Un crimen no organizado - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Cap 11 Falsificadores con problemas técnicos
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11: Cap 11: Falsificadores con problemas técnicos 11: Cap 11: Falsificadores con problemas técnicos Si Jacinto, Fernando y Josefina tuvieran que describir su situación en una sola palabra, probablemente sería: “desastre”.
Si pudieran usar dos palabras, sería: “desastre absoluto”.
Peluca Ramírez les había dado una impresora de alta calidad y tintas especiales para que demostraran sus “habilidades” como falsificadores.
Pero había un pequeño detalle que nadie había considerado: No tenían habilidades.
Ahora estaban en el diminuto departamento de Jacinto, mirando la impresora como si fuera un dispositivo alienígena dejado en la Tierra para confundir a los humanos.
—Bueno… —dijo Jacinto, cruzándose de brazos—.
Hagamos dinero.
Fernando frunció el ceño.
—No sé por qué hablas como si supieras lo que estás haciendo.
Josefina se frotó la cara con desesperación.
—Esto es una locura… Jacinto, ¿alguna vez has impreso algo en tu vida que no sea una hoja en blanco?
Jacinto levantó un dedo y sonrió.
—¡Sí!
Una vez imprimí mi currículum.
Fernando arqueó una ceja.
—¿Y te llamaron del trabajo?
Jacinto se rascó la cabeza.
—No, pero porque lo imprimí sin tinta.
Josefina lo miró con absoluto desprecio.
—Por supuesto que lo hiciste.
Decididos a no morir por incompetencia, los tres se pusieron a trabajar.
Fernando inspeccionó la impresora con la expresión de un científico tratando de entender un experimento peligroso.
—A ver… parece sencilla… solo hay que meter el papel, seleccionar la opción correcta y… Presionó un botón al azar.
La impresora pitó y comenzó a imprimir una receta de cocina.
Los tres miraron la hoja con absoluta incredulidad.
—¿”Pollo al curry en 20 minutos”?
—leyó Josefina en voz alta—.
¿Qué demonios hiciste, Fernando?
Fernando levantó las manos en defensa.
—¡No sé!
¡Solo apreté un botón!
Jacinto tomó la hoja con seriedad.
—Bueno… al menos ya sabemos qué cenar esta noche.
Josefina le quitó la hoja de las manos y la arrugó con furia.
—¡Concéntrense!
Tenemos que falsificar un billete antes de que nos descubran.
Jacinto suspiró.
—Bien, vamos a hacerlo como profesionales.
Cinco minutos después… El resultado fue un absoluto desastre.
Sobre la mesa había una pila de billetes completamente fallidos: Un billete con la cara de un perro en lugar de un presidente.
Uno con el nombre mal escrito: “Benjammín Franklín”.
Otro que decía “Vale por un café gratis”.
Y, el peor de todos, un billete que imprimieron al revés.
Josefina miró la pila de papel y suspiró.
—Nos van a matar.
Fernando golpeó la impresora con frustración.
—¡Esta cosa no sirve!
La impresora pitó en respuesta y expulsó otra receta de cocina.
Esta vez decía: “Cómo hacer panqueques esponjosos”.
Jacinto asintió con seriedad.
—Al menos estamos aprendiendo a cocinar.
Josefina cerró los ojos y murmuró: —Que me caiga un rayo y me saque de esta miseria.
Jacinto se rascó la cabeza, tratando de buscar una solución.
—A ver… ¿qué tal si intentamos imprimir en blanco y negro?
Fernando lo miró con incredulidad.
—Jacinto, los billetes tienen colores.
—Sí, pero tal vez el blanco y negro les dé un toque clásico, como de colección.
Josefina lo golpeó en el brazo.
—¡Jacinto, estamos intentando NO morir, no hacer una edición especial de dinero trucho!
De repente, sonó el teléfono.
Jacinto contestó con miedo.
—¿Sí?
Era Peluca Ramírez.
—Oigan, ¿cómo va la impresión?
Jacinto hizo una pausa y luego respondió con una confianza completamente falsa: —Oh, genial.
Perfectos.
Son idénticos a los originales.
Josefina y Fernando lo miraron con terror absoluto.
Peluca sonrió al otro lado de la línea.
—¡Excelente!
Porque voy a pasar a recogerlos en una hora.
Jacinto sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
—¿Una hora?
—Sí.
¡Quiero ver su trabajo en persona!
¡Nos vemos en un rato!
Clic.
Fernando dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—Nos van a matar.
Josefina empezó a hiperventilar.
Jacinto miró la pila de billetes defectuosos y suspiró.
—Bueno, chicos… o imprimimos algo decente en la próxima hora, o vamos a necesitar tres ataúdes.
La carrera contra el tiempo había comenzado.
Misión: imprimir dinero sin parecer idiotas Con el reloj en su contra, los tres comenzaron a trabajar frenéticamente.
Fernando trató de ajustar los colores de la impresora, pero accidentalmente la puso en modo fotocopia y terminó sacando una copia de su propia mano.
Josefina intentó buscar tutoriales en internet, pero su teléfono se quedó sin batería a los dos minutos.
Jacinto, en un último intento desesperado, miró la impresora y le susurró: —Por favor, imprímeme un billete decente y prometo nunca más engañar a nadie… bueno, casi nadie.
Presionó el botón y esperó.
La impresora pitó.
Los tres contuvieron la respiración.
Un billete salió lentamente de la máquina.
Era… “Válido solo en Monopoly”.
Jacinto lo tomó con cuidado y murmuró: —Bueno… al menos es dinero.
Josefina le arrebató el billete y lo rompió en pedazos.
—¡ESTAMOS PERDIDOS, JACINTO!
Fernando empezó a caminar en círculos.
—¡Nos van a descubrir!
¡Nos van a hacer picadillo y vamos a terminar en el fondo del río!
Jacinto trató de calmarlo.
—No seas dramático, Fernando.
Tal vez nos entierren en el bosque en vez de arrojarnos al río.
Josefina se agarró la cabeza.
—No puedo creer que mi vida dependa de dos idiotas.
Fernando se dejó caer en el sofá con desesperación.
—Ya está.
No podemos hacer un billete real.
Lo mejor que podemos hacer es rogar por un milagro.
Jacinto se quedó pensativo.
—O… podemos hacer algo mucho peor.
Josefina lo miró con sospecha.
—¿Peor?
Jacinto sonrió con picardía.
—Sí… y si todo sale bien, tal vez… nos salvemos de esta.
Los tres se quedaron en silencio.
Josefina suspiró.
—Odio cuando dices cosas como esa.
Fernando lo miró con recelo.
—¿Cuál es tu plan, Jacinto?
Jacinto se frotó las manos y respondió con una sonrisa malvada.
—Vamos a hacer que Peluca Ramírez piense que sus propios billetes son los falsos.
Josefina y Fernando se miraron con horror.
—Vamos a morir.
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