Translator Device - Capítulo 34
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 34: CAPÍTULO 33: Barba
Esa mañana, los rayos del sol entraban radiantes por la ventana de la suite de Matías. Él, poco a poco, comenzó finalmente a abrir los ojos. El pitido rítmico de las máquinas a su alrededor lo confundió; la luz blanca del cielo falso lo cegó por un instante. Sus pupilas, tras tres días de inactividad, tardaron un momento en ajustarse a la claridad.
Sintió un picor extraño en la cara. Al intentar mover el cuello, el roce de una incipiente barba contra la sábana lo hizo reaccionar. Entonces, como proyecciones fugaces, los recuerdos lo golpearon: el sótano, el arma, el estruendo.
—¡Ye In! —gritó, tratando de incorporarse de golpe.
—Tranquilo, campeón —le dijo Miguel a su lado, presionando sus hombros suavemente para volver a acostarlo—. Ella está bien.
—Matías, hijo mío, por fin despertaste —sollozó la señora Müller, tomándole las manos con fuerza.
—¿Mamá? ¿Qué haces acá? —preguntó él, frunciendo el ceño, todavía desorientado.
—¿Cómo que qué hago acá? ¡Te dispararon! Casi te mueres, Matías.
—Ay, no exageres… hierba mala nunca muere —intentó reír, pero el tirón punzante en su espalda le robó el aliento—. Miguel… ¿Ye In está de verdad bien? ¿No le pasó nada?
—Relájate, huevón —le sonrió su amigo—. Está impecable. Solo concéntrate en recuperarte tú ahora.
—Despertó el héroe —dijo el médico en un inglés fluido mientras ingresaba a la habitación—. Por favor, abandonen la sala, debo revisar al paciente.
El doctor, al ver a ese grupo de extranjeros tan caucásicos, asumió que el inglés era el puente necesario. Se habría quedado de piedra si supiera que todos allí venían de Sudamérica y que el español era su lengua madre.
—Miguel —alcanzó a decir Matías antes de que lo sacaran—, dile a Ye In que estoy bien. Que no se preocupe.
Fuera de la habitación, en el pasillo, aguardaban Ye In y Yang Mi. Al ver salir a la señora Müller junto a Miguel, Ye In se puso de pie de inmediato. La madre de Matías caminaba hacia ellas con un aire gallardo, casi soberbio, manteniendo la espalda recta como si fuera de mármol.
—Buenos días, señora —le dijo Ye In, ofreciendo una sutil y respetuosa reverencia.
La señora Müller pasó por su lado sin emitir una sola palabra, ni siquiera una inclinación de cabeza. Ya había dicho lo que tenía que decir en su encuentro anterior.
—¿Qué se cree esa vieja estirada? —susurró Yang Mi, indignada—. ¡Ni siquiera te miró! —Ye In, es mejor que te vayas —le sugirió Miguel en voz baja—. Deja que las cosas se enfríen. Matías despertó, eso es lo único que importa ahora. Yo te aviso cualquier cosa.
Ye In dudó un segundo, apretando los puños. Pero el impulso fue más fuerte. —¡NO! —exclamó, y antes de que alguien pudiera detenerla, corrió hacia la habitación.
—¡Matías! —gritó al entrar.
—¡Hey! No puede estar aquí —protestó el doctor en coreano.
—Por favor… déjenos un minuto. Ella es mi novia —pidió Matías en un coreano básico pero firme.
Ye In se acercó a la cama, con el rostro desencajado.
—Mati, perdóname… ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho? Por favor, perdóname… —le hablaba en un coreano tan veloz y angustiado que para Matías era solo un sonido plano e ininteligible.
—Ye In, no te entiendo nada… el traductor.
Ella encendió el dispositivo con manos temblorosas.
—Perdóname, Matías. Casi mueres por mi culpa.
—No digas eso —la interrumpió él, acariciándole el rostro con debilidad—. Nada fue tu culpa. Todo lo hizo ese enfermo. Además, yo decidí ir a buscarte y lo volvería a hacer mil veces. Esa bala era para ti… y yo recibiría todas las balas del mundo con tal de que no te pasara nada.
Ye In sintió un escalofrío. Las palabras de la señora Müller resonaron en su cabeza como una sentencia: “Eres un peligro para él”.
—Matías, no digas esas cosas… —respondió ella, con una sombra de duda cruzándole los ojos.
Poco después, Ye In salió de la habitación. Su expresión era una mezcla de alivio e inquietud.
—¿Cómo está? ¿Todo bien? —preguntó Yang Mi.
—Está bien… pero nunca lo había visto con barba. Se ve raro —dijo Ye In, intentando forzar una sonrisa.
—A veces se te olvida que es occidental —comentó una voz conocida a sus espaldas—. A ellos les crece muy rápido.
Era Kim Seung, el CEO de Princes Entertainment.
— Kim Seung, ¿Qué hace acá? —preguntó Ye In.
—Estaba en la estación de policía y pasé a ver a mis estrellas favoritas. Pero Ye In… te seré sincero —el tono del CEO cambió a uno mucho más sombrío—. La investigación arrojó que el sasaeng no actuó solo. Tenía un cómplice. Por precaución, no quiero que andes sola en ningún momento.
Ye In sintió que el aire se volvía pesado. La imagen de la madre de Matías volvió a su mente, implacable. “Quizás la señora Müller tenga razón”, pensó Ye In, mirando la puerta cerrada de la suite. “Quizás soy yo quien va a terminar matándolo”.
En las profundidades de una calle urbana bañada en neón, donde los letreros coreanos pintaban el aire con tonos vibrantes de cian y magenta, Matías caminaba con paso firme. —Qué noche más agradable —decía para sí mismo. El ambiente era electrizante, una mezcla de bullicio y misterio. Las máquinas expendedoras de peluches brillaban con una inocencia falsa en la oscuridad.
Al adentrarse en un callejón desierto, una figura sombría emergió de las sombras. —¡Matías! —le gritó una voz distorsionada. Al girar, vio a un hombre encapuchado con una mascarilla oscura. —Ye In me quitó lo que más quería; hoy le quitaré lo que ella más ama.
El desconocido levantó el brazo. El cañón de un arma brilló bajo el neón antes de que el estruendo de un disparo desgarrara el frío de la noche.
—¡¡NO!! —gritó Ye In, incorporándose de golpe en la cama. Estaba empapada en sudor, con el corazón martilleando contra sus costillas. —Fue solo una pesadilla… solo una pesadilla —se repitió, tratando de normalizar su respiración. Pero al volver a cubrirse con las sábanas, un pensamiento amargo se instaló en su mente: “Quizás, realmente, soy un peligro para él”.
A la mañana siguiente, el sol lo inundaba todo en la habitación del hospital. Las máquinas ya no pitaban; solo se oía el siseo constante de un humidificador que lanzaba una nube artificial al aire.
—¿Te sientes mejor? —preguntó la señora Müller, sentada al borde de la cama.
—Sí, un poco aburrido de estar encerrado —contestó Matías con una sonrisa cansada.
—Hablé con el doctor. Dijo que pronto te darán el alta.
—Qué bueno. No quiero atrasarme con los ramos de la universidad.
La expresión de su madre se endureció al instante.
—¡¿De qué hablas, Matías?! En cuanto salgas de aquí, te vienes conmigo a Chile. Ya lo hablé con tu padre.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando, mamá? —Matías frunció el ceño, poniéndose tenso.
—Ya te atacaron por estar con esa chica. Casi te matan. Debes estar loca si crees que te voy a dejar aquí esperando el siguiente disparo. Te vienes a casa y no se hable más.
—¡Mamá, yo puedo tomar mis propias decisiones!
—¡¿A ver?! —amenazó ella con esa autoridad materna que trasciende fronteras, como si estuviera a punto de sacar una chancleta imaginaria.
Más tarde, la señora Müller regresaba por el pasillo. Al acercarse a la suite, escuchó la voz de Matías y se detuvo, pegando el oído a la puerta entreabierta.
—Papá, esto es ridículo. Tengo compromisos, no puedo largarme, así como así —decía él por videollamada.
—¿Por compromisos te refieres a esa chiquilla? —se escuchó la voz grave de su padre desde el otro lado del mundo.
Matías guardó silencio un segundo y suspiró.
—Papá… hace poco, solo habría dado la vida por mi madre o mi hermana. Pero hoy hay otra mujer en mi vida. Ellas te tienen a ti para protegerlas… ahora Ye In me tiene a mí. Dime, ¿qué harías tú si alguien te pidiera que abandones a la mujer que amas de un día para otro?
—Hijo, créeme que te entiendo. Pero ya está decidido. Vuelves a Chile.
El chirrido de unas zapatillas en el pasillo distrajo a la señora Müller. Ye In se acercaba cabizbaja. La madre de Matías salió a su encuentro antes de que pudiera entrar. Ye In, al notarla, encendió su traductor de inmediato. La voz sintética del aparato rompió el silencio del pasillo.
—Tu nombre es Lee Ye In, ¿verdad? No sé si lo pronuncio bien —dijo la señora Müller en español, esperando a que el dispositivo repitiera sus palabras en coreano.
—Sí. Pero puede decirme solo Ye In —respondió.
—Mira, Ye In… no tengo nada contra ti. Pero debes entender que ninguna madre dejaría a su hijo ante un peligro inminente. Hace poco un fan te raptó y le disparó a Matías. ¿Qué sigue? ¿Puedes asegurar que no volverá a recibir daño?
—¿Y usted puede asegurar que el avión que los lleve a Chile no se va a caer? —replicó Ye In, con un destello de rebeldía.
—Lo siento, niña. Él se viene a casa conmigo. Te ruego que no se lo hagas más difícil.
Minutos después, Ye In entró a la habitación. Intentó que su rostro no reflejara la tormenta interna que vivía.
—Hola, Matías. ¿Cómo te sientes?
—Ahora que te veo, mucho mejor —respondió él con una sonrisa brillante que le dolió a ella en el alma.
—Me alegra…
—Sabes —continuó Matías—, mis padres tienen la idea loca de que vuelva a Chile, pero no te preocupes, yo lo solucionaré.
—No creo que sea una idea tan loca —respondió ella.
—¿A qué te refieres? —Matías ladeó el cuello, presintiendo el cambio de clima.
—Casi mueres por mí, Matías. Imagina cómo me siento. Dices que no es mi culpa, pero yo no puedo evitar sentirlo así —la humedad en sus ojos empezó a brillar bajo la luz de la tarde—. ¿Y si aparece otro loco? No me lo perdonaría jamás. No puedo vivir con la angustia de saber que estás en peligro por estar cerca de mí.
—¿Ye In? ¿De qué estás hablando?
—Debes volver a tu país —dijo ella con la voz quebrada—. Es lo mejor para los dos.
—Ye In… no lo digas —dijo él, presintiendo lo que vendría.
Con la voz quebrada ella sentenció:
—Adiós, Matías. Siempre te recordaré.
Sin darle tiempo a reaccionar, Ye In dio media vuelta y salió de la suite.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com