Un Bebé Secreto con el Multimillonario - Capítulo 50
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50: Verena Santiago 50: Verena Santiago —¿Por qué tienes las luces del cuarto encendidas?
—cuestionó una voz femenina.
La mujer encendió las luces y fulminó con la mirada a su hija—.
¿Qué escondes?
A Verena se le heló la sangre ante el tono severo de su madre.
Le recorrió un escalofrío por la espalda que hizo que su corazón se saltara varios latidos a la vez.
—No escondo nada —se defendió rápidamente.
—Entonces, ¿por qué tenías las luces apagadas?
—exigió la mujer.
Verena no respondió de inmediato, lo que impacientó aún más a la mujer.
—Llevas en tu cuarto desde la mañana y no has vuelto a bajar desde el desayuno.
¿Estás hablando con alguien?
—cuestionó.
Luego, miró el teléfono de Verena.
Estaba sobre la mesa—.
¿Con quién hablas?
Extendió la mano para cogerlo cuando sus ojos se posaron en otra cosa.
Era el cuaderno que Verena había estado usando para añadir detalles a sus personajes.
Su madre lo tomó y lo leyó mientras el rostro de Verena palidecía por completo.
Se le había olvidado cerrarlo y guardarlo cuando cerró el portátil.
Unos escalofríos le recorrieron la espalda mientras sus manos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de su vestido.
—¡¿Sigues con esto?!
—gritó la mujer, arrugando el cuaderno en su mano mientras fulminaba con la mirada a su hija—.
¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes esa manía tuya de escribir?
Ninguna hija mía será escritora.
¡No es una carrera!
—Me lo has dicho muchas veces, pero aun así quiero intentarlo.
—Verena miró a su madre suplicante—.
Por favor.
—Te vas a casar con Rodrigo en unos meses.
¿Crees que vas a poder apoyarlo como esposa simplemente escribiendo?
—Su tono hizo que a Verena se le pusiera la piel de gallina por el miedo—.
¿Así es como piensas avergonzarme ante la sociedad?
—Sabes que no quiero casarme, y menos con alguien como Rodrigo.
—Pues, ¿sabes qué?
No tienes ni voz ni voto en esto.
Sin dudarlo, hizo trizas el cuaderno con los dedos mientras Verena la miraba horrorizada.
Ese era el cuaderno que había estado usando para escribir la trama de su libro.
Y su madre lo había hecho pedazos.
Entonces, la mujer alcanzó el portátil y lo cogió, junto con el teléfono.
—Puede que pienses que Rodrigo no es una buena persona, pero tu padre y yo lo elegimos especialmente para ti.
Te hará feliz.
—Verena entrecerró los ojos hacia su madre.
Detestaba que la mujer le hablara como si tuviera cinco años—.
Recuperarás estas cosas cuando por fin entres en razón y te des cuenta de que estás atrapada aquí y que harás lo que yo diga, porque soy tu madre.
Cerró la puerta y Verena no tuvo fuerzas para oponerse mientras oía el suave sonido de la cerradura tras ella.
Su madre acababa de encerrarla, una vez más.
Y no había nada que pudiera hacer.
No era la primera vez que ocurría, y desde luego no sería la última.
Golpear la puerta con la mano sería un esfuerzo inútil, así que dio un golpe a la silla mientras intentaba contenerse.
Si se rebelaba, las acciones de ellos solo empeorarían.
Abajo,
La señora Santiago, la madre de Verena, bajó las escaleras con el portátil y el teléfono en la mano y los dejó caer sobre la mesa del comedor, justo enfrente de su marido, que estaba cenando.
—¿Le has vuelto a quitar sus cosas?
—cuestionó el hombre, echando un vistazo a los aparatos y a las llaves—.
¿Y la has encerrado?
—Sigue viviendo en su estúpido sueño de que alguna vez la dejaré ser escritora y publicar un libro estúpido.
—Se pellizcó el entrecejo con frustración mientras dejaba caer sobre la mesa las llaves del cuarto de Verena.
—Estás siendo demasiado dura con ella, ¿no crees?
—dijo él.
Hizo una pausa y continuó—: Deja que la chica sueñe, no es como si fuéramos a dejar que haga nada de eso.
Se va a casar con Rodrigo en unos meses, así que más vale que la dejes disfrutar hasta que se case con él.
La señora Santiago bufó y puso los ojos en blanco.
—Si le quitamos la vista de encima a Verena, podría escaparse.
Y quién sabe adónde podría huir.
Podríamos no encontrarla nunca.
—Y eso no es lo que quieren —añadió su otra hija, Samantha, mientras clavaba el tenedor en la carne.
Sus padres giraron la cabeza para mirarla—.
¿Qué?
¿No es la verdad?
Están dispuestos a obligar a su propia hija a un matrimonio que no quiere por sus deseos egoístas.
Saben, a veces me avergüenza mucho llamarlos padres.
—¡Samantha!
—espetó su madre, lanzándole una mirada asesina a su hija.
Luego, inspiró y espiró, calmando sus nervios—.
No quiero que subas a ayudar a tu hermana, ¿me entiendes?
Samantha miró fijamente a su madre con sus ojos azul terroso.
Se oscurecieron por un segundo antes de que apartara la mirada de la mujer, cogiera un trozo de carne de su plato con las manos desnudas, lo que hizo que la mujer retrocediera asqueada.
—No prometo nada.
—Paseó la mirada entre sus padres antes de levantarse y abandonar el comedor.
La señora Santiago se encaró con su marido.
—¿Cuándo vas a empezar a enseñarle modales a esa chica?
—le preguntó a su marido—.
Solo tiene dieciocho años y ya se comporta así.
Ya ni siquiera nos hace caso.
El señor Santiago suspiró y se reclinó en su silla.
—Samantha no es un problema del que debamos preocuparnos, pero lo que sí tenemos que hacer es vigilar a Verena más de cerca.
—Había un matiz tenso en su tono mientras miraba al vacío.
Ya había arreglado el matrimonio de Verena con Rodrigo Gromov, un hombre influyente y poderoso de Rusia.
La alianza matrimonial le traería muchos beneficios, y no le importaba si tenía que disciplinar a Verena a su manera para que obedeciera sus órdenes.
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