Un viaje a Star Wars - Capítulo 30
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30: Asalto al Malevolencia 4 30: Asalto al Malevolencia 4 POV: GALEN …
Antes de recibir la llamada de mi Maestro, ya había sentido la firma de Grievous acercándose a gran velocidad hacia nuestra posición.
Por un momento dudé: ¿cómo demonios sabía exactamente dónde estábamos?
Pero no había tiempo para teorías.
Rápidamente puse a salvo a Padmé y a 3PO, indicándoles la dirección de la bahía de emergencia.
Conociendo la determinación de la Senadora, sabía que era capaz de saltar de nuevo hacia abajo para “ayudarme” si no la obligaba a retirarse.
Por eso sellé la abertura que había creado a propósito.
Eso la obligaría a ir con los Jedi a pedir apoyo…
lo cual, sinceramente, no era necesario.
—¡HAAAAAAAA!
—rugió Grievous, irrumpiendo en la sala como un torbellino de metal y odio.
Bloqueé sus tres sables de luz con un solo brazo, concentrando la Fuerza en mis músculos para no ser aplastado por su peso mecánico, mientras con la otra mano terminaba de sellar la tapa del techo.
—(¡Ay, qué pesado!
No debo subestimar a este androide)— pensé, sintiendo la vibración de los cristales Kyber chocando entre sí.
Rompí su guardia inclinando mi sable hacia un costado con un movimiento seco, haciendo que sus tres hojas se deslizaran inútilmente en dirección al suelo.
Con una voltereta acrobática, me coloqué detrás de él, lanzando un tajo directo hacia su espalda.
Pero, para mi sorpresa, Grievous giró la parte superior de su cuerpo 180 grados sin mover los pies para bloquearme.
—(¡Eso es trampa!
No jodas…
¿cómo puede mantener el equilibrio cuando sus piernas apuntan en la dirección contraria?)— me quejé internamente, ajustando mi centro de gravedad.
Adopté al cien por ciento la postura del Soresu.
Contra un oponente con múltiples extremidades y una fuerza física superior, una guardia perfecta era mi única opción lógica, especialmente considerando la diferencia de tamaño y alcance.
—Lamento informarle que llegó tarde, General.
La Senadora se encuentra a salvo y en dirección a nuestra nave —dije, tratando de mantener la voz firme.
Su risa robótica me causó escalofríos.
Debo admitirlo: en persona, Grievous es mucho más intimidante que en cualquier pantalla.
—¡MUAJAJAJA!
Mocoso, mi objetivo eres tú…
—soltó el General, sus ojos amarillos brillando con una intensidad sádica—.
Ya que no pude acabar con Kenobi, el Conde Dooku me ordenó explícitamente que te capturara.
Él piensa que eres mucho más adecuado para nuestra causa…
¡que como un patético Jedi!
Se abalanzó sobre mí nuevamente.
A pesar de que hablaba de “capturarme”, sus sables buscaban únicamente mis puntos vitales.
La intención asesina detrás de cada estocada era casi palpable; Grievous no sabía ser sutil.
Con un salto hacia atrás, tomé distancia mientras lo apuntaba con mi sable, manteniendo la punta baja pero lista para el contraataque.
—¡Puaj!
Me recuerdas tanto a tu Maestro…
¡Imitarlo conmigo solo te traerá la muerte!
—rugió Grievous, sus sables trazando arcos de luz verde y azul que silbaban al pasar a milímetros de mi rostro.
—¡Ja!
Creí que tu misión era capturarme —le solté, manteniendo el ritmo.
Nuestro duelo continuó a una velocidad vertiginosa.
A pesar de que solo contaba con tres brazos, la forma en que los reposicionaba y lo errático de sus ataques lo volvían un oponente complicado.
Estaba usando tres estilos diferentes simultáneamente, intentando saturar mis sentidos.
—¡No creo que al Conde le moleste si te presento con un par de extremidades menos!
Mi Seikuken trabajaba a máxima potencia.
Sentía cada vibración en el aire, cada cambio en el peso de sus pasos metálicos.
Era agotador, pero empecé a notar las grietas en su ofensiva.
Con una sonrisa, comencé a aumentar la velocidad de mi propia hoja, ganando terreno entre bloqueo y bloqueo.
—¿Sabes?
Jaja…
Me preguntaba por qué ese viejo pervertido estaba tan obsesionado conmigo…
Y creo que ya encontré la respuesta —dije, bajando el tono de voz para que sonara más hiriente.
—¿De qué hablas, mocoso?
—De que tú eres un completo inútil, ¿no es así?
Debes ser una decepción horrorosa para Dooku.
Lo único que haces es imitar a los verdaderos Maestros…
pero no eres más que un androide.
Nunca podrás ser nada más.
Tu falta de partes orgánicas te ha hecho perder la sensibilidad a la Fuerza; eres un desperdicio total.
¡No eres más que un estúpido droide de entrenamiento!
—¡GHAAAAA!
—Grievous soltó un grito que mezclaba un fallo mecánico con pura rabia orgánica.
—¡Guh!
—exclamé al recibir el impacto de su carga.
Alimentado por la ira, arremetió con una fuerza bruta descomunal.
Pero, como estaba preparado, anclé mis pies con la Fuerza y logré detenerlo sin salir despedido.
—Haha…
¿te dolió la verdad?
Ni siquiera eres capaz de corromper tus propios cristales Kyber.
Por eso robas los sables de tus enemigos y dices que son “trofeos”.
Pero no lo son…
¡Solo son pruebas de tu mediocridad!
—¡SILENCIO!
¡También tomaré el tuyo!
¡Y lo usaré para desmembrar a cada uno de tus seres queridos!
¡Tomaré tu cabeza para que seas testigo de su sufrimiento!
Dominado por una ira descontrolada, Grievous abandonó toda técnica.
Sus ataques se volvieron pesados y predecibles, buscando únicamente aplastarme.
—(Gran error)—.
Los huecos en su defensa ya no eran cubiertos por su técnica.
Vi mi oportunidad.
Me deslicé bajo su guardia, pero no lo hice de forma convencional.
Verlo luchar me había dado una idea: si él podía cambiar la posición de sus brazos en mitad de un ataque gracias a la ingeniería, yo debería poder hacer lo mismo usando la Fuerza para manipular mi propio centro de gravedad y la trayectoria de mi sable de forma antinatural.
Mi brazo se dirigió hacia su esternón en lo que parecía una estocada frontal básica.
Grievous, predecible en su furia, movió sus sables para bloquear el golpe, pero en un movimiento antinatural que desafiaba la inercia, mi espada láser cambió de trayectoria en el aire.
El plasma cortó el aire con un siseo y dividió uno de sus brazos robóticos limpiamente.
El sable de hoja azul que el androide sostenía cayó al suelo.
Lo atraje hacia mi mano izquierda antes de que tocara el metal.
—(Si giras a la derecha, virarás a la izquierda)— pensé, asimilando la técnica de engaño.
Aprovechando su desconcierto, extendí mi voluntad y usé la Fuerza para inmovilizar sus dos brazos restantes en lo alto.
Con el camino despejado, salté concentrando cada ápice de energía que podía generar en mi rodilla derecha.
Me impulsé con un estallido de la Fuerza, proyectando toda mi masa contra su pecho expuesto.
Al momento del impacto, sentí cómo la coraza metálica de su esternón se hundía bajo la presión de mi golpe.
Un estruendo increíble, como el choque de dos naves espaciales, resonó en toda la sala.
—¡BLAGHHHHH!
—bramó Grievous entre estertores.
El inmenso general salió despedido por el aire y se estrelló contra los controles del hiperpropulsor destrozado.
Una sustancia oscura y viscosa salpicó el suelo, escapando de su boca durante el impacto.
—Ah, así que ese era tu punto débil.
Parece que aún conservas algunas partes orgánicas…
después de todo, no eres un total desperdicio —comenté, aunque mis pulmones también ardían por el esfuerzo.
A pesar de mis burlas, Grievous no reaccionaba.
Se quedó allí, retorcido entre cables y chispas.
—(¿Me pasé y lo maté?…)— me pregunté por un segundo.
No, todavía podía sentir su firma de vida, aunque débil.
Estaba ganando tiempo.
—Oye, ¿te importa?
—dije señalando el sable de luz azul que acababa de quitarle—.
Hace poco perdí uno de los míos y me gustaría tomar el cristal de este…
Sería molesto buscar otro del mismo color.
—Bas…
¡BASTARDO!
—Grievous levantó la cabeza, sus ojos inyectados en sangre—.
¡Incluso si me voy, te arrastraré al infierno conmigo!
La consola de control detrás de él soltó un pitido agudo.
De repente, el puente sobre el que estábamos parados se desmoronó por completo.
El General había usado la energía remanente del hiperpropulsor como una carga de demolición, desintegrando la superficie de un solo golpe.
Ambos comenzamos a caer al vacío del inmenso pozo del reactor mientras la risa robótica y dolorida de Grievous llenaba el aire.
—¡MUAJAJAJAJAJA!
Perecerás junto al Malevolence…
Pero yo sobreviviré.
Mis “inútiles partes robóticas” me permitirán resistir lo suficiente en el vacío para ser rescatado por mis droides.
¡JAJAJAJAJA!
Lo miré con total indiferencia mientras el viento de la descompresión empezaba a aullarnos.
—El Conde Dooku no se equivocó contigo…
pero deberá perdonarme.
Eliminar a un obstáculo tan molesto es igual de importante —continuó su monólogo, convencido de su victoria.
—Mmm, oye…
—le interrumpí, viendo que estábamos a punto de ser succionados hacia el espacio abierto—.
¿Quién te dijo que necesitaba un punto de apoyo para dar un salto?
—¿Eh?
Imaginé una plataforma invisible bajo mis pies, una densidad en la Fuerza tan sólida como el acero.
La golpeé con fuerza y, en un movimiento que desafiaba la gravedad, ascendí de golpe toda la distancia que habíamos caído.
En el aire, extendí mi mano hacia el techo roto y “tiré” de él.
Debido a la diferencia de masa, fui yo quien subió disparado hacia la saliente.
Me sujeté de una viga de soporte y me impulsé hacia arriba, aterrizando en una zona estable.
…
La cara de Grievous mientras seguía cayendo debería ser inmortalizada en un cuadro.
Sus pupilas amarillas de serpiente se agrandaron hasta ocupar todo el espacio de su máscara metálica.
No hubo más gritos, solo un silencio atónito mientras su cuerpo desaparecía en la oscuridad del abismo del crucero.
Me puse de pie y limpié el polvo de mi túnica blanca, que por fin tenía algunas manchas.
—Haha, me pregunto qué expresión habría visto si él poseyera facciones humanas…
—murmuré para mí mismo, viendo cómo la oscuridad del pozo devoraba al General.
Encendí mi sable de luz y perforé el techo para regresar al nivel superior.
Ya en el segundo piso, sacudí el polvo de mi túnica blanca —que ahora lucía algunas manchas de hollín de batalla— y comencé a caminar a paso firme hacia el hangar.
—(Padmé ya debe haberles avisado.
Si mis cálculos son correctos, ya deben estar corriendo hacia aquí)—.
Mi duelo con Grievous había durado poco más de diez minutos.
Considerando la distancia, la Senadora tuvo que haber corrido como nunca.
Usé la velocidad Jedi para acortar el camino, deslizándome por los pasillos que crujían bajo el estrés de la sobrecarga inminente.
Cuando sentí sus firmas de vida cerca, frené en seco y comencé a caminar con las manos tras la espalda, recuperando mi compostura habitual.
Al doblar la esquina, me encontré con la escena: dos hombres adultos corriendo hacia mí con caras de absoluto espanto.
Pero entonces, sus ojos se toparon conmigo.
—¿Eh?
—solté con fingida inocencia.
—¿Eh?
—exclamó Anakin, frenando tan rápido que casi se cae.
—¿Eh?
—secundó Obi-Wan, boquiabierto.
Nos quedamos en un silencio incómodo durante dos segundos.
—¿Galen?
—preguntaron ambos al unísono.
—Ese soy yo —respondí.
Se miraron entre sí, procesando que estaba vivo y entero, y luego volvieron a rugir: —¡NIÑO!
Se abalanzaron sobre mí.
Anakin me rodeó en un abrazo brusco de alivio, mientras que Obi-Wan me dio un firme golpe con los nudillos en la coronilla.
—¡Auch!
—me quejé, frotándome la cabeza.
—¡¿Por qué no seguiste la misión?!
—me regañó Obi-Wan, aunque sus ojos mostraban que estaba a punto de suspirar de alivio.
—¡¿Por qué no viniste con Pad— con la Senadora Amidala?!
—exigió Anakin, corrigiéndose a duras penas.
Me los quité de encima antes de que terminaran de perforarme el cráneo o romperme una costilla.
—¡Ahora no es el momento!
¡En cinco minutos el Malevolence será historia!
—señalé el pasillo.
Reaccionaron como si les hubieran dado una descarga eléctrica.
Pronto, los tres corríamos a toda velocidad hacia la exclusa de emergencia.
Las explosiones internas empezaron a sacudir la nave con tal fuerza que el metal gemía a nuestro alrededor.
Divisamos la compuerta del Twilight y, de un salto sincronizado, los tres atravesamos la entrada mientras R2-D2 sellaba la escotilla a toda prisa.
—¡Padmé, despega!
—gritó Anakin hacia la cabina.
La nave se desacopló violentamente.
A través de los ventanales, logramos ver cómo el gigantesco crucero separatista se convertía en una supernova de chatarra y energía, iluminando el vacío del espacio.
Sin embargo, mis ojos captaron algo más: una pequeña nave droide escapando del radio de la explosión justo antes de saltar al hiperespacio.
Grievous no había mentido sobre sus piezas robóticas.
—Maestro, Grievous sigue con vida…
Acabo de ver una nave droide saltar —informé, desactivando mi adrenalina.
La Senadora, que pilotaba con una destreza admirable, asintió sin soltar los controles.
—Es cierto, una nave separatista acaba de dejar el sistema.
Anakin se levantó de su asiento y se acercó a mí, cruzándose de brazos.
—Aún no lo entiendo…
¿Por qué enviaste a la Senadora sola?
¿No tuviste tiempo de seguirla?
Podrías haber dejado a Grievous atrás —dijo, aunque su tono era más de curiosidad que de reproche.
Obi-Wan se unió a la conversación, observándome con detenimiento.
—Ya era tarde —expliqué, manteniendo mi historia—.
Grievous estaba demasiado cerca como para permitir que ambos huyéramos.
Por eso envié a la Senadora primero y sellé la abertura para evitar que volviera a saltar.
Obi-Wan asintió, comprendiendo finalmente el peso de mi decisión.
—(Silbido) Parece que comprendiste la personalidad de la Senadora bastante rápido —comentó Anakin con una chispa de diversión en los ojos.
—Oigan, yo no hubiera…
—empezó a decir Padmé desde el asiento del piloto.
Todos la miramos fijamente, sabiendo perfectamente que ella habría saltado de regreso al peligro sin pensarlo dos veces.
Ella simplemente resopló y volvió a centrarse en los controles de la nave.
—Aún así, no comprendo qué hacían en ese lugar —insistió Obi-Wan, recuperando su tono de Maestro—.
Tu misión era escoltar a la Senadora.
Si hubieras seguido el plan, no te habrías encontrado con Grievous.
—Supe por parte de la Senadora que el hiperpropulsor había sido reparado —expliqué con calma—.
No sabía en qué momento podrían saltar o si tendríamos tiempo de llegar a la nave.
Consideré que lo mejor era acabar con el problema de raíz mientras ustedes dos se encargaban del General…
Además, creí que ustedes lo derrotarían antes de que llegara a mí.
—Tos, tos, tos —Anakin y Obi-Wan empezaron a toser al mismo tiempo, visiblemente incómodos.
—Bueno, las cosas se complicaron un poco…
—se rascó la nuca Anakin—.
Grievous adivinó nuestra intención y agrupó a sus tropas en el puente.
Eso le dio tiempo de huir, pero logré cortarle uno de sus brazos.
—Aunque todavía le quedan tres…
—añadió Obi-Wan en voz baja.
Les sostuve la mirada acusadora un par de segundos hasta que ambos desviaron la vista.
—(Suspiro) Al menos gracias por eso.
Fue su falta de guardia en ese lado lo que me permitió aguantar.
Centré mis ataques en su costado herido hasta que logré cortarle otro brazo.
Luego él retrocedió y, debido a un remanente energético del hiperpropulsor, el puente colapsó.
Yo pude saltar a tiempo y sujetarme del techo; Grievous cayó, pero parece que sobrevivió.
Obi-Wan cerró los ojos, visualizando la secuencia del combate, y finalmente asintió con satisfacción.
—Ambas decisiones fueron correctas, Galen.
Preservar la seguridad de la Senadora ante todo y explotar el punto débil de un enemigo superior.
Tu análisis fue adecuado y los resultados son los esperados.
Te felicito, mi Padawan…
Eso sí, la próxima vez nos moveremos en conjunto para evitar “inconvenientes”.
—Solo prepárate para lo que te espera al llegar a casa —añadió Anakin con una sonrisa maliciosa—.
El papeleo, jaja.
Aterrizamos en el hangar del crucero de la República bajo los elogios de mi Maestro y las bromas de Anakin.
Al descender, nos recibieron el Almirante Yularen y una Ahsoka muy ansiosa que, tras escuchar un resumen rápido de mi “pequeña aventura”, prometió no dejarme solo la próxima vez.
Mientras bromeaba con ella, Anakin se me acercó y puso una mano firme en mi hombro.
—¿Maestro?
—preguntó Ahsoka, extrañada.
—Galen, ¿podrías venir conmigo un segundo?
Hay alguien que quiere agradecerte —dijo Anakin, apartándome de la multitud hacia donde la comitiva de Naboo esperaba a la Senadora.
Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, Anakin bajó la voz y su semblante se volvió inusualmente serio y tierno.
—Oye, chico…
gracias.
Salvaste a…
a una amiga que ocupa un lugar muy importante en mi corazón.
Te debo una.
Fue el agradecimiento más sincero que había escuchado de él.
Sabía que no solo me agradecía como Jedi, sino como el hombre que amaba a Padmé en secreto.
—Descuide, Maestro Skywalker.
Estoy seguro de que usted haría lo mismo si estuviera en mi lugar.
—Por supuesto que lo haría, somos Jedi…
Y Galen…
—me miró directamente a los ojos con respeto—.
Dime Anakin.
No hay necesidad de esas formalidades entre nosotros.
Me palmeó la espalda con entusiasmo, casi haciéndome perder el equilibrio, y me llevó frente a Padmé, quien nos esperaba con una sonrisa radiante.
—Senadora —dije, inclinándome en un saludo formal, cargado de un respeto genuino.
—Aquí está mi pequeño héroe —respondió Padmé con una calidez que iluminó el hangar—.
Galen, te agradezco sinceramente todo lo que has hecho por mí hoy.
En mi nombre, y en nombre de Naboo, donde siempre serás recibido como un amigo.
Mi trabajo es…
tenso, por lo que probablemente volvamos a vernos.
Espero contar contigo entonces.
—Le agradezco, Su Excelencia.
Y…
lo sé, jaja.
A decir verdad, soy un gran admirador de su persona y de todo lo que representa.
Admiro su trabajo y su calidad humana.
Hice una pequeña pausa, dejando que mi propia perspectiva se filtrara en mis palabras.
—Admito que no tengo una buena opinión de los políticos en general; suelen ser todo lo contrario a los códigos por los que peleo.
Pero, si en algún momento, como ciudadano, tuviera que elegir a un nuevo Canciller Supremo, la elegiría a usted.
Padmé, visiblemente emocionada, se cubrió la boca con ambas manos.
A mi lado, Anakin ladeó un poco los ojos.
Pude casi leer su pensamiento: “Claramente no conoces a mi gran amigo Palpatine”.
(Aunque yo sabía bien que otro gran candidato sería Bail Organa, el hombre que se atrevería a oponerse al Imperio hasta el final).
Sin embargo, Anakin prefirió callar y asentir; en el fondo, él compartía mi desprecio por la burocracia del Senado.
Padmé sujetó mis manos con las suyas, con una firmeza que denotaba su voluntad de hierro.
—Esas palabras me hacen muy feliz…
es exactamente lo que alguien en mi posición necesita escuchar.
Te prometo que seguiré trabajando duro para cumplir con tus expectativas.
No decepcionaré a quienes creen en mí.
¡Detendré esta guerra!
Le sonreí con amabilidad.
No quería que la emoción la desbordara allí mismo, así que añadí con suavidad: —Cuenta con mi ayuda, Senadora.
Estaré observando su trabajo.
Poco después, Anakin y yo nos quedamos solos viendo cómo la comitiva de Naboo se alejaba.
El ambiente era de una paz extraña tras el caos del Malevolence.
—Gracias por tus palabras, Galen.
Fuiste muy amable con Pad— con la Senadora Amidala —dijo Anakin, suspirando—.
Aunque nuestros estilos son distintos, yo también sé que ella quiere marcar la diferencia.
Es difícil que alguien reconozca su esfuerzo de esa manera.
—Descuide, Anakin.
Mis palabras fueron sinceras.
Ayudaré en todo lo que pueda.
Y…
—le dediqué una mirada cómplice mientras empezábamos a caminar— no necesita reprimirse conmigo.
Puede llamarla como usted desee cuando yo esté presente.
No soy tan cerrado con respecto a “ciertas reglas” del Código, jaja.
—Tos, tos, tos…
No sé a qué te refieres, joven Padawan —respondió él, recuperando su fachada de Maestro, pero con una sonrisa que no podía ocultar ni con toda la disciplina Jedi del mundo.
Fuimos llamados por Obi-Wan y Ahsoka para entregar el informe final de la misión.
Mientras caminábamos por los pasillos del crucero, me di cuenta de que, entre explosiones y duelos a muerte, nos habíamos vuelto mucho más cercanos.
Ya no era solo el “invitado” de otra línea temporal; era parte del equipo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com