Una Estrella Moribunda - Capítulo 32
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Capítulo 32: La dos caras de una Moneda
Capitulo 3 “La paladina dorada”
Punto de vista de Auren
——Hey, hey, hey…
Cuando estábamos a punto de salir del gremio, una voz nos interrumpió desde lo alto, en el segundo piso. Era una voz rasposa y autoritaria, como la de un viejo militar acostumbrado a mandar.
—Mocoso. No sé quién seas, pero no puedes irte así como así, y menos después de escuchar que esta es una misión de máxima prioridad.
Una barrera se alzó frente a nosotros, bloqueando la salida del gremio.
Levanté la mirada con calma absoluta y crucé los ojos con él.
—¿Tú me lo vas a impedir?
El hombre soltó una breve risa seca.
—Sí. Y es obvio que alguien como tú podría destruir mi barrera. Algo dentro de mí lo sabe.
Pero escúchame bien, mocoso: podrás ser fuerte, todo lo fuerte que quieras, pero el mundo no gira alrededor de ti ni de tus amigos.
Se detuvo un momento antes de continuar.
—No seas impaciente con tus acciones. Que seas fuerte no significa que tengas derecho a hacer estupideces como retar al gremio de aventureros…
Su mirada se afiló.
—…mocoso que derrotó a la maestra del gremio junto a otros aventureros en la capital real.
El gremio estalló en murmullos. Todos conocían el rumor. Nadie sabía que yo era ese aventurero.
—Escucha bien —continuó—. Dentro de poco partiremos. Solo te pido paciencia.
No solo la vida de tu amiga —o quien sea— está en peligro. Esos orcos han crecido atacando aldeas pequeñas, secuestrando mujeres.
Encendió un puro grueso y aspiró con calma.
—¿Sabes lo que les hacen a las mujeres, verdad?
Los orcos no tienen hembras. Se reproducen con mujeres de otras especies… y las humanas son las que más buscan.
El gremio quedó en completo silencio.
—Así que deja de jugar al héroe por una vez en tu vida y ayuda con esta misión.
Vamos al mismo lugar. Atacaremos su asentamiento mientras están en reposo.
Cuando todo termine, podrás ir a ver a tu amiga… si sigue con vida.
Sus palabras pesaron como una losa.
Aparté la mirada y suspiré antes de dar media vuelta y sentarme.
Los demás aventureros se separaron de mí, como si fuera un peligro latente.
Calyndra y Evangelina se sentaron a mi lado sin decir nada.
—Entonces que sea rápido —dije finalmente.
—Siempre son iguales estos mocosos —respondió el maestro del gremio mientras se daba la vuelta—. No te preocupes, no tardaremos. Partimos en breve.
Regresó a su oficina, y poco a poco el gremio volvió a la normalidad.
—Auren —habló Evangelina, sosteniendo mi mano—. Por favor… los orcos no son suaves con las mujeres. Muchas de ellas pueden estar en un punto crítico.
Si es así… por favor, dales una muerte rápida.
Bajó la mirada, como si esas palabras le dolieran más a ella que a nadie.
—¿Eso es lo mejor? —pregunté—. ¿No podría curarlas?
—Auren… curar el cuerpo físico no es lo mismo que curar la mente o el alma —respondió con calma.
Comprendí sus palabras y solo asentí, apretando los puños.
El maestro del gremio tenía razón. En este mundo, las desgracias ocurren a cualquier hora. Quizá adelantarme había sido un error.
Ese día no salimos del gremio. Pasaron alrededor de dos días hasta que todo estuvo listo. Varios grupos de aventureros fueron asignados y las carretas debían compartirse.
—¡Hey, muchacho!
Una voz conocida llamó mi atención desde abajo. Era José, acompañado de su equipo.
—¿Nos das un aventón hasta nuestro destino?
No hubo problema. Hicimos espacio y subieron.
—Supe que casi te peleas con el líder del gremio —dijo José, sentándose frente a mí.
—Sí… es bastante rudo —respondí.
—Lo es. Es un ex rango S. Dicen que sus barreras pueden detener el aliento de un dragón mediano… y que luchó varias veces junto a la reina.
Eso sí me sorprendió.
—¡Auren! —llamó Evangelina desde el frente—. ¿Puedes hacer lo de siempre?
Bajé del carruaje y me acerqué a los caballos. Coloqué mis manos sobre sus cabezas y ambos inclinaron el cuello.
—Fuerza media.
Una luz recorrió sus cuerpos, fortaleciéndolos.
—Eso es nuevo.
Una voz conocida habló detrás de mí. El maestro del gremio me observaba, acompañado por la recepcionista.
—¿Acabas de fortalecer a tu caballo?
—Sí —respondí con sequedad.
—No tengo intención de enemistarme contigo, niño —dijo—. Eres fuerte, tienes habilidades… pero sigues siendo joven y actúas por impulso.
Eso puede llevarte a cometer un error fatal.
Su mirada se desvió hacia Calyndra y Evangelina.
—Tu vida puedes arriesgarla si quieres. ¿Pero la de ellas también?
Guardé silencio.
—Haznos un favor —continuó—. Si quieres que lleguemos rápido, fortalece a los demás caballos. Es la forma más eficiente.
Asentí y fui uno por uno, encantándolos de manera discreta. Nadie entendió qué hacía, salvo él y la recepcionista.
—Todo listo —anunció finalmente—. Partimos ahora. Pararemos solo cuando sea necesario.
Poco después, abandonamos la ciudad. Solo unos pocos quedaron atrás para hacer guardia.
El primer día no tuvimos dificultades.
Los monstruos del bosque no se acercaron a nosotros, incluso viajando con un grupo de catorce caballos y entre treinta y cuarenta aventureros. No hicimos paradas durante el día; los caballos no mostraron signos de agotamiento. Solo descansamos al caer la noche.
De manera discreta, me acerqué a cada caballo, de cada equipo aprovechando la oscuridad de la noche para observándolos con atención y asegurándome de que todos estuvieran en buen estado.
—Bien hecho —dijo el Maestro del Gremio que llego en ese momento cuando terminé de revisar el último.
—Avanzamos bastante hoy. Si todo sigue así, llegaremos a la aldea mañana o pasado mañana. Por suerte, en mi último informe los orcos aún no habían llegado hasta allí.
—Esperemos que siga siendo así —respondí, bajando la mirada.
El Maestro apoyó una mano sobre mi hombro.
—Muchacho… lamento si dije cosas que no te agradaron. Pero así es el mundo. Puede que hayas vivido cosas que yo no, o que seas más fuerte, pero la realidad no cambia. En algún lugar alguien ríe, y en otro alguien llora. No puedes salvar a todos. No puedes cargar con la felicidad del mundo entero.
Sentí que esas palabras ya las había escuchado antes, en otro momento, en otra voz. Suspire suavemente y asentí.
Regresé al carruaje y pedí a Calyndra que levantara una barrera para todos. Ella aceptó, no sin antes abrazarme y acurrucarse contra mi pecho.
Dormimos tras una cena ligera.
Tardamos dos días en llegar al pueblo.
Lo vimos desde la distancia… y algo no estaba bien.
—No veo guardias —dijo Evangelina—. La puerta está abierta, pero no hay nadie custodiándola.
El Maestro hizo una señal al cielo; una barrera con forma de espada apareció sobre nosotros.
—Alerta máxima.
Las carretas atravesaron la entrada y nos internamos en el pueblo. Estaba vacío. No se escuchaba nada. Un silencio inquietante nos envolvía.
Nos detuvimos en el centro.
—Revisen las casas. Busquen sobrevivientes. Si encuentran algo extraño, avisen. Nos reuniremos aquí al atardecer.
Los aventureros respondieron al unísono.
—Calyndra.
—Sí.
—¿Puedes detectar vida?
Ella extendió su magia, creando una corriente de viento que recorrió cada edificio, como un sonar invisible.
—Hay alguien vivo.
Nos dirigimos a una casa. Dentro, encontramos un almacén subterráneo oculto tras una puerta de madera. La rompí sin dificultad.
Abajo, dos niños se abrazaban, llorando.
—Hola, pequeños —dijo Evangelina, arrodillándose frente a ellos—. Todo está bien ahora. ¿Pueden decirnos qué ocurrió?
No pudieron responder. Solo se aferraron a ella entre sollozos.
Los llevamos a la superficie, donde el Maestro y otros aventureros improvisaban un campamento para refugiados.
—Déjenlos aquí —dijo la recepcionista, acomodando mantas—. Nosotros nos encargamos.
Asentimos. Sabíamos que estaban demasiado traumatizados para hablar.
Seguimos investigando.
—Calyndra… ¿Qué atacó este lugar?
Ella reflexionó.
—Orcos. Muchos. Arrasaron el pueblo. Y si el lugar está relativamente limpio… significa que alguien los estaba controlando.
—Pero son monstruos… —murmuró Evangelina—. ¿Podría ser… la Rey Demonio?
Nadie respondió.
Al caer el atardecer casi llegando la noche, los aventureros regresaron.
Solo había cuatro sobrevivientes.
Dos niños.
Dos ancianos.
La noticia fue devastadora confirmando las palabras de Calyndra solo que se agregaron mas detalles con los testimonios de los supervivientes.
La ciudad fue atacada por un ejercito de Orcos comandando por cuatro Generales Orco que lideraron el ataque. Mataron a todos los hombres. No había cuerpos: los orcos los usaron como alimento.
Los niños y ancianos no corrieron mejor suerte.
Solo las mujeres fueron capturadas.
—Eso significa que siguen vivas —dijo el Maestro con voz grave—. La situación ha cambiado. Si avanzaron tan rápido, hay un Rey Orco poderoso entre ellos que ha estado dando instrucciones en lo peor del caso probablemente ya notaron nuestra presencia. Enviaremos Exploradores durante la noche. Cuando tengamos información, trazaremos un plan, por el momento vamos a tomar un descanso, preparan se para mañana pues atacaremos con la información de los exploradores, todo aquel que sea un explorador prepare se para salir.
—Auren.— habló Calyndra.— Hay movimiento cerca… y dentro de la ciudad.
Algo dentro de mí también gritaba esa misma advertencia.
—Maes…
No pude terminar la frase.
Una flecha envuelta en llamas impactó a un aventurero cercano y, al instante, una lluvia de proyectiles ardientes cayó desde el cielo.
—¡Calyndra!
Ella asintió sin dudar y creó una barrera que nos cubrió a todos, deteniendo las flechas justo a tiempo, mientras el herido era arrastrado para recibir atención.
—Tsk.— chasqueó la lengua el maestro del gremio.— Maldita sea… esos cerdos se adelantaron.
—Calyndra, ¿puedes encargarte de los arqueros?— pregunté de inmediato.
—Evangelina.— Hablo Calyndra dirigiendo la mirada a Evangelina.— Es tu turno ahora. Muéstranos lo que alguien que ha superado su antiguo yo es capaz de hacer.
—Calyndra…
Por un momento pareció dudar. Bajó la mirada y apretó un puño contra su pecho.
—Lo haré.— respondió con firmeza.— Mira, Auren. Esto es lo que he crecido.
Evangelina se colocó junto a Calyndra y alzó ambas manos. Inhaló con fuerza y su energía mágica comenzó a concentrarse, formando una enorme esfera de hielo sobre nosotros. La temperatura descendió de inmediato, el aire se volvió pesado y cortante.
—Bien hecho, pero aún no la controlas del todo.— dijo Calyndra con calma.— Déjame ayudarte.
Colocó una mano sobre la de Evangelina y la energía dispersa se condensó únicamente en la esfera, estabilizando el entorno.
—Cuando estés lista, hazla explotar. No te preocupes, ya modifiqué la barrera para expulsar tu magia.
Evangelina asintió.
La esfera, ahora gigantesca, explotó en el cielo y se fragmentó en incontables cuchillas de hielo que se expandieron por toda la ciudad.
Las flechas dejaron de caer.
Aunque varios edificios resultaron dañados, el ataque había cesado. Evangelina cayó de rodillas, exhausta por el esfuerzo.
—Bien hecho.— dijo Calyndra mientras se arrodillaba a su lado y comenzaba a transferirle magia.
—Impresionante, muchacha.— habló el maestro del gremio.— Pero no es momento de celebrar.
De la nube de polvo emergió un ejército de orcos.
Cientos de ellos avanzaban, y detrás, tres figuras imponentes: Generales orcos cubiertos con armaduras completas.
—Auren.— dijo Calyndra.— Danos tus instrucciones.
Giré la cabeza. Vi a los aventureros moverse con caos: algunos se preparaban para huir, otros para luchar.
Huir o luchar.
Para quienes no podían enfrentarse a lo que venía, huir era lo natural.
Pero… ¿por qué luchar?
—Muchacho.— habló el maestro del gremio.— Sabíamos que esto podía pasar. Somos conscientes de que podríamos morir. Para nosotros, esto es solo otro día como aventureros.
—Así es, niño.— añadió José mientras se acercaba con su grupo.— No tenemos nada contra los que quieran escapar. Al final, cuando mueres… todo termina.
Tras sus palabras, más aventureros se acercaron a mí, dispuestos a pelear.
—Calyndra.— dije con un tono más suave.— Ayúdalos. Evangelina, tú también.
—¿Y tú qué harás, Auren?— preguntó Calyndra.
—Crearé un ariete.— respondí.— Mis armas, por favor.
Calyndra abrió una brecha en la barrera y expulsó mis guanteletes, que encajé en mis brazos.
—Auren.— dijo Calyndra.— En las montañas, cerca de la ciudad, está la guarida de los orcos. Adelántate. Nosotros nos encargaremos de esto.
Asentí. Respiré hondo y dejé que mis músculos se activaran. Mi aura cubrió todo mi cuerpo y la moldeé hasta formar un enorme escudo frente a mí.
—Me adelanto.— dije.
Salí corriendo, dejando atrás el estruendo de la batalla.
Punto de vista de Calyndra
Ver a Auren avanzar con determinación, aun cuando duda consigo mismo, es lo que me hace sentir tranquila.
Me doy cuenta de que, pese a su fuerza, no se deja dominar por ella.
—Oye, chica.— habló el maestro del gremio.— ¿Cómo sabías dónde estaba el asentamiento de los orcos?
—Porque cuando escaneé la ciudad con magia de viento, extendí el alcance hacia los alrededores… y más allá.— respondí con seriedad.
—Espera.— frunció el ceño.— Si podías hacer eso, ¿por qué no avisaste que los orcos se estaban moviendo o que nos atacarían?
—Porque cuando realicé el escaneo estaban detenidos, lejos de la ciudad.— respondí sin rodeos.
—Entonces también pudiste haber dicho dónde estaban los sobrevivientes.— intervino otro aventurero.
Lo miré con frialdad.
—No es mi trabajo hacerles la vida fácil.— dije con un tono cortante.— Mi equipo es Auren y Evangelina. Ustedes no.
El maestro del gremio suspiró, visiblemente cansado.
—¿Puedes encargarte de los Generales orco?— preguntó finalmente.
—Sí.— respondí.— De hecho, eran mis objetivos principales.
Alcé ambas manos y condensé mi magia en el cielo. Las nubes comenzaron a agitarse y, en cuestión de segundos, truenos violentos resonaron sobre nosotros.
Rayos descendieron con furia, impactando directamente contra los orcos. Dos de los Generales fueron eliminados sin resistencia, junto a varios esbirros.
—Evangelina.— dije con calma.— Te dejaré a uno… y algunos orcos más. Es tu turno ahora.
Extendí mi magia una vez más, creando una enorme barrera alrededor de la ciudad para impedir la huida de los orcos. Una sección fue destruida casi de inmediato.
No necesité preguntar quién había sido.
—Tsk…— murmuré mientras reparaba la barrera.— Auren…
—Hagan su mejor esfuerzo.— añadí en voz alta.
Los aventureros se quedaron en silencio, impactados por lo que acababan de ver.
Todos… excepto Evangelina.
Ella ya se estaba preparando mentalmente. A diferencia de mí, ella es una espadachina magica. Su lugar estaba en el campo de batalla.
Y esta vez, iba a demostrarlo.
Fin del punto de vista de Calyndra
Punto de vista del maestro del gremio.
Este grupo es realmente un problema.
No me sorprende que hayan sido elegidos para esta petición del gremio.
Una maga elfa capaz de crear barreras de un tamaño absurdo, que lanza hechizos sin encantamientos y elimina Generales Orcos con rapidez, para luego seguir usando su magia como apoyo táctico sin mostrar signos de agotamiento.
Una espadachina mágica que logró formar una enorme esfera de hielo y hacerla estallar en fragmentos para un ataque de área, y que aun así se mueve con soltura por el campo de batalla.
Que no tiene el apoyo directo de esa elfa.
Dios.
He visto de todo en mi vida como aventurero y como maestro del gremio… y aun así, esto me parece un sueño.
Si así pelea este grupo, no quiero ni imaginar cómo lucha aquel muchacho que se lanzó como ariete y destrozó parte del campo de batalla por su cuenta.
—Maestro del gremio.
La voz de mi recepcionista me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué sucede? —respondí sin apartar la vista del frente.
—¿Esto… esto es algún tipo de sueño?
Guardé silencio por un momento.
Era una pregunta válida.
Estamos en clara desventaja numérica. Nos superan fácilmente tres a uno, con tres Generales Orcos incluidos… y aun así, están siendo empujados hacia la derrota.
—Anota todo —dije finalmente—. Todo.
El gremio de la capital va a pedir un informe detallado. Si no me equivoco, frente a nosotros hay futuros rangos S… o algo incluso superior.
Especialmente ese chico… y esa elfa.
Mi recepcionista suspiró en silencio y sacó su escritorio de madera desde su bolsa de almacenamiento mágico. Sin cuestionar nada, comenzó a escribir con rapidez.
—Vaya… —murmuré con genuino interés.
El combate principal estaba a punto de comenzar:
la aventurera llamada Evangelina frente a uno de los Generales Orcos.
Solo la premisa ya parecía absurda.
Una aventurera enfrentándose sola a un General.
Si contara esto fuera del campo de batalla, me llamarían loco. Para derrotar a un General Orco se necesita, como mínimo, un grupo completo de aventureros de rango B… y eso sin contar la presión de los orcos restantes.
No podía permitir que lo hiciera sola.
Me preparé para desplegar un hechizo de barrera, pero justo cuando iba a activarlo, una voz me detuvo.
—No interrumpas.
Giré el rostro.
Una mano extendida frente a mí bastó para hacerme detener. No sentí una amenaza directa… pero sí una advertencia clara.
—Este enfrentamiento es la prueba del crecimiento de ella —continuó la voz—.
Si interfieres, dejaré de apoyar a los aventureros… y tú cargarás con todo.
Era la elfa.
Tragué saliva.
Suspiré con cansancio y bajé la mirada.
No podía sacrificar a todos por salvar a uno solo.
Aun así…
No pude evitar sentirme como una basura.
Cierre del punto de vista del Maestro del gremio.
Punto de vista de Evangelina
Calyndra es realmente monstruosa.
Lo que acaba de hacer es comparable con las leyendas. Mi yo del pasado estaría tan impactada como el resto de los aventureros, sin duda… pero ya me he acostumbrado.
Cuando convives con fuerzas capaces de llevar a la ruina a un país, cosas así dejan de parecer imposibles.
Lo sé.
Yo no soy como ellos.
Pero eso no significa que me quedaré atrás.
No voy a ser una damisela en peligro.
Nunca más.
La espada que me dio Auren es una obra de arte. Responde perfectamente a mi maná; infundirla con magia de hielo fue casi natural.
Aún no puedo manejar Aura como él, pero los magos espadachines conocemos otras formas de sobrevivir en el campo de batalla. Trucos, instinto, movimiento.
Por eso, cuando me lancé hacia adelante contra el ejército de orcos, no sentí miedo.
Mi cuerpo reaccionó con naturalidad.
La espada cortaba carne y armadura sin dificultad.
Sí… yo no tenía miedo.
Pero ellos sí me temían a mí.
—¡Muchachos! —gritó Jose con fuerza—. ¡A la carga!
Sonreí.
Ellos, igual que yo, son humanos. Aventureros. Personas que cada día luchan por seguir con vida.
Y ahora, conmigo, lo estaban dando todo.
La magia de Calyndra cubría el campo de batalla. Durante un instante temí que no nos apoyara… hasta que lo entendí.
El suelo estaba cargado de corriente eléctrica.
Eso entorpecía los movimientos de los orcos, volviéndolos torpes, lentos. La lucha se volvió controlable, casi cómoda… pero solo por un momento.
—Escucha bien, Evangelina —gritó Calyndra—. Como tu maestra, necesito que crezcas. En tu zona no te apoyaré.
—¡Todos, aléjense de Evangelina! Los orcos de su lado no están afectados por mi magia.
Los aventureros se apartaron de inmediato.
Yo también me separé de ellos.
Tal como lo había dicho, estos orcos eran distintos.
Más grandes. Más duros. Más rápidos.
Por primera vez sentí algo claro:
si uno de sus golpes me alcanzaba, no sería un simple error… podría dejarme fuera de combate el tiempo suficiente para ser letal.
Así que no quería cometer ningún error me deje llevar por mis instintos hasta que.
Estaba frente a frente con el General orco, mi espada apuntando hacia él.
Me observó con molestia, evaluándome. En su mano derecha sostenía un hacha de guerra; en la izquierda, un escudo sólido y gastado por la batalla.
Sabe usar armas.
No podía subestimarlo.
Suspiré una sola vez y me lancé hacia él, condensando magia en mi cuerpo para reforzar mis músculos.
Fue la decisión correcta. De no haberlo hecho, el primer golpe me habría partido en dos.
Era increíble cómo, pese a su tamaño, podía moverse con tanta rapidez.
Levantó el hacha y la dejó caer con toda su fuerza. El impacto abrió un cráter en el suelo y levantó una nube de polvo. Me aparté en un salto lateral, pero no se detuvo.
Avanzó y embistió con su escudo, intentando arrollarme.
Creé una barrera de hielo entre ambos.
El escudo la destrozó al instante, los fragmentos salieron disparados en todas direcciones, pero el impacto se amortiguó lo suficiente.
No era un monstruo sin mente.
Era un guerrero.
Y no me lo estaba poniendo fácil.
Para mi sorpresa… eso me hizo sonreír.
Y cuando alcé la vista, vi que él también sonreía.
Esto…
esto era la emoción de la batalla.
Mi corazón ardía, y ese fuego recorría mi piel.
Me adelanté. Sabía que era más rápida, pero no más fuerte. No podía desperdiciar la oportunidad.
Concentré la magia de hielo en la hoja de mi espada.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, lancé un tajo diagonal.
Lo bloqueó con su escudo.
Perfecto.
El metal comenzó a congelarse, el hielo extendiéndose lentamente. Él lo notó de inmediato y, antes de que pudiera avanzar más, me empujó con el escudo, obligándome a retroceder.
Giré en el aire y caí de rodillas, amortiguando el impacto.
Al enfocar la vista, vi cómo el hielo seguía extendiéndose por el escudo.
El general gruñó y se deshizo de él…
no tirándolo, sino lanzándolo directo hacia mí.
No tuve tiempo de esquivarlo.
Lo bloqueé como pude.
El impacto fue brutal.
Mis brazos temblaron, mis pies se deslizaron hacia atrás. Casi solté la espada.
Y entonces él se lanzó.
Hacha en alto.
Fortalecí el encantamiento de hielo del escudo al máximo.
El escudo explotó en fragmentos, convirtiéndose en metralla congelada. Lo ralentizó apenas lo suficiente.
Me deslicé hacia un costado.
El hacha golpeó el suelo, creando otro cráter, pero sin detenerse giró el cuerpo y lanzó un segundo ataque.
No tuve opción.
Lo recibí con mi espada.
Mis manos temblaron con violencia. Sentí cómo la fuerza del impacto recorría mis brazos y mi espalda.
Salí despedida y terminé estrellándome contra una pared.
El aire abandonó mis pulmones.
Apreté la espada con fuerza.
Aún…
aún podía luchar.
Sí… aún podía luchar.
Esto solo había sido el primer golpe.
Podía soportar mucho más.
Pero cuando intenté avanzar, mi cuerpo traicionó esa convicción.
Mis pasos se volvieron torpes, la fuerza abandonó mis piernas y mi visión comenzó a nublarse.
Por un instante, mis ojos se cerraron sin que yo pudiera evitarlo.
—Puaj…—
Caí de rodillas.
Mis manos golpearon el suelo con torpeza mientras un hilo de sangre escapaba de mi boca y manchaba la tierra. No era mucha… pero sentía el pecho arder, como si algo me estuviera robando el aire desde dentro.
El general orco no dudó.
Levanté la vista justo a tiempo para verlo lanzarse hacia mí, su arma alzada por encima de su cabeza, el filo apuntando directo a mi cuerpo. Forcé a mis brazos a reaccionar y me impulsé hacia un costado. Lo logré… apenas.
El impacto del golpe, aun sin alcanzarme de lleno, fue suficiente para lanzarme por el aire. Mi cuerpo salió despedido y terminé sentada contra una pared, el golpe arrancándome el aliento.
No se rió.
Eso fue lo peor.
Ya no me estaba subestimando.
Había entendido que yo era una amenaza.
Avanzó de nuevo.
Esta vez, sin prisas.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano enorme se cerró sobre mi cabeza y me levantó del suelo con facilidad. Mi cuerpo no respondió. Los músculos no reaccionaban. Todo había sido… solo un golpe…
Yo…
—Bueno, fue un buen intento, Evangelina.
No lo hiciste mal.
Solo tuviste mala suerte… y demasiada confianza.
La voz de Calyndra llegó a mis oídos.
El general orco se detuvo.
No por un hechizo.
No por una barrera.
Por miedo.
—Evangelina, sigues siendo humana —continuó Calyndra con calma absoluta—. Frágil. Con poco aguante a los golpes.
Tu oponente es un orco. Y uno fuerte.
Caminó hasta quedar a un lado del general.
Ni siquiera lo miró.
Aun así, el cuerpo del orco temblaba visiblemente.
—Entiendo que a veces no queda otra que recibir un impacto —prosiguió—. Pero tú no posees el Aura de Auren. Tu magia tampoco se especializa en resistencia.
Entonces dime… ¿qué hiciste mal?
No hubo burla en su voz.
Solo verdad.
—Falta de práctica —sentenció—. Le diré a Auren que te enseñe a usar Aura, al menos lo suficiente para reforzar tu cuerpo.
Has crecido, Evangelina. Mucho.
Pero sigues siendo débil.
No sonó cruel.
Sonó honesto.
—No te desanimes. Seguiré enseñándote.
Calyndra apoyó una mano sobre el brazo del general orco.
No hubo grito.
No hubo lucha.
El cuerpo se congeló en un instante… y al siguiente, se hizo trizas, desmoronándose en fragmentos helados ante mis ojos.
Cierre del punto de vista de Evangelina
Había dejado la ciudad atrás desde hacía tiempo.
No sabía cuánto daño pude haber causado, pero al menos esperaba haberlos ayudado. Tal como lo dijo Calyndra, su base estaba en las montañas.
A medida que avanzaba, una sensación inquietante comenzó a golpear mi instinto.
No tardé en encontrar lo que buscaba: la entrada a una cueva, posiblemente su escondite.
Dos orcos con armaduras incompletas la vigilaban. No fue complicado acabar con ellos de un solo golpe.
Mis ojos se enfocaron en el interior. La oscuridad era absoluta, así que formé una esfera de Aura para iluminar el camino. Por un momento pensé que encontraría un pasillo desordenado, lleno de restos y suciedad, pero estaba más limpio de lo que esperaba.
Mientras avanzaba, escuché suaves quejidos y golpes apagados.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Finalmente llegué a una puerta. Detrás de ella estaba el origen de aquellos sonidos.
La abrí… y lo que vi me heló la sangre.
No pude mirar más. Aparté la vista de inmediato.
Por supuesto, había llamado la atención de los orcos que estaban allí. Gruñeron y rieron al verme, como si intentaran quebrar mi espíritu.
No.
Mi espíritu no se rompió.
Simplemente entré en la habitación y cerré la puerta.
Poco después, todo quedó en silencio.
Los orcos fueron asesinados por mis propias manos.
Sin embargo, los gritos habían alertado al resto de la cueva. No tardaron en abrir la puerta.
Me encontraron cubierto de sangre, con el rostro vacío de expresión… pero expulsando un Aura violenta, opresiva.
Todos los orcos que quedaban en la cueva murieron ese día.
Pero había uno que aún no se había presentado.
El Rey orco había escapado.
Y aunque cada fibra de mi cuerpo me pedía perseguirlo y acabar con esto de una vez, había algo que debía hacer primero.
La habitación era enorme.
El pasillo que llevaba a la salida se había convertido en un mar rojo. No podía dejarlo así. No podía permitir que ellas vieran eso al salir.
No hablé con las sobrevivientes.
No les di palabras de consuelo.
Ellas tampoco las buscaron.
Limpié el pasillo en silencio, arrastrando los restos de los orcos hacia habitaciones vacías, lugares donde ya no quedaba nadie con vida. El sonido de los cuerpos deslizándose era lo único que rompía el silencio.
Cuando terminé, salí de la cueva.
Mi cuerpo estaba cubierto de sangre, el aire era pesado, el olor imposible de ignorar. Sabía que no podía hacer esto solo.
Levanté ambas manos y, con una concentración que me costó más de lo esperado, formé una esfera de Aura.
La lancé al cielo y esta exploto.
Una señal.
Había cumplido mi objetivo. Ahora solo quedaba esperar.
Volví a entrar.
Por primera vez pude ver con claridad los rostros de todas ellas.
Miedo. Vacío. Miradas que no estaban del todo presentes.
Me dolió.
Yo no era un monstruo.
—El camino está despejado —dije con voz firme—. Las que puedan moverse, por favor vayan al final del túnel y siéntense allí. Ya envié una señal, pronto llegará ayuda.
Hubo silencio por un momento.
—¿En serio… podemos irnos? —preguntó una de ellas, con la voz temblando.
—Sí —respondí sin dudar.
Algunas lloraron en silencio. Otras intentaron acercarse, como si quisieran preguntar algo, pero se detuvieron. Bajaron la mirada. Las que podían caminar lo hicieron, apoyándose unas en otras, avanzando lentamente hacia la salida.
Mi atención fue para las que no podían moverse.
Primero las inconscientes.
Luego las que me miraron y asintieron.
Al final quedaron ellas.
Las acerqué con cuidado, intentando acomodarlas para poder sacarlas… cuando una mano débil sujetó la mía.
Su cuerpo… su rostro…
Aparté la mirada un instante. Me dolía verlas así.
Por un momento pensé en curarlas.
Lo intenté.
Ellas negaron.
—Por favor… —dijo una de ellas—. Nosotros ya no podemos seguir.
Su voz se quebró.
—Gracias por rescatarnos —continuó—. Perdimos todo… nuestras familias… nuestras hijas… nuestros esposos… todo.
—Y lo sentimos… si esto te duele… pero por favor…
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Acaba con nuestro sufrimiento.
Mi corazón se rompió.
Expandí mi Aura con cuidado, como si temiera lastimarlas incluso en ese último momento. Sentí cómo se adentraba en sus cuerpos, suave, casi como una caricia.
Sonrieron.
De todas las mujeres que había logrado salvar… diez me suplicaron la muerte.
Y se la concedí.
Fue rápido.
Sencillo.
Pero cuando todo terminó, mis piernas fallaron.
Caí de rodillas.
Las lágrimas cayeron al suelo sin sonido alguno.
No grité.
No hablé.
Solo lloré.
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