Translator Device - Capítulo 40
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Capítulo 40: CAPÍTULO 39: Apariencias
El rostro de Ye In reflejaba enojo, pero, sobre todo… desconfianza.
—Así los quería ver. Tenemos que hablar —les dijo con una frialdad que los dejó pasmados.
La muchedumbre, que observaba a una distancia prudente, guardó silencio. Muchos se hacían los distraídos, pero todos los oídos estaban enfocados en la escena; otros, con disimulo, grababan con sus celulares.
Tras repasarlos a ambos con la mirada, la expresión de Ye In cambió de golpe.
—¡Por favor, díganme que se asustaron! —exclamó y se largó a reír—. Ensayé mi cara de enojo toda la mañana.
—¡Eres una gran actriz! —le decía Matías, riendo con ella.
Jin Ah, al igual que la multitud, seguía confundida.
—Tú eres la chica del video, ¿no? —preguntó Ye In, clavando sus ojos en ella.
—Sí… mi nombre es Kang Jin Ah —se presentó nerviosa—. Por favor, no pienses mal de mí, no tengo nada con Matías.
—No te preocupes, sé que ese video es falso. Además… confío plenamente en mi novio.
—¿Qué haces acá? Pensé que nos veríamos más tarde —preguntó Matías.
—¿Acaso no puedo venir a ver a mi hombre? —respondió Ye In mientras le tomaba la mano con firmeza y comenzaba a caminar hacia los asientos.
La multitud comenzó a desvanecerse; algunos riendo, otros defraudados porque esperaban ver violencia. Al rato, los tres estaban sentados en una de esas mesas de concreto que abundan en el patio de la facultad.
—Estoy aquí para que vean que no hay nada mal entre nosotros —decía Ye In con las manos entrelazadas sobre la mesa—. Pueden atacarme a mí, pero no voy a permitir que dañen tu honra, Matías. Ese antifan no puede inventar cosas y salirse con la suya. Nadie se mete con mi novio.
—Ye In, no necesitas defenderme, además esas cosas no me afect… ¡espera un minuto! —Matías se interrumpió de golpe—. ¿Viniste solo por lo del camión? ¿No porque me extrañabas?
—Ay, Mati… no vine solo por eso —le dijo sonriéndole mientras le ordenaba un mechón de cabello—. Lo del video me hizo pensar que no conozco a tus amigos. ¿Qué clase de novia sería si no supiera todo sobre la vida de mi pareja?
“¿Una que respeta los espacios?”, pensó Matías para sus adentros.
—¡Ye In! —gritaron Sofía, Juan y David al unísono mientras se acercaban a la mesa.
Matías los presentó formalmente.
—No puedo creer que estés aquí —decía Sofía emocionada—. Soy tu fan; amé tu papel en el drama Corre que te pillo.
—Gracias, eres muy linda —respondió Ye In con su mejor sonrisa profesional.
—No le hiciste caso al estúpido video del camión, ¿verdad? —preguntó Juan.
—Por supuesto que no. Sé lo que tengo —dijo Ye In, lanzando una mirada fugaz a Jin Ah. Luego agregó—: Chicos, los dejaré un minuto, debo ir a saludar a mi prima.
—Hace mucho que no la ves, no vas a reconocerla —comentó Matías.
Ye In se alejó, repartiendo saludos con la mano a todos los que la reconocían en el trayecto.
— She’s very nice —comentó David.
—¡Y tiene un cutis de envidia, joder! —añadió Sofía.
—Chicos, se me ocurrió una idea —dijo Juan con entusiasmo.
—Aún no la cuentes —interrumpió Jin Ah tomando su tablet—. Debo hacer algo, vuelvo enseguida.
Los pasos de Ye In en el ala de la rectoría resonaban en el ambiente. Al final del amplio hall, Yang Mi estaba de pie. Lucía un traje gris ajustado y tacos altos que estilizaban su figura; el pelo suelto caía sobre un hombro y sus gafas gruesas de antaño habían sido reemplazadas por unas de marco fino, dándole una imagen de sofisticación absoluta.
—¡Prima, estás preciosa! —exclamó Ye In—. Te queda muy bien ese look.
—Ahora que estoy de novia no puedo andar con mi viejo moño —dijo Yang Mi guiñando un ojo.
—Miguel debe estar feliz.
—La verdad es que se puso celoso —rio a carcajadas.
—¿Tienes lo que te pedí?
La expresión de Yang Mi se volvió seria.
—Sí. Revisé los registros de la chica que sale en el video con Matías y no encontré nada inusual. Congeló el posgrado el año pasado y este semestre retomó los últimos ramos que le quedaban.
—¿Podrías vigilarla por mí? Es… sospechosamente perfecta —comentó Ye In entrecerrando los ojos.
—Haré lo que pueda. Recuerda que estoy en la mira por no haberme ido a Estados Unidos. Ah, otra cosa: es rica. Su madre es una de las mejores cirujanas del país y su padre un exitoso empresario de comida congelada.
Al rato, Ye In volvía a la mesa.
—Ye In, tu estrategia resultó —decía Sofía—. El video del antifan recibió tanto hate y dislikes que tuvieron que bajarlo.
—La verdad siempre triunfa, Sofía —le dijo guiñándole un ojo—. Chicos, debo irme, fue un placer conocerlos.
—¿Viniste con Ahn Myong? —preguntó Matías.
—Sí, ahí me espera. —Indicó a un tipo discreto que vigilaba el lugar desde la sombra de un árbol. Matías, que no lo había notado, lo saludó con la mano.
—Ye In, queremos pedirte un favor —soltó Juan.
—¿Sí? —Ella miró a Matías.
—A mí no me mires, la idea es de ellos —se desmarcó él.
—En tres semanas es el festival universitario —explicó Sofía—. Queríamos saber si nos ayudarías para que nuestro estand sea el ganador. Será temático, de comida latina, y pensamos que si pudieras venir tú… y quizás tu ex grupo, B6…
—Claro que vendré. Sobre las chicas, haré lo que pueda, no depende de mí.
Jin Ah se puso de pie para despedirse.
—No pensé que una celebridad fuese tan sencilla.
—Las apariencias engañan —dijo Ye In, sosteniéndole la mirada con una fijeza gélida.
—Sí… las apariencias engañan —contestó Jin Ah, sin bajar la vista.
La calle rebosaba de vida y los automóviles pasaban raudos por la avenida. Al igual que en Chile, no era un caos ruidoso de bocinazos; todo fluía en un orden discreto. Un taxi naranja se detuvo frente a la agencia Princes Entertainment y de él bajó Matías, sonriendo y rojo de vergüenza mientras el chofer lo despedía agradeciéndole el autógrafo.
Caminaba por el estacionamiento cuando la voz de Ahn Myong resonó desde el interior de una SUV negra. Matías activó su traductor.
—¿Vienes a ver a Ye In? —le preguntó.
—Sí, así es, Ahn Myong.
—Ella avanza bien con las clases de defensa personal —comentó con un tono de aprobación profesional.
—No le enseñes tanto, que si se enoja conmigo me dará una paliza —le respondió Matías riendo.
Poco después, mientras recorría el pasillo al encuentro de su novia, la voz de Kimy lo hizo voltear.
—Hola, Matías, ¿cómo estás?
—Muy bien. ¿Y tú? —Guapa, como siempre —soltó ella con una carcajada—. ¿Tienes un minuto? Necesito mostrarte algo.
Caminaron hacia una de las salas de ensayo. Kimy le explicó que, dado que la popularidad del grupo había bajado tras la salida de Ye In, necesitaban exposición y por eso habían aceptado participar en el festival universitario.
—Estoy preparando un nuevo baile que incluye movimientos latinos y quiero tu opinión —le dijo antes de entrar. Una vez dentro, se puso en posición—. Ponte allí y dime qué piensas.
Kimy comenzó a moverse en el silencio del salón. —Y un, dos, tres… un, dos, tres —repetía mientras marcaba pasos disciplinados. Matías miraba hacia todos lados con el entrecejo arrugado, confuso. —Y un, dos, tres… un, dos, tres — repetía Kimy y terminaba con una pose extraña. Al finalizar, jadeó un poco.
—¿Qué te pareció?
—¿Ustedes bailan sin música? —preguntó Matías, genuinamente confundido.
—¿Cuál es el problema? Solo es una coreografía.
Matías negó con la cabeza, esbozando una sonrisa.
—Con todo respeto, pero es por eso que a ustedes no les resulta el baile latino. Les sale rígido porque creen que es solo una coreografía. Para nosotros es un sentimiento. Nadie nos enseña a bailar; la música es la que nos mueve los pies.
Sacó su teléfono y buscó en Spotify un cumbión de aquellos. El ritmo inundó la sala.
—Cierra los ojos —le pidió—. Escucha. No hagas nada más que escuchar. Olvida las cuentas y siente cómo tu corazón late al ritmo de los tambores. Deja que tus caderas se relajen… que tengan vida propia.
—¡Oh! ¡Se mueven! —exclamó Kimy al notar que su cuerpo empezaba a oscilar de izquierda a derecha de forma casi involuntaria.
—¿Ves? Esos dos movimientos se vieron cien veces más naturales que toda tu coreografía de antes.
—Por favor, Matías, ¿me enseñarías unos pasos?
—¡¿Qué?! —Matías explotó en carcajadas—. Olvídalo. Probablemente nosotros los chilenos seamos los latinos más troncos para bailar, pero tengo un compañero de Colombia que les puede ayudar. Ellos sí que saben bailar.
Más tarde, Matías entró a la habitación donde estaba Ye In.
—¿Molesto?
—¡Matías! Nunca molestas. Solo estaba estudiando un guion.
—¿Para esa serie de la cuchara de no sé qué metal? — Preguntó él.
—de oro— respondió riendo por el olvido de su novio.
Se sentaron juntos en el sofá. Tras unos minutos de charla trivial, Matías fue al grano.
—Y bien, aquí estoy. ¿Qué era eso tan importante que querías decirme?
—Como sabes, la cómplice de los ataques sigue suelta. Hace poco te filmaron en una parada de autobús y creo que, por nuestra tranquilidad, lo mejor es que tengas un automóvil. Iremos a una concesionaria ahora mismo; te compraré uno.
Matías arrugó el ceño, procesando las palabras.
—¿De qué rayos estás hablando, Ye In?
—Pues de eso. Te compraré un auto—respondió ella con la naturalidad de quien compra un café.
—¿Acaso piensas que no sé defenderme? ¿O que debo andar oculto como un ninja? ¿O que no puedo comprar mi propio vehículo?
—No es eso, Matías. Es por tu seguridad. Prometí que te cuidaría.
—Ye In, eres mi novia, no mi madre —dijo él con tono enérgico mientras se ponía de pie—. ¡Olvídate del automóvil! Adiós.
Matías salió a paso acelerado, dejando a Ye In sentada en el sofá, suspirando.
—Tan lindo, pero tan complicado que me salió —se dijo a sí misma.
Al anochecer, Matías estaba sentado en el patio de la casa de Miguel con una botella de cerveza y el rostro deprimido.
—¡Chist! —lo saludó Miguel al verlo—. Préstame la cara para ir a pedir un crédito al banco. ¿Qué pasó ahora? ¿Otro video del antifan?
Matías le soltó la noticia de golpe.
—Ye In me iba a comprar un auto, ¿puedes creerlo?
—¿Y? —preguntó Miguel encogiéndose de hombros mientras se servía un vaso
—No porque sea millonaria me puede comprar ese tipo de cosas, no corresponde.
—¿Qué no corresponde? ¿Qué una mujer le compre cosas caras a su novio o que te quite el puesto de macho proveedor?
—No se trata de eso, Miguel.
—Entonces, ¿de qué se trata? No comprendo tu enojo. Cada vez que te tomen una foto en una parada de bus puede afectar la carrera de Ye In; es obvio que el automóvil es una herramienta necesaria, no una demostración de quién la tiene más grande.
—No es eso, desde el disparo ella se preocupa demasiado por mí, es hasta asfixiante, me hace sentir como un niño.
Miguel bebió un sorbo y lo miró con fijeza.
—Entonces no te comportes como uno. Ella no está actuando diferente a como tú lo hacías con lo del sasaeng. Además, huevón— dijo riendo —eres un chilenito que con suerte hila dos frases, ¿y te enojas porque tu novia te trata como un rey?
—Idiota—. Matías no pudo evitar reírse.
En ese instante, vieron a Ye In entrar a la casa.
—Ahí viene —susurró Miguel—. Mejor arreglen las cosas. Recuerda que ahora ella sabe artes marciales; además de mantenido vas a terminar siendo un hombre golpeado.
—¡Huevón! —exclamó Matías, ya más relajado.
Ye In se acercó en silencio. Matías se levantó para quedar frente a ella.
—Matías, no me gusta pelear contigo. Si te ofendí, te pido disculpas, no era mi intención.
—Soy yo el que debe disculparse. Sobrerreaccioné —admitió él antes de abrazarla—. Pero entiende que necesito que seas mi compañera. Tú tienes tu vida, yo la mía, y juntos tenemos la nuestra. No te preocupes tanto por mí.
La estrechó más fuerte y recordó algo.
—Sabes… te diré lo que una vez me dijo la mujer más maravillosa que conozco: si el destino tiene escrito que algo malo pase, pasará, no podrás evitarlo. Pero si algo malo me ha de pasar, quiero que suceda estando contigo.
Ye In lo besó y le sonrió con ternura.
—Te amo, enojón.
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