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Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 CAP 11 Tortitas de pomelo y marcas de humedad
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17: CAP 11: “Tortitas de pomelo y marcas de humedad” 17: CAP 11: “Tortitas de pomelo y marcas de humedad” El sol del mediodía caía a plomo sobre las bancas del patio principal de Tracen, pero para Cali, el mundo entero se sentía como si estuviera bajo un filtro gris y agotador.

Estaba sentado rígidamente.

Su cabello, normalmente peinado con la precisión de un agente, era un nido de pájaros desordenado.

Unas profundas ojeras moradas adornaban sus ojos, y su postura era la de un veterano de guerra que acababa de regresar del frente sin haber disparado una sola bala, pero habiendo recibido todos los impactos.

—¡Entrenador, tenga aquí!

—la voz cantarina de Urara rompió su estupor.

La chica de cabello rosa le acercó una cajita decorada—.

Estas minitortas son muy, muy suaves… ¡tanto como los muslos de King-chan!

Cali parpadeó lentamente, mirando los dulces.

(Suaves…) pensó, y su cerebro lo traicionó de inmediato.

La mente de Cali era un vendaval incontrolable de flashbacks.

La sala iluminada de rojo.

El espeso aroma a lavanda y caramelo.

El roce del encaje gris y blanco contra su piel.

Él era un especialista subterráneo, un hombre entrenado para resistir torturas, sueros de la verdad y extorsiones, pero el nivel de control y exigencia de dos herederas Mejiro con la resistencia física de corredoras de élite lo había quebrado por completo.

Lo habían usado.

Y lo peor de todo, su instinto de supervivencia le decía que él mismo había dejado de resistirse en algún punto de la madrugada.

—Sí, Urara… —respondió Cali, con la voz ronca y la mirada perdida en la nada—.

Pero si son así de suaves, King debe de estar flojeando demasiado en sus sentadillas.

A unos metros de distancia, dos figuras conocidas caminaban por el sendero.

McQueen y Dober pasaron por su costado, haciendo un excelente intento por no ser notadas.

Y lo habrían logrado, dado que Cali estaba demasiado inmerso en su trauma mental, de no ser porque el instinto territorial de ambas se activó al verlo allí, vulnerable y a su merced.

McQueen se detuvo.

Sus ojos brillaron, y con una sonrisa que destilaba una falsa y perfecta inocencia, se acercó a la banca.

—Wow, Urara… ¿son esas tortitas de pomelo de la pastelería central?

—preguntó la peli-lavanda, inclinándose con gracia.

Completando su acto con un movimiento tranquilo de su reluciente cola, lo suficiente como para no quitarse elegancia.

—¡Ah!

¡Sí, McQueen-san!

—Urara agitó las orejas, emocionada por la repentina atención—.

Me invitaron a una fiesta y… Mientras McQueen acaparaba toda la atención visual y auditiva de Urara, Dober no perdió el tiempo.

Con la agilidad de un fantasma, la mangaka se deslizó por detrás de la banca.

Antes de que Cali pudiera siquiera intentar levantarse para huir, sintió dos manos firmes apresando sus hombros desde atrás, anclándolo al asiento.

Una presión cálida se pegó a su nuca.

Estaba atrapado.

Pero el verdadero golpe a su cordura vino de frente.

Aprovechando que Urara miraba hacia la caja de dulces, McQueen dio un paso al frente y, con una naturalidad espeluznante, se sentó directamente sobre el regazo de Cali.

El entrenador abrió los ojos de par en par, conteniendo la respiración.

McQueen cruzó las piernas con elegancia y continuó hablando con Urara sobre repostería.

Pero debajo de la mesa, lejos de la vista de la chica rosa, la heredera Mejiro comenzó a mover sus caderas.

Lenta, sutil y deliberadamente.

Un balanceo circular que aplastaba su peso contra la zona más sensible del entrenador, buscando tentarlo, torturarlo y hacerle recordar las texturas de la noche anterior.

Cuando sintió su comodidad aumentar, quizo acercarse más, pero no podía frente a la mancha rosa, lo notaría, así que se conformó con algo mas discreto, rodeando lentamente al joven su cola lavanda, pasó por su cintura, y lo rodeó, abrazandole de una manera…, única.

Cali se mordió el interior de la mejilla hasta saborear la sangre para no soltar un quejido.

El calor que emanaba de McQueen era sofocante.

Un minuto después, en una maniobra digna de una coreografía ensayada, McQueen se puso de pie con elegancia y Dober tomó el relevo.

La pelinegra rodeó la banca y se unió a la conversación, hablándole a Urara sobre unas nuevas historietas de carreras que podrían gustarle.

Dober no se sentó de lleno en su regazo, sino que montó su peso sobre la pierna derecha de Cali.

Comenzó a balancearse hacia adelante y hacia atrás al ritmo de su propia charla, restregándose contra su muslo con una fricción que mandaba descargas eléctricas por la columna del entrenador.

Si querer quedar por detrás de McQueen, ella también provocó al joven son su cola, usándola para toquetear y darle leves golpes, como para despertarlo…, ahí abajo.

De vez en cuando, Dober giraba el rostro, dedicándole a Cali una sonrisa afilada y victoriosa al ver que no podía escapar.

Fueron los cinco minutos más largos en la vida del agente.

Finalmente, las dos Umas se despidieron con fingida cortesía, prometiendo verse luego, y se alejaron por el pasillo, sus caderas balanceándose con un ritmo triunfal.

No sabía el por qué, pero sus sedosas melenas y colas hoy parecían más brillantes, y, más tentado-, llamativas.

—¡Son muy amables!

—dijo Urara, despidiéndolas con la mano—.

Creo que querían ser amigas de Urara, entrenador.

¿Cree que puedan unirse a nuestro entrenamiento pronto?

Cali solo podía estar perdido en sus pensamientos.

Su respiración era entrecortada.

Bajó los ojos hacia su propio regazo.

La evidencia del atrevido asalto a plena luz del día era innegable: había dos marcas húmedas en su pantalón.

Una justo entre sus piernas, donde el calor y la excitación de McQueen habían traspasado la tela; y otra más extendida sobre su muslo derecho, cortesía de la fricción constante de Dober.

Pero eso no era todo.

Al llevarse una mano temblorosa al pecho para intentar calmar sus latidos, sus dedos rozaron algo rígido dentro del bolsillo de su camisa.

Era un sobre.

Una carta fina, con el sello inconfundible de la familia Mejiro.

No necesitaba abrirla para saber qué era.

Era una citación.

Una invitación directa y sin opciones a uno de sus dormitorios, con una hora determinada, donde el “entrenamiento clínico” continuaría.

Cali cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, aceptando su destino como el nuevo juguete personal del imperio Mejiro.

—Sí, Urara… —murmuró Cali, con un hilo de voz agotada—.

Creo que deberíamos pensarlo mejor.

Otro día hablaremos con ellas.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR Wow, este es el capítulo en el que puse más descripciones de lo que sucede, pero.

Era necesario para describir la escena.

El sueño, lectores, es el sueño, el que cuando te COGE y te deja desparramado donde te agarre.

Se duermen, besitos besitos CHAU CHAU.

Los leo en los comentarios y dejen sus reseñas por favor, quizás así considere dormir menos y agregar más sabrosura a esta historia.

Peor no se cuán sabroso quieren que sea este libro…

¿alguien puede decirme cuán lejos le gustaría que describiera esto?…

GUIÑO GUIÑO.

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