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Translator Device - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 CAPÍTULO 6 Mamihlapinatapai
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7: CAPÍTULO 6: Mamihlapinatapai 7: CAPÍTULO 6: Mamihlapinatapai El cielo estaba claro y se divisaban a lo lejos algunas nubes como motas de algodón; el aroma del rocío persistía con suaves tonos a tierra mojada.

Matías estaba de pie frente a la casa de la señora Kim con su traductor encendido, absorto en sus pensamientos mientras miraba hacia la casa de Miguel.

“¿Apagué la luz del baño?”.

La voz dulce de Ye In lo trajo de vuelta.

—Buenos días, Mati —saludó Ye In—.

Estoy lista, ¿nos vamos?

Matías quedó sorprendido al verla.

Vestía bototos negros, jeans oscuros y una chaqueta corta con una capucha que le tapaba la cabeza.

Una mascarilla le cubría la mitad de la cara y unas gafas de sol terminaban de ocultar cualquier rastro de piel.

—¿Por qué estás tan tapada?

—preguntó él con una risa nerviosa.

—¡Ah!

Es que a las coreanas nos gusta ser blancas y evitamos el sol.

Cosas de chicas, no lo entenderías —dijo ella, mientras pensaba: “Así nadie me descubrirá”.

—Por un momento pensé que te avergonzaba salir conmigo.

—¡Ay, Mati!

—le dio un pequeño golpecito en el brazo—.

No digas tonterías.

Comenzaron a caminar por las calles angostas de Bukchon Hanok Village, llenas de una arquitectura que transportaba al pasado; solo el asfalto, los autos estacionados y unos carteles verdes que pedían silencio a los turistas devolvían al siglo veintiuno.

Matías le explicaba a Ye In que Miguel había tenido que registrar su estadía y sacar una tarjeta de residente.

—Hay multas si entras fuera del horario permitido —dijo, como algo ya asumido.

A él le parecía lógico, incluso justo.

A veces la zona se desbordaba de gente.

Caminaron hasta desembocar en una avenida amplia.

Ahí apareció el muro del Palacio Gyeongbokgung: largo, inmenso, gris.

No era solo piedra; había una mezcla de materiales que Matías no terminaba de reconocer, como si el muro estuviera hecho también de tiempo.

Todo parecía diseñado para acompañar en silencio la forma de los techos curvos que asomaban al otro lado.

Pasó la mano por la superficie mientras avanzaban.

—¿Segura que vas bien?

—preguntó Matías al sentir que la temperatura subía y verla tan tapada.

—Tranquilo —dijo ella—, estoy perfectamente —y levantó ambos pulgares.

Mintió; las gotas de sudor en su frente delataban el calor que sentía.

—No te conozco mucho, pero te noto contenta —comentó él al verla caminar dando saltitos y moviendo los brazos como si bailara con la brisa.

—Sí, la verdad es que estoy muy conten…

No alcanzó a terminar la frase.

Ye In quedó helada.

A lo lejos venía un microbús; en su costado, un gran cartel publicitario mostraba su rostro.

“Piensa rápido”, se exigió, mientras el vehículo se acercaba.

Matías, que iba un metro adelantado, no se percató.

—¡MATI!

—gritó con todas sus fuerzas.

Él giró asustado en el acto, acercándose.

—¿Te pasó algo?

¿Estás bien?

—Sí, es que quería agradecerte por la invitación…

eh, sí, eso…

—decía nerviosa, alargando las sílabas y mirando por encima del hombro de Matías la posición del microbús.

Matías, sin entender, la miraba con los ojos entrecerrados.

—Es que hace mucho que no salía a pasear, mi vida solo es trabajo y…

—Ye In comenzó a girar lento para que él la siguiera con la mirada y quedara de espaldas al microbús, que estaba a punto de pasar.

—En Corea somos agradecidos con las invitaciones, así que…

—seguía girando, logrando que Matías quedara nuevamente en la dirección inicial.

El microbús ya se alejaba.

—Muchas gracias…

¿Seguimos?

—y prosiguió caminando como si nada, a saltitos.

Matías, desorientado, solo atinó a pensar: “¿Qué cresta pasó acá?”.

Unos minutos después llegaron a las puertas sur del Palacio.

“Bien, no hay mucha gente”, pensó Ye In con alivio.

Desde el bullicio ordenado de Seúl, uno no espera que el tiempo pueda doblarse.

Pero basta plantarse frente a la gran puerta sur para sentir que algo cede.

Aquí el aire parece más contenido.

La puerta es solemne, con colores profundos: verdes, rojos terrosos, detalles pintados con paciencia ritual; a cada lado, guardias con trajes tradicionales parecían salidos de otro siglo.

El patio se abre como un silencio, amplio, casi desmedido.

Las piedras bajo los pies narran memorias que no necesitan traducción.

A lo lejos, el pabellón principal se levantaba con elegancia, con techos curvos que parecían flotar sostenidos por columnas centenarias.

Ocurría algo curioso: lo natural al ver algo espectacular es expresarlo en voz alta, pero la vista invitaba a guardar silencio.

Como entrar a una iglesia antigua en Latinoamérica, pero sin santos ni velas; solo geometría, madera y espacio abierto.

Caminaban en silencio, quizás por respeto, quizás por la sensación de pisar un lugar donde la historia estaba extendida en el aire.

Matías levantó la vista.

El cielo de Seúl, este día, vistió su azul más intenso y se posó detrás del edificio Geunjeongjeon como parte del diseño.

Finalmente, con una sonrisa, Matías exteriorizó lo obvio: —Esto es bellísimo.

—¿Cierto?

—respondió Ye In con orgullo, como si todo el país le perteneciera.

Recorrieron rincones cargados de historia.

Matías se quedó mirando a unas muchachas que vestían trajes hanbok; el jeogori corto contrastaba con el volumen de las faldas chima, que parecían campanas de seda flotando.

A pesar de estar magnetizado con la elegancia de los vestidos, no tomó fotografías.

Prefería vivir la experiencia y guardarla en su memoria.

No entendía a la gente que iba a los conciertos y, en vez de disfrutar, se ponía a grabar.

Pese a los nervios de Ye In, las chicas no parecieron percatarse de que estaban frente a una celebridad.

Más tarde, en el Museo del Palacio Nacional, frente a vitrinas repletas de objetos históricos, Matías dejaba que Ye In leyera las descripciones.

Ella se había quitado las gafas de sol para ver mejor.

De pronto, un par de chicas que pasaron se detuvieron y comenzaron a mirarlos.

Ye In se dio cuenta.

“¿Me habrán reconocido?”, pensó, cuando las jóvenes empezaron a caminar hacia ellos.

“¡Piensa rápido!” se dijo ella.

—Matías, ¿me muestras tu traductor un instante?

—había visto que dispositivo marcaba la hora.

—Sí, claro, toma.

—¡Dios!

—exclamó con exagerada falsedad—.

¿Esa es la hora?

Espérame un segundo, Mati, debo hacer una llamada —y salió corriendo con el aparato en la mano.

—Pero te llevas mi…

¡Bah!

¿Es idea mía o esta niña se está comportando muy raro?

—se preguntó, cuando las dos chicas llegaron y empezaron a interrogarlo en coreano.

—¿Jeo yeojaae yein-ieossnayo?

Matías las miró en blanco.

Ellas insistieron: —Neolang gat-i issdeon yeojaaega yein maj-ji?

—Lo siento, sorry —dijo Matías abanicando las manos—, no entiendo, no hablo coreano.

I don’t speak Korean.

Lo siento, señoritas.

Una de ellas reconoció la palabra “señorita” por una canción popular y empezó a cantarla y bailar frente a él mientras la otra reía.

Más lejos, Ye In observaba escondida tras un mueble: “Lo dejo solo un segundo y ya le están coqueteando”, pensó, y al percatarse, agregó: “¿Eh?

¿Y por qué me siento enojada?”.

Las chicas se alejaron sin respuesta, dejando a Matías rascándose la cabeza.

Al rato, cuidando que las chicas se habían alejado, apareció Ye In entregándole el traductor.

—¿Todo bien?

—preguntó él.

—Sí, perdona, tenía que llamar al trabajo.

Ven, quiero mostrarte un lugar.

Al rato, admiraban el pabellón Gyeonghoeru, un salón de banquetes que se alzaba majestuoso sobre 48 robustas columnas de piedra, pareciendo flotar sobre el espejo de agua del estanque.

La escena irradiaba una paz palpable.

El aire estaba impregnado de la dulzura de las flores y el rumor de las hojas entonaba una melodía de tranquilidad.

—Qué bello país tienen —dijo Matías lleno de admiración.

—Yo diría que bello mundo tenemos —expresó ella—, y es nuestra responsabilidad cuidarlo.

—¡Prfff!

—Matías apenas contuvo la risa—.

Sonaste como Miss Corea para Miss Universo —y estalló en carcajadas, rompiendo la paz del momento.

—¡Idiota!

—le dijo ella, acompañándolo en las risotadas.

Más allá, Matías divisó una tienda con el letrero Art Shop & Cafe.

—¿Compramos algo?

—preguntó señalando el local.

Ella vio que había mucha gente dentro y fuera; decidió no arriesgarse.

—Ve tú.

Yo te espero en la sombra de ese árbol, tengo calor.

Tráeme algo refrescante.

—Con lo tapada que estás, no me extraña.

Vuelvo enseguida.

El árbol ofrecía una sombra agradable, apartado del sendero y circundado por arbustos, un refugio seguro donde Ye In se sintió con confianza para quitarse la chaqueta y la mascarilla.

Al rato, Matías llegó con refrescos y snacks.

—Ten, también compré algo para comer —dijo agachándose para entregarle los productos.

—Gracias, Mati —respondió ella, sentada en el pasto, apoyada en el tronco, regalándole una gran sonrisa.

“Vaya”, pensó Matías al verla destapada, “había olvidado lo bella que era”.

La sombra del árbol permitía que algunos rayos de sol danzaran sobre el pasto.

—Qué apacible —comentó Matías rodeado de verde—.

Me recuerda a un parque de mi ciudad.

—¿Tienes hermanos?

—preguntó Ye In al ver una familia a lo lejos.

—Sí, una hermana diez años menor.

Por cierto, estaba muerta de celos porque, según ella, iba a conocer a muchos famosos.

—Quizás los has visto y no lo sabes —dijo ella mirando el piso.

—Tal vez.

No soy conocedor de la música o las series coreanas; mis gustos son otros.

—¿Cuáles?

—Rock clásico más que todo, y latina.

—¡Latina!

—exclamó ella y comenzó a cantar—: “Dees-paa-ciito…”.

—No, no me gusta el reguetón.

— dijo él riendo.

—¿Y te espera alguna novia en tu país?

—preguntó ella, con un leve rubor en las mejillas.

—No me espera nadie.

Y tú, ¿tienes novio?

—No.

Como te dije, mi trabajo me absorbe.

Además, todos los hombres se acercan a mí porque soy…

—dudó.

—¿Porque eres?

—Solo porque trabajo con un grupo famoso de K-pop y quieren obtener algo de mí —dijo bajando la mirada.

—Eso suena triste y solitario.

—Sí, lo es.

Matías pensaba mientras jugaba con una hoja: “Sé que vine solo a estudiar, que no puedo pensar en amor si tengo que volver, pero estar con ella se siente bien”.

Ye In también estaba sumida en sus pensamientos: “¿Seré egoísta?

Quiero decirle quién soy, pero tengo miedo de que se aleje.

Es la primera vez que me tratan como persona, no como un tesoro, y se siente bien”.

De pronto, sus miradas se encontraron.

El entorno guardó silencio y ambos pensaron a la vez: “¿Quién diría que existía alguien así al otro lado del mundo?”.

—Recordé algo —dijo Matías con una sonrisa—.

El pueblo yagán, en Tierra del Fuego, tiene la palabra considerada más concisa del mundo: mamihlapinatapai.

Es una mirada entre dos personas, donde cada una espera que la otra comience una acción que ambas desean, pero que ninguna se anima a iniciar.

—Qué palabra más oportuna —dijo ella sonriéndole.

—¿Ah, sí?

¿Por qué?

Dímelo —preguntaba él riendo.

—No te lo diré —respondía ella sumándose a las risas.

A lo lejos, el sonido de un clic rompió el silencio, y la imagen de Matías y Ye In riendo apareció en la pantalla de una cámara fotográfica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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