Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Un crimen no organizado - Capítulo 7

  1. Inicio
  2. Un crimen no organizado
  3. Capítulo 7 - 7 Cap 7 Un plan con muchas calorías
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

7: Cap 7: Un plan con muchas calorías 7: Cap 7: Un plan con muchas calorías Jacinto, Fernando y Josefina se quedaron mirando al hombre de la cafetería.

Era enorme, con una panza prominente que amenazaba con hacerle estallar los botones de la camisa.

Tenía un bigote grasiento y un aura de alguien que no teme pedir doble porción de todo.

—Ahí está —susurró Jacinto, señalándolo discretamente—.

El Gordo Aurelio en persona.

Fernando y Josefina intercambiaron miradas llenas de pánico.

—Jacinto —murmuró Josefina, apretando los dientes—.

Dime que no estás a punto de hacer lo que creo que vas a hacer.

—Voy a hablar con él —dijo Jacinto con la confianza de un político en campaña.

—¡¿Estás loco?!

—susurró Fernando—.

¡No sabemos quién es ese tipo!

¡Podría ser un ciudadano inocente!

—O peor —añadió Josefina—.

Podría ser un criminal de verdad.

Jacinto hizo un gesto despreocupado.

—¿Y qué?

Eso haría que nuestro plan funcione aún mejor.

Sin esperar más, Jacinto se acercó a la mesa del hombre, quien en ese momento estaba completamente concentrado en untar mantequilla en un panecillo con una precisión quirúrgica.

—Buenas noches, señor Aurelio —saludó Jacinto con una sonrisa forzada.

El hombre dejó de untar la mantequilla y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Quién diablos eres tú?

Jacinto tragó saliva, pero no dejó que su inseguridad se notara.

—Soy un… admirador.

Fernando y Josefina, que escuchaban desde lejos, pusieron la cara en las manos.

—Adiós, Jacinto.

Fue un placer conocerte —murmuró Fernando.

El hombre dejó su cuchillo en el plato y entrecerró los ojos.

—¿Admirador de qué?

—De su… trabajo —improvisó Jacinto—.

En… ya sabe… los negocios.

El Gordo Aurelio lo miró fijamente por unos segundos.

Luego, de repente, su rostro se iluminó con una gran sonrisa.

—¡Ah, ya entiendo!

—soltó una carcajada y palmeó la mesa, haciendo que las tazas temblaran—.

¡Así que eres del negocio, eh!

—¡Exactamente!

—Jacinto asintió con entusiasmo, aunque no tenía ni idea de qué negocio estaban hablando.

Aurelio lo miró de arriba abajo y se rascó la barbilla.

—No te he visto antes… ¿Trabajas con la gente de López?

—Ehhh… sí.

Sí, claro.

Con López, ese gran hombre.

Un profesional.

Aurelio volvió a reírse.

—¡Ese maldito López!

Siempre reclutando gente sin avisarme.

Bueno, qué más da.

Si eres del negocio, ¡entonces siéntate!

Jacinto se sentó rápidamente.

Desde la distancia, Fernando y Josefina lo miraban con horror.

—¡Se está metiendo en algo peligroso!

—susurró Fernando.

—Yo ya me estoy preparando para salir corriendo —respondió Josefina.

Jacinto, por su parte, intentaba mantener la calma.

—Señor Aurelio, la verdad es que quería hablar con usted porque la policía está… interesada en usted.

Aurelio dejó de reír de inmediato.

—¿Cómo?

Jacinto tragó saliva.

—O sea, ya sabe, están interesados en mucha gente.

Pero como usted es un hombre tan… importante, pues pensé que debía saberlo.

Aurelio se cruzó de brazos y lo miró con desconfianza.

—¿Y qué más sabes?

—Sé que… están investigando a gente del negocio.

Y que si no tiene cuidado, podrían descubrir todo su… operativo.

Aurelio se quedó pensativo por un momento y luego sonrió de nuevo.

—Ahhh, entiendo lo que está pasando aquí.

Jacinto sonrió también, aunque sin saber por qué.

—¿Sí?

Aurelio asintió.

—Sí… López te envió a espiarme, ¿verdad?

—Ehhh… —¡Ese maldito López!

Siempre queriendo quedarse con mi parte del negocio.

Jacinto rió nerviosamente.

—Ehhh, bueno, ya sabe cómo es López… —¡Exactamente!

—Aurelio golpeó la mesa con entusiasmo—.

Siempre con sus trampas, queriendo saber cuántas empanadas vendo al día, cuánto me cuestan los ingredientes, si tengo un proveedor mejor que él… Jacinto parpadeó.

—¿Empanadas?

—¡Pues claro!

¿De qué creías que hablábamos?

Jacinto se quedó en silencio.

—Ehh… de empanadas.

Obviamente.

Fernando y Josefina, que se habían acercado para escuchar, se miraron con incredulidad.

—¿Nos metimos en un problema con un vendedor de empanadas?

—preguntó Fernando.

—No sé si reírme o llorar —murmuró Josefina.

Aurelio seguía hablando con entusiasmo.

—Así que López quiere robarme el mercado, ¿eh?

¡Pues dile que no tiene ninguna oportunidad!

Mis empanadas son las mejores de San Solano.

Las suyas saben a cartón con carne molida.

Jacinto asintió rápidamente.

—Por supuesto, señor Aurelio.

Y no solo eso, sino que la policía cree que usted es un pez gordo del crimen organizado.

Hubo un silencio incómodo.

Aurelio dejó de sonreír.

—…¿Cómo dices?

Jacinto se congeló.

—Eh… —¿Me estás diciendo que la policía cree que mis empanadas son parte de una organización criminal?

—Ehhh… sí.

Aurelio entrecerró los ojos.

—¿Y quién fue el idiota que dijo eso?

Jacinto sonrió nerviosamente y miró de reojo a Fernando y Josefina en busca de ayuda.

—Bueno… fue… eh… nosotros.

Aurelio parpadeó.

—¿Ustedes?

—Sí… eh… pero con buena intención.

Aurelio se quedó en silencio un momento y luego estalló en carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJA!

¿Quieren hacerme pasar por un criminal para librarse de la policía?

¡Eso es lo más estúpido que he oído en mi vida!

Jacinto rió con él, aunque con menos entusiasmo.

—Sí, ¿verdad?

Súper estúpido… Aurelio dejó de reír y lo miró con seriedad.

—Voy a matarte.

—¡Oh, no!

Jacinto saltó de su asiento y salió corriendo.

Josefina y Fernando no esperaron ni un segundo más y lo siguieron.

—¡Vuelvan aquí, idiotas!

—gritó Aurelio, tirándoles una empanada.

Desde el otro lado de la calle, Adolfo y Juanjo, los detectives, los miraban huir.

—Ajá… —murmuró Adolfo—.

Creo que El Gordo Aurelio no era exactamente lo que esperábamos.

—No sé, Adolfo —dijo Juanjo, recogiendo la empanada del suelo y dándole un mordisco—.

Pero sus empanadas están buenísimas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo