Translator Device - Capítulo 35
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Capítulo 35: CAPÍTULO 34: Lo mejor
En las profundidades de una calle urbana bañada en neón, donde los letreros coreanos pintaban el aire con tonos vibrantes de cian y magenta, Matías caminaba con paso firme. —Qué noche más agradable —decía para sí mismo. El ambiente era electrizante, una mezcla de bullicio y misterio. Las máquinas expendedoras de peluches brillaban con una inocencia falsa en la oscuridad.
Al adentrarse en un callejón desierto, una figura sombría emergió de las sombras. —¡Matías! —le gritó una voz distorsionada. Al girar, vio a un hombre encapuchado con una mascarilla oscura. —Ye In me quitó lo que más quería; hoy le quitaré lo que ella más ama.
El desconocido levantó el brazo. El cañón de un arma brilló bajo el neón antes de que el estruendo de un disparo desgarrara el frío de la noche.
—¡¡NO!! —gritó Ye In, incorporándose de golpe en la cama. Estaba empapada en sudor, con el corazón martilleando contra sus costillas. —Fue solo una pesadilla… solo una pesadilla —se repitió, tratando de normalizar su respiración. Pero al volver a cubrirse con las sábanas, un pensamiento amargo se instaló en su mente: “Quizás, realmente, soy un peligro para él”.
A la mañana siguiente, el sol lo inundaba todo en la habitación del hospital. Las máquinas ya no pitaban; solo se oía el siseo constante de un humidificador que lanzaba una nube artificial al aire.
—¿Te sientes mejor? —preguntó la señora Müller, sentada al borde de la cama.
—Sí, un poco aburrido de estar encerrado —contestó Matías con una sonrisa cansada.
—Hablé con el doctor. Dijo que pronto te darán el alta.
—Qué bueno. No quiero atrasarme con los ramos de la universidad.
La expresión de su madre se endureció al instante.
—¡¿De qué hablas, Matías?! En cuanto salgas de aquí, te vienes conmigo a Chile. Ya lo hablé con tu padre.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando, mamá? —Matías frunció el ceño, poniéndose tenso.
—Ya te atacaron por estar con esa chica. Casi te matan. Debes estar loca si crees que te voy a dejar aquí esperando el siguiente disparo. Te vienes a casa y no se hable más.
—¡Mamá, yo puedo tomar mis propias decisiones!
—¡¿A ver?! —amenazó ella con esa autoridad materna que trasciende fronteras, como si estuviera a punto de sacar una chancleta imaginaria.
Más tarde, la señora Müller regresaba por el pasillo. Al acercarse a la suite, escuchó la voz de Matías y se detuvo, pegando el oído a la puerta entreabierta.
—Papá, esto es ridículo. Tengo compromisos, no puedo largarme, así como así —decía él por videollamada.
—¿Por compromisos te refieres a esa chiquilla? —se escuchó la voz grave de su padre desde el otro lado del mundo.
Matías guardó silencio un segundo y suspiró.
—Papá… hace poco, solo habría dado la vida por mi madre o mi hermana. Pero hoy hay otra mujer en mi vida. Ellas te tienen a ti para protegerlas… ahora Ye In me tiene a mí. Dime, ¿qué harías tú si alguien te pidiera que abandones a la mujer que amas de un día para otro?
—Hijo, créeme que te entiendo. Pero ya está decidido. Vuelves a Chile.
El chirrido de unas zapatillas en el pasillo distrajo a la señora Müller. Ye In se acercaba cabizbaja. La madre de Matías salió a su encuentro antes de que pudiera entrar. Ye In, al notarla, encendió su traductor de inmediato. La voz sintética del aparato rompió el silencio del pasillo.
—Tu nombre es Lee Ye In, ¿verdad? No sé si lo pronuncio bien —dijo la señora Müller en español, esperando a que el dispositivo repitiera sus palabras en coreano.
—Sí. Pero puede decirme solo Ye In —respondió.
—Mira, Ye In… no tengo nada contra ti. Pero debes entender que ninguna madre dejaría a su hijo ante un peligro inminente. Hace poco un fan te raptó y le disparó a Matías. ¿Qué sigue? ¿Puedes asegurar que no volverá a recibir daño?
—¿Y usted puede asegurar que el avión que los lleve a Chile no se va a caer? —replicó Ye In, con un destello de rebeldía.
—Lo siento, niña. Él se viene a casa conmigo. Te ruego que no se lo hagas más difícil.
Minutos después, Ye In entró a la habitación. Intentó que su rostro no reflejara la tormenta interna que vivía.
—Hola, Matías. ¿Cómo te sientes?
—Ahora que te veo, mucho mejor —respondió él con una sonrisa brillante que le dolió a ella en el alma.
—Me alegra…
—Sabes —continuó Matías—, mis padres tienen la idea loca de que vuelva a Chile, pero no te preocupes, yo lo solucionaré.
—No creo que sea una idea tan loca —respondió ella.
—¿A qué te refieres? —Matías ladeó el cuello, presintiendo el cambio de clima.
—Casi mueres por mí, Matías. Imagina cómo me siento. Dices que no es mi culpa, pero yo no puedo evitar sentirlo así —la humedad en sus ojos empezó a brillar bajo la luz de la tarde—. ¿Y si aparece otro loco? No me lo perdonaría jamás. No puedo vivir con la angustia de saber que estás en peligro por estar cerca de mí.
—¿Ye In? ¿De qué estás hablando?
—Debes volver a tu país —dijo ella con la voz quebrada—. Es lo mejor para los dos.
—Ye In… no lo digas —dijo él, presintiendo lo que vendría.
Con la voz quebrada ella sentenció:
—Adiós, Matías. Siempre te recordaré.
Sin darle tiempo a reaccionar, Ye In dio media vuelta y salió de la suite.
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