Translator Device - Capítulo 13
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13: CAPÍTULO 12: Relámpago 13: CAPÍTULO 12: Relámpago Las luces fluorescentes de la Korean Business School zumbaban en lo alto, arrojando un brillo estéril sobre el pasillo.
El reloj digital en la pared marcaba las 11:45.
Matías caminaba sin prisa; ese día no tenía clases, solo iba a la biblioteca.
El lugar estaba lleno de vida.
Estudiantes con mochilas pasaban corriendo y charlando.
Un grupo de chicos se detuvo a mirarlo con disimulo.
Matías notó que lo seguían con la mirada; se revisó en un ventanal para ver si tenía algo pegado en la ropa o el cierre del pantalón abierto.
No era su altura ni su rasgo occidental lo que llamaba la atención en una facultad internacional.
«Debe ser mi imaginación», pensó.
Divisó a Yang Mi junto a los casilleros beige.
Llevaba ropa corporativa y su habitual moño tomate; su mente parecía estar en otro planeta.
— Annyeonghaseyo, Yang Mi —dijo Matías en coreano.
Luego encendió el traductor.
— Annyeo…
—ella se interrumpió, sorprendida—.
¿Un coreano latino?
Dime hola de nuevo.
Matías repitió el saludo.
—Pronuncias muy bien —dijo ella—.
Qué alegría que dejes de hablar por esa maquinita.
El amor lo hizo posible, ¿no?
—añadió guiñándole un ojo.
—Hace rato te vi abstraída —le devolvió Matías el gesto—.
¿Pensando en alguien?
—¡Naaa!
Recordaba el capítulo de la serie que vi anoche.
—Mi hermana es fanática de esas series coreanas.
Yo jamás he visto una.
—Menos mal —susurró Yang Mi, recordando los cameos de Ye In en televisión.
—¿Qué cosa?
—Nada, olvídalo.
—Hoy veré a Ye In —soltó Matías—.
El grupo para el que trabaja dará una presentación.
—¡¿Qué?!
—gritó Yang Mi, atrayendo miradas—.
¿Irás a verla al trabajo?
—Sí, dijo que tenía algo que decirme.
—Ya lo creo —susurró ella—.
Mati, ¿quieres mucho a mi prima?
—Por supuesto.
—¿Y la seguirías queriendo pase lo que pase?
Matías ya estaba intrigado.
—Estás muy rara.
¿Pasa algo?
—Curiosidad de prima.
Responde: ¿la seguirás queriendo?
—Depende —dijo él mirando al techo—.
Hay cosas que requieren unión y otras que no se perdonan.
Para mí, amar es buscar la felicidad del otro.
Si yo le hiciera daño y descubriera que ella es más feliz sin mí, me iría de su lado por mucho que la ame.
Lo contrario no es amor, es obsesión.
«Qué tierno, con razón mi prima lo ama tanto», pensó Yang Mi.
—Te dejo, voy a la biblioteca y luego almuerzo con Miguel.
—Dale saludos a ese guapote.
Y se mordió el dedo índice como simulando morder una rosa, y exclamó en un español muy forzado: — ¡Caliente, tango!
—Se los daré—rio Matías— pero somos de Chile; el tango es de Argentina.
Unas horas más tarde, la luz cálida caía sobre mesas cubiertas con manteles plásticos gastados.
Las sillas acolchadas de cuero verde rodeaban las parrillas, y sobre cada mesa colgaban extractores metálicos que reflejaban la luz.
El aire olía a carne y a metal caliente, como si el fuego ya estuviera por encenderse.
Las conversaciones se mezclaban con el chisporroteo de otras mesas.
No era un restaurante elegante.
Más bien, tenía el aire de una picada de barrio: sencilla, ruidosa y sin ninguna preocupación por parecer fina.
Matías entró con el ceño levemente fruncido.
La mañana había sido extraña; varias veces sintió miradas en la nuca, y no había logrado sacarse esa sensación.
Pensó que comer con Miguel lo ayudaría a calmarse.
Miguel ya estaba sentado.
Su barba corta y tupida, y el pelo desordenado que no combinaba con su traje, lo hacían inconfundible.
Había llegado antes que él, algo raro.
—Te veo inquieto —dijo Miguel mientras se sentaba.
— ¿Es por qué verás de Ye In?
—¿Cómo sabes que la veré?
—Yang Mi me contó.
Me habla seguido desde lo del karaoke.
—Al parecer le gustas —sonrió Matías —Ella solo es amistosa… Mati —Miguel, a cuenta de nada, dijo evitando el contacto visual— sabes que cuentas conmigo para lo que sea.
Eres como mi hermano pequeño.
—¿Por qué están todos tan raros hoy?
¿Saben algo que yo no sepa?
¿Ye In está casada con un mafioso o tiene una enfermedad terminal?
—Ay, Matías, no pienses tonterías —intentó aclarar Miguel.
Justo en ese instante llegó la ayuda de una mesera, bueno, casi; al mirar a Matías, preguntó en coreano: —Tu cara me es familiar.
¿Eres el novio de Ye In?
Miguel la paró en seco en su idioma: —No, no lo es.
Pidió el plato del día y le pidió privacidad con la mirada.
—¿Qué me dijo?
—preguntó Matías, que tenía el Device apagado.
—Formalidades.
Gracias por venir y esas cosas —inventó Miguel.
Luego de disfrutar una constelación de carnes y recordar, entre risas, viejas historias, cada cual tomó su rumbo: Miguel volvió al trabajo y Matías tomó un taxi rumbo al parque donde se encontraría con Ye In.
Durante el trayecto, Matías iba absorto en la pantalla de su traductor, intentando seguir la conversación con el taxista.
Afuera, las vallas publicitarias se repetían una tras otra.
En casi todas, el mismo rostro: Ye In.
No las vio.
Cuando algo captaba su interés, el resto del mundo tendía a desdibujarse.
No era algo que buscara; simplemente le ocurría.
Podía pasar minutos —a veces más— sin registrar lo que tenía alrededor.
Por eso evitaba conducir.
La idea de que la carretera desapareciera por un pensamiento le resultaba inquietante.
◇ ◇ ◇ El parque estaba lleno.
Un escenario imponente con pantallas LED parpadeaba frente a una multitud de todas las edades.
Al ver familias con niños, Matías pensó que quizás el grupo de Ye In cantaba música infantil.
Se ubicó donde ella le indicó y sintió el teléfono vibrar.
Sincronizó el traductor.
—¿Llegaste?
—preguntó Ye In.
—Sí, estoy frente al escenario como pediste.
¿Dónde estás tú?
—Detrás, con las chicas.
Salgo en unos minutos.
Matías…
—ella suspiró— Entraste en mi vida como un relámpago y la iluminaste toda.
Quiero compartir todo contigo, sin máscaras.
Prométeme que, pase lo que pase, tu amor por mí no cambiará.
—¿Por qué me dices eso?
¿Qué pasa, Ye In?
—sus sospechas estaban al máximo.
—Prométeme que tu amor por mí nunca cambiará.
—No puedo prometerte eso —respondió él con ternura—.
Porque el amor cambia.
Hace dos meses no te conocía y hoy sacudes mi mundo; imagina lo que sentiré mañana.
No puedo prometer que no cambiará; lo que sí prometo es que siempre estarás grabada en mí, estemos juntos o no.
De fondo se escuchó un grito: «¡Chicas, al escenario!» —Matías…
te quiero.
Quédate ahí, voy a tu encuentro tal como soy.
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