Translator Device - Capítulo 10
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10: CAPÍTULO 9: Karaoke 10: CAPÍTULO 9: Karaoke —¡¡Dangsin-eun B6joui yein ssigun-yo!!
—exclamó Miguel con el rostro desencajado.
Frente a él no estaba una chica “común y corriente”, sino la celebridad más importante del país, el “amor platónico de la nación”.
Yang Mi reaccionó como un rayo; lo tomó del brazo y lo arrastró hacia el interior de la casa.
—Neo; nawa hamkke; jigeum.
—Mati.
Naega dangsinege seolmyeonghal su iteoyo…
—decía Ye In muy nerviosa, juntando las manos.
El pitido azul del Device surgió entre ambos y Matías preguntó: —¿Qué me decías?
Tenía el traductor apagado.
—Espera…
¿No escuchaste nada?
—preguntó ella conteniendo el aliento.
—Ye In —rio él—, sabes que no entiendo ni una palabra de coreano.
¿Por qué Yang Mi se llevó a Miguel tan bruscamente?
—No sé —mintió ella, sintiendo cómo su alma volvía poco a poco al cuerpo.
Mientras tanto, en el recibidor, Yang Mi le hablaba a gritos silenciosos a un Miguel que aún tenía la mirada perdida.
—¡Óyeme bien!
Matías no sabe que ella es famosa —le susurró con fuerza antes de amenazarlo— Si no quieres aparecer flotando en el río Han, más te vale que no digas nada.
¡¿Entendido?!
—Pero…
pero…
—balbuceaba Miguel.
—¡Nada de peros!
—le dio un golpecito en la panza—.
Luego te explico.
Ahora actúa normal y ni una palabra, ¡¿oíste?!
Matías era distraído, pero esta vez tenía una justificación: ella se veía preciosa.
La luz de los faroles parecía detenerse en el cabello oscuro de Ye In.
El top beige se ajustaba con una precisión que seguía su figura sin imponerse, mientras que la falda de cuero negro marcaba un quiebre firme, definiendo su silueta.
Las medias altas y oscuras prolongaban su figura hasta perderse en la elegancia de los tacones.
—Te tomaste el pelo —dijo Matías, disfrazando sus gritos internos con voz serena.
—Sí, ¿te gusta?
—Déjame ver…
hmm —simuló seriedad como un supervisor revisando un detalle —¡Ay!, bobo —le dijo ella riendo.
— Dime, de todos los peinados del mundo, ¿por qué elegiste este?
—Porque pensé que me vería bonita —y pensó: “para ti”.
—Eso es lo que importa: que tú te sientas bien contigo misma.
Ninguna otra opinión cuenta.
Sin embargo —añadió con sinceridad—, debo decir que siempre estás bonita, pero esta noche lo estás aún más.
Ye In se ruborizó, pero rápidamente cambió al modo extrovertida.
—¡Cabeza hueca!
—le dio un golpe suave en el brazo— ¿No podías decir que estoy linda y ya, sin dar un sermón?
Reían cuando Yang Mi apareció como un fantasma, con Miguel al lado.
Él ya no tenía cara de espanto, pero su risa se notaba impuesta.
—¿Nos vamos?
—preguntó Yang Mi como si nada.
—¿Qué pasó?
¿Por qué te llevaste a Miguel así?
—quiso saber Matías.
—Tranquilo —soltó ella con una sonrisa de comercial—.
Mi tío quería conocer al chofer designado para advertirle que no bebiera alcohol.
Ya sabes cómo es.
Al rato, el auto avanzaba por las calles estrechas de Bukchon.
Sobre los tejados curvos, el cielo se abría limpio y estrellado.
El motor ronroneaba respetuoso, pero dentro del vehículo el silencio tenía otro peso.
Miguel apretaba el volante, sintiendo la tensión en cada músculo.
Sus ojos saltaban inevitablemente del camino al retrovisor, donde veía a la celebridad mundial sentada junto a su amigo.
—Miguel…
—la voz de Matías rompió la quietud—.
Hace un rato me pareció verte sorprendido.
¿Ya conocías a Ye In?
Miguel mordió sus labios un segundo.
La pregunta era suave, pero directa.
—¡Son cosas tuyas, Matías!
—respondió con una risa nerviosa—.
Me acordaría si conociera a una chica tan bella como una celebridad del K-pop.
“Idiota”, pensó Yang Mi dándose un palmetazo en la frente.
El auto siguió tragándose la distancia.
“Miguel tiene razón”, pensaba Matías mirando las estelas de las luces, “Ye In es fenomenal, y esto que siento crece cada instante.
¿Estaré haciendo lo correcto si en unos meses debo volver a Chile?”.
“Ya no puedo ocultar lo que siento”, pensaba Ye In al mismo tiempo, “tengo que decirle quién soy, pero…
¿y si se aleja?”.
Sus miradas chocaron en el reflejo de la ventana y ambos pensaron al unísono: “¿Sentirá lo mismo que yo?”.
Llegaron al estacionamiento VIP del Exagon, un night-club exclusivo en la frontera oeste de Gangnam.
Mientras Ye In y Matías se adelantaban, Yang Mi detuvo a Miguel.
—A mi prima le gusta mucho Matías, pero aún no quiere decírselo.
Prométeme que no dirás nada.
—Matías es despistado—susurró Miguel rascándose la cabeza—.
No ve televisión ni le interesa la farándula, pero no entiendo cómo aún no se ha dado cuenta; Ye In sale en todos lados; no me extrañaría que salga esta noche en algún video del karaoke —Tranquilo, ya nos ocupamos de eso.
Solo no arruines el momento.
Dentro, las luces estroboscópicas pintaban fucsia eléctrico sobre las pantallas.
El pulso del bajo se sentía en el pecho.
Ye In y Yang Mi se apoderaron del centro, moviéndose con precisión mecánica mientras el K-pop inundaba el aire.
Sus voces se entrelazaban en armonías perfectas y gestos ensayados.
Luego, Miguel rompió la estética pop con una balada latina.
Su voz, desafinada como un serrucho, se arrastraba con intensidad teatral, transformando el rincón coreano en una cantina de puerto.
El clímax llegó cuando Matías tomó el micro y el grupo saltó sobre el sillón al rugido de Born to Be Wild.
El rock clásico desordenó la escena: gritos rasgados y adrenalina pura comprimida entre cuatro paredes.
A medianoche, Miguel los dejó frente a la casa de la señora Kim.
—Los dejo acá, iré a dejar a Yang Mi.
—Fue un placer conocerte, Miguel.
— Se despedía Ye In.
—El gusto fue mío; y cuida a mi amigo que está oscuro y les teme a los fantasmas —bromeó Miguel.
—Huevón —rio Matías.
Ya solos, el frío de la noche no existía para ellos.
—Lo pasé muy bien esta noche —dijo él.
—Yo también.
¡Hasta cantaste Despacito!
Y eso que no te gustaba.
—Haría cualquier cosa por verte sonreír…
digo —se frenó—, los latinos somos alegres…
—Porque quieren ver sonreír a las personas que les importan —completó ella, recordando sus palabras en el hospital.
Un silencio cálido se apoderó de ellos.
“No quiero despedirme, quiero que esta noche sea eterna”, pensaba ella, perdida en sus ojos celestes.
“A la cresta los miedos, quiero que esta noche sea eterna”, decidió él.
—Ye In, yo…
—¡Ay!
Ya cállate y bésame —lo interrumpió ella, colgándose de su cuello y robándole un beso que detuvo el tiempo.
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