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Un crimen no organizado - Capítulo 38

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38: Cap 38: Jacinto, el Terror del Asfalto 38: Cap 38: Jacinto, el Terror del Asfalto Capítulo 38: Jacinto, el terror del asfalto 7:00 AM.

El sol apenas asomaba por el horizonte, las calles estaban tranquilas, y en la comisaría de San Solano, tres individuos se preparaban para un evento que, sin que ellos lo supieran, entraría en la historia del caos vehicular de la ciudad.

Jacinto, con ojeras de haber dormido mal, miraba fijamente la llave del coche que le había dado el inspector Adolfo.

—Todavía estás a tiempo de arrepentirte, Adolfo.

El inspector, con una calma perturbadora, cruzó los brazos.

—Ni lo sueñes, Jacinto.

Hoy vas a aprender a conducir como Dios manda, y yo me aseguraré de que eso pase.

Fernando agitó su móvil en el aire.

—Estoy transmitiendo en vivo, para que quede registrado en la historia del internet.

Josefina suspiró.

—O para que tengamos pruebas cuando esto acabe en desastre.

Jacinto tragó saliva y subió al coche patrulla.

—Bueno, bueno… Vamos a intentarlo.

Adolfo se acomodó en el asiento del copiloto y chasqueó los dedos.

—Regla número uno: mantén las dos manos en el volante.

Jacinto lo hizo.

—Regla número dos: no me mates.

—Intentaré cumplir con una de las dos.

—Jacinto… —Vale, vale, con ambas.

— EL INICIO DEL DESASTRE Adolfo suspiró y señaló hacia adelante.

—Ahora pisa el embrague y pon primera.

Jacinto asintió con convicción… y puso la marcha atrás.

El coche salió disparado hacia atrás.

—¡¿PERO QUÉ HACES?!

—gritó Adolfo, agarrándose del tablero.

—¡NO SÉ, EL COCHE TIENE VIDA PROPIA!

El vehículo se detuvo al chocar contra un cubo de basura.

Fernando enfocó la cámara en la cara de Adolfo, que estaba roja de furia.

—Llevamos tres segundos y ya chocaste contra algo.

¡TRES SEGUNDOS, JACINTO!

—Bueno, técnicamente el cubo se chocó contra mí… —CÁLLATE Y CONDUCE.

— EL TRÁFICO DE SAN SOLANO Después de un par de intentos más, Jacinto logró poner la primera marcha y avanzar.

—¡Miren, estoy haciéndolo!

—Sí, sí, solo… frena antes del semáforo.

—¿El cuál?

Adolfo palideció.

—¡EL QUE ESTÁ EN ROJO, JACINTO!

—¡AHHHHHH!

Frenazo.

El coche se detuvo a centímetros de una furgoneta de helados.

El conductor de la furgoneta los miró boquiabierto, con una paleta a medio derretir en la mano.

—¿Pero qué demonios…?

Adolfo, tembloroso, se pasó una mano por la cara.

—Creo que acabo de perder diez años de vida.

Jacinto sonrió nervioso.

—Oye, pero al menos no chocamos.

—Aún.

Fernando aplaudió sarcástico desde el asiento trasero.

—Eso fue más emocionante que cualquier videojuego de carreras.

Josefina estaba blanca.

—¿Podemos bajarnos antes de que esto acabe en una persecución real?

Adolfo ignoró sus quejas.

—Sigue conduciendo, Jacinto, pero por el amor de todo lo sagrado… usa los espejos retrovisores.

Jacinto asintió y arrancó de nuevo.

— EL EPISODIO DEL GATO Después de unos minutos de caos moderado, la situación parecía estabilizarse.

Jacinto giró por una calle secundaria y se sintió confiado.

—Creo que le estoy agarrando el truco a esto.

—Ajá, claro —respondió Adolfo con desconfianza—.

No bajes la guardia.

Y en ese momento… Un gato apareció en la carretera.

—¡UN GATO!

—gritó Jacinto.

—¡NO SUELTES EL VOLANTE!

—gritó Adolfo.

—¡YO ME BAJO!

—gritó Fernando, intentando abrir la puerta en movimiento.

—¡NADIE SE BAJA!

—chilló Josefina.

Jacinto, en su infinita sabiduría, decidió que la mejor opción era girar el volante con todas sus fuerzas.

El coche derrapó, giró dos veces, subió a la acera, bajó de la acera, y terminó dentro del parque municipal, justo en medio de un grupo de ancianos jugando a las cartas.

Silencio absoluto.

Uno de los ancianos bajó lentamente su naipe.

—Este es el día más emocionante de mi vida.

Adolfo, con la paciencia arrasada, miró a Jacinto.

—Jacinto.

—Sí, Adolfo.

—Voy a contar hasta tres.

Si en tres segundos no desapareces de mi vista… Jacinto corrió.

Fernando salió detrás de él, todavía grabando.

Josefina siguió, porque ya era costumbre huir de la escena.

Adolfo se masajeó las sienes.

Juanjo, que había llegado tarde y solo vio el coche dentro del parque, se inclinó hacia Adolfo con una sonrisa.

—Bueno, por lo menos no chocaron contra otro coche.

—Juanjo… —¿Sí?

—Cállate.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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