Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Desorientados
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2: Desorientados 2: Desorientados Leonardo abrió los ojos de golpe, su cuerpo medio enterrado en arena caliente mientras brisa igualmente cálida levantaba polvo sin parar, amenazando con taparle la nariz.
Lo primero que vio fue el resplandor incandescente de una estrella en pleno medio día, lo que le hizo arrugar la cara exageradamente y maldecir por lo bajo.
Se incorporó en la arena, llevándose las manos a los ojos instintivamente.
Manos cubiertas de arena, lo que empeoró la incomodidad en los globos oculares.
—¡Pero maldita sea!— escupió, sacudiéndose lo mejor que pudo para quitársela de los párpados.
Tras pasar el mal rato, se levantó por completo y examinó su entorno con expresión vacía.
Decir que estaba confundido era quedarse corto.
—…
Rafael, hijo de…
¿En qué demonios me metiste?— pensó con desgana, recordando casi nada después de que su amigo le convenciese de beber alcohol.
—Nngh…
¿Nngh?
¡Hnnhg!
Leonardo escuchó un gemido ahogado proveniente de algún lugar en el suelo.
Bajó la mirada lentamente, encontrando sus pies posados sobre un montículo de arena que empezaba a agitarse.
Un contorno destacaba en el lugar, una silueta vagamente humanoide…
—¡Santa madre!— saltó Leonardo en pánico cuando una mano salió de la arena y se aferró a su tobillo.
Entonces se dio cuenta de lo que pasaba.
Había otra persona enterrada incluso más que él mismo.
Rápidamente cavó con sus manos y desenterró a quien estuviese allí.
Si fuera Rafael, se aseguraría de condenarlo a él y todo su linaje por esta situación.
Pero no fue a su amigo al que encontró allí.
Esto fue mucho peor.
Leonardo se congeló en el lugar y un sudor frío recorrió su espalda.
En la arena había un niño, probablemente de cuatro años o algo así, completamente desnudo.
La situación no pintaba bien.
Para nada bien.
—¡Puaj, aire aire!— jadeó el niño, respirando con avidez tras lo que pudo ser un aterrador momento de sofocación.
Eso hizo que Leonardo volviese en sí y se sacudiese el pavor que lo embargaba.
—¡Tranquilo pequeño!
Respira lento y con calma, ¿De acuerdo?
Todo estará bien, estás bien— intentó calmar Leonardo, inclinándose para verificar el estado del infante.
Al hacerlo, su mente entró en conflicto por una razón que no llegó a comprender hasta que se percató de otro problema: No tuvo que arrodillarse o agacharse para alcanzar al niño en el suelo, y sus propias manos con las que apartó la arena se veían extrañas.
—¿Eh, ah?
¿¡Q-quién está ahí!?— llamó el infante, incapaz de abrir los ojos con toda la arena que se le pegó a la cara.
Pero Leonardo no reaccionó, más concentrado en escanearse a sí mismo.
Él era un niño también.
—¿¡Leonardo!?
¿¡Eres tú Leonardo!?— la voz del infante en la arena sacó a Leo de su estupor una vez más al llamarlo por su nombre.
¿Lo conocía este pequeño o…?
—¿R-Rafael?— preguntó, inseguro de querer oír la respuesta.
—¡No, la Virgen María estúpido!— se quejó el chico mientras intentaba quitarse la arena del rostro.
– – – – – – – – – – – – – – – Niños, ambos eran niños.
Desnudos, ambos lo estaban.
Perdidos en medio de un mar de arena y sol demasiado radiante, sin agua, civilización o un rastro de sombra a la vista.
Rafael y Leonardo permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro con desconfianza.
No pudieron evitar posar sus ojos en la extensión de carne y pelo que se balanceaba a espaldas del otro.
—Tienes un…
¿Cómo se llaman?
Esas colas que te metes en el culo— señaló Rafael.
—…
Se llaman Plugs anales, y no te las metes en el culo.
Eso lo hacen las mujeres— replicó Leonardo antes de apuntar con el dedo a la espalda de Rafael.
—Y tú tienes uno también.
—¿¡Eh!?— Rafael se sobresaltó, escaneando su zona trasera con sumo cuidado.
Al notar que no se trataba de eso, sino de una cola real, suspiró en alivio.
Miró entonces al que decía ser Leonardo, cruzándose de brazos y lanzándole un gesto de desaprobación.
—No es un Plug, y lo que dijiste fue muy machista.
Eso no es algo que diría el Leonardo que conozco, ya que él es más como un hombre moderno, deconstruido.
—Y tú sí suenas como Rafael— suspiró Leonardo con una mueca, dejando el tema de las identidades de lado y observando su entorno una vez más.
—¿Sabes cómo llegamos aquí?— preguntó finalmente, ya que él no recordaba nada útil.
Rafael se estremeció, llevándose una mano al pecho.
La expresión de incomodidad reemplazó la mueca en un instante y eso no le dio una buena sensación a Leonardo.
—Creo…
Creo que nos asesinaron.
Es un poco confuso ahora, pero estoy seguro que una bala me dio en el pecho.
Así que…
Eh, bueno, supongo que este es nuestro Isekai.
Si no es así, entonces…
Entonces no sé qué decirte, amigo mío— respondió Rafael con honestidad.
Leonardo se concentró, buscando en sus memorias.
No recordaba haber muerto, ni encontrarse con un típico Dios o Diosa, ni haber recibido la charla de otra oportunidad.
Una idea cruzó su mente e intentó invocar el cliché que una vez despreció, pero que ahora rezaba por adquirir.
—¡Sistema!— anunció de repente, sacando a Rafael de su encogimiento producto de un probable trauma.
No hubo cambios.
—¡Estado!— llamó Rafael también, habiendo entendido las acciones de su amigo.
Tampoco sucedió nada.
—¡Paquete de inicio!— solicitó uno.
—¡Registro!— exigió el otro.
Sin pantallas, sin voces, sin anuncios, sin campanadas o timbres.
Después de un rato, ambos suspiraron y se rindieron.
—Probablemente se active más tarde.
El detonante puede ser la primera Kill, o alcanzar una edad específica— propuso Rafael, siendo el que más conocía de este tipo de situaciones.
No por experiencia, obviamente.
—Como sea…
¿Por qué aparecimos aquí?
¿Tomamos el cuerpo de estos niños?— inquirió Leonardo, pensando en posibles razones para la extraña situación.
Se le venían a la mente escenarios de todo tipo, como el de dos cadáveres frescos tirados en el desierto que ellos, al tomar posesión, revitalizaron de alguna manera conveniente para la trama.
—Bueno, si me preguntas a mí…— empezó Rafael, sujetando su propia cola con delicadeza y admirándola un momento.
—Creo que somos Saiyanos.
—Saiya-jin— corrigió Leonardo instintivamente.
Rafael le mostró el dedo medio y miró hacia arriba, al cielo azul que desentonaba con lo que conocía del mundo de los Saiya-jin.
—Pero esto no parece el planeta Vegeta.
¿Guerreros de clase baja enviados a un mundo aleatorio?
¿Sobrevivimos a la destrucción del planeta madre a manos de Freezer como Gokú, o estamos en un período anterior a esos acontecimientos?— se preguntó internamente.
La reflexión duró poco.
Leonardo instó a su amigo a moverse en cualquier dirección y esperar lo mejor.
Quedarse allí no solucionaría nada y necesitaban encontrar alimento y agua pronto.
El intento de vuelo fracasó, así como el salto a decenas de metros.
Ni siquiera alcanzaron una velocidad similar a la que tendrían en sus cuerpos originales.
Si eran Saiya-jin realmente, definitivamente estaban lejos de los ridículos niveles de poder que alcanzarían el príncipe y el protagonista.
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