Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Translator Device - Capítulo 30

  1. Inicio
  2. Translator Device
  3. Capítulo 30 - Capítulo 30: CAPÍTULO 28: Profesor
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 30: CAPÍTULO 28: Profesor

La mañana de ese sábado era para enmarcarla. El cielo de Seúl lucía un celeste limpio, decorado con una que otra nube blanca albina que parecía pintada a mano. En el jardín, los gorriones jugaban entre las hojas de los árboles, aprovechando la brisa fresca que anunciaba el cambio de estación.

Miguel estaba en la cocina, concentrado en su café, cuando Matías entró arrastrando los pies y con el pelo todavía revuelto por el sueño. Se detuvo en seco al ver a su amigo.

—¡Qué elegancia la de Francia! —soltó Matías soltando una carcajada mientras ponía a calentar el agua—. ¿A qué se debe el disfraz de gala un sábado tan temprano?

—Tengo una reunión con unos inversionistas españoles —contestó Miguel, ajustándose los gemelos de la camisa con una seriedad que no le pegaba mucho.

—Ah… —Matías asintió, pero luego arrugó la frente—. Pensé que ibas al aeropuerto a despedir a Yang Mi.

—¿Despedir a Yang Mi? ¿Se va de vacaciones o algo así?

—¿Cómo… no lo sabes? —Matías dejó de lado su café y lo miró con auténtica preocupación—. Se va a vivir a Nueva York, Miguel. ¿No habló contigo?

Miguel dejó la taza sobre el mostrador. El ruido del café al chocar con la cerámica fue lo único que se escuchó por un segundo.

—¡¿Qué?! No me dijo nada. ¿Cómo que se va de Corea?

—Pensé que ya lo habías procesado —dijo Matías, dándole una palmadita en el hombro—. De seguro no te dijo nada para que fuera menos doloroso… para ella, claro. ¿Qué vas a hacer?

Miguel apretó la mandíbula. El orgullo y la confusión peleaban dentro de él.

—¿Qué quieres que haga? Si decidió irse sin decirme una puta palabra es por algo. Yo tengo una reunión impostergable.

—Yang Mi se va para siempre, huevón —lanzó Matías, metiendo el dedo en la llaga sin asco—. ¿De verdad vas a dejar que se suba a ese avión sin decir nada?

Miguel no respondió. Tomó sus llaves y salió del departamento, pero la pregunta de Matías se quedó rebotando en las paredes de su cabeza.

◇ ◇ ◇

Ye In estaba cabizbaja, con los ojos brillantes y una lágrima traicionera rodando por su mejilla. Su voz, siempre melódica, sonaba rota:

—Lo siento… ya no te amo. Me enamoré de mi profesor.

—¡¿Ah?! ¿un profesor? — masculló Matías con los ojos muy abiertos.

—¡Y qué profesor! —exclamó Sun Mi desde atrás de los monitores—. Si yo fuera la alumna, hasta yo me enamoraría, ¡está para comérselo!

Matías, que estaba sentado en una silla de lona a un costado, no podía evitar sonreír. Ye In lo había invitado para que viera cómo funcionaba su mundo desde adentro. Era fascinante ver cómo una treintena de técnicos, iluminadores y asistentes se movían como hormigas alrededor de una escena que, en pantalla, parecería la más íntima del mundo.

—Matías, me tengo que ir —le susurró Sun Mi acercándose—. Tengo un incendio que apagar en la oficina. Más tarde pasará Ahn Myong a buscar a Ye In, ¿te quedas con ella?

—Claro, ve tranquila —le dijo él, distraído con una grúa que pasaba por encima de su cabeza—. Yo le aviso.

◇ ◇ ◇

Miguel conducía con la mirada fija en el pavimento, pero no veía nada. Su mente estaba en el pasillo de los jardines de la universidad.

—Qué tonta —dijo golpeando el volante—. ¿Por qué no me dijo nada? Mínimo le hubiera hecho una despedida con bulgogi, su plato favorito…

Sintió que la visión se le nublaba. El nudo en la garganta era tan grande que casi no lo dejaba respirar.

—Me alegro por ella. De seguro le irá bien. Quizás hasta conozca a un gringo guapo a quien golpearle la panza y que la ame tanto como yo…

El chirrido de los neumáticos fue ensordecedor. Miguel clavó los frenos en medio de la avenida, dejando una estela de humo grisáceo y marcas negras en el asfalto. Por un segundo, el mundo se detuvo.

—¡Aaaag, por la chucha! —exclamó con rabia.

Sin pensarlo dos veces, dio un volantazo violento, cruzó el carril y aceleró en dirección opuesta, hacia el aeropuerto. La reunión podía irse al mismísimo infierno.

◇ ◇ ◇

—Amor, ¿Cómo lo hice? — pregunta Ye In luego de haber terminado su última toma.

—¡Genial! — dijo Matías sonriendo —eres increíble.

—Mati, Sun Mi me envió un mensaje, debo volver urgente a la agencia, Ahn Myong me está esperando ¿me acompañas?

—No puedo, debo ir a comprar un libro para un examen, pero nos vemos más tarde ¿te parece?

—Si, está bien. — dijo ella tomando su mano — te llamo cuando me desocupe.

◇ ◇ ◇

El aeropuerto de Incheon estaba a reventar, pero para Yang Mi el mundo era un vacío absoluto. Caminaba arrastrando su maleta, con los hombros caídos y el rostro empapado en lágrimas de pura resignación.

—Adiós, Corea —susurró para sí misma—. Adiós, Miguel…

De pronto, una mano firme se cerró sobre el asa de su maleta, frenándola en seco.

—¿Y a dónde crees que vas tú? —soltó una voz agitada detrás de ella.

—¡Miguel! —Yang Mi se dio vuelta, con el corazón en la boca—. ¿Qué haces aquí?

—Evitando que cometamos el error más grande de nuestras vidas —dijo él, recuperando el aliento—. No te irás de mi lado.

—Pe… pero ¿y Kimy? —balbuceó ella, parpadeando confundida. Miguel soltó una risotada amarga.

—Te dije que estabas confundiendo las cosas. Yo no amo a Kimy, soy su fan, nada más. Y además… —hizo una pausa para mirarla a los ojos— aunque quisiera, no podría pasar nada. Ella es lesbiana, Yang Mi.

La revelación golpeó a Yang Mi como un balde de agua fría, seguido de una oleada de calor.

—Así que, andando, volvamos a casa — dijo Miguel dirigiéndose hacia la puerta de salida.

—¡Uuuuy, mi macho latino! —rio ella, rompiendo en carcajadas. Se mordió el dedo índice y, simulando una rosa entre los dientes, soltó en español—: ¡Caliente, tango!

Se abalanzó sobre él, colgándose de su espalda con toda la fuerza del mundo.

—Dime que me quieres —le exigió al oído.

—Ya, corta el leseo —decía él, aunque no podía ocultar la sonrisa.

—Dime que me amas.

—Para, o yo mismo te subo al avión.

—Dime cosas sucias en español —insistió ella traviesa.

—¡Ya! Se acabó, partiste a Nueva York.

—Idiota —dijo ella, dándole un golpe cariñoso en la barriga—. Jamás me iré de tu lado.

Y lo besó, un beso largo y ruidoso que hizo que un par de turistas se detuvieran a mirar.

◇ ◇ ◇

Fuera del set, una SUV negra esperaba con el motor encendido.

—Nos vemos más tarde —se despidió Ye In, dándole un beso rápido a Matías antes de subir al asiento trasero. La puerta se cerró con un golpe seco y el vehículo partió perdiéndose entre el tráfico.

Matías se quedó ahí parado, suspirando, cuando un hombre se le acercó con una sonrisa amable.

—Disculpa… tú eres el novio de Ye In, ¿verdad?

—Sí —respondió Matías extrañado—. ¿Y tú quién eres?

—Era verdad que no conoces a nadie de este medio —rio el hombre—. Soy Song Joong-ki, hago el papel de profesor en la serie.

Antes de que Matías pudiera reaccionar, el sonido de un claxon lo interrumpió. Era otra SUV negra, idéntica a la anterior, que acababa de estacionarse justo donde estaba la otra hace un minuto. La ventanilla bajó apenas un poco.

—Matías, dile a Ye In que ya estoy aquí —dijo Ahn Myong, asomando solo los ojos por el cristal.

Matías sintió un frío eléctrico recorrerle la columna vertebral. El pánico le cerró la garganta.

—¿De qué hablas? —preguntó con la voz temblorosa—. Tú ya recogiste a Ye In hace un momento.

—¿Eh? Acabo de llegar, Sun Mi me mandó un mensaje diciendo que me demorara un poco.

Matías miró hacia la calle, pero la primera camioneta ya no estaba por ninguna parte.

—¡¿Con quién se fue Ye In?! —gritó, mientras el cielo celeste de la mañana se volvía negro de golpe.

El sol de la tarde se filtraba uniforme a través de las nubes dispersas, proyectando sombras tenues sobre la fachada de la Estación de Policía de Suseo. El edificio, con su diseño de líneas limpias, irradiaba una fría sensación de autoridad.

Afuera, el caos. Equipos de filmación y una decena de fotógrafos se agolpaban tras las vallas. De repente, las puertas de cristal se abrieron y salió el señor Kim. Su rostro, generalmente impecable, estaba marcado por una angustia profunda. Los flashes estallaron, recortando su silueta contra la pared.

—Sí, está confirmado —dijo con voz ronca—. Ye In se encuentra desaparecida desde este mediodía.

Una marea de preguntas se solapó en un ruido ininteligible. El señor Kim pidió calma con las manos.

—Un desconocido atacó a Park Sun Mi, la manager de la actriz. Se apoderó de su teléfono para enviar mensajes falsos y perpetrar el rapto usando una camioneta similar a la de nuestra empresa. Sun Mi está hospitalizada con una contusión, pero fuera de riesgo vital. Rogamos a quien tenga información que la proporcione de inmediato a la policía. Y a la persona que la tiene cautiva… le ruego que recapacite y le libere cuanto antes.

Dentro, en un pasillo silencioso, Matías esperaba sentado en un sillón de tres puestos. Tenía la mirada perdida en el suelo de granito.

—Matías, ve a casa —le dijo el señor Kim, poniendo una mano solidaria en su hombro—. Ya no hay nada que hacer aquí por ahora. Sal por atrás; Ahn Myong te llevará. Y por lo que más quieras… ¡no apagues el teléfono! Ese loco podría llamarte.

Al anochecer, el departamento era un funeral. Matías no paraba de caminar en círculos, culpándose, sintiéndose como un párvulo sosteniendo un palo frente a un gigante con espadón.

—Es mi culpa… todo esto pasó por mi culpa —repetía.

—No es tu culpa que existan estos orates, hijo —lo consolaba la señora Kim con voz quebrada.

—¿Ese tipo no ha llamado? —preguntó Miguel, atento al móvil de Matías.

—Si es quien creo, dudo que llame por dinero —dijo Matías con el rostro desencajado—. No quiere un rescate. La quiere a ella.

—No digas esas cosas Matías— dijo Yang Mi sollozando, ocultando el rostro en sus manos. Matías se detuvo en seco y la miró.

—¿Tú no viste nada más en los videos de la universidad? Una pista, cualquier cosa…

—No, Matías. Ese tipo pudo ser cualquiera. No sé si fue más veces a verte.

—¿A verme? —Matías ladeó la cabeza. Un chispazo eléctrico cruzó su mente—. ¡Esperen! ¡Recuerdo algo!

Corrió hacia su portátil y empezó a buscar febrilmente en YouTube.

—Hace tiempo, en el programa que Ye In me pidió ver, me pareció reconocer a alguien entre el público. Pensé que era una coincidencia, pero…

Sincronizó la pantalla con el televisor.

—Ese es —dijo apuntando al hombre de la camisa negra—. Lo vi en la universidad observándome, pero no le di importancia.

—¡Yo lo conozco! —exclamó la señora Kim, llevándose las manos a la boca—. Es Lim Jae Hee. Él solía aparecer de la nada y ayudarme con las compras. Era muy amable… pero un día vi la foto de mi hija en el fondo de pantalla de su teléfono. Se puso muy nervioso y no volvió a aparecer.

—Señora Kim, dígame que sabe dónde vive —pidió Matías con una urgencia feroz.

—Sí, tengo su dirección. Me invitó una vez a su casa; estaba muy interesado en que conociera a su madre.

Matías estiró el brazo hacia su amigo.

—Miguel, pásame las llaves de tu auto.

—Vamos, te acompaño.

—¡No! Si ese loco llama a la señora Kim, quiero que estés aquí con ella.

Más tarde, mientras Matías cruzaba la ciudad siguiendo el mapa, a kilómetros de allí, en un sótano a media luz, Ye In ya había despertaba del gas somnífero. Tenía las manos atadas a un tubo de metal arrimado a la pared.

—Déjame ir, te lo ruego —suplicó ella, llorando.

—¿Por qué quieres irte? —preguntó una voz desde las sombras—. ¡Tú dijiste que yo era tu destino!

—¡¿De qué hablas?! Yo no te conozco.

—¡¿Cómo puedes olvidarlo?! —gritó el sasaeng saliendo a la luz.

Sostenía una pistola con manos temblorosas

—. Hace cuatro años, en un fansign, te dije que algún día serías mi esposa. Y tú me dijiste: “Nadie sabe lo que nos tiene preparado el destino, quizás el destino quiere que estemos juntos”.

—¡Qué! Pero… eso es ser condescendiente —sollozó Ye In—. Además, es la letra de una de mis canciones…

—¡¡NO!! —bramó él, golpeando un mueble con el arma—. ¡Tú lo dijiste! ¡Yo soy tu destino, no ese extranjero!

Matías llegó a una casa humilde a mitad de una colina. Tocó el timbre con el corazón martilleando en sus oídos. Una mujer de mediana edad abrió la puerta.

—¿Sí? —al ver a Matías, palideció—. ¡Eh! Tú eres el novio de la chica secuestrada…

—Lo soy. Perdón por la hora, pero necesito hablar con su hijo. Es una emergencia.

—No sé dónde está, no ha venido desde ayer. ¿Le pasó algo?

—Señora… —la voz de Matías tembló— tengo la sospecha de que su hijo está involucrado en el secuestro. Déjeme revisar su habitación para buscar una pista, algo. Se lo ruego, es vida o muerte.

La mujer frunció el ceño, incrédula.

—Mi hijo es tranquilo, introvertido… jamás haría eso. Pero pase, si eso lo deja tranquilo. Nunca entro a su pieza —dijo hurgando en sus pantalones— pero rengo una llave en caso de emergencia.

Al abrir la puerta, la mujer soltó un grito que desgarró el silencio de la casa.

—¡DIOS! ¡Hijo, qué has hecho!

La pared, áspera y gris, se alzaba como un templo a la demencia. Un tablero de corcho desbordaba recortes, fotos y mapas. En la parte superior, escrito con marcador rojo, se leía: “El destino soy yo”.

Matías se acercó, con la mandíbula tan tensa que le dolían los dientes. En el centro, un mapa de Seúl con líneas rojas que serpenteaban como venas enfermas. A un lado, fotos de los autos de la agencia. A la izquierda, la foto de Sun Mi con una nota: “La manager”.

Abajo, una imagen de Matías caminando con la señora Kim. Y en el centro de todo, Ye In sonriendo a la cámara, haciendo un corazón con los dedos. “Ella me ama”, decía la nota.

A la derecha estaba la foto de Matías. Un cuchillo de cocina real estaba clavado justo en su frente, atravesando el papel. Debajo, un grito de odio puro: “¡Muerte al impostor!”.

Fotos de la universidad, de la pojangmacha, de Octapolis. Estaba todo.

—Es él —susurró Matías.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo