Translator Device - Capítulo 31
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Capítulo 31: CAPÍTULO 30: Pista
El sol de la tarde se filtraba uniforme a través de las nubes dispersas, proyectando sombras tenues sobre la fachada de la Estación de Policía de Suseo. El edificio, con su diseño de líneas limpias, irradiaba una fría sensación de autoridad.
Afuera, el caos. Equipos de filmación y una decena de fotógrafos se agolpaban tras las vallas. De repente, las puertas de cristal se abrieron y salió el señor Kim. Su rostro, generalmente impecable, estaba marcado por una angustia profunda. Los flashes estallaron, recortando su silueta contra la pared.
—Sí, está confirmado —dijo con voz ronca—. Ye In se encuentra desaparecida desde este mediodía.
Una marea de preguntas se solapó en un ruido ininteligible. El señor Kim pidió calma con las manos.
—Un desconocido atacó a Park Sun Mi, la manager de la actriz. Se apoderó de su teléfono para enviar mensajes falsos y perpetrar el rapto usando una camioneta similar a la de nuestra empresa. Sun Mi está hospitalizada con una contusión, pero fuera de riesgo vital. Rogamos a quien tenga información que la proporcione de inmediato a la policía. Y a la persona que la tiene cautiva… le ruego que recapacite y le libere cuanto antes.
Dentro, en un pasillo silencioso, Matías esperaba sentado en un sillón de tres puestos. Tenía la mirada perdida en el suelo de granito.
—Matías, ve a casa —le dijo el señor Kim, poniendo una mano solidaria en su hombro—. Ya no hay nada que hacer aquí por ahora. Sal por atrás; Ahn Myong te llevará. Y por lo que más quieras… ¡no apagues el teléfono! Ese loco podría llamarte.
Al anochecer, el departamento era un funeral. Matías no paraba de caminar en círculos, culpándose, sintiéndose como un párvulo sosteniendo un palo frente a un gigante con espadón.
—Es mi culpa… todo esto pasó por mi culpa —repetía.
—No es tu culpa que existan estos orates, hijo —lo consolaba la señora Kim con voz quebrada.
—¿Ese tipo no ha llamado? —preguntó Miguel, atento al móvil de Matías.
—Si es quien creo, dudo que llame por dinero —dijo Matías con el rostro desencajado—. No quiere un rescate. La quiere a ella.
—No digas esas cosas Matías— dijo Yang Mi sollozando, ocultando el rostro en sus manos. Matías se detuvo en seco y la miró.
—¿Tú no viste nada más en los videos de la universidad? Una pista, cualquier cosa…
—No, Matías. Ese tipo pudo ser cualquiera. No sé si fue más veces a verte.
—¿A verme? —Matías ladeó la cabeza. Un chispazo eléctrico cruzó su mente—. ¡Esperen! ¡Recuerdo algo!
Corrió hacia su portátil y empezó a buscar febrilmente en YouTube.
—Hace tiempo, en el programa que Ye In me pidió ver, me pareció reconocer a alguien entre el público. Pensé que era una coincidencia, pero…
Sincronizó la pantalla con el televisor.
—Ese es —dijo apuntando al hombre de la camisa negra—. Lo vi en la universidad observándome, pero no le di importancia.
—¡Yo lo conozco! —exclamó la señora Kim, llevándose las manos a la boca—. Es Lim Jae Hee. Él solía aparecer de la nada y ayudarme con las compras. Era muy amable… pero un día vi la foto de mi hija en el fondo de pantalla de su teléfono. Se puso muy nervioso y no volvió a aparecer.
—Señora Kim, dígame que sabe dónde vive —pidió Matías con una urgencia feroz.
—Sí, tengo su dirección. Me invitó una vez a su casa; estaba muy interesado en que conociera a su madre.
Matías estiró el brazo hacia su amigo.
—Miguel, pásame las llaves de tu auto.
—Vamos, te acompaño.
—¡No! Si ese loco llama a la señora Kim, quiero que estés aquí con ella.
Más tarde, mientras Matías cruzaba la ciudad siguiendo el mapa, a kilómetros de allí, en un sótano a media luz, Ye In ya había despertaba del gas somnífero. Tenía las manos atadas a un tubo de metal arrimado a la pared.
—Déjame ir, te lo ruego —suplicó ella, llorando.
—¿Por qué quieres irte? —preguntó una voz desde las sombras—. ¡Tú dijiste que yo era tu destino!
—¡¿De qué hablas?! Yo no te conozco.
—¡¿Cómo puedes olvidarlo?! —gritó el sasaeng saliendo a la luz.
Sostenía una pistola con manos temblorosas
—. Hace cuatro años, en un fansign, te dije que algún día serías mi esposa. Y tú me dijiste: “Nadie sabe lo que nos tiene preparado el destino, quizás el destino quiere que estemos juntos”.
—¡Qué! Pero… eso es ser condescendiente —sollozó Ye In—. Además, es la letra de una de mis canciones…
—¡¡NO!! —bramó él, golpeando un mueble con el arma—. ¡Tú lo dijiste! ¡Yo soy tu destino, no ese extranjero!
Matías llegó a una casa humilde a mitad de una colina. Tocó el timbre con el corazón martilleando en sus oídos. Una mujer de mediana edad abrió la puerta.
—¿Sí? —al ver a Matías, palideció—. ¡Eh! Tú eres el novio de la chica secuestrada…
—Lo soy. Perdón por la hora, pero necesito hablar con su hijo. Es una emergencia.
—No sé dónde está, no ha venido desde ayer. ¿Le pasó algo?
—Señora… —la voz de Matías tembló— tengo la sospecha de que su hijo está involucrado en el secuestro. Déjeme revisar su habitación para buscar una pista, algo. Se lo ruego, es vida o muerte.
La mujer frunció el ceño, incrédula.
—Mi hijo es tranquilo, introvertido… jamás haría eso. Pero pase, si eso lo deja tranquilo. Nunca entro a su pieza —dijo hurgando en sus pantalones— pero rengo una llave en caso de emergencia.
Al abrir la puerta, la mujer soltó un grito que desgarró el silencio de la casa.
—¡DIOS! ¡Hijo, qué has hecho!
La pared, áspera y gris, se alzaba como un templo a la demencia. Un tablero de corcho desbordaba recortes, fotos y mapas. En la parte superior, escrito con marcador rojo, se leía: “El destino soy yo”.
Matías se acercó, con la mandíbula tan tensa que le dolían los dientes. En el centro, un mapa de Seúl con líneas rojas que serpenteaban como venas enfermas. A un lado, fotos de los autos de la agencia. A la izquierda, la foto de Sun Mi con una nota: “La manager”.
Abajo, una imagen de Matías caminando con la señora Kim. Y en el centro de todo, Ye In sonriendo a la cámara, haciendo un corazón con los dedos. “Ella me ama”, decía la nota.
A la derecha estaba la foto de Matías. Un cuchillo de cocina real estaba clavado justo en su frente, atravesando el papel. Debajo, un grito de odio puro: “¡Muerte al impostor!”.
Fotos de la universidad, de la pojangmacha, de Octapolis. Estaba todo.
—Es él —susurró Matías.
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