Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 CAP 06 “Encaje negro y líneas cruzadas”
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3: CAP 06: “Encaje negro y líneas cruzadas” 3: CAP 06: “Encaje negro y líneas cruzadas” Unos días después, el reloj de la sala de recuperación volvía a marcar la misma hora privada.
Cali revisaba el inventario de aceites, esperando un turno que, técnicamente, no estaba programado para esa semana.
Pero Dober había sido clara en su mensaje: “Tengo una molestia.
Abre la sala.”.
Cuando la puerta corrediza se cerró, lo hizo con el clic metálico del seguro.
Cali se giró lentamente.
Reflexionando del por que el intento de secretismo, si ella era una mangaca con, últimamente, gustos muy cuestionables, pero nadie la juzgaría aquí, entonces ¿por qué?
—Ponerle seguro a la puerta desde adentro viola al menos tres normativas de la academia, Dober-san.
—Entonces no se lo digas a la academia —respondió ella.
No traía su bolso habitual.
Tampoco la actitud defensiva de la última vez.
Hoy había algo diferente en su postura.
Un filo nuevo.
Una calma de una bestia.
—¿Qué molestia?
—preguntó él cuándo ella se se paró de la puerta y caminó por el consultorio, cruzándose de brazos y aferrándose a su rol clínico —Tu remate y zancada están en parámetros óptimos.
Lo vi en la pista ayer.
Dober dio un paso hacia la camilla.
—No es la patada.
Es el braceo.
Cali frunció el ceño.
—¿El braceo?
—Hay una restricción en la fase de empuje.
Cuando llevo los brazos hacia atrás, siento tirantez adelante, no puedo abrir cuánto quisiera.
Me quita medio segundo en la salida.
Necesito que lo liberes.
La mente de Cali procesó la biomecánica al instante.
Tirantez en la cadena anterior durante el braceo.
Restricción en la fase de empuje.
Eso significaba deltoides anterior, fascia clavicular y… Pectorales.
Cali bajó los brazos.
Su expresión profesional se endureció, porque acababa de ver la trampa a un kilómetro de distancia.
—Dober-san.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente qué músculos controlan esa fase.
—Sí.
Y tú sabes cómo liberarlos.
—No voy a hacer un masaje pectoral.
No en esta sala, no bajo estos términos, y definitivamente no contigo.
Eso cruza una línea que no me conviene cruzar.
—Es para la carrera —dijo ella, con una inocencia tan falsa que resultaba venenosa—.
¿No eres tú el entrenador especializado en hacer posible lo imposible?
Él no respondió.
Ella tampoco esperó a que lo hiciera.
Dober llevó las manos al borde inferior de su chaqueta de calentamiento y tiró del cierre hacia abajo.
Cali estuvo a punto de darse la vuelta, esperando ver el clásico top deportivo grueso que comprimía y protegía su eficiencia como corredora.
La chaqueta cayó a la silla.
Y el aire en los pulmones de Cali se atascó.
No había top deportivo.
Llevaba un sujetador de encaje negro.
Fino.
Translúcido en los bordes.
Tan escandalosamente fuera de lugar en una sala de masajes deportivos que parecía un insulto directo a la cordura de Cali.
El contraste del negro contra su piel clara era un grito visual que no dejaba espacio para la mala interpretación.
—Dober… —La voz de Cali salió más ronca de lo que pretendía—.
Qué demonios llevas puesto.
—Ropa interior —respondió ella, sosteniéndole la mirada con un desafío absoluto—.
Dijiste que la ropa deportiva gruesa generaba fricción.
Vine preparada.
—Eso es encaje.
—Y tú eres un masajista.
Trabaja.
Cali cerró los ojos un segundo.
Sabía que se estaba pasando.
Ella sabía que se estaba pasando.
Era un chantaje psicológico puro: si él se negaba, ella ganaba porque probaba que él no podía lidiar con ella; si él aceptaba, ella ganaba porque lo obligaba a tocar terreno minado.
Pero podía aferrarse a algo, las reglas.
–Tu vestimenta no está permitida en las.
Debería de haber algo, un numeral que dijera que.
–(He?) Dober comenzó a sacar de su bolso unos papeles, en la portada “REGLAMENTO DE MASAJE”.
Se lo extendió hacia él y lo desafío.
–Mmmm, ¿quieres ver si estoy incumpliendo algo?
–Este… Pero cedió, el no se lo había leído a profundidad, y de seguro esta aristócrata ya había repasado e interpretado el manual, de manera que justificara lo que la cubría en este momento.
-Na- nada.
—Boca arriba —dijo él al fin, arrastrando las palabras.
Dober sonrió.
Una sonrisa diminuta, oscura y triunfal.
Se posicionó en la cabecera de la camilla.
Tomó sus auriculares para disociarse y no caer en tentación.
Acercó el taburete.
No usó aceite.
Si usaba aceite, perdería el control de la fricción.
Iba a hacerlo en seco, usando solo el borde de los pulgares sobre las inserciones musculares cerca de la clavícula, manteniendo una distancia prudente del encaje.
—Inhala —ordenó, con un tono tan clínico que sonaba forzado.
Dober lo hizo.
Al respirar hondo, el encaje se tensó, elevando la línea de su pecho y acortando la distancia entre las manos de Cali y la tela negra.
Él tragó saliva.
Apoyó los pulgares justo por debajo de la clavícula, presionando el tejido fascial superior.
—Está tenso —admitió él.
—Te lo dije.
El problema era la proximidad.
El calor de su piel.
El olor a su perfume; pero afortunadamente, el olor a químicos de limpieza estaba neutralizándolo.
Cali movió los dedos milímetro a milímetro, delineando el borde superior del pectoral.
Su mente repetía mantras de anatomía para no pensar en lo que tenía a centímetros de los nudillos.
“Low Batery, pleace recharge.”.
Pero qué, que tienes contra mí, mundo.
Pero Dober no iba a dejar que se saliera con la suya.
No había venido por un masaje.
Había venido por una confirmación.
A los cinco minutos de sesión, Dober exhaló más fuerte de lo normal y movió el hombro derecho hacia arriba.
Un movimiento “accidental”.
Un ajuste de postura.
El pulgar de Cali resbaló.
El borde de su mano chocó contra la copa de encaje negro.
Cali se tensó y corrigió el ángulo al instante.
—Quédate quieta —gruñó.
—La camilla es incómoda —murmuró ella, moviendo ahora el lado izquierdo.
Su respiración se volvió menos rítmica.
Su pecho subía y bajaba rozando el dorso de la mano de Cali cada vez que él intentaba aplicar presión en la inserción muscular.
La fricción de la tela contra sus nudillos era una tortura eléctrica.
—Dober, basta.
—No estoy haciendo nada.
Él apretó la mandíbula.
Intentó anclar la mano para terminar la liberación fascial de una vez por todas.
Bajó un poco más buscando el vientre del músculo.
Dober volvió a moverse.
Esta vez un arco sutil en la espalda alta.
La barrera se rompió.
Los dedos de Cali, que buscaban firmeza, resbalaron por el sudor ligero y el movimiento.
Su mano entera cruzó la línea, deslizándose por debajo del borde superior del encaje negro, hundiéndose directamente contra la piel suave, plena y cálida de su pecho.
El cerebro de Cali hizo cortocircuito.
Se detuvo en seco.
Todo su cuerpo se congeló ante la sensación del peso suave bajo su palma y el roce áspero del encaje sobre su dorso.
El instinto de supervivencia gritó que retrocediera inmediatamente.
Hizo el amago de tirar de la mano hacia atrás como si se hubiera quemado.
Pero Dober fue más rápida.
Su mano subió como un relámpago y atrapó la muñeca de Cali con una fuerza sorprendente.
No lo apartó.
Lo retuvo.
Los dedos de ella se cerraron sobre el brazo de él, clavando la palma de Cali exactamente donde había resbalado, obligándolo a sentir el latido de su corazón bajo la piel desprotegida por el encaje.
Cali alzó la vista, con los ojos muy abiertos, la máscara de MTAC hecha pedazos.
Dober lo estaba mirando.
Su rostro estaba levemente ruborizado, su respiración era agitada, pero en sus ojos brillaba una arrogancia venenosa, una victoria absoluta.
Confirmó lo que sospechaba.
Él estaba temblando.
—Vaya… —susurró ella, y una sonrisa perversa curvó sus labios—.
Qué técnica tan peculiar, entrenador.
—Dober…, suelta.
—¿Por qué?
—Ella apretó un poco más su muñeca contra sí misma—.
¿No estabas liberando la tensión?
Cali alzó la vista.
Dober lo estaba mirando.
Y sonreía.
Una sonrisa pequeña, afilada y absolutamente venenosa.
Acababa de confirmar lo que sospechaba: el control de Cali era una farsa.
Ella lo tenía contra las cuerdas.
Y en ese preciso instante, algo dentro de Cali hizo clic.
La sensación de pánico, la amenaza de la fuerza destructiva de una Uma, las reglas estrictas de Tracen…
de pronto, todo eso se comprimió en una sensación muy familiar.
Era la misma descarga de adrenalina que sentía en el mundo subterráneo al intentar desactivar un candado de seguridad electrónica de alta gama.
Era el mismo sudor frío de caminar sobre un campo minado para llegar a un objetivo.
Cali no era el tipo de agente que retrocedía cuando pisaba una mina.
Era el tipo de agente que decidía jugar con el detonador.
La expresión de sorpresa en el rostro del entrenador se desvaneció.
Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba, formando esa sonrisa torcida, oscura y genuinamente peligrosa que usaba en sus peores misiones.
Y una voz dentro de si salió por gritos, como si clamara por los derechos de la humanidad y en su mente escucho.
¡POR FAVOR, NO ME PIDAS QUE DEJE DE SER HOMBRE!
—Si vamos a jugar sucio con los explosivos, señorita Mejiro…
—susurró Cali, inclinándose un poco más sobre ella—.
No veo por qué deberíamos desactivar solo un lado.
Antes de que Dober pudiera procesar el cambio en sus ojos, Cali movió su mano libre.
Con una fluidez descarada, deslizó los dedos de su mano izquierda bajo la copa opuesta del encaje negro.
Dober soltó un jadeo ahogado, abriendo los ojos de par en par.
—El pectoral menor requiere un amasado profundo, ¿no dijo eso?
—añadió Cali, con voz ronca y burlona, retomando el masaje con ambas manos justo en el límite de la decencia, usando el pulgar para aplicar una presión firme y calculada sobre el músculo tenso bajo la tela.
El juego de poder acababa de estallar.
Dober no iba a retroceder.
Su orgullo Mejiro, mezclado con la rabia y una electricidad desconocida, se lo impedía.
Apretó la mandíbula, manteniendo su mano sobre la muñeca de él, negándose a apartar la mirada.
Cali tampoco cedió.
Siguió trabajando el tejido, sosteniendo la mirada desafiante de la pelinegra mientras la respiración de ambos se volvía irregular, pesada, llenando la sala de un eco asfixiante.
Era una guerra de resistencia.
Un choque para ver quién bajaba la mirada primero.
La fricción, el calor de la piel bajo el encaje, el pulso acelerado de Dober golpeando contra las yemas de Cali…
el campo minado estaba a punto de volar por los aires.
—Tiempo —dijo Cali de golpe, con la voz un poco rota.
Pasos bajaban al pisos chocando y haciendo un eco.
Cali sintió el calor de su cuerpo antes de que lo tocara.
Luego, la presión.
Dober se paró justo detrás de él, acorralándolo.
Se apoyó contra su espalda —aún solo con el sujetador puesto, él podía sentir la textura del encaje a través de su propia camisa— Y ella deslizó los brazos alrededor de la cintura de Cali, abrazándolo desde atrás.
Dober notó la rigidez de Cali.
Notó exactamente lo que él estaba tratando de esconder contra el borde de la mesada.
Ella soltó una risa baja, un sonido húmedo y ronco que vibró contra la nuca del entrenador.
Inclinó la cabeza y pegó los labios a su oreja.
—Toda esa actitud de intocable… —susurró Dober, con un tono dominante que destilaba veneno y posesión—.
Todo ese teatro de profesional aburrido, solo para terminar escondiéndote en una esquina porque no puedes controlarte.
–Ja, sé hasta donde puedo meter la cabeza señorita, y también cuando lanzar la de otra para salvar la mía, (proclamando en tono de suficiencia).
Las manos de Dober en su cintura se apretaron sutilmente, reclamando el territorio.
—Creías que tú eras el que dictaba las reglas con ese trato de dinero, ¿verdad?
—continuó ella, rozando su oreja con la nariz—.
Mírate.
~Jujujum~ —Yo decido cuándo trabajas.
Yo decido qué tocas.
Y ahora sé… —Su voz bajó a un murmullo oscuro y adictivo— que, aunque quieras huir de mí, tu cuerpo no te deja.
Lo soltó lentamente.
Se inclinó más hacia adelante.
Sus manos tomaron el bolígrafo y sujetaron el papel sobre el escritorio.
Firmó.
-Con esto terminamos por hoy.
Su calor se fue anunciado su separación de él.
Dober caminó hacia la silla, recogió su pantalón y su chaqueta; no entro al camerino se las puso en la sala de atención, subiendo el cierre con esa eficiencia implacable de siempre.
Tomó su bolso y quitó el seguro de la puerta.
Antes de salir, miró la espalda de Cali, que seguía paralizado en la esquina.
—Estaré esperando mi próxima cuota, entrenador —dijo.
–Y la próxima vez… asegúrate de usar aceite.
La puerta se cerró.
Cali se quedó solo, escuchando el goteo del grifo en el camerino, con la respiración calmada.
“Batery 95%, The bluetu device the concetion was sucelfuly”.
–¿Y a tí que te pasa?, quitándose y sujetando sus auriculares.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR Y cuándo menos te lo esperas: “Ohh- oye; sabes…, tenías los audífonos desconectados”.
“Haaaa-, ¿y escuchaste?”.
“Naaahhh p¨*nd*jo, estaba escuchado al cerdo de mi vecino chillar horribles melodías, PUES SI!, SI TE ESCUCHÉ”.
Así que les recomiendo verificar la conexión al bajo volumen de la música con el oído izquierdo y de ahí le suben el volumen, poco, a poco…, lentamente…, sintiendo como acarician tus células ciliares.
Cómo las tocan suav- ¡ !.
De cualquier manera, deja tus reseñas, te espero en el siguiente cap.