Un viaje a Star Wars - Capítulo 11
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11: Guerras Clon 1 11: Guerras Clon 1 Ring…
Ring…
Ring…
—Ugh, el despertador…
¿Ya es de día?
—(Galen).
Después de recibir mis órdenes anoche, la emoción me impidió dormir adecuadamente.
Mi cuerpo se sentía algo pesado, como si la gravedad de Coruscant hubiera decidido duplicarse durante la madrugada.
Apagué mi holopad con un gesto perezoso y me levanté para prepararme.
A pesar de que ya ha pasado un tiempo desde que tengo mi propia recámara, aún se me hace extraño despertarme sin el bullicio de mis compañeros del Clan del Oso.
Extrañaba un poco ese caos matutino, pero la paz de la vida de Padawan tenía sus ventajas.
Tomé mis ropajes y me fui vistiendo con cuidado…
A día de hoy, sigo pensando que los Jedi usamos demasiadas capas de tela.
Me dirigí hacia el lavabo mientras el reflejo en el espejo me devolvía la imagen de alguien que apenas reconocía como aquel niño de Shili.
Mi mente viajó por los últimos once años…
Recordé el riguroso entrenamiento en las Formas de combate bajo la mirada inquisidora del Maestro Yoda y sus lecciones sobre el Código Jedi; el gélido viaje a Ilum donde el cristal kyber me llamó desde las profundidades del hielo; la creación de mis sables de luz; las agotadoras Pruebas de Iniciación; y finalmente mi pasantía en el Cuerpo Médico.
Todas esas experiencias me moldearon.
Yo también cambié…
Durante estos años, mi comunión con la Fuerza aumentó de sobremanera.
Comprendí varios de sus secretos y aprendí a comunicarme más profundamente con ella, tal como lo planeé aquel día en la nave de Plo Koon.
Esto me dio un control excepcional sobre mi espectro emocional, volviéndome menos susceptible al Lado Oscuro…
Tenías razón, viejo Qui-Gon: solo necesitábamos aprender a escuchar.
Me volví más tranquilo…
sereno.
Esa calma me permite ver el tablero con claridad antes de mover una pieza.
Pero incluso toda esa disciplina Jedi no podía borrar la gran sonrisa que se posaba en mi rostro hoy.
Anoche se me informó que hoy mismo sería enviado a Christophsis para conocer al nuevo Maestro que se me había asignado.
—(Llevo once años esperando este momento.
Nueve años de entrenamiento y dos de Servicio…
Pensé que las cosas se saldrían de control cuando me quedé sin excusas para no tomar las Pruebas de Iniciación hace dos años.
Creí que me asignarían a cualquiera y eso me alejaría de la trama principal)—.
Pero no podría haber estado más equivocado.
Al parecer, Yoda y Windu compartían mi misma línea de pensamiento.
Con ellos dos demasiado ocupados para guiar a un aprendiz, solo Obi-Wan Kenobi —a quien el Consejo tenía en alta estima por ser un fiel seguidor del Código y el maestro más talentoso después de Yoda— era el adecuado para pulir mi camino.
Desgraciadamente, en aquel entonces Kenobi todavía tenía a Anakin como aprendiz, por lo que no era una opción viable.
Eso me dejó en una encrucijada…
especialmente cuando la Maestra Depa Billaba me descubrió en Ilum y decidió que me quería como su Padawan.
No podía permitirlo; ella debía entrenar a Caleb Dume (Kanan Jarrus) en el futuro.
No iba a ser yo quien le robara el puesto al líder de los Rebeldes.
Justo cuando estaba acorralado, el Maestro Yoda intervino y denegó la petición de Billaba, alegando que yo sería enviado a los Cuerpos de Servicio como pasante hasta que apareciera un Maestro “adecuado”.
Por supuesto, hubo protestas; Billaba misma era parte del Consejo.
Pero logré silenciarlos cuando demostré una habilidad inusual en las artes de sanación Jedi.
Se decidió que serviría en el Cuerpo Médico del Templo como parte de un entrenamiento extendido.
Claro que el hecho de que también demostrara un talento absurdo en la Forma III (Soresu) y una curiosidad académica por la antigua forma Sokan, influyó en que todos aceptaran que Kenobi era el único que podía llevar mi entrenamiento al siguiente nivel.
Valió la pena esperar.
—(Y eso nos trae al presente: un “iniciado-padawan” de dieciséis años.
Los que no conocen mi situación deben creer que nadie me quiso por falta de talento…
suspiro.
Bueno, si eso me mantiene fuera del radar de Palpatine, bienvenido sea)—.
Pensaba en esto mientras caminaba por la bulliciosa bahía de aterrizaje hacia el crucero que me llevaría a Christophsis.
Para cuando llegué, la mayoría ya había abordado.
—(Ahsoka debe estar dentro…
no la he visto en una eternidad)—.
Dos soldados flanqueaban la rampa de ingreso.
—¡Alto!
Estamos por despegar y solo se permite el ingreso a personal autorizado.
Identifíquese —ordenó uno de los clones con la mano en su blaster.
—¿Mm?
Si es así, yo debería estar en tu lista.
Mi nombre es Galen, y mi número de autorización es…
ehhh…
¿C055436?
—(Galen).
—Aguarde un momento…
—El clon revisó su datapad—.
Ah, sí, aquí está.
C055436, Galen Marek.
Te estábamos esperando, eres el último en abordar.
Llegas tarde.
—Oh, sí, lo siento.
Un gato negro se me atravesó en el camino, así que tuve que tomar el sendero largo~ —solté con una sonrisa traviesa.
Los dos clones se miraron entre sí, confundidos tras sus cascos.
—¿?
—(Clon 1).
—¿?
—(Clon 2).
—Entonces, si me disculpan…
—Me despedí rápidamente y entré en la nave antes de que cerraran las compuertas.
Saqué mi viejo holopad —que ahora tenía tantas modificaciones que parecía tecnología de otra galaxia— y busqué mi cabina en los planos del crucero que había descargado previamente.
—(Bien, tardaremos unas horas en llegar a Christophsis.
Aprovecharé para dormir…
anoche la ansiedad no me dejó cerrar el ojo)—.
En cuanto llegué a mi cuarto, sentí la vibración de los motores saltando al hiperespacio.
Me dejé caer en la litera y permití que el zumbido constante de la nave arrullara mi sueño.
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