Un crimen no organizado - Capítulo 39
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39: Cap 39: Jacinto y el Examen de Conducir 39: Cap 39: Jacinto y el Examen de Conducir San Solano amanecía con su característico caos matutino.
Los bocinazos, las discusiones de los conductores y los repartidores en bicicleta esquivando peatones eran el pan de cada día.
Pero hoy, algo aún más desastroso estaba por ocurrir: Jacinto tenía que presentar su examen de conducir.
Después de su desastroso intento de práctica con Adolfo, el inspector se había negado rotundamente a volver a subirse a un coche con él.
Por eso, contra todo pronóstico, Josefina y Fernando se ofrecieron a acompañarlo.
—No puede ser tan malo —dijo Josefina, intentando convencerse a sí misma.
—Claro, claro —respondió Fernando, con su teléfono listo para grabar el desastre—.
Solo es el tipo que casi nos mata por esquivar un gato.
Jacinto, con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo, ajustó su gorra.
—Esta vez lo haré bien.
Lo presiento.
—¿Lo presientes como cuando dijiste que podíamos robar la joyería sin problemas y terminamos en un contenedor de basura?
—preguntó Josefina, cruzándose de brazos.
—Ese es otro tipo de presentimiento.
—Bueno, pues que este sea mejor, porque si no, terminaremos en un hospital.
— EL EXAMINADOR DE HIERRO Al llegar a la oficina de tránsito, Jacinto se encontró con su examinador: un hombre calvo, con gafas de sol y una expresión de alguien que había visto lo peor de la humanidad… y sobrevivido.
—Soy el señor Matías, su examinador.
No acepto excusas, no acepto errores, y no acepto sobornos.
Jacinto trató de esconder el billete que tenía en la mano.
—Eh… yo no iba a ofrecerle nada, señor.
—Bien.
Entonces suba al coche.
Jacinto tragó saliva y se subió al vehículo de la autoescuela.
Josefina y Fernando se instalaron en la parte trasera, listos para ser testigos de la catástrofe.
—¿Tienes seguro de vida?
—le susurró Fernando a Josefina.
—No, pero a estas alturas debería.
Matías ajustó su cinturón de seguridad con un movimiento seco.
—Bien, señor Jacinto, arranque el coche y salga del estacionamiento.
Jacinto giró la llave y… ¡Brrrummm!
El motor rugió como si fuera un dragón despertando de una siesta de mil años.
—¿Era necesario hacer tanto ruido?
—preguntó Matías con el ceño fruncido.
—Quería asegurarme de que estaba encendido.
—Sí, claro.
Ahora, ponga primera y avance.
Jacinto, recordando la lección de Adolfo, respiró hondo y empezó a moverse con cuidado.
—¡Miren!
¡Estoy manejando bien!
—Es un estacionamiento, Jacinto —dijo Josefina—.
Aún no has tocado la carretera.
—Déjame disfrutar el momento.
— EL TERROR DE LAS CALLES Jacinto finalmente salió a la avenida principal de San Solano.
Matías lo observaba con la frialdad de un tiburón esperando el primer error.
—Bien, ahora gire a la derecha.
Jacinto activó el intermitente… y giró a la izquierda.
Matías levantó una ceja.
—Le dije derecha.
—Sí, pero… me gusta más esta calle.
—No estamos aquí para que elija su calle favorita, señor Jacinto.
Mientras tanto, Fernando estaba rojo de la risa en el asiento trasero.
—Esto es mejor que cualquier serie de televisión.
Matías resopló.
—Muy bien, estacionemos en paralelo.
Jacinto asintió y giró el volante.
El coche comenzó a maniobrar… y maniobrar… y maniobrar… —Eh, Jacinto… —susurró Josefina.
—Estoy concentrado.
—Sí, pero… llevas siete minutos y aún no has estacionado.
Jacinto se detuvo a medio camino.
—Bueno, esto es lo mejor que puedo hacer.
El coche estaba atravesado en la calle, ocupando dos carriles y bloqueando el tráfico.
Matías se masajeó las sienes.
—Esto es un insulto a la geometría.
—Pero técnicamente estoy estacionado.
—Sí… como un camión de mudanzas borracho.
— LA PRUEBA DE FRENADO Después de que Matías sufriera un leve colapso nervioso, ordenó a Jacinto que continuara con la prueba.
—Bien, ahora aceleraremos hasta 50 km/h y frenaremos de golpe cuando yo lo indique.
Jacinto puso cara de emoción.
—¡Oh, esto suena divertido!
Matías se agarró del tablero.
—NO, NO ES DIVERTIDO.
ES SOLO UNA PRUEBA.
Jacinto piso el acelerador y el coche salió disparado.
—¡FRENE!
Jacinto pisó el freno con todas sus fuerzas.
¡SKRRRRR!
Las ruedas rechinaron como un gato pisado, el coche se inclinó hacia adelante y Matías terminó con la cabeza golpeando el tablero.
—Ay… mi espalda… —gimió Matías.
Josefina y Fernando trataban de contener la risa.
—Bueno, técnicamente frenó, ¿no?
—dijo Fernando.
Matías se giró con los ojos inyectados en sangre.
—Si alguno de ustedes vuelve a abrir la boca, los hago caminar de regreso a la comisaría.
— EL EXAMEN FINAL…Y EL DESASTRE Después de varios giros erráticos, dos casi atropellos y un momento en el que Jacinto se olvidó de que tenía que cambiar de marcha, llegaron a la última parte del examen: el paso de peatones.
—Ahora, deténgase y deje cruzar a la gente.
Jacinto asintió y frenó con calma.
Un grupo de personas comenzó a cruzar lentamente.
—Bien, esto sí lo estás haciendo bien —dijo Josefina, sorprendida.
—Sí, por primera vez en la vida —añadió Fernando.
Pero entonces… ¡BEEP BEEP!
El coche de atrás empezó a tocar el claxon como loco.
—¡Vamos, hombre!
¡Avanza!
—gritó un conductor impaciente.
Jacinto, presionado por la bocina, perdió la calma.
—¡YA VOY!
Piso el acelerador… y se llevó por delante un carrito de helados que estaba al lado del paso de peatones.
¡PLOF!
Helado de vainilla y chocolate voló por el aire como un torbellino de dulzura, cubriendo el parabrisas y a un ciclista que pasaba por ahí.
Matías cerró los ojos y respiró profundamente.
—Señor Jacinto.
—Sí… —Baje del coche.
—Pero… —BÁJESE.
Jacinto obedeció lentamente, mientras Matías escribía algo en su libreta y le entregaba un papel.
—¿Y bien?
¿Aprobé?
Matías se ajustó las gafas y suspiró.
—Le recomiendo que se dedique a caminar.
Jacinto miró el papel… y vio un enorme “SUSPENDIDO” en rojo.
Fernando no pudo contener la risa.
—Bueno, al menos no chocaste contra otro coche.
Josefina lo miró con cansancio.
—Dale tiempo.
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