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Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 23

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Capítulo 23: Sombra de luz

El silencio que siguió a la caída del gigante no fue de paz, sino de una expectativa asfixiante. El individuo de la armadura blanca permanecía de espaldas, con los fragmentos del núcleo oscuro del esqueleto aún goteando ceniza entre sus dedos. Su presencia emanaba una presión gélida, una autoridad que parecía doblar la luz a su alrededor.

Lentamente, el guerrero se dio la vuelta. Su armadura no era la pesada placa de metal que Hiroki esperaba; era un traje de tela blanca reforzada, ceñido y elegante, recubierto estratégicamente con placas de Mithril que brillaban con un fulgor lunar. Lo más inquietante era su rostro: una máscara de color blanco puro cubría su boca y nariz, dejando al descubierto unos ojos afilados y un cabello inusual, dividido exactamente a la mitad entre un blanco níveo y un negro azabache.

Reina dio un paso atrás, su mano temblando sobre la cuerda del arco. Los recuerdos del puerto de Orós, la persecución de Syran Matthew y la sombra de la ejecución volvieron a ella.

—Es él… —susurró —El que nos dejó escapar…—

El caballero empezó a caminar hacia Hiroki y Reina con pasos medidos. Sil, instintivamente, se interpuso, con sus ojos blancos fijos en el recién llegado. Por primera vez en siglos, el dragón sintió un latido errático en su pecho; no era miedo, sino el reconocimiento de un depredador de igual calibre.

Hiroki, aún debilitado y apoyado contra un muro derruido, levantó la cabeza.

—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? —preguntó con la voz ronca.

El caballero se detuvo a pocos metros. Su mirada recorrió las heridas de Damian, el agotamiento de Brianna y finalmente se posó en Hiroki.

—Elior —respondió con una voz plana, carente de emoción pero cargada de una extraña honestidad. Se dio la vuelta para observar el resto del esqueleto —Ese era el último esqueleto que había escapado.—

—¿Escapado? —repite Hiroki, confundido —¿De dónde?—

—Es una larga historia —dijo Elior, cruzando los brazos sobre su peto de mithril —En resumen, hubo un ataque sorpresa coordinado por los generales de Zargoth. Estas criaturas no son invocaciones simples; son fragmentos de una plaga mayor. Se esparcieron por el continente para debilitar las defensas de las aldeas periféricas.—

Reina, recuperando un poco de su fuego habitual, le apuntó con una flecha, aunque no la tensó del todo.

—Eso no responde por qué nos dices tu nombre ahora. En el puerto te lo preguntamos y nos ignoraste. ¿Por qué la cortesía de repente?—

Elior no se inmutó ante la flecha.

—En el puerto estaba bajo la vigilancia de la magia de área del Arzobispo. Cada palabra era registrada. Aquí… —miró las ruinas de Remanso Verde— solo estamos nosotros y el polvo. Te debía una respuesta, “Guerrero de la Profecía”.—

De repente, el sonido de pasos apresurados rompió la tensión. Los aldeanos de Remanso Verde, que hasta hace un momento huían despavoridos, regresaron en masa. Al ver la figura inmaculada de Elior sobre los restos del monstruo, estallaron en gritos de júbilo y devoción.

—¡Alabado sea el Caballero Blanco! —gritó el dueño de la posada, arrodillándose.—¡Nos ha salvado de los monstruos que estos extranjeros trajeron!—

—¡Gracias por destruir la maldición de estos impuros! —exclamó otra mujer, señalando con odio a Damian y Brianna.

Damian apretó los dientes, sintiendo una amargura que le quemaba la garganta. Brianna bajó la mirada, dolida por la injusticia. Pero antes de que Hiroki pudiera intervenir, la voz de Elior restalló como un látigo.

—¡Silencio! —el grito de Elior hizo que los aldeanos se encogieran —Su ignorancia solo es superada por su ingratitud.—

El caballero caminó hacia el centro de la plaza, señalando los restos del esqueleto.

—Un grupo tan “débil” como el que ustedes desprecian no podría invocar a una criatura de este calibre ni aunque sacrificaran sus propias vidas. Esto requiere un cristal oscuro forjado por los generales de Zargoth, una magia que ninguno de ellos posee.—

Elior se giró hacia los aldeanos, su mirada gélida recorriendo a los padres que aún sostenían piedras en sus manos.

—Quienes mantuvieron este pueblo en pie mientras yo llegaba fueron ellos. El demonio que escupieron protegió sus casas. La oni que odian sacó a sus hijos de los escombros. Y el joven que llaman impostor usó una magia que les devolvió la vida a sus heridos.—

Los aldeanos se miraron entre sí, el silencio volviéndose pesado y vergonzoso. Los niños, más honestos que sus padres, tiraron de las ropas de los adultos.

—Ven, papá… te lo dijimos. Ellos nos salvaron —murmuró el pequeño que Hiroki había rescatado.

El dueño de la posada bajó la cabeza, su rostro pasando del rojo de la ira al pálido de la humillación. Elior volvió su atención a Hiroki.

—No tenías que hacer eso —dijo Hiroki, intentando ponerse de pie —Podemos manejar el desprecio. Estamos acostumbrados.—

—No me gusta que otros se lleven el crédito de un trabajo que no hicieron —sentenció Elior con frialdad —Especialmente cuando la hipocresía es el motor de ese crédito.—

Elior analizó a Hiroki una vez más. Veía en él algo que despreciaba en los Caballeros Blancos: una bondad que rayaba en la imprudencia. Pero también veía algo que respetaba: la voluntad de morir por un mundo que le lanzaba piedras.

—Eldoria está sufriendo, Hiroki Haruno —dijo Elior, ajustándose la máscara —El 55% de sus aldeas han sido borradas del mapa. Si planeas ir allí, debes saber que los esqueletos gigantes son solo los perros de caza. Los verdaderos monstruos aún no han salido de las sombras.—

Sil se acercó, cruzando los brazos.

—¿Y tú qué eres, Elior? ¿Un desertor o un espía?—

Elior miró al dragón, y por un segundo, una chispa de ironía cruzó sus ojos.

—Soy alguien que camina en la sombra para que la luz no sea una mentira. Por ahora, eso es todo lo que necesitan saber.—

El caballero blanco se dio la vuelta, preparándose para partir tan rápido como había llegado, dejando al grupo con más preguntas que respuestas y a una aldea que, por primera vez, miraba a los “monstruos” con ojos de arrepentimiento.

Elior se mantuvo estático por un momento, con los pies firmes sobre los escombros, posicionando su cuerpo para un salto que lo perdería entre los tejados. Sin embargo, algo lo detuvo. Sus ojos, agudos como los de un halcón, recorrieron al grupo: un demonio agotado, una oni avergonzada, una arquera tensa y un líder que apenas podía sostenerse. “Apenas resistieron ante un esqueleto de Kage… el más débil de su estirpe”, pensó con una mezcla de pragmatismo y una punzada de preocupación que no quería admitir.

Se incorporó y, con un movimiento fluido de su capa de tela blanca, se dio la vuelta para encararlos de nuevo.

—¿A qué aldea se dirigen exactamente? —preguntó Elior, su voz cortando el aire frío de la tarde.

Hiroki, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no desplomarse, levantó la vista.

—Al Bosque Susurrante —respondió con firmeza —Tenemos gente allí que nos importa. No vamos a dejar que la plaga los alcance.—

Elior soltó un suspiro casi imperceptible tras su máscara.

—Mi hermana está en esa aldea… —murmuró, más para sí mismo que para los demás. Luego, clavó su mirada en Hiroki —Escúchame bien, líder. Son demasiado débiles. Especialmente tú. En el estado en el que estás, no eres un escudo para tus amigos, eres un ancla que los arrastrará al fondo cuando aparezca un enemigo de verdad.

Hiroki apretó los dientes, sintiendo el aguijón del insulto. Quiso replicar, quiso hablar de la mazmorra de Kharak-Zum o de cómo venció a Sil, pero sus pulmones ardían y su maná seguía en cero. La verdad de Elior pesaba más que su orgullo.

Horas más tarde, la atmósfera en la taberna de la aldea había dado un giro de ciento ochenta grados. El calor de la chimenea y el olor a estofado fresco llenaban el lugar. Los aldeanos, movidos por una mezcla de gratitud genuina y el temor reverencial que Elior les había infundido, servían al grupo con una diligencia casi cómica.

Damian, con una venda en el hombro y una jarra de cerveza en la mano, se había convertido en el centro de atención de un grupo de hombres jóvenes.

—¡Y entonces, el Cerbero soltó fuego por sus tres cabezas a la vez! —exclamaba Damian, gesticulando con salvajismo —Estaba acorralado en las tierras rojas, sin salida. Pero desenfundé mi acero y, de un solo tajo, le corté la cabeza del medio mientras esquivaba los colmillos de las otras dos. ¡Fue una carnicería gloriosa!—

Era una mentira descarada para ganar la impresión que tanto anhelaba, pero los aldeanos asentían boquiabiertos, olvidando por un momento que horas antes le lanzaban piedras.

En un rincón más tranquilo, una anciana de manos arrugadas se acercó a Brianna. Con un gesto maternal, le entregó un pequeño recipiente de cerámica.

—Ten, querida. Es crema de flores de elfo. Ayuda con las quemaduras de la magia y suaviza la piel castigada por la armadura.—

Brianna destapó el frasco y cerró los ojos al inhalar el dulce y fresco aroma.

—Es… es maravilloso. Gracias —susurró la Oni, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no era vista como un arma, sino como una mujer.

Apartado de todos, en una mesa sumida en las sombras, Sil bebía una tarta de cerveza con una elegancia que no encajaba en aquel local rústico. La camarera se acercó con pasos tímidos, dudando antes de hablar.

—Señor… disculpe mi atrevimiento, pero… ¿tiene usted la edad adecuada para beber algo tan fuerte? Parece… muy joven.—

Sil bajó la jarra lentamente y la miró con sus ojos blancos e infinitos.

—¿Me estás preguntando si alguien que ha visto pasar más de cuatro mil inviernos, que ha visto imperios nacer de la nada y convertirse en polvo, no puede tolerar un poco de cebada fermentada? —La camarera palideció y balbuceó una disculpa —No te disculpes. La gente de este tiempo es débil mentalmente, se dejan llevar por lo que ven sus ojos mortales. Pero reconozco algo… la voluntad de ese chico, Hiroki, y de los otros que lo siguen… es tan dura como el acero de las montañas.—

La camarera asintió, mirando hacia donde Damian reía.

—Creí que los demonios eran todos malvados por naturaleza. Me equivoqué.—

—No todo es como creemos, niña —sentenció Sil —Siempre hay algo que cambia de lo que pensamos. La realidad es un cristal que se rompe cuando dejas de mirar solo la superficie.—

Arriba, en la tranquilidad de la habitación, Hiroki estaba acostado, sintiendo cómo sus músculos finalmente empezaban a relajarse. Reina estaba sentada en una silla a su lado, limpiando una de sus flechas en silencio, pero su mirada se desviaba constantemente hacia él con una preocupación que no lograba ocultar.

Elior estaba de pie junto a la ventana, observando la espada Alquilem de Hiroki, que descansaba contra la pared.

—Aún no está completa —dijo Elior de repente, rompiendo el silencio.

Hiroki se incorporó un poco, apoyándose en los codos.

—¿Incompleta? ¿A qué te refieres? He vencido a guardianes con ella. Se siente poderosa. —En su mente, Hiroki pensaba en los RPG de su mundo, donde las armas evolucionaban con materiales raros.

Elior señaló un espacio vacío, una pequeña hendidura cerca de la empuñadura que Hiroki siempre había pensado que era puramente decorativa.

—Falta el Cristal Amarillo, el cristal del rayo. Esta espada fue diseñada para la velocidad absoluta, pero ahora mismo es como un rayo sin trueno. No te está dando la velocidad necesaria para enfrentar a los generales de Zargoth. Si intentas luchar contra ellos así, serás decapitado antes de que puedas parpadear.—

Reina frunció el ceño, dejando de limpiar su flecha.

—¿Cómo es que sabes tanto de esa arma? Incluso el idiota cornudo de Damian, que se jacta de saber toda la enciclopedia de armamento, no mencionó nada de un cristal amarillo.—

Elior se giró, y por un momento, su presencia pareció llenar toda la habitación.

—Porque Alquilem no fue forjada por manos humanas, ni enanos, ni elfos de este plano. Fue forjada en el Santuario, un lugar que existe fuera de las leyes de este mundo, escondido en lo más profundo de Eldoria. Conozco su origen porque mi orden ha custodiado sus secretos durante generaciones.—

Hiroki sintió un escalofrío de emoción y urgencia.

—¿Se puede conseguir ese cristal de otra manera? ¿Podemos comprarlo o encontrarlo en alguna ruina?—

Elior negó con la cabeza, su cabello blanco y negro balanceándose levemente.

—No. Los cristales del rayo no son minerales que se extraen de la tierra. Son manifestaciones de energía pura que solo pueden ser creados y vinculados dentro del Santuario. Si quieres que esa espada alcance su verdadero potencial, tendrás que sobrevivir lo suficiente para llegar al corazón de Eldoria. Pero te lo advierto… el camino al Santuario está sembrado de los huesos de aquellos que se creyeron “héroes” antes de tiempo.—

Hiroki dejó escapar una sonrisa suave, casi de alivio, mientras se recostaba contra las almohadas de la posada. A pesar de la frialdad del caballero, sentía una extraña seguridad en su presencia.

—No me imaginé que terminaría recibiendo ayuda de alguien como tú, Elior. Después de lo que pasó en el puerto, pensé que serías nuestro perseguidor eterno.—

Elior no devolvió la sonrisa. Se cruzó de brazos, manteniendo su postura rígida cerca de la ventana.

—No te equivoques. Mi prioridad es la estabilidad de Eldoria, y un “Guerrero de la Profecía” que muere en la primera escaramuza no me sirve de nada. Por eso, voy a entrenarte. Debo corregir tus bases y, sobre todo, ese inicio explosivo tan absurdo que tienes.—

Hiroki frunció el ceño, confundido.

—¿Inicio explosivo?—

—Tu primer ataque contra el esqueleto —sentenció Elior con severidad —Usaste el máximo de tus dos magias elementales y una bendición de un solo golpe. Fue un despliegue de poder vistoso, pero tácticamente suicida.—

—¿Cómo supiste eso? —preguntó Hiroki, incorporándose de golpe —La pelea duró casi treinta minutos y tú llegaste al final. No pudiste haberlo visto todo.—

Elior entornó sus ojos bicolores.

—Tengo una percepción del poder extremadamente alta, Hiroki. Puedo leer el rastro de maná que dejas en el aire como si fueran cicatrices en el cielo. Gracias a esa percepción pude dar con la ubicación exacta del último esqueleto. Tu ataque inicial fue potente, sí, pero dejaste al rival con vida y a ti mismo sin reservas.—

—Ese ataque siempre deja débil al rival… —intentó defenderse Hiroki.

—¡Esa criatura era un no-muerto! —lo regañó Elior, alzando un poco la voz —Absorbió el resto del maná que desperdiciaste en el ambiente. El daño real que le hiciste fue insignificante comparado con el riesgo que corriste. Si no aprendes a gestionar tu flujo, el Santuario será tu tumba.—

Elior se acercó a la pared y empuñó a Alquilem. Al tocar la empuñadura, un leve brillo celeste recorrió el metal. Elior movió la espada en el aire con una elegancia que hacía que el arma pareciera una extensión de su propio brazo.

—Es ligera… —murmuró Elior—. Siento cómo mi cuerpo se vuelve más liviano al sostenerla, pero… el entorno sigue igual de lento. Sin el cristal del rayo, esta espada es solo una promesa incumplida.—

Dejó la espada en su lugar y miró a Reina y a Hiroki con una resolución sombría.

—Los llevaré al Santuario. Se encuentra en el extremo sur de Eldoria, oculto bajo las raíces de los árboles primordiales.—

Reina se levantó de la silla de un salto, con los ojos muy abiertos.

—¿Al sur? ¡Eso es casi el doble de distancia de lo que nos falta para llegar a la aldea de Lyra! Atravesar Eldoria en medio de una invasión es una locura, Elior.—

—Es la única locura que les garantiza la supervivencia —respondió él —Además, será mejor que sigan mi camino. Hay varios seguidores de Syran Matthew buscando “anomalías” en todo Aerthos. Si los encuentran, no habrá un esqueleto gigante para distraerlos; irán directamente a por sus cabezas.—

Hiroki asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad.

—Está bien. Iremos. Pero necesito tiempo. Mi caja de maná todavía no se recupera de la sobrecarga del Vita Ventus. Siento como si mis circuitos internos estuvieran quemados.—

—Esperaré —dijo Elior, volviendo a mirar por la ventana hacia la noche —He pasado años pasando desapercibido. Nadie sospecha de mí en la Orden, a pesar de ser un híbrido.—

Reina se quedó paralizada al escuchar esa palabra. Sus ojos buscaron rápidamente en su memoria los libros prohibidos que habían ojeado en la gran biblioteca de Orós antes de huir.

—Híbrido… —susurró Reina, mirando el cabello blanco y negro de Elior —Recuerdo haber leído sobre eso. Es casi imposible… pero los registros decían que solo ocurre en linajes de sangre purísima.—

Elior se bajó levemente la máscara, dejando ver una mandíbula firme y una cicatriz casi invisible.

—Soy el hijo de los dos Caballeros Elementales más poderosos de la generación pasada. Mi padre era el maestro del Fuego, Maine, y mi madre la paladina de la Tierra, Elizabeth. Heredé ambos potenciales, pero en este mundo, ser un híbrido es ser una aberración para unos y un arma para otros. Por eso uso esta máscara. Por eso camino entre las sombras.—

Hiroki miró a Elior con un nuevo respeto. No solo era un guerrero formidable, sino alguien que, al igual que él y sus amigos, no encajaba en los moldes de aquel mundo roto.

—Mañana al alba —sentenció Elior—. Empieza tu verdadero entrenamiento, Hiroki. No esperes misericordia.—

Antes de que la noche se cerrara por completo, Hiroki llamó al posadero, el hombre que horas antes le había lanzado piedras. Con un gesto solemne, Hiroki le entregó una bolsa que contenía la mitad de su parte del botín de la mazmorra.

—Esto es por los daños a la aldea —dijo Hiroki con voz cansada —No queremos ser una carga, sino una solución.—

El hombre aceptó el oro con avidez, sus ojos brillando por la codicia, e hizo ademán de marcharse sin decir palabra. Sin embargo, Elior, que seguía apoyado en la pared, le dedicó una mirada tan gélida y cargada de una intención asesina tan pura que el posadero se detuvo en seco. Sudando frío, el hombre hizo una reverencia profunda.

—G-gracias… joven caballero. Que los dioses los guarden —tartamudeó antes de huir escaleras abajo.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Brianna entró corriendo y, al ver a Hiroki despierto y hablando, se lanzó sobre él en un abrazo devastador.

—¡Hiroki! ¡Pensé que habías quemado tu alma con ese hechizo! —exclamó la Oni, apretando con tal fuerza que los huesos de Hiroki crujieron y su rostro pasó de pálido a un azul violáceo.

—Bria… nna… no… puedo… respirar… —logró jadear Hiroki antes de que Reina interviniera, separándolos con una sonrisa burlona.

Abajo, en el comedor, el eco de las historias de Damian seguía resonando. El demonio, ahora más calmado, instruía a los jóvenes de la aldea sobre la leyenda de los Siete Caballeros Elementales, los guerreros que forjaron el equilibrio del mundo antiguo. Mientras tanto, en el tejado de la posada, una silueta blanca y majestuosa se recortaba contra la luna: Sil meditaba —o dormía profundamente— en su forma de dragón, su respiración rítmica haciendo vibrar levemente las tejas.

Pasaron dos días de descanso intensivo. Gracias a la crema de flores de elfo y al vigor natural de su cuerpo, Hiroki se recuperó por completo al final del segundo día. Su caja de maná volvía a zumbar con energía. Ansioso por probar su progreso, Hiroki retó a Elior a un duelo a las afueras de la aldea.

El grupo se reunió en un claro rodeado de pinos. La tensión era palpable. Hiroki desenvainó a Alquilem, sintiendo el peso familiar del arma. Frente a él, Elior permanecía relajado, con las manos entrelazadas detrás de su espalda y su máscara blanca ocultando cualquier expresión.

—No te contengas —dijo Hiroki, empezando a cargar maná en sus piernas para un despegue explosivo.

—Tu forma de atacar es dolorosamente predecible, Hiroki —respondió Elior sin moverse —Adelante.—

Hiroki se lanzó como un rayo celeste. El suelo bajo sus pies estalló por la presión del viento mientras lanzaba un corte horizontal veloz hacia el cuello de Elior. El caballero simplemente ladeó la cabeza unos milímetros, dejando que el filo pasara de largo.

—Predecible —repitió Elior.

Hiroki no se detuvo. Usando su magia de hielo, creó un pico sólido bajo sus pies para impulsarse hacia arriba y lanzó un tajo descendente con toda su fuerza. Elior, por primera vez, levantó una mano y, con una calma aterradora, detuvo la hoja de Alquilem sujetándola entre su pulgar y su índice, reforzados con una mínima capa de maná de tierra.

—Nada mal —admitió Elior, sin que su mano temblara lo más mínimo —Tienes potencia, pero tus ataques son gritos desesperados. Debes aprender a susurrar antes de golpear.—

—¿Todo está mal? —preguntó Hiroki, retrocediendo y guardando su espada con frustración —¿Tengo que mejorar absolutamente todo?—

—No es la técnica lo que falla, Hiroki. Eres tú —sentenció Elior, suspirando —Tienes que dominar tu cuerpo, aprender a usarlo a él y al entorno como una sola entidad. Tu bendición de Dominio de Arma es actualmente inútil; posees un arma que anula esa bendición al exigir una sincronización que tu cuerpo aún no puede dar. Te agotas porque intentas forzar a la espada a hacer lo que tú no puedes sostener físicamente.

Elior se dio la vuelta y señaló el suelo.

—Empezaremos por lo básico. Cincuenta flexiones. Ahora.—

Hiroki se quedó perplejo, parpadeando con incredulidad.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso de repente? Estamos hablando de magia y espadas legendarias, ¿y quieres que haga gimnasia?—

—Hazlo —fue la única respuesta de Elior, cuya voz no admitía réplica.

Hiroki suspiró, miró a Reina (que intentaba no reírse) y a Damian (que lo animaba con un pulgar arriba), y se acostó en la tierra fría para empezar el ejercicio. El camino al Santuario no empezaba con un hechizo, sino con el sudor de un cuerpo que aún tenía mucho que aprender.

Fin del arco de Sirius

Arco del Santuario

CONTINUARÁ…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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