Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 2
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2: CAP 05 II: “El que cura también paga” 2: CAP 05 II: “El que cura también paga” La academia Tracen tenía un horario de recuperación que pocos entrenadores conocían con precisión.
Cali sí.
Porque lo consultó específicamente para asegurarse de que la sala estaría libre, vacía y sin testigos durante el bloque que le correspondía a su segundo problema del día.
—Segundo en agenda —murmuró mientras reacomodaba las toallas por tercera vez—.
Pero primero en probabilidad de hospitalización propia.
Revisó la hoja.
Mejiro Dober.
Corrección funcional: glúteo medio, piriforme, liberación de cadera, isquios altos.
Mejora en zancada y potencia de remate.
La sesión anterior había dado resultados medibles.
Lo sabía porque Dober había llegado a pagarle con menos cara de querer enterrarlo.
Eso, en el vocabulario emocional de esa Uma, equivalía casi a un abrazo.
—Bien —dijo, dejando la tablilla—.
Dos cosas que no falten hoy: profesionalismo y columna vertebral intacta.
Comprobó que el aceite neutro estuviera a temperatura ambiente.
Comprobó que la puerta cerrara por dentro.
Comprobó que el reloj del pasillo marcara justo la hora acordada.
Todo en orden.
Solo faltaba la bestia.
…
No golpeó.
La puerta se abrió directamente.
Cali giró la cabeza.
Dober vestía el habitual uniforme deportivo rojo de la academia.
Eso era lo esperado.
Pantalón a juego también.
Dober cerró la puerta a sus espaldas, atravesó el consultorio y dejó la bolsa en la silla y se cruzó de brazos mirándolo directamente.
—Qué —dijo, sin entonación de pregunta.
Cali cerró la boca.
La abrió.
La volvió a cerrar.
—Nada —respondió finalmente, girándose hacia la mesa auxiliar con una energía muy concreta de “no voy a perder este trabajo hoy”.
—Llevas tres segundos mirando.
—Estaba repasando mis fundamentos.
—¿Qué cosa?
—El mapa de bloqueo muscular común.
—No me mires mientras escupes mentiras.
—Jaa!.
No es mi culpa que usted estuviera en medio, por favor muévase a otro lado, no entorpezca mis refinados ojos.
Dober dejó escapar un sonido corto y afilado.
Miró atrás, y sorprendentemente, si había una cartulina con trazos aquí y allá, horrenda, pero había.
Satisfecha no estaba.
Pero tampoco insistió.
Se acercó a la camilla y la examinó con la expresión de quien revisa terreno enemigo antes de avanzar.
-Voy a llenar el formulario de atención, preparece en tanto.
Cali fue al escritorio para tomar la hoja y el bolígrafo.
Ella dio un suspiro de indignación, pero lo ignoraría.
Sentada encima de la camilla, sin decoro empezó a retirarse su chanda y pantalón deportivo.
-Listo, creo que podemos comenzar con la-… El entrenador se detuvo al enfocar sus “Refinados ojos”, en su paciente.
Lo inesperado era la calidad de esa ropa.
Una prenda superior ajustada, de un material liso y fino que dejaba de ser funcional y pasaba a ser otra categoría completamente distinta.
Oscura.
Sin excesos de tela o adornos.
Diseñada para moverse sin estorbo durante una carrera.
Pero desde luego, no vería a esta Uma corriendo con ese estilo, con ese top y pantaloncillos (cacheteros) deportivos.
—¿Por qué viniste más, emmm, preparada que la última vez?
—preguntó él, ya más compuesto, volviendo a girar sobre sus talones al escritorio.
—La última vez no sabía lo que ibas a hacer.
—¿Y ahora sí?.
—Si, por eso informé mi problema nates de venir.
Lo dijo sin énfasis.
Sin drama.
Cali lo procesó un segundo, antes de responder.
—Qué generoso de su parte señorita.
—No es generoso.
Si funciona, elimino obstáculos para que funcione mejor.
Él giró apenas el cuello.
Mirando las reverendas telas y a su dueña, que, por supuesto, estaba aquí para picarle las cortillas.
—¿La ropa es el obstáculo?
—La ropa gruesa de entrenamiento genera fricción y limita el trabajo.
Tú mismo me lo dijiste la otra vez.
—Sugerí que sería más cómodo si—.
—Aquí estoy.
—Dober extendió los brazos levemente, como presentando un argumento irrefutable—.
¿Vas a trabajar o te quedas mirando la ropa?
Cali exhaló por la nariz.
Bien.
Muy bien.
Trabajo.
Solo trabajo.
—Boca abajo —dijo, tomando la tablilla y revisando las notas.
Dober se subió a la camilla sin ceremonia ni vacilación.
Nada de esa compostura cuidadosa de McQueen.
Ninguna preparación ritual.
Solo el movimiento eficiente de quien sabe exactamente adónde va y no necesita disculparse por ello.
Se acomodó boca abajo.
Giró el rostro hacia un lado.
Y guardó silencio.
Eso ya era señal de que estaba lista.
Cali acomodó la toalla donde era necesario, manteniendo sin excepción el mismo protocolo de siempre.
—Antes de empezar —dijo—, quiero ver la evolución desde la última sesión.
Voy a comparar respuesta en los mismos puntos de la vez pasada.
Después decido si seguimos igual o agregamos.
—Aumenta la zona.
—Eso lo decido yo.
—Estaba informándote de mi preferencia.
—Su preferencia será tomada en cuenta exactamente como corresponde.
—Lo que significa que la ignorarás.
—Significa que la evaluaré, y determinaré si lo hago o no, en lugar de con orgullo atlético.
Dober hundió el mentón un poco más en la toalla.
Eso, en ella, era su versión de “procede”.
Cali comenzó.
La diferencia con la sesión anterior se hizo evidente en los primeros veinte segundos.
El tejido no estaba igual.
Seguía siendo denso, sí, seguía respondiendo con resistencia, porque ese era el carácter físico de Dober tanto como el emocional.
Pero ya no había esa dureza defensiva del músculo que nunca había sido trabajado.
Era tejido que recordaba el contacto anterior.
Que sabía lo que venía.
Que, por encima de toda la actitud de la dueña, respondía antes de que le ordenaran hacerlo.
—Mejoró —dijo Cali, más para sí que para ella.
—Lo sé.
—¿Cuándo lo notaste?
Una pausa.
—En el último sprint de la semana.
El remate no tardó tanto en llegar.
Salió más natural.
—¿Natural es la palabra que usarías?
—Es la que me conviene sin darle más mérito del necesario.
—Qué eficiente.
—Gracias.
Cali presionó el glúteo lateral con intención firme.
Dober inhaló.
—Ahí.
—Lo sé.
Volvió a ese punto.
Esta vez más sostenido.
Ella no emitió sonido.
Pero sus dedos se abrieron levemente sobre la toalla, lo que era, en su propio registro, una confesión de que dolía bien.
—Hay tensión residual en el piriforme —dijo él—.
Sobre todo del lado derecho.
¿Tu remate sale distinto de ese costado?
Una pausa larga.
—A veces.
—¿Con qué frecuencia?
—Cuando llevo demasiadas jornadas sin soltar.
—¿Qué significa “sin soltar” para ti?
Dober levantó apenas la cabeza.
—¿Me estás psicoanalizando otra vez?
—Estoy calibrando la frecuencia de sesiones necesarias.
Ella volvió a apoyar el mentón.
—Demasiado seguido.
—Eso me sirve.
Continuó el trabajo.
PRESIÓN LIBERACIÓN CÁMBIO DE ÁNGULO.
La zona alta del isquio en su inserción.
El borde lateral de la cadera donde la tensión se acumulaba sin que nadie lo viera desde afuera.
Todo lo que el entrenamiento convencional no alcanzaba porque nadie se acercaba lo suficiente como para encontrarlo.
Dober quedándose quieta.
No relajada.
Tranquila.
Como un predador que todavía está alerta pero ha decidido, de momento, no malgastar energía en defenderse de algo que no va a atacarla.
—Ahora voy a revisar cuádriceps y pantorrillas —dijo Cali.
Silencio.
—Dober-san.
—Ya te escuché.
—¿Tiene algún problema?
—Depende, ¿por qué?.
—Porque la fuga que detecté no termina en cadera.
Palpó hacia abajo.
-Si la liberación de glúteo mejoró el inicio, pero el cuádriceps sigue respondiendo tarde en la fase media, el remate seguirá costando.
Dober procesó eso.
Se le notaba en la pequeña quietud antes de responder.
—Entonces trabaja ahí también.
—Necesito que se voltee.
Una pausa más larga.
—Espera.
Se escuchó el pequeño ajuste de la toalla antes de que ella se moviera.
Cuando giró, lo hizo con la eficiencia de siempre.
Sin pudor exagerado ni ceremonias.
Pero con un cuidado muy concreto en asegurarse de que las coberturas estuvieran donde debían.
Cali mantuvo la vista en la hoja durante ese proceso.
No por modestia, no, absolutamente no lo era.
Por cordura laboral, si, era por eso.
—Lista.
Dijo ella.
Él se acercó.
Cuádriceps proximal primero, cerca de donde la cadera terminaba y el muslo comenzaba.
Encontró la tensión al segundo contacto.
—Aquí está el problema.
(dijo).
—Qué veloz.
—No soy veloz.
Es que es graaaaaannnnde.
Dober lo miró desde la camilla.
—Ja, no te emociones.
—Hablo del punto de tensión.
—Yaaa.
—¿Duda de eso?
—No.
Haz tu trabajo.
Cali aplicó presión descendente.
Buscó el recorrido del recto femoral primero, luego del vasto lateral.
El músculo respondió con ese tipo de dureza que viene de velocidad y potencia sin suficiente trabajo de recuperación.
—Ufff, Dober-san, esto, duele.
La joven dama se retorcía, no lo demostraría, pero sus manos apachurrando la pobre camilla no estaban de acuerdo en ocultar sus queja.
—Lo- lo sé.
Sigue.
—No es pregunta.
Es aviso.
—¡Y mi aviso es que sigas!.
Él siguió.
La presión fue sistemática.
Lenta.
Sin compasión especial, pero sin ensañamiento.
Dober se relajó, y sus manos tambien, apretó la toalla entre los dedos un par de veces.
No habló.
Respiró con más deliberación de la habitual.
Pero no pidió parar.
Porque eso era Dober: incluso cuando cedía, lo hacía hacia adelante.
Cali llegó al tercio medio del cuádricep y encontró el nudo exacto que le interesaba.
Presionó soteniendo..
El aire de ella salió en una línea larga y controlada.
—Ahí está —murmuró él.
Ella no respondió.
Sus ojos, fijos en el piso.
No de dolor.
De ese alivio que llega justo después.
—Bien —dijo Cali—.
El remate va a salir mejor desde este punto en adelante.
Pero necesita atención.
—Cuántas veces.
—Dos por semana durante tres semanas.
Después vemos.
—Bien.
Pasó al vasto medial.
Y luego, con el mismo ritmo sin prisa, bajó hasta pantorrilla.
Aquí el tejido era diferente.
Menos denso.
Más reactivo.
Y mucho más personal, porque la pantorrilla en velocistas hablaba de arranque, de ese primer metro donde todo se decidía antes de que la cabeza terminara de registrar que la carrera había comenzado.
—El tríceps sural está bien —dijo—.
Lo que me preocupa es el sóleo.
¿Sientes pesadez en arranque?
—A veces.
Solo a veces.
—¿Cuándo fue la última vez que descansaste de verdad?
Dober levantó apenas los hombros.
—No recuerdo.
Cali suspiró por la nariz.
—Ese es el problema.
—Conmigo o con el músculo.
—Con los dos.
Pero el músculo al menos se deja trabajar.
Ella bajó la vista hacia él.
—¿Eso fue un insulto?
—Fue una observación clínica sobre el nivel de cooperación comparado se, ño, ri, ta.
—Coopero perfectamente.
—Señorita, lleva tres sesiones amenazándome con diversas formas de violencia.
—Y aún así sigo volviendo.
Eso es compromiso.
Cali miró hacia arriba un segundo.
—Tiene usted una filosofía muy particular.
—Tengo resultados.
Eso me basta.
Él no respondió de inmediato.
Siguió con la presión sobre el sóleo.
Sistemática.
Un poco más lenta.
Porque ahí, en ese músculo olvidado por el entrenamiento convencional, estaban los segundos que a veces hacían la diferencia entre remate limpio y remate tardío.
Dober lo sintió.
El tipo de alivio que llega cuando algo que llevaba tiempo cargado se suelta sin aviso.
—Ah.
Solo eso.
Una sílaba.
Pequeña.
Completamente involuntaria.
Cali no sonrió.
Pero casi, casi se le sale una burla.
—Eso que acaba de notar —dijo— es lo que la pantorrilla tenía que soltar hace tres semanas.
—No lo sabía.
—Por eso estoy aquí.
Dober lo miró fijo.
Una de esas miradas largas que rara vez dirigía hacia alguien sin intención de intimidar.
Esta vez era diferente.
No era amenaza.
Era evaluación.
—A veces me resulta irritante que seas útil —dijo.
—Entiendo.
A mí también me resulta irritante ser útil para las cosas equivocadas.
—¿Esto es lo equivocado?
—No.
Pero cobro poco para lo que entrego.
Ella soltó una risita corta.
Seca.
—Eso ya lo arreglarás.
—Cuente con ello.
Terminó la pantorrilla.
Le cubrió la pierna.
Y fue hacia el otro lado para repetir el trabajo.
El segundo cuádricep estaba un poco menos tenso.
La segunda pantorrilla, más.
Datos útiles.
Asimetría.
Cali los anotó en la hoja mentalmente mientras trabajaba.
—Más sóleo del lado izquierdo —dijo—.
¿Tienes historial de tropiezo o apoyo irregular en salida?
—Una vez.
Hace dos temporadas.
—¿Se atendió?
—No hizo falta.
Se pasó solo.
—Los músculos no olvidan, aunque el dolor desaparezca.
Dober no respondió.
Pero su mirada cambió un poco.
Como si esa frase hubiera ido a un lugar que no era el músculo.
Cali terminó.
Retiró las manos.
Tomó la toalla pequeña y la dejó a su costado.
—Listo.
Hubo un silencio.
Dober no se movió enseguida.
No porque no pudiera.
Porque algo en su expresión estaba procesando cosas al ritmo lento que adoptaba cuando el cuerpo iba más adelante que el orgullo.
Cali se levantó del banco rodante y fue a dejar el aceite.
—Proto debería notar diferencia real en el arranque del lado izquierdo dale 2 días.
No antes.
No te desesperes.
—No me desespero.
—Yaaaa~.
—Nunca.
—Claaaaro~.
—Cali.
—Sí.
—Gracias por la sala sola.
Él se giró.
Esa frase no era protocolo.
Tampoco era exactamente gratitud.
Era la versión de Dober de decirle que la privacidad importaba.
Que eso que pasaba en esta sala, fuera lo que fuera, no podía contaminarse con miradas ajenas.
—De nada —respondió, simple.
Dober se incorporó al borde de la camilla.
Un movimiento más limpio que la última vez.
Mucho más fluido.
Ella lo notó.
Él tambien.
Y, no dijeron nada.
Dober se quedó sentada, mirando el suelo, con ese silencio raro que le era propio cuando algo le funcionaba tan bien que no sabía cómo recibirlo.
—Oye… —dijo al fin.
—Adelante.
—¿Tú recibes este tipo de trabajo?
Cali frunció levemente el ceño.
—¿A qué se refiere?
—Masaje deportivo.
Recuperación.
Corrección funcional.
—…, tengo mis métodos.
—¿Cuáles?
—Eso es secreto profesional señorita, no permitiré que me quite el empleo.
Dober lo miró fijo.
—Eso es lo peor que puedes hacer.
—Bienvenida a mi vida.
Ella se puso de pie despacio.
Y Cali, que conocía ya suficientemente bien ese tipo de silencio precedido de movimiento deliberado, sintió algo muy pequeño en la base del cuello que le avisaba que la sesión no había terminado de la manera que él creía.
—Cali.
—¿Sí?
—Acuéstate.
Él parpadeó.
—¿Cómo?
—En la camilla.
—Dober señaló con la cabeza—.
Ya.
—Dober-san… —No es pregunta.
—Soy el entrenador.
Esto no es cómo funciona una sesión de—.
La mano de Dober se cerró en el cuello de su bata.
Con la fuerza de una Uma.
—Ya sé que no es así como funciona —dijo, con una voz que era mucho más quieta que de costumbre, lo cual era, paradójicamente, más amenazante—.
Por eso no te estoy pidiendo tu opinió, jujujum.
Le dio una sonrisa, con sus ojitos cerrados.
Cali la miró.
—Oooye, voy a perder el trabajo.
—Solo si alguien se entera.
—Hay protocolos.
Ella lo giró hacia la camilla empujándolo hacia ella.
—Que tú mismo ignoras y tiras a tacho cada vez que nadie mira Silencio.
Punto irrefutable.
—Esto es diferente —intentó.
—Siéntate.
—Dober-san.
Ella se forzó sobre él, recostándolo, ayudándose con su otra mano.
—¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
Cali miró la camilla que ya apoyaba su cabeza y espalda.
Miró a Dober.
Volvió a mirar la camilla.
—Si esto sale mal, el acuerdo sube.
—Siempre estás pensando en dinero.
—Y usted siempre está pensando en control.
Hoy ambos salimos perdiendo un poco.
Dober soltó la bata.
Le miró directo a los ojos, dejando en claro su orden.
-Buuueeeeeeno.
Cali soltó la tablilla al piso con una resignación de quien ha aprendido que ciertas batallas no valen la columna lumbar.
Subió sus piernas y estaba listo.
—¿Boca abajo o no?
—preguntó.
—Como te dé la gana.
Ya verás lo que hago.
Se acostó boca abajo.
Y tuvo el muy concreto pensamiento de que si alguien entraba en ese momento, la narrativa de “entrenador especializado en masajes deportivos” iba a necesitar mucho trabajo de relaciones públicas.
Dober tomó la toalla pequeña.
La examinó un segundo.
La dejó a un lado porque no le interesaban protocolos.
Se sentó al borde de la camilla, a su costado, y apoyó las dos manos sobre su espalda alta sin más preámbulo.
Cali sintió de inmediato que las manos de Dober no eran manos de terapeuta.
Eran manos de alguien que había pasado años llevando un cuerpo que exigía todo, que sabía exactamente dónde acumulaba la tensión ajena porque conocía bien la propia.
No era técnica fina.
Era presión instintiva.
Y, a pesar de todo, funcionaba.
—Estás tenso —dijo.
—No, estoy en Acapulco…, acabo de ser secuestrado hacia mi propia camilla.
—Antes de eso.
Cali no respondió.
Dober presionó el trapecio izquierdo con el pulgar.
Él apretó la toalla.
—Ahí —murmuró ella, con una satisfacción molesta.
—No diga eso.
—¿Por qué?
—Porque suena igual que yo cuando lo digo con usted y no me gusta estar de este lado.
Dober hizo algo que no había hecho en mucho tiempo en presencia de otra persona.
Sonrió de verdad.
Solo un segundo.
Solo para ella.
—¿Hace cuánto no te dan un masaje decente?
—preguntó.
—Defina “decente”.
—Sin que tengas que pedirlo.
Silencio.
—Tiempo.
—Lo imaginaba.
Movió las manos hacia la zona dorsal media.
Sin aceite.
Sin la precisión clínica de él.
Pero con una presión que tenía algo diferente: el peso exacto de alguien que no está midiendo qué está permitido.
Que solo está devolviendo algo.
—Por qué haces esto —dijo Cali, con la cara hundida en la toalla.
—Porque tú entrenas a Urara.
—No tenía sentido eso.
—Y llevas semanas trabajando músculos ajenos.
—Dober aplicó presión lenta sobre la zona lumbar baja—.
El cuerpo del que cuida los demás también se rompe.
Otro silencio.
Largo.
Del tipo que ninguno de los dos estaba habituado a dejar estar sin cubrirlo con algo.
—Dober-san.
—¿Qué.
—Esto sigue siendo parte del trato.
—No.
—¿Entonces qué es?
Ella levantó las manos un segundo.
Las volvió a apoyar.
—Un ajuste —dijo al fin.
Cali recordó esa palabra.
La había usado con los arándanos.
La misma.
Exactamente la misma.
No pudo evitar sonreír muy poco contra la toalla.
—Qué generosa cuando quiere.
—No empieces.
—No empiezo.
Solo observo.
—Observar es lo tuyo.
—Y usted nunca deja de sorprenderme.
—Cali.
—¿Sí?
—Cállate y deja que termine.
Él guardó silencio.
Esta vez de verdad.
Dober trabajó durante varios minutos.
Sin protocolo.
Sin hoja de seguimiento.
Sin aceite ni tablilla ni reloj.
Solo ese conocimiento físico instintivo que tienen los cuerpos que se exigen demasiado cuando se encuentran con otro que también lo ha hecho.
Algo entre la zona lumbar y los hombros de Cali fue cediendo.
No dramáticamente.
Solo lo suficiente.
Como cuando una frase que uno llevaba guardada demasiado tiempo finalmente encuentra la manera de salir sin romperse.
Dober se detuvo.
No anunció que había terminado.
Solo retiró las manos y se levantó del borde de la camilla.
Cali permaneció quieto un momento.
Luego se incorporó despacio.
Y cuando se sentó al borde y la miró, encontró a Dober de espaldas, recogiendo su bolsa, con esa compostura que usaba exactamente cuando algo la había descubierto más de lo que le gustaba.
—¿Te sirvió?
—preguntó ella, sin girarse.
—Sí.
—Bien.
—¿Por qué lo hiciste realmente?
Un silencio.
—Ya lo dije.
—Dijo “un ajuste”.
Eso no es respuesta.
Dober se giró apenas.
Lo justo para que él pudiera ver el borde de su perfil.
—Porque si te rompes no tengo quién me pague las deudas —dijo, con esa voz plana que usaba para proteger lo verdadero.
Cali la miró un momento.
Luego asintió.
—Tiene sentido.
—Claro que sí.
—Pragmática hasta el final.
—Hasta el final.
Tomó la bolsa.
Fue hacia la puerta.
Y, justo antes de salir, como si fuera un trámite menor, soltó: —La semana que viene también quiero la sala sola.
—Lo agendaré.
—Y el aceite neutro.
—Ya lo tengo en cuenta.
—Y no llegues tarde.
—Dober-san.
—Cali levantó una ceja—.
Nunca llego tarde.
—Esta semana llegaste dos minutos antes.
—Eso es puntualidad proactiva.
—Eso es ansiedad disfrazada.
Él abrió la boca.
La cerró.
—Vaya lejos.
Dober empujó la puerta.
Sin mirar atrás.
Pero lo suficientemente despacio como para escuchar la siguiente frase.
—Mejore su remate —dijo Cali—.
Lo estaré observando.
—Lo sé —respondió ella desde el umbral—.
Por eso mejoraré.
Y se fue.
La puerta se cerró.
Cali se quedó sentado al borde de la camilla, en la sala vacía, con la espalda más liviana de lo que había estado en semanas.
Miró sus propias manos un momento.
Algo que no iba a anotar en ninguna tablilla.
Tomó la hoja.
Buscó el bolígrafo.
Y en la sección de “observaciones de sesión”, escribió solo dos palabras que no explicaban absolutamente nada: Ajuste bilateral.
Recogió las toallas.
Apagó la lámpara suave.
Y salió de la sala imaginando el buen sueldo que recibiría por los comentario y recomendaciones de sus pacientes, si era solo trabajo.
Y la intuición le susurraba que, era sería muy jugosa.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR Toooodo está bien, hasta que te j*des la espalda…
Así que como lectores responsables, les pido.
Levántense y estiren conmigo, que no lectores no pueden tener escoliosis o problemas lumbares ¡VAMOS!
1.
2.
1.
2.
Listo; espero y te hayas levantado, cuida esa postura y esas vertebras.
Deja tu apreciación y comentarios, arrójamelos…
-Manchame con tus palabras.
-Sé que lo deseas.
-Pero está bien; lo tomaré.
-Damelo dámelo…, DAMELO TO- Y bueno, comparte.
GUIÑO GUIÑO.