Translator Device - Capítulo 11
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11: CAPÍTULO 10: Despertar 11: CAPÍTULO 10: Despertar El sol se filtraba a través de las cortinas blancas, proyectando una luz difusa en la habitación.
Ye In se removió entre las sábanas, sintiendo el frescor de la mañana.
Se estiró con un alivio placentero; el suave crujir de su cuerpo era el único sonido en la quietud.
Había dormido profundamente.
Su mente, por lo general un torbellino, estaba en calma.
Disfrutaba la sensación de despertar sabiendo que ella y Matías habían escrito, la noche anterior, el primer párrafo de su historia.
Tras los ventanales, el sol asomaba tras las montañas verdes de Seúl.
—¡Qué día tan maravilloso!
—se dijo—.
Y más sabiendo que por fin estamos juntos.
¿Será muy temprano para llamarlo?
Quiero oír su voz.
Sin embargo, una punzada de ansiedad la recorrió al tomar su teléfono.
Se sentó de golpe; las sábanas se deslizaron revelando su camisón blanco.
En la pantalla vio una decena de llamadas perdidas de la agencia y mensajes acumulados en KakaoTalk.
—¡DIOS!
—el grito rompió la paz de la mañana.
D-Patch, el medio famoso por exponer a las celebridades, había publicado un titular sensacionalista: “Ye In está en una relación con un extranjero”.
La nota incluía fotos de su paseo por Gyeongbokgung y aquel beso en la mejilla.
Aunque estaban algo borrosas, como si tuvieran un filtro de baja calidad, ella sabía que eran reales.
Los comentarios de los fans eran un caos: “¿Se volvió loca?”, “¿Es famoso ese tipo?”, “Díganme que es mentira”.
Tras llamar a la agencia prometiendo ir de inmediato, las preguntas la ametrallaron: “¿Cómo fui tan descuidada?
¿Qué le diré a Matías?
¿Y si se entera antes de que hable con él?”.
El teléfono de Matías vibró mientras él bebía café, sonriendo por el recuerdo del beso.
Como si su instinto se hubiera afinado, supo quién era antes de mirar.
Sincronizó el teléfono con el traductor y respondió.
—Hola, Ye In.
—Hola, Mati —dijo ella, fingiendo normalidad—.
¿Recuerdas que te conté lo de la agencia el lunes?
Hubo un problema y debo ir ahora mismo.
—Espero que no sea nada grave.
—Descuida —mintió—.
Cosas del trabajo.
Te llamaré lo antes posible.
—Llámame cuando puedas, no te preocupes por mí —dijo él con tono sereno—.
Concéntrate en lo tuyo.
—¿Qué no me preocupe por ti?
—soltó ella con ternura—.
Te robaste mi corazón y voy a estar vigilándote para ver cómo lo tratas.
—Está bien —rio él—.
Lo trataré con cuidado.
Al cortar, Matías sintió un pálpito extraño.
Notó algo en su voz que no terminaba de encajar.
Más tarde, el sol brillaba sobre el edificio de Prince Entertainment, una estructura moderna de ladrillo y cristal que se alzaba como un castillo en medio de Seúl.
Ye In recorrió los pasillos fríos haciendo eco en el suelo de madera.
Al fondo, una figura la esperaba con los brazos cruzados.
—¿Es verdad?
¿Eres tú la de las fotos?
—preguntó con brusquedad Byeol, la bailarina principal de B6.
—Sí, soy yo —respondió Ye In bajando la mirada como ante un jurado.
—¡¿En qué diablos pensabas?!
—espetó Byeol—.
La reputación de una nos afecta a todas.
—¡Ey, no seas tan ruda!
—intervino Kimy, líder del grupo y mejor amiga de Ye In.
—Son un grupo.
Actúen como tal y apóyense —resonó una voz madura.
Era Park Sun Mi, la manager.
— Ye In, a la oficina.
Sun Mi era una mujer astuta y elegante, de esas que obligan a adivinar su edad.
Mientras caminaban, le aconsejó: —Cuando entremos, di que sí a todo.
No se te ocurra discutir.
Ambas entraron a un despacho moderno, con vistas a la ciudad.
La luz de la mañana se filtraba por los ventanales y alargaba las sombras sobre el suelo pulido.
El señor Kim Seung, impecable en su traje, estaba sentado tras su escritorio de metal y cristal, concentrado en la pantalla del portátil, el ceño levemente fruncido.
En la pared, un cuadro al óleo mostraba una esfera celeste flotando entre tonos azules; sobre ella, la silueta de un niño.
En una repisa cercana, una rosa descansaba bajo una cúpula de cristal.
Y, dentro de una vitrina, una primera edición de Le Petit Prince.
—Soy todo oídos —dijo cerrando la computadora—.
Y quiero la verdad; las mentiras dejémoselas a la prensa.
¿Eres tú la de las fotos?
—Sí —confesó Ye In sin mirarlo—.
Conocí a Matías por casualidad.
Ayudó a mi madre en un desmayo, nos hicimos amigos y…
me enamoré.
¡Juro que no lo buscaba!
—¡Ja!
—exclamó él con un sarcasmo seco—.
Como si enamorarse fuera un accidente, como pisar mierda en la calle.
¿Sabes cuánto podríamos perder en contratos?
¿Pensaste en tus compañeras antes de exponerte con ese extranjero?
—¡Su nombre es Matías!
—exclamó ella con incipientes lágrimas en los ojos.
—¡Me importa un carajo cómo se llame, y mucho menos que sea extranjero, coreano o extraterrestre!
—Kim se inclinó y golpeó la mesa con brusquedad.
Se quedó ahí, apoyado sobre sus nudillos, antes de dejarse caer de nuevo en el respaldo—.
Esto es un negocio y tú eres un producto.
No puedes sentir; tu trabajo es hacer creer a los fans que les perteneces, que tienen una oportunidad de conquistarte; ilusionarlos para que compren nuestros productos, entradas a las presentaciones y nos den todo su dinero.
¡Despierta!
Tu vida dejó de ser tuya el día que firmaste el contrato.
«¡Por qué tuve que firmar ese maldito contrato!» pensaba Ye In por primera vez en su vida, al tiempo que sus lágrimas, ya manifiestas, rodaban por sus mejillas.
Kim giró su silla hacia el ventanal, dándole la espalda.
Sus hombros cayeron un poco y se quedó mirando el horizonte de la ciudad, inmóvil.
—Este es el negocio de la soledad —continuó, con una voz desprovista de la agresividad de antes—.
Invertimos años en ti para llenar el vacío de miles de jóvenes.
Si comprueban que tienes novio, te llamarán traidora.
Somos vendedores de imagen, Ye In, y la tuya se está rompiendo.
Se frotó las sienes lentamente.
Luego, enderezó la silla y recuperó la mirada fría.
—Yo me ocupo.
Sun Mi, encárgate de ella.
Y tú, Ye In…
haz exactamente lo que ella te diga.
¿Entendido?
—Sí —susurró ella.
Minutos después, Sun Mi y Ye In se sentaron en un sofá cercano.
La manager le tendió un pañuelo.
—¿Te sientes reprendida?
¿Fue rudo?
—preguntó Sun Mi.
—¡Claro que sí!
Ese hombre no tiene corazón.
—No, no lo tiene, por eso es el mejor —admitió Sun Mi.
Y luego, cambió el tono a uno cómplice: — Ahora cuéntame, ¿Cómo es ese Matías?
¿Es tan guapo como se ve en las fotos?
—¿Qué?
—contestó Ye In perpleja.
—Ay, Ye In, no seas melodramática —rio Sun Mi—.
Tu contrato prohíbe revelar que tienes novio, no prohíbe tenerlo.
Solo debes decir públicamente que no tienes a nadie, y ya.
— Pero Kim Seung dijo… — Él no dijo nada— interrumpió Sun Mi — solo indicó que nos encargaríamos.
Miró hacia todos lados, revisando si había alguien cerca, y le susurró.
—¿Conoces a su esposa?
—Obvio.
Es una gran actriz— Contestó Ye In.
—Sí… ahora.
Pero te contaré un secreto.
Antes, cuando él era idol y estaba en la cima, ella trabajaba en un minisúper.
Ye In frunció el ceño.
—Ahí se conocieron.
Y bueno… un contrato no manda en estas cosas; se enamoraron igual.
En esa época, sí el código era mucho más estricto.
Ya sabes: una estrella solo puede estar con otra estrella.
—Se encogió de hombros—.
Así que él le pagó estudios de teatro, se volvió famosa y por fin pudieron decirle al mundo estaban juntos.
— remató veloz echándose hacia atrás en el sofá.
Ye In estaba con los ojos muy abiertos.
—Él te entiende más de lo que crees —añadió Sun Mi—.
No está enojado porque tengas novio, sino porque te dejaste atrapar— le dijo — ¡Ya!
No me esquives…
¿Cómo es él?
—Es lo máximo…
todo lo que se puede soñar —admitió Ye In ruborizándose.
—¿Y de dónde es?
—De Chile.
—¡Mmm, Sudamérica!
—exclamó Sun Mi y añadió en un español básico— ¡Caliente!
Ambas rieron.
El ambiente se distendió por completo.
—El rumor no es tan malo —analizó Sun Mi—.
El mercado latino es enorme.
Además, ese actor de Hollywood con bigotes que está de moda es chileno; que estés con uno de ellos nos dará ventaja.
Pero escucha: dile a Matías que no hable con periodistas ni suba nada a sus redes sociales.
Ye In guardó silencio un segundo ante de confesar: —Sun Mi, hay un pequeño problema…
él no sabe que soy famosa.
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