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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 3

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3: 2.

un inicio desafortunado 3: 2.

un inicio desafortunado Ubicada en el corazón de Tesalia, Grecia, se alzaba una gigantesca montaña, el Monte Otris, bañada por la luz dorada y eterna del sol.

Sus imponentes construcciones, forjadas en piedra blanca y oro resplandeciente, conformaban una ciudad que solo podía definirse como la perfección encarnada.

Cada columna, cada arco, cada plaza, parecía esculpida por la mano de la divinidad misma.

En la punta más alta de la montaña, dominando el paisaje con una majestuosidad abrumadora, se erigía un palacio colosal, visible desde kilómetros de distancia.

Desde sus torres que parecían perforar el cielo hasta sus intrincados jardines colgantes, que se derramaban como cascadas esmeralda, todo parecía sacado de un cuento de hadas o de los más grandiosos mitos.

El aire mismo vibraba con una energía antigua y poderosa.

Por sus calles pavimentadas de mármol pulido, una particular y variada procesión de seres se movía con una gracia inigualable.

Hombres de constitución normal, pero con una apariencia tan perfecta que parecían esculpidos por la luz divina, se mezclaban con gigantes tan altos como una casa, sus cuerpos rebosantes de músculos titánicos, pero con rostros de una belleza etérea.

Mujeres de figuras atractivas, con cabellos que brillaban en todos los colores imaginables, desde el oro líquido hasta el ébano más profundo, caminaban con una confianza inherente a su naturaleza divina.

Y entre ellos, animales que nunca serían vistos fuera de una fantasía, criaturas míticas que pastaban en los prados o surcaban los cielos, testigos silenciosos del esplendor titánico.

Este era el Monte Otris, el sagrado hogar de los dioses Titanes, y en lo más alto de esta montaña, custodiando los reinos, se encontraba el palacio de Kronos.

Una imponente estructura hecha de obsidiana y mármol negro, con paredes que absorbían la luz y la devolvían en destellos sutiles, adornada con altas columnas que se perdían en techos abovedados y salones gigantescos, cuyas vastas extensiones estaban iluminadas por antorchas mágicas que nunca se extinguían.

Era una fortaleza de poder primordial, un reflejo de la oscuridad y la fuerza de su regente.

En lo más profundo de este palacio, en la sala más grandiosa, se erigía el trono de Kronos.

Tallado en una sola pieza de obsidiana, lisa como un espejo y oscura como la noche sin estrellas, estaba incrustado con vetas de oro brillante y diamantes que reflejaban la luz de las antorchas como estrellas cautivas.

Y en él, imponente incluso en su estado de reposo, se encontraba sentado el mismísimo Rey dios Titán, Kronos, que en ese preciso instante se encontraba sumido en un sueño profundo.

Era un hombre de más de dos metros de altura, con cabello blanco que enmarcaba un rostro eternamente joven, tallado con líneas de una belleza severa.

Su figura emanaba un poder primordial tan vasto que el aire a su alrededor parecía vibrar con una energía contenida.

Los músculos de su cuerpo no eran producto de la juventud, sino de una fuerza ancestral, definida por eones de existencia, capaz de doblegar la propia voluntad de los dioses menores.

Su vestimenta era una túnica que simbolizaba sus albores: tosca y elemental, parecía formada por las pieles de bestias primigenias o incluso la propia oscuridad tejida en hilos dorados que serpenteaban a su alrededor, simbolizando su conexión directa con una de las fuerzas más indomables del cosmos: el Tiempo mismo.

En su mano, aunque no siempre visible a simple vista, yacía una hoz o una guadaña primitiva, tosca y no pulida, forjada de metales negros.

Era una herramienta inherentemente amenazante, un símbolo del tiempo que todo lo siega y del poder brutal con el que había derrotado a su padre.

Kronos se encontraba descansando después de haber puesto en orden a todo ser en sus dominios bajo el mando del trono de Grecia.

Había lidiado con cada chispa de oposición después de que él y sus hermanos, Océano, Ceo, Crío, Hiperion y Jápeto, tomaran el poder de los cielos y la tierra.

Con la ayuda de la diosa madre, Gaia (Tierra), Kronos había logrado emboscar a su padre, el Dios primordial Urano (Cielo), en el momento más vulnerable: mientras estos tenían relaciones.

Kronos, en un acto de “valentía” y brutalidad calculado, había logrado cortarle los testículos a su padre con la guadaña δρέπανον (drépanon), un arma temible, regalo de su madre Gaia, forjada con los mejores minerales extraídos de las profundidades insondables del Tártaro y encantada por la propia madre tierra.

Logró infligir una herida fatal en la zona más importante para un Dios, logrando que su padre Urano perdiera sus calificaciones como Dios Rey y obligándolo a retirarse a las partes más profundas de la estratosfera, en estos tiempos conocida simplemente como el Cielo.

Pero incluso en su sueño, no estaba en paz.

Había una sensación palpable de inevitabilidad a su alrededor, la premonición de un destino que aún no se había cumplido, pero que se sentía tan inminente como el amanecer.

Recordaba los últimos meses, desde que su padre Urano lo visitó en sueños, no para rogarle, sino para dictar una profecía de destino, una revelación amarga de su propia e inevitable derrota a manos de uno de sus hijos.

El pensamiento lo carcomía por dentro, impidiéndole encontrar la paz en su reinado recién establecido.

Y la ironía era cruel: en esos momentos, su esposa y hermana, Rea, se encontraba dando a luz a su primer hijo.

Cada quejido, cada suspiro que llegaba desde la habitación adyacente, era una punzada de ansiedad en su alma.

En su mente, mientras dormía, se gestaban ideas sobre sus próximas acciones.

Pensaba en criar a sus hijos para que fueran leales a él, una empresa que difícilmente creía poder lograr debido a algo llamado ‘Orgullo divino’, una fuerza inherente que impedía a los dioses someterse por completo a la voluntad de otro, incluso de un padre.

También pensaba en identificar y eliminar de manera decisiva al hijo o hija que lo traicionaría, pero no podía hacerlo.

La profecía de Urano había sido demasiado ambigua en ese aspecto, un acertijo cruel.

En su mente paranoica, siempre existía la posibilidad de que cualquiera de sus descendientes tomara la iniciativa de una rebelión.

La semilla de la desconfianza ya estaba sembrada.

Además, tampoco confiaba del todo en sus hermanos, sobre todo en Océano, el cual se negó a participar en su plan para derrotar a su padre.

Nunca se sabía cuándo el Mar podía rebelarse contra el Cielo.

El equilibrio de poder era una danza constante y peligrosa.

Actualmente, Kronos ostentaba tres de las cuatro partes principales que componían el panteón griego: el dominio del cielo, el dominio sobre la tierra, y el dominio del inframundo.

Solo el dominio sobre el Mar permanecía fuera de sus manos, debido a la inquebrantable autoridad de su hermano mayor, Océano.

Era un recordatorio constante de que su poder, aunque vasto, no era absoluto.

Dejando de lado sus pensamientos, Kronos abrió los ojos.

Sus iris, del color de la noche más profunda, brillaron con una luz fría y calculadora.

Se tomó un momento para mirar su imponente sala del trono.

Las paredes negras, decoradas con oro reluciente y múltiples gemas preciosas, parecían absorber y devolver la luz.

En el techo, un mural gigantesco narraba, con colores vibrantes y detalles épicos, la historia de cómo él, el hijo menor del Cielo, había logrado derrocar a su opresivo padre y alzarse como supremo rey de los dioses.

Una historia de triunfo que, para él, se sentía cada vez más como una carga.

Luego de este momento de contemplación, Kronos se alzó de su trono con un movimiento fluido pero poderoso.

Su figura proyectó una sombra larga en el mármol, y empezó a caminar por los grandes pasillos, sus pasos resonando con un eco solitario en la vastedad del palacio.

Se dirigía a la habitación de su esposa y hermana, Rea, donde el destino, o la profecía, estaba a punto de dar su primer golpe.

……………………………….

Mi conciencia, una chispa minúscula en la vastedad de la existencia, poco a poco volvió a mí.

Intenté abrir los ojos, percibiendo un entorno borroso e intensamente iluminado.

Era un asalto a mis recién formados sentidos, y rápidamente los cerré de nuevo, la luz picando como agujas diminutas.

Pero la sensación…

ah, la sensación de mi cuerpo regresando, cada nervio, cada célula, extendiéndose y conectándose, era increíblemente reconfortante.

Era una envoltura física, un ancla en la realidad.

Podía sentir los brazos de alguien sosteniendo mi pequeño cuerpo con una delicadeza infinita, un cuidado que me hizo saber, con una certeza instintiva, que era mi nueva madre.

Su presencia era cálida, tan acogedora como acurrucarse bajo mi gruesa manta de león en una fría noche invernal de mi vida anterior.

Era un calor que prometía protección.

La mujer, mi madre, en ese momento me estaba mimando y cuidando, susurrando arrullos incomprensibles pero reconfortantes.

De repente, una voz claramente femenina, suave pero con un matiz de profesionalidad, dijo a su lado unas palabras: “Felicidades, reina.

Su hijo es un varón.” Una oleada de alivio me invadió, a pesar de mi confusión.

Un varón.

Bien.

Entonces escuché una nueva voz, llena de una emoción que rápidamente identifiqué como propia de una madre, de mi madre.

“Mi pequeño bebé hermoso.

Estoy feliz de finalmente tenerte en mis brazos.” Otra voz, diferente a la primera, de lo que asumí eran las ¿enfermeras?

¿parteras?

preguntó, con un tono más formal: “Felicitaciones, Lady Rea.

¿Y cómo lo va a llamar?” Por alguna razón, al escuchar ese nombre, “Rea”, un escalofrío helado recorrió mi recién formado cuerpo.

No era miedo, sino un mal presentimiento, una punzada de reconocimiento que no podía ubicar.

“Se llamará Hades.

Mi primer hijo y mi primogénito.” En ese momento, caí en una profunda reflexión, mi mente de bebé recién nacida zumbando con una velocidad inusual.

(¿Soy Hades?

¿Soy ese Dios de los muertos?

¿O solo alguien con un nombre parecido?

¿Quién en su sano juicio le pone Hades a su hijo?) Entre más lo pensaba, más empezaba a asustarme ante la posibilidad, cada vez más real, de ser ese Dios de la mitología griega.

Porque, aunque ser un “Dios” suene genial en teoría, la vida de Hades no es precisamente glamorosa en la mitología.

Es conocido como un Dios de muy mala reputación, se le atribuyen cosas horribles como las muertes de amigos y familiares, las plagas y los sacrificios humanos realizados en su nombre.

Además, su actitud sombría y solitaria causaba que nadie quisiera acercarse a él.

Era el marginado, el indeseable.

(Espera…

Entiendo lo de primogénito, pero ¿primer hijo?

¡Eso no tiene sentido!

¿No se supone que su primera hija es Hestia?

No sé mucho de mitología antigua, pero hasta yo sé algo como eso.

¿O es que mi conocimiento está mezclado con diferentes versiones del mito?

Esto es más complicado de lo que pensé.) Mientras estaba sumido en mis pensamientos caóticos, se oyeron pasos cercanos.

Pasos pesados, deliberados, que resonaban con una autoridad innata.

Luego, una voz.

“¡Rea!” La voz era grave, atronadora, y un escalofrío de confirmación heló mi sangre.

Esa voz, esa autoridad…

la mujer que me sostenía era Rea, la madre de los Dioses Olímpicos.

Y aunque no sabía quién era este hombre que se acercaba, sentía una conexión innegable con él.

Una conexión de sangre, de parentesco.

Debía asumir que era mi padre, lo cual confirmaba la llegada de mi mayor temor.

“¡Kronos!

Ven y mira a tu hijo.” Dijo mi madre, Rea, con un claro entusiasmo en su voz, ajena a la tormenta que se desataba en mi interior.

“Él es Hades, tu primogénito.” Pude sentir cómo el hombre se acercaba, una sombra colosal proyectándose sobre mí.

Luego, sentí cómo me tomaba en sus brazos, con una fuerza que, a pesar de la delicadeza con la que me sostenía, me hizo temblar.

Sentí su mirada sobre mí, una mirada analítica y calculadora que me causó una sensación de malestar profundo, como si me estuviera escudriñando, evaluando mi valía, o mi amenaza.

Entonces, la voz del hombre, más grave y con un dejo de preocupación tangible, resonó.

“Rea, tenemos que hablar.

Hay algo importante.” Rea, con una nota de duda en su voz, respondió: “¿Sobre qué quieres hablar, querido?

¿Qué asunto es tan importante como para estar por encima del nacimiento de tu primer hijo?” El hombre, Kronos, sin inmutarse, respondió con una frialdad escalofriante: “Sobre una profecía enviada por nuestro padre, Urano.” Los ojos de mi madre, Rea, se abrieron con una mezcla de sorpresa y miedo al escuchar las palabras de Kronos.

Era el temor de lo inevitable, lo predicho.

Pero Kronos continuó, imperturbable, sentenciando mi destino: “La profecía dicta que uno de mis descendientes se rebelará contra mí y me derrocará, alzándose sobre el trono del Rey de los Dioses.” Mis pensamientos se aceleraron.

Esto era…

exactamente la mitología.

Rea, con el pequeño bebé en los brazos de su marido, preguntó con una voz que delataba el corazón en la garganta: “¿Entonces qué piensas hacer?” “Mi idea es encerrar a mis hijos en mi estómago para poder custodiarlos y así poder identificar al hijo traidor.

Una vez que sea eliminado, liberaré a todos los demás, eso te lo prometo en mi nombre como Rey Dios.” Mi madre, Rea, bajó la cabeza, contemplando la idea, la balanza de su lealtad dividida.

Y mientras tanto, yo, el bebé recién nacido, estaba en un frenético monólogo interno: (¡Me lleva la #€&#€#!

¡Es él!

¡Esto significa que soy ese Hades!

¡Y estoy a punto de ser tragado por mi propio padre!

¡A menos que mi madre, de alguna manera, logre salvarme como lo hizo con Zeus!

¡Vamos, Rea, eres la diosa de la maternidad, tienes que hacer algo!) Ver que la mujer dudaba, Kronos se acercó y la abrazó con una mano, una caricia calculada.

Susurró en su oído palabras suaves, melosas, pero lo suficientemente altas para que yo pudiera escucharlas desde mi posición, una promesa envenenada: “Rea, mi amor, sé que te preocupas por nuestros hijos, pero debes entender que es muy importante evitar que la profecía de nuestro padre se cumpla.

En este momento más que ningún otro necesito tu apoyo.

¿Es que acaso ya no me amas?” Mis pensamientos en ese momento eran una súplica desesperada: (¡No hay forma de que ella acepte eso!

¡Es conocida como la diosa de la maternidad!

¡No hay forma de que haga algo que pueda dañar a sus propios hijos!

¡Ella es la madre de los dioses!

¡Ella se rebelará!) Pero en ese momento, la voz de Kronos cortó mis pensamientos abruptamente, una estocada helada.

“Sí, Kronos.

Yo te amo.

Nada en el mundo…

y siempre te daré mi apoyo.” En ese momento, mis pensamientos se congelaron, el universo entero pareció detenerse.

Mis planes, mis esperanzas, mi indignación…

todo se disolvió en un grito silencioso que solo mi mente pudo proferir: “¡¡¡Que grandísima hija de P#_…!!!” Pero antes de poder terminar mi pensamiento, antes de que el horror pudiera asimilarse por completo, sentí cómo era levantado.

Las manos de mi padre, Kronos, me alzaron del abrazo de mi madre.

Lo siguiente que sentí fue la repentina y aterradora sensación de mi cuerpo cayendo.

No hacia el suelo, sino hacia un vacío oscuro, resbaladizo, hacia una boca que se abría como un abismo.

Fin del Capítulo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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