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Un mundo: Empezando desde cero en un mundo desconocido - Capítulo 22

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Capítulo 22: La sombra del pasado (Parte 2)

El aire en Remanso Verde se había vuelto irrespirable. El hedor a osamenta antigua y magia corrupta emanaba del esqueleto gigante, cuyas nuevas espinas óseas vibraban con un zumbido macabro mientras avanzaba. Cada paso del coloso hundía el pavimento, y el sonido de las casas colapsando a su paso era el único metrónomo de una muerte inminente.

En medio de la plaza, Hiroki era una estatua de carne y hueso. Sus manos, que momentos antes sostenían con firmeza a Alquilem, ahora temblaban tanto que el metal de la espada repiqueteaba contra su muslo. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en un punto inexistente. En su mente, no estaba en la aldea; estaba de nuevo en la Isla Nus, sintiendo el frío del viento de Inorl atravesando su pecho, escuchando los gritos de Reina y Saila y el eco de su propia sangre golpeando el suelo. El trauma, enterrado bajo capas de falsa confianza, había florecido ante la presencia de un enemigo que irradiaba una intención de matar tan pura.

—¡Hiroki! ¡Reacciona! —el grito de Brianna cortó el aire, pero llegó a los oídos de Hiroki como si viniera desde el fondo de un pozo.

Brianna se arrastró hacia él con dificultad. Sus piernas flaqueaban por el agotamiento mágico de haber usado dos bendiciones simultáneas, pero el miedo por su líder era más fuerte que su propio dolor. Al llegar a su lado, lo tomó por los hombros, sacudiéndolo con desesperación.

—¡Abre los ojos, por favor! ¡No nos dejes ahora! ¡Si tú te rindes, todos moriremos aquí! —le gritó, pero la mirada de Hiroki seguía perdida en el abismo de sus recuerdos.

A unos metros, Damian observaba cómo el gigante levantaba un pie masivo para aplastar a sus compañeros. El demonio escupió un coágulo de sangre y clavó su espada abisal en la tierra. Sabía que no podía ganar en un choque de fuerza bruta, así que recurrió a la esencia de su elemento.

—”Raíz del mundo, columna de la tierra… ¡levántate y devora! ¡MONS!” —rugió Damian, volcando cada gota de su voluntad en el suelo.

Tres pilares de roca sólida, gruesos como troncos de milenarios robles, brotaron con una violencia sísmica justo debajo del pie de apoyo del esqueleto. El impacto fue seco. El gigante, cuyo centro de gravedad se vio desplazado de golpe, soltó un crujido estruendoso. Sus huesos chirriaron mientras perdía el equilibrio, cayendo hacia un costado y derribando lo que quedaba de la torre de vigilancia en un estallido de escombros y polvo.

—¡Ja! ¡Lo tengo!—gritó Damian, pero su triunfo fue efímero.

El demonio cayó de rodillas de inmediato, apoyando las manos en el suelo mientras su pecho subía y bajaba con violencia. Un sudor frío le empapaba la nuca y sentía que sus músculos se convertían en plomo.

—¿Por qué…?—murmuró Damian, con la voz entrecortada.—Cuando luché contra el Guardián del Bosque… no me sentí así. Esto… esto me está drenando la vida…—

No comprendía que la magia necesaria para mover la tierra en un lugar saturado de la energía negativa del no-muerto exigía un tributo físico mucho mayor. Su cuerpo de Rango B estaba llegando a un límite que nunca antes había explorado.

Sil se incorporaba lentamente desde el cráter donde había sido sepultado. Su ropa blanca estaba hecha jirones y un hilo de sangre corría por su frente, pero sus ojos blancos brillaban con una furia fría y milenaria. Observó al esqueleto intentando incorporarse, apoyando sus manos espinosas en el suelo para levantarse.

—Patético —siseó Sil, mirando a sus compañeros debilitados.—Si los humanos y los demonios no pueden terminar el trabajo, tendré que recordarles por qué los dragones gobernábamos los cielos.—

A pesar de sus heridas, Sil no invocó magia. Sabía que el entorno estaba corrupto. En su lugar, desplegó sus alas blancas, que se extendieron con una envergadura majestuosa, liberando plumas de luz que se desvanecían al tocar el aire. Con un batir potente, se lanzó hacia el cielo, ascendiendo en una espiral vertical tan rápida que creó un vacío sónico a su paso.

—¡Voy a superar este obstáculo aunque mis huesos se vuelvan polvo! —gritó Sil, su voz perdiéndose en las alturas.

Atravesó la capa de humo y ceniza hasta llegar a la altura de las nubes, donde el aire era puro y gélido. Allí, en el silencio del firmamento, Sil se detuvo un segundo, invirtió su posición y se dejó caer en picada. Cerró sus alas para minimizar la resistencia, convirtiéndose en un proyectil viviente. Su puño derecho, envuelto en una presión atmosférica que empezaba a arder por la fricción, apuntaba directamente al núcleo del gigante que aún luchaba por ponerse en pie.

—¡MUERE, ESCORIA DE HUESO! —el rugido de Sil descendió como un trueno antes del impacto.

El estruendo del impacto de Sil sacudió los cimientos de Remanso Verde. El dragón, convertido en un proyectil humano, colisionó contra el cráneo del gigante con una fuerza que desplazó el aire en una onda de choque circular. El hueso, imbuido de magia oscura, resistió el primer embate, pero la presión cinética de Sil fue tal que la superficie comenzó a ceder, abriendo grietas radiales que emitían un brillo purpúreo y corrupto.

A unos metros, Damian intentaba desesperadamente ponerse en pie. Sus piernas temblaban como gelatina y el sabor metálico de la sangre inundaba su boca. Miró al esqueleto, que empezaba a emitir un vapor negro desde sus fracturas, regenerándose a una velocidad alarmante.

—El… el núcleo… —intentó gritar Damian, pero su voz era apenas un susurro que se perdía en el caos. Quería advertirles que el punto débil no era el cráneo, sino la unión de la columna vertebral donde residía el maná nigromántico, pero el agotamiento físico lo anclaba al suelo.

Reina, sobre un tejado que amenazaba con colapsar, mantenía su arco tensado. Una flecha de diamante negro brillaba en la cuerda, pero su puntería oscilaba. El miedo y la adrenalina eran una mezcla tóxica en sus venas.

—¡Muévete, líder idiota! ¡Muévete!—masculló entre dientes, con lágrimas de frustración asomando en sus ojos.

Mientras tanto, en el centro del torbellino mental de Hiroki, el tiempo se había detenido. Imágenes de su vida anterior pasaron ante él como un proyector averiado:

El funeral de sus padres bajo una lluvia gris, los pasillos silenciosos de la preparatoria donde siempre fue “el raro”, y aquel proyecto de robótica, su sueño de crear una inteligencia con sentimientos, que terminó costándole su relación y su fe en los demás.

«El mundo real nunca fue suficiente para ti»

Susurró una voz en su propia conciencia, una amalgama de sus miedos y deseos.

«Aethel no es un error, Hiroki. Es tu hogar. Y un hogar se defiende con la vida»

Los ojos de Hiroki recuperaron el brillo. La dilatación de sus pupilas remitió, enfocándose de golpe en el rostro bañado en lágrimas de Brianna, quien lo sacudía con una desesperación desgarradora.

—Sigo aquí, Brianna… sigo con ustedes—dijo Hiroki, su voz recuperando una firmeza que sorprendió incluso a la Oni. Le dedicó una sonrisa temblorosa, pero cargada de una nueva determinación.

Brianna soltó un sollozo de alivio y lo envolvió en un abrazo con sus últimas fuerzas.

—¡No vuelvas a irte así!—lloró contra su hombro.—Sin ti… este equipo no tiene sentido. Eres el pilar que busqué durante todos mis años de soledad. Si tú caes, nosotros nos desmoronamos.—

Hiroki no necesitó palabras. Simplemente la rodeó con sus brazos, permitiendo que ese breve momento de conexión humana sellara las grietas de su espíritu. Pero el estruendo del esqueleto incorporándose los obligó a separarse.

—¡No es momento para sus cursilerías! —gritó Reina desde las alturas. Soltó la cuerda y la flecha de diamante voló con una precisión asombrosa, impactando exactamente en la grieta que Sil había abierto en el cráneo. El fragmento de hueso saltó, pero el gigante soltó un rugido que hizo vibrar los dientes de todos.

Sil aterrizó con elegancia felina al lado de Hiroki, aunque su respiración era pesada y su ropa estaba manchada de sangre dorada.

—Es inútil atacarlo por fuera—mencionó el dragón, limpiándose la comisura de los labios.—Sus huesos se regeneran con el maná del ambiente. Es un ciclo infinito de no-muerte.—

Hiroki observó al gigante, luego a sus amigos heridos, y finalmente a la aldea que empezaba a arder. Su mente de ingeniero, ahora libre de la parálisis, conectó los puntos.

—Tengo un plan —sentenció Hiroki, desenvainando a Alquilem, que brilló con una intensidad celeste.—Sil, necesito que me lleves arriba. Damian, Reina, Brianna… necesito que concentren todo su fuego en las piernas. No vamos a romperlo… vamos a entrar en él.—

El esqueleto rugió nuevamente. El rugido del esqueleto gigante no era solo sonido; era una succión física. Damian, con los dedos enterrados en el fango y la piedra, sintió cómo el aire se volvía rancio. Con un esfuerzo sobrehumano, logró erguirse lo suficiente para que su voz roncara por encima del estruendo.

—¡DETÉNGANSE! —rugió Damian, escupiendo un coágulo de sangre.—¡La magia… no le hace nada! ¡Ese bastardo de calcio se está alimentando de nosotros! ¡Cada hechizo que lanzamos lo hace más grande, más denso!—

Se giró hacia Hiroki y los demás, con una furia en los ojos que rara vez mostraba hacia sus amigos.

—¡Son unos idiotas! ¡Están engordando a la bestia! —recriminó, señalando con un dedo tembloroso al coloso.

Brianna, recuperando un poco de compostura, le devolvió una mirada de incredulidad.

—¡Tú también usaste magia de tierra, Damian! ¡No actúes como si fueras el único listo aquí!—

Damian intentó replicar, pero el aire se le escapó de los pulmones en una tos violenta que salpicó de rojo el suelo. El esfuerzo de gritar había reabierto sus heridas internas. El gigante, ahora imbuido de una energía oscura más compacta, levantó su brazo espinoso listo para el golpe final.

Fue entonces cuando Hiroki tomó una decisión. Sus dedos se cerraron con una fuerza absoluta alrededor del cristal rojo de maná que colgaba de su cuello. No iba a lanzarlo; iba a consumirlo.

—Si necesita magia… le daré algo que no podrá digerir —susurró Hiroki.

El cristal comenzó a latir con una luz carmesí cegadora. Lentamente, la gema se fragmentó en partículas de luz que fueron absorbidas por los poros de Hiroki. Un calor volcánico recorrió sus venas, cerrando sus heridas instantáneamente y reponiendo cada gota de su maná agotado. Sus ojos brillaron con un fulgor celeste eléctrico mientras empezaba a recitar un conjuro que hizo que el aire vibrara con una frecuencia celestial.

Reina, desde su posición elevada, abrió los ojos de par en par. Reconoció las runas que empezaban a formarse en el aire.

—Ese es… ¡un hechizo de categoría Avanzada! ¡Hiroki, tu cuerpo no podrá soportar ese flujo!—

Pero Hiroki no se detuvo. Su voz resonó con una autoridad que parecía no pertenecer a este mundo:

—”El aliento puro del cielo limpia la herida y restaura la vitalidad con cada exhalación profunda… ¡VITA VENTUS!”—

Extendió su mano hacia el cielo encapotado. De su palma brotó un pilar de luz esmeralda que se fragmentó en millones de pétalos de viento brillante. La corriente verde envolvió la aldea entera, extendiéndose como una marea de vida sobre el caos.

El efecto fue inmediato y milagroso. La magia rodeó a Damian y Brianna, sellando sus fracturas y devolviendo el color a sus rostros; el cansancio que los anclaba al suelo se disipó, reemplazado por un vigor renovado. Sil sintió cómo su sangre dorada dejaba de brotar, y sus alas recuperaron su brillo inmaculado. Reina miró sus manos; el ardor de la cuerda del arco y las ampollas sangrientas habían desaparecido.

Más allá del equipo, la aldea misma suspiró. Los aldeanos heridos bajo los escombros sintieron que el dolor se desvanecía; los que estaban inconscientes abrieron los ojos, llenos de una energía que nunca habían sentido.

El esqueleto gigante, por instinto, intentó absorber esta nueva oleada de maná. Pero al entrar en contacto con la esencia de Vita Ventus, la criatura se sacudió violentamente. Al ser una entidad de pura muerte, la magia curativa actuó como un ácido corrosivo en su estructura. El gigante soltó un alarido sónico de agonía y, por primera vez, retrocedió, rechazando violentamente la luz que intentaba “sanar” su existencia no-muerta.

Toda Remanso Verde brillaba bajo el manto esmeralda de Hiroki. El joven líder, tras liberar hasta la última pizca de la energía del cristal, cayó de rodillas. Su respiración era corta y su piel estaba pálida, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa de triunfo absoluto. Cayó de espaldas sobre los escombros, mirando el cielo que empezaba a despejarse.

—Amigos… —susurró con voz apenas audible, pero cargada de una fe inquebrantable.—Confío en ustedes… terminen con esto.—

Aunque sus ojos amenazaban con cerrarse, Hiroki se mantuvo consciente, viendo cómo sus compañeros, ahora en la plenitud de sus fuerzas, se preparaban para el asalto final contra un enemigo que, por primera vez, tenía miedo.

El aura esmeralda del Vita Ventus aún flotaba en el aire como una neblina mística, otorgando al campo de batalla una claridad irreal. El esqueleto gigante, con sus cuencas oculares ardiendo en un rojo carmesí, rugió mientras intentaba avanzar, pero sus movimientos eran erráticos; la magia curativa de Hiroki seguía royendo sus articulaciones necróticas.

Brianna se puso en pie de un salto, sintiendo una vitalidad que desbordaba sus sentidos. A su lado, Damian envainó su espada abisal solo para volver a ajustarla.

—¡Escuchen bien! —gritó el demonio, mirando a Brianna.— Usé esa magia de tierra para derribarlo, no para atacarlo directamente. ¡Era la única forma de evitar que aplastara al jefecito! Si no lo hacía, ahora estaríamos recogiendo sus restos con una cuchara.—

Sil, que ya estaba en el aire, soltó un bufido frío.

—Las palabras estorban en el campo de batalla. Menos explicaciones y más sangre —sentenció el dragón.

En un parpadeo, Sil se convirtió en un borrón blanco, moviéndose a una velocidad subsónica. Impactó contra el pecho del gigante con un estallido sónico, pero el esqueleto reaccionó con una rapidez aterradora, lanzando un manotazo que cortó el aire. Sil apenas logró esquivarlo, pero una de las espinas óseas le rasgó el antebrazo. Sin embargo, antes de que la sangre dorada tocara el suelo, una brisa verde envolvió la herida, cerrándola instantáneamente sin dejar rastro.

—¿Por qué…? —murmuró Sil, asombrado —El conjuro debería haberse disipado ya.—

Hiroki, tendido de espaldas entre los escombros, respondió con la voz entrecortada pero clara.

—Ese cristal… era un Cristal Rojo de Maná. Tenía energía acumulada por siglos… el efecto durará mientras mi voluntad se mantenga firme.—

Sil abrió los ojos de par en par. Como dragón milenario, conocía la enciclopedia de gemas: el cristal rojo era el cuarto más potente del mundo conocido.

—Ya veo… tienes el motor de un volcán en ese cuerpo de humano —comentó Sil con un respeto renovado.

Reina, desde el tejado, gritó mientras preparaba otra flecha.

—¡Hiroki! ¿Cómo puedes seguir consciente si vaciaste tu reserva de maná? ¡Deberías estar en coma!—

Damian soltó una carcajada mientras corría hacia el gigante.

—¡Es simple, arquera! El maná es el combustible, pero la energía vital es el motor. El jefecito no tiene maná para mover un dedo, está paralizado como si le hubieran echado un ancla encima, ¡pero su mente sigue encendida! ¡Es puro espíritu!—

Damian se lanzó con una velocidad sobrehumana, deslizándose entre las enormes piernas del esqueleto. Con un tajo preciso de su espada abisal, cortó el tendón de Aquiles hecho de sombras y hueso. El gigante se tambaleó.

Brianna no perdió la oportunidad; corrió en paralelo a Sil, quien descendía nuevamente. Mientras el dragón distraía al gigante con fintas aéreas, Brianna descargó un corte masivo en el empeine del pie izquierdo de la criatura.

El gigante falló su manotazo, perdiendo el equilibrio.

—¡Su base! —rugió Damian —¡Sus pies son el secreto! Si le quitamos el apoyo, es solo una torre de basura.—

Sil apretó los dientes. Sentía un pinchazo en su orgullo; que un “simple demonio” hubiera descifrado la mecánica del enemigo antes que él era inaceptable.

—Te daré una lección por golpear mi orgullo de esa manera, cuernitos —murmuró Sil para sí mismo.

El dragón descendió como un meteorito y le plantó una patada cargada de energía cinética directamente en la rodilla izquierda al esqueleto. El hueso estalló bajo la presión y el gigante colapsó, cayendo de bruces contra el suelo de la plaza con un estruendo que levantó una nube de polvo.

—¡Se mueve lento, pero sus brazos son rápidos! —advirtió Damian, observando cómo el gigante intentaba manotear desde el suelo.

Sil, cegado por la competitividad, se lanzó sobre el torso del caído. Empezó a descargar una serie de golpes consecutivos, puñetazos que sonaban como martillazos sobre un yunque, manteniendo al gigante pegado al suelo.

—¡Eso no lo va a matar, Sil! —gritó Brianna—. ¡Es demasiado duro! ¡Pero mantenlo ahí! ¡Esa es una gran estrategia, nos das tiempo para pensar el golpe final!—

Al escuchar el elogio de Brianna, el orgullo de Sil se infló como una vela al viento.

—¡LO MANTENDRÉ AQUÍ HASTA QUE SE CONVIERTA EN ARENA! —gritó el dragón, redoblando la velocidad de sus golpes mientras el esqueleto forcejeaba inútilmente bajo él.

Reina, viendo que la situación estaba bajo control momentáneo, saltó del tejado y aterrizó junto a Hiroki. Se acercó a él y, con una ternura que rara vez mostraba, le dio unas pequeñas palmaditas en la cabeza.

—Lo que hiciste fue muy útil, líder —dijo con una sonrisa burlona pero cálida —Aunque fue estúpido y arriesgado. Típico de ti.—

Hiroki solo pudo sonreír débilmente, sintiendo el peso de la parálisis pero la calidez del reconocimiento de su equipo. El plan para el golpe final estaba empezando a formarse en su mente.

El aura esmeralda del Vita Ventus comenzaba a parpadear, reflejando el agotamiento extremo de Hiroki. Tendido en el suelo, con la mirada fija en las nubes que se dispersaban, Hiroki dejó escapar un suspiro que sonó a confesión.

—Todavía tengo miedo… —susurró, y su voz tembló—. El trauma de esa primera muerte… el hechizo de Inorl… todavía siento el frío del viento atravesándome cada vez que cierro los ojos.—

Al mencionar ese nombre, la expresión de Reina se endureció instantáneamente. Sus dedos se apretaron alrededor de su arco con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El odio por el noble que casi destruye sus vidas era una herida que no sanaba.

—Pero ustedes… —continuó Hiroki, mirándola con una gratitud infinita —ustedes son mi ancla. Mi motivo para no dejarme arrastrar por ese miedo.—

Reina se dio la vuelta bruscamente, dándole la espalda para ocultar el carmín intenso que subía por sus mejillas.

—Eres un líder tonto… y demasiado responsable —masculló, intentando que su voz sonara gélida, aunque el temblor en sus hombros la delataba.

A unos metros, el estruendo de los golpes de Sil contra el esqueleto rítmico hacía vibrar el suelo, creando grietas que se extendían por toda la plaza. Damian se acercó a Brianna, señalando la espada de alto grado que Hiroki le había comprado.

—¡Úsala bien, Brianna! —le gritó Damian —Esa hoja tiene un encantamiento de endurecimiento de alto nivel. Es casi irrompible y puede cortar casi cualquier cosa si sabes cómo canalizar la fuerza. ¡La has estado usando mal, por eso no atraviesas ese hueso!—

Brianna miró su espada con confusión.

—¿Cómo es que sabes tanto de armas y no puedes leer ni una maldita letra en un menú? —le espetó.

—¡Conocimiento del pasado, no preguntes! —respondió Damian con un gesto de impaciencia —¡Y deja de agarrarla con las dos manos! Es una espada de una mano, el equilibrio está en la muñeca, no en el hombro.

—¡DENSE PRISA! —rugió Sil desde el frente—. ¡ESTA COSA SE ESTÁ LEVANTANDO!—

El esqueleto, impulsado por una voluntad necrótica implacable, logró sacudirse a Sil de encima. El dragón retrocedió mientras el gigante se incorporaba por completo, sus cuencas rojas brillando con una furia renovada. Brianna lanzó un tajo al pie del gigante, pero solo logró una herida superficial.

—¡DÁMELA! —Damian, harto de la indecisión, le arrebató la espada a Brianna. La empuñó con su mano derecha con una técnica sorprendentemente depurada. Con un movimiento fluido, lanzó un corte que penetró profundamente en el hueso, llegando casi al centro de la tibia del gigante.

—¡OYE! ¡SUÉLTALA! —gritó Brianna, abalanzándose sobre él —¡Esa espada es mía, Hiroki me la compró a MÍ!—

—¡PUES APRÉNDELA A USAR O NOS MATARÁN A TODOS! —rugió Damian.

Ambos empezaron a pelear verbalmente en medio del campo de batalla, ignorando por completo que el esqueleto se estaba enfocando en Sil. El dragón, esquivando un manotazo, les gritó con una voz que hizo temblar los edificios.

—¡DEJEN SUS ESTUPIDECES PARA LUEGO! ¡TENEMOS UN MONSTRUO QUE MATAR!—

—¡No seas tan frío, lagartija! —respondió Damian antes de lanzar un último tajo que terminó de quebrar el hueso del pie.

El gigante soltó un crujido ensordecedor y cayó sobre una rodilla. Sin embargo, en su caída, sus brazos quedaron a la altura perfecta para atacar. Antes de que Damian y Brianna pudieran reaccionar, un manotazo masivo los golpeó de lleno, enviándolos a volar contra una estructura de madera que colapsó sobre ellos.

Sil apretó los puños, hirviendo de rabia.

—¿Están jugando? ¿Es esto un juego para ustedes? —murmuró. Se elevó en el aire y cargó contra la nuca del gigante, golpeando el cráneo con tal potencia que el esqueleto cayó apoyando ambos brazos en el suelo, totalmente aturdido.

Damian y Brianna salieron de los escombros ilesos; el efecto del Vita Ventus de Hiroki seguía protegiéndolos. Sil bajó al suelo, buscando el núcleo para dar el golpe de gracia, pero entonces… el tiempo pareció detenerse.

Un destello blanco, más rápido que la vista humana, cruzó la plaza. Algo atravesó el cráneo del esqueleto con un sonido seco.

¡CRACK!

El gigante se desplomó instantáneamente, su energía vital extinguiéndose como una vela soplada. Un individuo aterrizó de espaldas al grupo, envuelto en una armadura blanca inmaculada que brillaba bajo el sol. En su mano derecha sostenía un cristal oscuro, el núcleo del esqueleto, el cual trituró con un simple movimiento de sus dedos, dejando que los fragmentos cayeran al suelo como ceniza.

La tensión en el lugar se volvió asfixiante. El silencio era tan denso que se podía escuchar el latido del corazón de los presentes.

—¿Qué… qué está pasando? —preguntó Hiroki desde el suelo, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

Reina, que no había bajado la guardia, dio un paso al frente con una flecha lista, pero su rostro estaba pálido y sus ojos llenos de una alarma que Hiroki nunca había visto.

—Es un Caballero Blanco… —respondió Reina, cerrando el capítulo con una advertencia que heló la sangre de todos.

CONTINUARÁ…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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