Tres de corazones - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capítulo 30_2
—Confía en mí. —me susurró Perseo al oído para calmarme y luego me deposito un beso en la mejilla, cosa que hizo enojar a Ciro.
Dio unos pasos hacia adelante cuando se escuchó un tintineo rodando por el piso, se escuchó un pequeño estallido y el salón se llenó de humos y gritos.
Perseo quitó su brazo alrededor de mi cuello, tomó mi mano y me condujo por el medio del caos del salón por donde todas las personas buscaban una salida. Podía escuchar como Ciro gritaba mi nombre todavía estando dentro del salón, afuera unos hombres se intentaron colocar en medio, Perseo les disparaba. El caos rápidamente se propagó por el casino, el ambiente ahora estaba lleno de humo y pólvora, se escuchaban cristales romperse y personas gritando, muchas personas buscaban salir del lugar, inmediatamente se comenzaron a escuchar la sirena de la policía que llegaba al lugar.
Aprovechó el caos para mezclarse con las personas dejando caer el arma que estaba usando, al salir, corrimos unas cuantas cuadras hasta llegar a un calle casi a oscuras. Mis tacones sonaban en la calle solitaria, la correa me apretaba los pies, todo había pasado demasiado rápido que solo seguía las instrucciones de Perseo, no me dio oportunidad para decir o reaccionar a lo que estaba ocurriendo. Me sentía cansada, con miedo y confusa.
Perseo se detuvo cerca a un carro y un hombre bajó de él, era Mauro, se veía diferente, tenía días que no lo veía, su barba comenzaba a asomarse. Instintivamente rodee su cuello con mis brazos en un abrazo, era un completo alivio saber que no solo conocía alguien, sino que ese alguien era completamente ajeno a la vida que llevaba Perseo o Ciro, pero allí estábamos los tres reunidos. Cuando Milena me entregó, no contaba con la posibilidad de volver a verlo, sin embargo, estaba frente a mí.
—¿Por qué no me abrazaste? —reclamó Perseo.
—No tenemos tiempo. —comentó Mauro. —¿Estás listo?
—No, pero…
Mauro le lanzó un puño a Perseo, tan fuerte que sus lentes cayeron al piso, continúo golpeándolo durante unos segundos, Perseo no se defendía y yo solo pedía que pararan.
—Creo que con eso bastará. —comentó Mauro.
—¡Largo! —gritó Perseo.
—No, Perseo, necesitas ayuda, estás sangrando. —comenté.
Su labio y ceja sangraban, tenía su rostro rojo por los golpes. Ambos ignoraron lo que dije, Perseo me obligó a subir al carro, mientras Mauro se subía al lado del conductor.
—Estarás bien. —dijo Perseo cerrando la puerta del copiloto.
Mauro aceleró con ganas, las llantas rechinaron en el piso y salió a toda prisa del callejón, dejando a un muy golpeado Perseo sentado en la acerca de la calle.
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