Translator Device - Capítulo 36
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Capítulo 36: CAPÍTULO 35: Aeropuerto
El sol se reflejaba en las superficies metálicas y cristalinas del Aeropuerto Internacional de Incheon, proyectando largas sombras sobre las pistas. El cielo lucía un azul perfecto, con apenas un rastro de polvo fino que suavizaba su intensidad, prometiendo un día claro de partidas y llegadas, de reencuentros y despedidas.
Dentro, en los interminables pasillos, bullía un mar de gente y equipaje bajo la vasta bóveda de metal y vidrio. La luz artificial se filtraba a través de los paneles del techo, iluminando un suelo tan pulido que reflejaba el movimiento como un espejo. El aire vibraba con el murmullo de mil conversaciones, el rodar de las maletas y los anuncios por los parlantes que se perdían en la inmensidad del terminal.
En medio de este flujo, Matías, la señora Müller y Miguel caminaban a paso firme hacia la zona de embarque.
—No olvidamos nada, ¿verdad? —preguntó la madre.
—No… no olvidamos nada —contestó Matías, con un nudo en la garganta que apenas le permitía tragar.
—Cambia esa cara, no estés triste —le dijo ella, dándole un golpecito en el brazo mientras avanzaban entre la multitud.
A kilómetros de allí, en un rincón de las oficinas de Princes Entertainment, un sollozo rompía el silencio de la penumbra. Ye In, recostada en un sofá, no paraba de lamentarse.
—Hoy se va Matías, ¿verdad? —La voz de Ahn Myong llegó desde la puerta. El reflejo de la luz exterior detrás de él solo permitía ver su silueta.
—Todo es mi culpa… lo dejé ir —sollozó ella—. No sé si hice lo correcto.
Ahn Myong soltó un largo suspiro.
—Desde que trabajo con ustedes, he visto cómo luchas más que nadie por tus sueños. Nadie te ha regalado nada; has peleado por una posición, por dinero, por tu imagen… por este oficio que amas. Pero Ye In, esto por lo que luchas es pasajero. Un día mirarás a tu alrededor y solo estarán tus premios, tus recuerdos y una cuenta bancaria abultada. Hasta tu belleza se marchitará. ¿Y quién quieres que esté junto a ti cuando llegue el día en que todo termine?
—Matías —respondió ella, todavía llorando.
—Me gusta verte luchar por tus cosas, pero solo son eso: cosas. Me gustaría verte luchar también por tu felicidad. No basta con desear ser feliz, hay que hacer algo al respecto. ¿No lo amas lo suficiente como para pelear por él?
—Lo amo más que a nada.
Ahn Myong se irguió con firmeza.
—Pues bien, le prometí a Matías que lo mataría si te hacía llorar. Ahora mismo voy al aeropuerto a golpearlo. ¿Vienes conmigo?
Ye In se secó las lágrimas y gritó decidida: —¡Sí!
El rechinar furioso de los neumáticos contra el asfalto dejó una estela de humo grisáceo frente a la terminal. El trayecto desde la agencia fue un vuelo raso; Ahn Myong ya se encargaría después de las multas de tránsito.
Ye In bajó del coche y corrió como nunca lo había hecho por los pasillos de Incheon. Buscó desesperada la puerta de embarque que Yang Mi le había indicado. Al llegar, vio a un grupo de auxiliares organizando unos papeles.
—Señorita… el vuelo 333 a Chile… ¿es aquí? —preguntó Ye In, jadeando.
—Sí, pero las puertas ya cerraron. El avión está en la losa, despegará en breve.
—¡No! —Ye In giró sobre sus talones y corrió hacia un pasillo lateral que terminaba en un gran mirador.
A la distancia, un avión de LATAM comenzaba a elevarse con potencia, dejando atrás la pista y las montañas verdes de Corea que se alzaban majestuosas bajo el cielo.
—Lo perdí —susurró Ye In.
Cayó de rodillas, con la frente y una mano pegadas al cristal frío, viendo cómo el rastro del motor se desvanecía en el azul.
La muchedumbre en el aeropuerto estaba en su propio mundo: algunos buscaban su puerta de embarque, otros la salida, unos despidiendo o recibiendo a familiares. Cada cual en su propio universo y nadie pareció percatarse de la figura femenina arrodillada en un rincón del mirador. El sonido del motor del avión se desvaneció, dejando solo el rastro de su respiración entrecortada contra el vidrio.
—¿Y ahora qué hago? —se preguntaba Ye In, sin obtener respuestas, ya sin esperanzas.
De un costado de su cabeza, apareció lentamente una mano que sostenía un Translator Device. En la pantalla se leía, en coreano, la misma oración que la voz le dictó en español:
—¿Crees que es tan fácil deshacerse de mí?
Ye In se volvió y Matías estaba parado tras de ella, sonriéndole. Ella se puso de pie de un salto y se colgó de su cuello, aferrándose con firmeza, reteniéndolo para que no escapara.
—¡Matías! —gritó, en una mezcla de sorpresa y alegría—. ¡Por favor, perdóname! No quise decir todas esas cosas, tenía miedo, no quiero perderte… por favor, no te vayas.
—Tranquila —decía él, eliminando las lágrimas de su mejilla con el pulgar—. No llores, te entiendo. Y no iré a ningún lado, me quedo en Corea.
—¿De verdad? Pero tu mamá… ¿Qué pasó?
Para entender el cambio de rumbo, hay que retroceder a los días de hospital. Mientras la señora Müller y Ye In conversaban en aquel pasillo impecable, la tensión era absoluta.
—Lo siento, Ye In. Él se viene a casa conmigo; te ruego que no se lo hagas más difícil —había sentenciado la madre.
—Ojalá hubiese sido yo quien recibiera esa bala… —había respondido Ye In con la mirada perdida—. Me destroza pensar que exista una posibilidad de que le pase algo por mi culpa. Con el corazón en pedazos, haré lo que me pide. Hoy yo recibiré todas las balas del mundo por él.
Ye In se había alejado cabizbaja, Miguel se acercó a la señora Müller con un café de máquina.
—¿Sabía que Matías una vez quiso romper con ella? —le preguntó Miguel de la nada.
—¿Sí? ¿Y qué pasó? —Cuando apareció ese fan loco, Matías pensaba que era su culpa… que era un peligro para ella. Y Ye In le dijo: “Si el destino tiene escrito que algo malo pase, pasará; no podrás evitarlo. Pero si algo malo ha de pasar, quiero que suceda estando a tu lado”.
Ese eco quedó resonando en la cabeza de la madre. Días después, en el patio de la casa de Miguel, la señora Müller y Matías tomaban té a eso de las cinco, en un rito muy chileno que parecía una tregua.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella.
—Ya no duele, pero la herida aún está cicatrizando; pica un poco.
—No hablo de la herida. Pasado mañana volvemos a Chile.
—¿Tú qué crees? Destrozado sería poco decir.
—Hijo —dijo ella, suspirando—, si necesito que vuelvas conmigo es porque si te quedas, sufriré cada segundo pensando que algo malo podría pasarte.
Bebió un sorbo de té, observando la determinación silenciosa en los ojos de su hijo.
—A veces se me olvida que ya no eres un niño. Sé lo mucho que amas a esa chiquilla, y con agrado sé lo mucho que ella te ama. Por favor, vuelve conmigo a casa… —Hizo una pausa y luego sonrió con una mezcla de orgullo y resignación—Por si decides quedarte, no me opondré.
—Matías… —la voz de Ye In en el presente lo trajo de vuelta.
—Luego te cuento los detalles —le dijo besando su frente.
—¿Ya terminó el melodrama? ¿Podemos irnos? —preguntó Miguel riendo—. Muero de hambre.
—¡Idiota! —le decía Ye In golpeando su panza—. Qué alegría verte, Miguel.
—A mí también me alegra verte. ¡Ah! Mi tía te dejó un mensaje.
Miguel le extendió el teléfono. No era su pariente de sangre, pero como buen chileno, usaba el “tía” para referirse a la madre de su amigo.
—Ye In, disculpa por lo que te hice pasar —decía la señora Müller a través de un video grabado antes de embarcar—. No fue mi intención herirte. Cuando seas madre, lo comprenderás. Espero que un día viajes a Chile para que comencemos de cero; te dejo mi tesoro más preciado, ahora es tu responsabilidad cuidarlo.
—Eso haré —decía Ye In mirando a Matías con inmenso amor.
—Más te vale —añadió Miguel mientras caminaban hacia el estacionamiento—. No sabes de lo que son capaces las mamás latinas con una chancleta cuando se enojan.
—¿En serio? —preguntaba Ye In con más curiosidad que miedo.
—¡Uf! Ni te lo imaginas —rio Matías.
—¿Estás triste por la partida de tu mamá? —preguntó ella mientras salían del terminal.
—Sí, me dio mucha tristeza despedirme de ella.
—Lo imaginé, porque eres un mamón —soltó Ye In en español.
Miguel explotó en carcajadas.
—¡¿De dónde aprendiste esa palabra?! —preguntaba Matías abriendo los ojos como platos.
—Miguel me dijo que así le dicen de cariño a quienes quieren mucho a su madre —respondió ella con total ingenuidad.
—Amor, cada vez que Miguel te enseñe una palabra nueva, ¡dímelo primero!
Los tres se fundieron en la multitud entre carcajadas, dejando atrás el drama del aeropuerto para enfrentar lo que el destino coreano les tuviera preparado.
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