Translator Device - Capítulo 27
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Capítulo 27: CAPÍTULO 26: El Estreno
El sol brillaba con fuerza esa mañana sobre la oficina del CEO de Prince Entertainment. Un pitido sonó en el intercomunicador.
—Matías está aquí —anunció la secretaria.
—Dile que pase.
Matías entró y el chillido de sus zapatillas resonó en el piso impecable. Vestía su uniforme de batalla: jeans, camiseta negra y el cabello como una marea rebelde. Se sentó frente al escritorio de vidrio y, antes de hablar, dejó el traductor sobre la mesa. La pequeña luz azul parpadeó, lista para procesar el mundo.
—Aquí me tiene —dijo Matías—. ¿Noticias del sasaeng?
—No, lo lamento; hemos revisado nuestras redes y no hemos detectado amenazas ni nada inusual.
—No sé si eso es bueno o malo —dijo Matías.
—Tranquilo, estamos atentos. Pero no te cité por eso. —dijo el señor Kim cerrando su portátil—. Supe que esta noche irás a la avant premiere con Ye In.
—Sí, si no voy, ella es capaz de asesinarme. A propósito —Matías se rascó la nuca—, ¿sabe dónde puedo comprar un traje negro?
—Por eso te llamé —le dijo repasándolo con la mirada—. Debemos hacer algo con tu aspecto.
—¿Mi aspecto? —dijo Matías ladeando la cabeza y frunciendo el ceño.
—No me malinterpretes — dijo riendo el señor Kim— será la primera vez que irás a un evento oficial con Ye In, y en esta industria la imagen lo es todo, no podemos dejar nada al azar, así que acompáñame — le dijo al momento que se paraba de su asiento ejecutivo.
“Esto no me está gustando nada”, pensó Matías.
Minutos después, Matías estaba, como un chaebol, de pie con un vaso de wiski on the rocks en las manos; mientras un sastre que le tomaba medidas, detrás, tres asistentes vestidas de pulcros trajes negros se mantenían en esa postura de sumisión profesional tan propia de las oficinas de Seúl: los dedos entrelazados justo sobre el abdomen, los hombros bajos y una rigidez amable que gritaba que estaban allí solo para escuchar y obedecer.
“¡Esto no me está gustando nada!”, pensó Matías.
Tres horas más tarde, estaba recostado en una camilla con dos pepinos en sus párpados y la cara cubierta con crema exfoliante mientras una facialista le masajeaba el rostro con delicadeza.
“¡¡Esto no me está gustando nada!!”, pensó Matías.
Al atardecer, Matías estaba sentado en una exclusiva barbería de Gangnam.
—¡Cualquier cosa menos ese peinado de hongo de ustedes los coreanos! —decía Matías con miedo al escuchar la máquina de cortar el pelo acercarse a su cabeza.
—¿Sabías que tu peinado a lo Bon Jovi dejó de estar a la moda en los noventas? —decía el señor Kim.
—Solo será un recorte, no te preocupes —tranquilizaba el estilista.
“¡¡¡Esto no me está gustando nada!!!”, pensó Matías.
Ya en la noche, en las oficinas de Princes Entertainment, Ye In y Sun Mi estaban teniendo una conversación.
—¿Estás segura? Es un gran riesgo. —preguntaba Sun Mi.
—Sí, muy segura —contestaba Ye In.
—Si ya lo decidiste tendrás nuestro apoyo; además no nos queda de otra, últimamente haces lo que se te antoja, ese Matías te está haciendo muy mal.
—Al contrario —decía Ye In sonriendo—, él llegó a mi vida para llenarla de confianza y seguridad.
—Hablando de llegar, ahí viene tu príncipe.
El caminar de Matías por el pasillo era sin apuro ni titubeos. Su cabello, ahora corto y ordenado, dejaba ver mejor las facciones; se presentaba como una obra de ingeniería militar: un ‘fade’ implacable que nacía casi a piel en la nuca y las sienes, ascendiendo en un degradado perfecto hasta encontrarse con la masa superior. Arriba, el volumen estaba domesticado, peinado hacia atrás y ligeramente hacia un lado en un pequeño copete de precisión métrica, donde cada hebra parecía estar sujeta por un decreto de autoridad y cera fría.
El traje negro, bien ajustado, le caía limpio sobre los hombros y el torso, sin arrugas ni excesos. La corbata y camisa oscura terminaban de darle una presencia que algunas estrellas querrían para sí. Una mano bajó apenas para acomodar el frente del traje, más por costumbre reciente que por necesidad. El resto era postura natural: espalda recta, mirada celeste al frente.
Al llegar junto a ellas, al verlas tan en silencio, y embobadas, preguntó como si llevara años vistiendo así:
—¿Qué pasa? —preguntó mientras encendía el traductor justo a tiempo para oír a Sun Mi:
—Deberías firmar exclusividad con nosotros. A partir de hoy te lloverán ofertas.
—Ya tengo contrato de exclusividad con la mujer más hermosa del mundo —respondió Matías mirando a Ye In—. Lo demás no me interesa.
Ye In se derritió, casi literalmente.
Minutos más tarde, en la VAN negra, los nervios atacaron.
—Calma —decía Ye In riendo y tomándole la mano—, solo será un minuto, y ya.
—Para ti es fácil decirlo, estás acostumbrada; yo no sirvo para estas cosas.
—Mati, tú rara vez me dices te quiero, nunca me has regalado flores y nunca me dices te extraño, solo repites “yo también” cuando te lo digo. —le decía sonriendo—, pero venir y hacer lo que odias por mí, vale más que me digas un millón de veces te quiero, prometerme la luna o regalarme un prado de flores —y besando su mano concluyó—. Soy la chica más segura del amor de su novio en todo el planeta.
—Llegamos. —indicaba Ahn Myong, y guiñándole un ojo a través del espejo retrovisor, dijo— Matías, habrá poca gente, será como un paseo en el parque.
Él dio la vuelta alrededor del vehículo, abrió la puerta y extendió la mano; fue cosa de que Ye In bajara un pie y los gritos se hicieron ensordecedores. La alfombra roja se extendía como un río carmesí bajo el cielo nocturno, flanqueada por galerías repletas de personas; no había menos de doscientas. La multitud vibraba con una mezcla de admiración y fervor. Las cámaras de los fotógrafos, como depredadores al acecho, apuntaban con sus lentes incansables hacia la pareja. Luces parpadeaban, flashes interminables iluminaban sus rostros desde todos los flancos.
“Es una falta de respeto que haya venido con él”, pensaba el sasaeng en medio de la multitud.
Ye In caminaba saludando con su mano y tomando el brazo de Matías, vistiendo un vestido negro, una obra maestra de asimetría y elegancia. El hombro izquierdo era una cascada de lentejuelas negras que captaban la luz como estrellas en un cielo aterciopelado, mientras que el resto del vestido fluía como una sombra líquida, con una atrevida abertura que dejaba entrever la fuerza de su andar. Sus tacones plateados, adornados con diminutos cristales, ajustaban su postura, y sus largos pendientes colgantes captaban la luz con cada sutil movimiento.
Luego, ambos posaron en una plataforma con un gran telón de la imagen oficial de la película por estrenar a sus espaldas; ella apoyada en él, su cuerpo delicadamente curvado contra el suyo, exudaba una confianza seductora. Matías, luego de una indicación de Ye In, levantó una mano, haciendo un gesto de saludo que, sin embargo, parecía más una barrera. Los flashes los golpeaban como una ráfaga enceguecedora.
Ye In y Matías estaban dentro del teatro, ya alejados de las cámaras y la muchedumbre.
—¿Ves? No fue gran cosa —decía ella.
—¿No fue gran cosa? —reclamaba él, hiperventilado—. Necesito cambiarme los calzoncillos.
Ye In explotó en una carcajada.
Más tarde, cuando la obra fue proyectada y el evento llegaba a su fin, Ye In y Matías entraban a la VAN.
—¿A la agencia? —preguntaba Ahn Myong.
—No, a casa —respondía Ye In guiñándole un ojo.
—A casa, entonces —decía Ahn Myong dando una sonrisa.
—¿No crees que es muy tarde para ir a la casa de la señora Kim? —preguntaba Matías.
—No vamos hacia allá —contestaba ella.
Luego de unos kilómetros, ambos llegaron a un edificio de departamentos a orillas del río Han. Ye In colocó una tarjeta en la botonera del amplio ascensor de vidrios dorados, que comenzó a elevarse con suavidad.
Al abrirse las puertas, se reveló un espacio amplio y cuidadosamente decorado. El departamento se presentaba como un santuario de lujo, donde las luces de la ciudad se filtraban a través de cortinas etéreas; en el techo, lámparas colgantes de diseño moderno e intrincado iluminaban los terciopelos y las superficies pulidas.
Un sofá en forma de L, de un profundo gris carbón, se extendía con presencia dominante. Sobre él, cojines de seda con delicados diseños dorados acentuaban la sensación de confort. En el centro, mesas de metal dorado y cristal oscuro reflejaban la luz, adornadas con objetos de arte que evocaban una opulencia sin ostentación.
Al fondo, detrás de una barra de mármol oscuro, se desplegaba una bodega imponente, con estantes repletos de jarrones que brillaban bajo una luz tenue. Unos taburetes altos y elegantes sugerían un espacio propicio para la conversación y la degustación. Más allá, un comedor aguardaba: una larga mesa de mármol, acompañada de sillas tapizadas en tonos crema, se disponía bajo el resplandor de una lámpara de araña de cristal. El conjunto transmitía una elegancia refinada.
Matías estaba confundido.
—Siéntete cómodo —dijo ella dejando su bolso—. Esta es mi casa.
—¿Tu casa? ¿No vivías con las B6?
—Claro que vivimos juntas —decía ella dejando delicadamente su bolso sobre el sofá—. Luego del debut decidimos seguir viviendo juntas, todas nos llevamos bien, pero cada una tiene su casa; ya estuviste en la de Kimy, ¿no? Esta es la mía, bueno, una de ellas.
—¿Una de ellas? — preguntaba Matías abriendo los brazos— pero este sitio es gigante— y luego, nervioso, preguntó — no es que me importe, pero, ¿Cuánto has ganado como idol?
Ye In le susurró una cifra al oído.
—¡Dios! —decía Matías sobándose las sienes con la mano— me siento intimidado.
—Pero sin ti solo sería una mujer con dinero; tú me haces millonaria —le dijo riendo, y luego, colgándose de su cuello, agregó—: Eres la primera persona fuera de mi familia y mis amigas que viene a este lugar.
Matías sonrió.
Eres mi primer novio y mi primer gran amor… —y ruborizándose, mirándolo fijamente, declaró—: Quiero que en mi vida tú seas el primero en todo.
Matías dejó el traductor sobre una mesa de mármol. La luz azul del aparato se desvaneció al entrar en modo de espera. Esa noche, el silencio fue absoluto y las miradas se entendieron solas. Ya no hubo distancia entre ellos.
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