Un crimen no organizado - Capítulo 8
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8: Cap 8: Un crimen mal cocinado 8: Cap 8: Un crimen mal cocinado Si había algo que Jacinto, Fernando y Josefina sabían hacer bien, era correr.
Y en ese momento lo hacían con una motivación real: El Gordo Aurelio los perseguía como un toro desbocado, arrojando empanadas como si fueran proyectiles de artillería pesada.
-iREGRESEN AQUÍ, SABANDIJAS!
¡NO SE BURLAN DE MÍ Y VIVEN PARA CONTARLO!
-bramó Aurelio, con la respiración entrecortada pero una puntería sorprendente.
-¡Nos va a matar con comida!
-gritó Fernando, esquivando una empanada rellena de carne que pasó a centímetros de su oreja.
-¡Eso no suena tan mal!
-respondió Jacinto, con el rostro tenso-.
iPeor sería que nos persiguiera con un sartén caliente!
Josefina miró con horror cómo otra empanada golpeaba a un perro callejero, que inmediatamente empezó a comérsela con gusto.
-iHasta los animales disfrutan la comida antes de que nos maten!
-se lamentó.
Los tres doblaron una esquina sin mirar y, en un giro del destino, se estrellaron directamente contra dos figuras conocidas: los detectives Adolfo y Juanjo, que en ese momento disfrutaban de una merienda tranquila.
El impacto fue tal que Juanjo derramó su café y Adolfo casi se atraganta con su empanada.
-iAjá!
-exclamó Adolfo, recomponiéndose-.
¿ Por qué están corriendo como si los persiguiera un oso hambriento?
Fernando, sin aire, solo pudo gritar: -¡Porque NOS PERSIGUE UN OSO HAMBRIENTO!
En ese instante, como si fuera una aparición demoníaca, El Gordo Aurelio llegó jadeando, con el rostro rojo como un tomate y la furia de un chef al que le han devuelto un plato con quejas.
-iDETÉNGANLOS!
¡Estos IDIOTAS le dijeron a la policía que soy un criminal!
Adolfo y Juanjo parpadearon.
Luego miraron a Jacinto, que sonrió como si no pasara absolutamente nada fuera de lo normal.
-Bueno, técnicamente…Josefina le tapó la boca de inmediato.
-¡NO MÁS “TÉCNICAMENTE”!
Juanjo, que aún tenía media empanada en la mano, la observó con sospecha.
-Hmm…esto explica muchas cosas.
-Sí -añadió Adolfo, limpiándose la boca con calma-.
Aunque también deja algunas preguntas.
-Como…
¿qué demonios estaban pensando?
-preguntó Juanjo, señalándolos con su empanada-.
¿En serio inventaron un crimen solo para quitarnos de encima?
Jacinto se aclaró la garganta y trató de mantener la compostura.
-No inventamos un crimen…
solo…
eh..
exageramos un poquito la realidad.
-iExageraron un poquito!-bufó Aurelio-.
iMe hicieron parecer un capo mafioso cuando solo vendo empanadas!
Adolfo cruzó los brazos.
-Bueno, la verdad es que sus empanadas están tan buenas que casi sí parece un crimen que solo usted las venda Juanjo asintió con la boca llena.
-Dios santo, qué relleno mas suave…
Aurelio los miró con orgullo, pero luego recordó que aún estaba furioso y frunció el ceño.
-iNo intenten distraerme con cumplidos!
jEstos idiotas deben pagar!
Jacinto levantó las manos con nerviosismo.
-iAurelio, amigo, esto fue un malentendido!
-¡MALENTENDIDO, MIS EMPANADAS!
-bramó el gordo-.
iVoy a hacer que sus caras sean el nuevo relleno especial de mi menú!
Fernando se estremeció.
-Prefiero que nos mate con una empanada a que nos convierta en una…Josefina le dio un codazo.
-¡No le des ideas!
Aurelio ya tenía una empanada lista en la mano, como si fuera un ninja con una estrella arrojadiza de masa frita.
-Tengo en mi poder un arma letal, iquién quiere probarla?
Jacinto tragó saliva.
-Bueno, eh..
depende…
¿es de pollo o de carne?
Adolfo intervino antes de que Aurelio los empanadeara hasta la muerte.
-A ver, a ver, pongamos las cosas en orden.
Primero: ustedes vinieron a nosotros con la historia de un criminal misterioso.
Segundo: resulta que este criminal solo vende comida.
Tercero: huyeron como culpables.
Jacinto intentó justificarse.
-Técnicamente…
-¡CIERRA LA BOCA, JACINTO!
-gritaron Fernando y Josefina al unísono.
Juanjo, aún saboreando su empanada, intervino.
-¿Saben qué?
Esto me da pereza.
Podríamos arrestarlos por intentar engañarnos, pero eso significaría escribir un informe, y eso sí que es un crimen contra la humanidad.
Adolfo suspiró.
-Bien.
No los arrestaremos.
Los tres delincuentes amateurs suspiraron de alivio.
-PERO…
-añadió Adolfo, con una sonrisa maliciosa-.
A cambio, ustedes van a ayudarnos con un caso de verdad.
Jacinto parpadeó.
-¿Caso de verdad?
Juanjo asintió con una tranquilidad perturbadora.
-Sí.
Queremos que nos ayuden con una banda de falsificadores de billetes que llevan meses operando en la ciudad.
Fernando y Josefina se giraron lentamente hacia Jacinto con expresiones de puro pánico.
-…Mátame ahora, Aurelio -susurró Josefina.
El Gordo Aurelio bajó su empanada y sonrió con diversión.
—iEsto quiero verlo!
Y así, sin darse cuenta, Jacinto, Fernando y Josefina pasaron de ser farsantes a estar metidos hasta el cuello en un problema de verdad.
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