntó la azafata con una sonrisa profesional.

Matías se congeló.

Su cerebro captó el sonido, pero no el sentido.

—Wait, wait…

—balbuceó.

Encendió el dispositivo que apretaba en sus manos.

El traductor emitió un pitido azul.

—No hablo muy bien inglés.

¿Me podría repetir lo que dijo?

— Te preguntaba si estabas cómodo o si necesitabas algo.

—¡Ah!

Sí, todo bien, no necesito nada por ahora.

—Vaya —sonrió ella—, es un aparato muy útil.

—¡Es el mejor!

Identifica cien idiomas, traduce texto y hasta detecta el género de quien habla.

Incluso si enlazo varios dispositivos, puede…

— Joven…

—lo interrumpió ella con una risita, señalando el pasillo—.

Tendré que conseguirme uno, pero ahora debo terminar de revisar la cabina.

Disfrute su vuelo.

Use su “amigo mágico” si me necesita.

Cuando la mujer se alejó, Matías soltó el aire.

Miró el traductor con una sonrisa pícara.

—Primera prueba superada.— dijo susurrándole.

Apagó el dispositivo y en la pantalla apareció un medio círculo girando se leyó: Estado: Apagando.

Al rato, los motores rugieron.

Matías sentía esa mezcla de sudor en las manos y adrenalina en el pecho.

“Adiós, mi tierra”, pensó, mientras el avión despegaba.

—¡Vamos con todo!

Si no, ¿pa’ qué?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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