Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 38
- Inicio
- Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World
- Capítulo 38 - Capítulo 38: 32. un día normal. part.1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 38: 32. un día normal. part.1
2 años después
—Hades —
Dentro de una habitación sellada con múltiples capas de barreras mágicas y runas resplandecientes, el silencio era absoluto. Las paredes estaban cubiertas por glifos grabados con una precisión casi obsesiva, y el aire olía a incienso mezclado con polvo de maná residual. En medio de ese santuario de estudio y locura se encontraba una figura familiar: Hades, el Dios de los Muertos… y, según algunos, el Dios de los Desastres Casuales.
Sentado en el suelo, rodeado de montañas de papeles, diagramas, fórmulas y garabatos tan complejos que harían llorar a un mago promedio, Hades repasaba sus notas con ojeras de guerra. Cada hoja contenía ecuaciones místicas de glifos entrelazados, combinaciones imposibles de runas y fórmulas que solo un loco o un genio (o en su caso, ambas cosas) podía entender.
En los últimos dos años, el antaño impulsivo y caótico Hades se había ganado tanto el afecto como el odio de la comunidad divina.
Algunos lo adoraban por su carácter amistoso, su sentido del humor y su humildad atípica para un dios.
Otros lo detestaban por sus travesuras, su irreverencia hacia la jerarquía divina… y, sobre todo, por el peligroso crecimiento de su poder.
Pero dejando la reputación a un lado, ¿qué estaba haciendo el polémico Dios reencarnado en ese momento?
Pues lo mismo que había estado haciendo sin descanso durante los últimos dos años: seguir la maldita rutina.
Durante su estancia en la ciudad submarina de Thalassia, Hades adoptó un horario que seguía con la precisión de un reloj suizo (o un lunático con TOC mágico).
A las 5:00 a.m. exactas, sin necesidad de alarma, abría los ojos y se levantaba.
Acto seguido, se colocaba pesas en las cuatro extremidades —no cualquier peso, sino docenas de toneladas distribuidas entre muñecas, tobillos y torso—, además de su ropa de entrenamiento Piccolo Daimaku, cuyo peso combinado podría aplastar a un Dios promedio.
Luego salía a correr seis kilómetros alrededor de la ciudad, en el horario perfecto:
Mientras todos los demás dioses dormían la borrachera o tambaleaban hacia casa tambaleándose con una jarra de Ambrosía todavía en la mano luego de alguna orgía etílica.
Sí, los dioses de aquella era no eran precisamente conocidos por su sentido del autocontrol.
El entretenimiento se resumía básicamente a beber néctar, cantar tonadas divinas y presumir músculos.
Porque, seamos honestos, los dioses griegos de esa época solo tenían dos opciones reales para entretenerse:
1. Beber.
2. Ir de camino a beber.
Y aunque Hades no los juzgaba, no dejaba de pensar que el néctar y la hidromiel eran demasiado adictivos. Si no fuera por su ‘cuerpo gamer’ que lo dotaba de resistencia al veneno —que de paso lo hacía inmune al alcohol— probablemente estaría bebiendo con ellos.
Después de su carrera, regresaba a su habitación y realizaba su tortura diaria principal:
abdominales con pesas, lagartijas con peso extra en la espalda, levantamiento de barras con mancuernas acero y todo tipo ejercicios de resistencia con la mayor cantidad de peso posible, aveces añadiendo glifos de gravedad.
Todo, claro, con la misma sonrisa maniaca de quien disfruta sufrir porque sabe que eso lo hará más fuerte.
A las 7:30, se daba una ducha fría (porque “el sufrimiento templa el alma”, o eso decía para convencerse).
A las 8:00, desayunaba junto a sus hermanos y demás descendientes de Océano.
Y a las 9:00, comenzaba su verdadero entrenamiento: mejorar su estilo de combate con distintas armas, desde espadas dobles hasta lanzas y guadañas.
Al mediodía, llegaba el punto de quiebre:
“¿Entrenar con los demás dioses o fingir que tengo algo mejor que hacer?”
En teoría, Zeus, Poseidón y él debían asistir al coliseo para entrenar con los hijos de Océano.
Pero Hades había recibido permiso especial para saltarse esas sesiones.
Nadie protestó.
Y con razón.
Pero tras su infame enfrentamiento con Aqueloo —donde Hades había dejado claro que jugaba en otra liga—, se le concedió el “honor” de tener que asistir a los entrenamientos “solo si quería”.
Y, claro, Hades estába encantado de no querer.
Lde cualquier forma, la diferencia de poder era tan grande que entrenar con él era lo más cercano a firmar una renuncia anticipada al cuerpo físico.
Además, el sistema de Hades hacía que su progreso fuera automático: repetir una técnica equivalía a mejorarla.
¿Para qué escuchar las enseñanzas obsoletas de un dios anciano si podía simplemente farmear experiencia como un protagonista de shonen con presupuesto infinito?
De todas formas, los primeros meses sí asistió, solo para sentarse en un rincón y observar.
Activaba su Sharingan discretamente, copiando los movimientos de los demás mientras hacía poses cool para mantener la apariencia de concentración profunda.
“Farmear Aura con estilo,” así lo llamaba.
Su segunda opción —y la que más disfrutaba— era visitar a Amaltea, quien le enseñaba sobre los dominios divinos y los conceptos teúrgicos.
Aunque al principio lo hacía solo por curiosidad —y, seamos sinceros, porque era hermosa—, pero a medida que interactuaba con ella se le hacia más interesante.
No solo porque Amaltea era hermosa y hablaba con la calma de una diosa que parecía saberlo todo, sino porque cada conversación con ella era un viaje de conocimiento puro.
Amaltea le enseñó sobre los dominios divinos y sus conceptos, un conocimiento que resultó invaluable para comprender mejor la Divinidad y el fenómeno de la posesión divina, refinando así su control sobre la muerte y los dominios que nacían de ella.
Por supuesto, Hades no era ingenuo: sabía que probablemente su tío Océano tenía algún plan político oculto detrás de esos encuentros, no le importaba en absoluto.
Gracias a ese entrenamiento, había mejorado drásticamente el control de su poder sobre la muerte y había aprendido sobre las complejidades de la posesión divina y las artes teúrgicas.
Además, Amaltea también le introdujo a un campo completamente distinto: la magia mundana, también conocida como Goecia o “magia bastarda”, que también podría o no está relacionada con los demonios.
Una forma de hechicería basada en el poder de las palabras, parecida a las maldiciones o bendiciones divinas, pero accesible a cualquiera con suficiente talento y mana.
Una magia que utilizaba conceptos naturales —el sol, la luna, el mar, las estrellas— como canales para invocar fenómenos.
No necesitabas ser un dios para usarla, solo tener talento, conocimiento… y mucha paciencia para no morir en el intento.
Fue así como volvió a escuchar el nombre que más se repetiría en sus investigaciones: Hécate.
La diosa de la magia, creadora del sistema mágico “moderno” y de los artefactos que canalizaban energía.
Cada vez que oía hablar de ella, Hades no podía evitar admirarla más.
Quizás era su nerd interior o quizás su sangre de titán la que le decía “Esa mujer sí que sabe lo que hace… y yo aquí, copiando fórmulas como un escolar,” murmuraba con media sonrisa.
Podría decirse que, en cierto modo, Hécate se había vuelto su maestra invisible.
Gracias a su conocimiento legado, Hades pasó de crear glifos algo mediocres y rudimentarios a desarrollar redes complejas de operaciones glíficas comparables, o incluso superiores, a las artes de sellado de chakra.
Ahora podía trazar una barrera en el aire con un simple movimiento de mano, algo que antes le abría tomado bastante tiempo de preparación.
Por supuesto, entre tanto estudio y práctica, también había otro componente esencial en su progreso: las misiones del sistema.
Tareas tan absurdas como variadas, pero que siempre ofrecían recompensas útiles.
Algunas eran simples, como:
[Haz un cuádruple backflip sobre una cornisa].
[Recompensa: cupon de bronce X1]
Le tomó menos de un cuarto de hora completarla.
Por ejemplo, la misión:
[Construye una torre de pasteles de ocho capas.]
[Recompensa: cupón de bronce X1]
Aquella vez, Hades montó una cocina improvisada en su habitación, y pasó horas aprendiendo desde cero a tostar granos de cacao y a preparar chocolate artesanal.
Falló unas cuantas veces, hubo explosiones, humo, una pérdida masiva de chocolate, y casi incendia la cocina, pero al final lo consiguió.
Pero el resultado final fue glorioso.
Incluso Hestia lo certificó con una sonrisa reluciente y un “quiero más”.
Sin embargo, no todas las actividades fueron agradables… estaban las misiones que hubiera preferido borrar de su mente.
Aquellas que lo dejaron con traumas emocionales.
Como la infame:
[Duerme con tu Imōto].
[ Recompensa: cupon de plata X1]
El requisito era simple (demasiado simple):
Dormir con una de sus hermanas menores en la misma cama durante siete horas.
Lo peor no fue conseguir con quién cumplirla…
Sino que ni siquiera tuvo que hacerlo.
Una noche, Deméter apareció frente a su puerta con la excusa de “querer convivir como hermanos”.
Terminaron charlando hasta tarde, riendo de anécdotas antiguas, hasta que el sueño los venció.
Y, sin que Hades pudiera reaccionar, acabaron compartiendo la cama.
Hades pasó toda la noche paralizado, con la mente echa un caos, sin atreverse a moverse ni respirar, mientras su hermosa hermana —con cuerpo de modelo y sonrisa angelical— lo abrazaba como un koala satisfecho, completamente ajena a la tortura psicológica que estaba sufriendo su hermano.
Y así pasaron las siete horas más largas de la eternidad.
Al amanecer, el sistema sonó.
[Misión completada: Cupón plateado X1]
Hades se quedó mirando el panel en silencio y pensó, con la mirada vacía, y de paso con serias dudas sobre la salud mental de su familia, con la promesa de que definitivamente… revisaría los parámetros morales de su sistema.
—
[Punto de vista tercera persona.]
“Bien, con eso es suficiente…” murmuró Hades mientras sacudía una hoja de papel cubierta por un patrón de glifos tan intrincado que, para cualquiera que no fuera un experto en teurgia, se verían como simples garabatos caóticos.
Dejó escapar un suspiro satisfecho, se puso en pie—ignorando por completo el caos a su alrededor, el cual ya había adquirido la apariencia de un campo de batalla entre un bibliotecario meticuloso y un demonio del desorden—y caminó hasta la mesa de trabajo situada en el extremo más alejado de la enorme habitación.
Sobre aquella mesa, hecha de una madera oscura que parecía absorber la luz de forma natural, descansaba un conjunto ecléctico de objetos:
Un cristal negro, tan pulido como obsidiana, en cuyo interior se extendían líneas doradas semejantes a circuitos en miniatura que emitían un suave zumbido mágico.
Una planta alienígena, similar a un tulipán gigante, con pétalos carnosos, hojas serpentinas y un tallo cubierto de espinas gruesas.
Un par de guanteletes dorados de manufactura rústica, cuya superficie vibraba con pulsos de energía arcaica.
Y finalmente, unos lentes de lectura, tan comunes en apariencia que cualquiera los confundiría con un artículo comprado en una librería mortal.
Hades colocó con cuidado el diagrama sobre la mesa. Luego tomó los lentes y se los colocó, permitiendo que la montura fría descansara sobre el puente de su nariz.
“Bien… ahora vamos con el último” murmuró para sí.
Con delicadeza casi quirúrgica, tomó la base del pequeño contenedor metálico y atrajo hacia sí el cristal estigio. Lo sostuvo frente a su rostro, lo suficiente para que los lentes captaran cada mínimo detalle oculto en su interior.
Alzó la mano, extendió su dedo índice hacia el cristal y, como respuesta inmediata a su intención, una diminuta luz etérea brotó de la punta de su dedo.
Era como un filamento de energía viva que reaccionaba a su pulso mágico.
[Dibujo de Glifos en el Vacío]
La habilidad era una de las joyas más refinadas que Hades había aprendido del titán de las Islas Hirvientes. Con un nivel de control casi absurdo, empezó a mover el dedo describiendo trazos precisos, fluidos, matemáticamente perfectos. Cada microgesto correspondía a una operación glífica, cada curva generaba un nuevo subcircuito, cada punto ancla un nodo energético.
Y gracias a los lentes —que no eran unos simples lentes— podía ver todo con una claridad quirúrgica.
[Lentes de Rayos X], un premio modesto del gacha de bronce, pero cuya utilidad había superado con creces sus expectativas.
proyectaban sobre su visión un corte transversal del cristal. Gracias a ellos, podía ver con absoluta claridad el interior: un núcleo repleto de runas que se entrelazaban formando una espiral triple, similar a un circuito arcano inspirado en una mezcla entre ingeniería mágica y geometría sagrada.
Su función era tan absurda como práctica.
Aunque, claro, tenían limitaciones estructurales:
No podían penetrar materiales extremadamente densos por encima de diez centímetros.
Perían eficacia en metales pesados como oro, hierro o platino, cuyos cuerpos compactados interferían con la visión sobrenatural de los lentes
Sin embargo, eran excepcionalmente eficaces con materiales cristalinos: vidrio, cuarzo, diamante… y eso hacía del cristal estigio un lienzo perfecto.
A través del cristal podía ver la matriz interna que había ido tallando durante semanas: una red de glifos entrelazados en espirales concéntricas, como un mandala arcano vivo.
Hades sonrió, observando cómo la compleja red de glifos se expandía suavemente.
El proyecto de transformar una piedra en un artefacto mágico estaba casi terminado
La idea le había surgido recordando los anillos rúnicos que portaban los magos en las novelas, especialmente Gandalf, o los artefactos élficos grabados con runas de poder.
Se dijo a sí mismo, “¿Por qué no?” y lo convirtió en un desafío personal: crear su primer artefacto mágico original, sin intervención del sistema ni bendiciones externas.
Solo puro trabajo artesanal, puro ingenio.
Aquello le había costado semanas de ensayos, fracasos, cálculos, más fracasos, ajustes de matrices y aún más fracasos.
Había desperdiciado montañas enteras de papel y consumido cristales estigios que incluso su Banbutsu Sōzō no Jutsu no podía replicar fácilmente sin perder estabilidad mágica.
Finalmente, cuando la luz en su dedo se desvaneció, Hades exhaló un suspiro emocionado.
“Bien, bien, ¡muy bien! ¡Finalmente está terminando… ahora solo falta el toque final.”
Hades tomó el cristal negro con ambas manos, lo sostuvo frente a él y canalizó energía. Sus palmas se iluminaron en un plateado vibrante: Vacío Púrpura, su primera magia original.
Vacío Púrpura: Transmutación
Cuando la luz se disipó, la transformación era evidente:
El mineral estigio opaco e irregular había dado paso a una gema ovalada de jade verde translúcido y con un brillo interior que parecía contener un fragmento de aurora boreal, perfectamente lisa, casi sedosa al tacto.
El corazón interno seguía siendo la matriz original, intangible e intacta bajo la nueva carcasa.
Su superficie era tan lisa que reflejaba la luz en ondas suaves, y tan hermosa que Hera probablemente habría empezado una guerra por obtenerla.
Hades la examinó un momento más antes de sonreír con picardía.
Claro que había elegido jade verde por una razón muy específica.
Porque, como un buen nerd reencarnado, ya había fabricado un prototipo funcional del Ojo de Agamotto.
Sacó del inventario un colgante de diseño redondo, hecho con una aleación de bronce y latón cuidadosamente envejecida. Los grabados místicos que adornaban la superficie eran una recreación casi perfecta del amuleto visto en las películas de Marvel.
[Ojo de agamotto/ replica]
[Clase: amplificador mágico – herramienta mágica conjuradora]
Hades había dedicado semanas a reproducirlo, deteniéndose fotograma a fotograma, viendo Doctor Strange e Infinity War más veces de las que aceptaría en voz alta.
El resultado era digno de un artesano maestro.
El mecanismo central del amuleto se abrió mediante un impulso telequinético, revelando un compartimiento ovalado que simulaba un ojo.
Sin perder tiempo, colocó la gema de jade dentro del receptáculo.
Clic.
Los glifos dorados que rodeaban el anillo del amuleto se encendieron como pequeñas constelaciones artificiales.
La gema brilló con un fulgor verde esmeralda.
Hades tuvo que contener un grito.
De hecho, se cubrió la boca como si fuera un niño abriendo su primer regalo de Navidad.
Era exactamente lo que quería.
Un artefacto mágico real.
Un amuleto funcional creado por él, sin sistema, sin atajos, sin intervención divina.
Y encima, un amuleto inspirado en uno de los objetos más icónicos y poderosos del universo Marvel.
Claro, el suyo no manipulaba el tiempo.
Pero brillaba y podía hacer todo tipo de cosas geniales que el mismo había incluido.
Y eso era incluso mejor.
Se lo colgó sin pensarlo dos veces.
Le habría encantado tener una capa carmesí que respondiera a comandos, pero en ese momento, poco importaba.
Hizo señas con las manos, imitando los movimientos icónicos de Strange (aunque en realidad estaba activando el mecanismo con telequinesis).
El collar se abrió.
La gema emitió un resplandor.
“¡Abracadabra!”
Un estallido verde se expandió.
El cuerpo de Hades se elevó.
El suelo quedó lejos.
La gravedad dejó de existir para él.
“¡JAJAJAJAJAJA! ¡FUNCIONA! ¡CHÚPATE ESA, MORLUM!”
Voló alrededor de la habitación, dando vueltas, piruetas, giros imprudentes, provocando que varios objetos cayeran o chocaran contra las paredes.
No le importó.
Era literalmente un niño con su primer juguete mágico.
Tras varios minutos, aterrizó suavemente.
“Perfecto… los glifos de levitación y modulación gravitatoria funcionan en sinergia.” Dijo orgulloso Y satisfecho
En ese instante era felicidad pura, pero entonces se giró para observar la habitación…
Y la expresión de su rostro se torció ligeramente.
Montañas de papeles, herramientas regadas, plumas en el suelo, manchas de tinta, diagramas pegados en la pared… un desastre digno de un alquimista frenético.
Pronto notó otro problema, se frotó los ojos. Estaban irritados.
Su mente palpitaba.
Claro.
No había dormido en tres o cuatro semanas.
Su cuerpo divino no lo necesitaba, pero su mente humana sí, y la estaba ignorando sin piedad.
“Definitivamente necesito dormir.”
La cama estaba casi intacta, apenas ocupada por algunas herramientas y materiales menores.
Suspiro.
“Pero antes… hay algo que quiero probar.”
Activó de nuevo el amuleto.
Una onda blanca recorrió la habitación.
Los objetos empezaron a levitar con precisión milimétrica.
Hechizo original Nº 17: Limpieza
Los papeles volaron hacia un estante y se apilaron como si una regla invisible los alineara.
Los lápices se ordenaron solos en el escritorio.
Los fragmentos metálicos se guardaron en su caja correspondiente.
El polvo se desprendió de las paredes y salió por la ventana que se abrió sola.
El agua del baño avanzó como un reptil transparente, limpiando todo a su paso sin tocar los muebles, luego regresó por sí misma hacia el drenaje sin tocar un solo mueble.
Un hechizo autónomo, eficiente, elegante y ligeramente defectuoso, y lo principal que le faltaba era… bueno… que no podía hacer bailar los objetos como en la película de La espada en la piedra.
Pero aun así era uno de los orgullos de Hades.
Uno de sus treinta hechizos originales, creados desde cero mediante glifos, hechizos que después del vacío púrpura se habían convertido en sus mejores creaciones.
“Bueno… ahora sí.”
Finalmente guardó el amuleto en su inventario.
Saltó a la cama.
Y cayó dormido en cuanto su cabeza tocó las pieles suaves.
.
.
.
¡Dandadan! ¡Dandadan! ¡Dandadaaan!
“¡Aquí tú me la vas a pelar, ya verás! ¡Lo harás!”
“¿Crees que me vas a ganar?”
“¡¡Huácala!! ¡¡Huácala!! ¡¡Huácala!!”
“¡Yo no soy el chainsawman!”
“He.”
“Baila ya, baila ya, esta rola te va a mamar… ¡He!”
“¡Me quitaron los wevos ya!”
“¿Cuántas parodias le han hecho ya?”
“Solo soy un virgen anormal, que se la jala sin parar…”
“Turbo abuela, ella a mí… solo me quiere profanar— aunque bueno, estoy, no lo voy a negar…”
“A mis bolas a encontrar, cómo Dora la exploradora, ¡Hay!”
“Ya no hay…”
“Ya no hay…”
“Ya no hay…”
“Ya no hay…”
“Mis bolas ya no están… ¡las tengo que encontrar!”
“Todo se va a alargar… sin duda alguna se joderán…”
“Quiero un alien adoptar…” 🎶
—
[POV Hades]
Me desperté con los ojos abiertos como si alguien me hubiera metido una antorcha por la nariz.
“Ugh… ¿qué pasa…?”
Lo primero que escuché no fue la voz de un enemigo, ni un rugido de algún monstruo marino, ni siquiera la voz de mi tío Océano llamándome a otra junta innecesaria.
No.
Lo primero que escuché fue esa cosa.
Ese opening de Dandadan, pero… no el real. No.
Este parecía sacado de una dimensión pirata donde todos tienen pésimo gusto, pésima animación y pésimo sentido común.
Una realidad alternativa donde el presupuesto de producción fue exactamente dos papas fritas y un lápiz roto.
Que suerte debo de tener para que lo primero que lo primero que tenga que escuchar es ese opening mutante de Dandadan, que suena como si alguien hubiera intentado animarlo con un Nokia del 2003 y un mouse sin pila. Y peor aún: en español latino, pero de esos doblajes que parecen grabados en una cocina con ventilador.
Me incorporo con la velocidad de un perezoso deprimido y miro hacia el origen del crimen auditivo.
Allí, sentado en la mesa junto a la ventana, está uno de mis clones sombra.
En la mesa, junto a la ventana, uno de mis clones de sombra.
Sentado como si fuera el rey del lugar.
Patas sobre la mesa.
Ronchas de papitas en la boca.
Y lo peor: estaba comiendo de MI bolsa de papitas de limón.
Mientras tanto, frente a él, una laptop polvosa reproducía un DVD que jamás debió existir:
“La versión alternativa… de la versión pirata… del cadáver… de la serie que fue Dandadan.”
La animación era tan fea que honestamente parecía dibujada con los dedos del pie, en un baño público, con un lápiz mordido.
Lo triste es que este espanto lo conseguí de un puto cupón común del gacha. O sea… ¿por qué? ¿Por qué el universo me odia?
Nos quedamos mirando.
Él, masticando sin culpa.
Yo, contemplando si destruirlo o no.
Mientras que el opening seguía sonando, porque el universo odiaba mi paz mental.
“En mi mente entra la depresión…”
(ay no, por favor…)
“Cuando me convierto en un webón…”
“Parezco un emo vengador con fachas de mamón…”
“La abuela de ayase rica está… ¡hey!”
“no como la abuela turbia— ¡Hey!”
Silencio.
El clon pausa el video, mientras bajaba lentamente la bolsa de papitas, no fue hasta que esta estuvo fuera de sus manos que decidió hablar.
“Hola, qué bueno que al fin despertaste”
“¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y desde cuándo estás aquí?” voy al grano porque, sinceramente, quiero respuestas… y mis papas.
El clon se rasca la mejilla.
“Pues… cuidándote. Y asegurándome de que nadie te moleste.”
“Ah, sí claro” señalo la bolsa en su mano. “Cuidándome… comiéndote mis papitas… y viendo anime pirata… excelente vigilancia”
El cabrón ni se inmuta.
“Después del tercer día esperándote afuera, me aburrí. Y cuando vi que ni sacudiéndote te despertabas, decidí ponerme cómodo. Además” levanta una papa como si fuera evidencia en su defensa “aunque lo que como desaparece cuando me disuelvo, aún disfruto del sabor”
Parpadeo.
“¿Dijiste que dormí tres días?”
“Cinco, en realidad. Yo llevo aquí un día y medio. El ruido no te despertó. De hecho” me mira como quien mira un oso hibernando “estabas como muy… muerto”
Genial. Dormí cinco días como un otaku sin contrato laboral.
Recuerdo que últimamente había estado ocupado con mi proyecto de creación de artefactos mágicos. Tal vez me pasé un poco. Solo un poquito. Lo normal para un dios obsesionado.
[Sistema: A sus órdenes, anfitrión.]
“Sistema, ¿qué le pasa a mi cuerpo? ¿Por qué me siento tan pesado?”
La voz mecánica tardó un promedio sospechoso, lo cual jamás es buena señal.
[Anfitrión, su cuerpo se encuentra en un estado denominado agotamiento celular. Sus células, especialmente las clorofílicas, han reducido su actividad debido a falta prolongada de luz solar. Se están volviendo hipoactivas.]
“Ah.” Finalmente todo encajaba.
Hace mucho, gracias al sistema, obtuve esa habilidad tipo fotosíntesis de los Namekianos: absorbo energía solar, la mezclo con agua y produzco nutrientes y
energía.
Gran habilidad… excepto cuando te vas a vivir mil metros bajo el mar, donde el sol no existe y lo único que ves brillar son peces feos y crustáceos con caras de trauma.
Aunque tenía energía mágica, Pero al parecer no era suficiente para suplir esa función de mi extraño cuerpo. Mi error.
“Sistema, ¿alguna solución?”
[Opción uno: ingerir de forma regular alimentos altos en clorofila.]
La lista que soltó parecía receta de dieta vegana extrema:
– Chlorella
– Espirulina
– Espinaca
– Kale
– Berros
– Acelga
– Rúcula
– Lechuga romana
“Uh… vale… que jodido está esto… ¿hay lechuga romana?”
la lista llamo mi atención, sobre todo la ultima, pero rápidamente negué con la cabeza todavía faltaba lo más importante.
“¿Cuánto de eso tengo que comer para volver a estar al 100%?”
La respuesta me dio un paro emocional.
[El anfitrión debe consumir entre tres y tres veces y media su peso corporal en clorofila al mes.]
“… No me jodas.”
Tres veces mi peso.
¡¿En algas?!
¿En serio?
Mientras leo, me pregunto qué sería peor.
¿Comer tres kilos de plantas al día o enfrentarme otra vez a una Hera adolescente enojada?
Honestamente, no estoy seguro.
No quería volverme la versión marina de una licuadora detox.
“Sistema, hipotéticamente hablando, ¿Por cuánto tiempo tendría que comer así para volver a la normalidad?”
Puede sonar como una completa estupidez, ya que debido a mi altura no Y la impresión de pesar entre 80 y 86 kg, Pero eso no es más que una mera ilusión, debido a los cambios en mi estructura corporal causada por la sangre del titán, mi peso real se ha disparado varias veces, si no utilizara chakra ni energía mágica para hacer a mi cuerpo más ligero a propósito, estaría pesando aproximadamente 1.800 kg, con todo y esqueleto.
No es broma, en este punto mis huesos podrían ser más densos que una placa de acero, y ni hablar de mis músculos y carné que parecen estar recubiertos de filamentos de acero rígido como una lijadora… no es broma pese a mi apariencia externa mayormente humanoide, por dentro soy una cosa complejamente extraña, al punto en que ni yo entiendo por completo que rayos se supone que soy.
Cómo si un cocinero alienígena hubiera cocinado un caldo monstruoso con todo lo que tuviera en la cocina y le hubiera puesto colorantes para que en la superficie pareciera normal.
[debido a que el anfitrión ha descuidado su salud, y no ha tenido una buena alimentación en base a su físico mutado, para volver a estar en su mejor estado físico el anfitrión tendría que mantener una dieta de entre 65 a 71 kg de alimentos ricos en clorofila todos los días del mes, durante un periodo no mayor a tres meses.]
(ー_ー゛)
“No. Me niego. Eso no es nutrición, eso es tortura.”
Además, ¿de dónde saco plantas comestibles ricas en clorofila a 1000 metros de profundidad? ¿Robo el jardín de Tetis y acepto mi muerte prematura? No gracias.
“¿Segunda opción?”
[Ding.]
[Salir al sol regularmente. Beber suficiente agua. Permitir que la fotosíntesis natural haga el resto.]
Perfecto.
Mucho más razonable. Y además tenía ganas de explorar el mar exterior desde hace tiempo. Esta excusa me viene perfecta.
“Perfecto” cierro el sistema “Entonces saldré mañana a más tardar”
Mi clon cruza los brazos, satisfecho.
“¿Entonces ya no estás muriéndote?”
“No más que de costumbre” respondo con sarcasmo “Pero sí: estaré bien, no es nada grave”
El clon asiente, toma otra papa… y decide arruinar la escena:
“¿Quieres que ponga otro capítulo?”
Lo miro con la misma expresión que un profesor mirando a un alumno que dijo que Abraham Lincoln era un cazador de vampiros en clase de historia.
“Si vuelves a poner ese opening, le advierto, voy a disolverte personalmente”
El clon sonríe “¿Entonces, pongo el ending?”
“Clon…” digo con una mirada de advertencia.
“Ok, ok… ya paro” dijo levantando las manos en señal de rendición mientras se ponía de pie para salir, soltando la bolsa de papas en un contenedor que se encontraba en la esquina de la habitación.
Miré la bolsa de papas con la etiqueta arrugada, que dejó como evidencia del delito, sentí que algo se quebró en mí, nunca me había gustado que me robaran mis cosas, y mucho menos mis snacks.
¿Hestia?, era apenas tolerable, ¿Poseidón?, que lo intentes si quiere recibir una patada, ¿pero mi propio clon?, eso fue algo que realmente no esperaba, Pero solo puedo decir… como se esperaba de mí mismo.
la única razón por la que no lo he disuelto de golpe es porque ése clon había estado activo desde hacía medio año, y disolverlo directamente me traería un severo dolor de cabeza con el que ni yo mismo quiero tratar ahora.
“Análisis” pronuncié con un tono ligeramente serio mientras observaba los guanteletes dorados que reposaban en mis manos como si pesaran más de lo que mi vista podía intuir.
La pantalla del sistema parpadeo frente a mí mostrando un resumen de la información recopilada.
[Nombre: Guanteletes Titán]
[Origen: Universo de Ben 10]
[Descripción: Artefacto mágico antiguo con la apariencia de guanteletes gemelos que albergan en su interior una magia primigenia sellada]
[Funciones principales:]
Aumento de Fuerza: Confieren al usuario una fuerza sobrehumana comparable a la de un titán ancestral, permitiéndole manipular masas colosales con facilidad. (Capacidad disminuida)
Proyección de Energía: Pueden liberar potentes ráfagas de energía arcana capaz de pulverizar estructuras reforzadas. (Capacidad disminuida)
Manipulación Telequinética: Permiten mover objetos con la mente y levantar pesos equivalentes al de montañas. (Capacidad disminuida)
Resistencia: Aumentan drásticamente la resiliencia física del portador hasta niveles cercanos a los titanes. (Capacidad disminuida)
Cambio de Forma: Modifican su tamaño para adaptarse a cualquier mano. (Daño severo: solo permite forma estándar)
Ondas de Choque: Capaces de generar impactos devastadores y terremotos localizados. (Dañado)
Defensa de Titán: Aumenta la densidad corporal del usuario hasta obtener un cuerpo casi invulnerable. (Dañado)
[Nota: Los Guanteletes Titán se encuentran deteriorados. Se recomienda mantenimiento o un herrero mágico especializado para su restauración.]
—
Deslicé los dedos por la superficie metálica. Estaba fría, pero no muerta.
Debajo del metal podía sentir algo… antiguo. No “magia normal” como la que respiro todos los días en este mundo. No.
Era algo primitivo, ancestral, ajeno al Dragón-Deus.
Un tipo de energía que me recordaba, vagamente, al misterio profundo del poder primordial que corre por mi sangre de Titán… pero, a la vez, era totalmente extraña. Casi incompatible con cualquier sistema mágico que hubiera visto aquí.
Como si hubiera sido hecha por manos que comprendían el universo de una forma distinta.
Mis recuerdos del universo de Ben 10 afloraron solos.
Ben, Max, Gwen, los viajes absurdos, los aliens físicamente imposibles, y sobre todo… la mezcla perfecta entre magia y ciencia que hacía único ese universo.
Ahí, lo sobrenatural no era “inexplicable”.
Solo era ciencia que el universo aún no había entendido.
Azmuth lo dijo mejor que nadie:
“La magia es simplemente ciencia que aún no se comprende.”
Y demonios, cuánta razón tenía ese pequeño gremlin plateado.
En ese mundo había armas y artefactos que se reían de la lógica mágica.
Tomemos un ejemplo: Ascalon.
Una espada que parte el espacio como si fuera papel, que puede prolongar la vida eternamente, que controla fuerzas fundamentales del universo, un arma capaz de crear o destruir mundos como quien hace o rompe un vaso.
Y ése es solo uno de los muchos ejemplos de creaciones del mundo de Ben 10 que son capaces de subvertir a la magia, sin mencionar a otros como el omnitrix, los hechizos de Bezel, las llaves esqueleto, el Annihilargh, el superómnitrix y la runa Alfa.
En las manos correctas cualquiera de estos es tanto un artefacto capaz tanto de traer esperanza y salvación como de desatar muerte y destrucción desmesurada, algunos siendo incluso capaces de destruir uno o múltiples universos a la vez.
Eso… era Ben 10.
Un universo donde la magia y la ciencia se fusionan hasta volverse indistinguibles.
Por eso estos guanteletes me provocaban tanta fascinación y tanto miedo.
Porque mientras más los entendía…
…más claro me quedaba que no entendía nada.
Ninguna de sus partes seguía las reglas mágicas tradicionales.
No tenían runas, sino circuitos arcanos: finísimos, complejos, casi microscópicos.
Parecían imitar efectos mágicos, pero sin magia o runas reales de por medio.
Como si la tecnología hubiera copiado la magia y la hubiera hecho más eficiente.
Su fuente de energía tampoco era mana ambiental.
No.
La sentía concentrada en una cámara energética interna, ubicada en el dorso de la mano.
El material del que estaban hechos era igualmente absurdo.
No era auto-regenerativo, ni poseía capacidades de auto preservación, pero… ¿Su dureza?
Más duro que la mayoría de metales místicos de este mundo.
Diría que incluso igualaba —si no superaba— al hierro estigio.
Y encima tenía memoria estructural, recordando su forma original a pesar de los daños, siendo capaces de recuperar su forma.
Estos guanteletes eran magníficos, dañados o no, estaban lejos de ser “basura”.
Incluso rotos, debilitados y funcionando a media capacidad, eran artefactos que cualquier dios menor en DxD mataría por tener.
La telequinesis, aun rebajada, podía levantar cientos de toneladas.
El vuelo, defectuoso pero funcional, superaba con creces la velocidad de una bala.
La fuerza que otorgaban bastaría para que un humano promedio pudiera competir con un dios menor cuerpo a cuerpo.
Y sus rayos de energía compuestos no magia pura, sino energía concentrada… Bueno, los compararía con la magia de fuego de Hestia.
Solo que esto quema más.
Como comparar el fuego de un volcán con el corte perfecto y caliente de un láser industrial.
Los Guanteletes Titán, incluso dañados, seguían siendo un arma peligrosa, hermosa y grotescamente avanzada.
Mientras los sujetaba en mis manos sentí un escalofrío, uno agradable, porque si así eran estando rotos… no podía ni imaginar cómo serían al estar completos.
Es una lástima que no tenga los conocimientos de forja necesarios ni siquiera para intentar reparar los Guanteletes. Incluso si lograra imitar su estructura interna, aún necesitaría comprender el método exacto con el que fueron creados… y eso ya es pedirle peras al mismísimo Árbol del Mundo.
Está más que claro que estos Guanteletes Titanes superan con creces cualquier técnica de fabricación mágica con la que podría llegar a estar familiarizado. Las runas grabadas en su superficie parecen basadas en un tipo de lenguaje completamente desconocido y que no se asemeja a ningún símbolo místico griego, ni siquiera a los que usa la teúrgia más antigua.
Los símbolos son tan complejos que resultan incluso más difíciles de interpretar que los grabados rúnicos de Gungnir, o los jeroglíficos místicos que adornan las Feng Huo Lung.
Pero no estoy totalmente perdido. Durante un estudio detallado, descubrí algo curioso: aquellos grabados de los Guanteletes Titanes parecen estar compuestos por pequeños símbolos arcanos menores que funcionan como conectores. Puede sonar trivial… hasta que te das cuenta de que su forma de enlazarse se parece muchísimo al lenguaje de programación “Mágica Ėdeveloper”.
Un estilo de programación donde los símbolos reemplazan líneas enteras de código, entrelazándose para formar comandos que manipulan energía arcana.
Sí, lo sé, suena completamente loco. Pero cuando fuiste reencarnado como un dios de la muerte en un mundo saturado de dragones, demonios, deidades neuróticas y criaturas que pueden borrar países con alergias estacionales, la idea no resulta tan difícil de digerir.
¿Cómo demonios sé yo algo de programación por símbolos?
Bueno, los cupones del sistema no sólo me dan artefactos de mundos mágicos o de ciencia ficción; a veces me regalan objetos comunes, como herramientas, utensilios y cachivaches mortales.
Y en otras ocasiones, se dignan a darme libros llenos de conocimientos: novelas de aventuras, textos de ingeniería, tratados de sociología, manuales de tecnología e incluso libros sobre programación y desarrollo de software.
Sí… pasé semanas leyendo manuales de programación sólo porque estaba aburrido.
Además, admitámoslo: ¿no sería gracioso que un dios creara la primera versión de la red global milenios antes que los humanos? Sólo imagina que, siglos en el futuro, los mortales utilicen sistemas de redes interconectadas… y terminen adorándome como Hades, Dios del Internet.
Sería tan absurdo que encajaría perfectamente en una película de Guillermo del Toro… claro, sin el componente filosófico donde los humanos se convierten en monstruos metafóricos que representan sus propias fallas—la soberbia, la crueldad, la compasión, el trauma…
En serio. Tengo que dejar de ver Pinocho.
En fin.
Volviendo al tema: recrear el internet es completamente posible. Quizás no por los mismos medios que usan los humanos, pero sí mediante un híbrido de ingeniería y magia.
Si en DxD los demonios lograron crear su versión pirata del internet, el famoso Evi-Net, ¿por qué no podría hacer yo lo mismo?
“Je… jejejeje… ¡Jajajajajaja!”
Sin darme cuenta, me dejé llevar por la emoción de imaginar cómo sería una red informática mundial moldeada a mi imagen y semejanza. Mi risa terminó resonando en toda la habitación.
“Ejem.”
Y con eso, la vergüenza momentánea me devolvió al mundo real.
Volví mi atención a los Guanteletes Titanes. A decir verdad, no tenía muchas opciones respecto a qué hacer con ellos. No tenía idea alguna de cómo repararlos, y aunque aprendiera a arreglar las líneas de enlace mágico internas, seguiría necesitando un nivel avanzado de metalurgia y forja… cosa que no poseo.
Así que terminé guardándolos de nuevo en mi inventario con un suspiro resignado.
“Bueno… eso puede esperar. ¿Qué me queda por hacer ahora?”
Me rasqué el mentón, reflexionando.
La realidad es que no tenía ningún asunto pendiente en Thalassia. Ya estaba prácticamente exento de los entrenamientos divinos y no tenía sentido seguir retrasando mi salida.
En cuanto al estudio de las artes teúrgicas… pff, soy prácticamente un semi–titán. Poseo un entendimiento instintivo de la magia y puedo crear hechizos con mis glifos casi sin esfuerzo. En la mayoría de los casos, incluso poseen más versatilidad y potencia que la magia basada en voluntad que usan los dioses, o la magia mestiza que emplean la mayoría de seres sobrenaturales en esta era.
¡Es más! Yo debería ser quien les enseñe a ellos.
Y quizás lo haga… cuando encuentre una forma de vincular el sistema de glifos de The Owl House con el sistema mágico-divino de DxD.
Pero por ahora, esa idea se va directo a mi archivo mental de “Ideas Pendientes”.
Sin más que hacer, me puse de pie y salí de la habitación con paso relajado.
Iba a visitar a mis hermanos; después de todo, no me habían visto en un buen rato.
Caminé por los pasillos del palacio principal sin rumbo fijo, saludando de vez en cuando con una sonrisa y un gesto de la mano a los dioses y sirvientes que pasaban a mi lado.
Algunos me miraban raro.
Y sí, visto desde su perspectiva era comprensible. Para ellos yo era el hijo mayor de los reyes dioses, una figura de autoridad cuya presencia cargaba un peso divino bastante intimidante.
Lo normal sería que actuara como un superior dominante, o como un dios mimado que se mueve por puro capricho.
Pero no.
Nunca haré eso.
No soy como ese idiota de Zeus, que usa su lengua de plata y su poder para subvertir la voluntad de otros.
Yo no tengo intención —ni interés— en intimidar a un grupo de personas más débiles que yo y que no tienen ninguna relación con migo para obtener su obediencia. Eso solo lo haría un villano… o un cretino.
Prefiero ser quien soy: Hades, el dios genial, buena onda, amigable y divertido con todo el mundo, pero molesto con quienes me caen mal.
Aunque algunos ya se han acostumbrado a mi actitud relajada, no todos son iguales.
—¡Holaaa~! ¿Qué me cuentas? —saludé levantando la mano a un dios menor que pasaba cerca.
El dios solo esbozó una sonrisa ligera y me respondió con un asentimiento rápido, casi nervioso.
Era cauteloso.
No lo culpo. En un mundo donde la fuerza lo es todo, no es común ver a un dios especialmente poderoso actuar con una amabilidad genuina.
Para muchos, es sospechoso.
Tal vez creen que tengo un propósito oculto.
Pobres ingenuos.
Si se tomaran el tiempo, verían que soy un tipo genuinamente agradable.
Un poco ido de la cabeza, ligeramente pirómano, sí… pero genuino.
Al menos más que la mayoría de los dioses.
Porque si un mortal llega a insultarme, más le vale que su insulto me haga reír; si no, le daré un buen golpe de escarmiento.
Pero si un dios random hiciera lo mismo… bueno, probablemente terminaría como una criatura fea y olvidable que solo existe para servir como trofeo en la historia de algún héroe semidivino.
Y no es narcisismo decir que mi actitud es mejor que la de cualquier dios masculino que haya pisado Grecia.
Seguí caminando por los pasillos, disfrutando de la vista de la ciudad submarina a través de los ventanales cristalinos.
Y, eventualmente, encontré una cara familiar.
Allí, en uno de los jardines exteriores, apoyado contra un balcón con vista al enorme lago que rodeaba el castillo, se encontraba la figura barbuda de cierto dios oceánico al que conozco muy bien.
Sonreí y me acerqué despacio, con los ojos entrecerrados.
“¡¿Qué hay, bro?!” le di una palmada en la espalda.
El golpe fue lo suficientemente fuerte como para hacerlo tambalearse hacia adelante antes de recuperar el equilibrio.
Poseidón se tambaleó hacia adelante, recuperó el equilibrio y emitió un gruñido profundo antes de girarse hacia mí.
“Hades…” inclinó la cabeza en reconocimiento mientras una sonrisa leve aparecía en su rostro “Es bueno ver que finalmente saliste de tu aislamiento”
“Me alegra ver que sigues tan animado como siempre” dijo con un suspiro, para luego añadir “Pero es una lástima… empezaba a disfrutar la tranquilidad del lugar.”
Me reí con un encogimiento de hombros. “¿Qué puedo decir? El aislamiento no me sienta bien. Creo que tanto encierro estaba haciendo que mi piel se pusiera pálida… como la de un muerto. Jajaja”
Solté el mal chiste, fui el único que rió.
Poseidón me lanzó una mirada rara, pero decidió dejarlo pasar.
“Te veo animado, más de lo habitual. ¿A qué se debe?” preguntó.
Respondí con una sonrisa llena de orgullo. “Muchas razones, en realidad. Pero si tuviera que mencionar la principal… sería esto”
dije, señalando el collar que colgaba sobre mi pecho.
Poseidón lo observó detenidamente. Examinó la réplica del Ojo de Agamotto, sus grabados y el brillo del material con cierta curiosidad… hasta que perdió el interés.
“¿Un nuevo juguete?” dijo finalmente.
Resoplé.
“¡No es un juguete! Este es mi nuevo invento: ¡el accesorio mágico definitivo!”
Levanté el collar con una mano y el puño con la otra, como si estuviera a punto de protagonizar la portada de una novela ligera.
Poseidón solo me vio con expresión de pescado muerto (irónico, considerando su dominio).
Nada en su cara decía “impresionado”.
Y lo entiendo.
A estas alturas, tanto él como el resto de mis hermanos están acostumbrados a que artefactos extraños y fantásticos aparezcan a mi alrededor sin explicación alguna.
Mi capacidad para manifestar y moldear materia de la nada ya dejó de parecerles increíble hace años.
Ver un artefacto misterioso nuevo ya no les sorprendía.
“Ya veo” respondió finalmente, antes de dar media vuelta y saltar desde la cornisa hacia el lago.
“Ya veo” dijo simple y llanamente, antes de caminar hacia el borde del balcón y lanzarse al vacío hacia el lago.
“¿¡Heee!?” me sobresalté y parpadeé, ofendido “¿Ah? ¿Me acaba de ignorar ese mocoso?… ¡No lo permitiré! ¡Haré que ese cerebro de algas admire mi creación”
Tomé impulso y salté al agua detrás de él.
Sin perder tiempo corrí y me lancé al agua tras él.
El viento golpeó mi cara mientras caía, seguido de un chapuzón frío cuando el agua me envolvió.
Pero esa sensación helada fue reemplazada por otra más profunda que emanaba desde mi núcleo divino.
Más específicamente, de mi divinidad sobre el agua.
Adoro ese aspecto.
La integración natural con los elementos hídricos, la adaptación inmediata a la presión, la respiración acuática y la resistencia total al agua.
Incluso en aquella pelea amistosa con Aqueloo, sus ataques potenciados por poder divino no pudieron dañarme.
Si esta divinidad fuera ofensiva en lugar de conceptual, sería aterradora.
Pero viniendo de un mundo influenciado por la fe… y siendo el poder derivado de Aqua —la incompetente diosa del agua purita y benevolente— no sorprende que carezca de potencia ofensiva real.
Exceptuando a los no muertos, claro.
Respiré profundo y dejé entrar el agua en mis pulmones, no hubo nada de ahogamiento; mi cuerpo la procesó como aire, me sentí ligero, adaptado, vivo.
Miré hacia abajo, hacia la fosa profunda bajo el castillo.
Varias figuras se movían en la oscuridad: peces de distintos tamaños, algunos brillando como neones vivos. Sirenas nadaban con gracia, impulsándose con sus colas.
Y luego estaban…
…esas cosas.
Otra vez esas criaturas.
Como sirenas, pero al revés.
Mitad hombre, mitad pez. Pero mal. Muy mal.
Verlos moverse con piernas humanas bajo el agua, pataleando torpemente mientras sus enormes cabezas de pez se contorsionaban en la oscuridad… era una experiencia visual que no sabía si clasificar como aterradora o cómicamente traumática.
En este punto estaba lo suficientemente perturbado como para preguntarme si el Dios que los creó estuvo borracho cuando los estaba diseñado.
Dejando a los adefesios de lado, expandí mis sentidos en todas direcciones, buscando la firma vital de ése hermano menor desleal como un radar viviente.
“… hay estás” pronto lo sentí a Poseidón apostado cerca de un arrecife, se veía extraño y parecía estar escondiéndose, posiblemente de mí; él no sabía que yo ya sabía que estaba allí.
Así que hice lo más razonable en aquella situación.
Movilizando mi poder divino sobre el agua, me impulsé en su dirección. Mi velocidad hizo vibrar el océano entero, provocando ondas violentas y dejando mi figura reducida a un simple borrón.
Poseidón, que ya se había relajado, se tensó de repente.
Pero ya era tarde.
Su cuerpo fue tacleado por una fuerza inmensa.
Y tanto él como yo salimos disparados, girando sin control entre la presión del agua.
Poseidón intentó agarrar mi brazo para soltarse, pero yo, aprovechando la inercia, sujeté su antebrazo con una fuerza irrefutable y lo lancé contra un pilar de roca.
¡Crack!
Un impacto profundo resonó bajo el agua, y el cuerpo de Poseidón, pequeño en comparación con el colosal pilar, lo atravesó como si la roca fuera espuma mojada.
Tras el golpe, Poseidón dio un par de giros en el agua hasta recuperar el equilibrio. Entonces frunció el ceño y me dedicó una mirada intensa, claramente irritada.
En respuesta a su enojo, sólo sacudí mi puño con igual molestia y señalé repetidamente el collar que llevaba al cuello.
Aunque no hubo palabras, el mensaje era imposible de malinterpretar:
“¡Admira mi increíble artefacto mágico o sufre las consecuencias de tu ignorancia!”
Poseidón, ya visiblemente fastidiado, llevó su mano hacia su espalda, haciendo el gesto clásico de tomar algo.
Pero solo agarró agua. Su expresión palideció al instante.
Por un momento no entendí, pero luego sonreí al darme cuenta: Poseidón no traía su tridente. Probablemente lo había olvidado tirado por ahí… otra vez.
Me crucé de brazos con confianza mientras lo observaba, ya pensando en cómo utilizar a este hermano mío como conejillo de indias… es decir, como compañero de entrenamiento para probar el ojo de Agamotto… sí, así iba a llamarlo, porque mis huevos dijeron que sí cuando les pregunté.
Y a quien le moleste, que se queje si quiere; total, los abogados de Marvel no pueden viajar entre dimensiones.
Esperé pacientemente, adoptando incluso una postura de sentado mientras flotaba en el agua.
Pero Poseidón pareció irritarse aún más con mi actitud, y lejos de rendirse, tomó la iniciativa en el siguiente ataque.
Levantó su mano hacia mí, su poder divino ascendió de golpe, y feroces corrientes de agua se formaron como los tentáculos de una bestia marina gigantesca, extendiéndose hacia mí con intención de aplastarme.
Poseidón había actuado rápido y atacado primero.
Pero yo tampoco iba a quedarme quieto. Después de todo, ¿quién demonios se queda esperando a ser reventado por un ataque?
Movilizando mi poder divino, las sombras a mi alrededor fluctuaron como humo vivo. Extendí mi mano hacia el torrente de agua, y una sustancia oscura, densa y líquida se expandió, envolviendo un área de varios metros a mi alrededor.
En ese instante, agua y oscuridad chocaron, y el impacto fue devastador.
Una onda explosiva se extendió en todas direcciones, sacudiendo el fondo marino. Las aguas se agitaron y el suelo rocoso se fracturó como si fuera cristal.
Las criaturas marinas cercanas también sufrieron el impacto; algunas huyeron, otras resultaron heridas… y unas pocas ni siquiera tuvieron oportunidad de huir.
Observé con una sonrisa cómo los tentáculos de agua golpeaban con fuerza la superficie de mi barrera oscura, hundiendo la membrana, pero sin lograr quebrarla.
Con un simple pensamiento, múltiples púas afiladas brotaron de la oscuridad, atravesando y despedazando los tentáculos de agua.
Poseidón no se sorprendió de que su ataque hubiera fallado. Al contrario, sonrió. El poder divino a su alrededor volvió a elevarse y, de inmediato, el agua ya turbulenta se transformó en un torrente violento.
Las corrientes se arremolinaron hasta formar un torbellino cuyo epicentro parecía devorar todo a su paso.
Rocas, peces, e incluso algunos dioses que habían puesto miles de metros entre ellos y nosotros fueron succionados sin piedad hacia el vórtice.
Y por supuesto, yo tampoco fui la excepción.
Tuve que usar mi Chakra para evitar ser absorbido hacia el ojo del huracán submarino que empezaba a tomar forma. Y no pude evitar reconocerlo:
Poseidón, aunque no fuera tan fuerte como yo, tenía un dominio del agua digno de respeto. Entre los dioses marinos, sin duda era uno de los mejores en el uso de su elemento.
Incluso Aqueloo, con quien había peleado antes, no llegaba a este nivel de manipulación elemental. No era solo una diferencia de cantidad de poder o control sobre su energía… era una diferencia existencial.
Y esta escena lo dejaba más que claro.
Incluso sin esforzarse al máximo, Poseidón estaba en una liga distinta a la de otros dioses del mar.
El tornado de agua siguió aumentando su velocidad, y con ella la presión y la fuerza de succión crecieron hasta arrancar gigantescas rocas del suelo marino, a decenas de metros por debajo de Poseidón.
Las rocas ascendieron de inmediato, solo para ser pulverizadas dentro del torbellino.
La fuerza del fenómeno era tan brutal que el torbellino comenzó a extenderse hacia la superficie del inmenso lago a las afueras del palacio adjunto al castillo principal de Océano.
Las personas que pasaban por las cercanías notaron el fenómeno de inmediato. Algunos incluso se acercaron por curiosidad a la orilla, solo para ser rechazados por las violentas olas y los vendavales que surgían del lago.
Todos pudieron ver cómo un gigantesco remolino se formaba en el centro, mientras espesas nubes cargadas de energía se acumulaban cientos de metros sobre la superficie.
Los dioses, sintiendo el peligro, retrocedieron sin pensarlo dos veces.
Y por supuesto, no solo ellos notaron la escena. Yo también percibí cada cambio en tiempo real, y también noté la enorme masa de energía concentrándose en el cielo, justo encima de nuestras cabezas.
Miré a Poseidón, y él me devolvió la mirada con una sonrisa de desafío, una expresión extrañamente emocionada dibujándose en su rostro.
“Este tipo…”
No pude evitar que una sonrisa orgullosa se formara en mi cara al ver aquello. Después de todo, ¿quién fue el que entrenó a este Dios del Mar?
Pues claro que fue su espectacular e increíblemente sabio hermano mayor… ¡Hades!
(… ohhhh, con que así estamos jugando, ¿eh?)
El gigantesco torbellino seguía rugiendo bajo el agua, creciendo como si Poseidón hubiera decidido romper el récord mundial de “quién arma el huracán más inútil pero más escandaloso del universo”.
Y allí estaba él, flotando con esa expresión de “sí, lo estoy disfrutando, ¿y qué?” mientras me miraba de frente.
Apreté los ojos un momento, viendo cómo más y más energía empezaba a comprimirse en aquella nube densa sobre la superficie del lago. Si seguía acumulándose a ese ritmo, era muy probable que todo aquello estallara en una tormenta divina de proporciones bíblicas.
Y por bíblicas me refiero a “inundación mundial edición director’s cut”.
(¿Qué demonios está haciendo este loco? ¿Intentando recrear la escena de Moisés al revés? ¿O quiere llamar la atención de algún pez mágico con problemas de autoestima?)
El remolino me empujaba con fuerza, tirando de mí hacia el núcleo como si fuera una lavadora gigante empeñada en convertirme en detergente.
Pero yo resistí —porque soy Hades, hermano— y porque sinceramente, si una lavadora se atreve a tragarme, yo la tacleo también.
Mientras sujetaba la barrera oscura para evitar ser absorbido, miré a Poseidón alzando un pulgar.
“¡Buena esa, Bro! ¡Pero cuidado, que creo que el lago quiere ascender a la cuarta dimensión!”
Poseidón soltó una risa ronca que vibró incluso bajo el agua.
“Creí que querrías pelear en serio, Hades.”
“¿Y crees que esto no es en serio? ¡Estoy a punto de perder la agenda del día porque tu tornado está intentando llevarme a Narnia!”
El Dios del Mar resopló, divertido pero sin entender nada, extendiendo ambos brazos. El torbellino rugió y la tenue luz de las profundidades se volvió casi inexistente, como si hasta la claridad hubiera sido succionada.
Para un espectador casual, aquella escena sería el tráiler perfecto de un apocalipsis submarino. Rocas gigantes rodaban como granos de arena, criaturas marinas salían volando en espirales psicodélicos y la superficie del lago se hundía en forma de un gigantesco cuenco.
Mientras tanto, la enorme nube de energía sobre nosotros titilaba con arcos eléctricos, a punto de convertirse en un rayo divino capaz de partir la tierra a la mitad.
(Je… ¿y este tipo dice que yo exagero?)
La fuerza del remolino aumentó tanto que mis propias sombras se comprimieron contra mi cuerpo.
Y cuando miré hacia arriba, Poseidón seguía con esa sonrisa desafiante que gritaba: “Vamos, muéstrame lo que tienes.”
(… mmm, está bien. Yo lo pedí. Y también lo entrené. Si se destruye medio Thalassia, lo reconstruimos luego. Total, ya tengo experiencia armando casas como si fueran construcciones de Minecraft.)
Pero obviamente no podía permitir que aquello sucediera.
Solté un suspiro dramático y dejé caer los brazos.
“Está bien… tú lo has querido.”
Las sombras alrededor de mi cuerpo se contrajeron.
Mi chakra empezó a burbujear.
Un estremecimiento recorrió el agua.
Una sonrisa enorme se dibujó en mi rostro.
“Hora de que aprendas por qué soy tu hermano mayor favorito.”
Una densa aura de chakra envolvió mi cuerpo, deformando la presión del agua alrededor. Era momento de contraatacar.
Poseidón notó de inmediato los cambios, pero lejos de ponerse nervioso, adoptó una expresión tranquila. Como si el universo entero estuviera bajo su control.
Levantó la mano hacia el cielo… y la bajó con fuerza en mi dirección.
‘¡vromm!’
¡Zhzzzzzz!
Las nubes sobre el lago explotaron y un gigantesco pilar de rayos descendió hacia el ojo del remolino.
Lo siguiente fue sorprendente incluso para mí.
El ciclón que envolvía a Poseidón, en vez de protegerlo, se desprendió de él… y se lanzó hacia mí.
Y lo peor: cada metro de agua fue rodeado por una red de arcos eléctricos que bajaban a una velocidad aterradora.
Tragué saliva.
Tenía que admitirlo: aunque Poseidón no podía controlar los rayos de manera natural como Zeus ni tenía un rayo divino, sus métodos creativos eran… bastante molestos. Dirigir la electricidad a través del dominio de las tormentas marinas era una técnica ingeniosa, digna de un dios del océano.
Sí estuviera en mi mejor forma, no habría problema. Pero incluso con mi factor de curación acelerada, no podía darme el lujo de recibir eso de frente.
Y claro, podía esquivarlo. Incluso bajo el agua.
Pero… ¿y qué gracia tendría?
Miré hacia la figura lejana de Poseidón, quien ya se había alejado para no electrocutarse con su propio ataque.
Solo fue un segundo, pero pude ver la seguridad en sus ojos. Estaba convencido de que me derribaría.
Lástima, hermano. De verdad lástima.
(Ho, mi tonto otouto. ¿Cuándo aprenderás que las fuerzas de la naturaleza no significan nada para un maestro de los elementos? ¡Uno con cantidades ridículamente grandes de chakra!)
(Liberación de Tormenta: ¡Dragón Demonio de Tormenta! / Ranton: Rankiryū)
Con apenas cuatro sellos de mano, el chakra en mi cuerpo se elevó. Una nube densa de vapor rodeada de rayos empezó a formarse, girando como un mini tornado en mis manos.
Lo apunté hacia el ciclón electrificado que ya estaba a menos de diez metros de mí.
Un instante después, ante los ojos atónitos de Poseidón, un segundo tornado —uno compuesto de nubes de tormenta— emergió, casi tan grande como su propio monstruo acuático, dispuesto a colisionar.
Las aguas turbulentas chocaron con mi tormenta controlada en una explosión descomunal.
¡Boooooom!
El agua explotó, enviando una onda de choque devastadora en todas direcciones.
Pilares de roca que habían sobrevivido siglos fueron pulverizados.
Campos de coral quedaron arrasados.
Decenas de criaturas marinas que se escondían fueron destruidas por la fuerza del impacto, y aquellas que sobrevivieron al primer golpe fueron barridas por la ola de agua electrificada.
La superficie de Thalassia tampoco escapó.
El lago estaba conectado con una red de pasajes submarinos que recorrían toda la ciudad.
Sin barreras que contuvieran el impacto, un terremoto equivalente a un 6.7 sacudió toda la región.
Edificios temblaron, el suelo se agrietó y el pánico se extendió entre dioses y criaturas mágicas.
Por suerte, los cimientos no eran débiles: algunos edificios cayeron, sí, pero no hubo pérdidas graves.
Otra razón más por la que debería agradecer al arquitecto que los diseño.
Aunque, bueno… tal vez no justo ahora.
[En el palacio de Océano.]
En el majestuoso salón del trono del gobernador de los Siete Mares se desarrollaba una escena peculiar.
El otrora Gran Gobernador de la ciudad de Thalassia permanecía sentado en su trono con una expresión de profundo disgusto, mientras su cónyuge Tetis le masajeaba lentamente los hombros, intentando aliviarle la tensión acumulada.
“Todo estará bien, querido, solo son niños jugando. ¿Qué tanto daño pueden causar?”
le susurró la diosa al oído con un tono tranquilizador.
Temblor.
La habitación se sacudió violentamente, y varias grietas finas aparecieron en el techo ornamentado del salón. Fragmentos de relieves labrados cayeron al suelo como si fueran migas de pan gigantes desprendidas a propósito por un gigante impaciente.
Océano elevó la mirada con expresión oscura y sombría, mientras Tetis sonreía con incomodidad, como quien ya sabe que sus palabras quedaron instantáneamente invalidadas por los hechos.
Y, lamentablemente, aquella escena estaba lejos de ser la primera vez que ocurría.
Desde hacía tiempo, Océano había descubierto que los hijos de Rea tenían un extrañísimo gusto por las batallas. En especial aquel trío inseparable compuesto por Hestia, Poseidón y Hades, quienes parecían incapaces de pasar más de unas horas sin provocar una refriega épica digna de un canto futuro.
Solían pelear entre sí constantemente, a veces incluso fuera de las áreas adecuadas para semejantes despliegues de poder, lo que hacía que las “peleas amistosas” terminaran casi siempre en desastres colaterales.
Y aunque nunca se herían mortalmente, eso no impedía que los alrededores —que incluían ciudades, templos, bosques y océanos enteros— sufrieran daños a una escala francamente absurda.
Aquella, de hecho, sería la tercera vez en el año que alguno de los hijos de Rea —por accidente o por simple entusiasmo— terminaba causando destrozos en su amado reino.
Y lo peor de todo era que, aunque quisiera, Océano no podía hacerles nada.
No porque careciera de poder para ello, sino porque una reprimenda severa pondría en riesgo la excelente relación que había logrado forjar con los descendientes de su hermano menor Kronos.
Y su plan de establecer lazos duraderos con los futuros herederos del Cielo, el Mar y el Inframundo dependía completamente de mantener esa armonía.
Además, aunque estaba seguro de que podría someter sin demasiadas dificultades a los cinco hermanos menores, había un único caso completamente aparte:
Hades.
Pese a que a simple vista su poder divino no parecía mayor al suyo, la mera presencia que emanaba su cuerpo no mentía.
Hades era fuerte.
Muy fuerte.
Y, en opinión de Océano, posiblemente ya era más fuerte que él, lo cual lo convertía no solo en un prodigio, sino en una aberración fuera de toda lógica natural.
Desde el inicio de los tiempos, cada nueva generación de dioses había sido más débil que la anterior. Era una constante inquebrantable.
Urano, primer rey de los dioses y señor supremo del cielo, era inferior en poder a su madre Gaia.
Los Titanes nunca alcanzaron la fuerza de su padre.
Los hijos de estos, a su vez, habían nacido más débiles que sus progenitores, y así sucesivamente.
Pero Hades…
Hades rompía ese patrón por completo.
Su potencia física era notable, pero lo más desconcertante era su control sobre fenómenos que ningún dios de su panteón comprendía:
la energía pura, la manipulación espacial, y un dominio de los elementos que superaba incluso las capacidades divinas tradicionales.
Además, poseía conocimientos en artes místicas ajenas a la Teúrgia, artes que Tetis afirmaba podían ser incluso más avanzadas que cualquier forma de magia existente en Grecia.
Su esposa incluso sospechaba que ni siquiera la misteriosa diosa Hécate sería capaz de igualarlo.
Y por si fuera poco, Hades también resultaba ser un hábil forjador.
Océano lo había visto conjurar extraños guanteletes dorados desde lo que parecía ser un espacio bolsillo privado —algo inaudito para cualquier dios nacido en Grecia— y estaba seguro de que el poder dentro de ellos era comparable al de un artefacto divino de alto grado.
Además, Hades materializaba armas simples de la nada, como si manipular la materia fuera tan natural para él como respirar.
Era alguien nunca antes visto en Grecia.
Océano estaba convencido de que tenía potencial suficiente para alcanzar el nivel de los grandes dioses de otros panteones, los que habían dejado su huella a través de milenios.
Era precisamente ese potencial lo que más preocupaba a Océano.
Porque aunque su plan de unir su linaje con Zeus y Poseidón iba viento en popa, con Hades… las cosas no habían avanzado del mismo modo.
Si bien Amaltea había logrado entablar una relación cercana con el joven dios, Hades no desarrolló ninguna clase de afecto romántico hacia ella.
Y aquello ponía nervioso a Océano, ya que —desde su punto de vista, y el de muchos de sus hijos— Hades era el candidato perfecto para convertirse en el futuro rey de los dioses.
Ignorando su actitud infantil y su comportamiento despreocupado, el chico era extremadamente inteligente.
Había creado múltiples inventos con tecnología que claramente no pertenecía a la era actual, y además poseía una habilidad innata para ganarse al pueblo.
Como el día en que, sin previo aviso, apareció en la plaza norte de Thalassia un gigantesco edificio de ocho pisos hecho de piedra blanca, decorado con faros brillantes y con un enorme letrero luminoso que decía: “Ploutos”.
Su diseño era exquisito; su arquitectura, moderna y fascinante.
Y en su interior se encontraban pequeñas tiendas refinadas donde los productos se exhibían dentro de vitrinas de cristal…
¡cristal real!
Creado por el propio Hades al convertir arena común en un vidrio más puro y transparente que el cuarzo.
Miles de hijas de Océano corrieron desde todas direcciones para comprar allí.
Y ni hablar de la ropa.
Hades había rechazado la moda tradicional griega para vestir prendas totalmente nuevas:
camisetas, pantalones, y un invento al que llamó zapatos, capaces de envolver el pie completo.
Tetis estaba encantada.
Para Océano, aquello era solo una pequeña muestra del potencial de Hades para innovar y para conmover a las masas con ideas jamás vistas.
Por eso, cuando Amaltea falló en conquistar su corazón, decidió enviar a más de sus hijas a intentarlo.
Todas fracasaron.
Sin excepción.
El desastre fue tal que Océano incluso llegó a dudar si Hades tenía inclinaciones normales y envió a uno de sus hijos más agraciados para intentarlo.
El resultado fue… nefasto.
Su hijo regresó con una extremidad rota, el rostro desfigurado y llorando ante los pies de su padre exigiendo justicia.
Pero Océano no podía hacer nada.
Era, una vez más, una evaluación errónea sobre Hades.
Así que volvió a estudiarlo.
Y descubrió algo aún más inquietante:
Aunque Hades parecía ignorarlo deliberadamente, todos sus hermanos —excepto Zeus— mostraban una protectividad notable hacia él.
Cada uno a su manera.
Y eso no era poca cosa.
Hestia, potencial futura guardiana de la llama sagrada.
Hera, pieza clave en la futura reestructuración del panteón según la profecía de Prometeo.
Poseidón, heredero legítimo de los mares.
Deméter, próxima divinidad de la tierra griega.
El apoyo de esos cuatro ya era suficiente para elevar a cualquier dios insignificante al máximo estatus.
Lo extraño era que el receptor de ese apoyo no era Zeus, el profetizado hijo predilecto del destino, sino el más inesperado de todos: Hades.
Océano nunca había dudado del destino, pero ahora comenzaba a cuestionarlo.
Los eventos descritos por Prometeo parecían alterados, modificados… o directamente inexistentes.
Nada encajaba.
Suspiro.
Océano giró la cabeza y miró a su esposa por el rabillo del ojo.
Tetis le sonreía radiante mientras continuaba su masaje, pero él no le prestó atención a sus palabras, sino a lo que llevaba puesto.
Un vestido blanco como la nieve, de estilo victoriano, con volantes delicados en los hombros y la cintura.
Era hermoso, pero lo que más capturó su atención fue el escote abierto que dejaba ver la suave y pálida piel de su esposa, enmarcando sus generosas curvas.
La barba de Océano se erizó; un tenue rubor coloreó su rostro.
Había visto el cuerpo de su esposa innumerables veces, incluso completamente desnuda…
Pero verla con ese vestido le provocaba una emoción distinta, difícil de descifrar.
En su mente, sin quererlo, levantó un pulgar de aprobación hacia Hades.
Definitivamente, el chico estaba revolucionando Grecia.
El agua vibró con violencia y se escucharon fuertes explosiones.
Cada vez que Poseidón y yo chocábamos en las profundidades, el entorno sufría las consecuencias.
“¡Bam!”
Con un golpe directo al plexo solar envié volando a Poseidón a la distancia, pero este se recuperó rápidamente; aprovechó el impulso de su propio cuerpo para girar en el agua y atacar desde un costado.
(¡Liberación de Tierra: Lanza de Roca!)
Mi piel se cubrió de una capa de chakra denso que se solidificó al instante, formando una armadura de minerales negros como carbón y tan resistentes como diamante en todo mi brazo.
“¡Pum!”
El agua explotó una vez más. Todo a nuestro alrededor fue destruido cuando nuestros puños chocaron.
Aun así, ambos ignoramos completamente el caos y continuamos intercambiando golpes sin descanso.
Nuestros puñetazos retumbaban en el fondo del lago mientras nos movíamos a velocidades absurdas que creaban violentas corrientes submarinas.
“¡Crash!”
Otro pilar de piedra estalló en pedazos, enviando ondas expansivas que sacudieron la superficie de Thalassia.
Poseidón abrió una mano y condensó una esfera de agua del tamaño de un balón de playa.
En un instante, aplicando una presión colosal, la esfera se redujo hasta el tamaño de una canica.
Estiró la mano hacia mí.
“¡Flush!”
La esfera salió despedida a una velocidad imposible de seguir incluso para un dios.
Me moví lo más rápido que pude para esquivarla.
Sentí cómo el agua temblaba violentamente al pasar la bala.
Una roca del tamaño de un edificio de tres pisos, justo detrás de mí, fue perforada limpiamente, dejando un agujero perfecto… como si hubiese sido atravesada por un láser divino.
Poseidón notó que su ataque no había funcionado, pero no se detuvo.
Pronto, docenas de esferas idénticas aparecieron a su alrededor.
Todas con la clara intención de dejarme como queso suizo.
Tuve que moverme de forma errática para esquivar los siguientes disparos.
“¡Flush!”
“¡Flush!”
“¡Flush!”
Docenas de proyectiles surcaron el agua en todas direcciones.
Yo serpenteaba entre ellos mientras pensaba cómo revertir la situación.
Claramente no podía acercarme a Poseidón mientras estuviera rodeado por esas gotas mortales.
Pero tampoco podía correr para siempre.
Así que opté por un enfoque no físico.
Junté mis manos en un aplauso; mi chakra de elemento madera se expandió y pronto las algas del fondo marino, antes inertes, comenzaron a retorcerse, mutar y crecer hasta convertirse en gigantescas lianas verdes que ascendían con fuerza hacia la superficie.
Las algas, ahora colosales, se abalanzaron sobre Poseidón en un ataque feroz.
El dios, al notar esto, detuvo sus disparos y levantó una barrera de agua con rapidez divina para frenar el avance de las plantas mutadas.
El choque fue aún más devastador que los anteriores, creando olas que devastaron todo a su paso y derrumbando cavernas submarinas por la violencia del impacto.
Esa fue mi oportunidad.
Me impulsé a máxima velocidad hacia el distraído Poseidón y le solté un puñetazo reforzado con chakra directamente en la mandíbula, enviándolo disparado hacia arriba.
El cuerpo de Poseidón emergió del agua como misil, elevándose decenas de metros en el cielo antes de caer pesadamente de nuevo al lago.
Yo lo seguí, impulsándome hacia arriba.
Salí a la superficie, quedándome de pie sobre el agua gracias al chakra.
Observé el entorno: enormes olas, aguas agitadas, un cielo tormentoso… aunque realmente las nubes no estaban tan altas, apenas a unos 200 o 300 metros, debido a la barrera que separaba Thalassia del resto del fondo marino. Eso hacía que la tormenta pareciera más dramática de lo que realmente era.
También noté restos de peces y criaturas marinas flotando en la superficie. La escena era… algo sangrienta.
Al verlo, me asusté un poco. Miré rápidamente a mi alrededor.
Al no encontrar cuerpos de sirenas o espíritus marinos, suspiré aliviado.
“Parece que todos aquí ya evacuaron. Habría sido realmente problemático si alguien moría por nuestra culpa.”
Mi preocupación tenía sentido: los dioses pueden volver de la muerte después de un tiempo, pero pagan un costo enorme en poder, que tardan décadas en recuperar.
Las criaturas marinas comunes, en cambio, no pueden revivir… a menos que un dios con dominio sobre la muerte y un par de ojos alienígenas absurdamente rotos —como este guapetón de aquí— las trajera de regreso.
De pronto, escuché un ruido y giré la cabeza.
Poseidón emergió del agua frente a mí.
Se sobaba la mandíbula con molestia, y un feo moretón morado empezaba a formarse donde lo había golpeado, curioso, aunque me había contenido, claramente le dolió bastante.
Nos miramos durante unos segundos que parecieron eternos.
Nuestros cuerpos se tensaron, nuestros puños se alzaron.
Un torbellino seguía creciendo detrás de Poseidón, como si las aguas hubieran decidido recrear toda la temporada de huracanes del Caribe en un solo día, amenazando con arrasar todo.
Pero la pelea no continuó.
Una figura emergió desde los límites del desastre, caminando con paso firme, elegante… y un aura tan siniestra que prometía dolor emocional y rencor eterno.
Era nuestra querida y siempre fastidiada hermana menor: Hera.
Su ropa estaba empapada, su ceño fruncido, su cabello parecía el resultado de un crimen contra la moda, y su expresión… bueno, era una mezcla entre horror, agotamiento existencial y la resignación de una madre cuyo hijo rompió la vajilla por vigésima vez.
Sus ojos recorrieron la escena en silencio: rocas volando, restos de criaturas flotando, dioses huyendo como si vinieran tres tsunamis y un nuevo impuesto, y dos de sus hermanos destrozando Thalassia como si fuera una maqueta barata.
La diosa suspiró tan profundo que las burbujas formaron casi un mensaje:
“Por favor…”
“¿En serio…?” dijo al fin, aunque sonaba más a diagnóstico que a pregunta.
Yo levanté una mano para saludarla.
“¡Hola, Hera! ¿Qué te parece el nuevo truco de Poseidón? ¡Mira ese control del agua! Si sigue así, quizás termine haciendo llover peces, o creando un jacuzzi gigante. ¿Te lo imaginas?”
Poseidón, aún sosteniendo el torbellino a su espalda, sonrió con la rigidez de un niño atrapado con las manos en el jarrón roto.
Pero Hera… ay, pobre Hera.
Se llevó la mano al puente de la nariz con la precisión de quien ya gastó toda su paciencia en esta vida y en la siguiente.
“Son dioses…” murmuró. “Dioses adultos… responsables… maduros… se supone que…”
Poseidón y yo nos miramos.
(¿Nosotros?)
(¿Responsables?)
(¿Maduros?)
Claramente repetía ese mantra para evitar un colapso emocional.
Luego me señaló con ese dedo que solo usan las madres al borde de perder la fe en la existencia.
“Hades… entiendo que tú eres… tú.” Su gesto vago significó que no existían palabras para describir mis decisiones de vida. “Pero… ¿era estrictamente necesario convertir el lago en un campo de batalla?”
Me crucé de brazos, muy digno.
“En mi defensa, hermana… ¡Poseidón empezó!” señalé descaradamente a Poseidón sin un gramo de vergüenza.
“¡No es cierto!” replicó él desde el ojo del huracán mientras giraba la cabeza para esquivar una roca gigante que paso volando a su lado. “¡Él me tacleó primero!”
Hera me miró.
Yo me encogí de hombros y asentí.
Luego observó el torbellino detrás de Poseidón y las nubes tempestuosas cargándose en el cielo.
Respiró hondo, se masajeo las cejas con los dedos, intentando dispersar la creciente migraña que se estaba formando en su cabeza.
“Claro que fuiste tú. Por supuesto. Qué otra cosa podía esperar.”
La pobre diosa levantó la vista al remolino gigantesco, las nubes negras, la energía divina acumulándose, las olas rompiendo a kilómetros… luego miro hacia abajo… y pudo ver vagamente los veinticinco o treinta kilómetros de ecosistema marino completamente destruidos…
Y habló con la voz de alguien que abandonó toda ilusión de control sobre su vida:
“¿Sabes qué? Los dejo a su suerte, ustedes dos tontos. Si van a destruir media Thalassia, prefiero no estar lo suficientemente cerca como para tener algo que ver.”
Se dio vuelta, pero antes de irse miró a Poseidón:
“Y cuando termines… ¡recoge tu desastre!”
Poseidón abrió la boca para protestar, pero Hera alzó una ceja.
Fue suficiente para que tragara saliva sin emitir sonido alguno.
(…Wow. Ni mis sombras intimidan así.)
La observé alejarse mientras murmuraba maldiciones que probablemente iban dirigidas a mí.
(Je… nuestra hermana sabe que Poseidón y yo resolvemos diferencias… como auténticos hermanos.)
Miré a Poseidón.
“Bueno… dejando eso de lado. ¿Seguimos donde lo dejamos?”
Poseidón me miró con la cara en blanco por unos segundos, unos segundos bastante largos e incómodos.
Al no obtener ninguna reacción, incluso yo empecé a sentirme incómodo con el silencio repentino.
Parecía que, luego de la interrupción de Hera, Poseidón había recuperado por fin la claridad mental… y con ella, todo su espíritu de pelea se evaporó al instante. Ya no quedaba rastro del bravucón de hace un momento; volvió a ser ese dios serio, temperamental y orgulloso que todos conocían.
Poseidón suspiró, como si quisiera decir algo… pero justo en ese instante—
‘¡Crunch!’
‘¡Sober!’
El momento fue destrozado por el sonido de alguien masticando algo crujiente, seguido del inconfundible ruido de alguien sorbiendo una bebida.
Al mismo tiempo, Poseidón y yo giramos la cabeza.
Y la escena que nos recibió fue… peculiar, incluso para mis estándares.
A menos de sesenta metros de nosotros había reunida una multitud de espectadores.
Pero no espectadores cualquiera.
Eran mis clones de sombra.
“…”
“…”
Y por si fuera poco, la multitud no estaba simplemente mirando…
estaban viendo esto como si fuera una película.
Todos tenían paraguas para protegerse de la lluvia, y en sus manos sostenían palomitas de maíz, bebidas, dulces, pepitas, e incluso uno estaba recargando un termo gigante.
Y entre ellos… no, espera— ¿esa no era Hestia?
“…”
“¿Ustedes… cuándo fue que llegaron aquí?” pregunté, intentando no sonar ofendido, puesto que en un principio ni los vi llegar.
No hubo respuesta al principio, hasta que uno de los más de setenta clones reunidos se animó a contestar mientras se metía un maní a la boca.
“hola jefe, eh… bueno, creo que… ¿desde que empezaron los temblores?, vinimos aquí cuando sentimos que la tierra empezó a temblar, y grietas empezaban a aparecer en el suelo.”
Parpadeé dos veces, luego asentí con resignación.
Sí, son mis clones. Tiene sentido.
Poseidón, en cambio, parecía realmente incómodo.
Ahora que sabía que había sido cómplice directo de la demolición submarina más desastrosa del mes, y que además lo habían visto comportarse como un niño de cinco años … una parte de su mente se estrujó.
Pero lo peor no era que mis clones estuvieran ahí, ni que algunos sostuvieran banderas que decían “TEAM HADES” como si fuera un evento deportivo.
Lo peor era que Hestia también estaba ahí, justo en el centro de la multitud.
La pequeña diosa estaba entre la multitud, sonriendo con una mezcla de burla pura y diversión maliciosa mientras sostenía un teléfono con la lente apuntando en su dirección.
La pantalla reflejaba perfectamente el rostro de Poseidón: conmocionado, golpeado… y profundamente avergonzado.
Ya se la podía imaginarla paseando por todo thalassia mostrando esos videos a quien se le antojara sin ningún pudor.
Y cuando le llegó a la mente la imagen de Anfitrite mi observando su precaria situación… algo se quebró dentro del dios del mar.
En ese instante, Poseidón se sintió completamente derrotado; no en el plano físico, sino en el social. Había sido arrastrado de manera brutal por todo el suelo metafórico de la humillación pública. Ya podía imaginar la escena de él mismo siendo ridiculizado, su reputación reducida a cenizas, su figura majestuosa convertida en motivo de burla.
El dios del mar estaba… socialmente muerto.
Sin embargo, por un efímero momento, sus ojos se iluminaron con un destello extraño. Por la mente de Poseidón cruzó la impulsiva idea de simplemente arrebatarle el dispositivo a Hestia y aplastarlo sin miramientos. Sabía perfectamente que destruyendo aquel objeto no evitaría que otros llegaran a enterarse de lo ocurrido, pero al menos impediría que vieran su apariencia lamentable, permitiéndole conservar un mínimo de dignidad.
Aunque tan rápido como la idea llegó, se desvaneció.
No es que Poseidón sintiera temor por su hermana mayor, claro que no. Él mismo se repitió eso con fervor. Pero dentro de su mente estratégica comprendió que disputar con Hestia por ese motivo no tenía ningún valor real. Además, ella solía superarlo en múltiples aspectos físicos y, probablemente, también en fuerza bruta. En ese instante, un recuerdo lejano pasó fugazmente por su mente: él, siendo apenas un niño, siendo derribado contra el suelo una y otra vez por una figura femenina que no era más alta que él, pero sí infinitamente más terrible.
Suspirando, Poseidón decidió que no valía la pena seguir pensando en el asunto.
Elevó una mano y, con una simple orden mental, la tormenta se apagó como si nunca hubiera existido. El enorme torbellino que rugía a sus espaldas se disipó en una bruma imperceptible; las aguas turbulentas comenzaron a serenarse, y el cielo bajo la cúpula que protegía toda Thalassia se abrió lentamente, permitiendo que la luz azulada de las gemas marinas volviera a iluminar la gigantesca metrópoli submarina.
Con la retirada del fenómeno climático, la situación en la ciudad transformó su curso. El nivel del agua empezó a descender de manera ordenada, la inundación que afectaba a los edificios cercanos al lago comenzó a retroceder, y la presión que mantenía las aguas elevadas cedió lo suficiente para que todo retornara a su cauce natural. Incluso en las profundidades, la sofocante presión de la catástrofe cedió, brindando alivio a las criaturas marinas que se habían escondido en la lejanía o enterrado bajo la arena para sobrevivir al desastre. Todas ellas pudieron, finalmente, respirar tranquilidad al sentir que sus vidas ya no estaban en peligro.
“Si no se les ofrece nada, me retiro” declaró el dios del mar, su voz cargada de irritación mientras se giraba lentamente para caminar sobre la superficie del agua con paso pesado. Nadie sabía hacia dónde se dirigía, pero su molestia era tan evidente que nadie se atrevió a interponerse.
“Hades” Poseidón se detuvo de improviso y pronunció mi nombre. Yo lo observé sin dudar, manteniendo la mirada firme. “Este desastre es tu culpa. Encárgate de arreglar el resto.”
Al escucharlo, me sentí inmediatamente ofendido y la réplica casi salió disparada de mi boca. Pero antes de abrir la boca, los recuerdos de los últimos minutos regresaron a mí como una bofetada. Era verdad… quizá sí era mi culpa. Cerré la boca con rapidez y decidí que no valía la pena refutar.
No tenía sentido quejarme. No era la primera vez que provocaba destrozos dentro de los dominios de Océano, y casi siempre me tocaba reparar lo que rompía. Así que realmente no me importaba hacerlo una vez más. Todavía tenía suficientes pilas de adoquines y madera como para construir una pequeña ciudad desde cero si fuera necesario.
Al no escuchar ninguna protesta de mi parte, Poseidón asintió, satisfecho, y continuó su marcha. ¿A dónde iba? Difícil decirlo. Probablemente a ahogar su frustración en alcohol… o a entretenerse con alguna de las innumerables hijas de Océano.
Sí, muy descarado. Y más considerando que técnicamente estaba en una relación con Anfitrite. Aunque, bueno, eso era solo bajo mi perspectiva. Después de todo, los dioses griegos eran extremadamente libertinos. Desde el punto de vista de sus parejas, no importaba si se involucraban con otras mujeres, siempre que ellas siguieran siendo la pareja principal y, por supuesto, que esos deslices no escaparan de su conocimiento ni afectaran sus dominios.
Quizás esa era una de las razones por las que Hera detestaba tanto a Zeus en varias historias mitológicas, llegando incluso a conspirar contra él. Después de todo, su dominio estaba ligado directamente a la maternidad y la feminidad; ser engañada por su pareja debía ser un malestar profundo y perpetuo.
Pero Poseidón tenía a su favor que su vínculo era con Anfitrite, quien no parecía interesada en una relación posesiva o tóxica. Y pese a lo que aparentaba, él realmente la amaba. O al menos le concedía una atención mucho mayor que a cualquier otra mujer, al menos desde mi punto de vista.
No podía evitar sentirme emocionado al pensar en eso. Puede que todavía no ocurriera nada entre ellos debido a la Titanomaquia y todo ese caos, pero estaba seguro de que en el futuro surgiría un Neptuno.
Y sinceramente… no veo la hora de secuestrarlo y obligarlo a pintarse de verde para hacer un cosplay del Neptuno de Bob Esponja.
“Hmmm, hablando de eso…”
Silenciosamente abrí la pantalla de mi inventario y mire una pila de accesorios que tenía apartados, una barba postiza naranja, una corona de oro diminuta, y un traje de realeza de piel junto a un envase de pintura verde cian.
Luego miré la espalda de poseída mientras una idea loca pasaba por mi mente.
Pero rápidamente dispersé esos pensamientos de mi cabeza, pegando con la cabeza me dispuse a examinar mis alrededores.
Todo estaba hecho un lío.
.
.
.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com