Un crimen no organizado - Capítulo 1
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1: Cap 1: El gran golpe (PILOTO) 1: Cap 1: El gran golpe (PILOTO) Era una noche oscura y… bueno, no tan oscura, porque el alumbrado público seguía funcionando, aunque con algunos parpadeos sospechosos.
La luna se reflejaba en los charcos de la reciente llovizna, y el aire olía a una mezcla de gasolina, basura y esperanza (aunque esta última solo la tenía Jacinto).
En un callejón a dos cuadras de la joyería “Brillante Destino” (nombre que Jacinto consideró una señal del universo), nuestro trío de genios del crimen se preparaba para ejecutar su plan.
Jacinto, con su inconfundible aura de autoconfianza sin fundamento, sacó una hoja de papel arrugada de su bolsillo y la extendió con solemnidad.
Era su mapa estratégico.
Josefina lo miró con escepticismo.
—Jacinto… esto es un boleto de autobús con garabatos.
Jacinto entrecerró los ojos, observándolo con detenimiento, como si tratara de convencerse de que su creación tenía sentido.
—¡Exacto!
Es un esquema minimalista para que no nos descubran.
Josefina se masajeó las sienes, intentando recordar en qué momento de su vida tomó el camino que la llevó a estar rodeada de semejantes genios criminales.
Fernando, mientras tanto, golpeaba su viejo portátil con la esperanza de que arrancara de una vez.
—Escuchen, muchachos, tengo el plan perfecto… si logro abrir este bendito archivo.
Josefina cruzó los brazos.
—Fernando, dime que al menos tienes una copia impresa.
Fernando se rió nerviosamente.
—¿Impresora?
Josefina, por favor, ¿quién usa papel en esta era digital?
—Tú no usas nada porque tu ordenador parece una tostadora con teclado.
Fernando abrió la boca para responder, pero Jacinto interrumpió con un golpe en la pared (que solo sirvió para que un gato saliera disparado del basurero y le bufara con odio).
—¡Basta de distracciones!
Estamos aquí por un motivo: ¡dar el golpe del siglo!
Josefina suspiró y se cruzó de brazos.
—¿Y cuál es el plan B si sale mal?
Jacinto se rascó la barba, claramente improvisando sobre la marcha.
—Huir.
—Fantástico.
Fernando, finalmente resignado con su ordenador, se acercó a la ventana trasera de la joyería, observando con cautela.
—Bien, el sistema de seguridad tiene sensores de movimiento y una cámara en la entrada.
—¡Déjame a mí!
—dijo Jacinto con confianza, sacando una linterna y apuntando directo a la cámara—.
¡Listo, la cegué!
Josefina lo miró horrorizada.
—Jacinto… la cámara tiene visión nocturna.
—¿Qué significa eso?
—Que acabas de alumbrarla como si le pidieras que nos grabe mejor.
Jacinto se quedó pensativo, con cara de quien acaba de descubrir que el fuego quema.
—Entonces… ¿corramos?
—Sí.
Y así, el gran golpe terminó antes de empezar, con tres sombras huyendo torpemente por el callejón mientras un perro guardián comenzaba a perseguirlos con entusiasmo.
Jacinto intentaba liderar la huida con dignidad, pero tropezó con un cubo de basura y se fue de cara al suelo.
—¡No me dejen, cobardes!
—gritó mientras Fernando y Josefina lo arrastraban para evitar que el perro le hiciera una revisión dental gratuita.
Doblaron una esquina y encontraron la peor pesadilla de cualquier criminal: un callejón sin salida.
—Bien, genial —dijo Josefina, jadeando—.
¿Y ahora qué, genio del crimen?
Jacinto miró hacia arriba, calculando posibilidades.
—Podemos escalar la reja.
Los tres miraron la reja de más de tres metros, con picos afilados en la parte superior.
—Ajá, claro, seguro —murmuró Fernando.
El perro dobló la esquina y se acercó a ellos con un gruñido.
Jacinto tragó saliva.
—Bueno, tal vez podamos negociar… El perro ladró.
—¡CORRAN!
Y de algún modo, lograron trepar la reja en tiempo récord, con una mezcla de instinto de supervivencia y desesperación absoluta.
Mientras tanto, en la comisaría de San Solano, los inspectores Adolfo y Juanjo estaban en plena crisis existencial… sobre galletas.
—¡No puedo creerlo, Juanjo!
Estas galletas prometían “sabor intenso” y saben a cartón mojado.
Juanjo, removiendo su café con la expresión de quien ha visto demasiado en la vida, asintió.
—Eso te pasa por confiar en la mercadotecnia.
—¿Y qué otra opción tengo?
¡Este trabajo no me deja espacio para el buen gusto!
Juanjo sonrió con sorna.
—Sí, claro, la dura vida del detective que resuelve casos mientras el crimen organizado se dedica a hacer chistes malos.
Justo en ese momento, sonó el teléfono.
Adolfo, con reflejos de felino (un felino con artritis), lo tomó de inmediato.
—¡Diga!
… ¿Cómo que tres figuras sospechosas intentando cegar una cámara de seguridad?
¡Juanjo, tenemos un caso!
Juanjo suspiró y se puso de pie con calma.
—Está bien, pero esta vez vamos en mi coche.
La última vez que usamos el tuyo, terminamos empujándolo diez cuadras.
—¡Mi coche es un clásico!
—Tu coche es una ruleta rusa con ruedas, Adolfo.
Sin más discusión, salieron disparados hacia la joyería.
En cuestión de minutos, estaban en la escena del casi-crimen.
Un guardia de seguridad los recibió, señalando hacia un callejón.
—Los vi correr por ahí.
Uno de ellos gritó algo sobre un perro, y luego desaparecieron.
Adolfo se cruzó de brazos con expresión grave.
—Mmmm… interesante.
Juanjo levantó una ceja.
—¿Qué es interesante?
—¡El perro!
¿Y si es un cómplice?
Juanjo parpadeó dos veces.
—Adolfo… ¿quieres decirme que crees que los ladrones tienen un perro de escape?
—¡Nada es imposible en esta ciudad!
Juanjo suspiró.
—Perfecto, ahora estamos cazando ladrones… y a Lassie.
El guardia de seguridad los miró, confundido.
—¿Entonces… van a perseguir al perro?
—Vamos a perseguir todas las pistas posibles, señor.
En esta ciudad, hasta una sombra puede ser una pista.
—Ajá.
Pues la única sombra que vi fue la de un tipo cayéndose en un basurero.
Juanjo y Adolfo intercambiaron miradas.
—Creo que ya sabemos a quiénes estamos buscando… Y así, comenzó la gran persecución de los criminales más desorganizados de San Solano.
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