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Una Estrella Moribunda - Capítulo 33

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Capítulo 33: Es solo un día mas en el Mundo

Punto de vista de Calyndra.

Luego de la derrota de los orcos a manos de todos nosotros, vimos una señal blanca explotar en el cielo, cerca de las montañas donde se encontraba la base de los orcos que le había mencionado a Auren.

—Bien, prepárense. Si es una señal, significa que hay víctimas vivas. Algunos equipos tomen sus carruajes y diríjanse hacia donde está la señal. Sacerdotes, repongan su maná y asegúrense de tener las posiciones necesarias. No vamos a ver cosas bonitas —habló el Maestro del Gremio, dando órdenes a los aventureros.

Los aventureros que se quedaron en la ciudad, junto al personal administrativo, se encargaron de los orcos restantes. Pronto enviaron un ave solicitando más personas para la limpieza y reportando la situación al gremio de la capital real.

Los que partimos llegamos al atardecer. Observamos a varias personas cubiertas con mantas sucias: algunas en muy mal estado, otras un poco mejor, y unas más cubiertas por completo… muertas.

En medio de todas ellas estaba Auren, de pie, observando el bosque. Había cortado tantos árboles que nos abrió un camino directo hacia él. Su mirada era distinta. Se sentía apagada.

—Muchacho… —murmuró el maestro del gremio observando en primera fila.

Cuando llegamos, los primeros en bajar fueron el Maestro del Gremio y el grupo de las Cinco J. Lo observaron por un momento y entendieron la situación. No dijeron nada; solo apoyaron una mano sobre el hombro de Auren.

—Escuchen. Sé que es triste, pero no podemos llevarnos a los muertos. Júntenlos y denles una ceremonia funeraria respetuosa, quemando sus cuerpos para evitar que sean usados como no muertos. Atiendan a los heridos; los que puedan moverse, súban a los carruajes.

Auren no participó en ese momento. Se acercó directamente a nosotras y nos apartamos del grupo para tener privacidad. Nos sentamos en el suelo y él nos abrazó a ambas: a Evangelina y a mí.

Nadie habló. No era necesario.

Solo lo abrazamos, para que entendiera que no tenía por qué pasar por eso solo.

—Muchacho.—

El Maestro del Gremio se nos acercó en ese momento, luego de haber terminado con las personas que habíamos logrado salvar.

—Bien hecho. Esto es la vida real —dijo con voz cansada—. Por más poder que tengas, por más fuerza insuperable que poseas, habrá momentos como este. No puedes estar en todos lados. Esto volverá a pasar… tal vez no aquí, tal vez no en este país, tal vez no este año, pero volverá a suceder…

Estaba por continuar cuando sus palabras fueron interrumpidas por un grito intenso que resonó a lo lejos.

No hacía falta decir qué —o quién— había provocado ese grito.

—Auren…

Anastasia habló al verlo incorporarse. No dijo nada más, pero su mirada estaba afilada, como si pudiera cortarnos.

Auren no respondió de inmediato. Solo se puso de pie.

—Ya vuelvo.

Fueron las únicas palabras que pronunció antes de salir corriendo con todas sus fuerzas en dirección al origen del grito.

El Maestro del Gremio intentó detenerlo, pero Auren ya estaba demasiado lejos cuando reaccionó.

—Olvídelo, Maestro —dije finalmente—. Lo mejor será llevar a los demás de regreso a la ciudad. Nosotras lo esperaremos aquí.

—No —respondió con un tono firme—. Me quedaré. Daré la orden de que trasladen a los heridos y observaré desde aquí si ocurre algo más.

No respondí.

Sabía que no cambiaría de opinión.

Fin del punto de vista de Calyndra

Calyndra… Anastasia…

Lo sé. Sé que se preocupan por mí.

Pero ahora no estoy de humor. No lo estoy en absoluto.

Ni siquiera sé cómo explicarme a mí mismo lo que siento.

Solo sé que, al recordar sus rostros —los rostros de esas mujeres demacradas, rotas, consumidas por el sufrimiento—, mi sangre comienza a hervir.

Cuando escuché el sonido del Rey Orco, no dudé ni un segundo.

Fui tras él.

Nada iba a detenerme.

Los árboles se sentían como hojas en mi camino.

Los arrancaba, los rompía, los dejaba atrás mientras avanzaba sin pensar, sin medir fuerzas.

Quiero asesinarlo.

Finalmente… lo veo.

Pero…

¿Anastasia?

Un estruendo metálico rompió el aire.

Cuando llegué frente a él, mi mano derecha —cubierta por los guanteletes y envuelta en Aura— había detenido su ataque. Quedé de enfrente de a Anastasia, interponiéndome entre ambos.

—Auren…

La voz débil de Anastasia llegó a mis oídos.

—No te preocupes —respondí sin apartar la vista del orco—. Ya estoy aquí. Yo me encargo de esto.

El Rey Orco me miró… con miedo.

Sus ojos temblaban. Su cuerpo también.

Y lo entendí.

No estaba controlando mi Aura. La estaba expulsando sin restricción: una carga blanca que envolvía todo mi cuerpo y se expandía en ondas violentas, haciendo temblar el entorno.

Apreté mi mano.

El arma del Rey Orco se rompió en ese instante, reducida a un simple mango.

Intentó retroceder y, desesperado, volvió a blandirlo como si aún sirviera de algo.

No le di tiempo.

Un solo golpe con el puño cerrado bastó para terminar de destruirlo.

Cayó hacia atrás, arrastrándose, intentando huir.

—Este fue el miedo que les causaste —dije con voz baja—. El sufrimiento. Las atrocidades que cometiste… tú y los tuyos.

Levanté mi mano derecha, dispuesto a asestar el golpe final.

Por un instante… una idea me cruzó la mente.

Hacerlo sufrir.

Devolverle todo lo que había causado.

Torturarlo.

Tenía el poder para hacerlo.

El Aura de mi mano creció, tomando la forma de un puño aún más grande.

Pero…

En lugar de seguir ese impulso, terminé con todo de un solo golpe.

Le arranqué la cabeza.

El cuerpo cayó sin vida.

Suspiré.

Poco a poco, mis emociones se calmaron.

Las ondas de Aura se disiparon, hasta desaparecer por completo.

La batalla había sido corta.

Pero nunca fue una pelea.

—Qué interesante…

La voz de una mujer interrumpió el momento.

Al girarme para verla, distinguí una figura femenina, de una edad similar a la de Evangelina. Estaba completamente cubierta por una capucha negra; solo podía ver desde la nariz hasta la mandíbula, pálida, inexpresiva.

«¿Quién es ella…?»

La pregunta surgió en mi mente de inmediato.

No la había sentido llegar.

Y aun así… mi cuerpo estaba reaccionando.

—No te preocupes… estrella blanca sin nacer… —dijo con suavidad—. No tienes por qué tener miedo.

Comenzó a acercarse.

Intenté ponerme en guardia, pero mi cuerpo no respondió.

Era como si algo me estuviera congelando desde dentro.

Entonces lo entendí.

El mundo se había detenido.

No era yo quien estaba inmóvil…

era todo lo demás.

Solo ella se movía.

Su presencia había congelado el tiempo.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, alzó el rostro y me observó directamente a los ojos, con un interés inquietante, casi curioso.

—”Eres demasiado parecido a él”… —murmuró—. La misma acción. El mismo semblante.

Él también eligió este camino.

Hizo una breve pausa.

—¿Cuál es tu nombre?

—Auren… —respondí, incapaz de negarme.

—Auren… —repitió—. Me gusta ese nombre.

Su mano derecha se alzó lentamente.

—Ahora, Auren… duerme un rato.

Lo último que vi fue su mano acercándose a mi rostro.

Y entonces…

todo se apagó.

—Auren… Auren, despierta.—

Mis ojos se abrieron poco a poco. Al principio, todo era borroso, pero cuando finalmente pude enfocar, vi a Calyndra y Evangelina inclinadas sobre mí, intentando despertarme.

—¿Calyndra…? ¿Evangelina…?— hablé con la voz baja, cansada.

—¿Auren?… ¿Cómo terminaste así?— preguntó Evangelina, claramente preocupada.

—¿Dónde estamos?… ¿Dónde está Anastasia?—

—Qué cruel eres, Auren. Estás con tus dos futuras esposas y preguntas por otra mujer— dijo Evangelina con un tono molesto, cruzándose de brazos.

—Lo siento…— murmuré.— Mis recuerdos están algo confusos.—

—Auren, ¿cómo terminaste inconsciente?— preguntó Calyndra con seriedad.

Miré alrededor con más atención. Ya no estábamos en las afueras ni cerca del bosque. Era una habitación cerrada, limpia. Tardé unos segundos en entenderlo.

…Estábamos en la ciudad.

Entonces, se escuchó un golpe suave en la puerta.

—Me enteré de que acabas de despertar, ¿puedo pasar?—

—Adelante— respondió Calyndra.

El Maestro del Gremio entró acompañado de su recepcionista, quien llevaba una libreta, pluma y un frasco de tinta, lista para tomar notas.

—Auren, disculpa si esto es apresurado— comenzó el Maestro.— Pero conociendo tu fuerza, que hayas quedado inconsciente es… extraño. Puede haber sido el estrés de lo ocurrido, pero necesitamos asegurarnos. ¿Puedes decirnos qué pasó?—

Ambos tomaron asiento. La recepcionista preparó la pluma sin apartar la vista de mí.

—No lo recuerdo bien… realmente— respondí tras unos segundos.— Solo… una voz femenina preguntando mi nombre. Era como una figura oscura… su voz se sentía familiar… y después… todo se volvió negro.—

Bajé el rostro, cubriéndome la cara con una mano. El simple intento de recordar me provocó un dolor punzante en la cabeza.

Me sorprendí. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así.

—Maestro del Gremio, eso es todo— intervino Calyndra.— Por favor, deje descansar a Auren.—

El Maestro asintió sin discutir. Él y la recepcionista se levantaron y salieron de la habitación en silencio.

Justo entonces, mi visión comenzó a oscurecerse otra vez.

Lo último que vi fue a Calyndra y Evangelina hablándome, pero ya no pude responder.

El cansancio me arrastró de nuevo hacia la oscuridad.

Punto de vista de Anastasia

Mis ojos se abrieron lentamente debido a la luz del sol que se colaba por la ventana. Cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que me habían traído a la habitación de alguna casa en el pueblo.

Mi mente estaba hecha un desastre.

Recordaba haber luchado contra un general orco, como metamorfama que cambiaba de forma… y sobre todo, recordaba haber estado a punto de morir a manos de un rey orco.

Hasta que él finalmente me salvó.

Solté un suspiro pesado mientras me sentaba en la cama, manteniendo la mirada baja. Observé mis manos y mis brazos casi por reflejo. Luego recogí mis piernas y las abracé, como intentando protegerme de algo que ni siquiera podía explicar.

No quería que nadie me viera.

No quería hablar con nadie.

Solo quería estar sola.

Pero mi deseo no pudo cumplirse.

La puerta fue tocada.

Y después escuché su voz.

Evangelina.

Una lágrima recorrió mi mejilla cuando su voz suave me llamó desde afuera.

—Princesa, voy a pasar. Espero que ya esté despierta.

—No… no quiero ver a nadie. No entres —respondí con enojo.

Sin embargo, entró de todas formas.

—Siempre con lo mismo. Desde niña eras igual —dijo Evangelina, rodando los ojos mientras se cruzaba de brazos—. Cuando algo no te salía bien, ibas a tu habitación, te encerrabas y hacías un berrinche.

Su forma de hablar me irritaba… como si todavía me viera como una niña pequeña.

—¡Cállate! ¡Cállate, cállate, cállate! —grité—. ¡No quiero hablar contigo! ¡Solo vete!

Pero Evangelina no se fue.

Se acercó más a mí. Aunque yo mantenía la mirada fija en mis rodillas para no verla, pude sentir cómo se sentaba a mi lado.

Luego me abrazó.

—Qué bueno que estés bien, princesa… Anastasia —dijo con suavidad—. Si te hubiera perdido en ese momento… me habría puesto muy triste.

No pude soportarlo más.

Las lágrimas comenzaron a salir sin control. Solté mis piernas y la abracé con fuerza mientras lloraba.

—Evangelina… tenía mucho miedo. Ese General orco… ese Rey Orco… no tenía ninguna oportunidad contra él. Metamorfa se desprendió de mí y mi cuerpo cayó sin energía…

Evangelina golpeó suavemente mi espalda, intentando consolarme mientras repetía en voz baja:

—Lo sé… lo sé…

Fin del punto de vista de Anastasia

Calyndra y yo nos habíamos acercado al comedor comunitario que se había creado para los damnificados. Aunque el ambiente había cambiado un poco, todavía se sentía una tristeza pesada por todo lo que había pasado.

Los sobrevivientes evitaban mirarme a los ojos.

Realmente no los culpo.

—Muchacho —me llamó el maestro del gremio levantando una mano—. ¿Vienes a desayunar?

—Maestro del gremio, no realmente. Solo quería venir a despedirme y ver cómo estaban las cosas. Aún tenemos un objetivo: llegar a la siguiente ciudad. No creo que podamos hacer mucho más aquí.

—Ya veo, muchacho. Bueno, no podemos detenerte. Pero antes de que te vayas, por favor acompáñame usted y su compañera. También me gustaría que viniera la otra chica… será algo rápido.

—No creo que podamos ahora, pero con gusto puedo pasar el mensaje —respondió Calyndra.

—No creo que sea necesario. Por favor, preséntenme sus tarjetas del gremio —dijo la secretaria del maestro, acercándose a nuestra conversación.

No tuvimos problema en ese momento y entregamos nuestras tarjetas. Ella se retiró por unos momentos mientras observábamos a las personas alrededor.

—Hermano…

La voz de un pequeño niño llamó mi atención cuando tiró suavemente de mi ropa.

Bajé la mirada y me puse a su altura.

Me dejó sin palabras.

El niño me abrazó con fuerza mientras me daba las gracias.

Pero esa acción llamó la atención de los demás.

No fue el único.

Los otros niños que estaban comiendo dejaron sus platos y se acercaron también.

Uno por uno.

Hasta que todos terminaron abrazándome.

Calyndra solo rió al ver aquello, mientras que el maestro del gremio colocó una mano sobre su cabeza, claramente sorprendido por la escena.

—Lo hiciste bien, chico —dijo finalmente—. Todos estos niños y adultos siguen con vida gracias a ti… y además le diste un funeral a quienes partieron.

No pude evitar que una lágrima saliera de mi ojo.

En ese momento también abracé a los niños.

Aunque no pude salvar a muchos…

los que sobrevivieron hoy tendrán un futuro.

Finalmente, después de aquella escena, preparamos el carruaje para salir de la ciudad. Ya no teníamos nada más que hacer aquí y nuestro destino nos esperaba.

Sin embargo, aún no partíamos porque estábamos esperando a Evangelina. El maestro del gremio acababa de devolvernos nuestras tarjetas.

—Bien, muchacho. Suerte en tu camino. De momento nosotros nos retiramos —dijo el maestro—. Tenemos muchos documentos que firmar y debemos esperar lo que sucederá en esta ciudad. Probablemente venga algún representante del gobierno.

—¡Auren! ¡Calyndra! ¡Esperen!

Evangelina se acercó corriendo hacia nosotros.

Detrás de ella venía Anastasia.

Calyndra la miró con un leve odio, pero yo le di un pequeño golpe en la cabeza para que no hiciera nada imprudente.

—Vamos, Anastasia, sube —dijo Evangelina.

Tomó su mano y prácticamente la obligó a subir al carruaje. Anastasia no protestó. Evangelina la abrazó y colocó la cabeza de la princesa sobre su pecho mientras le acariciaba el cabello.

—Bien, chico. No te quitamos más tiempo. Ten buena suerte.

Después de aquella despedida finalmente partimos.

Salimos de la ciudad y avanzamos durante todo el día. Nadie habló durante el viaje.

Cuando cayó la noche decidimos detenernos y salir del camino para montar un pequeño campamento.

La cena fue silenciosa.

Después de comer, Calyndra y Evangelina se fueron a dormir.

Solo quedamos Anastasia y yo.

—Oye… Auren —dijo Anastasia sentada frente a la fogata sobre un tronco.

Su rostro se veía apagado… como si estuviera a punto de llorar.

—¿Qué sucede? —respondí sin mirarla, mientras lavaba los platos.

—¿Qué es lo que te impulsa a seguir adelante? —preguntó—. No eres noble, no tienes una familia que te presione… y tampoco necesitas hacerlo si tienes a Calyndra que puede defenderte.

Hubo un silencio largo.

Parecía durar horas.

—Oye… lo siento —dijo mirando el suelo—. Solo quería saber.

—No hay ninguna motivación.

—¿Eh?

Anastasia levantó la mirada confundida.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo puedes decir que no hay motivación? ¿Acaso no quieres defender a Calyndra o a Evangelina? ¿Acaso eres un cobarde?

—Es cierto… si me volviera más fuerte por querer protegerlas, estaría justificado… ¿no es así?

Entonces la miré.

La luz de la luna iluminaba su rostro.

Las lágrimas caían de sus ojos.

—Y volverme más fuerte sería genial —continué—. Podría ser el mejor… podría tener lo que quisiera. Nadie podría negarme nada.

—Eso… eso es cierto… pero…

—Ser todo… y tenerlo todo… ¿es algo que iría conmigo?

—Eh… no… lo sé…

—La respuesta es no. No tengo motivación para ser más fuerte ni para ser el más fuerte. No quiero tenerlo todo. No me interesa el poder, la fama o la gloria. Tampoco quiero ser amado por todos como un héroe.

—No te entiendo —dijo levantándose—. ¿Cómo alguien como tú, que puede tenerlo todo… no quiere tenerlo?

—Porque no lo quiero.

Ella se levanto y se acerco a mi para tomar el cuello de mi camisa y me jaló hacia a ella acercando su rostro.

Lloraba con más fuerza y al mismo tiempo pude sentir su frustración desbordarse.

—¿Acaso eres un idiota? Si yo fuera tú lo tomaría todo. Si fuera fuerte como tú, si fuera hábil como Calyndra, lo tomaría todo.

—Entonces… ¿por qué no lo tomas?

—Porque soy débil —dijo con rabia—. Porque ya no puedo seguir creciendo. Estoy en mi límite. ¿Cómo puedo competir contra eso?

Levanté mi mano y limpié sus lágrimas.

—Ese es el problema —le dije—. ¿Por qué quieres competir?

—¿Eh?

—¿Por qué necesitas competir contra eso?

—Porque quiero ser mejor… más fuerte… no puedo cerrar los ojos sin ver algo frente a mí que siento que nunca podré alcanzar, porque soy yo la que tendrá que cargar con todo un pueblo, no puedo permitirme ser este estorbo.

—Anastasia…

Algo me impulsó a besar su frente.

—Tú no necesitas competir contra eso o “ello”. Porque ya lo superaste solo que no te has dado cuenta.

—Pero…

—Si me preguntas qué me motiva… la respuesta es nada.

Si preguntas contra quién compito… también es nada.

—Entonces… ¿por qué sigues adelante?

—Porque simplemente quiero seguir adelante.

—…

—Esa fue la decisión que tomé al principio. Seguir caminando.

No quiero arrepentirme de eso.

Me solto.

Anastasia quedó inmóvil frente a mi

Yo caminé hacia donde dormían Calyndra y Evangelina.

Habían dejado un espacio entre ellas para mí.

Apenas me acosté, ambas se lanzaron sobre mí para dormir.

Punto de vista de Anastasia

Las últimas palabras de Auren resonaban en mi mente.

Sentí como si algo dentro de mí se quebrara.

Si Auren no lucha por motivación…

ni por competencia…

Entonces… ¿qué es lo que lo mueve?

Una palabra apareció en mi mente.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Libertad.

Auren es libre.

¿Yo también puedo serlo?

Levanté la mirada hacia las estrellas y la luna.

El viento frío recorrió mi cuerpo y un pequeño escalofrío me hizo abrazarme a mí misma.

—Quiero ser libre…

Punto de vista del Marquez.

Me encontraba solo en una de las casas vacías de la ciudad.

Desde el segundo piso observaba la salida de la ciudad a través de una ventana. La casa estaba casi en las afueras, lo suficiente para poder ver las puertas.

Actualmente no quedaba nadie conmigo. Todos mis soldados habían muerto a causa de los orcos. En este momento no tuve otra opción que dejar ir a Anastasia; seguir con ellos habría sido demasiado peligroso.

Bajé la mirada por un momento y llevé una mano a mi rostro, estirando la piel de mi cara hacia abajo con cansancio.

Cuando volví a mirar por la ventana…

…una mirada me devolvió la mirada.

—¿Eh?

Me aparté inmediatamente de la ventana.

La elfa.

Aquella maldita elfa me había visto.

Poco después que vi cómo Anastasia y la otra chica, Evangelina, empezaban a correr para alcanzar a ese muchacho.

Suspiré con cansancio y me dejé caer en el sofá, sentado con las piernas abiertas.

—Maldita sea… ¿de dónde salieron estos tipos?

Mi voz estaba cargada de irritación.

Se suponía que el Rey Orco sería una calamidad suficiente como para obligar a la Reina a abandonar su trono y entrar en combate, mientras su hija se dirigía a Rocks. Con eso podríamos manipular al Rey y tomar el control del reino.

Pero todo había salido mal.

Suspiré nuevamente, molesto, mientras sacaba un pequeño reloj de mi bolsillo.

Sabía que ahora venía la parte más difícil.

—Soy yo.

Abrí el reloj. Un leve brillo mágico apareció en su interior.

Después de unos segundos, una voz grave respondió desde el otro lado.

—Habla.

—El orco fue asesinado. Todos los demás también.

Silencio.

Ese silencio me provocó más miedo que cualquier respuesta.

—¿Qué hago ahora? —pregunté finalmente.

La voz respondió con calma.

—Los sucesos inesperados también pueden ser interesantes.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—Ahora irás al lugar donde estaban los orcos. Alguien irá a recogerte. Después irás a Rocks.

—¡Espere! ¡No puedo ir allí! Esos tipos son…

—No te pregunté si querías hacerlo.

La voz se volvió fría.

—Vas a ir. Y listo.

La comunicación mágica se cortó.

El brillo del reloj desapareció.

Me quedé observándolo en silencio durante unos segundos.

Ahora lo tenía claro.

Solo tenía dos opciones.

Ir a Rocks… y convertirme en un sacrificio útil.

O morir aquí mismo.

Y morir tampoco era realmente una opción.

Porque si moría…

había muchas probabilidades de que me convirtieran en un muerto viviente.

Un esclavo para toda la eternidad.

Fin del punto de vista del Marquez.

Punto de vista del Maestro del gremio

—Así que… ¿eso fue lo que ocurrió?

En ese momento me encontraba en mi oficina, participando en una transmisión mágica con la Maestra del Gremio de la capital y la Maestra del Gremio de la ciudad anterior a la nuestra.

Estaba cansado. Tenía las manos sobre mi rostro, estirando mis facciones con agotamiento, mientras mi secretaria permanecía a un lado observándome mientras terminaba de dar mi reporte.

—Bueno… por algún motivo pensé que el Rey Orco sería un rival fuerte para Auren, pero… —comentó la Maestra del Gremio de la capital.

—Ese chico es bastante fuerte —añadió la otra Maestra del Gremio—. Cuando lo vi por primera vez intenté medirlo con mis ojos. Incluso simulé una batalla contra él en mi mente… pero cada combate terminaba en derrota para mí.

—Así que… ¿usted también sintió eso?

Una nueva voz se escuchó entonces en la transmisión.

—Oh… hacía mucho que no escuchaba tu voz, Reina —continuó la otra Maestra del Gremio.

Mis ojos se abrieron de inmediato.

Tanto mi secretaria como yo nos arrodillamos por respeto, incluso si la Reina no estaba presente físicamente en la transmisión.

—No hace falta tanta formalidad, Maestro del Gremio de [nombre de la ciudad] —respondió la Reina con calma—. Se nota que no lo has pasado bien estos días.

—Así es, mi Reina.

Volví a sentarme lentamente en la silla mientras mi secretaria también se levantaba.

La Maestra del Gremio de la capital tosió suavemente para llamar la atención.

—Hablando en serio… ¿cuál fue tu punto de vista sobre ellos dos?

Respiré profundo antes de responder.

—Para ser sincero… Auren solo me pareció un chico joven.

Hubo un breve silencio.

—Es fuerte, sí… pero no sentí nada fuera de lo normal en él. Solo un muchacho que aún está creciendo. Con emociones, dudas y sentimientos.

Hice una pausa antes de continuar.

—Pero la elfa… ella era muy diferente.

Las dos maestras guardaron silencio.

—Parece que los rumores eran ciertos… ¿Una elfa de cabello grisáceo derrotó a la Maestra del Gremio?

—¡No hablemos de eso! —exclamó la Maestra de la capital poniéndose de pie de golpe—. No quiero recordar esa pelea… solo pensarlo me da escalofríos.

Después volvió a sentarse.

—Así que realmente te pareció así —comentó la otra Maestra del Gremio—. No me sorprende. Cuando la vi… tuve la sensación de que podría matarme en cualquier momento si quisiera.

La Reina habló entonces con un leve suspiro.

—Yo sentí algo parecido.

Su voz sonaba tranquila… pero pesada.

—Podría derrotar a esa Efla llamada Calyndra.

Hizo una breve pausa.

—Pero cuando pensé en Auren… solo pude verme a mí misma cayendo primero.

Un silencio pesado llenó la transmisión.

Decidí continuar la conversación.

—Disculpe, mi Reina… ¿cuál fue el motivo de enviarlo a esa misión junto a su hija?

—Por Anastasia.

—¿No fue por él?

—En parte también.

La Reina suspiró.

—Pero fue por mis planes por que necesita ser reconocido por varios Maestros del Gremio además de mí para que pueda ser recomendado oficialmente para la prueba de Rango S.

—Si sigue así, será solo cuestión de tiempo.

—Por cierto, Reina —intervino la otra Maestra del Gremio—. Ya le había dicho que Anastasia no debería seguir sus pasos ni tomarla a usted como su meta final. ¿Por qué permitió que continuara por ese camino?

La Reina pareció pensarlo unos segundos.

—Siempre me ha idolatrado… supongo que por las historias que leyó en los libros cuando era niña.

La Maestra del Gremio suspiró con cansancio.

—Sigue siendo una niña… y se está quebrando. Quién sabe qué pasará durante este viaje.

Luego añadió:

—Tal vez incluso termine enamorándose de ese chico.

La Reina guardó silencio un momento.

—Hmm… ¿sería posible usar eso políticamente?

—¡DENEGADO! —gritamos los tres maestros al mismo tiempo.

La Reina soltó una pequeña risa.

—Sí, sí… lo sé.

Fin del punto de vista del Maestro del gremio

Punto de vista de José Líder del grupo de las 5 J

Luego de que el muchacho se fuera de la ciudad, nos tocó a nosotros encargarnos de los escombros y, al mismo tiempo, servir como un muro para protegerla.

Por supuesto, los cuerpos de los orcos y la sangre derramada atraerían a todo tipo de bestias, así que debíamos actuar rápido.

Auren no se encargó de esto, pero su compañera incineró a la mayoría de los orcos antes de irse.

Aún me sorprende lo fuerte que era.

—Hey… maldición, ¿por qué tenemos que limpiar todo este desastre?— se quejó uno de los aventureros.

Mientras levantábamos escombros, los restos de los orcos que no habían sido destruidos o incinerados eran almacenados en cámaras frías, creadas por magos de hielo que utilizaban piedras mágicas para conservarlos.

—Lo sé…— respondió otro—. Si ellos eran tan fuertes, pudieron haber hecho esto sin nosotros.

No les di importancia.

Los flojos siempre encuentran excusas.

—Oye… pero, ¿quién demonios eran esos tipos?

—No lo sé… pero daban miedo. Bueno… ese chico, sobre todo.

Eso llamó mi atención, así que dejé de mover los escombros por un momento.

—Pero la elfa… estaba hermosa. Y la de cabello azul tampoco estaba nada mal.

—Lo sé… esa chica la quiero como madre de mis hijos.

—¿Cómo se llamaban?

—Creo que Calyndra y Evangelina.

Volví al trabajo.

Un montón de idiotas haciendo ruido.

Aunque, siendo sincero… eran hermosas.

Pero si las hubieran visto en cuando estábamos haciendo el desayuno ese día, sabrían que jamás tendrían oportunidad.

—Oye… ese tipo…— continuó otro—. No creo que sea humano.

—Sí… nadie hace eso tan fácil. Podría ser un demonio disfrazado.

—Entonces seguro tiene a esas chicas bajo algún hechizo.

—Puede ser… deberíamos liberarlas. La magia sagrada debería funcionar.

Me detuve de nuevo.

Ahora ya no era ignorancia… era estupidez peligrosa.

Los vi sacar agua bendita y otras tonterías.

Antes de decir algo, el maestro del gremio se adelantó.

Había estado escuchando todo en silencio.

Colocó una mano sobre mi hombro y negó con la cabeza evitando que hablara.

—Escuchen, par de idiotas.— Su voz fue firme.— El hecho de que ese muchacho y sus compañeras hicieran la mayor parte del trabajo solo significa una cosa: tuvimos suerte.

El grupo guardó silencio.

—¿O alguno de ustedes cree tener la fuerza para enfrentar a todos esos orcos?

Si es así… ¿por qué no lo hicieron durante la batalla?

Nadie respondió.

Las palabras cayeron como peso muerto.

Poco a poco, el grupo se dispersó y volvió al trabajo.

—No sé qué les pasa…— murmuró el maestro.— Que estemos vivos ya es un milagro.

Luego se retiró junto a su recepcionista.

Yo solo volví a lo mío.

Agradecido…

de que ese chico y sus compañeras nos hayan salvado.

Fin del punto de vista de José Líder del grupo de las 5 J

El camino a la ciudad de Rock estaba cerca.

El bosque comenzaba a volverse cada vez más escaso.

—Oye, Auren.— habló Calyndra sin apartar la vista de su libro.

—¿Qué sucede?— respondí mientras guiaba a los caballos.

—Lo de antes…— cerró el libro lentamente.— ¿En verdad no recuerdas nada?

Fruncí el ceño.

—Una estrella blanca sin nacer…

Las tres se quedaron mirándome en silencio.

Incluso yo sentí extraño haber dicho eso.

—¿Qué se supone que significa eso?— preguntó Evangelina con el ceño ligeramente fruncido.

—Si hablamos de tu atributo de luz… podría ser una especie de símbolo o metáfora.— murmuró Calyndra, pensativa.— Aunque no entiendo por qué una estrella.

Anastasia pareció tensarse apenas.

—He escuchado algo parecido antes.— dijo tras unos segundos.— En textos de la iglesia, o al menos en cosas que mencionaban algunos sacerdotes de alto rango.

Calyndra alzó la mirada.

—¿Relacionado con alguna figura divina?

—No lo sé con certeza.— respondió Anastasia.— Pero se decía que las santas eran algo así como estrellas que no podían nacer en este mundo.— hizo una breve pausa.— Como si los dioses quisieran descender usando sus cuerpos como recipiente.

—Eso suena demasiado poético… o demasiado estúpido, incluso para la iglesia.— soltó Calyndra con un suspiro.

—Auren… ¿recuerdas algo más?— preguntó Evangelina esta vez.

Negué con la cabeza.

—No. Solo esa frase. Sigue rebotando en mi cabeza.

Evangelina bajó la mirada, como si intentara ordenar sus ideas.

—Entonces puede que no signifique nada… o puede que sí.— murmuró.

—Muy útil.— dijo Calyndra con sarcasmo.— Sobre todo si ahora vamos a empezar a pensar que un dios quiere meterse en el cuerpo de Auren.

—¿Auren?— siguió Anastasia.— ¿No será que tu familia estuvo relacionada con algún rito extraño o algo por el estilo?

—Soy huérfano, así que si van a empezar con teorías raras, supongo que cualquier cosa es posible.— dije sin mucho ánimo.

Evangelina me observó unos segundos más.

—Tal vez eso explique algunas cosas.—

Calyndra volvió a abrir su libro, aunque por la forma en que entrecerró los ojos, supe que no estaba leyendo realmente.

—Por favor, no vayan a empezar a pensar que ahora soy alguien diferente. Lo último que quiero es que, cuando hagamos algo tan normal como comer, se queden mirando si corté mal un vegetal o si cociné una carne de otra forma.—

Calyndra apartó la vista de su libro por un momento.

—Ya veo que sigues siendo el mismo idiota.—

Evangelina soltó una pequeña risa al instante. Anastasia, por otro lado, seguía mirándonos con una confusión que no terminaba de ocultar.

—Me las voy a cobrar.— murmuré.

Calyndra alzó apenas una ceja.

—Así que el héroe quiere desafiarme.

Evangelina entendió de inmediato y desvió la mirada con las mejillas encendidas. Anastasia frunció más el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?—

Nadie respondió.

Yo solo me limité a sonreír.

A la mañana siguiente, después de aquella noche y de desayunar, por fin pudimos ver la ciudad de Rocks.

Una ciudad rodeada por una enorme muralla de piedra, con la cordillera alzándose a sus espaldas como una barrera natural.

Evangelina se quejaba en voz baja desde la carreta, mientras Anastasia evitaba mirarnos con el rostro completamente rojo, hecha bolita en una esquina.

—De verdad son unas degeneradas…— murmuró para sí misma.

Calyndra, por supuesto, no mostró la menor vergüenza.

Finalmente, después de aquella tranquila pero algo animada mañana, llegamos a la entrada de la ciudad.

Como en las ciudades anteriores, había control en el acceso, pero aquí la situación era distinta: frente a nosotros se extendía una fila mucho más larga de lo normal.

—Esto no se ve mucho.— habló Anastasia mientras observaba hacia el frente.— Se supone que Rocks es una ciudad del reino, aunque con autonomía propia. Y, a diferencia de otras, la mayoría de sus habitantes son demihumanos.

Nuestros ojos se movieron por los alrededores. Entre toda la multitud apenas podían verse unos cuantos humanos. Había elfos, enanos, hombres bestia e incluso algunos que parecían lagartos caminando sobre dos patas.

—Umm… entonces tendremos que esperar.— dije en ese momento, mientras el sol comenzaba a pegar con más fuerza.

Miré hacia los caballos.

—Oye, Calyndra, ¿podrías hacer algo por ellos? Digo, los fortalecí antes, pero obviamente no quiero que estén incómodos.

Calyndra bajó un momento de la carreta y se acercó a los caballos. Luego hizo circular una ligera corriente de viento frío alrededor de ellos, lo suficiente para calmarlos.

Suspiré al verla.

Y, por supuesto, en cuanto una elfa apareció, no faltaron algunas miradas indiscretas, sobre todo de otros elfos.

Por supuesto, eso me puso un poco celoso.

Calyndra lo notó y me dedicó una pequeña sonrisa. Por otro lado, Evangelina no quiso perder la oportunidad, así que me abrazó por la espalda, restregando un poco su afecto como un gato reclamando territorio.

No pude evitar sentirme feliz por eso.

—Pervertidos.— habló Anastasia en ese momento observando la escena pero luego apartando la mirada.

El día finalmente avanzó y, con ello, nos fuimos acercando poco a poco a la puerta de la ciudad. Quien nos atendió fue un guardia humano.

—Nombres y asuntos.—

Se quedó sorprendido al ver a un grupo formado casi por completo por humanos y una elfa, pero su expresión cambió todavía más al reconocer a Anastasia. De inmediato se arrodilló frente a ella.

—Bienvenida, princesa Anastasia.—

—Basta, ahora estoy aquí como aventurera. No quiero llamar la atención.— respondió ella con firmeza.

—Por favor, pase usted y sus acompañantes a la ciudad.—

No seguimos con más formalidades nobles. Simplemente entramos.

—Auren, lo mejor será registrarnos en el gremio de una vez.— habló Evangelina.

Acepté la idea. Después de todo, debíamos avisar el motivo de nuestra visita, y registrarnos formaba parte del procedimiento normal para evitar problemas o multas.

Avanzamos por la ciudad durante un rato, aunque no fue sencillo. La zona cercana al gremio estaba especialmente abarrotada, llena de aventureros de todas partes, así que tuvimos que dejar la carreta algo lejos.

Movernos a pie tampoco fue fácil. Había demasiados aventureros bloqueando el paso y, aunque algunos demihumanos y hombres bestia se hacían a un lado con cierta facilidad, otros —sobre todo varios elfos— ni siquiera parecían tener intención de apartarse.

—Odio las multitudes.—

Después de un tiempo, por fin llegamos a la recepción del gremio. La recepcionista, una humana, se sorprendió al vernos. Le explicamos a qué veníamos y le entregamos nuestras identificaciones. Aunque al principio pareció alterarse, enseguida intentó mantener la calma y evitar llamar la atención.

Luego nos llevó a una habitación en la parte de atrás, donde, por supuesto, hablaríamos con el maestro del gremio.

—Tomen asiento.— habló con un tono de voz solemne, educado y refinado, dándonos la espalda al momento de entrar a su despacho.

—Ya me han contado que vendrían a la ciudad para resolver cierta situación.—

Se dio la vuelta en ese momento y nos quedamos un poco impactados al ver que se trataba de un dragonoide.

Él también afiló un poco la mirada, como si nos estuviera analizando con cuidado.

—Tu nombre es… ¿Auren? ¿Y tú… Calyndra?—

Su mirada se dirigió a Evangelina y Anastasia, pero no preguntó sus nombres. Solo se acercó lentamente y tomó asiento en un sillón frente a otro.

—Ellas son Evangelina y Anastasia.— habló Calyndra antes de tomar asiento frente a él.

—Ya veo.—

Se formó un silencio algo incómodo.

—Bien, déjenme explicarles la situación de Rocks.—

Movió su mano derecha para despedir a la recepcionista, la cual cerró la puerta al retirarse.

—Rocks es el corazón de la cantera del reino. Probablemente ya lo saben, pero actualmente está pasando por problemas a causa de un dragón mayor de tierra.

—Lo sabemos.— respondió Calyndra, con un filo evidente en los ojos.

—Ya veo…— murmuró con calma.— Bueno, el dragón de tierra no es un dragón agresivo, pero el problema es que no quiere participar en las negociaciones.

—Espera.— habló Anastasia.— La misión era que el dragón iba a causar un desastre si no lo deteníamos, prácticamente declarando la guerra contra el reino.

—Eso… solo fue una excusa.— respondió sin vacilar.

—Explícate.— continuó Calyndra.

—El dragón de tierra es orgulloso. No quiere que estemos en la mina sacando materiales. Para él, este territorio le pertenece por completo, y todo lo que hay aquí también. Además… es vanidoso.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Convocó a muchos aventureros para conceder su bendición.

—Espera, espera… si esto no es un peligro inminente, entonces ¿en qué nos han metido?— habló Anastasia, igual de confundida que nosotras.

—No.— respondió el maestro.— Esta mina es importante para el reino. Si esto cae, entonces el reino se verá en problemas. Esto, básicamente, sigue siendo una emergencia.

—O simplemente intereses económicos del pueblo y de la nación.— respondió Evangelina.

El maestro del gremio no la contradijo.

Evangelina continuó, ahora con la mirada más seria.

—Tiene sentido. La reina pudo haber asistido y quizás derrotar al dragón ella misma, pero no puede salir por cosas como esta a menos que haya muertes… y si no ha habido muertes… y solo fue una amenaza…

Tomó un momento de silencio antes de continuar.

—Entonces nunca fue una misión de rango S ni algo tan importante como nos hicieron creer. Solo nos enviaron como un intento de negociación… pero como ya sabían que el dragón no iba a negociar con nosotros y que nosotros no íbamos a ceder entonces…

—Entonces esto terminaría en un enfrentamiento.— continué yo.

El maestro del gremio no dijo nada de inmediato. Solo asintió y cerró los ojos por un momento, como si aquella conclusión no le sorprendiera.

—¿Qué decisión van a tomar?—

—Auren, deberíamos dejar esto e irnos. No es nuestro problema y nos trajeron aquí con mentiras.— continuó Calyndra.

Evangelina solo me observó en silencio.

Anastasia, en cambio, parecía decepcionada.

—Recuerda que dijiste que derrotar al dragón de tierra podría darte algo que te ayudaría.— le respondí a Calyndra.

—Sí, pero puede ser cualquier otro dragón.— contestó ella, cruzándose de brazos.— Realmente no tengo ganas de pelear contra él después de saber cómo llegamos aquí.

Solté una risa suave.

—Ya estamos aquí, Calyndra.—

La miré con calma antes de continuar.

—Y aunque nos negáramos y nos fuéramos, eso solo traería más problemas. Vamos a terminar con esto… y después hablaremos con la reina para evitar que vuelva a pasar.

—Bien.— respondió Calyndra, todavía molesta.

Volví la mirada al maestro del gremio.

—Ya escuchó mi decisión.

Él guardó silencio unos segundos antes de hablar.

—Cualquiera dudaría al saber que esto probablemente terminará en una pelea contra un dragón.—

Suspiró con pesadez.

—Sin embargo… no veo duda en ti.

Luego se levantó del sillón.

—Entonces será hoy.—

Su voz se volvió más firme.

—Dentro de poco reunirán a todos los aventureros convocados en la Arena donde el dragón hará acto de presencia.

Dispuesto a terminar este asunto, partimos con el maestro del gremio rumbo a lo que era la arena.

Cuando llegamos a la arena, me sorprendió la cantidad de aventureros reunidos. También había bastante personal del gremio vigilando que todo estuviera en orden. El dragón todavía no hacía acto de presencia.

—Parece que tenías todo preparado.— hablé con el maestro del gremio.

—No puedo tomar esto a la ligera. Si algo sale mal, debemos reaccionar de inmediato.— tomó una pequeña pausa.— Además… ya sé cómo va a comenzar esto.

Su mirada era afilada.

Seria.

Antes de que pudiera responder, una enorme sombra cubrió la arena.

Levanté la vista.

Y lo vi.

Era la primera vez que veía un dragón.

Descendía desde el cielo con una calma pesada, como si no tuviera prisa porque ya supiera que todo ese lugar le pertenecía. A medida que bajaba, su tamaño se volvía más claro… y más absurdo.

Cuando finalmente tocó tierra, la arena tembló.

Era enorme.

Su sola presencia me puso tenso.

—Prepárate— habló el maestro del gremio, sin mirarme.

El dragón se colocó frente a todos nosotros.

Entonces rugió.

Un rugido feroz, tan brutal que me hizo cubrirme los oídos y bajar un poco la cabeza por puro instinto.

Cuando terminó y levanté la mirada, muchos aventureros habían caído. Algunos por el miedo. Otros simplemente habían quedado inconscientes.

Vi a Anastasia arrodillada.

Vi a Evangelina con algo de miedo, refugiada detrás de Calyndra.

Calyndra miraba serio al dragón.

Y entonces lo observé bien.

No era una bestia cualquiera.

Su enorme cuerpo estaba cubierto por placas de escamas oscuras, gruesas como roca, de entre las cuales sobresalían minerales y cristales naturales que recorrían sus hombros, cuello y espalda. Sus patas eran inmensas, hechas para aplastar, y sus alas, plegadas a los costados, no se veían elegantes… se veían dominantes.

Su cabeza estaba coronada por cuernos irregulares, como formaciones rocosas, y sus ojos dorados brillaban con un orgullo frío, como si todo aquel lugar le perteneciera.

—Bien…— tomó una breve pausa mientras alzaba un poco el pecho y desplegaba su presencia sin el menor apuro.— ya nos deshicimos de la basura.

—Rápido, retiren a los caídos. Los que aún puedan moverse y no quieran seguir… váyanse.— ordenó el maestro del gremio a sus subordinados.

Ellos reaccionaron de inmediato, intentando despejar la zona lo más rápido posible.

—Calyndra.—

Ella lo entendió al instante.

Usó su magia para crear pequeños gólems de piedra, los cuales comenzaron a cargar a los aventureros caídos que ya no podían moverse, sacándolos de la arena con mucha más rapidez.

En pocos minutos, la arena quedó despejada.

Solo permanecieron aquellos que habían resistido el rugido.

El maestro del gremio se acercó a mí una última vez.

—Bien… estaré observando, muchacho.— habló mientras colocaba una mano sobre mi hombro.

—No prometo nada.— respondí sin vacilar.

Él soltó un leve suspiro.

—Lo sé. Haz tu mejor esfuerzo.

Después de eso, se retiró junto al resto del personal del gremio, dejando la arena por completo en manos de los aventureros… y del dragón.

—Bien.— habló la bestia, su voz retumbando en toda la arena.— Todos ustedes se han reunido aquí buscando mi bendición. Pero no se la daré a cualquiera.

Tomó una breve pausa.

—Han superado la primera prueba…

Sus ojos dorados recorrieron a todos los presentes.

—Ahora viene la verdadera.

El silencio cayó sobre la arena.

—Mátense entre ustedes.

Por un segundo…

nadie se movió.

Y entonces—

un grito.

El sonido de un cuerpo siendo atravesado rompió el silencio, y con eso todo se vino abajo. Los aventureros que quedaron paralizados por el shock fueron los primeros en morir, abatidos por otros que reaccionaron antes.

La arena se convirtió en un caos.

—Anastasia. Evangelina.— mi voz salió firme, cortando el ruido.— Pónganse firmes. Esto ya no es una prueba… es una matanza.

Sentí el peligro un instante antes de que llegara.

Una espada cayó contra mi espalda.

Rebotó.

Se partió en dos.

Cuando giré la cabeza, vi al aventurero que había intentado matarme. Sus ojos estaban abiertos de par en par, llenos de miedo, como si recién hubiera entendido a quién intentó atacar.

—Largo.

No tuve que repetirlo.

El hombre salió corriendo de inmediato… solo para ser alcanzado y asesinado por otro aventurero más grande antes de dar demasiados pasos.

Pronto fuimos el objetivo.

Y era evidente por qué.

No me miraban a mí… miraban a mis compañeras.

—Ughh…— expresó Calyndra con evidente asco al notar esas miradas.

No perdió el tiempo.

Un rayo descendió sin aviso y atravesó a uno de ellos, matándolo en el acto.

—Piérdanse… antes de que los mate a todos.— habló, señalándolos con los dedos mientras pequeñas centellas danzaban entre ellos.

Algunos dudaron.

Otros retrocedieron.

Pero no todos huyeron.

—Oye… muchacho.— una voz se alzó a mi espalda.— Nos gustan mucho esas chicas. Si quieres vivir, lárgate… como el cobarde que eres.

Giré apenas la mirada.

Un grupo de hombres bestia, con rasgos lupinos, grandes, pesados… y confiados.

Cuando Calyndra alzó la mano para acabar con ellos, la detuve.

—Déjamelos.

Quería probar algo.

Formé una esfera de Aura en mi mano. La comprimí más de lo habitual, forzándola a volverse densa… pesada.

—Vamos a ver si esto funciona.

La lancé.

La esfera cruzó el aire y, al impactar contra el pecho del primero, explotó.

El golpe fue seco.

Brutal.

Como si una roca hubiera sido lanzada con toda su fuerza.

El impacto se expandió, alcanzando a los demás. Sus cuerpos se sacudieron violentamente antes de salir despedidos y caer al suelo, sin aire… inconscientes.

Observé el resultado.

Fruncí ligeramente el ceño.

—…Todavía no es suficiente.

—Solo tú haces cosas como estas.— comentó Evangelina, con una mezcla de costumbre y sorpresa.

—No sabía que el Aura podía usarse así…— murmuró Anastasia, sin apartar la vista de los cuerpos caídos.

—No intentes entender cómo usa el Aura Auren.— añadió Evangelina.— Solo hace cosas… y le funcionan.

—Auren…— la voz de Calyndra fue más seria, más cortante.— ¿Lo que acabas de intentar hacer es lo mismo que hicimos contra los demonios?

—Es correcto.— respondí sin dudar.

Calyndra bajó la mirada y se llevó una mano a la frente, claramente cansada.

—No sé por qué me sigo sorprendiendo contigo…— murmuró.— Lo que acabas de hacer es lo contrario.

Guardó un breve silencio.

—Encerraste Aura… pero no dentro de más Aura… sino dentro de… maná.

Hizo una pausa.

—Acabas de usar maná con Aura… y sigues con vida.

—¡¿Espera, no que el maná y el Aura se rechazan?!— exclamó Anastasia.

—En condiciones normales, sí.— respondió Calyndra.— Uno no puede mezclar Aura y maná sin que uno domine al otro. Cuando hicimos nuestra combinación, yo tuve que imponer el maná para estabilizarlo.

—Emm… chicos…— intervino Evangelina.— creo que si intentamos entender a Auren, nos vamos a romper la cabeza…

Sus palabras fueron cortadas con un fuerte sonido de una hoja afilada de acero que impactó contra la barrera de Calyndra que protegía a Evangelina.

—Acabemos con esto primero.— dijo Calyndra, tronando los dedos con ojos afilados.

en un instante una llamarada calcino a aquel aventurero.

La batalla grupal continuó hasta que solo unos pocos quedaron en pie.

Y entonces—

—Ya es suficiente.

La voz del dragón cayó sobre la arena y todo se detuvo.

Nadie se movió.

El silencio volvió, pesado… incómodo.

Todos seguíamos de pie.

Bueno… casi todos.

Evangelina y Anastasia estaban cubiertas de sangre, respirando con dificultad. El agotamiento era evidente en sus cuerpos.

Sus expresiones lo decían todo.

No estaban acostumbradas a esto.

Nosotros tampoco… pero era simple.

Ellos o nosotros.

Y, al parecer, ya lo habían entendido.

Nunca se quejaron.

—Han hecho un buen espectáculo para mis ojos.— continuó el dragón, con un tono indiferente.— Procederé a darles sus recompensas…

Hizo una breve pausa.

—Después de una última prueba.

Sus ojos dorados recorrieron a los sobrevivientes.

Nos midió.

Nos pesó.

Al final, solo quedábamos 6 grupos y un solitario.

Nosotros… cuatro.

Otros grupo de tres.

Y uno más… completamente solo.

—Denme un tributo.— habló con una calma cargada de codicia.— No quiero joyas genéricas… ni monedas humanas. Tráiganme oro… piedras mágicas… o armas que realmente tengan valor.

Hizo una breve pausa.

Sus ojos recorrieron a todos.

—Si me ofrecen algo que considere basura…

La presión en el aire aumentó.

—Los voy a incinerar con mi aliento.

Los miembros de los grupo guardaron silencio, evaluando sus opciones entre ellos.

Finalmente, uno de ellos dio un paso al frente.

—Tendremos lo que pide… solo necesitamos tiempo para traerlo.

El dragón no respondió de inmediato.

Los observó.

Como si midiera el valor de esas palabras.

—Tienen dos horas.— dijo al fin, con calma.—

Hizo una breve pausa.

—Pero solo uno de ustedes irá a buscarlo, pero si no regresan entonces tomare como abandonaron a su equipo y por lo tanto…no necesito decir mas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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