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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 39

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39: 32.

un día normal.

part.2 39: 32.

un día normal.

part.2 Volví a dirigir la mirada hacia mis clones, los cuales seguían congregados cerca de la orilla del lago.

Algunos ya habían terminado de devorar sus refrigerios, mientras que otros apenas estaban empezando a sacar nuevas bolsas de papas crujientes y palomitas de maíz recién destapadas.

Fruncí el ceño al ver la escena.

Si la memoria no me fallaba, esos productos eran parte del lote que había puesto a la venta en mi centro comercial recientemente inaugurado, Ploutos, y estos holgazanes se los estaban comiendo como si fuesen simples meriendas personales.

No es que me molestara en sí que mis clones comieran…

solo me resultaba peculiar.

Después de todo, aunque técnicamente eran construcciones de chakra solidificadas y moldeadas mediante energía mental, seguían siendo copias exactas de mí en prácticamente todos los aspectos: poseían órganos funcionales, sistemas digestivos completamente formados e incluso reacciones fisiológicas idénticas a las de mi cuerpo original.

Y aun cuando no podían digerir nada realmente —la comida simplemente permanecía dentro de ellos hasta que se dispersaban— afirmaban con total convicción que amaban los sabores.

Así que no me oponía a que disfrutaran de un buen bocado durante su tiempo libre; sin embargo, una cosa es degustar algún platillo delicioso y otra muy distinta es saquear el inventario destinado a la venta, y peor aún, hacerlo en pleno horario laboral.

” Oigan ustedes, ¿por qué sacaron esas cosas?

¿Y por qué siguen aquí?

¿No se supone que deberían estar atendiendo el negocio?

” Repliqué con una mezcla de disgusto y sospecha, esperando una explicación mínimamente razonable.

Hasta donde yo sabía, estos clones trabajaban unas veinte horas al día, lo cual podría sonar abusivo…

pero en realidad no era un horario tan severo, considerando que mis sombras compartían mis características físicas mejoradas y apenas necesitaban descansar.

De hecho, tenían varias horas diarias destinadas únicamente a divertirse.

Además, eran plenamente conscientes de su existencia temporal y de que su propósito principal era apoyar al Hades original.

Y tampoco es como si vivieran en malas condiciones: en el último piso del centro comercial tenían disponible un área de entretenimiento completa, con mesas de ping pong, juegos de cartas, consolas de cuarta generación conectadas a un generador, y otros pasatiempos.

Realmente no tenían mucho de qué quejarse.

Uno de los clones —probablemente el mismo que me había respondido antes— levantó la mano y habló: ” Ey, ey, ey, jefe, no te enfades.

No estamos aquí porque hayamos abandonado nuestros puestos.

Vinimos porque hace un rato una ola gigantesca chocó contra el edificio, seguramente provocada por la batalla que tuviste con nuestro…

‘hermano’.

” El clon se encogió de hombros mientras explicaba la situación.

” Y respecto a por qué estamos comiendo parte del producto que teníamos a la venta…

tiene su explicación.

Cuando la ola golpeó el muro norte del centro comercial, rompió una de las ventanas del cuarto piso, justo donde tenemos el mercado de alimentos.

Varios estantes se volcaron, algunas neveras se estropearon y mucha comida quedó empapada.

Algunos productos se arruinaron por completo, especialmente los de la sección de postres.

” ” Entonces, como ya no cumplían con las normas de seguridad, tuvimos que desecharlos para que no representaran un peligro para los clientes.

” Añadió con un tono dramático lleno de “pesar”.

” Pero se nos ocurrió una brillante idea: en lugar de tirarlos a la basura, ¿por qué no darles una despedida digna?

Así que tomamos lo que aún se podía comer y…

decidimos hacer el sacrificio de consumir esta comida echada a perder.

” Remató mientras sacaba una barra de chocolate de su bolsillo.

El envoltorio estaba húmedo, pero al abrirlo revelaba un contenido impecablemente intacto.

Luego se llevó el trozo a la boca y comenzó a masticar con una expresión de profunda degustación.

Fruncí el ceño ante semejante descaro.

Aunque parte de lo que decía era creíble, sus palabras estaban llenas de lagunas sospechosas.

Era comprensible que verduras, carnes y alimentos frescos se dañaran con el agua…

pero ¿por qué todos estaban sosteniendo bolsas de frituras, chocolates y dulces procesados sellados herméticamente?

Evidentemente habían aprovechado el caos para robar —saquear sería más exacto— la sección de golosinas.

Y lo peor: habló de “normas de salubridad”.

¿Desde cuándo teníamos esas normas?

Los seres de esta época comían lo que fuera mientras supiera bien y calmara su curiosidad por probar cosas nuevas.

Precisamente por eso Ploutos había vivido un auge de cuatro meses completos; esos dioses crédulos —digo, esos distinguidos y magníficos clientes— estaban dispuestos a ofrecer sus joyas y preciados adornos a cambio de productos modernos.

En menos de medio año había amasado una fortuna considerable, especialmente para una era en la que el valor económico real solo recaía en materiales místicos como acero divino, piedras mágicas o hierro estigio, y no en el oro o las gemas comunes.

Incluso recordaba la bóveda de los Titanes: montañas de oro tirado por el suelo y, aun así, solo los artefactos místicos estaban expuestos sobre pedestales, como si fuesen lo único digno de valor.

Miré al clon sin saber si reír o golpearlo hasta dispersarlo, pero una idea cruzó mi mente y una sonrisa se dibujó en mi rostro.

” Ya veo…

se nota que ustedes son trabajadores extremadamente dedicados y…

responsables.

” Sonreí como un crisantemo en primavera.

El clon dio un respingo inmediato.

Sabían que esa sonrisa no significaba nada bueno.

” Y ya que son tan buenos trabajadores…

no les importará ayudar a su querido jefe a reparar algunos destrozos alrededor de la ciudad, ¿verdad?

” Los ojos del clon se abrieron como platos.

Trató de dar un paso atrás.

” Jajaja…

gracias por los halagos, jefe, pero creo que ya estuvimos aquí suficiente.

Deberíamos regresar a Ploutos, aún hay clones lidiando con el agua que se filtró.

Así que…

iremos a ayudarlos de inmediato.

¡Con permiso, dijo Monchito!

” Intentó huir usando la técnica del parpadeo corporal, pero solo avanzó treinta metros antes de sentir mi mano fría sobre su hombro.

Se quedó completamente rígido.

Lentamente giró la cabeza.

Yo estaba detrás de él, aún sonriendo con excesiva amabilidad.

” Oh, no hay problema si no vuelves todavía.

Estoy seguro de que tus compañeros entenderán que llegues un poco tarde…

después de todo, lo haces por una buena causa.

Así que, ¿por qué no te quedas y me ayudas a mover unos cuantos escombros?

¿Sí?

” El clon suspiró derrotado.

Sabía que no podía huir del original.

Tampoco intentó dispersarse; últimamente había estado acostumbrándose a la ilusión de ser una entidad independiente, y le agradaba la sensación de existir.

Viéndolo rendirse, extendí la mano hacia mi inventario y saqué un cofre de Minecraft, entregándoselo.

Él lo tomó con resignación y se dirigió hacia un edificio con forma de antiguo templo, derribado por el tornado de Poseidón.

A lo lejos, los demás clones suspiraron en coro.

” Bueno…

fue divertido mientras duró.

Al menos tuvimos un buen espectáculo.

” Comentó uno.

A su lado, Hestia seguía de pie, con las piernas aún mojadas hasta las rodillas, sosteniendo su teléfono con una mano y un cable conectado a una USB en la otra, haciendo una copia del video.

” Je, chica lista.

” Murmuró un clon con orgullo, recordando la mirada asesina que Poseidón le había dedicado al dispositivo.

Hestia levantó la cabeza, sacó la lengua y guiñó un ojo.

El clon bebió el resto de su gaseosa y usó chakra de fuego para reducir la lata a cenizas.

Notó mi mirada: sabía que le estaba ordenando lo mismo en silencio.

Suspiró.

” Muy bien, señores, terminó la hora de descanso.

¡Es hora de ponernos en marcha!

¡Dejaremos este lugar mejor de lo que esos vejestorios centenarios habrían podido hacer jamás!

” ” ¡Sí!

” ” ¡Adelante!

” ” Tengo sueño…

” ” ¿Podemos usar el taladro?

¡Pido usar el taladro!

” Gritos, entusiasmo, quejas, energía renovada.

Más de sesenta clones se dispersaron en todas direcciones: algunos corrieron hacia los edificios colapsados, otros saltaron hacia estructuras a varias cuadras, empleando chakra de tierra y madera para levantar muros, o usando materiales de mi inventario para reconstruir la infraestructura.

Mientras tanto, Hestia observaba todo desde la orilla del lago con curiosidad y diversión.

Ella había estado en la plaza de comidas del centro comercial cuando comenzó el caos, y al ver a mis clones correr hacia afuera, los siguió sin pensarlo dos veces.

Su decisión fue acertadísima: no solo presenció cómo peleaba contra Poseidón —más bien, cómo le daba una paliza monumental— sino que también estuvo acompañada durante todo el espectáculo.

Conocía mis habilidades desde hacía años, pero aun así las consideraba absurdas.

Los dioses podían crear cuerpos receptores, sí, pero era complicadísimo, especialmente para deidades jóvenes.

Y aun así, yo creaba miles de clones que no consumían su energía divina, si no energía vital que recuperaba en menos de media hora.

A Hestia eso le encantaba.

Para ella significaba tener cientos de “hermanos mayores” que la consentían, la cuidaban y la llenaban de cosas deliciosas.

Sabía que a veces la molestaban, pero nunca lo asían con malicia.

Ella los consideraba familia.

Quizá no tan arriba como Poseidón, Hera o Deméter…

Pero definitivamente mucho más que Zeus.

.

.

.

[Saltó de tiempo] Flotando en el aire, mi cuerpo envuelto en un tenue resplandor telequinético de un verde profundo y vibrante, mantenía mis manos extendidas con una rigidez casi ritual.

Cada movimiento era preciso, medido, como si orquestara una danza invisible.

En cuanto articulaba un gesto, una nueva fracción del caos se alzaba desde el suelo: un cúmulo de escombros formado por fragmentos de piedra, tablones astillados, columnas fracturadas y restos de antiguas estructuras que habían sucumbido al desastre hacía apenas unas horas.

Con un giro suave de mi muñeca, los diversos pedazos de calles y edificios se alinearon como una procesión silenciosa, elevándose y deslizándose hacia el lago con una coordinación casi militar.

Bastó un segundo movimiento para liberarlos; cayeron formando una cortina de ondulaciones plateadas que recorrieron la superficie del agua antes de hundirse en las profundidades.

“Con eso ya van seis calles” murmuré para mí mismo, dejando escapar un leve suspiro cansado pero satisfecho.

Habían transcurrido aproximadamente dos horas desde que mis clones y yo habíamos comenzado las labores de reconstrucción.

El trabajo era arduo y meticuloso: extraer escombros, rellenar grietas en las calles, reconstruir muros y levantar paredes utilizando chakra de estilo tierra, endureciendo la roca hasta niveles casi metálicos.

Todo lo que no podía salvarse —telas rasgadas, cristales pulverizados, muebles irreparables— era incinerado, reducido a cenizas limpias para evitar más desorden.

En cuanto a las pertenencias de quienes habían perdido sus posesiones…

¿qué más daba?

¿A quién realmente le importaba?

Si bien los humanos modernos suelen apegarse a sus objetos materiales con fervor y ansiedad, ese mismo concepto no aplica para los dioses.

Para la mayoría de ellos, la ropa, las joyas e incluso sus hogares carecen de verdadero valor sentimental.

Protegen sus bienes, sí, pero por orgullo, por dominio territorial, no por afecto.

Un dios jamás permitiría que un mortal tocara sus pertenencias a menos que lo considerara digno.

Pero cuando se trataba de fuerzas mayores —como el enfrentamiento entre dioses de rango superior— la prioridad cambiaba radicalmente.

En un caos así, el apego material desaparecía; lo único verdaderamente importante era preservar la vida divina.

(¿De qué sirve poseer un palacio majestuoso si te aplasta mientras colapsa?) Y si alguien preguntaba…

pues se le diría simplemente que sus cosas se habían perdido en el fondo del lago.

Problema resuelto.

Además, a unos pocos kilómetros existía un sitio magnífico donde podían adquirir cualquier objeto que necesitaran: ropa, alimento, entretenimiento, muebles…

incluso nuevas casas.

Y el hecho de que yo sea el dueño de ese sitio no tiene absolutamente nada que ver con mis acciones.

Claro que no.

Pensé en eso mientras observaba a uno de mis clones incinerar una mesa de madera fina.

Tenía una rasgadura pequeña en la base; suficiente para arruinar toda su estética, ya era Irrecuperable, y su dueño probablemente tendría que conseguir otra.

Probablemente su dueño tendrá que conseguir una nueva.

“Jajajaja” Reí con falsa malicia, disfrutando cómo el proceso de reconstrucción avanzaba mientras seguía movilizando filas de escombros hacia las profundidades del lago.

— Mirando alrededor, no pude evitar reflexionar sobre lo ocurrido…

y sobre todo, sobre la fuerza que Poseidón había mostrado.

También recordé los datos de su estado.

{Nombre: Poseidón} {Dios del Mar – Dios de las Tormentas Marinas – Dios de los Terremotos – Dios de los Caballos} {Nivel de potencia: 25.710} {Afiliación: [por determinar]} Poseidón se había vuelto más fuerte.

Si mis cálculos eran correctos, se encontraba en la parte baja de la clase Definitiva, rozando la etapa intermedia, lo cual no era poca cosa.

Tomando en cuenta la vaga información que recordaba de High School DxD, era más fuerte que un demonio de clase suprema, comparable a los descendientes de los antiguos Maous, aunque inferior a los nuevos Satanes en potencia bruta.

Claro, eso no duraría para siempre.

Una vez la nueva humanidad fuera creada y los dioses volvieran a ganar fe, su poder aumentaría drásticamente.

Y no solo por la fe: incluso sin ella, su entrenamiento físico y mágico había incrementado su nivel de potencia en más de 200 puntos durante los últimos dos años.

Un crecimiento bastante impresionante para un dios…

y a la vez decepcionante si se comparaba con mis propios avances.

Después de todo, según el sistema, un humano promedio apenas alcanzaba los 4 puntos de potencia, mientras que uno entrenado oscilaba entre 8 y 10.

Poseidón, en solo dos años, había adquirido la fuerza equivalente a la de unos cuarenta humanos promedio combinados.

Una locura, si, pero a la vez una miseria si se compara con alguien con un sistema como el mío.

Pero el detalle crucial está en que ese crecimiento es, para los dioses, casi imposible, (en parte porque la mayoría son unos vagos), lo normal es que cuando un Dios alcanzaban la adultez, su desarrollo se detenía por completo.

Su linaje divino determinaba su tope desde el nacimiento, el cual varía absurdamente según su linaje.

Yo era el caso contrario.

Un tramposo reencarnado con un sistema que convertía mi cuerpo en una mezcla entre avatar de videojuego y un organismo hiperadaptativo.

Mi crecimiento no tenía techo.

Pero incluso yo mismo pasé por varias etapas, desde bebé a adulto, todo en menos de un mes.

Mis hermanas, en cambio, crecieron de forma mucho más…

irregular.

Hestia había crecido deprisa, pero no tanto como yo alcanzo la adultez plena en medio año.

Deméter lentamente pero de manera estable en siete meses quizás influenciada por el exceso de energía mokuton en el ambiente donde creció.

Hera con un proceso irregular y tortuoso le tomo un año entero…

y quizá un poco más.

Los dioses eran seres extraños, inconsistentes, imposibles de analizar desde la perspectiva de un humano normal.

Su crecimiento podía completarse en días, meses o años sin seguir ninguna lógica aparente.

Por eso era tan sorprendente que Poseidón siguiera volviéndose más fuerte.

Tal vez sus mejoras provenían del tridente encantado, de su entrenamiento o de su ambiente de crecimiento único.

Y aun así había un echo indiscutible, Poseidón había roto su límite, igual que Hestia y yo.

Ella gracias al One For All, que además de darle súper fuerza, tenía la peculiar capacidad de mejorar su cuerpo mediante la retroalimentación de su núcleo.

Él gracias a su tridente encantado, su entorno hostil y su disciplina marcial.

Yo…

bueno, como ya había dicho, yo soy un tramposo.

Tengo un sistema completo, profundo y peligrosamente versátil, que me hace un organismo cuyo crecimiento se basa en estadísticas y niveles de habilidad, junto con la característica de los archivos descargables y una interfaz de sistema extremadamente versátil, con asistencia de un programa inteligente y parcialmente sensible.

Soy como el solo leveling 2.0.

Y aunque si bien mi avance no es tan rápido como el de otros protagonistas clichés de fanfics —los cuales en dos capítulos ya son semidioses invencibles que traen a todas las mujeres del mundo con si fueran perros oliéndole sus sagrados pedos— pero eso era porque yo no tenía “guion” ni una suerte absurda.

Pero tengo algo mejor: Un sistema que descarga archivos de personajes.

Puedo conseguir habilidades, poderes, linajes, técnicas, conocimientos y talentos de cualquier personaje de cualquier ficción existente.

Esa es la verdadera función del sistema: descargar archivos de personajes y no había límite aparente.

Puedo tomar sus habilidades, poderes, linajes o conocimientos.

Desde los más débiles pero útiles, como Spike Spiegel, pasando por mini monstruos de gran potencial como Satoru Gojo, hasta entidades supremas como The One Above All o los Celestial-Sapiens.

Y eso no es todo.

Al revisar la lista de descargas vi archivos desconocidos, monstruosamente pesados, archivos de personajes que ni siquiera reconocía.

{Armore-man / ¿?

– Origen no reconocido} Tiempo de descarga: 320.000 años.

{Mochi / ¿?

– Origen no reconocido} Tiempo de descarga: 500.000 años.

El primero…

aunque no lo conociera…

sonaba automáticamente como un idiota.

¿Por qué?

No lo sé.

Es como Magikarp: nunca lo había visto, pero su nombre inspira una inutilidad legendaria.

El segundo…

no tengo comentarios.

No sé quién o qué es “Mochi”, ni por qué tiene un nombre tan adorable, pero su tiempo de descarga lo convertía en una criatura aterradoramente poderosa.

Que pueda acceder a estos seres con solo pulsar “descargar” hace que quien me dio el sistema sea aún más terrorífico.

No solo por darme poder ilimitado siendo una simple alma mortal, sino por la casualidad con la que lo hizo en ese vacío blanco, como si darme un poder infinito fuera tan normal como regalar una bolsa de dulces.

En aquel vacío blanco se veía más interesado en la apariencia de mi avatar que en considerar qué tipo de monstruo podría volverme con este poder.

“Uhhhh” Un escalofrío recorrió mi columna de arriba a abajo.

“Rayos, olvidé que ésos tipos siempre están mirando.” “Fuuu, está bien, no pensemos en las entidades perturbadoras que de seguro me están observando en todo momento y lugar, concéntrate en lo importante Hades.” Bajando la vista, contemplé los escombros que aún cubrían una porción considerable del terreno, extendiéndose a lo largo de unas catorce cuadras.

Lo cual, siendo honestos, tampoco era un desastre tan colosal si se analizaba con un poco de perspectiva.

Thalassia no debía considerarse como un pequeño estado-ciudad solo por su época o por portar ese título tan engañosamente modesto.

En términos amplios, Thalassia abarcaba fácilmente un diámetro aproximado de 150 kilómetros únicamente contando lo que estaba dentro de su descomunal cúpula protectora.

Si se añadía el vasto territorio marino que Océano administraba y dominaba, su extensión alcanzaba casi 900 km², convirtiéndola en un dominio mayor que la mayoría de los países modernos.

Su magnitud era tal que, incluso si mi enfrentamiento con Poseidón había arrasado un par de kilómetros de edificios, plazas y arterias principales, el daño seguía siendo relativamente menor.

De hecho, la mayor parte del caos que generamos quedó enterrado en lo profundo del lago, allí donde la luz no podía llegar.

El fondo había sufrido el verdadero castigo: fragmentos de montañas submarinas colapsadas, grietas abiertas como heridas gigantescas y extensas redes de cuevas convertidas en polvo y ruinas.

En cuanto a la superficie…

lo más grave que logramos provocar fue un terremoto considerable.

Pero incluso así, el área afectada no se amplió demasiado, y no solo porque ambos nos estuviéramos conteniendo, concentrados únicamente en aniquilarnos mutuamente, sino porque la propia Thalassia contaba con una estructura soberbia e ingeniosa.

Toda la ciudad estaba erigida sobre una compleja serie de pilares colosales que no solo la anclaban al lecho marino con una firmeza casi absoluta, sino que también actuaban como estabilizadores sísmicos de una eficacia magistral.

Su diseño quedó más que comprobado.

Aunque docenas de kilómetros de fondo oceánico y numerosas cavernas submarinas terminasen reducidas a escombros o sepultadas, la ciudad en sí apenas sufrió afectaciones.

En comparación con el cataclismo que dejamos allá abajo, la superficie podría considerarse casi indemne.

Bueno…

casi.

Fuera de la inundación, claro.

‘Brrrrrrr’ ‘¡Crash!’ “¿¿Mmmm???” El estruendo reverberó por toda la zona devastada, obligándome a dirigir mi atención hacia el origen del caos…

y lo que encontré fue, sinceramente, una escena digna de una comedia absurda.

Allí, en medio de montones de escombros y estructuras a medio derrumbar, una cervo–armadura de casi cuatro metros de altura corría de un lado a otro como si fuera un toro mecánico descontrolado.

Embestía paredes debilitadas, arrancaba fragmentos de pilares y, en general, provocaba que todo lo que tocaba terminara colapsando con resonantes explosiones de polvo y piedras.

Aquel traje no era otro que una de las joyas que obtuve en el gacha de cupones de bronce: una armadura mecánica de construcción, aunque en este caso su función había mutado a algo más cercano a una herramienta de demolición masiva.

La había bautizado con cariño como “Taladro”.

¿El motivo?

Fácil: su brazo derecho sostenía un gigantesco taladro rotatorio de longitud absurda, capaz de perforar desde roca sólida hasta bloques completos de metal reforzado.

Su brazo izquierdo, en contraste, poseía unas colosales pinzas articuladas con forma de tenazas, perfectas para sujetar, triturar o desgarrar prácticamente cualquier cosa que se le pusiera enfrente.

El exoesqueleto era magnífico para levantar materiales pesados, mover cargas enormes y preparar cimientos para cualquier tipo de edificación.

Precisamente por eso lo había usado en la construcción del centro comercial.

Y debo admitir que esa decisión fue brillante, aunque no por agilizar el proceso —que sí lo hizo—, sino porque ver esa maravilla tecnológica en acción alimentaba al fanático de Gundam que llevaba en lo más profundo de mi alma reencarnada.

Todavía recordaba por qué lo había guardado celosamente en la bodega del sótano del centro comercial: no quería dejarlo tirado en el inventario del sistema, pero mucho menos quería arriesgarme a que un dios cualquiera lo encontrara por ahí y se viera tentado por semejante pieza de ingeniería.

Un artefacto como ese atraería más codicia divina que una reliquia de guerra hecha de oricalco.

Y, aun así…

parecía que cierto clon con ideas creativas decidió que esta era la ocasión perfecta para sacarlo a pasear.

A simple vista el tipo irradiaba alegría pura.

Incluso con el casco puesto, podía percibirse su entusiasmo desbordado: movía el mecha con torpeza juguetona, casi infantil, como si estuviera cumpliendo el sueño de pilotar su propio robot gigante…

mientras destruía media cuadra extra con cada paso.

— En el suelo, el gigante de acero corrió en dirección hacia un pilar.

Sus pasos eran pesados, cada movimiento estaba acompañado por el chirrido de sus mecanismos, y pese a su tamaño, su velocidad era sorprendentemente alta: 83.7 km/h.

El mecha no disminuyó su paso ante el obstáculo que se alzaba frente a él; al contrario, flexionó las piernas y dio un salto largo, cayendo justo encima del pilar que dominaba la zona.

‘¡Boom!’ El suelo se quebró, el metal crujió y el pilar explotó en pedazos bajo la brutal fuerza del impacto.

Con su destrucción, todo el sector que apenas se mantenía en pie perdió estabilidad.

El techo y la pared cedieron de inmediato, desplomándose sobre la armadura mecánica.

‘¡Crash-bum!

Pum, pum, pum’ Montones de escombros cayeron uno tras otro, hasta sepultar por completo al pequeño gigante metálico.

Los clones cercanos giraron la cabeza al escuchar el estruendo.

Algunos sonrieron con resignación, otros rodaron los ojos ante las idioteces de su compañero.

Pero más allá de eso, ninguno se detuvo: unos seguían rebuscando materiales en los cofres, otros apilaban pequeños bloques cuadrados estilo Minecraft que, al tocar una superficie sólida, crecían de inmediato y se adherían a ella desafiando cualquier ley conocida de la física o la conservación de la materia.

En definitiva, nadie estaba preocupado por el piloto.

Solo por sus labores.

“Ese tonto, se está emocionando de más” resopló un clon con fastidio.

“Además, ¿por qué solo él puede usar el ‘Taladro’?

Se supone que todos deberíamos poder utilizarlo.” El otro clon negó con la cabeza.

“Déjalo que se divierta.

No interfiere con nosotros.

Y si lo hace…

siempre podemos colgarlo de cabeza en el área de congeladores, jeje.” Soltó una risa seca, cargada de diversión maliciosa.

“Pff, como sea.

Pero digo que no es justo que solo él la use.

¿No deberíamos turnarnos?

Suena más equitativo.” De nuevo, el segundo clon negó.

“No tiene sentido.

Esa es la ley del que primero se sirve.” El primero le dio una mirada muerta.

“Esa regla es una estupidez.” ‘Crack!

Crack, crack!’ A lo lejos, justo donde el “Taladro” había sido enterrado, comenzaron a escucharse fuertes crujidos.

Y de pronto…

‘¡Pum!’ Los escombros explotaron hacia arriba, y del agujero emergió la imponente figura del mecha, alzando ambos brazos al cielo en señal de victoria.

“Hooo sí, bebé…

¡poder de la máquina!” La voz ligeramente metalizada resonó por los altavoces, y a través del cristal protector se veía la silueta del clon agitando un puño en celebración.

Era tan surrealista y estúpida la escena que daba risa por sí sola.

Sin perder el tiempo, salió corriendo directo hacia otro edificio, agitando el taladro como si fuera un martillo neumático delirante y triturando todo lo que se interponía en su camino.

“Ese tipo…” murmuró uno de los clones, sintiendo cómo una gota de sudor le resbalaba por la sien ante la vista del caos.

“Definitivamente se ha obsesionado demasiado con esa cosa…

¿Deberíamos detenerlo?” “Hmm…

no.

Creo que está bien así.” El otro clon consideró la idea por un momento, luego negó.

“Deja que se divierta.

De todas formas, lo que hagan los demás clones no es nuestro asunto.” “Pero está destruyendo demasiado los edificios.” ‘¡Crash!’ “…incluso los que no estaban rotos.” Ambos observaron cómo, desde la distancia, un templo de tres pisos se derrumbaba con un estruendo estremecedor.

Y segundos después, entre los escombros, emergía el mecha bípedo corriendo de nuevo con el taladro en alto, como si fuera una bola de demolición viviente.

‘¡Pum!’ Seguido del choque brutal contra la pared de otro edificio que también terminó viniéndose abajo.

“Esto…

¿crees que existir más tiempo del que deberíamos está afectándonos psicológicamente?” preguntó el primer clon, con genuina preocupación.

“Eh…

¿podría ser?

Venimos de la técnica del clon de sombras múltiple, diseñada para combate y exploración.

No estamos pensados para existir de manera prolongada…

¡así que quién sabe!” El segundo se encogió de hombros y retomó su tarea de apilar bloques, tarareando una melodía pegajosa.

El primero solo podía observar el caos y preguntarse si tal vez había algo mal en su cabeza…

o si él era el único cuerdo y los demás eran los locos.

Sus pensamientos divagaron por un instante en existencialismos profundos…

Hasta que su compañero se hartó de que le dejara todo el trabajo y le plantó un golpe seco en la nuca.

‘Puff!’ El clon explotó en humo y desapareció.

“¡Haaaaaaaaaaaaarg!” La voz agonizante de Hades resonó a lo lejos, seguida del chapoteo de un cuerpo cayendo al agua.

El segundo clon parpadeó, lo miró un segundo en silencio…

y luego se encogió de hombros antes de volver tranquilamente a su labor.

No parecía importarle en absoluto que probablemente acababa de causarle una embolia cerebral al Hades original.

¡FIN DEL CAPITULO!

gracias a aquellos que han y siguen apoyando esta historia, sois geniales.

Chao.

{nota del autor: este capitulo se compone de 18.144 palabras, este capitulo fue reescrito dos veces, si llega a tener alguna incongruencia por favor avisen, disculpen si lo sienten un poco flojo.

lastimosamente webnovel tiene un limite de 10.000 palabras por capitulo, asi que no e podido traer capítulos enteros, para aquellos a los que les interese le leer los capítulos completos esta historia también esta en wattpad en el mismo perfil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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