Un crimen no organizado - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Cap 2 Un escondite poco estratégico
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2: Cap 2: Un escondite poco estratégico 2: Cap 2: Un escondite poco estratégico Después de la desastrosa huida del callejón sin salida (y tras sobrevivir a un perro guardián con complejo de velocirraptor), Jacinto, Fernando y Josefina corrían por las calles de San Solano sin un plan claro.
—¡Necesitamos un escondite!
—jadeó Fernando, sujetando su portátil como si fuera un tesoro invaluable (cuando en realidad, lo más valioso que tenía era un virus del 2008).
—¿Y dónde se supone que nos escondamos?
—preguntó Josefina, esquivando un basurero con la gracia de quien ya ha pasado por esto demasiadas veces.
Jacinto, con su instinto criminal infalible, miró a su alrededor en busca de la mejor opción.
Entonces, sus ojos se iluminaron al ver un letrero brillante que decía: “Juanito’s Pizzas – Abierto 24 horas” —¡A la pizzería!
—¿Es en serio?
—Josefina lo miró con incredulidad.
—¡Confía en mí!
—respondió Jacinto con su clásica seguridad injustificada.
Entraron a toda prisa y se deslizaron en una mesa del fondo, tratando de actuar con naturalidad.
Claro, su “naturalidad” consistía en respirar agitadamente, mirar a todos lados como si esperaran un ataque ninja y sudar como si acabaran de correr un maratón.
El dueño del lugar, Juanito, los miró con sospecha mientras se acercaba a tomarles la orden.
—¿Y ustedes qué?
Parecen haber visto un fantasma… o haber sido perseguidos por un perro.
—¡Jajaja, no!
Nada de eso —dijo Jacinto, intentando reír con casualidad, pero sonando más como un robot averiado—.
Solo… mucha hambre.
Juanito entrecerró los ojos.
—Ajá.
¿Y qué van a pedir?
Josefina, que aún tenía algo de dignidad, intentó calmarse.
—Solo una pizza grande de peperoni, por favor.
Juanito apuntó el pedido y se retiró lentamente, sin dejar de mirarlos.
Fernando se inclinó sobre la mesa.
—Creo que sospecha.
—Obvio que sospecha, Fernando —susurró Josefina—.
Estamos empapados en sudor, jadeando como si hubiéramos corrido una maratón, y Jacinto está actuando como un lunático.
—Yo siempre actúo así, eso es parte de mi encanto —se defendió Jacinto.
Josefina apoyó la frente sobre la mesa, preguntándose por qué no eligió una vida honrada y sencilla.
Pero antes de que pudieran relajarse, la televisión de la pizzería cambió de canal automáticamente a las noticias locales.
Y ahí, en la pantalla, apareció una imagen capturada por la cámara de seguridad de la joyería: tres siluetas sospechosas, una de ellas alumbrando directamente a la cámara como un amateur.
—¡Ay, no!
—susurró Fernando.
—¡Miren esos tipos!
—exclamó Juanito desde el mostrador—.
¡Unos verdaderos genios del crimen, eh!
Los tres se quedaron completamente quietos.
—…Son unos idiotas —continuó Juanito—.
¡Miren al de la linterna!
¡Parece que quería que lo grabaran bien!
—¡Jajaja, sí, qué tonto!
—dijo Jacinto, riendo nerviosamente.
—Bueno, al menos lograron escapar —dijo otro cliente—.
¿Quién sabe dónde estarán ahora?
Juanito los miró de reojo.
—Seguro en un lugar donde creen que nadie los encontrará.
Los tres tragaron saliva al mismo tiempo.
—Eh… sí, qué locura —murmuró Josefina.
En ese momento, la puerta de la pizzería se abrió con fuerza y entraron dos figuras familiares: los inspectores Adolfo y Juanjo.
—Dos pizzas de queso, por favor —pidió Juanjo, acercándose al mostrador.
—¿Y qué tal un café?
—añadió Adolfo—.
Tengo la sensación de que esta noche será larga… Los tres delincuentes se miraron, pálidos.
Habían elegido el peor escondite posible.
— Detectives con hambre y sospechas Adolfo y Juanjo se sentaron en una mesa cerca del mostrador, esperando su pizza.
—Bueno, aquí estamos —dijo Adolfo, removiendo su café—.
¿Sigues pensando que el perro es un cómplice?
Juanjo rodó los ojos.
—Te lo dije antes y te lo diré de nuevo: no hay perros criminales, Adolfo.
—¿Y si fuera un perro entrenado para distraernos?
—¿Y si fueras un detective entrenado para pensar con lógica?
Adolfo le lanzó una mirada de indignación antes de darle un sorbo a su café.
Mientras tanto, Jacinto, Fernando y Josefina intentaban encogerse en sus asientos sin éxito.
—¿Plan?
—susurró Fernando.
—Comer rápido y largarnos —respondió Josefina, cortando un trozo de pizza con movimientos tensos.
—¿Y si nos reconocen?
—preguntó Jacinto.
—Entonces… improvisamos.
Pero justo cuando estaban a punto de levantarse para pagar y salir, Adolfo se giró en su silla y miró en su dirección.
—Oye, ustedes —dijo con voz seria.
Los tres se congelaron.
—Ehh… ¿sí?
—respondió Jacinto, intentando parecer casual.
Adolfo los miró de arriba abajo.
—Esa pizza… se ve buena.
¿La recomiendan?
Los tres parpadearon, sin saber si sentirse aliviados o insultados.
—Ehh… sí —balbuceó Josefina—.
Muy buena.
—Genial —dijo Adolfo, volviendo a su café.
Los tres se quedaron inmóviles por un segundo más, hasta que Juanjo les dedicó una sonrisa amable.
—Que disfruten su cena.
Ese fue el punto de quiebre.
—¡CORRAN!
—gritó Jacinto, tirando su plato y saltando de la mesa.
—¡¿Pero qué…?!
—exclamó Adolfo, viendo cómo los tres salían disparados por la puerta de la pizzería como si los persiguiera el mismo demonio.
Juanjo se quedó quieto por un momento, masticando lentamente un trozo de pizza.
—Adolfo.
—¿Sí?
—Creo que eran nuestros sospechosos.
Adolfo suspiró.
—Sí… sí, creo que sí.
Se miraron en silencio por un segundo más antes de que Adolfo se pusiera de pie.
—Déjame terminar el café y vamos por ellos.
—¿Estás diciendo que la pizza es más importante que atrapar criminales?
Adolfo se encogió de hombros.
—Estoy diciendo que ya escaparon una vez, y si los conocemos bien… seguro se meterán en otro problema pronto.
Juanjo asintió lentamente.
—Sí, eso suena bastante probable.
Y con toda la calma del mundo, los inspectores terminaron su cena antes de salir a la persecución.
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