Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 28
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Capítulo 28: 26. en DxD…¿en serio? part .1
“¿Qué es un Dios?”
Para algunos, es una presencia omnipresente, un creador omnipotente, una figura de adoración incondicional, un jefe absoluto.
Son seres que existen por encima de la vida y la muerte, arquitectos de la realidad misma.
Esto era lo que Hades había podido averiguar durante su tiempo indagando sobre la naturaleza de su singular existencia en este nuevo plano.
Sin embargo, en este proceso de auto-descubrimiento, se topó con una información fascinante, un relato de acontecimientos y hechos pasados relacionados con un grupo de grandes dioses primigenios.
O, al menos, así es como el voluminoso libro que había “tomado prestado” de la vasta bóveda de los Titanes los detallaba.
Nadie sabía con exactitud de dónde vinieron estas entidades ancestrales.
Todo lo que se tenía eran suposiciones y especulaciones basadas en el poco conocimiento sobre la era anterior, aquel abismo primordial cuando el Caos aún dominaba la Tierra.
Ellos fueron los primeros seres conscientes, las primeras voluntades en emerger del no-ser, los pioneros que crearon y gobernaron un mundo antiguo y aún primitivo. Y, aún así, la información sobre ellos era terriblemente escasa: ni de dónde vinieron, ni cómo poseían un poder tan incomprensible, ni si llegaron de algún otro lugar más allá del velo de la realidad conocida.
Por supuesto, nadie, ni siquiera los Dioses más arrogantes, tendría el coraje para preguntar o interrogar directamente a tales existencias.
La mayoría solo asumía que existían porque, por definición, debían existir. Nadie los cuestionaba, lo cual era obvio, ya que eran considerados “dioses absolutos”, las raíces mismas de la existencia.
No había registro de su origen.
Ninguno de los múltiples dioses antiguos de este mundo, incluso aquellos con miles de años de antigüedad y conocimientos acumulados a lo largo de milenios, sabía nada de estos grandes seres por una razón muy simple: todos ellos vinieron de o después de estos primordiales.
No se sabía con seguridad si hubo algo antes de ellos. Incluso se decía que nacieron en un entorno infinito de absoluta nada, un vacío previo a toda forma.
Pero, sinceramente, Hades era escéptico sobre esto.
¿Cómo es que un ser podría soportar semejante tortura, el horror de la inexistencia, y mantenerse lo suficientemente cuerdo como para ejercer las labores de un creador? Estar en la nada absoluta, un vacío sin luz ni oscuridad, únicamente acompañado de su propia presencia.
Él lo sabía porque ya había estado allí, aunque solo fuera por un instante: la impotencia de estar solo en un vacío tan enorme, ser solo una mota de polvo flotando sin siquiera saber de dónde venía, a dónde se dirigía, y mucho menos quién era.
No hubo un inicio, no hubo un final, y mucho menos un “que se haga la luz”, solo un infinito vacío blanco y un ojo gigante de proporciones aterradoras que lo miraba fijamente, como el punto focal de una existencia que lo abarcaba todo.
¿Y quién era él ahora? Era un Dios, o al menos eso se decía, pero ¿qué significaba ser un Dios en la realidad? La palabra “Dios”, por definición, se refiere a un ser supremo, omnipotente, omnipresente y omnisciente.
Pero él no era nada de eso.
Era inmortal, sí, pero no inmune a la muerte física o conceptual; longevo, pero sin una esperanza de vida eterna garantizada si era lo suficientemente descuidado; poderoso, sin duda, pero no todopoderoso.
Sabía que, para ser un Dios según las escrituras y las creencias humanas, tenía muchos defectos y limitaciones.
¿Entonces eso significaba que dejaba de ser un Dios?
Bueno, dependía de a quién le preguntaras:
Si le preguntabas a un humano antiguo, te diría, sin dudarlo, que eres un ser supremo y creador, un arquitecto capaz de moldear el mundo mismo a tu voluntad, con el derecho incuestionable de gobernar sobre todas las cosas.
Si le preguntaras a un humano moderno, te diría que eres una entidad de origen desconocido y poder incomprensible, y lo interpretarían como una construcción conceptual humana de la cual no hay evidencia empírica directa y universal que demuestre su existencia. Un producto de la mente colectiva.
Si le preguntaras a un escritor o un historiador, probablemente te dirían que un Dios reside principalmente en el ámbito de la creencia, la fe, la cultura, la historia, el arte, la filosofía, la imaginación y la psicología de los humanos.
Lo cual bien podría ser cierto… teniendo en cuenta que a él le hicieron un isekai en un mundo de fantasía, con un sistema aparentemente omnipotente que le puede dar cosas sacadas directamente de la ficción. La meta-existencia era algo que ya no le sorprendía.
Si le preguntaras a un conspiracionista extraterrestre (también llamado ufólogo), probablemente diría que eres un superorganismo avanzado capaz de manipular la física misma del universo de manera consciente. Quizás, desde algunas perspectivas, podrían ver a Dios como la encarnación de las leyes fundamentales del universo, una energía primordial o incluso el universo mismo manifestado.
En resumen, no existía una respuesta clara ni única a la pregunta de “¿Qué es un Dios?”. Dependería completamente de la perspectiva desde donde se lo mirara. Y, sinceramente, a Hades ya le estaba doliendo la cabeza de tanto pensar en eso, un dolor más mental que físico, fruto de la complejidad existencial.
Hades, que se encontraba ahora acostado en el suave pasto de Creta, levantó la vista del libro que sostenía en sus manos y luego cerró la tapa con un suspiro.
Pasó su mano suavemente por la superficie escamosa de la portada, sintiendo su textura áspera y antigua bajo sus dedos. Después, miró fijamente el dibujo grabado en la cubierta, que parecía ser un pilar invertido, junto con un texto ilegible escrito en lo que parecía ser sangre de dragón desecada.
“Esta cosa está maldita”, murmuró para sí mismo.
De eso no había dudas. Durante su proceso de lectura, el sistema de Hades había reportado múltiples alertas: advertencias de maldiciones, ataques mentales directos y susurros psíquicos intentando invadir su mente.
Pero estos fueron negados por su habilidad ‘Mente Gamer’ tan rápido como aparecieron, frustrando cualquier intento de intrusión.
Era tan molesto, de hecho, que tuvo que desactivar las notificaciones de su sistema, pues el constante ping estaba a punto de darle otra migraña.
Pero los pensamientos de Hades no estaban puestos en las molestias de su sistema, sino en el contenido del libro que acababa de devorar.
Hades, por supuesto, no podía entender las palabras arcaicas que estaban escritas en las páginas de aquel tomo antiguo; eran de un lenguaje tan primigenio que ningún dios vivo lo conocía.
Pero para su suerte, el gacha de su sistema le había otorgado un artefacto inestimable para este tipo de situaciones:
{Gafas de lectura}
{Es un artefacto mágico dirigido a la lectura, que puede traducir automáticamente al cerebro del anfitrión todo lo que esté lee. Solo funciona con lenguas naturales.}
Pero eso no era lo más importante. Lo verdaderamente crucial era lo que descubrió por medio de este libro. Este mundo era mucho, muchísimo más complicado de lo que originalmente creía.
Al parecer, en este universo existían dioses y otras entidades de las que ni siquiera era consciente, seres que habitaban rincones remotos del cosmos, esperando su momento.
El libro registraba una gran multitud de criaturas mágicas que sí pertenecían a la mitología griega, como los imponentes kraken, los majestuosos dragones y las aterradoras quimeras.
Pero, para su asombro y creciente horror, también describía criaturas que ni siquiera pertenecían a la mitología griega, como los gigantes de hielo de gélidos reinos nórdicos, los inmensos leviatanes de las profundidades marinas o el colosal Behemoth de la tierra, entre otros.
Esto asombró y aterrorizó a Hades. En un principio, cuando recién llegó a este mundo, creyó que este sería solo un mundo de mitología griega, quizás similar a Saint Seiya, donde todo gira alrededor de las leyendas helenas, y otros mundos mitológicos no son relevantes o directamente no existen.
Pero se equivocó. Se equivocó de una manera colosal.
Por ejemplo, el libro contenía información detallada sobre Surtur, el gobernante de Muspelheim, tal como en los libros de mitología nórdica que había leído en su vida pasada.
Describía cómo Surtur gobierna el reino de fuego de Muspelheim y comanda una legión de demonios de fuego. Además, detallaba su poder apocalíptico, describiéndolo como un ser con poderes cataclísmicos, capaz de desatar una destrucción inmensa.
Poseía una fuerza sobrehumana, una durabilidad casi invulnerable y la aterradora capacidad de manipular la energía mágica para generar calor y llamas de intensidad inimaginable.
La información lo detallaba como un ser inmediatamente peligroso, una amenaza de nivel existencial.
Aunque, según la información registrada en el libro, este temible ser se encontraba inactivo desde la antigüedad, como una fuerza durmiente.
Sin embargo, Hades no tenía manera de saber si esto todavía se aplicaba a la época actual, ya que el libro era extremadamente viejo; parecía tener, por lo menos, varios siglos de antigüedad, quizás incluso milenios.
Además de tener información sobre monstruos de distintas mitologías, el tomo también contenía datos sobre distintos dioses antiguos y poderosos de otros panteones, como Izanagi e Izanami (de la mitología japonesa), Tiamat y Apsu (de la mesopotámica). Y, por supuesto, también detallaba las potencias de su propio panteón, los primordiales griegos, algunos de los más antiguos y poderosos de todos, al menos, según lo que dice el libro:
Gaia: La Primordial de la Tierra, la Gran Madre que engendró a muchas de las primeras deidades y criaturas. La raíz de todo lo que es terrenal.
Tártaro: La Gran Profundidad, el Inframundo más oscuro y profundo, a menudo considerado como una prisión para las entidades más peligrosas.
Eros: El Amor y el Deseo Primordial, una fuerza fundamental y creativa en la génesis del universo y la unión de todas las cosas.
Érebo: La Oscuridad personificada, hijo del Caos, la sombra primigenia.
Nix: La Noche personificada, hija del Caos, el velo que cubre el mundo.
Éter: La Luz Celestial, nacido de la unión de Érebo y Nix, la esencia luminosa del cielo superior.
Hemera: El Día, nacida de Érebo y Nix, la contraparte luminosa de la Noche.
Urano: El Cielo Estrellado, engendrado por Gaia por sí misma para cubrirla y abrazarla. El primer firmamento.
Ponto: El Mar Primordial, también engendrado por Gaia por sí misma, la vasta extensión acuática.
Chronos (no Kronos, el titán del tiempo, sino el primordial, la personificación del Tiempo inmemorial, a menudo representado como una serpiente que se devora a sí misma).
Ananké (la Diosa de la Inevitabilidad y la Necesidad, la fuerza ineludible del destino).
Estos eran los Dioses Primordiales, las primeras entidades que surgieron en este mundo, anteriores a los Titanes y, por supuesto, a los dioses olímpicos.
Una jerarquía de poder que hacía que los problemas actuales de Hades con Kronos parecieran juegos de niños comparados con el poder abrumador de estos seres ancestrales.
‘Suspiro… y luego está ese tipo’, pensó Hades, recordando la figura colosal en la cima de la cadena alimenticia de su panteón: Caos.
Caos: El Vacío Primordial, el Origen de Todo. De él surgieron las primeras entidades.
Esta entidad no solo era poderosa, sino también increíblemente temida y respetada por todos en Grecia.
Hades, al principio, no sabía mucho de él, y, en general, ninguno de los dioses de la segunda y tercera generación sabía casi nada de Caos. Lo único que sabían era que un día apareció, un día creó a los dioses primordiales de la primera generación, y luego, sin más, desapareció.
Nunca se volvió a saber de él.
Pero no por eso Hades lo subestimaba.
Según la información de este libro ancestral, Caos era, con seguridad, uno de los seres más fuertes de este mundo. O, al menos, así lo detallaban los textos más arcaicos, susurrando de un poder que excedía toda comprensión.
Y así como la mitología griega existía, la nórdica también, y la sumeria, la sintoísta, la taoísta y un largo etcétera.
Hades lo sabía. Aunque el libro no lo decía de manera explícita, él, con su mente impregnada de incontables horas de lectura y consumo de ficción en su vida anterior, logró reconocer muchas de esas mitologías por la información e historias registradas, por las criaturas y los nombres mencionados.
La escala de este universo era mucho, mucho mayor de lo que inicialmente había imaginado.
Pero lo que tenía realmente inquieto a Hades, lo que lo hizo sudar frío bajo el cálido sol de Creta, era que entre los muchos nombres registrados en el libro logró reconocer uno en específico: Ophis Uroboros. O, también conocido como el Dios Dragón del Infinito Uroboros.
El libro detallaba de manera limitada su naturaleza y origen, lo que la hacía aún más enigmático.
Hablaba de Ophis como uno de los seres más antiguos y poderosos de este mundo, siendo un Dragón-Dios nacido del “Silencio” (la brecha dimensional, el vacío que existe entre dimensiones).
Era una existencia primordial, considerado la encarnación misma del infinito, una fuerza pura e inabarcable.
El libro también narraba sobre sus habilidades, aunque de forma un tanto vaga, como si las palabras no pudieran contener la magnitud de su poder.
Decía que Ophis poseía un poder incalculable, capaz de manipular el infinito, y que podía crear y controlar fenómenos a una escala masiva, una escala que superaba incluso la de los dioses primordiales más conocidos.
Su poder era tan grande que incluso otros Dragones y Dioses la respetaban y le temían, reconociendo en ella una fuerza que no podía ser desafiada.
Entonces, Hades finalmente se dio cuenta…
Estaba en el maldito DxD.
O también conocido como Dragón x Deus, llamado en onor a las dos razas dominantes de esta dimensión los dragones y los dioses.
Pero ese no era el problema, el problema era que…
¡Se encontraba en un maldito mundo con temática para adultos que, sorprendentemente, no era pornografía!
“¡Maldita sea!”, Hades no pudo evitar maldecir al darse cuenta, con una oleada de frustración, de que se encontraba en uno de los mundos más polémicos que existían.
Amado por su fan service descarado y su universo extenso, y odiado por su trama a menudo floja y mal aprovechada.
“En serio, ¿¡por qué no me pudieron enviar al maldito Percy Jackson!?” dijo Hades cubriéndose la cara con la mano mientras se revolcaba, con un patetismo dramático, en el suave pasto. “¡Me lleva la maldita sea!”.
Hades se encontraba genuinamente molesto en este momento.
Y no era por el hecho de que en el futuro original que le deparaba en este mundo, él sería considerado un villano que se confabularía con un demonio maníaco y narcisista, junto con una organización terrorista sobrenatural para ejecutar un plan para eliminar a la raza de los demonios, ángeles, ángeles caídos y liberar a una maldita bestia destructora de mundos, para luego morir ignominiosamente bajo las garras de esta misma criatura.
No, su propia muerte o el ser un villano no era el problema principal.
¡Sino el maldito hecho de que su mundo estaba extremadamente jodido!.
No solo tendría que lidiar con la futura amenaza del Trihexa -una bestia apocalíptica capaz de igualar a los Dioses Dragón y que causó la muerte del dios más fuerte, con la capacidad de literalmente aplastar una alianza de todos los panteones existentes en cuestión de minutos-; también estaban otros eventos catastróficos que en el futuro joderían por completo el mundo sobrenatural.
La lista era abrumadora:
El surgimiento de las organizaciones terroristas sobrenaturales, que sembrarían el caos.
El intento de Loki por empezar el Ragnarok, el fin de todos los mundos.
La guerra contra Rizevim y su ejército de dragones malignos zombis, una abominación.
¡Y la inminente liberación del maldito Trihexa!
¡Ah, sí! Y eso no era todo. ¿Cómo olvidar a Melvazoa, el gobernante de los Evies, una raza de seres mecánicos del mundo de Evie x Etoulde (EXE)? Un ser que era tan poderoso y temido en su propio mundo que literalmente era conocido como el “Dios de la Malevolencia” y la “Desesperación Absoluta”. Poseía una fuerza de combate que superaba incluso a la de Ophis y Great Red combinados.
Incluso sus subordinados eran increíblemente poderosos; bastaba saber que su segundo al mando, Regalzeva, ¡pudo asesinar sin problemas al Gran Rojo cortándole la maldita cabeza sin esfuerzo alguno! A quien se suponía era el ser más poderoso de su mundo, lo redujo como si estuviera cortando un trozo de carne al azar.
“¡Maldita sea, que se jodan los Etoulde! ¿¡Por qué tuvieron que traer su conflicto a nuestro mundo?!”, exclamó Hades, recordando a los dioses espirituales del otro mundo, más allá de la brecha dimensional, y a esas supuestas “hadas de los senos”. “Ughh, qué nombre tan cringe, por cierto.”
Fueron ellos quienes manipularon a Issei Hyoudou y a su familia, bajo las órdenes de un ¿Dios? ¿Diosa de las tetas? ¿Un tal Ichibume? ¿Chichigami? “Lo que sea”, pensó Hades, con un gesto de desdén, “qué importa recordar su nombre, al fin y al cabo la trama era tan absurda que ya ni la recuerdo.
Solo sé que esos tipos se infiltraron en la Tierra desde hacía años y seleccionaron a Issei Hyoudou, todo con el propósito de crear a un campeón que pudiera portar un arma especial con un nombre ridículo, algo como ‘Los Pechos Celestiales’ o alguna ridiculez así.”
Básicamente, querían crear un arma definitiva que pudiera poner fin de una vez por todas a la guerra de su mundo.
Pero lo hicieron eligiendo al peor tipo de persona que podrían haber elegido.
De hecho, Hades no recordaba nada destacable del personaje de Issei Hyoudou más allá de su absurdo amor por los senos y su incapacidad para pensar de manera racional.
El chico nunca pensaba en las consecuencias de sus acciones; simplemente se movía según sus emociones, la mayoría de las veces relacionadas con mujeres, lo cual, por lo general, terminaba con él y sus cercanos metidos en líos innecesarios que la mayoría del tiempo ni siquiera les incumbían.
El primer ejemplo que Hades podía citar era cómo Issei aceptó inmediatamente el hecho de que lo habían reencarnado como un demonio sin su consentimiento, prácticamente obligándolo a entrar en el cruel mundo sobrenatural.
Sí, cruel.
Hades no era tonto. Él sabía que, aunque Rias Gremory proclamó que en su clan Gremory los esclavos eran tratados como familiares, no dejaban de ser esclavos. Estaban obligados a servir y proteger a sus amos lo quisieran o no, sin importar su identidad o voluntad.
De hecho, aunque no lo decían abiertamente en el anime, se daba a entender que la mayoría de los demonios nobles utilizaban a los demonios reencarnados de humanos como recursos consumibles, abusando de ellos hasta romperlos, causando que estos se rebelaran.
No era de extrañar que la mayoría de los demonios callejeros fueran mujeres, fruto de esa crueldad.
Pero ni Issei ni ninguno de los otros miembros de la nobleza de Rias pensó jamás en este pequeño detalle.
Issei, porque muy seguramente jamás lo pensó, ya que su mente estaba infestada de mujeres y tetas.
Y los otros miembros de la nobleza, muy seguramente, jamás lo pensaron porque estaban mental y emocionalmente dañados, todos y cada uno de ellos.
Rias era definitivamente una terrible ama.
Durante los años que estuvieron con ella, nunca intentó curar o siquiera indagar en los traumas de su nobleza.
Literalmente, tuvo que venir el protagonista, un crío con el cerebro hecho puré y con las hormonas alborotadas, para arreglar todo porque ella, en su infinita incompetencia, no pudo hacerlo por sí misma.
Eso ya no era una simple coincidencia de guion; a eso se le llamaba ser descuidado y perezoso con los miembros de su nobleza.
Ella claramente sabía que algo no estaba bien en ellos, pero aun así no hizo nada.
Tuvo que esperar a que Issei llegara y resolviera sus problemas para ser el héroe y que su deficiente harén estuviera justificado.
De hecho, al pensarlo un poco mejor, Hades podía entender el porqué el Hades original de DxD odiaba tanto a los demonios.
No solo abusaban de los humanos, sino que también se metían con otras razas a su voluntad, saliendo la mayoría de las veces impunes. Muy seguramente ocultando o eliminando la evidencia de sus acciones y, con toda probabilidad, escudándose detrás de sus Reyes Demonio, como Sirzechs, quien en el futuro es considerado uno de los seres mágicos más fuertes del mundo, o al menos eso se mostró en el anime.
En este, siempre se mostró a los demonios de la facción de los nuevos Satanás desde la perspectiva de los demonios más jóvenes, o mejor dicho, del círculo cercano de la protagonista femenina, Rias Gremory, los cuales no parecían ser malos.
Pero, ¿quién sabe realmente cómo eran todos los demás demonios nobles? El mejor ejemplo de ello era Diodora Astaroth, un joven demonio bastante loco, que únicamente se concentraba en el placer que le traía su retorcido pasatiempo de coleccionar monjas para corromperlas y unirlas a su nobleza, sin pagar las consecuencias jamás.
Porque, en serio, en la novela se sabe que las mujeres que componen su nobleza son miembros de la iglesia desaparecidas.
¿Cómo es posible que ni sus padres ni su hermano, que es el demonio más inteligente, no se dieran cuenta en algún momento de lo que hacía? ¿La respuesta que Hades tenía en mente? Simple: lo sabían, pero no les importó. Las ventajas de ser el hermano menor de un Satanás.
‘suspirar’
Hades volteó la cabeza hacia un lado, viendo cómo un grupo de pequeñas hormigas marchaba en fila india en dirección a un hormiguero diminuto.
Se quedó así durante un rato, observando cómo estas marchaban y, de forma inconsciente, evitaban su cuerpo, un gigante inerte en su camino.
Luego, giró la cabeza nuevamente para mirar al cielo, cerró los ojos por un momento y respiró hondo.
Inhalar… Exhalar…
“Bueno, qué más da. No es como si mi situación fuera el peor escenario posible”, Hades finalmente calmó sus inquietudes con una especie de resignación práctica.
Aunque era cierto que su situación no era perfecta, al estar en uno de los mundos más peligrosos entre los animes de seres sobrenaturales, tampoco es que estuviera tan mal.
Porque si bien era cierto que en este mundo existían seres de inmenso poder, capaces de arrasar continentes e incluso planetas con facilidad, ninguno de ellos estaba ni de cerca entre los personajes más fuertes de la ficción que él conocía. Porque ya fueran los dioses más poderosos como Caos, el Dios Bíblico, Shiva y su Trinidad, Buda, o seres cuyo poder estaba más allá de los dioses como Ophis Uroboros, el Gran Rojo y Melvazoa…
Ninguno de ellos era la versión más poderosa de sí mismo, al menos entre todas las versiones de la ficción que Hades conocía de su vida anterior.
Por ejemplo, el Dios Bíblico, el que aparecía en la Biblia, en las historias ficticias, en los libros o animes donde este ser existía, incluso en los cómics.
Sin importar la versión, siempre se le había representado como un ser de inconmensurable poder, una entidad que trascendía la realidad.
Incluso cuando utilizaba nombres diferentes como The One Above All o The Presence, no dejaba de ser Dios.
Todos los que sabían de ellos, sabían que todos tenían algo en común: eran la verdadera expresión de lo omnipotente, omnisciente y todopoderoso.
Seres imposibles de matar y de vencer, existencias que surgieron antes que la realidad misma, siendo el origen de todas las cosas: universos, líneas de tiempo e incluso la realidad en sí.
Incluso el mismísimo Lucifer del universo de DC Comics una vez supuestamente peleó y “venció” a su padre, The Presence “Dios”, pero él inmediatamente confirmó que ese no era el verdadero Ser Supremo, ya que si lo fuera, al morir, la realidad misma habría colapsado con él.
Por otro lado, la versión del Dios Bíblico de DxD, ya sea en el anime o la novela, no parecía tan impresionante o poderoso.
No solo nunca se le dio profundidad ni se dio a conocer como personaje, sino que era tan desconocido que solo se sabían unas pocas cosas de él.
Primero, que era el Dios más poderoso, al menos en los estándares de este mundo, pero aun así seguía siendo mucho más fuerte que cualquiera de los otros dioses, incluso más fuerte que otras entidades primordiales.
Se sabía que tenía la capacidad suficiente como para gobernar un panteón entero por sí mismo sin requerir el poder o la cooperación de otros dioses.
Lo segundo sería que tenía la capacidad de crear vida, tanto mágica como biológica; fue él quien creó a sus propios Ángeles y les dio una parte de su poder en forma de virtudes o dominios sagrados.
Y tercero, tenía la capacidad de crear artefactos poderosos como los Engranajes Sagrados, artefactos que podían competir e incluso superar a algunos de los artefactos divinos más potentes conocidos.
Más allá de eso, se conocían muy pocas cosas de él, ya sea su poder o habilidades específicas.
lo único que se mencionó en el anime sobre él es que estaba muerto, que murió a manos de uno de los seres más fuertes de este mundo, el Trihexa, un ser del que también se sabía muy poco y solo se especulaba que su fuerza debería de estar al nivel de los dioses dragón. La primera y última vez que se lo vio fue sellado por el Dios de la Biblia, no sin antes ser el causante de su muerte, junto con la de los cuatro Satanás originales.
Hades no sabía si la muerte de Dios fue causada directamente por el Trihexa. En su mundo anterior, había especulaciones de que terminó muriendo por agotamiento debido al esfuerzo que tuvo que hacer para sellar a los Dragones Celestiales junto con el esfuerzo de sellar al Trihexa.
No estaba muy seguro de cómo o por qué murió, pero sí sabía una cosa: que para el inicio del canon de la serie ya llevaba al menos más de mil años muerto.
¿Y qué significaba el hecho de que estuviera muerto?
Pues significaba que no era omnipotente, y de hecho Hades dudaba mucho que este Dios hubiera creado este universo.
Ya que, según la historia que leyó en el libro, los dioses en este mundo surgieron en una época cuando la Tierra ya estaba formada y estos descendieron a ella para empezar a moldearla.
Aunque tal vez la información no fuera exacta, el punto crucial seguía siendo el mismo: ellos formaron y moldearon el planeta, mas no lo crearon.
Y eso, sumado al hecho de que este mundo, como mucho, tenía unos pocos cientos de miles de años, implicaba que esta versión del Dios Bíblico era bastante joven.
Al menos en comparación con sus homólogos alternos de mundos de videojuegos, animes, cómics o mangas.
Hades volteó la mirada y la fijó en el aire, donde la pantalla translúcida de su sistema se materializó ante él. Entró en el apartado de descargas de archivos y, con un movimiento mental, tecleó su búsqueda.
[Descarga de Archivos]
{Barra de búsqueda (High School DxD)}
{…Empezando búsqueda de resultados}
{…Resultados encontrados}
{…Cargando encontrados}
{Ophis Uroboros – High School DxD}: 16 años
{Gran Rojo – High School DxD}: 17 años 2 meses
{Dios Bíblico / Elohim C. Yahweh – High School DxD}: 14 años 3 meses
{Regalzeva – High School DxD}: 25 años
{Melvazoa – High School DxD}: 28 años
{Seraselbes – High School DxD}: 24 años
{Satanás – High School DxD}: 9 años
{Albion Gwiber – High School DxD}: 7 años
{Ddraig Goch – High School DxD}: 8 años
{Trihexa – High School DxD}: 15 años 8 meses
{…}
{…}
{…}
Hades siguió y siguió bajando por la extensa lista de personajes, y al cabo de un rato, se dio cuenta de una cosa que lo hizo soltar una risa amarga.
“Bueno, realmente no son tan fuertes… al menos no para mí”, comentó. Lo dijo no porque realmente fueran débiles, ni mucho menos. Después de todo, en este mundo, seres como Ophis y el Gran Rojo serían considerados dioses invencibles, entidades de poder inimaginable para la mayoría de los mortales y divinidades menores.
Pero, comparados con otros monstruos de la ficción que logró encontrar en las profundidades de su sistema, esas cifras de tiempo de descarga no parecían muy impresionantes.
El tiempo de descarga del Dios Bíblico era bastante cercano al de Kaguya Ōtsutsuki de Naruto, aunque seguí haciendo bastante menor al de ella, lo que de entrada no lo hacía parecer muy impresionante a los ojos de Hades.
Sin embargo, teniendo en cuenta que era el Dios de la Biblia en este universo, debía por lo menos poseer un conjunto de habilidades útiles y versátiles, como su capacidad para crear artefactos o sus sellos prohibidos.
Quizás en algún momento se animaría a descargarlo y ver qué tal.
Hades siguió y siguió bajando por la lista con el dedo, hasta que vio algo que lo detuvo en seco. Sus ojos se abrieron ligeramente.
{Hades – High School DxD}: 1 año 8 meses, 2 días
“¿El sistema me estaba jodiendo?”, exclamó con una mezcla de indignación y sorpresa.
¿En serio su propia versión canónica era tan débil? Su tiempo de descarga era incluso menor que el de Asura del mundo de Naruto, ese híbrido degradado de humano y Ōtsutsuki. ¿El sistema le estaba diciendo que un Dios literal era más débil que un demi-Otsutsuki?
Hades no sabía si reír o llorar ante esta revelación. Aunque ya se había hecho una idea del nivel de poder de los dioses de DxD, que por supuesto sería inferior a muchas de las potencias de mundos como Dragon Ball, Naruto, o incluso novelas como Solo Leveling, ese tiempo de descarga le pareció un poco ridículo.
¿No se suponía que Hades era un villano destacable en la novela? ¿Verdad? Incluso se le consideraba un Dios con un poder sobresaliente y uno de los diez seres más poderosos del mundo.
¿Por qué su tiempo de descarga era tan bajo? ¡Era una afrenta a su propio nombre!
Hades siguió bajando, y luego analizó la lista con una nueva perspectiva.
Se dio cuenta de algo crucial: la lista de personajes en su sistema no estaba alineada con el canon de DxD que él conocía.
Muchos de los supuestos seres del “top 10” de la novela ni siquiera estaban entre los 50 personajes más fuertes en su sistema.
Por ejemplo, en el anime se menciona que Thor, el Dios nórdico de Asgard, estaba en el top 10. Pero cuando Hades revisaba la lista de personajes descargables, Thor ni siquiera se encontraba entre los 50 más fuertes, y mucho menos otros personajes como Sirzechs Gremory (el sistema lo ponía así), Ajuka Astaroth, y el titán Tifón.
Ninguno de ellos se encontraba ni siquiera cerca de estar entre los diez más fuertes.
Incluso seres que en la novela se dijo que eran superpoderosos e incluso que podían destruir el mundo humano, ni siquiera estaban entre los 30 primeros en términos de poder.
O, al menos, eso se deducía de la escala de poder que Hades había creado en su cabeza basándose en el tiempo de descarga de cada uno.
Hades no sabía qué factores específicos influían en el tiempo de descarga de un personaje, pero claramente no era solo su relevancia en la trama.
Por ejemplo, según el tiempo de descarga, entre los más fuertes también se encontraban:
{Shiva / Maheshvara – High School DxD}: 7 años
{Gaia / Gea – High School DxD}: 7 años
{Ometeotl – High School DxD}: 6 años
{Caos – High School DxD}: 10 años 2 meses.
{Tiamat – High School DxD}: 7 años
Y la lista continuaba, pasando por varios nombres, algunos de personajes conocidos, y otros de entidades de las que no había leído u oído hablar, revelando una vastedad de poder oculta bajo la superficie del canon superficial de DxD.
Entonces, Hades finalmente se relajó, dejando caer la cabeza sobre el suave pasto con una sonrisa ladeada. Al menos ya tenía una idea sólida, o al menos una teoría bastante robusta, del nivel de poder real del mundo en el que se encontraba.
Así que, se tomaría su tiempo para crecer y fortalecerse. Originalmente, si hubiera llegado a este mundo en la era moderna, en una fecha cercana al inicio del Canon de DxD, realmente estaría desesperado.
Tendría que cuidarse constantemente de no ser reclutado por alguna de las tres facciones sobrenaturales -principalmente los demonios y los caídos- o asesinado por algún demonio callejero o monstruo desconocido.
Pero, gracias a su increíble suerte, no era así.
No solo había nacido posiblemente miles de años antes de que el Canon empezara, sino que había renacido como el maldito Hades, un integrante del top 10 de los “seres más poderosos” de este mundo… según el Canon original, claro, porque su sistema le decía otra cosa.
No solo tenía un gran futuro por delante, sino que estaba dispuesto a romper con su destino original. Estaba dispuesto a alzarse en la cima y convertirse en el ser más poderoso de este mundo, no solo de DxD, sino de todo el vasto universo de ficción que su sistema podía ofrecerle.
¿Y qué hay del Canon? ¡Que se joda el Canon! Cuando llegara el momento, él mismo iría y le daría una paliza a esos Dioses del otro mundo, a esas “hadas de los senos” y a quien se interpusiera en su camino.
Aprenderían a que nadie, absolutamente nadie, se mete con el Dios de la Muerte.
“Bueno, en cuanto a los eventos futuros, todavía tengo mucho tiempo para cuando sucedan. Por ahora, me tomaré mi tiempo para fortalecerme y prepararme”, se dijo Hades a sí mismo, con una determinación renovada.
“Al menos esto no es Dragon Ball, donde desde las etapas iniciales ya había personas fuertes que podían destruir satélites, y en las etapas posteriores casi todos los personajes eran capaces de destruir planetas e incluso más, ugh…” A Hades le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo al recordar la absurda escala de poder destructivo que tenía el Ki en ese mundo.
Recordando al Maestro Roshi de Dragon Ball, no pudo evitar suspirar con una mezcla de respeto y temor.
Incluso siendo un viejecito de más de 300 años, todavía podía ejercer un poder destructivo realmente aterrador.
En los inicios de la era de Dragon Ball, pudo enfrentarse a un Goku que se había convertido en un Ōzaru, deteniéndolo.
Además, pudo reunir el suficiente poder energético para destruir la luna, la cual se encontraba a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, con tan solo 180 unidades de poder de combate.
Eso demostraba un control y dominio sobre el Ki bastante elevado, digno del maestro de artes marciales más fuerte de su época.
Y eso no era todo. Su habilidad marcial era tan elevada que, en los tiempos de Dragon Ball Super, todavía fue capaz de lograr la hazaña de enfrentarse a cientos de los soldados del ejército de Freezer, lo cual no era para nada una hazaña pequeña.
Es bien sabido que los requisitos para unirse al ejército de Freezer era por lo menos tener 1000 unidades de poder de combate.
Hay que entender que los usuarios de Ki eran extremadamente raros y escasos en el universo de Dragon Ball; no cualquiera podía manifestar el Ki, y mucho menos aprender a controlarlo.
Esto significaba que el Maestro Roshi no solo venció a cientos de soldados comunes del ejército de Freezer, sino que el Maestro Roshi, ¡venció a cientos de guerreros prodigiosos de diversos planetas!.
Y no había que subestimar los bajos niveles de poder.
Incluso una persona con 200 unidades de poder ya era capaz de realizar hazañas increíbles, como alcanzar velocidades cercanas a la de la luz, y ejercer un nivel de fuerza aterradora, siendo capaces de aplastar montañas con sus puños, e incluso podían aprender a volar.
“Quizás debería descargar un personaje que utilice Ki en el futuro”, se dijo para sí mismo, mientras pensaba en cuál de los diversos personajes de las primeras etapas de Dragon Ball podría llegar a descargar una vez que su archivo de Ashborn terminara de descargarse. Los personajes de Dragon Ball Z, Kai, Daima y Super le llevarían demasiado tiempo de descarga para el momento.
Entonces, Hades volvió a relajarse, con una calma que no había sentido en un tiempo, mientras se perdía en sus pensamientos, dispuesto a pasar el resto del día acostado en el pasto, mirando las nubes y tramando su próximo movimiento en este nuevo y extrañamente familiar universo.
Salto de tiempo.
Mar egeo
“Esta se ve bastante bien, creo que la usaré”, dijo Hades para sí mismo. Flotaba en el aire, su Rinnegan analizando la isla que se extendía bajo sus pies. La había encontrado por pura casualidad mientras sobrevolaba los alrededores de la Isla Creta, en el vasto Mar Egeo.
Durante los últimos días, había estado buscando desesperadamente un lugar para entrenar sin molestar a los demás habitantes de Creta.
Hades tenía que admitir que sus entrenamientos, con su escala de poder creciente, a veces eran un poco ruidosos y, más a menudo, bastante destructivos.
Hacía solo unos días, su madre, Rea, lo había visitado para hablarle “seriamente” del tema. Fue justo el mismo día en que accidentalmente hundió la parte sur de Creta después de un entrenamiento con su Susanoo, afectando también las partes norte y central de la isla con las reverberaciones.
En su defensa, no era su intención hundir Creta ni causar un desastre geológico.
Hades solo quería saber qué pasaría si concentraba su energía Yang de chakra en la espada de su Susanoo, que era una construcción de energía Chakra Yin.
El resultado fue un gigantesco pilar de energía que salió disparado de la hoja de la espada, traspasando directamente la barrera de energía que rodeaba la isla de Creta.
El rayo ascendió imparable a través de los cielos, abriendo las nubes y creando un surco luminoso en la atmósfera. Era tan llamativo que posiblemente pudo verse a cientos de kilómetros a la redonda, una señal incandescente para cualquiera con la vista puesta en el horizonte.
Al principio, Hades se sorprendió. El ataque era similar a la explosión de la Rueda Dorada de Reencarnación (Kinrin Tensei Baku), usada por Toneri Ōtsutsuki en su Modo Chakra del Tenseigan -una técnica tan poderosamente destructiva que podía cortar incluso la Luna-, solo que a una escala mucho, mucho menor en comparación con el satélite terrestre. Pero Hades rápidamente se dio cuenta de que su Susanoo empezaba a colapsar debido a la liberación indiscriminada de energía de la espada.
No solo su Susanoo se vio afectado; los alrededores también estaban siendo pulverizados por la poderosa onda de energía. El suelo se destrozaba bajo el impacto del chakra Yin y Yang, la tierra temblaba violentamente, y grandes grietas se abrían, casi partiendo la isla por la mitad.
Al ver esto, Hades rápidamente cortó el suministro de energía Yang a su espada, haciendo que el rayo de energía desapareciera tan rápido como había aparecido.
El ataque duró solo unos segundos, pero fueron suficientes para casi destruir la isla si no hubiera reaccionado a tiempo.
Para su fortuna, Gaia se encontraba en la isla en ese momento.
Su abuela no tardó en hacerle una visita; se notaba que no estaba nada contenta por el destrozo, pero aun así no descargó su enojo con él de forma violenta.
Por el contrario, con su inmenso poder primordial, se encargó de arreglar la mayoría de los destrozos hechos por Hades, dejando la isla casi como nueva, y también cubrió los alrededores con una densa niebla mágica que evitó que su ubicación fuera descubierta por cualquiera que hubiera visto aquel pilar destellante de luz. (¿En serio me estás diciendo que este mundo no es Percy Jackson?)
Definitivamente, ese no fue un buen día para él. Al final, su abuela Gaia le dio el ultimátum de que tendría que buscar otro lugar para entrenar, ya que no estaba dispuesta a que destrozara Creta de nuevo.
Y después, tuvo que escapar a toda velocidad de una iracunda Hestia, quien lo perseguía con una antorcha encendida y una mirada de furia en sus pequeños ojos debido a que el temblor causado por su ataque había derrumbado la cueva donde ella vivía.
No solo aplastándola, sino también dañando gravemente todos sus equipos de juegos.
Así que, durante los últimos días, se dedicó a viajar por el Mar Egeo en busca de una isla lo suficientemente grande y, crucialmente, deshabitada, como para entrenar sin causar más incidentes divinos. Después de mucha búsqueda, finalmente encontró una opción bastante buena: la Isla Chrissi.
Era una isla a una distancia algo lejana de Creta, pero lo suficientemente cerca como para ser fácilmente encontrada. Su tamaño era bastante decente para ser una isla pequeña: unos 7 km de largo por 3 km de ancho. Aunque no era ni de cerca tan grande como Creta, todavía era lo suficientemente amplia para que pudiera entrenar sin problemas y sin el riesgo de “accidentalmente” hundir algo más.
“Pero aun así…”, pensó Hades, un ceño de fastidio formándose en su frente.
A Hades le molestaba un poco la distancia entre Chrissi y Creta, unos 13 a 15 km. No era por ser vago, pero la idea de viajar esa distancia cada día solo para entrenar no le parecía atractiva.
Aunque era totalmente capaz de recorrerla en cuestión de minutos o incluso segundos si se lo proponía -con su control sobre la gravedad y su potente chakra podía volar a más de mil veces la velocidad del sonido, e incluso alcanzar una velocidad cercana a la de la luz utilizando su Modo Sabio-, todavía le parecía un gasto innecesario de energía.
(Nota del autor: Sé que en el anime de Naruto se dice que los personajes viajan a la velocidad de la luz, y que Naruto con el Modo Sabio y el manto de Kurama puede ir unas 990 veces la velocidad de la luz, pero he estado investigando y eso no es físicamente posible, ya que con solo moverse a esa velocidad, básicamente arrasaría con todo lo que estuviera enfrente, como si fuera una bomba atómica andante. A lo sumo, podría alcanzar la velocidad de la luz base, y solo estoy hablando del Naruto que todavía no ha obtenido el Modo Sabio de los Seis Caminos; ese obviamente sería mucho más rápido, superando por mucho la velocidad de la luz, diría que unas 10 veces más rápido que la luz).
En esos momentos, Hades se lamentaba de no tener una habilidad espacio-temporal que le permitiera viajar rápidamente de un lugar a otro, como el Dios del Trueno Volador de Minato o el Amenotejikara de Sasuke.
Lamentablemente, no había tenido suerte de obtener alguna en el Gacha. Lo más parecido que poseía a una habilidad espacio-temporal era su capacidad para intercambiar lugares con sus clones de Limbo y también el Bifrost de Gungnir, el cual sería perfecto si no consumiera una cantidad absurda de maná cada vez que lo utilizaba.
Hades siguió mirando los alrededores con curiosidad, un remolino de ideas bullendo en su mente, hasta que una idea tan audaz como descabellada se le vino a la cabeza.
“¡Oh, eso podría funcionar!”, dijo, una sonrisa expectante, teñida de picardía, formándose en su rostro.
Una idea que solo a un ser con su poder y excentricidad se le ocurriría.
Hades rápidamente voló hasta el mar y se zambulló en el agua con un chapoteo mínimo para un ser de su tamaño.
Se sumergió hasta encontrar la base masiva de los pilares de roca que conectaban la isla con el lecho marino.
Flotó tranquilamente hasta estar justo debajo de la base, donde los pilares se unían a la plataforma insular de la isla, una masa terrestre que se alzaba sobre él.
En ese momento, Hades colocó sus manos contra la enorme plataforma rocosa que se alzaba sobre su cabeza, y entonces, empezó a empujar con una fuerza inmensa, concentrando su chakra, atraves de sus manos.
¡Crack! ¡Crack! ¡ROMPER!
Uno por uno, los pilares de roca que sostenían la isla desde el fondo marino comenzaron a agrietarse y romperse con estruendo mientras Hades aumentaba la fuerza de su empuje.
Sobre la superficie del mar, toda la Isla Chrissi, una masa de tierra de 7 km por 3 km, empezó a temblar violentamente.
Y pronto, con un rugido sordo que resonó bajo el agua y sobre ella, la isla comenzó a levantarse lentamente sobre la superficie del agua, liberándose de sus anclajes marinos.
Desde lejos, cualquiera que mirara esta escena se conmocionaría; parecía como si un gigante dormido empezara a emerger del mar, o una porción de tierra se rebelara contra su propia naturaleza.
Pronto, la isla con un área de casi 5.000 metros cuadrados había salido por completo de la superficie del mar, comenzando a flotar ingrávida en el aire, mientras pequeños escombros de roca y arena caían al mar como una lluvia silente.
En la parte baja de la flotante Isla Chrissi, se encontraba una pequeña, casi diminuta, figura humanoide con los brazos alzados, sosteniendo sobre su cabeza la inmensa masa de tierra.
“¡Jajaja, muy bien, en verdad funciona!”, Hades celebró su hazaña recién lograda, una carcajada de triunfo resonando en el aire.
No era solo la demostración de poder, sino la confirmación de una idea loca.
Hades había logrado elevar su cuerpo, junto con esa gran isla, en el aire gracias a su chakra de Elemento Polvo (Jinton). Había logrado condensar su chakra fuera de su cuerpo, envolviendo toda la isla por medio del contacto de sus manos, y así alterando su peso al cambiar la composición molecular de toda la Isla Chrissi.
Bueno, en realidad no había disminuido su peso en absoluto; simplemente cambió su densidad por medio del chakra para hacer sus partículas menos densas, dándole una sensación de “ligereza” irreal a la masa terrestre que conformaba la totalidad de la isla que sostenía con sus manos. Además, utilizaba su chakra para mantenerla unida, evitando que se desmoronara en un millón de pedazos.
En condiciones normales, esto no sería posible de hacer para él, un usuario relativamente nuevo en el uso del Elemento Polvo.
Este proceso requería no solo un excelente control del Chakra por parte de Hades, sino también una buena habilidad para la micro-manipulación a nivel molecular.
El proceso de mantener una isla de ese tamaño y con una forma tan irregular era bastante complicado, ya que no solo tenía que mantener el estado de baja densidad de toda la isla, sino que también tenía que mantener su chakra fluyendo constantemente por cada pedazo de tierra, cada piedra y cada grano de arena para mantener la isla unida como una sola entidad flotante.
En el anime de Naruto, solo el Tercer Tsuchikage de Iwagakure, Ōnoki, pudo lograr una hazaña bastante similar al levantar la Isla Tortuga y llevarla volando durante bastante tiempo.
Lo cual no es poca cosa, ya que, si no recordaba mal, la Isla Tortuga Genbu también tenía unas dimensiones colosales, llegando a medir varios kilómetros de ancho y largo y teniendo una altura de alrededor de 5.000 metros.
Por supuesto, Ōnoki era capaz de lograr esto gracias a que era mucho más experimentado en el uso del Kekkei Tōta: Jinton, también conocido como el Elemento Polvo, el ninjutsu avanzado más peligroso y destructivo del mundo ninja, posiblemente solo por debajo de las Gudōudamas en capacidad de poder destructivo.
Con décadas de experiencia en su uso y manipulación, no era de extrañar que él fuera capaz de levantar objetos de dimensiones inmensas como la Isla Tortuga o incluso de detener la caída de uno de los meteoritos enviados por Uchiha Madara.
Naturalmente, Hades no tenía las mismas habilidades que Ōnoki; no poseía su habilidad innata ni sus años de experiencia en el uso del Elemento Polvo.
Pero sí tenía algo que él no: su técnica ocular Bekijō.
La habilidad de su ojo izquierdo, llamada Bekijō, potenciaba todos sus ninjutsu y técnicas elementales, mejorando drásticamente su efectividad y reduciendo drásticamente el consumo de chakra. Esto significaba que, con Bekijō, podía usar sus técnicas de siempre con mayor fuerza y eficiencia, necesitando una fracción de chakra para ejecutarlas en comparación con un usuario normal. Así que, si Ōnoki necesitaba esforzarse y desgastarse para levantar la Isla Tortuga, Hades podía levantar toda la Isla Chrissi con un esfuerzo mucho menor y sin el agotamiento que su contraparte ninja sentiría.
A decir verdad, aunque sentía cierto peso en sus manos, apenas lo sentía; era casi como si estuviera cargando una gran caja llena de pelotas de espuma: lo suficiente para sentir su peso, pero no lo suficiente como para tener que hacer un esfuerzo serio o sudar.
Entonces, Hades, cuando finalmente encontró una posición de equilibrio perfecta en el aire, procedió a flotar a una velocidad algo lenta pero segura, dirigiendo su recién adquirida “base móvil” en dirección a la Isla Creta.
Una nueva zona de entrenamiento y comodidad para el Dios del Inframundo.
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Sin que Hades lo notara, a la distancia, ocultas bajo las cristalinas aguas del Egeo, dos siluetas se distinguían. Lentamente, emergieron del mar, poniéndose de pie sobre la superficie como si pisaran suelo firme, sus presencias imponentes revelándose.
La primera figura era una mujer de 1.78 metros, ataviada con un elegante quitón de color esmeralda y una cinta azul que ceñía su esbelta cintura.
Su cabello, largo y de un profundo castaño oscuro, estaba adornado con múltiples joyas marinas y perlas que destellaban con la luz del sol.
Su piel era clara y delicada, sus ojos de un azul tan profundo como el abismo oceánico, y sus cejas suavemente marcadas enmarcaban la belleza serena de su rostro perfectamente simétrico.
Sobre su cabeza, una delgada corona de oro se posaba con gracia.
“Bueno, ¿no es esto interesante?”, dijo la mujer con un tono ligeramente sorprendido, sus ojos fijos en la isla que se alejaba flotando.
Luego, giró la cabeza para mirar a la persona a su lado. “Ves, amor, te dije que valdría la pena venir a verlo.”
“Hmm, al parecer tenías razón en esto”, habló la otra persona.
Era un hombre bastante alto, de más de dos metros de estatura, con la piel ligeramente bronceada por el sol marino, una musculatura poderosa y brillantes ojos azules que reflejaban la inmensidad del océano. Su cabello, largo y blanco como la espuma de las olas, se extendía hasta la parte baja de su espalda, complementado por una frondosa barba del mismo color que le confería un aire de antigua sabiduría.
Una corona dorada adornaba su cabeza, y en su mano derecha sostenía un imponente tridente dorado, un poco más grande que la altura de su propio cuerpo.
El hombre, con una mirada contemplativa, se llevó una mano a la barba para comenzar a acariciarla pensativamente, todo mientras observaba la figura voladora de Hades alejarse en la distancia.
También miró la gigantesca isla que Hades alzaba con sus brazos por un momento, antes de que su mirada regresara al joven dios, entrecerrando los ojos con un interés inusitado.
Después de meditar unos instantes más, finalmente comentó con voz profunda, resonante como las mareas: “Al parecer, lo que nuestras hijas dijeron sobre él no eran meras especulaciones. Sin duda, es un individuo bastante único.”
“Sí, no es de extrañar que su nombre sea tan popular estos días”, añadió la mujer con una sonrisa. “Además, según lo que me dijeron nuestras hijas, él es el creador de esas extrañas prendas exóticas que se han puesto tan de moda. ¡Realmente quiero conocerlo!”
“¿Podemos ir a verlo, por favor, Océano?”, suplicó la mujer, con una chispa de emoción en sus ojos.
Ante la pregunta de la otra parte, el hombre sonrió con ternura, un gesto que suavizó su imponente figura, mientras acariciaba suavemente la mejilla de la mujer.
“Por supuesto, mi flor de coral. A decir verdad, yo también tengo interés en conocerlo.”
La mujer, Tetis, sonrió ante el gesto amoroso de su esposo, pero luego ladeó la cabeza, sus ojos curiosos ante sus siguientes palabras.
“Realmente, antes no parecías muy interesado en el, amor. ¿Qué cambió? ¿Acaso fue su muestra de poder?”, interrogó con bastante curiosidad.
Ante su pregunta, la sonrisa de Océano vaciló visiblemente.
Dio una última mirada a la figura de Hades, que ya había desaparecido por completo en el horizonte, antes de volver a ver a su esposa, Tetis.
No es que no estuviera asombrado por la asombrosa hazaña de fuerza que Hades realizó frente a ellos; de hecho, estaba casi conmocionado. Aunque él mismo se consideraba uno de los dioses más fuertes de esta era, también era plenamente consciente de su propia fuerza.
No se veía a sí mismo siendo capaz de levantar una isla entera de esa magnitud solo con su fuerza física, por muy titán del mar que fuera.
Al menos, necesitaría utilizar su dominio divino sobre el agua para lograr tal hazaña. E incluso así, no podría levantar una isla con la misma facilidad con la que Hades lo hizo; para eso, al menos, necesitaría entrar en su forma divina completa, una transformación que agotaba su esencia.
“Tetis, de verdad, ¿todavía no te has dado cuenta?”, le preguntó Océano a su esposa, con una seriedad que rara vez mostraba.
Tetis alzó una ceja en respuesta. “¿Darme cuenta de qué?”
Océano frunció el ceño, su voz bajando a un tono más solemne: “Ese chico, Hades, no utilizó ni una pizca de poder divino a la hora de levantar la isla.”
Tetis abrió mucho los ojos, su sorpresa genuina, ante lo dicho por su esposo, y luego negó con la cabeza, incapaz de procesarlo de inmediato. “No, no me había dado cuenta.”
Ahora podía entender el repentino e inusitado interés de su esposo hacia su sobrino. De hecho, ella no se había dado cuenta de que Hades no estaba utilizando en absoluto poder mágico ni divino; simplemente lo vio levantar la isla para luego irse volando y asumió naturalmente que él estaba utilizando su poder divino para lograr tal hazaña.
Trató de sentir los alrededores, buscando cualquier rastro de energía divina que Hades pudiera haber dejado, pero no sintió nada más que los residuos de su firma vital, una energía que no era ni mágica ni divina en el sentido convencional.
“¿Cómo es siquiera posible?”, volvió a preguntar Tetis a su esposo, su voz apenas un susurro de asombro.
Océano asintió lentamente, su mirada perdida en la lejanía. “No lo sé con seguridad, mi flor. Este niño, de alguna forma, ha logrado una hazaña que está completamente fuera de mi propia comprensión y la de cualquier dios que conozca.”
Ante su respuesta, Tetis guardó silencio por unos momentos. Dio una mirada contemplativa a la distancia, justo al lugar donde antes solía estar la isla de Chrissi, ahora solo vacío en el horizonte, luego habló de nuevo.
“Entonces… ¿cómo planeas actuar con él ahora, esposo?” Esa era la principal duda que rondaba la mente de Tetis. Ella conocía bastante bien a su marido y sabía que él tenía la costumbre de crear alianzas y hacer favores a otros dioses. En caso de conflicto, siempre se mantenía neutral y nunca participaba activamente en las luchas de poder; esa era su forma de sobrevivir en este mundo: hacer amistad con todo el que puedas y nunca enemistarte con nadie.
Pero el caso de Hades era un poco diferente. Originalmente, su propósito al venir a Creta era encontrarse con los hijos de su hermana Rea para forjar buenas relaciones con ellos. Incluso su esposo tenía planeado ofrecerse a tomar bajo su protección a los niños de su hermana, llevarlos a su reino submarino y entrenarlos en secreto.
Ambos sabían de la guerra que se avecinaba entre su hermano menor, Kronos, y sus hijos. Por ello, habían tomado la decisión de prestar cierta ayuda a sus sobrinos.
Aunque no los iban a ayudar directamente en la guerra (puesto que eso iría contra su postura neutral), sí estaban dispuestos a brindarles cierto apoyo.
Por ejemplo, ayudarlos en el dominio de su poder divino, era bien sabido que sus sobrinos eran dioses bastante jóvenes, apenas teniendo poco más de una década de vida, por lo que no deberían tener un dominio completo sobre sus autoridades divinas.
Así, Océano podría ayudarlos a comprender mejor su poder, ganándose el favor de los tres jóvenes dioses, posibles futuros dioses de alto nivel.
Esto los beneficiaría enormemente en el futuro.
Si llegasen a ganar el conflicto contra la facción de los Titanes y lograran derrocar a Kronos, ellos se convertirían en los nuevos gobernantes de toda Grecia.
Sería muy ventajoso para ellos tener el favor de los futuros líderes del panteón, y si no lo lograban, si sus sobrinos fallaban y eran encerrados en el Tártaro o asesinados, ellos no serían afectados.
Su reino no se vería comprometido, ya que los Dioses del Mar no participarían activamente en el conflicto que se avecinaba. Bajo el mando de Océano, el mar siempre sería neutral en la lucha por la sucesión al trono del dios rey.
Océano lo reflexionó por un momento, acariciando su barba con la mano, y después de lo que parecieron minutos de profunda contemplación, finalmente tomó una decisión.
“De momento, seguiremos con mi idea original: conoceremos a los hijos de Rea y nos ofreceremos a darles asilo y entrenamiento en nuestro reino, principalmente a ese chico Poseidón, quien, según nos han dicho, también posee una divinidad relacionada con el mar, al igual que yo. Sería una buena idea mantener una buena relación con él.”
Luego, Océano se detuvo unos instantes antes de volver a hablar, su mirada volviendo a un punto distante.
“En cuanto al hijo mayor de Rea, Hades, lo que puedo ofrecer es ayudarle a dominar su poder divino. Por lo visto, su físico se ha desarrollado de manera estupenda, y dudo que pueda hacer mucho para ayudarle a fortalecerse más en ese aspecto.”
“Pero lo que sí puedo hacer es ayudarle a comprender la esencia de sus dominios divinos, lo cual nos permitiría llevar una buena relación con él y tal vez entender mejor la naturaleza de su poder inusual”, Océano finalmente terminó de explicar su plan, un brillo de curiosidad en sus ojos.
“Entiendo. No es mala idea”, dijo Tetis, de acuerdo con el razonamiento de su esposo, asintiendo levemente.
Océano sostuvo su tridente y estaba a punto de usarlo para regresar con su esposa al reino marino cuando, de repente, tuvo otro pensamiento, uno que parecía iluminar su rostro.
“Tetis, ¿qué te parecería la idea de comprometer a una de nuestras hijas con él?”, Océano expuso sus pensamientos, queriendo saber qué opinaba su sabia esposa. Después de todo, no sería la primera vez que ofrecía a una de sus hijas como un lazo para formar buenas relaciones con otros dioses.
Ya había hecho esta jugada con Zeus antes, y hacía tan solo unos años, ofreció a uno de sus hijos mayores, Nilo, a un panteón oriental relativamente nuevo, llamado Egipto (Enea).
Para muchos, eso podría haber sido un desperdicio, ya que la idea de enviar a un Dios de nivel medio a un panteón tan pequeño y con tan pocos dioses podría ser considerado una pérdida de un recurso valioso.
Pero él no lo veía así, porque sus instintos le decían que ese pequeño panteón tenía bastante potencial para desarrollarse a futuro.
Así que aprovechó que el cuerpo de agua de uno de sus hijos pasaba por dicha región para ofrecerlo a unirse a dicho panteón como uno de sus dioses principales, lo cual no solo le permitió estrechar relaciones con el panteón, sino que también le dio a su hijo la oportunidad de desarrollarse y ascender en el orden jerárquico de los dioses.
Aunque, por supuesto, hubo condiciones, como el tener que cambiar su nombre de Nilo a Hapi para poder encajar mejor en su grupo de deidades del desierto. Pero más allá de eso, a su hijo le había estado yendo bastante bien.
Así que realmente no estaría en contra de ofrecer a su hija a alguien como Hades, que parecía ser un Dios con un gran potencial. Y aunque no se atrevía a decirlo abiertamente, en su corazón ya sabía que incluso podría llegar a ser más fuerte que su padre Kronos en el futuro.
Eso no sería en absoluto una pérdida, sino más bien una inversión a largo plazo, una jugada estratégica para asegurar la posición de su linaje.
Ante su idea, Tetis se sorprendió por un momento, pero luego lo pensó de manera más detenida.
Comenzó a ladear la cabeza de un lado a otro mientras tarareaba un lindo sonido con su voz, sopesando las implicaciones. Entonces, finalmente, volteó la cabeza para mirar de nuevo a su esposo, con una expresión mixta.
“Bien, cuando vengan a nuestro reino, deja que los demás hijos de Rea se relacionen con nuestras hijas. Estoy de acuerdo en que contraiga matrimonio con una de ellas, ¡pero solo después de que termine la guerra entre los hijos de Rea y los Titanes! Eso sí, solo si ellos son los que ganan.” Su voz adquirió un tono ligeramente enojado.
“Todavía estoy un poco molesta porque ofreciste a nuestra pequeña Metis a ese bruto”, dijo, ya que todavía recordaba cómo su hija mayor un día vino corriendo al salón del trono pidiendo permiso para irse con el hijo menor de su hermana Rea, Zeus.
El mismo joven dios que, recién la conoció, lo primero que hizo fue mirarle los senos de manera lasciva, faltándole el respeto a ella, la reina del mar. Y su esposo, lejos de enojarse, no solo no estuvo en contra de la idea de su pequeña niña, sino que por el contrario alentó a Metis a seguir al joven dios en su rebelión contra su padre.
Eso solo la enfurecía más, pero, lastimosamente, no podía ir en contra de las decisiones de su esposo, y entendía que el hecho de que su hija siguiera a Zeus podría ser lo mejor para ella a largo plazo.
El ver el repentino enojo de su esposa hizo que a Océano se le cayera una gota de sudor por la frente, una señal de nerviosismo poco común en un ser de su magnitud.
Había muy pocas cosas en el mundo a las que les tenía miedo, y la ira de su esposa era, sin duda, una de ellas. Por eso, al ver esto, rápidamente habló para calmar a Tetis, con una voz suave y tranquilizadora: “Tranquila, mi reina, ellos no perderán. El profeta Prometeo ya nos aseguró que el destino está del lado de los nuevos dioses. Además, ya sabes que Metis ha estado muy feliz desde que empezó a seguir a Zeus; incluso si quisieras que abandonara todo y volviera con nosotros al reino marino, su corazón no se lo permitiría.”
“Suspiro”. Tetis, al escuchar lo que su esposo dijo, solo pudo suspirar, un resoplido resignado, ya que sabía que era cierto. Aunque no le gustaba que su hija estuviera tan cerca del peligro, tampoco tenía el corazón para forzarla a volver a su lado, por lo que solo podría confiar en que la profecía de Prometeo se cumpliría sin problemas, y que al final los hijos de su hermana lograrían vencer al tirano de Kronos.
Al menos, podía tranquilizarse al saber que su pequeña Metis estaba a salvo en la isla bajo la protección de su madre, un pequeño consuelo en medio de la incertidumbre.
Al ver que su esposa finalmente se había calmado, Océano suspiró aliviado, el temor a su ira disipándose como la niebla. Luego, Océano la tomó de la mano, un gesto tierno y eterno.
Sin decir una palabra más, sus imponentes figuras se disolvieron en las profundidades del mar, como si fueran una extensión de las propias corrientes marinas. La superficie se cerró sin dejar rastro, y el vasto Egeo volvió a su calma aparente, dejando tras de sí solo el eco de sus intrigas divinas y la semilla de un futuro aún por forjar.
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Cambio de escena Isla Creta.
En una de las muchas playas paradisíacas de Creta, bajo el resplandeciente sol mediterráneo que doraba la arena, se desarrollaba una escena que, para los estándares de la antigua era, era verdaderamente peculiar. La costa, bañada por aguas cristalinas de un azul profundo, vibraba con una energía inusual. No era un simple bullicio; era una explosión de novedad.
La playa estaba completamente llena, pero lo asombroso era la vestimenta. Dioses y diosas, en lugar de los tradicionales y a veces poco prácticos quitones, desfilaban con prendas que exhibían sus figuras divinas de una manera completamente inédita: trajes de baño. Este había sido uno de los principales cambios que Hades había introducido, usando su conocimiento de una era futura para revolucionar el vestuario de los inmortales.
Y no, no era porque Hades tuviera una repentina afición por las fiestas playeras o por ver a los dioses en atuendos ceñidos. La verdad, y esto lo pensaba con una mezcla de fastidio y pragmatismo, era que estaba cansado de las “miserias” que se revelaban cada vez que el viento jugaba con los quitones de los dioses masculinos. Un espectáculo, sin duda, poco digno para seres divinos. Así que decidió, poco a poco, introducir conceptos de ropa y prendas de vestir de la era moderna.
Lo primero, y quizás lo más audaz, fue la ropa interior. Esto fue algo tan novedoso que causó un impacto sísmico entre los dioses. En sus creencias, el cuerpo de un Dios era perfecto en todos los sentidos, una manifestación de la divinidad que no necesitaba ser cubierta. El acto de ocultar sus formas podía ser mal visto por algunos, una afrenta a su propia perfección. Sin embargo, ni siquiera la más arraigada de las tradiciones pudo resistir el encanto del spandex elástico y la suavidad inaudita de la tela de algodón. Unas cuantas pruebas y demostraciones, y el confort ganó la batalla contra la moral.
Y por supuesto, Hades también les trajo el concepto de la ropa de playa. Esto fue algo que, estaba seguro, a los dioses masculinos les encantó hasta la médula. Entre ellos, un Zeus deslumbrado, con la boca abierta, al ver a sus hermanas en traje de baño. Su expresión, una mezcla de asombro y revelación, parecía indicar que se le había abierto una puerta a un mundo completamente nuevo.
Seguramente, el Dios del Rayo nunca imaginó que una simple prenda de vestir podría realzar tanto la figura de una mujer, resaltando sus atributos de una manera tan increíble que casi desafiaba la lógica divina. En secreto, con una complicidad que solo Hades percibió, Zeus fue uno de los primeros en darle un “pulgar arriba”, una señal de aprobación que valía más que mil ofrendas de incienso.
Aunque, por supuesto, esta revolución de la moda no fue gratuita. Aquellos que quisieran conseguir estas novedosas prendas de vestir tendrían que pagar con cosas que, para el ojo mortal, serían invaluables: oro puro, joyas relucientes, perlas de aguas profundas o materiales extraños traídos de los confines del mundo. Y aunque muchas de estas cosas no tenían ningún valor real o utilidad inmediata para los dioses, para Hades era todo lo contrario.
Él sabía el valor que podrían adquirir en el futuro, no como moneda de cambio, sino como componentes esenciales para una era venidera. Por ejemplo, el oro. Mientras muchos creían que solo servía como adorno o tesoro, Hades lo veía como la base para crear placas de circuitos. Lo mismo ocurría con el cobre, el litio, e incluso el humilde acero: todos, elementos clave para la tecnología que él conocía.
“¿Y si no les gusta el precio?”, pensaba Hades con una sonrisa ladeada. “Pues entonces pueden irse. Qué le vamos a hacer”. Él era, en esos momentos, la única persona en toda Grecia, no, en todo el mundo, capaz de hacer esas prendas. Solo él, el forastero de otro tiempo, conocía la composición y el proceso de fabricación de materiales como el elastano (spandex o lycra), el poliéster sintético, el nailon y el algodón hilado con métodos modernos.
No le importaba en absoluto si intentaban imitarlo; de hecho, en las últimas semanas ya hubo dioses y diosas que, con su inmensa autoridad divina, intentaron reproducir los materiales, pero, naturalmente, no lo lograron. Por mucho poder que invocaran, esos materiales se producían mediante un proceso industrial complejo, no natural, y el mana o el ichor no podían replicar la química y la ingeniería de un mundo más avanzado.
Así que, si alguno de los habitantes de la Isla Creta quería conseguir una de las prendas de vestir de moda en esos días, obligatoriamente tendría que recurrir a Hades. ¡Y mientras tanto, él se haría súper rico en el proceso! ¡MUAJAJA, MUAJAJAJAJA, MUAJA, MUAJAJAJAJA, MUAJA- ¡Cof!, ¡Cof! Bueno, continuando con la historia…
Retratos en la Arena
En la mitad de la playa, el sol se reflejaba en las gotas de sudor de un grupo de dioses masculinos que jugaban al voleibol en la arena. La pelota, ahora con un diseño vibrante cortesía de Hades, rebotaba con energía de un lado a otro por encima de la red.
Entre ellos destacaba Poseidón, con un pantalón corto estampado de palmeras y sin camiseta, su atlético físico marino en exhibición. Estaba más que feliz de lucirse con el juego que, según él, “había creado”.
A su alrededor, una multitud de dioses miraba con ferviente interés el partido, sus ojos siguiendo cada movimiento de la pelota.
Otros vitoreaban con entusiasmo, como si el voleibol fuera lo más natural del mundo, esperando con emoción su turno para probarlo y unirse a la nueva fiebre.
Estos dioses, naturalmente, no sabían que Poseidón no había sido realmente el creador del juego; solo les había enseñado uno de los muchos pasatiempos que su hermano mayor, Hades, le había mostrado.
Los dioses de la era antigua, al conocer por primera vez una actividad tan novedosa, se habían rendido ante su encanto.
Poseidón, que disfrutaba bastante de la atención y el reconocimiento, no veía necesario desmentir la “verdad”; al fin y al cabo, a Hades probablemente no le importaría, así que podía seguir jugando tranquilamente mientras se deleitaba con las miradas admirativas de las diosas.
No muy lejos de allí, en la orilla, donde las olas rompían suavemente contra la arena, se veía la pequeña figura de Hestia.
Vestida con un traje de natación negro de una sola pieza con líneas azules, la prenda, sorprendentemente, realzaba sus músculos abdominales cincelados y sus senos, notablemente desarrollados para alguien de su estatura.
Hestia estaba agachada, con un palo largo en una de sus manos, inmersa en su particular diversión: molestar a un pequeño cangrejo azul.
¡Chaz, Chaz, Chaz! El sonido de las pinzas del cangrejo golpeando el palo resonaba.
“¡Juejejeje!”, rio Hestia con una mezcla de diversión infantil y una pizca de malicia descarada. Cada vez que el cangrejo intentaba alcanzar la libertad del mar, Hestia lo empujaba ligeramente con su palo, alejándolo de su destino y frustrando sus pequeños esfuerzos.
Esto, naturalmente, hacía que el diminuto crustáceo se molestara aún más, atacando el palo con sus afiladas pinzas en una muestra de ira impotente.
Hestia se mantenía deliberadamente alejada de los demás hombres en la playa; o, para ser más precisos, ellos la evitaban a propósito, como si su mera presencia emanara una advertencia de muerte invisible.
Se había ganado una temible reputación entre los dioses masculinos desde un incidente particularmente… memorable. Un dios menor del río había intentado acercársele demasiado, con intenciones que Hestia consideró inapropiadas.
El pobre terminó con el rostro completamente golpeado hasta quedar irreconocible y quemaduras de quinto grado en la mitad inferior de su cuerpo.
Pero lo que realmente la hizo legendaria y especialmente temida entre los hombres fue el hecho de que la “herramienta” del dios fluvial había sido completamente carbonizada, hasta el punto de que ya ni siquiera era capaz de sentir dolor en dicha zona de su cuerpo. Una lección brutalmente efectiva.
Y aunque Hestia había alegado que este dios la había tocado de manera indecente (lo cual era cierto, por supuesto), su intento de defenderse verbalmente fue inútil ante la magnitud del temor que había infundido.
La leyenda de su furia ya se había extendido entre los demás seres sobrenaturales de la isla, ganándose el miedo unilateral de los hombres y la reputación de ser una “mujer violenta”.
Al final, no pudo hacer nada para evitar esa mala fama, pero la verdad es que no le importaba en absoluto lo que dijeran los desconocidos de ella.
Al menos, sus hermanos la apoyaron cuando les contó lo que pasó y la comprendieron, sobre todo Hera, quien, con una mirada gélida que prometía dolor eterno, se ofreció a maldecir al dios que se atrevió a cometer una ofensa tan grave contra su hermana. Solo la intervención de su madre, Rea, detuvo a Hera de llevar a cabo sus más oscuras fantasías de venganza.
Cerca de donde se encontraba Hestia, bajo la sombra fresca de un árbol de dátiles y sentada sobre una manta extendida en la arena, estaba Hera.
Su figura relucía en un fino vestido blanco, confeccionado con una tela ligera y moderna, que realzaba su belleza natural con una elegancia inigualable.
No por nada era considerada la más bella y noble de las tres diosas hermanas, una verdadera belleza natural.
Estaba inmersa en su propio mundo, sosteniendo firmemente un libro de lomo grueso en sus manos, sus ojos recorriendo rápidamente los párrafos densos de miles de palabras, mientras su mano cambiaba la página con una fluidez casi imperceptible.
Sin importarle en absoluto lo que sucediera a su alrededor, su aura de concentración era casi tangible, creando una burbuja de serenidad a su alrededor. Pero incluso en ese estado de profunda absorción y elegante indiferencia, no dejaba de llamar la atención de los hombres a su alrededor, que la miraban con anhelo y un deseo apenas contenido, pero sin atreverse a acercársele, paralizados por el temor a ofenderla.
Hera también se había ganado cierta reputación, aunque de una naturaleza diferente a la de Hestia.
Había descubierto su excepcional capacidad para crear encantamientos y maldiciones que parecían sacadas de las más oscuras profundidades del abismo del infierno… y, a decir verdad, bien podría ser el caso, dado el tipo de literatura que devoraba. Y, por supuesto, ninguno de los dioses presentes quería ser maldecido mientras dormía, o mordido por animales extraños y perturbadores mientras caminaban por el bosque.
La imaginación de Hera, alimentada por sus lecturas, se había vuelto su arma más potente.
En opinión de Hades, Hera cada vez se parecía más a una extraña combinación de la astuta Úrsula de La Sirenita y la poderosa Sabrina Spellman de Sabrina, la bruja adolescente, lo cual podría ser tanto bueno como malo dependiendo del ángulo desde donde se mirara.
Pero al menos, le estaba sacando provecho a todas esas novelas que leía, porque al parecer la capacidad de una persona para maldecir dependía tanto del poder del individuo como de la imaginación para hacer las realidad.
Y con la cantidad de libros y novelas de fantasía, terror, romance y misterio que Hera había devorado, tenía imaginación de sobra para crear maldiciones realmente terribles, lo suficientemente viles como para hacer llorar al más duro de los hombres.
En cuanto a Deméter, esta no se encontraba por ninguna parte. En lugar de pasar su día en la playa, prefirió vagar por la isla, con una misión muy personal: buscar y reforestar las zonas que fueron destruidas por el reciente y “accidental” ataque de Hades hace unos días. Una muestra de su conexión intrínseca con la vida y la naturaleza, incluso en medio del caos.
Un poco más lejos de la playa, encaramada sobre una gran roca que ofrecía una vista panorámica, se encontraba la diosa Temis, la Justicia personificada.
Ella no estaba participando activamente en las novedosas actividades recreativas de la playa junto con los demás dioses, no vestía las mismas prendas novedosas que ellos.
Simplemente estaba parada desde la lejanía, una figura imponente y serena, vigilando que todo estuviera en orden, que las nuevas “normas” de convivencia se mantuvieran. Aunque, de no ser por la venda que cubría sus ojos (un símbolo de su imparcialidad), todos podrían ver que en realidad tenía una mirada de interés genuino, casi de fascinación, por los cambios que se desarrollaban ante ella.
En otra área, aún más alejada de la bulliciosa playa, en una cala más íntima y protegida, se encontraban Zeus y Metis.
Disfrutaban de su tiempo de pareja, acostados sobre la arena tibia, abrazándose de manera íntima, con Metis recostando su cabeza contra el musculoso pecho de Zeus, susurrándose secretos que solo ellos entendían.
Aunque si se miraba con atención, se vería cómo uno de los ojos de Zeus se desviaba de manera casi imperceptible, recorriendo con una mirada ávida cada rincón de la playa, fijándose en las figuras de las diferentes diosas en traje de baño. Un hábito innato que ni el amor más profundo podía erradicar del todo.
No muy lejos de ellos, cerca de un pequeño campamento improvisado, se encontraba el dúo de hermanos Prometeo y Epimeteo.
Epimeteo, con su habitual enfoque en el presente, estaba completamente inmerso en la actividad de asar pescado fresco en una parrilla de carbón -una cortesía tecnológica de Hades, que siempre tenía algo práctico que ofrecer-. El aroma a pescado a la brasa llenaba el aire. Mientras tanto, su hermano mayor, Prometeo, se encontraba sentado apaciblemente en un tocón de madera pulido por el tiempo.
Miraba con un interés teñido de cansancio la escena que se desarrollaba frente a sus ojos, observando a los dioses pasar con una mezcla de curiosidad y preocupación.
Algunos jugaban despreocupadamente en el agua, otros corrían por la arena pateando un ¿Balón? Bueno, así les habían dicho que se llamaba. Incluso vio un grupo que estaba reunido alrededor de una fogata, asando jugosos trozos de carne.
Antes, este tipo de escenas hubieran sido inimaginables, una contradicción en el tejido mismo de la realidad divina. Pero desde hacía unas semanas, se habían vuelto asombrosamente frecuentes para los habitantes de la Isla Creta.
Algunos lo habían aceptado rápido, abrazando la novedad, mientras que a otros les había costado un poco más adaptarse a esta rutina inesperada.
Y Prometeo, entre todos los dioses, era a quien más le costaba aceptar los cambios que habían estado sucediendo últimamente.
Él, como Dios de la Profecía, era naturalmente capaz de ver a través del velo del espacio y el tiempo, vislumbrando múltiples futuros posibles con una claridad que le había definido por siglos.
Pero -y esto era lo que le carcomía el alma- en ninguna de esas visiones pasadas, en ninguno de esos futuros posibles que había desentrañado, sucedía esta escena.
Desde hacía algún tiempo, había estado teniendo constantes dolores de cabeza, punzadas agudas cada vez que intentaba utilizar su visión profética. Antes, el futuro que parecía escrito en piedra era tan claro para él, tan inmutable, solo para que de repente, ese futuro hubiera empezado a cambiar de manera errática y constante, como un río que de pronto decidía desviar su curso sin previo aviso.
Prometeo giró su cabeza y miró en la dirección en la que se encontraban los hijos de Rea, los “hijos del destino” de está era, como se les conocía.
Y era claro que dicho cambio estaba intrínsecamente relacionado con ellos. O, para ser más precisos, estaba relacionado con el hermano mayor: Hades.
Desde que lo conoció, Prometeo supo que él era el causante de destruir los eventos que conformaban la línea de tiempo ya establecida. Y aunque al inicio no supo cómo Hades había sido capaz de hacer esto, pronto lo entendió todo. La existencia de Hades podría definirse, en términos proféticos, como un “sin destino”.
¿Y qué significaba eso?
Significaba que Hades era un hombre, un ser divino, que no tenía un destino preestablecido, un rumbo fijo dictado por las Moiras o por la trama cósmica.
A diferencia de los otros dioses, cuyos futuros ya estaban determinados por hilos invisibles, él poseía la capacidad intrínseca de tomar sus propias decisiones y controlar su propio futuro, en lugar de estar sujeto a un camino ya trazado. Una anomalía, una variable incontrolable en el gran cálculo del destino.
“Je”, Prometeo soltó una pequeña risa, que se oía algo vacía, teñida de ironía. Desde el punto de vista de los dioses comunes, esto no tendría nada de malo; al fin y al cabo, un destino libre no los afectaba en absoluto.
Pero para los Dioses del Destino, una persona que no estaba encadenada a un futuro predeterminado podía llegar a ser muy peligrosa.
Ya que no tenían forma de saber qué tipos de cambios, qué maremotos de consecuencias, traería esta persona. Podían ser cambios buenos, que beneficiaran a todos, o traer catástrofes que afectaran al mundo entero, reescribiendo la historia de una forma impredecible.
Y para su mala suerte, este “sin destino” era, paradójicamente, una de las personas más importantes para el desarrollo futuro del mundo griego: Hades, el gobernante predestinado del Inframundo Griego. El Dios que le estaba causando una migraña existencial a Prometeo.
No solo demostraba un comportamiento y actitud muy diferentes a los que vio originalmente en sus visiones.
Había pasado de ser un Dios sombrío, distante y melancólico, una figura temible y despiadada, a ser un Dios bastante amigable, alegre y sorprendentemente relajado, con un comportamiento que se salía completamente de cualquier normalidad divina.
Sino que su existencia en sí era una anomalía capaz no solo de romper su propio destino, sino también de cambiar el destino de otros, como un guijarro lanzado en un estanque que altera todas las ondas.
El mejor ejemplo de esto eran sus hermanos, los cuales contrastaban marcadamente con los que vio en sus visiones hacía años:
Poseidón: Pasó de ser un Dios violento e impulsivo, un tirano de los mares capaz de realizar acciones extremas sin ningún remordimiento, a ser un Dios bastante sereno y reflexivo, siendo cauteloso con sus palabras y acciones, e incluso llegando a ser una persona agradablemente sociable en algunas ocasiones.
Hestia: Que pasó de ser una Diosa serena, gentil y pacífica que pondría a su familia por encima de todo, a ser una diosa temeraria, fuerte, intrépida y con una violencia latente, que no dudaría en golpear a cualquiera que le causara alguna molestia, incluso a su propia familia.
Además, había manifestado varias habilidades que diferían mucho de las que había visto en sus visiones del futuro original.
Hera: Bueno, en lo que respecta al comportamiento esencial, Hera era la única que no había sufrido grandes cambios; seguía emanando una presencia noble y una dignidad regia.
Pero su actitud en general había cambiado; era menos rencorosa y obsesiva de lo que originalmente sería. Y aunque Prometeo podía notar en ella cierta cautela y desconfianza hacia los hombres, tampoco notaba el intenso odio y el deseo de venganza que debería tenerles originalmente.
Ah, y tampoco estaba obsesionada con su hermano menor Zeus, aunque eso, en opinión de Prometeo, podría ser lo mejor para la propia Hera.
Y por último, Deméter. Esta, en comparación con sus hermanos, parecía ser la que más cambios había sufrido, casi una metamorfosis.
En contraste con lo que debería ser originalmente, parecía una persona completamente diferente.
Su forma de actuar, su comportamiento cálido y trabajador, su sonrisa radiante con un aire protector, su actitud bondadosa, generosa y trabajadora, contrastaban drásticamente con esa mujer temperamental, feroz y vengativa que alguna vez llegó a ver en sus visiones.
De hecho, parecía una Deméter completamente nueva, una versión que él no conocía.
Y eso lo asustaba.
Como profeta, su principal valor residía en su capacidad para recibir visiones y revelaciones divinas, siendo el nexo entre el presente y el futuro.
Pero ahora que su poder le estaba fallando de manera tan drástica, no era diferente de una persona ciega.
No solo era incapaz de vislumbrar el futuro con claridad, sino que incluso le era difícil percibir el presente, sobre todo cuando “él” (Hades) estaba cerca, como si su mera presencia distorsionara el tejido del tiempo a su alrededor.
Pero no podía hacer nada. Y si llegaba a revelarle a alguien su problema, sobre todo a Gaia, la abuela de los dioses y la primordial de la Tierra, podría perder su valor a los ojos de los demás inmortales.
Ya que si le quitaban su capacidad para ver el futuro, todo lo que quedaba era un Dios como cualquier otro.
Lo único que le quedaba, y que era medianamente destacable en él, eran su capacidad como artesano y su inteligencia, pero incluso en esto no era nada sobresaliente; había dioses que podían hacer mejores artesanías que él, y muchos dioses y diosas que eran más inteligentes.
Su principal valor, su esencia, residía en su capacidad para ver el futuro. Por lo tanto, ahora todo lo que podía hacer era aferrarse desesperadamente a la información que recordaba sobre el futuro original y esperar que, al menos, los acontecimientos clave sucedieran de manera similar a como él los había visto en el pasado, antes de que el “sin destino” llegara y lo cambiara todo.
Mientras Prometeo seguía reflexionando sobre su precaria situación, no se dio cuenta de cómo una enorme sombra se acercaba hacia Creta, amenazando con cubrirla completamente, con la sombra la silenciosa y colosal silueta de una isla flotante se acercaba amenazadoramente su forma difuminada por las nubes.
Un rugido sordo, más una vibración en el aire que un sonido audible, precedió a la llegada.
La luz del sol se atenuó de repente, como si una gigantesca nube hubiera eclipsado el cielo. Pero esta no era una nube; era una masa sólida de tierra y roca, una isla entera, que se movía lenta pero inexorablemente a través de los cielos, proyectando una oscuridad inmensa sobre todo a su paso.
A la cabeza de esta improbable masa terrestre, suspendido con una facilidad casi insultante, estaba Hades.
Sus brazos, ligeramente alzados, parecían sostener la isla entera con un esfuerzo mínimo, como si fuera una maqueta. Sus ojos, ahora un crisol de poder arcano, brillaban con una tenue luz, reflejo de la formidable energía que manipulaba para mantener Chrissi en el aire. No había rastro de esfuerzo en su rostro, solo una expresión de concentración tranquila mientras dirigía su nueva y voluminosa “área de entrenamiento” hacia su destino.
La brisa que antes era cálida se tornó fría por la repentina ausencia del sol, y el aire se hizo denso bajo el peso de la isla flotante.
Los pájaros huyeron despavoridos, los animales en tierra se agazaparon, y un silencio sepulcral cayó sobre Creta mientras la sombra se extendía, abarcando árboles, rocas y el propio templo.
Prometeo, absorto en sus pensamientos, finalmente sintió la drástica caída de la temperatura y alzó la vista.
Sus ojos se abrieron con incredulidad y asombro al ver la imponente silueta que ahora dominaba su horizonte, una isla entera moviéndose como si fuera un peñasco cualquiera en el viento.
En el centro de aquella mole flotante, una pequeña figura se perfilaba contra el cielo, inconfundiblemente, la de Hades.
Se hizo el silencio. Nadie se atrevió a decir nada. La incredulidad y el terror se extendieron colectivamente entre los dioses presentes en la playa que presenciaron la escena de Hades cargando una inmensa isla sobre sus cabezas.
Poseidón, que hasta ese momento seguía jugando en la playa con la despreocupación de un niño, se quedó paralizado. No se movió, ni siquiera cuando la pelota que perseguía lo golpeó en el costado de la cabeza. Su mirada, fija en la sombra colosal, era de puro asombro.
Incluso Hera, quien normalmente era la que podía mantener la compostura en este tipo de situaciones y la que tenía más sangre fría entre ellos, no pudo evitar estar inquieta ante la inmensa masa rocosa que se extendía sobre ella.
Rápidamente se levantó del suelo, lista para irse del lugar y buscar refugio. Sin embargo, su instinto de huida se detuvo en seco cuando logró divisar la diminuta figura de Hades sosteniendo la base de la isla.
Se quedó completamente paralizada. ¿Qué carajos estaba haciendo su hermano, o más bien, cómo lo estaba haciendo? La pregunta resonaba en su mente, desafiando toda lógica que conocía.
Zeus y Metis, que también estaban disfrutando del sol en la compañía uno del otro, reaccionaron de la misma manera ante la impresionante y desconcertante llegada de Hades.
Sus rostros reflejaban una mezcla de asombro y una pizca de miedo, una emoción poco común para el joven dios.
Y cuando el silencio se había asentado, pesado y espeso en el aire, se podía escuchar la respiración entrecortada de los dioses. Al menos hasta que una voz rompió el vacío.
Y cuando el silencio se había asentado, pesado y espeso en el aire, se podía escuchar la respiración entrecortada de los dioses. Al menos hasta que una voz rompió el vacío.
“¡Hades, gran tonto, qué estás haciendo!!!”
Era la voz de Hestia. Había soltado un grito, reforzando su voz con poder mágico, haciendo que el sonido viajara por toda la isla y, naturalmente, llegara a los oídos de Hades.
Este tomó aire y, con una voz potente, usando su propio chakra de viento para amplificar el volumen, respondió, “¡Solo estoy moviendo mi zona de entrenamiento!!!”
Hestia, que escuchó esto, parpadeó con confusión. “¿Zona de entrenamiento?” Luego, volvió a alzar la voz con fuerza: “¡¿De qué demonios estás hablando?!”
Hades contestó a su pregunta sin vacilaciones, “¡¡¡Bueno, debido al último ‘incidente’ que causé hace unos días!!!”, dijo, separando una de sus manos de la base de roca para hacer comillas con los dedos, causando que a los dioses presentes casi se les saliera el corazón del pecho al ver cómo la isla se tambaleaba peligrosamente en el aire.
“¡¡¡La abuela me dijo que debería buscar un lugar diferente para entrenar, y no terminar como la última vez!!!”, señaló con su mano a la zona norte de Creta, que todavía se veía bastante afectada por el accidente de la vez anterior, con sus cicatrices geológicas aún visibles.
“¡¡¡Y terminé encontrando esta isla!!!”, finalizó su explicación, asumiendo que con eso sería suficiente.
Hestia, que escuchó su explicación, finalmente asintió con su cabecita en señal de comprensión, pero luego se detuvo. Algo no cuadraba. Volvió a hablar, su tono ahora más curiosa que sorprendida:
“¡¡¡Pero por qué rayos trajiste toda una maldita isla!!!”
“¡¡¡Porque soy así de increíble, jajajaja!!!”, se rió Hades con un falso tono de superioridad, mientras flexionaba su brazo exponiendo sus músculos con orgullo. Sin embargo, su sonrisa decayó cuando notó que Hestia le dedicaba una mirada en blanco que claramente decía: ‘¿En serio, eso es lo mejor que se te ocurrió?’
“¡¡¡Bueno, ya… no quería viajar tanto tiempo cada día solo para entrenar!!!”, dijo finalmente Hades, rascándose la cabeza con incomodidad mientras hacía una mueca. Pensó que su acto sería gracioso, pero resultó más bien incómodo y poco convincente.
Hestia, al ver esto, finalmente asintió. Eso era algo que realmente podía creer. Después de todo, había visto a su hermano hacer cosas absurdas e innecesarias para lograr los objetivos más simples. Así que, realmente no le sorprendía que hubiera arrancado una isla entera desde sus cimientos solo porque no quería hacer el esfuerzo de ir y volver de ella todos los días. Era súper esa de siempre solo que a una escala divina.
“¡¡¡Entendido, ahora ya llévate esa maldita cosa de aquí!!!”, dijo, señalando la isla flotante. “¡¡¡Estás cubriéndome el sol!!!.
Hades, que escuchó esto, se rió con un tono de burla y diversión. “¡¡¡Cuidado, no sea que te vayas a quemar, enana- HEEEY!!!”
¡Booom!
Hades no pudo terminar de hablar cuando una bola de fuego del tamaño de un automóvil se estrelló junto a él, destrozando una parte de la base de la isla flotante. El impacto hizo que perdiera el equilibrio nuevamente y la isla se tambaleara de lado, amenazando con caer estrepitosamente sobre Creta.
Al ver esto, muchos de los dioses menores presentes entraron en pánico y empezaron a retroceder alarmados al ver cómo el coloso se inclinaba sobre ellos, mientras grandes fragmentos de roca caían al mar, causando enormes olas que se dirigían a la playa donde los dioses se encontraban.
Pero a Hestia no le importó esto. Simplemente estiró una mano y disparó una ráfaga de fuego que evaporó las olas antes de que pudieran alcanzar la orilla, dejando solo una columna de vapor. Luego, se cruzó de brazos, haciendo un puchero en dirección a Hades.
Hades, que había logrado recuperar el control de la isla en el aire con un esfuerzo notorio, gritó: “¡¡¡Oye, qué rayos te pasa!!!”
Hestia no respondió. Lo ignoró por completo. Simplemente le dio la espalda y se fue caminando a paso firme en dirección a Hera para finalmente sentarse junto a ella con las piernas cruzadas, soltando un último y contundente: “¡Idiota!”
El Señor del Inframundo puso los ojos en blanco, una expresión de resignación grabada en sus rasgos pétreos. “Como sea”, murmuró, su voz apenas un susurro que, para los otros dioses, sonó como el roce de un trueno lejano. Con ese último y desinteresado comentario, el inmenso dios se impulsó de nuevo.
Mientras tanto, en la playa, la gente que hasta hace un momento estaba paralizada por la conmoción, ahora observaba con un interés casi hipnótico el peculiar espectáculo que Hades y Hestia habían protagonizado.
Los murmullos de asombro se mezclaban con las risas nerviosas y los susurros de los más audaces, que intentaban comprender lo que sus ojos acababan de presenciar. Pero para la mayoría de los dioses, el verdadero espectáculo seguía siendo Hades. El dios del Inframundo reanudó su lento y majestuoso viaje hacia la extensión de mar adyacente a la isla de Creta.
Cargaba la inmensa isla Chrissi sobre sus brazos -o, más precisamente, la empujaba y transportaba con su pura fuerza- y lo más asombroso era la ausencia total de esfuerzo en su rostro. No había rastro de tensión, ni un solo músculo contraído que indicara el peso inimaginable que sostenía. La isla simplemente se movía con él, una extensión de su voluntad.
Dejó atrás no solo a Hestia y Hera, sino también el caos que su llegada había sembrado: las olas aún rompían con fuerza contra las costas cercanas, y las ráfagas de viento, aunque disminuían, seguían agitando las copas de los árboles.
La conmoción de sus hermanos, un murmullo de asombro y frustración, se desvaneció a medida que la colosal figura de Hades se alejaba. Un titán entre dioses, lo llamaron algunos, pero este era completamente indiferente a la conmoción, el asombro y el miedo que había sembrado entre sus pares.
De repente, la marcha de la isla se detuvo. Y luego, con un ruido estruendoso que retumbó en todo el Egeo, la isla Chrissi fue cuidadosamente bajada y colocada al nivel del mar, a poco más de un kilómetro de la imponente isla de Creta. Su descenso provocó la formación de grandes olas y ráfagas de viento que azotaron violentamente la parte norte de Creta, arrancando árboles y levantando una cortina de espuma y sal.
Y así, Hades, que finalmente había soltado a Chrissi, encontró un nuevo y solitario lugar donde entrenar y practicar sus habilidades, lejos de las miradas curiosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com