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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 1

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  3. Capítulo 1 - 1 Rafael Y Leonardo
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1: Rafael Y Leonardo 1: Rafael Y Leonardo —¿Qué te he dicho amigo?

No puedes confiar en las mujeres, no puedes cederles terreno.

Dales la mano a esas perras y te arrancarán el brazo.

¡Son todas así!— aconsejó sabiamente, o eso pensaba, un chico a su triste amigo.

La Smart Tv guardaba silencio, pausada en una de las escenas más memorables de un anime extremadamente querido en este lado del globo.

Las papitas permanecieron intocables sobre la mesita frente al sillón donde el dúo se recostaba.

—Yo…

Yo no me esperaba eso de ella— confesó el abatido joven con expresión decaída.

—Me dijo que quería sentirse bien consigo misma, emprender cambios, mejorar su figura.

Pero ella…

—Pero ella no fue a hacer ejercicio, sino a coger con su tutor— interrumpió el amigo tajantemente, sin piedad.

—¿No te lo advertí Leonardo?

¿No te advertí que mantuvieras la cabeza fría con esa puta?

¡No puedes confiar en las mujeres!

El afligido Leonardo suspiró, llevándose las manos a la cabeza.

La imagen de su querida y primera novia saltando desnuda entre las piernas de aquel viejo bastardo no salía de su mente.

Traicionado y engañado, Leonardo había clavado un puñetazo a la cara de su novia y del degenerado lolicon.

Amenazó con denunciar al pervertido a las autoridades, pues la chica en cuestión no cumplía la mayoría de edad.

Pero antes de tomar represalias y condenar al maldito, vino a casa de su mejor amigo para desahogarse un poco.

—¿¡Y por qué no le diste una paliza al sujeto!?

¡Es un pedo, Leonardo!

El manga es una cosa, pero esto es la vida real hijo— Rafael continuó despotricando, avivando el enojo de su cornudo amigo.

—Ya déjalo— Leonardo suspiró de nuevo, echándose sin ganas en el sillón con la mirada perdida en el techo.

No derramó lágrimas porque Rafael se burlaría abiertamente.

Tampoco quería llorar por la traición de una mentirosa, de ahí el porqué vino a visitarlo.

Rafael negó con la cabeza y guardó silencio.

Un momento después se levantó y fue a la cocina, advirtiéndole a Leonardo que no continuara viendo la película sin él.

Al cabo de un rato, volvió con cervezas que su papá guardaba en el refrigerador y lanzó una lata al entristecido Leonardo.

—Sabes que no bebo— recordó el chico con aburrimiento, ignorando la lata que lo impactó en el hombro.

– – – – – – – – – – – – – – –  —¡Ees unA maldita mentiirosa, eso es lo que fue y lo que siempre vaaa a ser: Una maldita y s-sucia mentirosssa!— sentenció Leonardo.

Las mejillas enrojecidas, la mirada inquieta y el leve balanceo incluso estando sentado delataron su embriaguez.

—¡Todas mienten cabrón!— afirmó Rafael con entusiasmo, ligeramente volátil pero en mucho mejor estado que su amigo.

—¡Sí, todas todas toditas!— asintió Leonardo vehementemente.

Chocaron las latas y bebieron profundamente, bañándose en el alcohol.

—¡Aaah!

Al diablo las mujeres Leonardo.

Que se jodan las perras— declaró Rafael, poniendo una mano en el hombro del chico más ebrio.

—¡Uhum, AaAl carajo!— asintió Leonardo de nuevo, tomando otro gran trago antes de tirar la lata y abrir otra.

—Yo…

Yo yo no las necesito.

¡No las quiero!

¡Porque te tengo a ti!

Mi amigo, mi hermano, mi amigo.

—¡Eso es mi hermano!— Rafael chasqueó los dedos, deteniendo los movimientos de su colega.

—¿¡QuÉ es!?— Leonardo miró de un lado a otro torpemente, confundido.

Rafael sonrió con astucia.

—Tú…

— señaló con un dedo al pecho de Leonardo, captando su atención.

—Yo…— asintió el otro.

—Sí…

Tú— se repitió Rafael.

—Sí…

¿Yo?

—¡Tú no necesitas mujeres tonto!— declaró Rafel con convicción.

Leonardo abrió los ojos de par en par, atónito por la revelación de su amigo.

—¿No…

Necesito?— cuestionó el ebrio.

—No…

Tú no necesitas mujeres Leonardo.

¡Al diablo las mujeres!

—…Al carajo— vitoreó Leonardo sin ganas, en un tono menos entusiasta del que había tenido hasta el momento.

—¿Qué pasa?

¡Arriba esos ánimos amigo!

Míralo desde esta perspectiva: ¿Eres un hombre, verdad?

—Aja— asintió Leonardo.

—Eres un buen tipo, tranquilo, no bebes, cocinas, limpias y en general posees todas las cualidades de un beta cornudo— continuó Rafael, señalando aspectos a los que Leonardo no pudo replicar debido a su estado.

—Aja— asintió de nuevo.

—Así que…

¿Por qué molestarse en buscar una novia que te va a engañar?

¿Por qué no mejor…

Convertirte tú en la novia?— propuso Rafael en un susurro, como si le hablara de una verdad que no podía ver.

—…

—…

—…

¿Uh…

Qué?— Leonardo parpadeó, confundido y desconcertado.

Antes de que Rafael pudiera explicarse, escuchó el click de la puerta a espaldas de ellos, justo en la entrada de su humilde hogar.

Leonardo se volvió con la mirada perdida, ebrio como estaba.

Rafael se sobresaltó y se sonrojó, como si lo hubieran atrapado haciendo algo indebido.

Ninguno estaba en su mejor momento.

Por eso no reaccionaron como, en opinión de cada uno, habrían reaccionado en una situación de semejante naturaleza.

Un hombre con la nariz rota y el labio partido ingresó a la casa, arma en mano y furia en su pecho, así como pánico y determinación.

Leonardo no reconoció al hombre, ya que ni siquiera se fijó en él.

Rafael, un poco menos ebrio que su amigo, sí descubrió la identidad del hombre.

Era el profesor de su instituto, el mismo hombre que se acostó con la novia de Leonardo, una de sus propias alumnas.

La expresión tensa en su rostro, el arma en su mano y la mirada penetrante dirigida a Leo fueron datos suficientes para que el esfínter de Rafael se contrajera.

¡Bam Bam Bam!

Resonaron los disparos en los oídos de Rafael.

Una sensación ardiente abrasó su estómago y un golpe invisible le hizo trastabillar hacia atrás.

Por el rabillo del ojo notó que Leonardo también se caía, gimiendo audiblemente.

En cuestión de segundos, el ardor se convirtió en dolor y el dolor en frío.

La comprensión golpeó a Rafael como un rayo y el miedo lo abrumó, eliminando todo rastro de embriaguez en su mente.

—¿Me voy a morir?— pensó en pánico.

Ese fue su último pensamiento coherente antes de que el terror se apoderada de su mente, el dolor de su cuerpo y la muerte de su ser.

La sangre corrió lentamente, huyendo de su cuerpo y el de Leonardo.

Con cada segundo, la vida se le escapaba, la respiración se le dificultaba y el frío lo entumecía.

Finalmente cayó de espaldas sobre la mesita, sin romperla por algún milagro.

La cabeza golpeó la dura madera y los ojos empezaron a voltearse.

Por su parte, Leonardo se acomodó por alguna razón en el sillón de nuevo, sentándose con la vista hacia la Tv.

Dios sabe lo que pasó por su mente ebria en ese momento, porque Rafael ciertamente no.

Leonardo tomó el teléfono de su amigo, pero no llamó a emergencias, ni a sus familiares.

En su lugar, dio play a la Tv y la película continuó rodando.

—¡Freezer!— gritó Bardock con ira, mientras los sonidos de ambientación y la música taladraron los oídos de ambos jóvenes.

La voz de Mario Castañeda fue lo último que ambos oyeron.

La vista del padre de Gokú siendo incinerado por la bola de energía del Emperador del Universo fue lo último que registraron antes de que todo se volviera oscuridad.

Sin embargo, en un último espasmo de movimiento, Leonardo apretó sus dedos sobre el teléfono celular y cambió lo que se reproducía en la TV.

Imperceptible para cualquier sentido mortal, una onda de energía procedente de algún plano incomprensible golpeó ambos cuerpos al mismo tiempo y arrancó sus recién liberadas almas.

Aún más incomprensible para todo lo que se considere real, esa onda de energía continuó su camino y se estrelló con la Tv, junto con las almas de Rafael y Leonardo.

La imagen de la pantalla se congeló, el sonido cesó.

Un logo y una palabra manchada con sangre permanecieron allí durante un tiempo indefinido antes de apagarse por completo.

Si alguien hubiera estado presente, habría leído la palabra: Invincible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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