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Translator Device - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 CAPÍTULO 7 Señor Lee
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8: CAPÍTULO 7: Señor Lee 8: CAPÍTULO 7: Señor Lee La noche envolvía las estrechas calles de Seúl.

Las farolas teñían el pavimento agrietado de un tono anaranjado, y los letreros, colgados de postes enredados en cables, parecían susurrar en la oscuridad.

El aire olía a comida frita y a humedad; después del calor del día, empezaba a helar.

Matías y Ye In caminaban despacio.

Al doblar una esquina, la calle se estrechó aún más.

Un gato callejero se escabulló entre las sombras.

Ye In ya había esquivado un par de veces los carteles con su rostro.

Matías no se había dado cuenta.

Siempre había sido despistado, más atento al conjunto que a los detalles.

Quizás el llamado “efecto de otras razas” aún jugaba en su contra: no lograba asociar aquellos anuncios con la mujer que caminaba a su lado.

Ella caminaba ensimismada: “Falta poco para llegar a casa, no quiero despedirme.

Es la primera vez en mi vida que no quiero ser quien soy”.

Pensaba.

—Vas muy callada —rompió el silencio, caminando despacio.

Él también quería alargar la cita.

—Pensaba tonteras —respondió ella algo melancólica—, cosas del trabajo.

—No te desconectas nunca, ¿eh?

“Hoy sí quiero”, pensó ella.

Casi sin darse cuenta, estaban frente a la casa de la señora Kim.

—Llegamos.

Lo pasé increíble, fuiste una gran guía —felicitó Matías, haciendo de nuevo esa reverencia que le hacía sentir como un impostor.

—¡Por supuesto que lo fui!

—exclamó ella, recobrando su chispa—.

Todo lo hago bien porque soy la talentosa Ye In.

Matías rio al verla transformarse en un instante de chica delicada a presumida encantadora.

—Chicos, llegaron justo a tiempo —interrumpió la señora Kim—.

Matías, acabo de servir la cena, acompáñanos.

Ye In lo miró enviándole mensajes telepáticos: «Di que sí».

—Gracias por la invitación, señora Kim, pero ya es muy tar… —La mujer lo tomó del brazo y lo arrastró hacia adentro.

—No te estaba preguntando.

Dentro de la casa la temperatura era cálida; él no vio ningún tipo de estufa o chimenea, no sabía que el calor provenía del ondol, un sistema tradicional de calefacción que estaba debajo del piso.

El aroma agridulce de la comida le recordó a Matías que sentía hambre.

Sentados en la mesa, repleta de pocillos, estaban Yang Mi y un señor de unos 60 años que lo miraba con seriedad y un dejo de desconfianza.

—Traigo un invitado —anunció alegremente la señora Kim.

—Él es mi papá —dijo Ye In acercándolo al hombre—.

Padre, él es Matías.

—Mucho gusto —dijo el señor Lee, sin expresión, apenas inclinando la cabeza.

—Un placer conocerlo —respondió Matías, devolviendo la reverencia con torpeza.—.

Mi nombre es Matías Castillo.

El señor Lee levantó las cejas al oír al traductor hablar en un perfecto coreano.

—Bienvenido al siglo veintiuno, tío —bromeó Yang Mi.

—Ven, Matías —ordenó la señora Kim—, siéntate a mi lado.

La mesa era un festival de carnes, verduras y salsas que Matías no lograba identificar.

Todo brillaba ante él.

Probaba de todo, dejando que los sabores nuevos se desplegaran mientras la señora Kim colmaba su plato.

También le llamaban la atención los sonidos: el sorber, el masticar sin disimulo, las conversaciones a medio comer.

Había algo en esa naturalidad que le incomodaba.

No dijo nada.

Tampoco intentó imitarlo.

Se limitó a comer en silencio, despacio, como una isla en medio del bullicio.

—¿Y dónde estuvieron todo el día?

—preguntó Yang Mi sorbiendo unos fideos.

—Ye In me acompañó a conocer el palacio Gyeongbokgung —contestó Matías mirando a la joven frente a él.

—¿Llevaste a mi prima a un paseo educativo?

—Yang Mi arqueó una ceja—.

¿Qué edad tienes, cincuenta?

—¿Qué tiene de malo?

—lo defendió Ye In—.

Yo me ofrecí a ser su guía.

—¿En serio, prima?

Qué envidia sentirían tus fans.

La señora Kim pateó a Yang Mi por debajo de la mesa.

—¿Fans?

—preguntó Matías curioso.

—O sea —corrigió Yang Mi rápido—.

quise decir pretendientes.

Mi prima es muy linda, ¿no?

—Sí; sí que lo es —afirmó Matías, provocando un rubor en las mejillas de Ye In.

El señor Lee permanecía en silencio.

Observaba a todos, atento a cada gesto.

No necesitaba palabras para entender que su esposa estaba feliz de ver a su hija así… y no le gustaba.

De hombros anchos y postura firme, su sola presencia imponía orden.

Tenía el cabello gris peinado hacia atrás, barba rala y el rostro marcado por los años.

Su mirada, tranquila pero dura, se detenía más de la cuenta en Matías.

—Tengo una idea —dijo Yang Mi—.

El próximo viernes salgamos los jóvenes.

Nada de museos, vamos a un karaoke.

—Soy muy malo para esas cosas —se disculpó Matías—, pero si a Ye In no le molesta, me encantaría.

—No me molesta —respondió ella rápido—.

Vamos.

Al rato, Matías pidió permiso para ir al baño.

Apenas se alejó, el ambiente cambió.

—Ye In —dijo el señor Lee, entrelazando los dedos—, está bien ser agradecidos con ese joven por lo que ha hecho por tu madre.

Pero ya es suficiente.

No es bueno que salgas con él.

—¿De qué hablas, papá?

—preguntó ella, entrecerrando los ojos.

—Te veo muy entusiasmada con él.

No será bueno para tu carrera —alzando apenas la barbilla—.

Además, eres mi primogénita.

No puedes llegar a nada serio con él.

No había enojo en su voz, sino una firmeza difícil de discutir.

—Papá, basta.

Ya soy mayor de edad y puedo tomar mis propias decisiones —respondió, elevando un poco la voz, sin perder el respeto—.

Además, esas tradiciones deberían facilitar la vida de los hijos.

Tú lo sabes.

—No me hables así.

Aún soy tu padre —replicó con calma—.

¿Vas a echar por la borda todo lo logrado por ese extranjero?

No lo voy a tolerar.

No quiero mixtura en esta familia.

Aunque el micrófono del traductor de Matías era de buena calidad, no tenía el alcance suficiente para captar lo que se decía en el comedor.

Pero no hacía falta entender las palabras.

El tono, el ritmo, los silencios: todo indicaba que algo no iba bien.

“Será mejor que me vaya”, pensó.

Al volver, se despidió con amabilidad.

—Señor Lee, señora Kim, muchas gracias, pero debo retirarme a estudiar.

—¿Te vas tan pronto?

—preguntó la madre.

—Sí, tengo un examen —mintió Matías para aliviar el ambiente.

—Te acompaño a la puerta —dijo Ye In.

El frío de la intemperie los golpeó; el aliento de Matías se volvió visible.

—Gracias, Ye In.

Me regalaste un gran día.

—Gracias a ti.

Hacía mucho que no tenía un día normal.

—Bueno, me despido.

Chao.

Matías se acercó por instinto para darle un beso en la mejilla.

—¡Hey!

—ella lo apartó, aunque sin violencia.

—¡Oh!

¡Perdón!

—Matías se deshizo en disculpas, rojo de vergüenza—.

En mi cultura nos despedimos así.

Miguel me lo advirtió y se me olvidó.

Por favor, no pienses mal de mí.

—¡Ah!

Era eso —rio ella al comprender—.

Descuida, es que aquí no estamos acostumbrados a que nos besen así como así.

—Sí, lo sé…

mejor me voy.

Matías apagó el traductor y se alejó golpeándose la frente: “Imbécil, ¿cómo pude ser tan huevón?”.

De pronto, un grito a sus espaldas lo detuvo.

—¡Mati!

Giró y vio a Ye In caminando hacia él con paso decidido.

Antes de que pudiera reaccionar, ella se empinó y besó su mejilla.

—Jal ga.

No muy lejos, el sonido de un clic volvió a romper el silencio.

La imagen de Ye In besando a Matías acababa de quedar grabada en una cámara fotográfica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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