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Un crimen no organizado - Capítulo 23

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23: Cap 23: Cómo Todo Se Fue al Demonio en 5 Minutos 23: Cap 23: Cómo Todo Se Fue al Demonio en 5 Minutos Después del fracaso monumental en los túneles de San Solano, Jacinto decidió que necesitaban un cambio de estrategia.

—¡Ya sé cuál es el problema!

—dijo con entusiasmo mientras tomaba un enorme bocadillo de mortadela.

Josefina se cruzó de brazos.

—¿Aparte de que eres un desastre viviente?

Fernando asintió.

—¿Y de que tus planes siempre terminan en arrestos, accidentes o ataques de ratas?

Jacinto ignoró el sarcasmo y se limpió las manos en la camisa.

—¡El problema es que pensamos en pequeño!

Necesitamos hacer EL GOLPE DEL SIGLO.

Fernando frunció el ceño.

—Dios, tengo miedo.

Josefina lo miró con cansancio.

—Jacinto, ¿qué locura estás planeando esta vez?

Jacinto sacó un periódico arrugado y lo puso sobre la mesa.

—Miren esto… ¡El Gran Museo de San Solano va a exhibir la famosa “Esmeralda del Diablo”!

Fernando parpadeó.

—¿El qué del qué?

Josefina suspiró.

—Es una esmeralda gigantesca.

Dicen que tiene una maldición… Fernando dio un paso atrás.

—¡Ah no, yo con maldiciones no me meto!

Jacinto soltó una carcajada.

—¡Son solo cuentos!

Lo que importa es que vale millones.

Josefina se masajeó las sienes.

—Vale, supongamos que aceptamos esta locura… ¿Cómo diablos planeas robar algo tan valioso de un museo lleno de guardias, cámaras y sensores de movimiento?

Jacinto sonrió.

—¡Fácil!

Nos disfrazamos de equipo de mantenimiento y entramos sin que nadie sospeche.

Fernando alzó una ceja.

—Jacinto… nunca en la historia del crimen organizado ha funcionado un plan que empieza con “nos disfrazamos y entramos sin que nadie sospeche”.

Jacinto agitó la mano.

—¡Bah!

Detalles.

Lo importante es que esta vez todo va a salir perfecto.

Josefina resopló.

—¿Cuántas veces has dicho eso antes de que todo explote?

—Eh… bueno… esta vez será diferente.

— Operación: “No Somos Delincuentes, Somos Mantenimiento” La noche del robo, el equipo estaba listo.

Jacinto llevaba un mono azul de trabajador, aunque por alguna razón había escrito su nombre con un marcador en el pecho.

Fernando se puso unas gafas enormes.

—Si alguien nos pregunta, diremos que somos los técnicos del sistema eléctrico.

Josefina se miró al espejo con resignación.

—No puedo creer que me haya dejado convencer.

Caminaron hasta la entrada del museo empujando una caja de herramientas gigantesca.

El guardia de la puerta los miró con desconfianza.

—¿Y ustedes quiénes son?

Jacinto adoptó su mejor voz profesional.

—Buenas noches, señor.

Somos el equipo de mantenimiento.

El guardia miró la lista.

—No hay nadie programado para hoy.

Fernando se rascó la cabeza.

—Oh, eh… eso es porque… ¡Nos llamaron de emergencia!

Josefina asintió rápidamente.

—Sí, sí… fallo en el sistema eléctrico.

El guardia los miró fijamente.

—¿Y por qué no traen una escalera?

Hubo un silencio incómodo.

Jacinto tartamudeó.

—Eh… es una… una técnica nueva.

Usamos tecnología avanzada.

Fernando sudaba.

—Sí, ahora todo es inalámbrico.

El guardia parecía dudoso, pero finalmente suspiró.

—Bah, hagan lo que tengan que hacer.

— El Robo en Acción (O Cómo Todo Salió Horriblemente Mal en Cuestión de Minutos) Una vez dentro del museo, se movieron con rapidez hacia la sala de exhibición principal.

Ahí estaba: la Esmeralda del Diablo, brillando bajo un cristal de seguridad.

Fernando silbó.

—Dios… es enorme.

Jacinto sacó un destornillador.

—¡Vamos a trabajar!

Josefina lo detuvo.

—¡Espera!

Tiene sensores de movimiento.

Jacinto sacó una linterna y la apuntó a los sensores.

—Tranquila.

Lo vi en una película.

Si iluminamos los sensores con la misma luz, no nos detectarán.

Fernando lo miró con horror.

—¡Eso no tiene ningún sentido!

Pero Jacinto ya estaba desatornillando el cristal.

Josefina se llevó las manos a la cara.

—Voy a vomitar de los nervios.

Finalmente, Jacinto tomó la esmeralda y la levantó en el aire.

—¡Lo logramos!

En ese instante, sonó una alarma ensordecedora.

Fernando se llevó las manos a la cabeza.

—¡No puede ser!

¿Por qué SIEMPRE pasa esto?

Josefina gritó.

—¡CORRAN!

Jacinto intentó meter la esmeralda en la caja de herramientas, pero resbaló y la joya salió volando por el aire.

BOOM.

La esmeralda cayó directo sobre el pie de Fernando.

—¡¡MI DEDO DEL PIE!!

El guardia entró corriendo con un bate.

—¡ALTO AHÍ!

Jacinto empujó la caja de herramientas contra el guardia.

—¡Huye, equipo!

Josefina agarró la esmeralda y salió corriendo.

Fernando cojeaba detrás de ellos.

—¡No puedo correr!

¡Me duele todo!

Jacinto lo agarró del brazo y lo arrastró.

—¡Aguanta, hombre!

Salieron al pasillo principal justo cuando se cerraban las puertas de seguridad.

Josefina gritó.

—¡Rápido, antes de que nos atrapen!

Jacinto vio una estatua de un caballo y saltó sobre ella.

—¡Vamos a usar esto como catapulta!

Fernando miró a Josefina.

—¿Por qué lo seguimos?

—No sé.

Creo que tenemos una enfermedad mental.

Jacinto pisó la estatua con fuerza.

CRACK.

El caballo se partió en dos y los tres cayeron al suelo.

El guardia los rodeó con linterna en mano.

—Se acabó.

Fernando miró a Jacinto con furia.

—Nos atraparon otra vez.

Jacinto suspiró.

—Bueno… por lo menos lo intentamos.

Josefina gruñó.

—La próxima vez, te vamos a encerrar en un armario antes de que planees otra estupidez.

Mientras los llevaban esposados a la comisaría, Jacinto miró al cielo con nostalgia.

—Algún día… lo lograré.

Fernando rodó los ojos.

—Sí, claro.

Justo el día que los cerdos vuelen.

Y así terminaba otro intento desastroso de robo.

Pero todos sabían una cosa… Jacinto no se rendiría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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