Un crimen no organizado - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Cap 10 El arte de falsificar o fracasar en el intento
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10: Cap 10: El arte de falsificar (o fracasar en el intento) 10: Cap 10: El arte de falsificar (o fracasar en el intento) Si la falsificación de billetes fuera un arte, Jacinto, Fernando y Josefina serían los niños de preescolar que todavía no saben agarrar bien los crayones.
La prueba era simple: Peluca Ramírez les había dado un billete falso y un bolígrafo, con la orden de replicarlo lo mejor posible.
El problema: ninguno tenía la más mínima idea de cómo hacer eso.
Jacinto tomó el bolígrafo con la confianza de quien no tiene nada de confianza.
—Bueno, chicos… manos a la obra.
Fernando, con la respiración acelerada, susurró: —Jacinto, no sabemos hacer esto.
—¡Pues invéntate algo!
—le respondió entre dientes.
Josefina apoyó la cabeza en la mesa y murmuró: —Dios mío… que me caiga un rayo y me saque de esta situación.
Peluca Ramírez se cruzó de brazos y sonrió con malicia.
—Vamos, muchachos, no tengo todo el día.
Jacinto tragó saliva y empezó a “trabajar”.
Lo que hizo a continuación quedaría en la historia del crimen como uno de los actos más ridículos jamás cometidos: 1.
Sacó una hoja en blanco y la colocó sobre el billete falso, como si fuera a calcarlo.
2.
Empezó a dibujar números y letras aleatorias, como si el dinero se hiciera con garabatos.
3.
Sopló sobre el papel con seriedad, como si eso hiciera la magia de la falsificación.
Fernando, horrorizado, susurró: —¿¡Qué demonios estás haciendo!?
Jacinto no respondió.
Estaba concentrado en su obra maestra del desastre.
Cuando terminó, sonrió con orgullo y mostró su “billete”.
Era una hoja arrugada con un dibujo de un billete hecho a bolígrafo.
Peluca lo miró.
Los falsificadores lo miraron.
Josefina se cubrió la cara con las manos.
Fernando hizo una mueca de dolor.
Hubo cinco segundos de silencio absoluto.
Entonces, Peluca estalló en carcajadas.
—¡Jajajajajajaja!
¡Dios mío!
¡No puedo creerlo!
¡Es el peor intento de falsificación que he visto en mi vida!
Jacinto se rió con él, tratando de seguir la corriente.
—Jajaja, sí… bueno… era… era una broma.
¡Por supuesto que no íbamos a falsificarlo así!
Fernando y Josefina lo miraron con odio puro.
Peluca recuperó el aliento y los señaló con el dedo.
—Me caen bien.
Son unos idiotas, pero tienen sentido del humor.
Jacinto asintió, con el corazón a mil por hora.
—Sí, sí, somos muy graciosos.
Peluca chasqueó los dedos y uno de sus hombres trajo un maletín.
—De todas formas, si van a trabajar con nosotros, necesitan herramientas de verdad.
Les voy a dar una máquina de impresión profesional.
Jacinto sintió un sudor frío recorrer su espalda.
—Oh… vaya… ¿de verdad?
Peluca abrió el maletín y mostró una impresora de alta calidad con tintas especiales.
—Esto es lo que usamos para imprimir nuestros billetes.
Si quieren ser parte del negocio, quiero ver qué hacen con esto.
Josefina murmuró: —Ya está.
Estamos condenados.
Fernando levantó una mano, temblando.
—Eh… solo para confirmar… si nuestro trabajo no es bueno, ¿qué pasa?
Peluca sonrió con la calma de un hombre que ha arrojado cuerpos al río antes.
—Pues… no pasaría nada bueno.
Jacinto tragó saliva y miró a sus compañeros.
—Bueno, chicos… supongo que ahora sí tenemos que aprender a falsificar billetes de verdad.
Josefina lo fulminó con la mirada.
—Te odio tanto, Jacinto.
Y así, el trío de delincuentes amateurs pasó de ser farsantes a falsificadores forzados.
¿Lograrían hacer un billete decente antes de que los descubrieran?
Todo indicaba que no.
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